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S.S. Juan Pablo II, Fomentar el anhelo de cooperación fraterna, sostenido por la oración y la estima recíproca
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Fomentar el anhelo de cooperación fraterna, sostenido por la oración y la estima recíproca

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la misa dominical durante su visita a Rumania

1. ¬ę¬°Qu√© grandes son tus obras, Se√Īor!¬Ľ.

El salmo responsorial de la liturgia de hoy es un c√°ntico de gloria al Se√Īor por las obras que ha realizado. Es una alabanza y una acci√≥n de gracias por la creaci√≥n, obra de arte de la bondad divina, y por los prodigios que el Se√Īor hizo en favor de su pueblo, liber√°ndolo de la esclavitud de Egipto y gui√°ndolo a trav√©s del mar Rojo.

¬ŅQu√© decir, adem√°s, de la obra, a√ļn m√°s extraordinaria, de la encarnaci√≥n del Verbo, que llevo a plenitud el designio originario de la salvaci√≥n humana? En efecto, el proyecto del Padre celestial se lleva a cabo con la muerte y la resurrecci√≥n de Jes√ļs, y abraza a los hombres de todas las razas y de todos los tiempos. Como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, Cristo ¬ęmuri√≥ (...) por los pecados; (...) el inocente por los culpables. (...) Como era hombre, lo mataron; pero, como pose√≠a el Esp√≠ritu, fue devuelto a la vida¬Ľ (1 P 3, 18).

Cristo crucificado y resucitado: éste es el gran anuncio pascual que todo creyente está llamado a proclamar y testimoniar con valentía.

Antes de dejar esta tierra, el Redentor anuncia a sus disc√≠pulos la venida del Par√°clito: ¬ęYo pedir√© al Padre que os d√© otro Consolador, que est√© con vosotros para siempre, el Esp√≠ritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conoc√©is porque vive con vosotros y est√° con vosotros¬Ľ (Jn 14, 16-17). Desde entonces, el Esp√≠ritu anima a la Iglesia y la convierte en signo e instrumento de salvaci√≥n para toda la humanidad. √Čl obra en el coraz√≥n de los cristianos y les hace tomar conciencia del don y de la misi√≥n que Cristo resucitado les ha encomendado. El Esp√≠ritu impuls√≥ a los Ap√≥stoles a recorrer todos los caminos del mundo entonces conocido para proclamar el Evangelio. De este modo, el mensaje evang√©lico tambi√©n lleg√≥ aqu√≠, y se ha difundido en Rumania gracias al testimonio heroico de confesores de la fe y de m√°rtires, del pasado y de nuestro siglo.

Verdaderamente, considerando la historia de la Iglesia en Rumania, podemos repetir, con el coraz√≥n rebosante de gratitud: ¬ę¬°Qu√© grandes son tus obras, Se√Īor!¬Ľ.

2. ¬ę¬°Qu√© grandes son tus obras, Se√Īor!¬Ľ. La exclamaci√≥n del salmista surge espont√°nea en mi coraz√≥n durante esta visita, que me brinda la ocasi√≥n de ver con mis propios ojos los prodigios que Dios ha obrado entre vosotros a lo largo de los siglos y especialmente durante estos a√Īos.

Hasta hace poco tiempo, era impensable que el Obispo de Roma pudiera visitar a sus hermanos y hermanas en la fe que viven en Rumania. Hoy, despu√©s de un largo invierno de sufrimiento y persecuci√≥n, finalmente podemos darnos el abrazo de la paz y alabar juntos al Se√Īor. Amad√≠simos hermanos y hermanas, os saludo a todos con gran afecto. Saludo con deferencia y cordialidad a Su Beatitud, que con un gran gesto de caridad ha querido orar con nosotros en esta celebraci√≥n eucar√≠stica. Su presencia y su fraternidad me conmueven profundamente. Le expreso mi gratitud, a la vez que doy gracias por todo a nuestro Se√Īor Jesucristo.

Os saludo con renovada alegr√≠a a vosotros, amad√≠simos y venerados hermanos en el episcopado, en particular, saludo al pastor de esta archidi√≥cesis monse√Īor Ioan Robu, a quien agradezco de coraz√≥n las palabras que me ha dirigido al comienzo de la misa, y al metropolita de Fugaras y Alba Julia, monse√Īor Luc√≠an Muresan, presidente de la Conferencia episcopal. Abrazo espiritualmente a todos y cada uno de los cat√≥licos de rito latino y a los de rito bizantino-romano, igualmente queridos para mi coraz√≥n. Saludo a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos que se dedican al apostolado. Saludo a los j√≥venes y a las familias, a los enfermos y a cuantos est√°n probados por el sufrimiento f√≠sico y espiritual.

Desde esta capital quiero abrazar a Rumania, con todos sus componentes: a todos, tanto cercanos como lejanos, les aseguro mi afecto y mi oración. Para mí es una gran alegría espiritual estar en Rumania y dar gracias con vosotros a Dios por las maravillas que ha realizado, y que la liturgia del tiempo pascual nos invita a recordar con alegría y gratitud.

3. Mientras termina este siglo y ya se vislumbra el alba del tercer milenio, la mirada se dirige a los a√Īos pasados, para reconocer en ellos los signos de la misericordia divina, que siempre acompa√Īan los pasos de quienes conf√≠an en Dios.

¡Cómo no recordar el concilio ecuménico Vaticano II, que abrió una época nueva en la historia de la Iglesia, imprimiéndole un renovado impulso! Gracias a la constitución Lumen gentium, la Iglesia ha tomado mayor conciencia de ser pueblo de Dios en camino hacia la realización plena del Reino. Advertimos el misterio de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, y percibimos el valor de su misión de modo particular aquí, en Rumania, donde viven juntos cristianos que pertenecen a la tradición oriental y a la occidental. Viven buscando la unidad, preocupados por responder al mandato de Cristo, y por esta razón desean dialogar, comprenderse y ayudarse mutuamente. Es preciso fomentar y promover cada vez más este anhelo de cooperación fraterna, sostenido por la oración y animado por la estima y el respeto recíproco, porque sólo la paz construye, mientras que la discordia destruye.

En nombre de esta gran aspiraci√≥n ecum√©nica, me dirijo a todos los creyentes en Cristo que viven en Rumania. Estoy aqu√≠, entre vosotros, movido √ļnicamente por el deseo de la aut√©ntica unidad y por la voluntad de ejercer el ministerio petrino que el Se√Īor me ha encomendado en medio de los hermanos y hermanas en la fe. Doy gracias a Dios, porque me concede ejercerlo. Deseo vivamente y oro para que se llegue cuanto antes a la plena comuni√≥n fraterna entre todos los creyentes en Cristo, tanto en Occidente como en Oriente. Por esta unidad, vivificada por el amor, el divino Maestro or√≥ en el cen√°culo, la v√≠spera de su pasi√≥n y muerte.

4. Esta unidad de los cristianos es, ante todo, obra del Espíritu Santo, y es preciso pedirla incesantemente. El día de Pentecostés, los Apóstoles, que hasta ese momento se sentían torpes y atemorizados, se llenaron de valor y celo apostólico. No tuvieron miedo de anunciar a Cristo crucificado y resucitado; no tuvieron miedo de testimoniar con las palabras y la vida su fidelidad al Evangelio, aunque eso implicaba la persecución e, incluso, la muerte. En efecto, muchos pagaron con el martirio su fidelidad. Así, la Iglesia, guiada por el Espíritu, se ha difundido en todas las regiones del mundo.

Aunque a veces se han producido incomprensiones y, por desgracia, dolorosas fracturas dentro del √ļnico e indiviso cuerpo m√≠stico de Cristo, m√°s fuerte que cualquier divisi√≥n sigue siendo la certeza de lo que une a todos los creyentes y de la llamada com√ļn a la unidad. Al final del segundo milenio, los senderos que se hab√≠an separado comienzan a acercarse, y se intensifica el movimiento ecum√©nico, que busca alcanzar la unidad plena de los creyentes. Los signos de este incesante camino hacia la unidad est√°n presentes tambi√©n en vuestra tierra, Rumania, pa√≠s que en su cultura, su lengua y su historia mantiene vivas las huellas de la tradici√≥n latina y oriental. Deseo vivamente que la oraci√≥n de Jes√ļs en el cen√°culo: ¬ęPadre que sean uno¬Ľ (cf. Jn 17, 21), est√© siempre en vuestros labios y jam√°s deje de latir en vuestro coraz√≥n.

5. ¬ęAl que me ama, lo amar√° mi Padre, y yo tambi√©n lo amar√© y me revelar√© a √©l¬Ľ (Jn 14, 21).

Estas palabras, que Jes√ļs dirigi√≥ a sus disc√≠pulos la v√≠spera de su pasi√≥n, son hoy para nosotros una invitaci√≥n urgente a proseguir por este camino de fidelidad y amor. Amar a Cristo es el fin √ļltimo de nuestra existencia: amarlo en las situaciones concretas de la vida, para que se manifieste al mundo el amor del Padre; amarlo con todas nuestras fuerzas, para que se realice su proyecto de salvaci√≥n y los creyentes lleguen en √©l a la comuni√≥n plena. ¬°Que jam√°s se apague en el coraz√≥n este ardiente deseo!

Amad√≠simos cat√≥licos de Rumania, s√© bien cu√°nto hab√©is sufrido durante los a√Īos del duro r√©gimen comunista; s√© tambi√©n con cu√°nta entereza hab√©is perseverado en vuestra fidelidad a Cristo y a su Evangelio. Ahora, en el umbral del tercer milenio, no teng√°is miedo: abrid de par en par las puertas de vuestro coraz√≥n a Cristo salvador. √Čl os ama y est√° cerca de vosotros; os llama a un renovado compromiso de evangelizaci√≥n. La fe es don de Dios y patrimonio de incomparable valor, que hay que conservar y difundir. Para defender y promover los valores comunes, estad siempre abiertos a una colaboraci√≥n eficaz con todos los grupos √©tnico-sociales y religiosos, que componen vuestro pa√≠s. Que todas vuestras decisiones est√©n animadas siempre por la esperanza y el amor.

Mar√≠a, Madre del Redentor os acompa√Īe y proteja, para que pod√°is escribir nuevas p√°ginas de santidad y de generoso testimonio cristiano en la historia de Rumania. Am√©n.

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