Manila , 14 de enero de 1995
Querido Santo Padre:
«Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias» (E 52,7).
Gracias por habernos convocado en Manila. Gracias por haber venido y habernos traído la riqueza de su sufrimiento.
¡Cómo quisiéramos aliviarlo en su dolor! Pero sabemos, que eso es ahora su profecía. La profecía más clara y más fecunda.
Tal vez, la decisiva para la paz del mundo.
Escucharemos su palabra que nos ilumina y hace fuertes; participaremos en su Eucaristía e intentaremos beber en su propio cáliz. Pero, sobre todo, queremos ser fieles a sus exigencias. Continúe a exigirnos en la santidad y en la misión.
Los jóvenes quieren al Papa, porque saben que el Papa quiere a los jóvenes. Usted ha vuelto a repetirles: « Ustedes son mi esperanza ». Gracias, Santo Padre, por su confianza y su fidelidad.
Nosotros hemos venido a orar con usted (no importa si hemos hecho tantos kilómetros), a verlo aunque sea desde lejos (porque sabemos que estamos con « el dulce Cristo en la tierra »), a manifestarle nuestro amor por la Iglesia, por el Papa y por el mundo (a través de palabras y de gestos, de oraciones y de cánticos, de testimonios y de silencios).
Santo Padre, nada más. Sólo queremos decirle que rezamos con usted, que rezamos por usted, que esperamos con usted la buena noticia de la paz. Y que a nosotros, jóvenes mensajeros de la paz en un mundo lacerado por el odio y la violencia, nos confirme en nuestra fe y nos envíe de nuevo por el mundo. « Como el Padre me envió, también yo os envío ». Gracias, Santo Padre.
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