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S.S. Juan Pablo II, Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles, dada el 10 de marzo de 1999.
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La relación de Jesús con el Padre, revelación del misterio trinitario

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

10 de marzo de 1999

1. Como hemos visto en la catequesis anterior, con sus palabras y sus obras Jesús mantiene una relación muy especial con «su» Padre. El evangelio de san Juan subraya que cuanto él comunica a los hombres es fruto de esta unión íntima y singular: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). Y también: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16, 15). Existe una reciprocidad entre el Padre y el Hijo, en lo que conocen de sí mismos (cf. Jn 10, 15), en lo que son (cf. Jn 14 10), en lo que hacen (cf. Jn 5,19; 10, 38) y en lo que poseen: «Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10). Es un intercambio recíproco que encuentra su expresión plena en la gloria que Jesús obtiene del Padre en el misterio supremo de la muerte y la resurrección, después de que él mismo se la ha dado al Padre durante su vida terrena: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. (...) Yo te he glorificado en la tierra. (...) Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti» (Jn 17, 1.4 s).

Esta unión esencial con el Padre no sólo acompaña la actividad de Jesús, sino que determina todo su ser. «La encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 262). El evangelista san Juan pone de relieve que los jefes religiosos del pueblo reaccionan precisamente ante esta pretensión, al no tolerar que llame a Dios su propio Padre y, por tanto, se haga a sí mismo igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33; 19, 7).

2. En virtud de esta armonía en el ser y en el obrar tanto con sus palabras como con sus obras, Jesús revela al Padre: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). La «predilección» de que goza Cristo es proclamada en su bautismo, según la narración de los evangelios sinópticos (cf. Mc 1, 11 Mt 3, 17; Lc 3, 22). El evangelista san Juan la remonta a su raíz trinitaria, o sea, a la misteriosa existencia del Verbo «con» el Padre (cf. Jn 1, 1), que lo ha engendrado en la eternidad.

Partiendo del Hijo, la reflexión del Nuevo Testamento, y después la teología enraizada en ella, han profundizado el misterio de la «paternidad» de Dios. El Padre es el que en la vida trinitaria constituye el principio absoluto, el que no tiene origen y del que brota la vida divina. La unidad de las tres personas es comunión de la única esencia divina, pero en el dinamismo de relaciones recíprocas que tienen en el Padre su fuente y su fundamento. «El Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede» (Concilio lateranense IV: Denzinger-Schonmetzer, 804).

3. De este misterio, que supera infinitamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la revelación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Padre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entregándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con él al Espíritu Santo, la Persona-Amor, vínculo recíproco de comunión.

Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres personas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios autónomos, como si fueran tres dioses, sino en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de él y recíprocamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254).

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la palabra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a través de la encarnación redentora del Verbo y el don del Espíritu Santo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

4. Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo converge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que subraya el Catecismo de la Iglesia católica: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259).

El Hijo se ha convertido en «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29); a través de su muerte, el Padre nos ha reengendrado (cf. 1 P 1, 3; también Rm 8, 32; Ef 1, 3), de modo que en el Espíritu Santo podemos invocarlo con la misma expresión usada por Jesús: Abbá (cf. Rm 8, 15, Ga 4, 6). San Pablo ilustra ulteriormente este misterio diciendo que «el Padre nos ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (Col 1, 12-13). Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: «A1 vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.

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