Mensaje de S.S. Juan Pablo II con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 1998
Queridos jóvenes amigos:
1. «Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de vosotros, rogando siempre y en todas mis oraciones con alegrÃa por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer dÃa hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el dÃa de Cristo Jesús» (Flp 1, 3-6),
Os saludo con las palabras del apóstol Pablo, «pues os llevo en mi corazón» (Flp 1, 7). SÃ; como os aseguré en la reciente e inolvidable Jornada mundial de la juventud, celebrada en ParÃs, el Papa piensa en vosotros y os quiere mucho, os tiene en su mente cada dÃa con gran afecto y os acompaña con su oración, se fÃa y cuenta con vosotros, con vuestro compromiso cristiano y con vuestra colaboración en la causa del Evangelio.
2. Como sabéis, el segundo año de la fase preparatoria para el gran jubileo comienza con el primer domingo de Adviento, y «se dedicará de modo particular al EspÃritu Santo y a su presencia santificadora dentro de la comunidad de los discÃpulos de Cristo» (Tertio millennio adveniente, 44). Con vistas a la celebración de la próxima Jornada mundial de la juventud, os invito a mirar, en comunión con toda la Iglesia, al EspÃritu del Señor, que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104, 30).
En efecto, «la Iglesia no puede prepararse al cumplimiento bimilenario "de otro modo, si no es por el EspÃritu Santo. Lo que en la plenitud de los tiempos se realizó por obra del EspÃritu Santo, solamente por obra suya puede ahora surgir de la memoria de la Iglesia". El EspÃritu, de hecho, actualiza en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única Revelación traÃda por Cristo a los hombres, haciéndola viva y eficaz en el ánimo de cada uno» (Tertio millennio adveniente, 44).
Para la próxima Jornada mundial creo oportuno proponer a vuestra reflexión y a vuestra oración estas palabras de Jesús: «El EspÃritu Santo os lo enseñará todo» (cf. Jn 14, 26). Nuestro tiempo está desorientado y confundido; a veces, incluso, parece que no conoce la frontera entre el bien y el mal; aparentemente, rechaza a Dios, porque lo desconoce o porque no lo quiere conocer.
En esta situación, es importante que nos dirijamos idealmente al cenáculo para revivir el misterio de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-11) y para permitir que el EspÃritu de Dios nos lo enseñe todo, poniéndonos en una actitud de docilidad y humildad a su escucha, a fin de aprender la «sabidurÃa del corazón» (Sal 90, 12) que sostiene y alimenta nuestra vida.
Creer es ver las cosas como las ve Dios, participar de la visión que Dios tiene del mundo y del hombre, de acuerdo con las palabras del Salmo: «Tu luz nos hace ver la luz» (Sal 36, 10). Esta «luz de la fe» en nosotros es un rayo de la luz del EspÃritu Santo. En la secuencia de Pentecostés, oramos asÃ: «Oh luz dichosÃsima, penetra hasta el fondo en el corazón de tus fieles».
Jesús quiso subrayar fuertemente el carácter misterioso del EspÃritu Santo: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Asà es todo el que nace del EspÃritu» (Jn 3, 8). Entonces, ¿es necesario renunciar a entender? Jesús pensaba exactamente lo contrario, pues asegura que el EspÃritu Santo mismo es capaz de guiarnos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).
3. Una luz extraordinaria sobre la tercera Persona de la santÃsima Trinidad ilumina a los que quieren meditar en la Iglesia y con la Iglesia el misterio de Pascua y de Pentecostés.
Jesús fue «constituido Hijo de Dios con poder, según el EspÃritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4).
Después de la resurrección, la presencia del Maestro inflama el corazón de los discÃpulos. «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros?» (Lc 24, 32), dicen los peregrinos que iban camino de Emaús. Su palabra los ilumina: nunca habÃan dicho con tanta fuerza y plenitud: «¡Señor mÃo y Dios mÃo!» (Jn 20, 28). Los cura de la duda, de la tristeza, del desaliento, del miedo, del pecado; les da una nueva fraternidad; una comunión sorprendente con el Señor y con sus hermanos sustituye al aislamiento y la soledad: «Ve a mis hermanos» (Jn 20, 17).
Durante la vida pública, las palabras y los gestos de Jesús no habÃan podido llegar más que a unos pocos millares de personas, en un espacio y lugar definidos. Ahora esas palabras y esos gestos no conocen lÃmites de espacio o de cultura. «Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Esta es mi sangre, derramada por vosotros» (cf. Lc 22, 19-20): basta que sus Apóstoles lo hagan «en conmemoración suya», según su petición explÃcita, para que él esté realmente presente en la EucaristÃa, con su cuerpo y su sangre, en cualquier parte del mundo. Es suficiente que repitan el gesto del perdón y de la curación, para que él perdone: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 23).
Cuando estaba con los suyos, Jesús tenÃa prisa; le preocupaba el tiempo: «TodavÃa no ha llegado mi tiempo» (Jn 7, 6); «todavÃa por un poco de tiempo está la luz entre vosotros» (Jn 12, 35). Después de la resurrección, su relación con el tiempo ya no es la misma; su presencia continúa: «estoy con vosotros todos los dÃas hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Esta transformación en profundidad, extensión y duración, de la presencia de nuestro Señor y Salvador es obra del EspÃritu Santo.
4. Y, cuando Cristo resucitado se hace presente en la vida de las personas y les da su EspÃritu (cf. Jn 20, 22), cambian completamente, aun permaneciendo, más aún, llegando a ser plenamente ellas mismas. El ejemplo de san Pablo es particularmente significativo: la luz que lo deslumbró en el camino de Damasco hizo de él un hombre más libre de lo que habÃa sido; libre con la libertad verdadera, la del Resucitado ante el que habÃa caÃdo por tierra (cf. Hch 9, 1-30). La experiencia que vivió le permitió escribir a los cristianos de Roma: «Libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna» (Rm 6, 22).
Lo que Jesús comenzó a hacer con los suyos en tres años de vida común, es llevado a plenitud por el don del EspÃritu Santo. Antes la fe de los Apóstoles era imperfecta y titubeante, pero después es firme y fecunda: hace caminar a los paralÃticos (cf. Hch 3, 1-10), ahuyenta a los espÃritu inmundos (cf. Hch 5, 16). Los que, en otro tiempo, temblaban a causa del miedo al pueblo y a las autoridades, afrontan a la muchedumbre reunida en el templo y desafÃan al SanedrÃn (cf. Hch 4, 1-14). Pedro, a quien el miedo a las acusaciones de una mujer habÃa llevado a la triple negación (cf. Mc 14, 66-72), ahora se comporta como la «roca» que Jesús querÃa (cf. Mt 16, 18). Y también los demás, que hasta ese momento se dedicaban a discusiones motivadas por la ambición (cf. Mc 9, 33), ahora son capaces de ser «un solo corazón y una sola alma» y de ponerlo todo en común (cf. Hch 4, 32). Los mismos que, tan imperfectamente y con tanta dificultad, habÃan aprendido de Jesús a orar, a amar y a ir a la misión, ahora oran de verdad, aman de verdad y son verdaderos misioneros, verdaderos apóstoles.
Esa es la obra realizada por el EspÃritu de Jesús en sus Apóstoles.
5. Lo que sucedió entonces sigue aconteciendo en la comunidad cristiana de hoy. Gracias a la acción de Aquel que es, en el corazón de la Iglesia, la «memoria viva» de Cristo (cf. Jn 14, 26), el misterio pascual de Jesús nos llega y nos transforma. El EspÃritu Santo es quien, a través de los signos visibles, audibles y tangibles de los sacramentos, nos permite ver, escuchar y tocar la humanidad glorificada del Resucitado.
El misterio de Pentecostés, como don del EspÃritu a cada uno, se actualiza de modo privilegiado con la confirmación, que es el sacramento del crecimiento cristiano y de la madurez espiritual. En ella, cada fiel recibe una profundización de la gracia bautismal y es insertado plenamente en la comunidad mesiánica y apostólica, mientras es «confirmado» en la familiaridad con el Padre y con Cristo, que lo quiere testigo y protagonista de la obra de la salvación.
El EspÃritu Santo da al cristiano -cuya vida, de otro modo, correrÃa el riesgo de quedar sujeta únicamente al esfuerzo, a la regla e incluso al conformismo exterior- la docilidad, la libertad y la fidelidad. En efecto, él es «EspÃritu de sabidurÃa e inteligencia, EspÃritu de consejo y fortaleza, EspÃritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2). Sin él, ¿cómo se podrÃa comprender que el yugo de Cristo es suave y su carga ligera? (cf. Mt 11, 30).
El EspÃritu Santo infunde audacia; impulsa a contemplar la gloria de Dios en la existencia y en el trabajo de cada dÃa. Estimula a hacer la experiencia del misterio de Cristo en la liturgia, a hacer que la Palabra resuene en toda la vida, con la seguridad de que siempre tendrá algo nuevo que decir; ayuda a comprometerse de por vida, a pesar del miedo al fracaso, a afrontar los peligros y superar las barreras que separan las culturas para anunciar el Evangelio, a trabajar incansablemente por la continua renovación de la Iglesia, sin constituirse en jueces de los hermanos.
6. San Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto, insiste en la unidad fundamental de la Iglesia de Dios, comparable a la unidad orgánica del cuerpo humano en la diversidad de sus miembros.
Queridos jóvenes, una valiosa experiencia de la unidad de la Iglesia, en la riqueza de su diversidad, la vivÃs siempre que os reunÃs entre vosotros, especialmente para la celebración eucarÃstica. Es el EspÃritu quien lleva a los hombres a comprenderse y acogerse recÃprocamente, a reconocerse hijos de Dios y hermanos en camino hacia la misma meta, la vida eterna, a hablar la misma lengua, por encima de las diferencias culturales y raciales.
Participando activamente y con generosidad en la vida de las parroquias, de los movimientos y de las asociaciones, experimentaréis cómo los carismas del EspÃritu os ayudan a encontraros con Cristo, a ahondar la familiaridad con él, a realizar y gustar la comunión eclesial.
Hablar de la unidad lleva a evocar con dolor la situación actual de separación entre los cristianos. Precisamente por ello, el ecumenismo constituye una de las tareas prioritarias y más urgentes de la comunidad cristiana: «En esta última etapa del milenio, la Iglesia debe dirigirse con una súplica más sentida al EspÃritu Santo, implorando de él la gracia de la unidad de los cristianos. (...) Sin embargo, somos todos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, aun siendo éstos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del EspÃritu Santo. (...) La cercanÃa del final del segundo milenio anima a todos a un examen de conciencia y a oportunas iniciativas ecuménicas» (Tertio millennio adveniente, 34). También a vosotros, queridos jóvenes, encomiendo esta preocupación y esta esperanza, como compromiso y como tarea.
El EspÃritu Santo es, asimismo, quien estimula la misión evangelizadora de la Iglesia. Antes de la Ascensión, Jesús habÃa dicho a los Apóstoles: «Recibiréis la fuerza del EspÃritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y SamarÃa, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Desde entonces, bajo el impulso del EspÃritu, los discÃpulos de Jesús siguen estando presentes en los caminos del mundo para anunciar a todos los hombres la palabra que salva. Entre éxitos y fracasos, entre grandeza y miseria, con el poder del EspÃritu que actúa en la debilidad humana, la Iglesia descubre toda la amplitud y la responsabilidad de su misión universal.
Para poderla cumplir, apela también a vosotros, a vuestra generosidad y a vuestra docilidad al EspÃritu de Dios.
7. El don del EspÃritu hace actual y posible para todos el antiguo mandato de Dios a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Llegar a ser santos parece una meta ardua, reservada a personas totalmente excepcionales, o destinada a quien quiera permanecer ajeno a la vida y a la cultura de su tiempo. Sin embargo, llegar a ser santos es don y tarea arraigados en el bautismo y en la confirmación, encomendados a todos en la Iglesia, en todo tiempo. Es don y tarea de los laicos, de los religiosos y de los ministros sagrados, en el ámbito privado y en el público, en la vida de cada uno y en la de las familias y comunidades.
Pero, dentro de esta vocación común, que a todos llama no a acomodarse al mundo sino a la voluntad de Dios (cf. Rm 12, 2), son diversos los estados de vida y múltiples las vocaciones y las misiones.
El don del EspÃritu está en la base de la vocación de cada uno. Está en la raÃz de los ministerios consagrados del obispo, del presbÃtero y del diácono, que están al servicio de la vida eclesial. También él es quien forma y modela el alma de los llamados a una vida de especial consagración, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente. El mismo EspÃritu, que por el sacramento del matrimonio envuelve y consagra la unión de los esposos, infunde fuerza y sostiene la misión de los padres, llamados a hacer de la familia la primera y fundamental realización de la Iglesia. Por último, con el don del EspÃritu se alimentan todos los demás servicios -la educación cristiana y la catequesis, la asistencia a los enfermos y a los pobres, la promoción humana y el ejercicio de la caridad- orientados a la edificación y animación de la comunidad. En efecto, «a cada cual se le otorga la manifestación del EspÃritu para provecho común» (1 Co 12, 7).
8. Asà pues, es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, dÃa tras dÃa, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro. Queridos amigos, planteaos seriamente la pregunta sobre vuestra vocación, y estad dispuestos a responder al Señor que os llama a ocupar el lugar que tiene preparado para vosotros desde siempre.
La experiencia enseña que, en esta obra de discernimiento, ayuda mucho un director espiritual: elegid una persona competente y recomendada por la Iglesia, que os escuche y acompañe a lo largo del camino de la vida, que esté a vuestro lado tanto en las opciones difÃciles como en los momentos de alegrÃa. El director espiritual os ayudará a discernir las inspiraciones del EspÃritu Santo y a progresar por una senda de libertad: libertad que se ha de conquistar mediante una lucha espiritual (cf. Ef 6, 13-17), y que se ha de vivir con constancia y perseverancia.
La educación en la vida cristiana no se limita a favorecer el desarrollo espiritual de la persona, aunque la iniciación en una vida de oración sólida y regular sigue siendo el principio y el fundamento del edificio. La familiaridad con el Señor, cuando es auténtica, lleva necesariamente a pensar, a elegir y a actuar como Cristo pensó, eligió y actuó, poniéndoos a su disposición para proseguir la obra salvÃfica.
Una «vida espiritual», que pone en contacto con el amor de Dios y reproduce en el cristiano la imagen de Jesús, puede curar una enfermedad de nuestro siglo, superdesarrollado en la racionalidad técnica y subdesarrollado en la atención al hombre, a sus expectativas y a su misterio. Urge reconstituir un universo interior, inspirado y sostenido por el EspÃritu, alimentado de oración y orientado a la acción, de manera que sea bastante fuerte como para resistir a las múltiples situaciones en las que conviene conservar la fidelidad a un proyecto, en vez de seguir o acomodarse a la mentalidad corriente.
9. MarÃa, a diferencia de los discÃpulos, no esperó la Resurrección para vivir, orar y actuar en la plenitud del EspÃritu. El MagnÃficat expresa toda la oración, todo el celo misionero, toda la alegrÃa de la Iglesia de Pascua y de Pentecostés (cf. Lc 1, 46-55).
Cuando, llevando hasta el extremo la lógica de su amor, Dios elevó a la gloria del cielo a MarÃa en cuerpo y alma, se realizó el último misterio: ella, que Jesús crucificado habÃa dado como madre al discÃpulo a quien amaba (cf. Jn 19, 26-27), vive ya su presencia materna en el corazón de la Iglesia, al lado de cada uno de los discÃpulos de su Hijo, y participa de una manera única en la eterna intercesión de Cristo para la salvación del mundo.
A ella, Esposa del EspÃritu, encomiendo la preparación y la celebración de la XIII Jornada mundial de la juventud, que viviréis este año en vuestras Iglesias particulares, en torno a vuestros pastores.
A ella, Madre de la Iglesia, juntamente con vosotros, me dirijo con las palabras de san Ildefonso de Toledo:
«Te suplico encarecidamente, oh Virgen santa,
que yo reciba a Jesús por aquel EspÃritu
por obra del cual tú misma engendraste a Jesús.
Que mi alma reciba a Jesús por aquel EspÃritu,
por obra del cual tu carne concibió al mismo Jesús.
Que yo ame a Jesús en aquel mismo EspÃritu,
en el que tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo».
(De virginitate perpetua sanctae Mariae, XII: PL 96,106).
Os bendigo a todos de corazón.
© Copyright 2012. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOSâ„¢. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.