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Cardenal Dionigi Tettamanzi, La Iglesia y el compromiso con los derechos del hombre en la Nueva Europa
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La Iglesia y el compromiso con los derechos del hombre en la Nueva Europa

Conferencia ante la Unión de Juristas Católicos Italianos, en su XLIX Congreso Nacional de Estudio: La Europa del Derecho

Génova, Sala Quadrivium, 11 de diciembre de 1999

INTRODUCCIÓN

Se me ha pedido presentar el compromiso de la Iglesia respecto a los derechos del hombre en la nueva Europa; por ello me parece necesario indicar en primer lugar cuál es la especificidad y la originalidad del compromiso de la Iglesia. Éste emerge de las palabras precisas e inequívocas con las cuales Jesús resucitado entrega su "mandato misionero" a la Iglesia representada por los apóstoles: "Jesús les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación..." (Mc 16,15; ver Mt 28,19-20). Así, la evangelización es la misión típica e irrenunciable de la Iglesia: "Evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar" (Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 14).

Entonces el Evangelio, la "buena noticia", se refiere a Dios y a su misterio de amor. Y presenta un contenido esencialmente "teológico", porque es revelación del rostro de Dios, del Dios uno y trino. Pero justamente por esto el Evangelio presenta también --de modo indiviso e indivisible-- un contenido esencialmente "antropológico", porque es revelación del rostro del hombre, por el hecho de que éste ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (ver Gén 1,26). En particular, el encuentro y la conexión entre teología y antropología se dan en la "cristología", es decir, en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; él, el Evangelio viviente y personal, como nos recuerda en un texto simple y a la vez denso y fascinante, el Concilio Vaticano II: "En realidad, tan sólo en el misterio del Verbo se aclara verdaderamente el misterio del hombre. Adán, el primer hombre, era, en efecto, figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación" (Gaudium et spes, 22).

En este sentido, existe un lazo íntimo, vivo y vital entre evangelización y promoción humana, como destacaba en los años '70 Pablo VI: "Pero la evangelización --leemos en la Evangelii nuntiandi-- no sería completa si no tomase en cuenta el recíproco llamado que continuamente se hacen el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre. Por esto la evangelización comporta un mensaje explícito, adaptado a las diversas situaciones, constantemente actualizado, sobre los derechos y los deberes de cada persona humana, sobre la vida familiar sin la cual el crecimiento personal difícilmente es posible, sobre la vida común en la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje particularmente vigoroso en nuestros días sobre la liberación" (n. 29). Así, surge el sentido más profundo y original de la doctrina social de la Iglesia, sentido que en un modo particularmente claro y vigoroso ha sido indicado por Juan Pablo II, sobre todo en la encíclica Centesimus annus, donde escribe: "La nueva evangelización, de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la que he insistido en diversas ocasiones, debe incluir entre sus componentes esenciales el anuncio de la doctrina social de la Iglesia..." (n. 5). Y también: "La doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización..." (n. 54).

Después de esta introducción, paso a desarrollar el argumento que se me ha confiado, articulándolo en cuatro momentos: el primero individua y precisa el "porqué" o las motivaciones del compromiso de la Iglesia en los derechos humanos en Europa, el segundo señala algunas "modalidades" concretas de tal compromiso, el tercero se detiene en los derechos de los hombres y de los pueblos, el cuarto propone el aporte del reciente Sínodo de los Obispos sobre Europa, y subraya la responsabilidad personal de los cristianos.

1. EL PORQUÉ DE UN COMPROMISO

Hemos recordado al inicio el mandato misionero que la Iglesia recibe de su Señor para la evangelización. Ahora destacamos que justamente este mandato suscita y alimenta incesantemente en la Iglesia la conciencia viva de una precisa e irrenunciable responsabilidad suya. Ese "id" que Jesús resucitado dirigió a los apóstoles funda y sostiene continuamente su "compromiso" tanto para el anuncio del Evangelio como para la defensa de la dignidad del hombre y de sus derechos. En particular se trata de un compromiso que presenta, entre otras, dos connotaciones fundamentales que indican las raíces de las que brota y el sentido del que es portador. La primera connotación de tal compromiso es su enraizarse en la misión evangelizadora propia de la Iglesia. En efecto, si la Iglesia quiere predicar y donar a Jesucristo --que es el único "bien" que ella tiene para ofrecer (esto hace pensar en las palabras de Pedro al tullido del templo de Jerusalén: "No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, [exclamdown]ponte a andar!": Hch 3,6)-- la Iglesia no puede no hacerse cargo de aquel hombre que ha sido creado a imagen de Dios, y que la Encarnación del Hijo de Dios ha hecho entrar (a través del Hijo de Dios que es hijo del hombre) en el corazón de la Trinidad.

La segunda connotación se refiere al sentido más verdadero del compromiso de la Iglesia. Una lectura teológica conduce a afirmar que la defensa y la promoción de los derechos humanos de parte de la Iglesia, si bien son un acto suyo de amor y estima por el hombre mismo, son más radicalmente un acto de amor y de obediencia a Cristo. En cierto sentido, estas otras palabras de Pedro: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,30) dicen claramente que al defender la dignidad de la persona humana, la Iglesia vive su obediencia fiel y coherente a Dios, Creador y Padre de todos los hombres y a Jesucristo, que con su Encarnación "se ha unido en cierto modo a todo hombre" (Gaudium et spes, 22) y que con su muerte en la cruz es el Redentor de la humanidad entera. Esta es una obediencia que reviste un significado profundamente religioso: si el hombre posee una dimensión intrínseca de sacralidad, según la célebre definición de San Ireneo de Lyón: "Gloria Dei vivens homo" (Contra las herejías, IV, 20, 7), la defensa de su dignidad personal y de los consecuentes derechos se presenta como una verdadera glorificación de Dios.

Después de esta doble precisión, necesaria para mantenernos en la perspectiva propia de la Iglesia y de su misión, pasemos a tratar de los derechos del hombre, tomando como punto de referencia constante el magisterio para Europa de Juan Pablo II, que pienso que sea uno de los "padres fundadores" de Europa, el heraldo y el artífice de la única "Europa del espíritu", el "profeta" de la nueva Europa del hoy y del mañana a la cual sabe devolver la esperanza. Documentan este hecho, entre otros, sus 669 intervenciones sobre Europa, que desde el inicio de su pontificado hasta agosto de 1999 han sido recogidas en un grueso volumen editado por Mons. Mario Spezzibottiani: Juan Pablo II, Profecía para Europa, Piemme 1999. Entonces, el punto central, el más significativo y de algún modo global del magisterio de la Iglesia es la relación inseparable entre dignidad personal y derechos humanos. Por eso el compromiso por la dignidad personal del hombre significa concretamente el compromiso por sus derechos, así como el compromiso por los derechos del hombre se funda en el reconocimiento de su dignidad personal.

En este sentido, en su Mensaje al Presidente de la Corte Europea de los Derechos humanos y al Presidente de la Comisión Europea de los Derechos del hombre, Juan Pablo II hace veinte años decía: "El conjunto de los derechos del hombre corresponde a la sustancia de la dignidad del ser humano, comprendido integralmente y no reducido a una sola dimensión; éstos se refieren a la satisfacción de las necesidades esenciales del hombre, al ejercicio de sus libertades, a sus relaciones con las otras personas; pero se refieren siempre y en todo lugar al hombre, a su plena dimensión humana. En un contexto mundial en el que la persona parece obtener cada vez menos atención puesto que está subordinada a sistemas ideológicos y económicos que la subyugan y la explotan, es aún más necesario reafirmar con fuerza que su dignidad debe permanecer intacta. Es en esta noción de dignidad de la persona que descansa el fundamento de diversas categorías de derechos del hombre: los derechos `civiles y políticos' como también los derechos `económicos, sociales y culturales', para usar la terminología de los pactos internacionales actualmente en vigor" (27 de diciembre de 1979).

Podemos concluir este primer momento de mi intervención sobre el "porqué" del compromiso de la Iglesia, escuchando las palabras que el Papa dirigió a la misma Comisión y Corte Europea de los derechos humanos en su visita a Estrasburgo: "El compromiso de la Iglesia en este campo corresponde plenamente a su misión religiosa y moral. La Iglesia defiende con vigor los Derechos del hombre porque los considera parte necesaria del reconocimiento que debe darse a la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios y redimida por Cristo. Su interés específico por los Derechos del hombre deriva de una constatación... como es el dato de hecho de que los derechos humanos de los que estamos hablando derivan su vigor y su eficacia de un conjunto de valores cuya raíz reside en lo profundo de la herencia cristiana, que ha contribuido a una tan grande parte de la cultura europea" (8 de octubre de 1988).

Estas últimas palabras nos permiten hacer un paso más: nos introducen a preguntarnos por qué la Iglesia se compromete a favor de los derechos del hombre en el ámbito específico de Europa. En efecto, es obvio que el compromiso de la Iglesia por los derechos del hombre no se refiere solamente a este continente. Por otra parte, el compromiso por su salvaguarda y promoción en Europa se presenta como particular, ahondando sus raíces en motivaciones "específicas". Sin pretensiones de abarcar todo, podemos descubrirlas en los siguientes elementos.

Un primer elemento está en el hecho histórico de que la conciencia de la centralidad de la persona humana, de su dignidad y de sus derechos, ha nacido en Europa y constituye una herencia propia de la cultura europea marcada por el cristianismo: "Europa --ha escrito el Papa el 5 de mayo de 1999 con ocasión del 50º aniversario de la institución del Consejo de Europa-- necesita redescubrir y tomar conciencia de los valores comunes que delinearon su identidad y que son parte de su memoria histórica. Punto focal de nuestro común legado europeo --religioso, jurídico y cultural-- es la dignidad, extraordinaria e inalienable, de la persona humana. El Consejo de Europa, resaltando este rico patrimonio histórico, ha hecho de la afirmación y tutela de los derechos del hombre el fundamento base de sus iniciativas políticas. En la Declaración de Budapest, os empeñáis en edificar esta Gran Europa, en la que no existan fronteras, afirmando `el primado de la persona humana en la elaboración de vuestras políticas' (n. 3)" (L'Osservatore Romano, 8 mayo 1999, p. 7).

Un segundo elemento se refiere a la experiencia europea de las guerras. Debe decirse, en realidad, que justamente Europa, sobre todo en este siglo, ha conocido formas, entre las más radicales, de desprecio e irrespeto de la dignidad del hombre. Este es un punto sobre el cual el Papa Wojtyla se ha detenido varias veces con acentos fuertes y verdaderamente dramáticos. Así, por ejemplo, durante el encuentro con algunos sobrevivientes del ex-campo de concentración de Mauthausen, comentando las lamentaciones de Jeremías, el Papa decía: "De este acontecimiento, uno de los más horripilantes de su historia, Europa sale derrotada... derrotada en la que parece más bien ser su herencia, su misión... El peso de la duda cae sobre la historia de los hombres, de las naciones, de los continentes. Los interrogantes de nuestras conciencias, la carga del remordimiento que nos quedó, ¿es lo suficientemente pesada? Vosotros, hombres, que habéis vivido en primera persona aquellos terribles suplicios, [exclamdown]cuán dignos sois de las lamentaciones de Jeremías! ¿Cuál es vuestra última palabra? ¿Cuál es vuestra palabra pronunciada después de tantos años que separan nuestra generación de los sufrimientos vividos en el campo de concentración de Mauthausen y en tantos otros? Hombres de ayer y de hoy, decidnos: ¿qué puede nuestro siglo transmitir a la posteridad, si persiste aún hoy en alguna parte del mundo el sistema de los campos de exterminio? Decidnos, ¿hemos quizá olvidado muy rápidamente nuestro infierno? ¿No hemos apagado quizás en nuestras mentes y en nuestras conciencias las huellas de aquellos crímenes antiguos? Decidnos además, ¿en qué dirección debe caminar Europa y la humanidad toda después de Auschwitz... ¿después de Mauthausen? ¿Es correcta la dirección por la que nos alejamos de aquellas horribles experiencias del pasado? ..." (L'Osservatore Romano, 26 de junio de 1988). Y también: "Quizás ninguna guerra en la historia ha caminado a la par con una tal violación del hombre, de su dignidad y de sus derechos fundamentales. Un eco del envilecimiento, e incluso de la desesperación suscitada por tal experiencia era posible recoger en la pregunta que se repetía frecuentemente después de la guerra: ¿Cómo se puede seguir viviendo después de Auschwitz? Y a veces surgía otra pregunta: ¿Es posible todavía hablar de Dios, después de Auschwitz? Y sin embargo, hoy sabemos que Auschwitz no ha sido el final..." (Discurso a la reunión de consulta de la Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, 5 de junio de 1990).

Se encuentra un tercer elemento en la conciencia que Europa ha tenido y tiene hasta ahora de estar cargada de una misión y responsabilidad suyas hacia los otros pueblos y países, justamente en el ámbito de la tutela de la verdad y de la dignidad personal del hombre: "Desde esta Europa en la que el cristianismo se ha enraizado tan profundamente durante toda la tormentosa historia --en la que sin embargo las luces no han carecido de sombras-- debe irradiarse la fuerza moral que es la única que puede animar la voluntad de respetar, defender y promover la dignidad de la persona humana al interior de sus fronteras y en solidaridad con todos aquellos que en otro lugar tienen necesidad de ello" (Mensaje al Presidente de la Corte Europea de Derechos humanos y al Presidente de la Comisión Europea de Derechos humanos, 27 de diciembre de 1979).

El último elemento está en la convicción de que el respeto de la dignidad de la persona está y debe estar en la base de toda iniciativa de construcción de Europa, y, recíprocamente, de que la edificación de la nueva Europa pide el respeto de los derechos de los hombres y, en íntima conexión con ello, de los derechos de los pueblos y de las naciones. "El mensaje cristiano --decía el Papa al nuevo Embajador de Noruega ante la Santa Sede el 25 de marzo de 1995-- ha ofrecido a los distintos pueblos de Europa la inspiración para el desarrollo de una cultura basada en una visión del puesto original que ocupaba el hombre en el designio divino, una visión que pone el énfasis en la dignidad esencial y con ésta en la capacidad de trascender toda ordenación de la sociedad hacia la verdad y el bien de todo ser humano (Centesimus annus, 38). De este modo, el cristianismo ha transformado interiormente estos pueblos. Hoy el futuro de la civilización europea depende en gran parte de la defensa decidida y promoción de los valores de la vida, núcleo de su patrimonio cultural. Como muchos y trágicos eventos del siglo XX nos han demostrado, cada vez que una sociedad reniega del designio divino escrito en el orden de la creación, el respeto por la vida y dignidad del hombre resulta inevitablemente comprometido. Hasta hoy, la civilización occidental ha estado profunda y sólidamente convencida de que el respeto a la ley natural es el fundamento esencial para la edificación de una sociedad libre y justa, capaz de hacerse cargo particularmente de sus miembros más débiles..." (L'Osservatore Romano, 26 de marzo de 1995, p. 8)

2. LAS MODALIDADES DE UN COMPROMISO

Después de haber recordado el "por qué", o las motivaciones fundamentales y específicas del compromiso de la Iglesia por los derechos humanos en Europa, pasamos ahora a delinear el "cómo", las modalidades concretas con las que tal compromiso se ha desplegado y se despliega hasta ahora. Nos detenemos brevemente en tres modalidades, de las cuales la primera es la valoración y la insistencia en la importancia de la existencia de algunas instituciones europeas y de su compromiso en la defensa de los derechos humanos. En particular, nos referimos por ejemplo a la Comisión europea de los derechos del hombre, a la Comisión Parlamentaria del Consejo de Europa, al Consejo de Europa, a la Corte europea de derechos humanos, a la Convención Europea de derechos humanos: todas ellas instituciones, por un lado reconocidas y alentadas por la Iglesia, y por otro lado, que gozan de varios modos de la presencia de representantes de la Santa Sede.

En particular, queremos recordar aquí el juicio positivo que la Iglesia hizo del Acto final de Helsinki en orden a la defensa de los derechos del hombre y en especial a la libertad religiosa. Al respecto, Juan Pablo II ha afirmado entre otras cosas, que "el Acto final de Helsinki... debe ser considerado como uno de los instrumentos más significativos del diálogo internacional... Los autores del Acto final han comprendido claramente que la paz sería muy precaria sin una cooperación entre las naciones y entre los individuos, sin una mejor calidad de vida y sin la promoción de los valores que los europeos tienen en común. He aquí la razón por la cual entre esos diez principios el séptimo habla de respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, comprendidas la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión o de credo. Además, en el tercer parágrafo, introducido por iniciativa de la Santa Sede, se lee que los estados adherentes, cito: `reconocen y respetan la libertad del individuo de profesar y practicar, solo o en común con los demás, una religión y un credo, actuando según los dictámenes de la propia conciencia'. Al subrayar el respeto por la libertad religiosa entre los fundamentos de la paz en Europa, el Acto final no solamente ha permanecido fiel a la herencia espiritual europea, impregnada desde los orígenes por el mensaje cristiano, sino que ha evidenciado la convicción de la Iglesia católica --y de muchos otros creyentes-- de que el derecho de los individuos y de las comunidades a las libertades sociales y civiles en materia de religión es uno de los pilares que sostienen el edificio de los derechos humanos" (Discurso a los miembros de la Paasikivi Society en la Sala de Conciertos del `Finlandia Hall' de Helsinki, 5 de junio de 1989, L'Osservatore Romano, 7 de junio de 1989, p. 5)

Al respecto se puede recordar también cuanto decía el Card. Agostino Casaroli --uno de los protagonistas de este proceso-- el 17 de marzo de 1990, en un discurso pronunciado en la Universidad de Parma con ocasión de la entrega del título "honoris causa": "Europa, que estuvo al origen de las ideas de Nación y de Estado y que ha formulado las reglas del derecho internacional actual, fundado principalmente sobre la noción de la absoluta soberanía del Estado, ha puesto en Helsinki las bases de un nuevo modo de concebir tal soberanía y las relaciones entre los estados. Ha reconocido el peso que corresponde en la vida internacional al hombre y a los pueblos que han mostrado ser de hecho los verdaderos protagonistas de la vida de Países donde habían estado por decenios, oprimidos y sofocados en sus más profundas aspiraciones, por parte de los aparatos estatales. Ello ha significado un importante paso adelante hacia un mundo más civil, consciente de una verdad, no nueva pero frecuentemente olvidada: que los pueblos forman la realidad viviente de los Estados, su razón de ser y el motivo de su acción" (ver L'Osservatore Romano, 18 marzo 1990, p. 5).

La Iglesia, sin embargo, no se ha limitado a subrayar la importancia del Proceso de Helsinki, sino que ha tomado parte de éste con convicción y determinación. Cito una vez más palabras del Card. Casaroli el 22 de noviembre de 1997 en la conmemoración del centenario del nacimiento de Pablo VI: "Tampoco quisiera dejar de recordar (...) la decisión tomada por Pablo VI, superando ciertas perplejidades iniciales, de hacer participar a título pleno a la Santa Sede en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, que se concluyó en Helsinki el 1º de agosto de 1975; un gesto a favor de la paz en Europa y en el mundo, cosa que revestía gran valor para el Santo Padre; pero también a favor del compromiso de toda Europa en el respeto de los derechos y libertades fundamentales del hombre, comprendidos los religiosos; cosa que, por decir lo menos, no revestía menor valor para el Papa".

Una segunda modalidad del compromiso de la Iglesia por los derechos humanos se da en su acción diplomática en los Estados de Europa. Así lo ha subrayado el Card. Angelo Sodano en el reciente Sínodo de Obispos para Europa: "Es cierto que el amor preferencial de la Iglesia por los pequeños, los pobres, los que sufren, nos hace privilegiar ciertas formas de apostolado. Tal opción preferencial, sin embargo, no es exclusiva, como sabemos bien, dado que la misión de la Iglesia es universal, para todas las personas de nuestra sociedad. Por esto, si queremos influir en la edificación de una nueva Europa, creo que debemos mantener un diálogo constante también con los laicos que trabajan en la vida pública y con todos aquellos que tienen en sus manos la suerte de los pueblos...

Con ese fin, los Romanos Pontífices, con el surgimiento de los Estados modernos en los siglos XV y XVI, recurrieron también a la institución de Legaciones Pontificias en los nuevos estados que nacían en Europa, justamente para poder anunciar también en los palacios de los Césares el mensaje cristiano. Y así ha hecho también el actual Sumo Pontífice, después de la caída del muro de Berlín y con la constitución de Gobiernos libres en la Europa centro-oriental. Se han creado nuevas formas de presencia de la Sede Apostólica ante aquellas autoridades civiles. Hasta 1989 había en Europa sólo 16 Representaciones Pontificias. En estos últimos diez años el Papa Juan Pablo II ha instituido otras 16. De éstas, 6 han surgido en el territorio de la ex-Unión Soviética. Con estos medios, la Santa Sede busca cooperar a la promoción de los valores éticos que son fundamentales para la vida de cada pueblo, como son el sentido sagrado de la vida, la dignidad de toda persona humana, la importancia de la familia, el deber de solidaridad y el compromiso por la paz...

Recientemente el Sumo Pontífice también ha instituido una Nunciatura Apostólica ante la Comunidad Europea en Bruselas, para complementar lo que se está ya haciendo en Estrasburgo de parte de la Misión Pontificia ante el Consejo de Europa y en Viena, por parte de la Misión existente ante el OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa). Son formas modernas de presencia cristiana entre los constructores de la sociedad, para llevar también a sus ambientes el fermento de la verdad". En cuanto al método a seguir en el diálogo con las autoridades civiles que no comparten la fe cristiana, el Card. Sodano recordaba la exigencia imperiosa de seguir al menos la ley natural, definida por Juan Pablo II en su discurso a las Naciones Unidas de 1995 como una "gramática" común para todos los pueblos, una gramática "que le sirve al mundo para afrontar la discusión sobre el propio futuro". Y así concluía: "Sin la ley natural, la vida social no tiene un fundamento último y toda aberración es posible. Es lo que ha sucedido con el marxismo, que negaba la posibilidad misma de la ley natural, considerándola como derivada de la ideología burguesa. Ello ha sucedido con el liberalismo absoluto, que reivindicaba para el hombre el derecho a definir el sentido mismo de la propia existencia. Creo que no podemos cansarnos nunca de repetir que la persona, la familia, la sociedad son anteriores a la política de los Gobiernos. Creo que en tal terreno podremos encontrar muchas personas de buena voluntad dispuestas a colaborar con nosotros para reencender la luz de la ley natural en el pensamiento y en la acción de los Gobiernos Europeos. Tal trabajo con los que tienen en sus manos el destino de los pueblos debe comprometernos a todos, dando a César lo que es de César pero pidiendo también a los Césares de hoy que den a Dios lo que es de Dios" (L'Osservatore Romano, 9 de octubre de 1999, p. 10)

Una última modalidad --claramente no última en importancia-- con la que la Iglesia se compromete en la promoción de los derechos del hombre está constituida por la elaboración y la difusión de la doctrina social de la Iglesia, que puede ser vista como totalmente centrada en la celosa defensa de la dignidad de la persona humana. Y, a tal propósito, no se puede olvidar el rol y la importancia que la misma doctrina social de la Iglesia reviste para la construcción de la nueva Europa, tanto más cuando Juan Pablo II con la encíclica Centesimus annus ha decidido ligar una enseñanza universal a los eventos particulares europeos de 1989. Se trata de un rol y de una importancia de la doctrina social de la Iglesia para Europa, no solamente por los contenidos que ofrece, sino también y no en menor medida, por la fuerza moral y espiritual que sabe irradiar y que está destinada a plasmar el comportamiento operativo de cuantos se han comprometido en lo social y en lo político.

Al respecto, he aquí uno de los tantos textos del Papa: "Los constructores de la nueva Europa deberán afrontar otro gran desafío: el de crear un espacio global europeo de libertad, de justicia y de paz en lugar de la isla de bienestar occidental del continente. Los países más ricos, inevitablemente, deberán afrontar sacrificios concretos para superar poco a poco la brecha inhumana de bienestar existente en Europa. Se necesita una ayuda espiritual para sacar adelante la construcción de las estructuras democráticas y su consolidación y para promover una cultura de la política y las justas condiciones del Estado de derecho. Para este esfuerzo, la Iglesia ofrece como orientación su doctrina social, la cual está centrada en la solicitud y la responsabilidad por el hombre que Cristo le ha confiado: `No se trata de un hombre `abstracto', sino del hombre real, concreto e histórico que la Iglesia no debe abandonar' (Centesimus annus, 53)" (Discurso a las Autoridades civiles y políticas de Austria y al Cuerpo Diplomático en el `Wiener Hofburg' de Viena, 20 junio 1998: L'Osservatore Romano, 21 de junio de 1998, p. 6).

3. DERECHOS DE LOS HOMBRES Y DERECHOS DE LOS PUEBLOS

Hasta ahora, hemos hablado en términos generales de dignidad de la persona y, en íntima conexión con ella, de derechos humanos. A decir verdad, algunas citas tomadas de las intervenciones de Juan Pablo II nos han ofrecido la posibilidad de acercarnos de modo concreto a algunos de estos derechos humanos. Sería ciertamente interesante, pasar ahora al examen detallado de los derechos del hombre, siempre en orden a la construcción de la nueva Europa. Nos referimos en particular a dos: el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa y el derecho a la vida.

El derecho a la libertad religiosa resulta particularmente importante y urgente en una Europa que se configura en términos cada vez más fuertes como una sociedad multiétnica, multirracial, multicultural y multirreligiosa. Tal libertad se refiere a la identidad misma de la persona, es garantía de los otros derechos del hombre, es "el corazón mismo de los derechos humanos" (Mensaje para la Paz, 1º de enero de 1999). "El reconocimiento efectivo de la libertad religiosa aparece como una condición indispensable para la construcción de la nueva Europa y para la armoniosa coexistencia de las naciones que la componen... El cristianismo a lo largo de la historia ha reunido y unido entre ellos a los varios pueblos, ayudándolos a liberarse de los yugos que los oprimían. El examen sereno del pasado demuestra que la fe cristiana es uno de los pilares sobre los que se yergue el viejo continente. Los valores antropológicos, morales y espirituales que se refieren a ella, son un tesoro del que conviene seguir extrayendo en la proyección del futuro. Ello no excluye, obviamente, el mismo respeto por las demás tradiciones religiosas, que deben tener derecho de ciudadanía. El respeto de la libertad religiosa es garantía del respeto de todas las demás libertades individuales y comunitarias" (Discurso en la presentación de las Cartas Credenciales del nuevo Embajador de la República Checa ante la Santa Sede, 28 de junio de 1999: L'Osservatore Romano, 28-29 de junio de 1999, pp. 5-6).

Recordamos además el derecho a la vida, presentado constantemente por la Iglesia como "el primer y fundamental" derecho del hombre: "Uno mi voz --decía el Papa a los miembros de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, el 29 de marzo de 1999-- a la del Consejo de Europa pidiendo que el derecho más fundamental, el de la vida para toda persona, sea reconocido en todo el espacio europeo y que la pena de muerte sea abolida. Este primer e imprescriptible derecho a vivir no significa solamente que todo ser humano pueda sobrevivir, sino también que pueda vivir en condiciones justas y dignas" (L'Osservatore Romano, 29-30 de marzo de 1999, p. 5). En particular, este derecho, que constituye uno de los pilares sobre los que se yergue la sociedad civil, representa un desafío para la Europa de hoy y para su futuro: "En verdad, en este punto Europa se está jugando su destino futuro, puesto que está dando signos de decadencia moral y empobrecimiento demográfico y está arriesgándose así a dilapidar el patrimonio cultural que le ha sido transmitido por insignes pensadores, grandes juristas, y admirables santos" (Discurso a los participantes en el Encuentro de estudio "El derecho a la vida y Europa", 18 de diciembre de 1987). Pero más allá de la lista y el examen de cada uno de los derechos del hombre, interesa destacar que en ellos está en juego siempre algo mucho más fundamental y "transversal": el respeto a la verdad y a la dignidad del hombre. En otras palabras, no hay duda de que, para dar cuerpo y concreción a la noción de "ciudadanía europea", no se puede no individuar con precisión los "derechos" que (de ser respetados, tutelados y promovidos) contribuyen a constituirla. Pero hay una cuestión aún más fundamental: consiste en el re-apropiarse de una verdadera noción de hombre-persona. El problema, entonces, no es tanto ni sólo el de enumerar una serie de derechos; sino más radicalmente el de re-encontrar la verdad del hombre, sobre la cual tales derechos se fundan, y lograr respetar a cada persona individual y a la humanidad entera.

Y todo esto implica la convicción de que la piedra angular para la construcción de Europa está dada justamente por el concepto y la verdad del hombre: "Es en esta base en que se construye la Europa de los hombres y de los pueblos, y no solamente la del progreso material y técnico... Entonces se impone necesariamente el deber de someter las leyes y los sistemas a una continua revisión desde el punto de vista de los derechos objetivos e inviolables del hombre. Es necesario trabajar para que a fin de cuentas todo programa, todo plan de desarrollo social, económico, político, cultural de Europa ponga siempre en primer plano al hombre con su suprema dignidad y con sus derechos imprescindibles, fundamento indispensable del auténtico progreso" (Discurso a los Juristas y Jueces de la Corte europea de los derechos humanos en el XXX aniversario de la firma de la Convención europea sobre los derechos del hombre, 10 de noviembre de 1980). Y además: "Es poniendo incansablemente a la persona humana y su dignidad inalienable al centro de vuestras preocupaciones y de vuestras decisiones --decía el Papa a los miembros de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa, el 29 de marzo de 1999-- como ofreceréis una colaboración duradera a la construcción de Europa y serviréis al hombre y a la humanidad entera" (L'Osservatore Romano, 29-30 de junio de 1999, p. 5).

Hemos hablado hasta aquí de la defensa y promoción de los derechos del hombre, pero ya otras veces --especialmente en referencia a Europa-- ha surgido también otro tema: el de los derechos de los pueblos y de las naciones. En realidad, en virtud de la intrínseca dimensión social de la persona, existe una relación estrechísima entre los derechos el hombre y los derechos de los pueblos. "Europa está ahora compuesta mayormente por estados de pequeñas o medianas dimensiones. Pero todos tienen el propio patrimonio de valores, la misma dignidad y los mismos derechos. Ninguna autoridad puede limitar sus derechos fundamentales, a menos que éstos pongan en peligro los derechos de otras naciones. Si la comunidad internacional no logra ponerse de acuerdo en los medios para resolver en su fuente el problema de las reivindicaciones nacionalistas, se puede prever que continentes enteros serán perjudicados y se regresará progresivamente a relaciones de potencia a causa de las cuales las personas serán las primeras en sufrir. Puesto que los derechos de los pueblos van a la par con los derechos del hombre..." (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en el saludo de inicio del año, 15 de enero de 1994: L'Osservatore Romano, 16 de enero de 1994, p.7).

Así, el compromiso de la Iglesia por los derechos del hombre desemboca y se completa en el compromiso con la afirmación y la defensa de los derechos de los pueblos, como son el derecho a la existencia, a la independencia, a la autodeterminación, al reconocimiento político, a la propia cultura, al propio desarrollo. Al respecto es conocido el empeño dirigido, constante y valiente de la Santa Sede. Baste, a título de ejemplo, escuchar las palabras pronunciadas por el Papa en Sarajevo el 13 de abril de 1997: "Como en toda otra parte del mundo, también en estas regiones la Santa Sede promueve el respeto de la igual dignidad de los pueblos y su derecho a escoger libremente el propio futuro. Al tiempo, ella se esfuerza para que sea salvaguardado todo posible espacio de solidaridad mutua en un clima de convivencia pacífica y civil... El clima de la paz y del respeto recíproco es la única vía para combatir en el modo más eficaz los nacionalismos exasperados, culpables de tantos lutos y de tantos daños pasados y recientes. Estas tierras, en las cuales Oriente y Occidente han sentido más aguda la fatiga del diálogo y de la colaboración recíproca, se han convertido en un símbolo de nuestro siglo sembrado de amarguras pero también rico de promesas para toda Europa... El nuevo milenio que está ya a las puertas, se abra con la determinación decidida de construir una era de crecimiento civil en la concordia con el aporte de los dones particulares de los que cada Nación, en el curso de su historia, ha sido enriquecida por Dios, Señor y Padre de todos los pueblos" (L'Osservatore Romano, 14-15 de abril de 1997, p. 9).

4. PERSPECTIVAS PARA EL FUTURO Y COMPROMISO DE LOS CRISTIANOS

A tratar el tema de la Iglesia y de su compromiso a favor de los derechos humanos en la nueva Europa se detuvo también la Segunda Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar en Roma del 1º al 23 de octubre de este año. En esta última parte de mi intervención me detendré brevemente en el aporte sinodal a nuestro tema: es un aporte que se sitúa al interior y como aspecto particular de un Sínodo que ha tenido como "centro" de oración y de reflexión a "Jesucristo viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa". Como se ve, nos movemos clara y rigurosamente en la perspectiva de la evangelización de Europa, y con un consciente y voluntario acento en la esperanza, como resalta en el Mensaje final del Sínodo. Los Obispos dicen: "con la alegría y la autoridad de quien sabe hablar en nombre de Cristo el Señor que nos ha mandado, nos hacemos embajadores y testigos para toda Europa del "Evangelio de la esperanza". La palabra que San Pedro ha dirigido a los primeros cristianos, nosotros la decimos a vosotros. `No les tengáis miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza.' (1Pe 3,14-15)... Y con vosotros, a nuestra Europa --que habitamos con amor y que vemos tan sedienta de una esperanza que está en riesgo constante de perderse-- repetimos cuanto nos ha dicho el Papa Juan Pablo II al inicio de los trabajo sinodales: `Con la autoridad que le viene de su Señor, la Iglesia repite al hombre de hoy: Europa del Tercer Milenio `no dejes que se te caigan los brazos' (Sof 3,16); no cedas al desaliento, no te resignes a los modos de pensar y de vivir que no tienen futuro, porque no se apoyan en la firme certeza de la Palabra de Dios" (nn. 1-2).

De los trabajos del Sínodo poseemos los Lineamenta preparatorios, el amplio y valioso Instrumentum laboris, las relaciones de las intervenciones tanto de cada Obispo como de los Obispos reunidos en los "trabajos de grupo" (circoli minores), como fueron referidos oficialmente por L'Osservatore Romano, y el Mensaje final (nuntius) con el título "Testimoniamos con alegría el `Evangelio de la Esperanza' en Europa". Las Proposiciones, en cambio, fueron enviadas al Santo Padre con la invitación-pedido de ofrecer a la Iglesia en Europa una exhortación apostólica post-sinodal, así como lo hizo con los demás Sínodos continentales de los últimos años. Nosotros nos referimos particularmente al Mensaje final para tomar de él elementos que se refieren directamente a la Iglesia y a su compromiso con los derechos del hombre en Europa. Como hemos ya dicho, el acento se pone en la esperanza. No se trata de ninguna manera de una esperanza ingenua, porque se conjuga con un profundo realismo al mirar la actual situación de Europa, de esta compleja realidad geográfica, pero sobre todo histórica y cultural. Escriben: "Ante nosotros se presentan situaciones dramáticas e inquietantes que manifiestan la obra del espíritu del mal y de cuantos lo siguen. ¿Cómo olvidar todas las formas de violación de los derechos fundamentales de las personas, de las minorías, de los pueblos --en particular la `limpieza étnica' y el impedimento a los prófugos de regresar a sus casas-- con el enorme peso de injusticias, violencia, muerte que abruman este siglo, llegado ya al atardecer?" (n. 6) Pero la intención fundamental que mueve a los Obispos es la de individuar y potenciar los fenómenos y las razones que abren a la esperanza. En una semejante perspectiva, los Obispos escriben: "Constatamos con alegría la creciente apertura de los pueblos, unos a los otros, la reconciliación entre las naciones que por largo tiempo han sido hostiles o enemigas, la expansión progresiva del proceso unitario de los Países del Este europeo. Se están adelantando reconocimientos, colaboraciones, intercambios de todo tipo, de modo que poco a poco se crea una cultura, o incluso una conciencia europea..." (n. 6).

Los Obispos abren aquí el discurso más específico sobre los derechos del hombre diciendo: "Saludamos con satisfacción lo que se ha hecho para precisar las condiciones y modalidades del respeto de los derechos humanos. En el contexto... de la legítima y necesaria unidad económica y política en Europa, mientras anotamos lo signos de esperanza ofrecidos por la consideración que se da al derecho y a la calidad de vida, hacemos vivos votos para que, en fidelidad creativa a la tradición humanista y cristiana de nuestro Continente, se garantice el primado de los valores éticos y espirituales. Es un deseo el nuestro que nace de la convicción firme de que no hay unidad verdadera y fecunda para Europa si ésta no es construida sobre fundamentos espirituales!" (n. 6)

En el Mensaje de los Obispos resuenan particularmente estimulantes algunos llamados: "El amor sincero que, como Pastores, tenemos por Europa, nos mueve a dirigir con confianza apelaciones a cuantos --sobre todo a nivel institucional, político y cultural-- tienen una responsabilidad específica en la suerte de nuestro Continente: - no calléis, sino alzad la voz cuando son violados los derechos humanos de los individuos, de las minorías, de los pueblos, comenzando por el derecho a la libertad religiosa; - reservad la más grande atención a todo lo que se refiere a la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural y la familia fundada sobre el matrimonio: éstas son las bases sobre las que se apoya la común casa europea; - proseguid, con valor y urgencia, el proceso de integración europea extendiendo los círculos de los pueblos miembros de la Unión, valorando en sapiente armonía las diversidades históricas y culturales de las naciones, asegurando la globalidad y la unidad de los valores que son propios de Europa en sentido humano y cultural; - afrontad, según la justicia y la equidad y con sentido de gran solidaridad, el creciente fenómeno de las migraciones, haciendo de ellas nuevo recurso para el futuro europeo: - haced todo esfuerzo para que a los jóvenes se garantice un futuro verdaderamente humano con trabajo, cultura, educación en los valores morales y espirituales; - abrid las puertas de Europa a todos los países del mundo trabajando siempre, en el contexto actual de globalización, en formas de cooperación no sólo económica sino también cultural y social; y acoged el llamado que, junto al Santo Padre, os renovamos, a condonar o al menos reducir la deuda internacional de los Países en vía de desarrollo, como han hecho ya algunos países" (n. 6).

Todo esto, concluyen los Padres sinodales, en la perspectiva de futuro y de la nueva Europa: "Cumpliendo esta y otras responsabilidades, las raíces cristianas de nuestra Europa y su rica tradición humanista podrán encontrar nuevas formas de expresión para el verdadero bien de la persona y de la sociedad" (n. 6).

Deseo concluir en términos aún más concretos y comprometedores, es decir, de responsabilidad personal. En realidad, la perspectiva de la Iglesia y de su compromiso a favor de los derechos humanos no puede no traducirse en la perspectiva más inmediata y capilar de cada una de las comunidades cristianas, e incluso de los cristianos individuales, en particular de aquellos fieles laicos que tienen la vocación específica de "buscar el Reino de Dios ocupándose de las cosas temporales y ordenándolas según Dios" (Lumen gentium, 31). Justamente a los cristianos laicos, individuales y asociados, se dirigió el Papa en el Mensaje para la 74ª Sesión de las "Semanas Sociales de Francia", el 17 de noviembre de los corrientes, alabando su "deseo de cumplir una obra innovadora para preparar el futuro, sobre todo en Europa". Para después precisar: "En particular, es importante desarrollar una cultura social cuyo centro sea el hombre, como persona y como miembro de un pueblo". Y concluía: "A la vigilia del tercer milenio, los cristianos están llamados a entrar en un nuevo mundo como protagonistas, comprometiéndose a innovar con el fin de promover la justicia y la dignidad del hombre y a construir con todos los hombres de buena voluntad una sociedad que respete a cada ser humano" (L'Osservatore Romano, 27 de noviembre de 1999, p. 5). No es posible ni tampoco necesario, en esta sede, entrar a indicar los contenidos proyectuales y operativos de los cristianos en el orden de los derechos humanos en Europa.

Quizá resulta más interesante y estimulante volver a proponer a cada uno de nosotros el interrogativo presente en el Instrumentum laboris del Sínodo: "Cómo continuar a ser signo, en Europa, de un Dios que sigue buscando al hombre, dispuestos incluso a perder posiciones de rendimiento que pueden hacernos caer en la ilusión de que nuestros países son todavía cristianos, pero firmemente decididos a dar razón de la gran esperanza que hay en nosotros?". Y es aún este texto preparatorio del Sínodo el que nos sugiere una respuesta: "Se trata, en esta línea, de proponer la ecuación fundamental de nuestra fe, por la cual los derechos de Dios son los derechos del hombre y los derechos del hombre son los derechos de Dios. Ello comporta un reconocimiento de la centralidad, en la acción pastoral, de la defensa del hombre, sobre todo de los más débiles y de los más pobres, en una óptica no meramente asistencialista, sino de promoción y de crecimiento de la persona. Este es ciertamente otro signo de esperanza que los cristianos pueden lleva a Europa, como fermento de una sociedad que remite al centro el hombre con sus problemas y sus aspiraciones" (n. 75).

CONCLUSIÓN

En fin, permítasenos una mención al Jubileo inminente. Como se sabe, el Jubileo, desde sus orígenes (ver Lev 25), era un tiempo dedicado particularmente a Dios, una ocasión para redescubrir y reconocer el verdadero rostro de Dios y para regresar a él (ver Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, 12). Así se revelaba la posibilidad de una nueva vida en la justicia para todo el pueblo. "Es ésta --leemos nuevamente en el Instrumentum laboris del Sínodo-- también la tarea que espera a la Europa de hoy: ella debe regresar a Dios y poner en él los sólidos fundamentos de su casa; solo así podrá encontrar la esperanza y verá florecer una era nueva de libertad, de unidad, de paz. La Iglesia en el Sínodo, profesando y proponiendo la fe en el Señor Jesús, revelación perfecta del rostro de Dios, ofrece su contribución insustituible al entreabrirse una nueva era para el continente europeo" (n. 91).

Génova, 11 de diciembre de 1999

Dionigi Card. Tettamanzi,
Arzobispo de Génova

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