S.S. Juan Pablo II, El puesto de la juventud en el mundo de hoy: Problemas, realidades y esperanzas

Actuar trabajando en la construcción de un mundo humano propio de los hijos de Dios

¿Y qué os corresponde a vosotros queridos jóvenes? Yo diría, de acuerdo con todo lo que acabo de insinuar, que os corresponde una especie de función profética: podéis desarrollar una acción de denuncia contra los males de hoy, hablando ante todo contra esa difundida “cultura de muerte” que, al menos en ciertos contextos étnico-sociales (afortunadamente, no en todas partes), se manifiesta como un peligroso plano inclinado de resbalamiento y de ruina. Mirad, es un derecho-deber vuestro reaccionar contra dicha cultura: vosotros debéis apreciar siempre y esforzaros por hacer apreciar la vida, rechazando las violaciones sistemáticas que comienzan con la supresión del que va a nacer, se desarrollan con las innúmeras violencias de las guerras, llegan a la exclusión de los inhábiles y de los ancianos, para terminar en la solución final de la eutanasia. Os corresponde a vosotros, en virtud de la innata sensiblilidad que tenéis por los valores que Cristo ha anunciado, en virtud de vuestra alergia a los compromisos, afanaros, juntamente con quienes son mayores que vosotros y que no se han resignado a tales compromisos, para que se superen las injusticias persistentes y todas sus proteiformes manifestaciones, las cuales, lo mismo que los males antes citados, tienen su raíz en el corazón del hombre.

Por otra parte, todo esto no tendría sentido, sino supieseis afrontar también una valiente autodenuncia, individuando los límites de todo lo que tienen de excesivo ciertas reclamaciones, venciendo la tentación, a veces insistente y siempre irracional, de la contestación total y de la eversión ciega. A vosotros os corresponde verificar si algún bacilo de esa “cultura de muerte” (por ejemplo, la droga, el recurso al terror, el erotismo, las múltiples formas del vicio) anida también dentro de vosotros y está allí contaminando y destruyendo —¡desgraciadamente!— vuestra juventud.

Os lo repito de nuevo, queridísimos jóvenes: no cedáis a la “cultura de muerte”. Elegid la vida. Alineaos con cuantos no aceptan rebajar su cuerpo al rango de objeto. Respetad vuestro cuerpo. Forma parte de vuestra condición humana: es templo del Espíritu Santo. Os pertenece porque os lo ha dado Dios. No se os ha donado como un objeto del que podéis usar y abusar. Forma parte de vuestra persona como expresión de vosotros mismos, como un lenguaje para entrar en comunicación con los otros en un diálogo de verdad, de respeto, de amor. Con vuestro cuerpo podéis expresar la parte más secreta de vuestra alma, el sentido más personal de vuestra vida: vuestra libertad, vuestra vocación, “¡Glorificad a Dios en vuestro cuerpo!” (1Cor 6,20).

Y glorificadlo en vuestra vida. Queridísimos jóvenes, no lo olvidéis: vuestra denuncia respecto a las contradicciones del mundo de los adultos será tanto más eficaz y creíbles, cuanto mejor sepáis daros a vosotros mismos, los primeros, el ejemplo de una voluntad templada en la rectitud y en la honestidad de una iniciativa madura, de una coherente fidelidad a las líneas positivas de la vida y a los valores consistentes que se llaman religiosidad, libertad, justicia, laboriosidad, corrección, colaboración, paz.

No basta denunciar: hay que hacer. Hay que comprometerse en primera persona, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, en la construcción de un mundo que sea realmente a medida del hombre, más aún, a medida de los hijos de Dios. Con esperanza renovada cada día, debéis luchar, al lado de quienes antes que vosotros emprendieron ya batalla, para reparar el mal, consolar a los afligidos, ofrecer la palabra de la esperanza que puede convertir los corazones y llevar a bendecir en vez de maldecir, a amar en vez de odiar. De este modo, seréis testigos de la luz de Cristo en un mundo, donde las tinieblas del mal continúan insidiando peligrosamente a los corazones humanos.

Vuestro valor y vuestra fuerza serán tanto mayores cuanto mejor comprendáis que, en este combate entre la luz y las tinieblas, no nos corresponde determinar cuáles deben ser sus desarrollos y, mucho menos, cuál ha de ser su conclusión. Sólo nos corresponde realizar en él nuestra parte con lealtad y coherencia, contando con la fuerza de Cristo resucitado, hasta que el Padre, que guía la historia hacia su trascendente destino, juzgue que ha llegado la plenitud de los tiempos.

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