La verdadera fuerza está en Cristo, el redentor del mundo. Este es el punto central de todo el discurso. Y éste es el momento de plantear la pregunta crucial: Este Jesús que fue joven como vosotros, que vivió ejemplarmente en una familia y conoció a fondo el mundo de los hombres, ¿quién es para vosotros? ¿Es sólo un hombre, un gran hombre, un reformador social? ¿Es sólo un profeta mal comprendido entre los suyos (cf. Jn 1,11), y contestado en su tiempo (cf. Lc 2,34), y, por esto, condenado a muerte? ¿O no es, más bien, el “Hijo del hombre”, esto es, el hombre por excelencia, que en la realidad de la carne asume y resume sus vicisitudes, las tribulaciones de los hombres sus hermanos, y a la vez, como “Hijo de Dios”, las rescata y redime todas? Yo sé que Cristo hombre y Dios es para vosotros el punto supremo de referencia. ¡Lo sé!
En el pórtico de la pasión que la liturgia pascual comienza ya a conmemorar, sentimos resonar precisamanete en el Evangelio de hoy, entre las líneas de una cínica trama, la arcana palabra de Caifás que pensaba sacrificar al inocente “para que no perezca la nación entera. Esto —observa el Evangelista psicólogo— no lo dijo por propio impulso sino que habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,50-51).
Esta profecía, queridos jóvenes, se ha cumplido. Cristo murió por lo hombres, por los hombres de todas las generaciones que se suceden en la faz de la tierra. Cristo murió y con su muerte ha reunido, hermanándolos., a los hijos de Dios. La redención humana es obra suya: la unidad de los hombres es obra suya y una y otra tienen un valor universal y duran para siempre, porque se alimentan en la inagotable virtud de su resurrección.
Es esencial, pues, creer en Cristo hombre y Dios; en Cristo muerto y resucitado; en Cristo redentor y que recapitula toda la humanidad. Si es viva e inquebrantable vuestra adhesión a Él, os resultará más fácil resolver los problemas —pequeños y grandes— que se presentan en vuestra vida, tanto de individuos, como de representantes de la nueva generación. En toda circunstacnaia de la vida jamás olvidéis que Dios amó tanto al mundo que dio su Hijo unigénito por nosotros (cf. Jn 3,16). Buscad en vuestra fe las razones de esperar y el modo de reaccionar, que es propio de los discípulos de Cristo.
Vigorizad, pues, vuestra fe: reavivadla si es débil. ¡Abrid las puertas a Cristo! Abrid vuestros corazones a Cristo, acogedlo como compañero y guía de vuestro camino.
En su nombre, estaréis en disposición de preparar un porvenir más sereno, más humano para vosotros y para vuestros hermanos. Está en vosotros, sobre todo en vosotros, consagrarle el tercer milenio, que ya se perfila en el horizonte humano.
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