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S.S. Juan Pablo II, El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
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El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

Catequesis de su S.S. Juan Pablo II durante la audiencia general de los miércoles

1. En la preparaci√≥n para el gran jubileo del a√Īo 2000, el presente a√Īo est√° particularmente dedicado al Esp√≠ritu Santo. Prosiguiendo por el camino iniciado por toda la Iglesia, despu√©s de haber concluido la tem√°tica cristol√≥gica, comenzamos hoy una reflexi√≥n sistem√°tica sobre el Esp√≠ritu Santo, ¬ęSe√Īor y dador de vida¬Ľ. De la tercera persona de la sant√≠sima Trinidad he hablado ampliamente en muchas ocasiones. Recuerdo, en particular, la enc√≠clica Dominum et vivificantem y la catequesis sobre el Credo. La perspectiva del jubileo inminente me brinda la ocasi√≥n para volver una vez m√°s a la contemplaci√≥n del Esp√≠ritu Santo, a fin de escrutar, con esp√≠ritu de adoraci√≥n, la acci√≥n que realiza en el decurso del tiempo y de la historia.

2. Esa contemplaci√≥n, en realidad, no es f√°cil, si el mismo Esp√≠ritu no viene en ayuda de nuestra debilidad (cf. Rm 8, 26). En efecto, ¬Ņc√≥mo discernir la presencia del Esp√≠ritu de Dios en la historia? S√≥lo podemos dar una respuesta a esta pregunta recurriendo a las sagradas Escrituras que, al estar inspiradas por el Par√°clito, nos revelan progresivamente su acci√≥n y su identidad. Nos manifiestan, en cierto sentido, el lenguaje del Esp√≠ritu, su estilo y su l√≥gica. Se puede leer tambi√©n la realidad en que act√ļa con ojos que penetran m√°s all√° de una simple observaci√≥n exterior, captando detr√°s de las cosas y de los acontecimientos los rasgos de su presencia. La misma Escritura, ya desde el Antiguo Testamento, nos ayuda a comprender que nada de lo bueno, verdadero y santo que hay en el mundo puede explicarse independientemente del Esp√≠ritu de Dios.

3. Una primera alusi√≥n, aunque velada, al Esp√≠ritu se encuentra ya en las primeras l√≠neas de la Biblia, en el himno a Dios creador con que comienza el libro del G√©nesis: ¬ęel Esp√≠ritu de Dios aleteaba por encima de las aguas¬Ľ (Gn 1, 2). Para decir ¬ęesp√≠ritu¬Ľ se usa aqu√≠ la palabra hebrea ruah, que significa ¬ęsoplo¬Ľ y puede designar tanto el viento como la respiraci√≥n. Como ya es sabido, este texto pertenece a la as√≠ llamada ¬ęfuente sacerdotal¬Ľ, que se remonta al periodo del destierro en Babilonia (siglo VI, antes de Cristo), cuando la fe de Israel hab√≠a llegado expl√≠citamente a la concepci√≥n monote√≠sta de Dios. Israel, al tomar conciencia, gracias a la luz de la revelaci√≥n, del poder creador del √ļnico Dios, lleg√≥ a intuir que Dios cre√≥ el universo con la fuerza de su Palabra. Unido a ella, aparece el papel del Esp√≠ritu, cuya percepci√≥n se ve favorecida por la misma analog√≠a del lenguaje que por asociaci√≥n, vincula la palabra al aliento de los labios: ¬ęLa palabra del Se√Īor hizo el cielo, el aliento (ruah) de su boca sus ej√©rcitos¬Ľ (Sal 33, 6). Este aliento vital y vivificante de Dios no se limit√≥ al instante inicial de la creaci√≥n, sino que sostiene permanentemente y vivifica todo lo creado, renov√°ndolo sin cesar: ¬ęEnv√≠as tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra¬Ľ (Sal 104, 30).

4. La novedad m√°s caracter√≠stica de la revelaci√≥n b√≠blica consiste en haber descubierto en la historia el campo privilegiado de la acci√≥n del Esp√≠ritu de Dios. En cerca de cien pasajes del Antiguo Testamento el ruah de Yahveh indica la acci√≥n del Esp√≠ritu del Se√Īor que gu√≠a a su pueblo, sobre todo en las grandes encrucijadas de su camino. As√≠, en el periodo de los jueces, Dios enviaba su Esp√≠ritu sobre hombres d√©biles y los transformaba en l√≠deres carism√°ticos, revestidos de energ√≠a divina: as√≠ aconteci√≥ con Gede√≥n, con Jeft√© y, en particular, con Sans√≥n (cf. Jc 6, 34; 11, 29; 13, 25; 14, 6. 19).

Con la llegada de la monarqu√≠a dav√≠dica, esta fuerza divina, que hasta entonces se hab√≠a manifestado de modo imprevisible e intermitente, alcanza cierta estabilidad. Se puede comprobar en la consagraci√≥n real de David, a prop√≥sito de la cual dice la Escritura: ¬ęA partir de entonces, vino sobre David el esp√≠ritu de Yahveh¬Ľ (1 S 16, 13).

Durante el destierro en Babilonia, y tambi√©n despu√©s, toda la historia de Israel se presenta como un largo di√°logo entre Dios y el pueblo elegido, ¬ępor su esp√≠ritu, por ministerio de los antiguos profetas¬Ľ (Za 7, 12). El profeta Ezequiel expl√≠cita el v√≠nculo entre el esp√≠ritu y la profec√≠a, por ejemplo cuando dice: ¬ęEl esp√≠ritu de Yahveh irrumpi√≥ en m√≠ y me dijo: "Di: As√≠ dice Yahveh"¬Ľ (Ez 11, 5).

Pero la perspectiva prof√©tica indica sobre todo en el futuro el tiempo privilegiado en el que se cumplir√°n las promesas por obra del ruah divino. Isa√≠as anuncia el nacimiento de un descendiente sobre el que ¬ęreposar√° el esp√≠ritu (...) de sabidur√≠a e inteligencia, esp√≠ritu de consejo y fortaleza, esp√≠ritu de ciencia y temor de Yahveh¬Ľ (Is 11, 2-3). ¬ęEste texto ‚ÄĒcomo escrib√≠ en la enc√≠clica Dominum et vivificantem‚ÄĒ es importante para toda la pneumatolog√≠a del Antiguo Testamento porque constituye como un puente entre el antiguo concepto b√≠blico de esp√≠ritu entendido ante todo como aliento carism√°tico, y el ¬ęEsp√≠ritu¬Ľ como persona y como don, don para la persona. El Mes√≠as de la estirpe de David (¬ędel tronco de Jes√©¬Ľ) es precisamente aquella persona sobre la que se posar√° el Esp√≠ritu del Se√Īor¬Ľ (n. 15).

5. Ya en el Antiguo Testamento aparecen dos rasgos de la misteriosa identidad del Espíritu Santo, que luego fueron ampliamente confirmados por la revelación del Nuevo Testamento.

El primero es la absoluta trascendencia del Esp√≠ritu que por eso se llama ¬ęsanto¬Ľ (Is 63, 10.11; Sal 51, 13). El Esp√≠ritu de Dios es ¬ędivino¬Ľ a todos los efectos. No es una realidad que el hombre pueda conquistar con sus fuerzas, sino un don que viene de lo alto: s√≥lo se puede invocar y acoger. El Esp√≠ritu, infinitamente diferente con respecto al hombre, es comunicado con total gratuidad a cuantos son llamados a colaborar con √©l en la historia de la salvaci√≥n. Y cuando esta energ√≠a divina encuentra una acogida humilde y disponible, el hombre es arrancado de su ego√≠smo y liberado de sus temores, y en el mundo florecen el amor y la verdad, la libertad y la paz.

El segundo rasgo del Esp√≠ritu de Dios es la fuerza din√°mica que manifiesta en sus intervenciones en la historia. A veces se corre el riesgo de proyectar sobre la imagen b√≠blica del Esp√≠ritu concepciones vinculadas a otras culturas como, por ejemplo la idea del esp√≠ritu como algo et√©reo est√°tico e inerte. Por el contrario, la concepci√≥n b√≠blica del ruah indica una energ√≠a sumamente activa, poderosa e irresistible: el Esp√≠ritu del Se√Īor ‚ÄĒleemos en Isa√≠as‚ÄĒ ¬ęes como torrente desbordado¬Ľ (Is 30, 28). Por eso, cuando el Padre interviene con su Esp√≠ritu, el caos se transforma en cosmos, en el mundo aparece la vida, y la historia se pone en marcha.

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