17 de septiembre de 1997
1. El concilio Vaticano II, después de haber proclamado a MarÃa «miembro muy eminente», «prototipo» y «modelo» de la Iglesia, afirma: «La Iglesia católica, instruida por el EspÃritu Santo, la honra como a madre amantÃsima con sentimientos de piedad filial» (Lumen gentium, 53).
A decir verdad, el texto conciliar no atribuye explÃcitamente a la Virgen el tÃtulo de «Madre de la Iglesia», pero enuncia de modo irrefutable su contenido, retomando una declaración que hizo, hace más de dos siglos, en el año 1748, el Papa Benedicto XIV (Bullarium romanum, serie 2, t. 2, n. 61, p. 428).
En dicho documento, mi venerado predecesor, describiendo los sentimientos filiales de la Iglesia que reconoce en MarÃa a su madre amantÃsima, la proclama, de modo indirecto, Madre de la Iglesia.
2. El uso de dicho apelativo en el pasado ha sido mas bien raro, pero recientemente se ha hecho más común en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y en la piedad del pueblo cristiano. Los fieles han invocado a MarÃa ante todo con los tÃtulos de «Madre de Dios», «Madre de los fieles» o «Madre nuestra», para subrayar su relación personal con cada uno de sus hijos.
Posteriormente, gracias a la mayor atención dedicada al misterio de la Iglesia y a las relaciones de MarÃa con ella, se ha comenzado a invocar más frecuentemente a la Virgen como «Madre de la Iglesia».
La expresión está presente, antes del concilio Vaticano II, en el magisterio del Papa León XIII, donde se afirma que MarÃa ha sido «con toda verdad madre de la Iglesia» (Acta Leonis XIII, 15, 302). Sucesivamente, el apelativo ha sido utilizado varias veces en las enseñanzas de Juan XXIII y de Pablo VI.
3. El tÃtulo de «Madre de la Iglesia», aunque se ha atribuido tarde a MarÃa, expresa la relación materna de la Virgen con la Iglesia, tal como la ilustran ya algunos textos del Nuevo Testamento.
MarÃa, ya desde la Anunciación, está llamada a dar su consentimiento a la venida del reino mesiánico, que se cumplirá con la formación de la Iglesia.
MarÃa en Caná, al solicitar a su Hijo el ejercicio del poder mesiánico, da una contribución fundamental al arraigo de la fe en la primera comunidad de los discÃpulos y coopera a la instauración del reino de Dios, que tiene su «germen» e «inicio» en la Iglesia (cf. Lumen gentium, 5).
En el Calvario MarÃa, uniéndose al sacrificio de su Hijo, ofrece a la obra de la salvación su contribución materna, que asume la forma de un parto doloroso, el parto de la nueva humanidad.
Al dirigirse a MarÃa con las palabras «Mujer, ahà tienes a tu hijo», el Crucificado proclama su maternidad no sólo con respecto al apóstol Juan, sino también con respecto a todo discÃpulo. El mismo Evangelista, afirmando que Jesús debÃa morir «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52), indica en el nacimiento de la Iglesia el fruto del sacrificio redentor, al que MarÃa está maternalmente asociada.
El evangelista san Lucas habla de la presencia de la Madre de Jesús en el seno de la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hch 1, 14). Subraya, asÃ, la función materna de MarÃa con respecto a la Iglesia naciente, en analogÃa con la que tuvo en el nacimiento del Redentor. AsÃ, la dimensión materna se convierte en elemento fundamental de la relación de MarÃa con respecto al nuevo pueblo de los redimidos.
4. Siguiendo la sagrada Escritura, la doctrina patrÃstica reconoce la maternidad de MarÃa respecto a la obra de Cristo y, por tanto, de la Iglesia, si bien en términos no siempre explÃcitos.
Según san Ireneo, MarÃa «se ha convertido en causa de salvación para todo el género humano» (Adv. haer., III, 22, 4: PG 7, 959) y el seno puro de la Virgen «vuelve a engendrar a los hombres en Dios» (Adv. haer., IV, 33, 11: PG 7, 1.080). Le hacen eco san Ambrosio, que afirma: «Una Virgen ha engendrado la salvación del mundo, una Virgen ha dado la vida a todas las cosas» (Ep. 63, 33: PL 16, 1.198); y otros Padres, que llaman a MarÃa «Madre de la salvación» (Severiano de Gabala, Or. 6 de mundi creatione, 10: PG 54, 4; Fausto de Riez, Max Bibl. Patrum VI, 620-621).
En el medievo, san Anselmo se dirige a MarÃa con estas palabras: «Tú eres la madre de la justificación y de los justificados, la madre de la reconciliación y de los reconciliados, la madre de la salvación y de los salvados» (Or. 52, 8: PL 158, 957), mientras que otros autores le atribuyen los tÃtulos de «Madre de la gracia» y «Madre de la vida».
5. El tÃtulo «Madre de la Iglesia» refleja, por tanto, la profunda convicción de los fieles cristianos, que ven en MarÃa no sólo a la madre de la persona de Cristo, sino también de los fieles. Aquella que es reconocida como madre de la salvación, de la vida y de la gracia, madre de los salvados y madre de los vivientes, con todo derecho es proclamada Madre de la Iglesia.
El Papa Pablo VI habrÃa deseado que el mismo concilio Vaticano II proclamase a «MarÃa, Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores». Lo hizo él mismo en el discurso de clausura de la tercera sesión conciliar (21 de noviembre de 1964), pidiendo, además, que «de ahora en adelante, la Virgen sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratÃsimo tÃtulo» (AAS 56 [1964], 37).
De este modo, mi venerado predecesor enunciaba explÃcitamente la doctrina ya contenida en el capÃtulo VIII de la Lumen gentium, deseando que el tÃtulo de MarÃa, Madre de la Iglesia, adquiriese un puesto cada vez más importante en la liturgia y en la piedad del pueblo cristiano.
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