Denver, 12 de agosto de 1993
«He ahà el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 129).
1. Jesús, acusado ante un juez que condena más por temor y cinismo que por convicción, es vÃctima del orgullo humano y de la justicia corrompida. Torturado y burlado, es la imagen de lo que los seres humanos son capaces de hacer a los demás cuando su corazón está endurecido y la luz de su conciencia ofuscada.
Pero, a los ojos del Padre, Jesús es el Hijo amado, el Cordero inocente que va al sacrificio por nuestros pecados: «Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 5)
De este sacrificio de sà mismo surgen el perdón y la reconciliación para todos. Incluso en la cruz Jesús tuvo palabras de amor: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).
Este amor se extiende a todos sin excepción. El evangelio de san Juan recuerda las palabras proféticas: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). De su costado traspasado por la lanza de un soldado salió sangre y agua (cf. Jn 19, 34), el signo de la gracia que da vida nueva, la vida nueva que recibimos mediante los sacramentos.
2. Jóvenes que participáis en la Jornada mundial de la juventud, durante este VÃa Crucis habéis contemplado el rostro de Cristo que sufre y habéis adorado al Señor elevado entre la tierra y el cielo. Frente a esta terrible injusticia y a estos terribles sufrimientos sólo las palabras que Dios dijo por medio del profeta IsaÃas pueden transformar nuestra tristeza angustiosa en esperanza: «He aquà que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera [...]. Por las fatigas de su alma [...] justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará [...] cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes» (Is 52,13; 53,11-12).
Jóvenes, constituÃs una parte especial de la herencia de Cristo, personas conquistadas por el amor del Redentor.
Sed valientes ante las dificultades e injusticias de la vida. Esforzaos en la lucha por la justicia, la solidaridad y la paz en el mundo. Ofreced vuestras energÃas y talentos jóvenes para construir una civilización de amor cristiano. Sed testigos del amor de Dios a los inocentes y a los débiles, a los pobres y a los oprimidos.
3. El VÃa Crucis os ha conducido al corazón del misterio del amor redentor de Dios, el misterio que está en el centro de la vida de la Iglesia, el misterio que es el núcleo de todo testimonio y enseñanza cristianos. Muchas son las cosas sobre las que hay que reflexionar y por las que es preciso orar. La Jornada mundial de la juventud ha alcanzado un momento de intensidad particular. Aquà el ejemplo de MarÃa puede indicarnos el camino que hay que seguir: «MarÃa, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19).
Os exhorto a crear un clima de silencio y reflexiónn a fin de que pueda crecer en cada joven que ha venido hasta aquà una conciencia cada vez mayor del misterio. Oremos para que las distracciones efÃmeras no bloqueen u obstaculicen el amor que Dios derrama en nuestros corazones por el EspÃritu Santo (cf. Rm 5, 5).
Ojalá que en este silencio podáis alcanzar la paz interior, paz que puede profundizarse y poseerse más plenamente a través del sacramento de la reconciliación: «Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación [...]. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliados con Dios!» (2Cor 5, 19-20).
Espero que acudáis a los numerosos sacerdotes aquà presentes. En el sacramento de la penitencia son para vosotros embajadores del perdón amoroso de Cristo.
4. El primer dÃa de la semana, al amanecer, las mujeres se dirigieron al sepulcro. Encontraron retirada la piedra y un mensajero que les dijo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquÃ, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba
todavÃa en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer dÃa resucite»» (Lc 24, 5-7).
La vida nueva que brota de la Resurrección es la única esperanza del mundo. En nombre de Cristo, en nombre de la Iglesia, en nombre de una humanidad necesitada, os exhorto a tener en vosotros esta nueva vida. Sed testigos de esta nueva vida ante el mundo que os rodea.
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