22 de junio de 1997
Queridos hermanos y hermanas:
Nos hemos reunido aquà esta mañana para encontrarnos, como sus discÃpulos, con el Señor resucitado, que nos convoca para alentar la fe con su Palabra, compartir el pan de la EucaristÃa y edificar la Iglesia con los vÃnculos de caridad fraterna que vivifican la comunidad cristiana.
Hoy su Palabra interpela nuestra fe, a veces vacilante y que provoca miedos infundados: «¿Por qué sois tan cobardes? dice, ¿Aún no tenéis fe?» (Mt 4, 40). Son muchos los temores que nos atenazan y que pueden inducirnos a la cobardÃa o al desánimo: el miedo a aparente silencio de Dios, el miedo a los grandes poderes del mundo que pretenden competir con la omnipotencia y la providencia divinas, el miedo, en fin, a una cultura que parece relegar a la marginación e insignificancia social el sentido religioso y cristiano de la vida.
La escena evangélica de la barca amenazada por las olas, evoca la imagen de la Iglesia que surca el mar de la historia dirigiéndose hacia el pleno cumplimiento del reino de Dios. Jesús, que ha prometido permanecer con los suyos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 20), no dejará la nave a la deriva. En los momentos de dificultad y tribulación, sigue oyéndose su voz: «¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Es una llamada a reforzar continuamente la fe en Cristo, a no desfallecer en medio de las dificultades. En los momentos de prueba, cuando parece que se cierne la «noche oscura» en su camino, o arrecian la tempestad de las dificultades, la Iglesia sabe que está en buenas manos.
Las palabras que hemos escuchado en la segunda lectura nos exhortan también a confiar en la presencia del Señor y a renovar nuestra existencia como verdaderos creyentes: «el que vive con Cristo es una criatura nueva» (2 Co 5, 17). En la novedad de vida, don de nuestro Señor a los bautizados, ya no hay espacio para las incertidumbres y vacilaciones. La confianza y la paz son el signo de la profunda comunión con Jesucristo, muerto «para que los que viven, ya no vivan para sÃ, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15).
(…) os invito a todos a experimentar el gozo de la presencia del Señor en esta EucaristÃa, que celebramos en la gruta de Nuestra Señora de Lourdes, como queriendo encontrar cobijo en MarÃa en el encuentro con su divino Hijo. Que ella nos acompañe y sostenga con su materna intercesión en nuestro camino de fe, nos ayude a profundizar cada vez más en el misterio de la persona de Cristo y a gustar la paz interior que proviene de la firme convicción de su presencia entre nosotros. Amén.
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