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Santa Sede, Mensaje de la Santa Sede en el A√Īo Internacional del Discapacitado
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Mensaje de la Santa Sede en el A√Īo Internacional del Discapacitado

Ciudad del Vaticano, 4 de marzo de 1981

Desde el primer momento, la Santa Sede ha acogido favorablemente la iniciativa de las Naciones Unidas de proclamar 1981 "A√Īo Internacional de las personas minusv√°lidas". En efecto si, dado su n√ļmero -se calcula que sobrepasa los cuatrocientos millones-, y sobre todo dada su particular condici√≥n humana y social, tales personas merecen que la comunidad mundial se ocupe de ellas activamente, no puede faltar en tan noble empresa la solicitud dirigente y vigilante de la Iglesia, la cual por su naturaleza, vocaci√≥n y misi√≥n, siente de manera especial la suerte de los hermanos m√°s d√©biles y probados.

Por esto, ha seguido con suma atenci√≥n cuanto se ha ido llevando a efecto hasta ahora en favor de los minusv√°lidos en el plano legislativo, tanto nacional como internacional: a este respecto hay que destacar la Declaraci√≥n de los derechos de los minusv√°lidos por parte de la ONU y la Declaraci√≥n sobre los derechos de las personas retrasadas mentalmente, as√≠ como los resultados positivos y las perspectivas de la investigaci√≥n cient√≠fica y social, las propuestas innovadoras y las obras de diverso tipo que se est√°n desarrollando en ese sector. Tales iniciativas ponen de manifiesto una renovada toma de conciencia del deber de solidaridad en este campo espec√≠fico del sufrimiento humano, teniendo en cuenta adem√°s que en los pa√≠ses del Tercer Mundo la suerte de las personas minusv√°lidas es a√ļn m√°s grave y exige m√°s atenci√≥n y m√°s sol√≠cita consideraci√≥n. La Iglesia se asocia plenamente a las iniciativas y a los laudables esfuerzos puestos en pr√°ctica para mejorar la situaci√≥n de las personas minusv√°lidas y tiene intenci√≥n de aportar a ellos su propia contribuci√≥n. Lo hace ante todo por fidelidad al ejemplo y a las ense√Īanzas de su Fundador. Jesucristo, en efecto, ha reservado un cuidado especial y prioritario a los que sufren, en toda la amplia gama del dolor humano, rode√°ndolos con su amor misericordioso durante su ministerio y manifestando en ellos el poder salv√≠fico de la redenci√≥n que abarca al hombre en su singularidad y totalidad. Los marginados, los desvalidos, los pobres, los que sufren, los enfermos, han sido los destinatarios privilegiados de anuncio, de palabra y de obra, de la Buena Noticia del Reino de Dios que hace irrupci√≥n en la historia de la humanidad.

La comunidad de los discípulos de Cristo, siguiendo su ejemplo, han hecho florecer, a través de los siglos, obras de generosidad extraordinaria, que testimonian no sólo la fe y la esperanza en Dios, sino también una fe y un amor inquebrantables en la dignidad del hombre, en el valor irrepetible de toda vida humana y en el destino trascendente de quien ha sido llamado a la existencia.

En la visi√≥n de fe y en la concepci√≥n del hombre que les es propia, los cristianos saben que tambi√©n en el ser minusv√°lido reluce misteriosamente la imagen y la semejanza que Dios ha querido imprimir en la vida de sus hijos; y recordando que el mismo Cristo ha querido identificarse m√≠sticamente con el pr√≥jimo que sufre, considerando como hecho a s√≠ mismo todo lo que se hiciese en favor de los m√°s peque√Īos entre sus hermanos (cf. Mt. 25, 31-46), se sienten solicitados a servir en El a aquellos a quienes las pruebas f√≠sicas han azotado y menoscabado, y no piensan retirarse ante nada de lo que deba llevarse a cabo, aunque sea con sacrificio personal, para aliviar sus condiciones de inferioridad.

¬ŅC√≥mo no pensar en estos momentos, con vivo reconocimiento, en todas las comunidades y asociaciones, en todos los Religiosos y Religiosas, en todos los voluntarios seglares que se prodigan en el servicio a las personas minusv√°lidas, atestiguando as√≠ la vitalidad perenne de ese amor que no conoce barreras?.

Con este esp√≠ritu, la Santa Sede, a la vez que expresa a los Responsables del bien com√ļn, a las Organizaciones internacionales y a todos los que se dedican al servicio de los minusv√°lidos su propia complacencia y su aliento por las iniciativas emprendidas, considera √ļtil recordar brevemente algunos principios que puedan servir de gu√≠a para acercarse a tales personas y sugerir adem√°s alguna l√≠nea de actuaci√≥n.

I. Principios Fundamentales

1. El primer principio que debe ser afirmado con claridad y con vigor es que la persona minusválida (bien lo sea por enfermedad congénita, a consecuencia de enfermedades crónicas o de infortunio, o bien por debilidad mental o enfermedades sensoriales, cualquiera que sea el alcance de tales lesiones), es un sujeto plenamente humano, con los correspondientes derechos innatos, sacros e inviolables. Tal afirmación se apoya en el firme reconocimiento de que el ser humano posee una dignidad propia y un valor autónomo propio desde su concepción y en todos los estadios de su desarrollo, sean cuales sean sus condiciones físicas. Este principio que brota de la recta conciencia universal, debe ser asumido como el fundamento inquebrantable de la legislación y de la vida social.

Es más, pensándolo bien se podría decir que la persona del minusválido, con las limitaciones y el sufrimiento que lleva impresos en su cuerpo y en sus facultades, pone más de relieve el misterio del ser humano, con toda su dignidad y grandeza. Ante la persona minusválida, nos sentimos introducidos en las fronteras secretas de la existencia humana; y se nos llama a acercarnos con respeto y amor a este misterio.

2. Dado que la persona que sufre una ‚Äúminoraci√≥n‚ÄĚ es un sujeto con todos sus derechos, se le debe facilitar la participaci√≥n en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles accesibles a sus posibilidades. El reconocimiento de estos derechos y el deber de la solidaridad humana constituyen un empe√Īo y una tarea a realizar, con la creaci√≥n de condiciones y estructuras psicol√≥gicas, sociales, familiares, educativas y legislativas id√≥neas a acoger y desarrollar integralmente la persona minusv√°lida.

La Declaraci√≥n sobre los Derechos de las Personas Minusv√°lidas proclama, en efecto, en el n.3, que ‚Äúlas personas minusv√°lidas tienen derecho a ser respetadas por su dignidad humana. Las personas minusv√°lidas, cualquiera que sea el origen, la naturaleza y la gravedad de su ‚Äėminoraci√≥n‚Äô y de sus incapacidades, tienen los mismos derechos fundamentales que los dem√°s ciudadanos de su edad, lo cual comporta ante todo y sobro todo el derecho a llevar a una vida decente, lo m√°s normal y completa posible‚ÄĚ.

3. La calidad de una sociedad y de su civilizaci√≥n se mide por el respeto que manifiesta hacia los m√°s d√©biles de sus miembros. Una sociedad teocr√°ticamente perfecta, en la que se admita s√≥lo a miembros plenamente funcionales y donde uno que no se ajuste a este modelo o no sea apto para desempa√Īar un papel propio, sea marginado, recluido o, lo que es peor, eliminado, deber√≠a ser considerada como radicalmente indigna del hombre, aunque fuese ventajosa desde el punto de vista econ√≥mico. En efecto, ser√≠a una sociedad pervertida por una especie de discriminaci√≥n no menos condenable que la racial, es decir, la discriminaci√≥n de los fuertes y ‚Äúsanos‚ÄĚ contra los d√©biles y enfermos. Es necesario afirmar con toda claridad que la persona minorada es uno de nosotros, part√≠cipes de nuestra misma humanidad. Reconociendo y promoviendo su dignidad y sus derechos, reconocemos y promovemos nuestra misma dignidad y nuestros mismos derechos.

4. La orientaci√≥n fundamental a la hora de plantear los problemas que conciernen a la participaci√≥n de las personas minoradas en la vida social, debe ser inspirada por los principios de integraci√≥n, normalizaci√≥n y personalizaci√≥n. El principio de la integraci√≥n se opone a la tendencia al aislamiento, a la segregaci√≥n y a la marginaci√≥n de la persona minorada; pero va tambi√©n m√°s all√° de una actitud de mera tolerancia respecto a ella. Comporta el empe√Īo a convertir la persona minusv√°lida en un sujeto a t√≠tulo pleno, seg√ļn sus posibilidades, en el √°mbito de la vida familiar lo mismo que en el de la escuela, del trabajo y, en general, en la comunidad social, pol√≠tica, religiosa.

De este principio deriva como consecuencia natural, el de la normalización que significa y conlleva el esfuerzo orientado a la rehabilitación completa de las personas minusválidas con todos los medios y técnicas de que se dispone hoy día y, donde esto no sea posible, a la consecución de un marco de vida y de actividad que se acerque lo más posible al normal.

Por √ļltimo, el principio de la personalizaci√≥n pone en claro que, en los ciudadanos de diverso tipo as√≠ como en las diversas relaciones de orden educativo y social orientadas a eliminar las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ se debe siempre considerar, proteger y promover principalmente la dignidad , el bienestar y el desarrollo integral de la persona minorada, en todas sus dimensiones y facultades f√≠sicas, morales y espirituales. Tal principio significa y comporta adem√°s la superaci√≥n de ciertos ambientes caracterizados por el colectivismo y por el anonimato, a los cuales la persona minorada queda a veces relegada.

II. Líneas de Actuación

1. No se puede por menos de desear que a tales enunciados -al igual que a los de la citada Declaraci√≥n- sea dado pleno reconocimiento de la comunidad internacional y nacional, evitando interpretaciones reductivas, excepciones arbitrarias, si no incluso aplicaciones contrarias a la √©tica, que terminan por hacer in√ļtil su sentido y su alcance.

Los adelantos de la ciencia y de la medicina han permitido, en nuestros días, descubrir en el feto algunos defectos que puedan dar origen a futuras malformaciones y deficiencias. La imposibilidad que encuentra de momento la medicina para darles remedio ha llevado a algunos a prometer e incluso a practicar la supresión del feto. Este comportamiento nace de una actitud de pseudo- humanismo, que compromete el orden ético de los valores objetivos y no puede por menos de ser rechazado por las conciencias rectas. Eso mismo manifiesta un modo de obrar que, si fuese aplicado en otra edad, sería considerado gravemente anti- humano. Por otra parte, la negligencia deliberada de asistencia o cualquier acción que conduzca a la supresión del recién nacido minorado representan atentados no sólo a la ética médica, sino también al derecho fundamental e inalienable a la vida. No se puede disponer a propio gusto de la vida humana, arrogándose un poder arbitrario sobre ella. La medicina pierde su título de nobleza, cuando, en vez de atacar la enfermedad, ataca la vida; en efecto, la prevención debe ser contra la enfermedad, no contra la vida. Y no se podrá decir nunca que se quiere dar alivio a una familia, suprimiendo a uno de sus miembros. El respeto, la dedicación, el tiempo y los medios exigidos por el cuidado de las personas minusválidas, incluidas las que están gravemente afectadas en sus facultades metales, es el precio que una sociedad debe pagar con generosidad para seguir siendo realmente humana .

2. De la afirmaci√≥n clara de este punto deriva como consecuencia el deber de emprender investigaciones m√°s amplias y profundas para vencer las causas de las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ. Ciertamente se ha hecho ya mucho en este campo durante los √ļltimos a√Īos, pero queda por hacer a√ļn mucho m√°s. Corresponde a los hombres de ciencia el nobil√≠simo cometido de poner su competencia y sus estudios al servicio del mejoramiento de la calidad y de la defensa de la vida humana. Las tendencias actuales en el campo de la gen√©tica, de la fetolog√≠a, de la perinatolog√≠a, de la bioqu√≠mica y de la neurolog√≠a, para mencionar solamente algunas disciplinas, permiten nutrir la esperanza de sensibles progresos. Un esfuerzo unificado de las investigaciones no dejar√° de conducir, como es deseable, a resultados alentadores en un futuro no lejano.

Estas iniciativas de investigaci√≥n fundamental y de aplicaci√≥n de los conocimientos adquiridos merecen por lo tanto un impulso m√°s decidido y un apoyo m√°s concreto. La Santa Sede abriga el deseo de que las Instituciones Internacionales, los Poderes P√ļblicos de cada naci√≥n, los Organismos de investigaci√≥n, las Organizaciones no gubernativas y la Fundaciones privadas quieran estimular cada vez m√°s la investigaci√≥n y destinar a ella los fondos necesarios.

3. La acci√≥n prioritaria de prevenci√≥n de las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ, debe hacer reflexionar tambi√©n sobre el fen√≥meno preocupante de personas que, en n√ļmero elevado, sufren un ‚Äúagotamiento‚ÄĚ o ‚Äúchoc‚ÄĚ que perturban su vida ps√≠quica e interior. Prevenir estas ‚Äúminoraciones‚ÄĚ y promover la salud del esp√≠ritu, significa y comporta un esfuerzo concorde y creativo para favorecer una educaci√≥n integral, un ambiente, relaciones humanas e instrumentos de comunicaci√≥n en los que la persona no se vea mutilada en sus m√°s profundas exigencias y aspiraciones -en primer lugar las morales y espirituales- y no sufra violencias que terminen por comprometer su equilibrio y su dinamismo interior. Se impone una ecolog√≠a espiritual a la par que una ecolog√≠a natural.

4. Cuando la ‚Äúminoraci√≥n‚ÄĚ, no obstante la aplicaci√≥n responsable y rigurosa de todas las t√©cnicas y de todos los cuidados de que hoy se dispone se presenta como irremediable e irreversible, se deber√°n buscar y actuar todas las dem√°s posibilidades de crecimiento humano y de integraci√≥n social que permanecen abiertas para quien la sufre. Adem√°s del derecho a los cuidados m√©dicos apropiados, la Declaraci√≥n de las Naciones Unidas enumera otros derechos que tienen como objetivo la integraci√≥n o la reintegraci√≥n m√°s completa posible en la sociedad. Tales derechos tienen una repercusi√≥n muy amplia sobre un conjunto de servicios ya existentes o a√ļn por organizar, entre los que se puede mencionar la organizaci√≥n de un adecuado sistema educativo, la formaci√≥n profesional responsable, los servicios de asesoramiento, un apropiado puesto de trabajo.

5. Hay un punto que parece digno de especial atenci√≥n. La Declaraci√≥n de las Naciones Unidas sobre los derechos de las personas minusv√°lidas, afirma que ‚Äúlas personas ‚Äėminoradas‚Äô tienen el derecho de vivir con sus familias o en un ambiente familiar‚ÄĚ (n.9). La realizaci√≥n efectiva de este derecho resulta sumamente importante. En efecto, es en el hogar dom√©stico, rodeada del afecto familiar, donde la persona minusv√°lida encuentra el ambiente m√°s natural y apropiado a su desarrollo. Teniendo en cuenta esta configuraci√≥n primordial de la familia en orden al desarrollo y a la integraci√≥n de la persona minorada en la sociedad, los responsables de las estructuras m√©dico- sociales y orto- pedag√≥gicas deber√≠an proyectar la propia estrategia a partir de la familia y haciendo de √©sta la principal fuerza din√°mica del proceso de curaci√≥n y de integraci√≥n social.

6. En esta perspectiva, habr√° que tener presente la decisiva importancia que reviste la ayuda a ofrecer en el momento en que los padres descubren con dolor que un hijo suyo es minusv√°lido. El trauma que esto les puede ser tan profundo y causar una crisis tan fuerte que sacuda todo un sistema de valores. La falta de una asistencia precoz y de un apoyo adecuado en esta fase puede tener consecuencias nefastas tanto para los padres como para la persona minusv√°lida. No deber√°n pues contarse √ļnicamente con el examen diagn√≥stico, dejando despu√©s a los padres abandonados a s√≠ mismos. El aislamiento y el rechazo de la sociedad podr√≠an inducirlos a no aceptar o, lo que Dios no quiera, a rechazar la prole minusv√°lida. Es necesario por tanto que las familias se sientan rodeadas por una profunda comprensi√≥n y simpat√≠a de parte de la comunidad y que reciban de las asociaciones y de los poderes p√ļblicos una asistencia adecuada desde el momento en que se descubre la ‚Äúminoraci√≥n‚ÄĚ en uno de sus miembros.

La Santa Sede consciente de la heroica fuerza de √°nimo exigida a esas familias, no puede menos de dar una contribuci√≥n de aprecio y expresar su profundo reconocimiento a las familias que, generosa y valientemente, han aceptado tomar a su cargo e incluso adoptar ni√Īos minusv√°lidos. El testimonio que ellas dan en favor de la dignidad, el valor y la sacralidad de la persona humana merece ser abiertamente reconocido y apoyado por toda la comunidad humana.

7. Cuando circunstancias particulares o exigencias especiales que tienen como finalidad la rehabilitaci√≥n de la persona minusv√°lida exigen su estancia tempor√°nea o tambi√©n permanente fuera del hogar dom√©stico, las casas- asilos y las instituciones que suplen a la familia, en lo que refiere a su configuraci√≥n y a su funcionamiento, deber√≠an acercarse, en cuanto sea posible, al modelo familiar evitando la segregaci√≥n y el anonimato. Ser√° pues necesario obrar de manera que durante la permanencia en estos centros las relaciones de las personas minusv√°lidas con la familia y con los amigos sean cultivadas con frecuencia y espontaneidad. El cari√Īo, la dedicaci√≥n, adem√°s de la competencia profesional, de padres, familiares y educadores, seg√ļn m√ļltiples testimonios, han conseguido resultados de insospechada eficacia para el desarrollo humano profesional de las personas minusv√°lidas. La experiencia ha demostrado -y esto parece ser un punto importante de reflexi√≥n- que en un ambiente humano y familiar favorable, lleno de respeto profundo y de sincero afecto, las personas minusv√°lidas pueden desarrollar de manera sorprendente las propias cualidades humanas, morales y espirituales, convirti√©ndose incluso en donadores de paz y hasta de alegr√≠a.

8. La vida afectiva de las personas minusv√°lidas deber√° recibir especial atenci√≥n. Sobre todo, cuando, debido a su ‚Äúminoraci√≥n‚ÄĚ, se ven imposibilitadas para contraer matrimonio, es importante que no s√≥lo est√©n convenientemente protegidas contra la promiscuidad y los abusos, sino tambi√©n que puedan encontrar una comunidad llena de calor humano, donde su necesidad de amistad y de afecto sea respetada y satisfecha en conformidad con su inalienable dignidad moral.

9. El ni√Īo y el joven minusv√°lido tienen evidentemente el derecho a la instrucci√≥n. Esta les ser√° asegurada, en cuanto posible, por medio de una escolaridad normal, o tambi√©n a trav√©s de escuelas especializadas seg√ļn la naturaleza de las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ. All√≠ donde sea necesaria una escolarizaci√≥n a domicilio, es deseable que las Autoridades competentes faciliten los medios necesarios a las familias. Asimismo se deber√° posibilitar y facilitar el acceso a la ense√Īanza superior y una oportuna asistencia post- escolar.

10. Un momento particularmente delicado en la vida de la persona minusv√°lida es el paso de la escuela a su inserci√≥n en la sociedad o en la vida profesional. En esta fase tiene necesidad de especial comprensi√≥n y de aliento por parte de los distintos organismos de la comunidad. Incumbe a los poderes p√ļblicos garantizar y promover con medidas eficaces el derecho de las personas minusv√°lidas a la preparaci√≥n profesional para la que sean id√≥neas. Deber√° prestarse una gran atenci√≥n a las condiciones de trabajo, como la asignaci√≥n de los puestos en funci√≥n de las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ, salarios justos y posibilidad de promoci√≥n. Es muy recomendable que los empresarios sean informados previamente sobre el empleo, las condiciones y la psicolog√≠a de las personas minusv√°lidas. En efecto, √©stas se encuentran con m√ļltiples obst√°culos en el sector profesional, como por ejemplo, el sentimiento de inferioridad por lo que se refiere al propio aspecto o al eventual rendimiento, la preocupaci√≥n por incurrir en accidentes de trabajo, etc.

11. Evidentemente la persona minusv√°lida tiene todos los derechos civiles y pol√≠ticos que competen a los dem√°s ciudadanos y, en l√≠nea de m√°xima, debe ser habilitada para ejercerlos. No obstante, ciertas formas de ‚Äúminoraci√≥n‚ÄĚ -pi√©nsese en la categor√≠a num√©ricamente importante de los minusv√°lidos mentales- pueden construir un obst√°culo para el ejercicio responsable de tales derechos. Tambi√©n en estos casos se deber√° actuar no de forma arbitraria ni aplicando medidas represivas, sino en base a rigurosos y objetivos criterios √©tico- jur√≠dicos.

12. Al minusválido, por lo demás, se le instará a que no se reduzca a ser solamente un sujeto de derechos, habituando a gozar de los cuidados y de la solidaridad de los demás, en actitud de mera pasividad. No es solamente uno al que se le da; debe ser ayudado para que se convierta en uno que da a su vez y en la medida de todas sus propias posibilidades. Un momento importante y decisivo en su formación habrá sido logrado cuando haya adquirido conciencia de su dignidad y de sus valores y se haya dado cuenta de que se espera algo de él, y que también él puede y debe contribuir al progreso y al bien de su familia y de la comunidad. Debe tener de sí mismo una idea realística, es cierto; pero no menos positiva; haciéndose reconocer como persona en condiciones de asumir responsabilidades, capaz de querer y de colaborar.

13. Numerosas personas, asociaciones e instituciones se dedican hoy por profesi√≥n, con frecuencia por aut√©ntica vocaci√≥n humana y religiosa, a la asistencia de los minusv√°lidos. En no pocos casos estos √ļltimos han manifestado que prefieren personal y educadores ‚Äúvoluntarios‚ÄĚ, porque ven en ellos un sentimiento particular de gratuidad y de solidaridad. Esta observaci√≥n demuestra que la competencia t√©cnica y profesional, aunque es sin duda necesaria y, m√°s a√ļn, se debe cultivar y enriquecer por todos los medios, sin embargo por s√≠ sola no es suficiente. Es necesario unir a la alta competencia una rica sensibilidad humana. Quienes se dedican laudablemente al servicio de las personas minusv√°lidas deben conocer de manera cient√≠fica las ‚Äúminoraciones‚ÄĚ, pero al mismo tiempo deben comprender con el coraz√≥n a la persona portadora de tales ‚Äúminoraciones‚ÄĚ. Deben aprender a ser sensibles a los signos propios de expresi√≥n y de comunicaci√≥n de las personas minusv√°lidas; deben conquistar el arte de hacer el gesto exacto y de decir la palabra conveniente; deben saber ver con serenidad eventuales reacciones y formas emotivas y aprender a dialogar con los padres y familiares de las personas minusv√°lidas. Esta competencia no ser√° plenamente humana sino est√° sostenida interiormente por disposiciones morales y espirituales apropiadas, hechas de atenci√≥n, sensibilidad, respecto social por todo aquello que en el ser humano es fuente de debilidad y de dependencia. El cuidado y la asistencia a las personas minusv√°lidas se convierte entonces en escuela incluso para los padres, educadores y personal de servicio: una escuela exigente, noble y elevadora de aut√©ntica humanidad.

14. Es muy importante e incluso necesario que los servicios profesionales reciban por parte de los poderes p√ļblicos un apoyo moral y material con vistas a una organizaci√≥n eficaz de las intervenciones especializadas. Muchas naciones tienen ya o est√°n elaborando una legislaci√≥n ejemplar que define y protege el estatuto legal de la persona minusv√°lida. Donde a√ļn no existe, es incumbencia de los gobiernos proveer a la garant√≠a efectiva y a la promoci√≥n de los derechos de las personas minusv√°lidas. A este respecto, ser√≠a una ventaja que las familias y las organizaciones voluntarias fuesen asociadas a la elaboraci√≥n de las normas jur√≠dicas y sociales en esta materia.

15. Incluso la mejor de las legislaciones corre no obstante el riesgo de no incidir en el contexto social y de no producir todos sus frutos, si no es aceptada por la conciencia colectiva de la comunidad.

Los minusv√°lidos, sus familias y sus familiares construyen una parte de la gran familia humana. Por muy grande que, desgraciadamente, pueda ser su n√ļmero, ellos forman un grupo minoritario dentro de la comunidad. Precisamente, por este √ļnico hecho, existe el peligro de que no gocen suficientemente del inter√©s general. Se a√Īade a esto la reacci√≥n, a menudo espont√°nea, de una comunidad que rechaza y reprime psicol√≥gicamente lo que no encaja en las costumbres. El hombre no desea ser confrontado con formas de existencia que reflejan visiblemente los aspectos negativos de la vida. As√≠ se crea el fen√≥meno de la marginaci√≥n como una forma de mecanismo de defensa y de rechazo. Sin embargo, desde el momento que el hombre y la sociedad son verdaderamente humanos cuando entran en un proceso consciente y querido de aceptaci√≥n, incluso de la debilidad, de solidaridad y de participaci√≥n tambi√©n en los sufrimientos del pr√≥jimo, se debe reaccionar con una educaci√≥n a dicha tendencia.

La celebraci√≥n del A√Īo Internacional de los Minusv√°lidos ofrece por consiguiente una oportunidad propicia para una reflexi√≥n m√°s exacta y global de la situaci√≥n, de los problemas y de las exigencias de millones de personas que componen la familia humana, particularmente del Tercer Mundo. Es importante que no se deje pasar en vano esta ocasi√≥n. Con el aporte de las ciencias y con la cooperaci√≥n de todas las instancias de la sociedad, ella debe conducir a una mejor comprensi√≥n del minusv√°lido, de su dignidad y de sus derechos, y, sobre todo, ellas deben favorecer la afirmaci√≥n de un amor sincero y f√°ctico para todo hombre en su unicidad y concreci√≥n.

16. Los cristianos tienen una misi√≥n insustituible en este campo. Recordando las responsabilidades que les ata√Īen como testimonios de Cristo, ellos deben hacer suyos los sentimientos del Salvador hacia los que sufren, y estimular en el mundo la actitud y el ejemplo de la caridad, para que el inter√©s por los hermanos menos dotados no decaiga jam√°s. El Concilio Vaticano II ha individuado en esta presencia caritativa el n√ļcleo esencial del apostolado de los seglares, recordando que Cristo ha hecho suyo el precepto de la caridad hacia el pr√≥jimo ‚Äúy lo enriqueci√≥ con un nuevo sentido, al querer hacerse El mismo objeto de la caridad con los hermanos... El, pues, tomando la naturaleza humana, se asoci√≥ familiarmente todo el g√©nero humano con una cierta solidaridad sobrenatural, y construy√≥ la caridad como distintivo de sus disc√≠pulos con estas palabras: ‚ÄúEn esto conocer√°n todos que sois mis disc√≠pulos, si ten√©is caridad unos con otros‚ÄĚ (Jn.13, 35). Pero como la Santa Iglesia en sus principios, reuniendo el √°gape de la Cena Eucar√≠stica, se manifestaba toda unida en torno de Cristo por el v√≠nculo de la caridad, as√≠ se reconoce siempre por este distintivo del amor, y al paso que se goza con las empresas de otros, reivindica las obras de caridad como deber y derecho suyo, que no puede enajenar. Por lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con un singular honor‚ÄĚ (Apostolicam actuositatem, 8).

En este ‚ÄúA√Īo Internacional de las personas minusv√°lidas‚ÄĚ los cristianos est√©n, por tanto, al lado de los hermanos y hermanas de todas las otras organizaciones para promover, sostener, incrementar iniciativas dispuestas a aliviar la situaci√≥n de los que sufren y a insertarlos arm√≥nicamente en el conjunto de la normal vida civil, dentro de lo posible; den su propia cooperaci√≥n en hombres y medios, recordando especialmente aquellas benem√©ritas instituciones que, en el nombre y por la caridad de Cristo, con el ejemplo maravilloso de personas consagradas totalmente al Se√Īor, se dedican con t√≠tulo especial a la educaci√≥n, a la preparaci√≥n profesional, a la asistencia post- escolar de los j√≥venes minusv√°lidos, o al cuidado generoso en los casos m√°s dolorosos; las parroquias y las comunidades juveniles de distinto signo quieran dedicar particular atenci√≥n a las familias donde nace y crece una de estas criaturas marcadas por el dolor, y, al mismo tiempo sepan estudiar, contin√ļen aplicando, y, si se da el caso, revisen m√©todos adecuados de catequesis para los minusv√°lidos, y sigan la participaci√≥n y la inserci√≥n de estos en las actividades culturales y en las manifestaciones religiosas, de suerte que estas personas -que tienen un preciso t√≠tulo para una adecuada formaci√≥n espiritual y moral- lleguen a ser miembros de pleno derecho de cada una de las comunidades cristianas.

17. El Santo Padre, que al principio del a√Īo, celebrando la Jornada de la Paz, ha recordando p√ļblicamente en la Bas√≠lica Vaticana las iniciativas del ‚ÄúA√Īo Internacional de las Personas minusv√°lidas‚ÄĚ, pidiendo una particular solicitud para la soluci√≥n de sus graves problemas, renueva su llamada para tomar con inter√©s la suerte de estos hermanos. ‚ÄúSi s√≥lo una m√≠nima parte del presupuesto para la carrera de armamentos fuera devuelto para este objetivo, se podr√≠an obtener importantes √©xitos y aliviar la suerte de numerosas personas que sufren‚ÄĚ (1 de enero de 1981). Su Santidad alienta las diversas iniciativas, que se tomen a nivel internacional, como aquellas que se emprendan en otras sedes, estimulando sobre todo a los hijos de la Iglesia Cat√≥lica para que den ejemplo de generosidad total. Y, al confiar a la materna protecci√≥n de la Virgen Sant√≠sima, como hizo aquel d√≠a, a todos los queridos minusv√°lidos del mundo, repite con viva esperanza el deseo de que, bajo la mirada materna de Mar√≠a, se multipliquen las experiencias de solidaridad humana y cristiana, dentro de un clima de renovada fraternidad que una los d√©biles y los fuertes en el com√ļn camino de la divina vocaci√≥n de la persona humana‚ÄĚ (ib).

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