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S.S. Juan Pablo II, María, tipo y modelo de la Iglesia
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María, tipo y modelo de la Iglesia

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

6 de agosto de 1997

1. La constitución dogmática Lumen gentium del concilio Vaticano II, después de haber presentado a María como «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia», la declara «prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor» (n. 53).

Los padres conciliares atribuyen a María la función de «tipo», es decir, de figura «de la Iglesia», tomando el término de san Ambrosio, quien, en el comentario a la Anunciación, se expresa así: «Sí, ella [María] es novia, pero virgen, porque es tipo de la Iglesia, que es inmaculada pero es esposa: permaneciendo virgen nos concibió por el Espíritu, permaneciendo virgen nos dio a luz sin dolor» (In Ev. sec. Luc., II, 7: CCL 14, 33 102-106). Por tanto, María es figura de la Iglesia por su santidad inmaculada, su virginidad, su «esponsalidad» y su maternidad.

San Pablo usa el vocablo «tipo» para indicar la figura sensible de una realidad espiritual. En efecto en el paso del pueblo de Israel a través del Mar Rojo vislumbra un «tipo» o imagen del bautismo cristiano; y en el maná y en el agua que brota de la roca un «tipo» o imagen del alimento y de la bebida eucarística (cf. I Co 10, 1-11).

El Concilio, al referirse a María como tipo de la Iglesia, nos invita a reconocer en ella la figura visible de la realidad espiritual de la Iglesia y, en su maternidad incontaminada, el anuncio de la maternidad virginal de la Iglesia.

2. Además, es necesario precisar que a diferencia de las imágenes o de los tipos del Antiguo Testamento que son sólo prefiguraciones de realidades futuras, en María la realidad espiritual significada ya está presente, y de modo eminente.

El paso a través del mar Rojo, que refiere el libro del Éxodo es un acontecimiento salvífico de liberación, pero no era ciertamente un bautismo capaz de perdonar los pecados y de dar la vida nueva. De igual modo, el maná, don precioso de Yahveh a su pueblo peregrino en el desierto, no contenía nada de la realidad futura de la Eucaristía, Cuerpo del Señor, y tampoco el agua que brotaba de la roca tenía ya en sí la sangre de Cristo, derramada por la multitud.

El Exodo es la gran hazaña realizada por Yahveh en favor de su pueblo, pero no constituye la redención espiritual y definitiva, que llevará a cabo Cristo en el misterio pascual.

Por lo demás, refiriéndose al culto judío, san Pablo recuerda: «Todo esto es sombra de lo venidero, pero la realidad es el cuerpo de Cristo» (Col 2, 17). Lo mismo afirma la carta a los Hebreos que, desarrollando sistemáticamente esta interpretación, presenta el culto de la antigua alianza como «sombra y figura de realidades celestiales» (Hb 8, 5).

3. Así pues, cuando el Concilio afirma que María es figura de la Iglesia, no quiere equipararla a las figuras o tipos del Antiguo Testamento, lo que desea es afirmar que en ella se cumple de modo pleno la realidad espiritual anunciada y representada.

En efecto, la Virgen es figura de la Iglesia, no en cuanto prefiguración imperfecta, sino como plenitud espiritual, que se manifestará de múltiples maneras en la vida de la Iglesia. La particular relación que existe aquí entre imagen y realidad representada encuentra su fundamento en el designio divino, que establece un estrecho vínculo entre María y la Iglesia. El plan de salvación que establece que las prefiguraciones del Antiguo Testamento se hagan realidad en la Nueva Alianza, determina también que María viva de modo perfecto lo que se realizará sucesivamente en la Iglesia.

Por tanto, la perfección que Dios confirió a María adquiere su significado más auténtico, si se la considera como preludio de la vida divina en la Iglesia.

4. Tras haber afirmado que María es «tipo de la Iglesia», el Concilio añade que es «modelo destacadísimo» de ella, y ejemplo de perfección que hay que seguir e imitar. María es, en efecto, un «modelo destacadísimo», puesto que su perfección supera la de todos los demás miembros de la Iglesia.

El Concilio añade, de manera significativa, que ella realiza esa función «en la fe y en el amor». Sin olvidar que Cristo es el primer modelo, el Concilio sugiere de ese modo que existen disposiciones interiores propias del modelo realizado en María, que ayudan al cristiano a entablar una relación auténtica con Cristo. En efecto, contemplando a María, el creyente aprende a vivir en una comunión más profunda con Cristo, a adherirse a él con fe viva y a poner en él su confianza y su esperanza, amándolo con la totalidad de su ser.

La funciones de «tipo y modelo de la Iglesia» hacen referencia, en particular, a la maternidad virginal de María, y ponen de relieve el lugar peculiar que ocupa en la obra de la salvación. Esta estructura fundamental del ser de María se refleja en la maternidad y en la virginidad de la Iglesia.

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