S.S. Juan Pablo II, Llamada a la "participación": ser artífices de paz

La familia

4. Lo que aparece con particular evidencia en la comunidad familiar. Efectivamente, la familia no es sólo una comunidad: es una' "comunión de personas". Lo que significa que cada uno de los miembros de la familia participa en la "humanidad" de los otros: marido y mujer, padres e hijos, hijos y padres. Es grande, pues, la importancia de la familia como escuela de participación. Y, por esto, hay una gran pérdida cuando falta esta escuela de, participación, cuando se destruye la familia.

Queridísimos jóvenes comprometeos a construir en vuestro futuro familias sanas. He hablado de eso en la Carta especial que os he dirigido. Una familia sana es la garantía más segura de serenidad para los cónyuges y el don más grande que les pueden legar a sus hijos. La Iglesia además es una escuela particular de participación nos lo hace entender el acontecimiento más importante de la vida

eclesial: la participación en la Santa Misa.

¿Qué significa: participar en la Santa Misa? Fijaos bien: no sólo «estar presentes en la Misa», sino «participar en la Misa». Para responder a la pregunta hay que entender lo que es la Misa. No es simplemente un rito sagrado, al que se puede asistir como espectadores, por así decirlo, «neutrales». La Misa es el sacrificio de Cristo y el banquete que El mismo prepara y al que nos invita a todos nosotros como comensales. La comida que El ofrece en la mesa eucarística es su carne y su sangre, que El distribuye a los comensales bajo las apariencias del pan y del vino «en memoria» del cuerpo y la sangre derramada en la cruz. «Tomad y comed»..., «tomad y bebed»...: todos están invitados a participar en la Cena eucarística, porque en ella se renueva místicamente lo que a todos interesa, el misterio de la muerte y resurrección del Señor, gracias al cual todos hemnos sido redimidos.

Si en cada grupo de fieles que se reune en el nombre de Cristo, se realiza ya una presencia suya especial, ¿acaso no ha prometido El mismo: ''donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).

Mucho más se realiza esa presencia viva y realmente en la comunidad reunida en torno a su altar. Aquí está El en la realidad de su carne y de su sangre que constituye el centro de la comunidad, y que, llamando a cado uno a nutrirse con este alimento divino, hace de todos una sola cosa en sí mismo: «Porque el pan es uno -observa con lógica apremiante San Pablo-, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1Cor 10, 17).

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