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Cardenal Dionigi Tettamanzi, Homilía del Card. Dionigi Tettamanzi en la celebración de la Solemnidad del Corpus Domini, año 2000
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Jesús, único Salvador del mundo, pan para la vida nueva

Homilía del Card. Dionigi Tettamanzi en la celebración de la Solemnidad del "Corpus Domini"

Catedral de Génova, 25 de junio del 2000

Queridas hermanas y hermanos en el Señor:

La solemnidad del Cuerpo del Señor se celebra este año en el marco del Gran Jubileo del 2000. Es este un hecho que inmediatamente nos cuestiona sobre la relación que existe entre el Jubileo, consagrado a recordar a Jesucristo único Salvador del mundo a 2000 años de su nacimiento, y la celebración de la Eucaristía.

Para responder a esta interrogante, el Papa mismo escribe en la carta apostólica de preparación para el Jubileo: "El año dos mil será un año intensamente eucarístico: en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el vientre de María hace viente siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (Tertio millennio adveniente, 55).

El Jubileo, año intensamente eucarístico

Para que esta verdad, aún más, este "hecho" tan personal y concreto fuese solemnemente creído y públicamente testimoniado por todos los cristianos, el Papa ha puesto, casi como centro y corazón del Gran Jubileo, el Congreso eucarístico internacional.

Como Iglesia en Génova hemos querido participar en este Congreso tan significativo, en amorosa y profunda unión con el Papa, celebrando en todas nuestras parroquias una Semana Eucarística Diocesana entre los domingos de la Santísima Trinidad y del Cuerpo del Señor, y esto -como escribía- "para renovar con más convicción nuestra fe en el misterio eucarístico, para dar gracias al Señor por este maravilloso don suyo, para redescubrir con alegría su presencia entre nosotros, para alcanzar más abundantemente los frutos de la Redención".

De aquí la invitación, dirigida con gran confianza a todos los sacerdotes, a tener todos los días una breve homilía para explicar aquella "Oración Eucarística" que está en el corazón de toda Misa; a ofrecer luego a los fieles tres días de la semana, en horarios oportunos, la catequesis sobre la Eucaristía; a tener todos los días la Exposición Solemne del Santísimo Sacramento con adoración continuada, de acuerdo a las posibilidades; y, finalmente, a dar un público testimonio de fe con la Procesión del Corpus Domini ya sea parroquial, vicarial o ciudadana.

Yo mismo he tenido la alegría de participar en la solemne procesión que tuvo lugar el jueves pasado en Roma, con una exepcional concurrencia de obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, de la Basílica de San Juan de Letrán a la Basílica de Santa María la Mayor: en mi corazón sentía presentes los corazones de tantos cristianos genoveses que creen, adoran, aman y viven la Eucaristía y a todos estos corazones les daba aliento espiritual con mi fe y con mi oración.

Hoy estamos llamados a comprender cómo la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor reviste un significado del todo particular para el camino jubilar que se desarrolla en este Año Santo. Existe, en efecto, una íntima unión entre Jubileo y Eucaristía.

Del seno de María al leño de la Cruz y al corazón de la Iglesia

El Jubileo invita a hacer una peregrinación espiritual, incluso antes que "territorial" con destino a Roma o Tierra Santa o iglesias y santuarios diversos: una peregrinación, esto es que se desarrolla en nuestro corazón, un corazón llamado a confesar la propia fe y el propio amor y a renovar la propia vida fijando la mirada en Jesucristo, el Hijo de Dios que se hace carne humana propter nos homines et propter nostram salutem, "por nosotros los hombres y por nuestra salvación".

Es esta "carne humana" del Hijo eterno de Dios el centro de la historia del mundo, y a la vez el centro de la celebración del Jubileo. Y la carne tomada del seno de una mujer, de María de Nazaret, es asumida tan radicalmente que el Hijo de Dios homo factus est, "se hizo hombre" (Credo). Precisamente este "descender del cielo" a la tierra para "habitar en medio de nosotros" habla de Dios que en Jesús ama a la humanidad y la quiere salvar: la salva con la carne tomada del seno de María!

Así, el evento histórico de la Encarnación es misterio de redención y de salvación. Ya entonces, en la pequeñez del seno de esta mujer, la carne humana de Cristo es fuente viva de salvación. Está en espera de convertirse en el leño de la cruz en la carne humana de Cristo sufriente y moribundo, una carne lacerada y ensangrentada, una carne crucificada: aquí, en el Calvario, se cumple, en el supremo gesto de donación de amor al Padre y al hombre, el misterio de la redención y de la salvación. Podemos entonces comprender por qué "estaba junto a la cruz de Jesús su madre"(Jn 19,25); tal vez para recordarnos que la salvación tiene su fuente en la sangre derramada de la carne crucificada de Jesús, esa misma carne que el Hijo de Dios quizo recibir del seno inmaculado de la Virgen.

Ahora bien, el prodigio de la carne salvífica de Cristo prosigue, por así decir, su camino: del madero de la Cruz alcanza el "corazón" de la Iglesia. La Carne de Cristo es carne de salvación siempre, incluso hoy: ella, en efecto, se hace presente y obra en la Iglesia por medio de la Eucaristía. En este Sacramento encontramos nuevamente la carne recibida de María y convertida en carne de Cristo crucificado y glorioso. Recordemos, justamente en referencia a la Eucaristía, el célebre himno cantado por la Iglesia: Ave verum corpus natum de Maria virgine. Vere passum immolatum in cruce pro homine!

Tomad, esto es mi Cuerpo

Escuchemos nuevamente las lecturas bíblicas para comprender el riquísimo significado que la Carne y la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía tienen para nuestra salvación y la del mundo.

Comencemos por la Primera Lectura, tomada del Éxodo, que nos sitúa a los pies del monte Sinaí, el monte del diálogo entre Dios y su pueblo. Este pueblo, como una única gran comunidad espiritual, se encuentra reunido en torno al altar, símbolo de la presencia de Dios. Y entonces interviene Moisés. Luego de haber encargado a algunos jóvenes ofrecer novillos como sacrificios de comunión para el Señor, él vierte la sangre sacrificial sobre el altar y sobre el pueblo, esto es sobre Dios y sobre el hombre diciendo: "He aquí la sangre de la alianza, que el Señor ha realizado con ustedes" (Ex 24,8).

Desde entonces un pacto une al Señor e Israel en una relación de intimidad y de amor. Es un pacto de sangre, donde la sangre es signo de vida y de relación familiar, casi al punto de poder decir que, de aquí en adelante, una misma sangre y una misma vida comparten Dios y su pueblo: uno y el otro se pertenecen mutuamente, formando una unidad indivisible. Es la alianza que testimonia el amor de Dios por su pueblo y que exige por parte del pueblo libre obediencia y fidelidad de amor.

Ahora bien, esta alianza, fundada en la sangre rociada por Moisés, es signo y a la vez anticipo de aquella nueva y eterna alianza que será sellada en la sangre derramada por Jesús mismo y que hará plena y perfecta la comunión entre Dios y el hombre.

De esta útima alianza nos habla Marcos en su Evangelio, recordándonos lo sucedido en Jerusalén en la Última Cena de Jesús, con la celebración del rito de la Pascua de los judíos. El rito comenzaba con la bendición del pan ázimo, esto es el pan sin levadura, preparado para la cena de acuerdo a la antigua celebración de la noche en la cual Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto (ver Ex 12-13). El pan era bendecido con estas palabras: "Alabado seas Señor, Dios nuestro, rey del mundo, que has hecho nacer el pan de la tierra". En este momento, el jefe de familia partía el pan y lo ofrecía a los comensales en signo de comunión y de bendición. Esto es, justamente, lo que hizo Jesús, como escribe Marcos: "Mientras comían tomó el pan y pronunciada la bendición, lo partió y se los dió diciendo" (Mc 14,22).

Pero, es aquí que Jesús, en forma imprevista, atribuye a este gesto tradicional un significado inédito con las palabras: "tomad, esto es mi cuerpo" (Mc 14,22). Es más, atribuye un significado totalmente sorprendente, desde el momento en el que el lenguaje semítico estas palabras significan simple y paradojalmente: "esto soy yo mismo". Así, partiendo en pedazos aquel pan y ofreciéndolo a sus discípulos, Cristo establecía con ellos una relación de comunión profunda, haciendo que participaran en su misma vida, y por tanto en su muerte y en su gloria.

Siguiendo con el rito judío, una vez comido el pan ázimo y el cordero pascual, se hacía la bendición solemne del cáliz. Pero nuevamente Jesús imprime al ritual un giro inimaginable, modificando las palabras de su "acción de gracias (en griego el término es eucaristía): "esta es mi sangre, la sangre de la alianza, derramada por muchos" (Mc 14,24). Es aquí que resuenan las palabras de Moisés en el Sinaí: el vino de la pascua es la sangre de Cristo y la sangre de Cristo constituye la alianza entre Dios y todos los hombres, como lo indica la expresión oriental "derramada por muchos".

Un día el antiguo profeta Zacarías, imaginando a la humanidad aprisionada en la cárcel de su propia miseria y su maldad, había anunciado una gran liberación "gracias a la sangre de la alianza" (Zac 9,11). El anuncio, que suscitó expectativas y esperanzas, en la Última Cena es finalmente cumplido con las palabras que Jesús pronuncia sobre el vino: "esta es mi sangre, la sangre de la alianza, derramada por muchos".

Es así que ahora podemos comprender el significado salvífico del que está cargado el don de amor de Cristo, el don de su Cuerpo y de su Sangre: un significado que comprendemos mejor con ocasión del Año Santo del Jubileo. Es un significado doble y unitario: de redención o purificación del pecado, y a la vez de comunión y de vida nueva en Dios.

Purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir a Dios viviente

Podemos recordar acá los numerosos banquetes que Jesús tuvo con los pecadores, como por ejemplo el banquete con Zaqueo, cuando pronunció esas estupendas y confortadoras palabras: "hoy la salvación ha entrado en esta casa, porque también él es hijo de Abraham; el Hijo del hombre ha venido para buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,9-10). Los banquetes de Jesús con los pecadores alcanzan su culmen y muestran su significado en aquel banquete pascual que Jesús tuvo con sus discípulos en el Cenáculo de Jerusalén, en la Última Cena, cuando bajo los signos del pan y del vino, Él les dona -y en ellos a toda la humanidad- su Cuerpo y su Sangre para la redención del mundo, anticipando la donación cruenta de su carne ensangrentada en el madero de la cruz.

Jesús, instituyendo la Eucaristía como representación del sacrificio de la Cruz, hace brotar en la historia una fuente de purificación de nuestros pecados y de los pecados del mundo. Sí, la humanidad peca cada día, de mil formas distintas. Pero para esta misma humanidad cada día está abierta la fuente del perdón y de la paz. Si el mal -sobretodo como potencia diabólica y como obstinado rechazo de Dios por parte del hombre- nos entristece y es motivo de desconcierto y de desesperación, la muerte de Cristo, su carne crucificada y gloriosa -presente y viva por nosotros en la Eucaristía- nos abre a la esperanza, nos serena y nos consuela y da la alegría de ser incansablemente reunidos, penetrados y transformados por el amor misericordioso del Padre en Cristo.

El autor de la Carta a los Hebreos abre sobre las miserias que pesan sobre el corazón del hombre y las estructuras mismas de nuestra sociedad un horizonte de gran esperanza. Pide que miremos a Cristo, el Sumo Sacerdote que con su cuerpo crucificado y glorioso ha obtenido "una redención eterna" y ha entrado en el santuario del cielo. El autor transmite una certeza inconmovible, que cada creyente está llamado a hacer suya: "la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios como víctima perfecta, purificará nuestra conciencia de las obras de la muerte, para servir a Dios viviente" (Heb 9,14).

Y esto tiene un gran significado para el Jubileo. No es acaso el Año Santo un llamado fuerte a la conversión y a la penitencia? Sí, el Señor nos pide reconocer, de cara a la verdad y sin miedo, nuestros pecados en pensamientos, palabras, obras y omisiones; pero a la vez nos llama a confesar, con confianza y abandono filial, la infinita misericordia de Dios, la potencia redentora de la Sangre de Cristo, la gracia reconciliadora y pacificadora de la Eucaristía!

Volvamos nuevamente al banquete de Jesús. No están solamente los banquetes con los pecadores, sino también aquellos con la muchedumbre. Basta pensar en la multiplicación de los panes. Y estos son fuente de vida, don de energía para proseguir el camino. Sobretodo son símbolo del "pan vivo bajado del cielo", del cual el hombre debe comer para tener vida eterna. Es Jesús mismo el pan de la vida, según su misma afirmación: "Yo soy el pan de la vida… Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6,48.51).

Así, también el banquete de la multiplicación de los panes nos dirige a la Última Cena y nos devuelve a la Eucaristía. En ella el creyente come la Carne y bebe la Sangre de Cristo, de acuerdo a sus mismas palabras: "en verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,53-54).

Es a la luz de estas palabras que podemos comprender lo que significa para nosotros celebrar el Corpus Domini. Significa renovar nuestra fe en la Carne y en la Sangre de Cristo verdadera y realmente presente en la Eucaristía, en el pan y en el vino consagrados; significa renovar nuestra fe en el hecho de que el Cuerpo y la Sangre de Cristo son el alimento y la bebida absolutamente necesarios para tener vida eterna, es decir, la vida misma de Dios.

Sí. Signifca esto. Y una fe semejante conduce necesariamente al encuentro personal con Jesucristo y a la comunión profunda con Él. En efecto, creer no es sólo adherirse con la razón a las palabras de Cristo acerca de su Carne y de su Sangre presentes en la Eucaristía -y ésta es ya una experiencia espiritual extraordinaria- sino es acoger en uno mismo esta Carne y esta Sangre, es alimentarse de la Eucaristía.

En este sentido, la Eucaristía permite al cristiano vivir la vida nueva de la gracia, que le asegura la comunión íntima de amor con Cristo y la apertura y la donación a los otros. Juntos, por tanto, espiritualidad y misión, contemplación y acción, amor a Dios y amor al prójimo. Todo encuentra en la Carne y la Sangre de Cristo que se reciben en la Eucaristía su fuente inacabable y su impulso más fuerte.

Nuevamente estamos, junto al compromiso de conversión y reconciliacion, ante otro objetivo fundamental del Jubileo: un renovado impulso de crecimiento en la vida interior de la gracia y en el servicio apostólico y misionario ante el prójimo. Sí, no hay Eucaristía sin intimidad de vida con Cristo, así como no hay Eucaristía sin dinamismo misionario, es decir, sin anuncio del Evangelio que salva y sin sembrar en el mundo la semilla fecunda de la vida nueva. Como ha dicho el Papa el miércoles pasado en la Audiencia General: "toda Misa concluye con el mandato misionero "vayan" "Ite, Missa est", que invita a los fieles a llevar el anuncio del Señor resucitado en las familias, en los ambientes de trabajo y de la sociedad, en el mundo entero… La Eucaristía es, además, una escuela permanente de caridad, de justicia y de paz, para renovar en Cristo el mundo que nos rodea" (21 de junio de 2000).

A ustedes, queridos ministros extraordinarios de la comunión, está dirigida en modo particular esta meditación sobre la relación entre Eucaristía y Jubileo. Sea ocasión para avivar su amor a la Eucaristía, para animar una más prolongada y constante adoración a Cristo presente en el Sacramento de su amor, para que su servicio a los hermanos y hermanas a quienes llevan la comunión sea cada vez más generoso y comprometido, y para que sea cada vez más fuerte y gozosa la relación entre la Eucaristía celebrada y la vida cotidiana.

Este es nuestro deseo, esta es nuestra oración por todos ustedes.

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