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S.S. Juan Pablo II, Oración y penitencia
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Oración y penitencia

Catequesis de su S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

12 de febrero 1997

1. Hoy, miércoles de Ceniza, primer día de la Cuaresma, iniciamos el camino de preparación para la santa Pascua. Se trata de un itinerario espiritual de oración y penitencia, con el que los cristianos se dejan purificar y santificar por el Señor, que quiere que participen en sus sufrimientos y en su gloria (cf. Rm 8, 17).

El Espíritu Santo, que guió y sostuvo a Cristo en el «desierto», nos introduce en este tiempo de Cuaresma, dándonos la gracia necesaria para resistir a las seducciones del antiguo tentador y vivir con renovado compromiso en la libertad de los hijos de Dios.

En efecto, Jesús no nos pide una observancia formal o meros cambios exteriores, sino más bien la conversión del corazón, para que cumplamos con fidelidad la voluntad de su Padre y nuestro Padre.

En este tiempo cuaresmal, Jesús nos llama a seguirlo por el camino que lo lleva a Jerusalén, para inmolarse en la cruz. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). Esta invitación es, sin duda alguna, exigente y dura, pero capaz de liberar, en quien la acoge, la fuerza creativa del amor.

Por tanto, ya desde el primer momento de este tiempo de Cuaresma nuestra mirada se dirige a la cruz gloriosa de Cristo. El autor de la Imitación de Cristo escribe: «En la cruz está la salvación; en la cruz está la vida; en la cruz está la defensa del enemigo; en la cruz está el don sobrenatural de las dulzuras del cielo; en la cruz está la fuerza de la mente y la alegría del espíritu; en la cruz se suman las virtudes y se perfecciona la santidad» (XII, 1).

2. «Convertíos y creed el Evangelio» (Mc 1, 15). Hoy, cuando nos imponen la ceniza sobre nuestra cabeza volvemos a escuchar esta expresión del evangelista san Marcos. Con ella se nos recuerda que la salvación, que Jesús nos ofrece en el misterio de su Pascua, exige nuestra respuesta.

Así, la liturgia nos invita a manifestar de forma concreta y visible el don de la conversión del corazón, indicándonos qué camino tenemos que recorrer y cuáles instrumentos debemos usar. La escucha asidua de la palabra de Dios, la oración incesante, el ayuno interior y exterior, las obras de caridad, que hacen concreta la solidaridad con nuestros hermanos, son puntos irrenunciables para aquellos que, regenerados a la vida nueva mediante el bautismo, quieren vivir ya no según la carne, sino según el Espíritu (cf. Rm 8, 4).

También en el Mensaje para la Cuaresma de este año me he referido a la solidaridad con nuestros hermanos: la Cuaresma es «el tiempo de la solidaridad ante las situaciones precarias en las que se encuentran personas y pueblos de tantos lugares del mundo» (n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de enero de 1997, p. 4). Entre las situaciones de precariedad he destacado particularmente la condición dramática de quienes viven sin tener una casa.

3. El tiempo cuaresmal se inserta este año en el itinerario trienal de preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000. El año 1997, primera etapa de este recorrido, ase dedicará a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre por obra del Espíritu Santo» (Tertio millennio adveniente, 40). Durante este año todos estamos invitados a redescubrir en profundidad la persona de Cristo, Salvador y evangelizador, para renovarle nuestra adhesión.

De la misma manera que las multitudes del Evangelio se maravillaban ante los gestos y la enseñanza de Jesús, así también hoy la humanidad podrá sentirse fascinada más fácilmente por Cristo y decidirse por él, si contempla el testimonio de fe y caridad de los cristianos. El Señor, a través de la obra de la Iglesia, continúa llamando a hombres y mujeres para que lo sigan.

4. Que nos acompañe la Virgen santísima por el camino de conversión y penitencia que acabamos de empezar. Su ayuda materna nos impulsa a vencer toda pereza y todo miedo, para avanzar con fe intrépida hacia el Calvario, sabiendo estar amorosamente al pie de la cruz, con la alegre esperanza de participar en la gloria de la resurrección del Señor.

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