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S.S. Juan Pablo II, Jesucristo sigue siendo la única esperanza de vida
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Jesucristo sigue siendo la única esperanza de vida

Mensaje de S.S. Juan Pablo II en la Vigilia de Oración de la VIII Jornada Mundial de la Juventud

I PARTE

Queridos jóvenes peregrinos por el sendero de la vida: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

1. Esta tarde, esas palabras de Cristo se dirigen a vosotros, jóve-nes reur~idos para la Jornada mundial de la juventud.

Cristo pronuncia esas palabras en la parábola del buen Pastor. El buen Pastor: ¡qué hermosa imagen de Dios! Transmite algo profundo y personal sobre el modo en que Dios cuida de todo lo que ha creado En la metrópoli moderna no tenéis oportunidad de ver un pastor que cuida a su rebaño. Pero, con el fin de comprender la solicitud amo-rosa del pastor por su rebaño, podemos acudir a las tradiciones del Antiguo Testamento, donde esa parábola se halla profundamente arraigada.

El salmo dice: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1) El Señor, el Pastor, es Dios-Yahveh. El que libró a su pueblo de la opresión en la tierra de su destierro. El que se reveló en el monte Sinaí como el Dios de la alianza: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra» (Ex 19,5).

Dios es el Creador de todo lo que existe. En la tierra que creó puso al hombre y a la mujer: «macho y hembra los creó» (Gn 1,27). «Y bendíjolos Dios, y díjoles: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra y sometedla; dominad en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra» (Gn 1,28).

2. El puesto especial que ocupan los seres humanos entre todo lo que Dios creó consiste en el hecho de que a ellos les otorgó participar en su misma solicitud y providencia hacia toda la creación. El

Creador nos ha confiado el mundo como un don y una responsabili-dad. Él, que es Providencia eterna; él, que guía todo el universo hacia su destino final, nos ha hecho a su imagen y semejanza, a fin de que también nosotros nos convirtiéramos en «providericia», providencia sabia e inteligente que guía el desarrollo humano y el desarrollo del mundo por el sendero de la armonía con la voluntad del Creador, para el bienestar de la familia humana y el cumplimiento de la voca-ción transcendente de cada persona.

3. Con todo, millones de hombres y mujeres viven sin darse cuenta de lo que hacen ni de lo que les sucede. Aquí, esta tarde, en el Cherry Creek State Park de Denver, representáis a la juventud del mundo, con todas las cuestiones que los jóvenes de fines del siglo XX necesitan y tienen derecho a plantearse.

Nuestro tema es la vida, y la vida está llena de misterio. La ciencia y la tecnología han hecho progresos enormes para descubrir los secretos de nuestra vida natural, pero un examen superficial de nuestra experiencia personal muestra que hay muchas otras dimen-siones en nuestra existencia individual y colectiva sobre este planeta. Nuestro corazón inquieto busca más allá de nuestros limites, en alas de nuestra capacidad de pensar y amar: pensar y amar lo inconmen-surable, lo infinito, la forma absoluta y suprema del Ser. Nuestra mirada interior se extiende hacia el horizonte ilimitado de nuestras esperanzas y aspiraciones. Y en medio de todas las contradicciones de la vida, buscamos el significado verdadero de la vida. Nos maravilla-mos y nos preguntamos, ¿por qué? i Por qué estoy aquí? ¿Por que existo? ¿Qué debo hacer?

Todos nos planteamos esas cuestiones. La humanidad en su totalidad siente la necesidad apremiante de dar un sentido y una finalidad a un mundo en el que aumenta la complejidad y la dificul-tad de ser feliz. Todos los obispos del mundo reunidos en el concilio Vaticano II se expresaron de este modo: «Ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales [...]. ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? [...]. ¿Qué puede ofrecer el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?» (Gandium et spcs, 10).

Dejar de plantearse esas cuestiones básicas significa renunciar a la gran aventura de buscar la verdad acerca de la vida.

4. Sabéis qué fácil es dejar de plantearse esas cuestiones básicas. Pero vuestra presencia aquí manifiesta que no huís de la realidad y de la responsabilidad.

Cuidáis el don de la vida que Dios os ha dado. Confiáis en Cristo cuando dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» Un 10,10).

Nuestra vigilia comienza con un acto de confianza en las palabras del buen Pastor. En Jesucristo, el Padre expresa toda la ver-dad con respecto a la creación. Creemos que en la vida, muerte y resurrección de Jesús, el Padre revela todo su amor a la humanidad. Por eso precisamente Cristo habla de sí como «la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). Como puerta vela por las criaturas confiadas a él. Nos conduce a buenos pastos: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto» Un 10,9).

Jesucristo es verdaderamente el Pastor del mundo. Nuestro corazón debe estar abierto a sus palabras. Por eso, hemos venido a este encuentro mundial de la juventud: de todos los Estados y dióce-sis de Estados Unidos, de toda América, de todo continente: todos están aquí representados por las banderas que vuestros delegados han izado para manifestar que aquí, esta tarde, nadie es extranjero. Todos somos uno en Cristo. El Señor nos ha conducido como conduce a su rebano.

El Señor es nuestro pastor; nada nos falta. En verdes praderas nos hace recostar. Nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas. Aunque caminemos por cañadas oscuras, nada tememos, porque él va con nosotros. Él nos sosiega (cf. Sal 23).

Al meditar juntos en la vida que Jesús da os pido que tengáis el valor de comprometeros en favor de la verdad. Tened el valor de creer en la Buena Nueva sobre la vida que Jesús enseña en el Evangelio. Abrid vuestra mente y vuestro corazón a la belleza de todo lo que Dios ha hecho y a su amor especial y personal hacia cada uno de vosotros.

Jóvenes del mundo, ¡escuchad su voz! Escuchad su voz y seguid-lo. Sólo el buen Pastor os conducirá a la verdad plena sobre la vida.

II PARTE

I

1. En este punto, los jóvenes reunidos en Denver podrían preguntarse: ¿qué va a decir el Papa sobre la vida?

Mis palabras serán una profesión de la fe de Pedro, el primer Papa. Mi mensaje no diferirá de lo que se ha transmitido desde el principio, porque no es mío; es la Buena Nueva del mismo Jesucristo.

E1 Nuevo Testamento presenta a Simón—a quien Jesús llamó Pedro, Roca—como un discípulo de Cristo vigoroso y apasionado. Pero él también dudó y, en un momento decisivo, incluso negó ser seguidor de Jesús. Ahora bien, a pesar de esas debilidades humanas, Pedro fue el primer discípulo que hizo profesión pública de fe en el Maestro. Un día, Jesús preguntó: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?», y Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

Comenzando por Pedro, el primer testigo apostólico, innumera-bles testigos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, de todas las naciones de la tierra, han proclamado su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Redentor del hombre, el Señor de la historia, el Príncipe de la paz. Como Pedro, también ellos han pregun-tado: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» Un 6,68).

Esta tarde nosotros profesamos la misma fe de Pedro. Creemos que Jesucristo tiene palabras de vida y que él dirige estas palabras a la Iglesia, a todos los que le abren su mente y su corazón con fe y con-fianza.

2. «Yo soy el buen pastor. E1 buen pastor da su vida por las ovejas» Un 10,11). Nuestra primera reflexión se inspira en estas pala-bras de Jesús, que nos refiere el evangelio de san Juan.

E1 buen pastor da su vida. La muerte ataca a la vida.

A la luz de nuestra experiencia humana, la muerte es el enemigo de la vida. Es un intruso que frustra nuestro deseo natural de vivir. Eso resulta evidente de manera especial en el caso de una muerte improvisa o violenta, y sobre todo en el caso del asesinato de un inocente.

No debe asombrarnos, por tanto, que entre los diez Mandamientos el Señor de la vida, el Dos de la alianza, haya dicho en el monte Sinaí: «no matarás» (20,13; cf. Mt 5,21).

Las palabras «no matarás» fueron esculpidas en las tablas de la alianza, en las tablas de piedra de la Ley. Pero, ya antes, esa ley había sido esculpida en el corazón humano, en el santuario de toda concien-cia individual. En la Biblia, el primero que experimentó la fuerza de esta ley fue Caín, que mató a su hermano Abel. Inmediatamente después de ese terrible crimen, sintió todo el peso de haber quebran-tado el mandamiento de no matar. Aunque trató de escapar de la ver-dad, diciendo: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Gn 4,9), la voz interior seguía repitiéndole: «Eres un asesino». La voz era su con-ciencia, y no podía acallarse.

3. Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No sé trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los Caínes que asesinan a los Abeles; no, se trata de amenazas pro-gramadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será conside-rado una época de ataques masivos contra la vida, una serie intermi-nable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible.

Del mismo modo, falsos modelos de progreso han llevado a poner en peligro el equilibrio ecológico de la tierra. El hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador, estaba llamado a ser el buen pastor del medio ambiente, marco de su existencia y de su vida. Es la tarea que recibió desde hace mucho tiempo y que la familia humana asumió, no sin éxito, a lo largo de toda.su historia, hasta una época reciente, en la que el hombre mismo se convirtió en destructor de su ambiente natural. Esto ya ha ocurrido en algunos lugares, o está a punto de ocurrir.

Pero hay más. Asistimos también a la difusión de una mentali-dad de lucha contra la vida, una actitud de hostilidad hacia la vida en el seno materno y hacia la vida en sus últimas fases. Precisamente en

este tiempo, en que la ciencia y la medicina han logrado una mayor capacidad de velar por la salud y la vida, las amenazas contra la vida se hacen más insidiosas. El aborto y la eutanasia—asesinato real de un ser humano verdadero—son reivindicados como derechos y solu-ciones a problemas: problemas individuales o problemas de la socie-dad. La matanza de los inocentes no deja de ser acto pecaminoso o destructivo por el mero hecho de realizarse de modo legal y científico. En las metrópoli modernas, la vida—primer don de Dios y derecho fundamental de todo individuo, base de todos los demás derechos— es tratada a menudo nada más como una mercancía que se puede organizar, comercializar y manipular a gusto personal.

Todo esto sucede mientras Cristo, el buen Pastor, quiere que tengamos la vida. Conoce lo que amenaza la vida; sabe reconocer al lobo que llega para robar y dispersar a las ovejas. Sabe detectar a los que intentan entrar en el rebaño, pero son ladrones y asalariados (cf. Jn 10,1.13). Se da cuenta de cuántos jóvenes dilapidan su existen-cia evadiéndose hacia la irresponsabilidad y la falsedad. Droga, abuso de sustancias alcohólicas, pornografía y desorden sexual, violencia: son algunos problemas graves que requieren una seria respuesta de la sociedad entera, en todo país y a nivel internacional. Pero también constituyen tragedias personales que es preciso afrontar con actos interpersonales concretos de amor y solidaridad, gracias a una gran renovación de la propia responsabilidad personal ante Dios, ante los demás y ante nuestra misma conciencia. Somos guardas de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9).

II

¿Por qué la conciencia de los jóvenes no se rebela contra esta situación, sobre todo contra el mal moral, que brota de opciones personales? ¿Por qué tantos se acomodan en actitudes y comporta-mientos que ofenden la dignidad humana y desfiguran la imagen de Dios en nosotros? Lo normal sería que la conciencia señalara el peli-gro mortal que encierra para el individuo y para la humanidad el hecho de aceptar tan fácilmente el mal y el pecado. Y, en cambio, no siempre sucede así. ¿Será porque la misma conciencia está perdiendo la capacidad de distinguir el bien del mal?

En una cultura tecnológica, en que estamos acostumbrados a dominar la materia, descubriendo sus leyes y sus mecanismos para transformarla según nuestra voluntad, surge el peligro de querer manipular también la conciencia y sus exigencias. En una cultura que sostiene que no puede existir ninguna verdad universalmente válida, nada es absoluto. Así pues, al fin y al cabo—dicen—la bondad objetiva y el mal ya no importan. El bien se convierte en lo que agrada o es útil en un momento particular, y el mal es lo que contradice nuestros deseos subjetivos. Cada persona puede construir un sistema privado de valores.

5. Jóvenes, no cedáis a esa falsa moralidad tan difundida. No asfixiéis vuestra conciencia. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios (cf. Gaudiam et síes, 16). «En lo más profundo de su conciencia descu-bre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer» (ib.). Esa ley no es una ley humana externa, sino la voz de Dios, que nos llama a liberarnos de la cadena de los malos deseos y del pecado, y nos impulsa a buscar el bien y la verdad. Sólo escuchando la voz de Dios en vuestro interior y actuan-do de acuerdo con sus directrices alcanzaréis la libertad que anheláis. Como dijo Jesús, sólo la verdad os hará libres (cf. Jn 8,32). Y la verdad no es el fruto de la imaginación de cada uno. Dios os ha dado la inteli-gencia para conocer la verdad, y la voluntad para realizar el bien moral. Os ha dado la luz de la conciencia para guiar vuestras decisio-nes morales, para amar el bien y evitar el mal. La verdad moral es objetiva, y una conciencia bien formada puede percibirla.

Pero si la misma conciencia se ha deformado, ¿cómo puede reformarse? Si la conciencia, que es luz, ya no alumbra, ¿cómo pode-mos superar la oscuridad moral? Jesús dice: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6,22-23).

Pero Jesús dice también: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Si seguís a Cristo, devolveréis a la conciencia su puesto

correcto y su papel adecuado, y seréis la luz del mundo y la sal de la tierra (cf. Mt 5,13).

Un renacimiento de la conciencia debe brotar de dos fuentes: en primer lugar, el esfuerzo por conocer con certeza la verdad objetiva, incluida la verdad sobre Dios; y, en segundo lugar, la luz de la fe en Jesucristo, el único que tiene palabras de vida.

6. Con el espléndido telón de fondo de las montañas del Colorado, con su aire puro que da paz y serenidad a la naturaleza, el alma se eleva espontáneamente para cantar la alabanza del Creador: «¡Oh Señor, Dios nuestro qué glorioso tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,2).

Jóvenes peregrinos, el mundo visible es como un mapa que señala el cielo, la morada eterna del Dios vivo. Aprendemos a ver al Creador contemplando la belleza de sus criaturas. En este mundo resplandecen la bondad, la sabiduría y el poder omnipotente de Dios. Y la inteligencia humana, incluso después del pecado original—con tal de que no esté of uscada por el error o la pasión—puede descubrir la mano del Artista en las obras maravillosas que ha hecho. La razón puede conocer a Dios por medio del libro de la naturaleza: un Dios personal, infinitamente bueno, sabio, poderoso y eterno, que trans-ciende el mundo y, al mismo tiempo, está presente en lo más íntimo de sus criaturas. San Pablo escribe: «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Rm 1,20).

Jesús nos enseñó a ver la mano del Padre en la belleza de los lirios del campo, las aves del cielo, la noche estrellada, los campos maduros para la cosecha, los rostros de los niños y las necesidades del pobre y el humilde. Si observáis el universo con corazón puro, tam-bién vosotros veréis el rostro de Dios (cf. Mt 5,8), porque revela el misterio del amor providencial del Padre.

Los jóvenes son especialmente sensibles a la belleza de la natura-leza y su contemplación les inspira espiritualmente. Pero tiene que ser una contemplación auténtica. Una contemplación que no revele el rostro de un Padre personal, inteligente, libre y amoroso, sino que llegue sólo a la figura oscura de una divinidad impersonal o fuerza cósmica, no es suficiente. No debemos confundir al Creador con su creación.

La criatura no tiene vida por sí misma, sino por Dios. Al descu-brir la grandeza de Dios, el hambre descubre la posición única que ocupa en el mundo visible: «Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Sal 8,ó-7). Sí, la contem-plación de la naturaleza no sólo revela al Creador, sino también el papel del ser humano en el mundo que ha creado. Con fe, revela la grandeza de nuestra dignidad como seres creados a su imagen.

Para tener vida y tenerla en abundancia, para restablecer la armonía original de la creación, debemos respetar esa imagen divina en toda la creación y, de modo especial, en la misma vida humana.

7. Cuando la luz de la fe penetra esta conciencia natural, alcanza-mos una nueva certeza. Las palabras de Cristo resuenan con plena verdad: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundan-cia».

Contra todas las fuerzas de la muerte, a pesar de todos los falsos maestros, Jesucristo sigue ofreciendo a la humanidad la única espe-ranza verdadera y real. Él es el verdadero Pastor del mundo, porque él y el Padre son uno (cf. Jn 17,22). En su divinidad es uno con el Padre; en su humanidad es uno con nosotros.

Por haber tomado sobre sí nuestra condición humana, Jesucristo puede transmitir a todos los que están unidos a él por el bautismo la vida que tiene en sí. Y porque en la Trinidad la vida es amor, el amor verdadero de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (cf. Rm 5,5). La vida y el amor son inseparables: el amor de Dios hacia nosotros, y el amor que noso-tros, por nuestra parte, tenemos: amor a Dios y amor a cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Éste será el tema de la última parte de nuestra reflexión, esta misma noche, un poco más tarde.

III PARTE

Queridos jóvenes peregrinos:

1. El Espíritu os ha traído a Denver para llenaros de nueva vida: para daros una fe, una esperanza y un amor más fuertes. Todo en vosotros—vuestra mente y vuestro corazón, vuestra voluntad y vuestra libertad, vuestros dones y vuestros talentos—, todo ha sido tomado por el Espíritu Santo para hacer de vosotros «piedras vivas» del «edificio espiritual» que es la Iglesia (cf. 1P 2,5). Esta Iglesia es inseparable de Jesús; él la ama como el esposo ama a su esposa. Esta Iglesia hoy, en los Estados Unidos y en todos los países de donde procedéis, tiene necesidad del afecto y de la cooperación de sus jóve-nes, la esperanza de su futuro. En la Iglesia cada uno tiene un papel que desempeñar, y todos juntos construimos el único cuerpo de Cristo, el único pueblo de Dios.

Al acercarse el tercer milenio, la Iglesia sabe que el buen Pastor sigue siendo, como siempre, la esperanza segura de la humanidad. Jesucristo nunca deja de ser la puerta de las ovejas. Y, a pesar de la historia de los pecados de la humanidad contra la vida, no cesa de repetir con la misma fuerza y el mismo amor: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (In 10,10).

2. ¿Cómo es posible eso? iCómo puede Cristo darnos la vida, si la muerte forma parte de nuestra existencia terrena? ¿Cómo es posible, si «está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9,27)?

Jesús mismo nos da la respuesta; y la respuesta es una declara-ción suprema de amor divino, un hito de la revelación evangélica con respecto al amor de Dios Padre hacia toda la creación. La respuesta ya está presente en la parábola del buen Pastor. Cristo dice: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

Cristo, el buen Pastor, está presente entre nosotros, en medio de todos los pueblos, las naciones, las generaciones y las razas, como el que «da su vida por las ovejas». ¿No es esto el mayor amor? Era la muerte del Inocente: «El Hijo del hombre se va, como está escrito de

él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!» (Mt 26,24). Cristo en la cruz es un signo de contradicción para todos los crímenes contra el mandamiento de no matar. Dio su vida en sacrificio para la salvación del mundo. Nadie le arrebata esa vida humana; él la da libremente. Él tiene poder para darla y para reco-brarla (cf. Jn 10,18). Fue una auténtica entrega de sí mismo. Fue un acto sublime de libertad.

Sí, el buen Pastor da su vida pero sólo para recobrarla (cf. Jn 10,17). Y en la nueva vida de la resurrección, se ha convertido —según las palabras de san Pablo—en «espíritu que da vida» (lCor 15,45), que ahora puede otorgar el don de la vida a cuantos creen en él.

Vida dada, vida recobrada, vida otorgada. En Él tenemos la vida que él tiene en la unidad del Padre y del Espíritu Santo. Si creemos en él. Si somos uno con él por el amor, recordando que «quien ama a Dios, debe amar también a su hermano» (1 Jn 4,21).

3. Buen Pastor, el Padre te ama porque das tu vida. El Padre te ama como el Hijo crucificado, porque vas a la muerte dando tu vida por nosotros. Y el Padre te ama, cuando vences la muerte con tu resurrección, revelando una vida indestructible. Tú eres la vida y, por tanto, el camino y la verdad de nuestra vida (cf. Jn 14,ó).

Tú dijiste: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre» (Jn 10,14-15). Tú que conoces al Padre (cf. Jn 10,15)—el único Padre común de todos—sabes por qué te ama el Padre (cf. Jn 10,17). Te ama porque das tu vida por cada uno.

Cuando dices: «doy la vida por mis ovejas», no excluyes a nadie. Viniste al mundo para abrazar a todos los hombres y reunir en uno a los hijos de toda la familia humana que estaban dispersos (cf. Jn 11,52). Todavía hay muchos que no te conocen: «También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que con-ducir» (Jn 10,16).

4. Buen Pastor, enseña a los jóvenes aquí reunidos; enseña a los jóvenes de todo el mundo lo que significa «dar» su vida mediante la vocación y la misión. Como enviaste a los Apóstoles a predicar el

Evangelio hasta los confines de la tierra, lanza ahora tu desafío a la

juventud de la Iglesia para que cumpla la gran misión de darte a

conocer a cuantos aún no han oído hablar de ti. Da a estos jóvenes la

valentía y la generosidad de los grandes misioneros del pasado, de

suerte que, a través del testimonio de su fe y su solidaridad con todos

sus hermanos y hermanas necesitados, el mundo descubra la verdad,

la bondad y la belleza de la vida que sólo tú puedes dar.

Enseña a los jóvenes reunidos en Denver a llevar tu mensaje de

vida y verdad, de amor y solidaridad, al centro de la metrópoli

moderna, al centro de todos los problemas que afligen a la familia

humana al final del siglo veinte.

Enseña a estos jóvenes a hacer buen uso de su libertad.

Enséñales que la mayor libertad consiste en entregarse totalmente.

Enséñales el significado de las palabras del Evangelio: «El que pierda

su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39).

5. Por todo esto, buen Pastor, te amamos.

Los jóvenes reunidos en Denver te aman porque aman la vida, el

don del Creador. Aman su vida humana como el sendero por el que

pasarán en medio de este mundo creado. Aman la vida como tarea y

como vocación.

Y aman también la otra vida que el Padre eterno nos ha dado

por medio de ti: la vida de Dios en nosotros, el mayor regalo que nos

has dado.

Tú eres el buen Pastor.

Y no hay ningún otro.

Has venido para que tengamos la vida, y la tengamos en abun-

dancia. La vida, no sólo a nivel humano, sino también en la medida

del Hijo, el Hijo en el que el Padre se complace eternamente.

Señor Jesucristo, te damos gracias por haber dicho: «Yo he

venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» Un 10,10).

Los jóvenes de la «tova Jornada mundial de la juventud te dan las

gracias desde lo más profundo de su corazón.

¡Maranatha!

Aquí, desde el Cherry Creek State Park de Denver, desde esta

reunión de jóvenes de todo el mundo, gritamos: ¡Maranatha! «Ven,

Señor Jesús» (Ap 22,20).

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