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S.S. Juan Pablo II, El Espíritu Santo en la Encarnación
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El Espíritu Santo en la Encarnación

Catequesis de su S.S. Juan Pablo II durante la audiencia general de los miércoles

1. Jes√ļs est√° relacionado con el Esp√≠ritu Santo ya desde el primer instante de su existencia en el tiempo, como recuerda el S√≠mbolo niceno-constantinopolitano: ¬ęEt incarnatus est de Spiritu Sancto ex Mar√≠a Virgine¬Ľ. La fe de la Iglesia en este misterio se funda en la palabra de Dios: ¬ęEl Esp√≠ritu Santo ‚ÄĒanuncia el √°ngel Gabriel a Mar√≠a‚ÄĒ vendr√° sobre ti y el poder del Alt√≠simo te cubrir√° con su sombra; por eso el que ha de nacer ser√° santo y ser√° llamado Hijo de Dios¬Ľ (Lc 1, 35). Y a Jos√© el √°ngel le dice: ¬ęLo engendrado en ella es del Esp√≠ritu Santo¬Ľ (Mt 1, 20).

Gracias a la intervenci√≥n directa del Esp√≠ritu Santo, se realiza en la Encarnaci√≥n la gracia suprema, la ¬ęgracia de la uni√≥n¬Ľ, de la naturaleza humana con la persona del Verbo. Esa uni√≥n es la fuente de todas las dem√°s gracias, como explica santo Tom√°s (cf. Summa Theol., III, q. 2, a. 10-12; q. 6, a. 6; q. 7, a. 13).

2. Para profundizar en el papel del Espíritu Santo en el acontecimiento de la Encarnación, es importante volver a los datos que nos brinda la palabra de Dios.

San Lucas afirma que el Esp√≠ritu Santo desciende como fuerza de lo alto sobre Mar√≠a, cubri√©ndola con su sombra. El Antiguo Testamento muestra que cada vez que Dios decide hacer que brote la vida, act√ļa a trav√©s de la ¬ęfuerza¬Ľ de su esp√≠ritu creador: ¬ęLa palabra del Se√Īor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ej√©rcitos¬Ľ (Sal 33, 6). Eso vale para todo ser vivo, hasta el punto de que si Dios ¬ęretirara a si su esp√≠ritu, si hacia s√≠ recogiera su soplo, a una expirar√≠a toda carne (es decir, todo ser humano), el hombre al polvo volver√≠a¬Ľ (Jb 34, 14-15). Dios hace que su Esp√≠ritu intervenga sobre todo en los momentos en que Israel se siente incapaz de levantarse solamente con sus propias fuerzas. Lo sugiere el profeta Ezequiel en la visi√≥n dram√°tica del interminable valle lleno de huesos: ¬ęEl Esp√≠ritu entr√≥ en ellos; revivieron y se incorporaron sobre sus pies¬Ľ (Ez 37, 10).

La concepci√≥n virginal de Jes√ļs es ¬ęla obra m√°s grande realizada por el Esp√≠ritu Santo en la historia de la creaci√≥n y de la salvaci√≥n¬Ľ (Dominum et vivificantem, 50). En este acontecimiento de gracia una virgen es hecha fecunda; una mujer, redimida desde su concepci√≥n, engendra al Redentor. As√≠ se prepara una nueva creaci√≥n y se inicia la alianza nueva y eterna: comienza a vivir un hombre que es el Hijo de Dios. Antes de este evento, nunca se dice que el Esp√≠ritu haya descendido directamente sobre una mujer para convertirla en madre. En los nacimientos prodigiosos que se realizaron a lo largo de la historia de Israel, la intervenci√≥n divina, cuando se alude a ella, se refiere al ni√Īo que va a nacer y no a la madre.

3. Si nos preguntamos con qu√© fin el Esp√≠ritu Santo realiz√≥ el acontecimiento de la Encarnaci√≥n, la palabra de Dios nos responde sint√©ticamente, en la segunda carta de san Pedro, que tuvo lugar para hacernos ¬ępart√≠cipes de la naturaleza divina¬Ľ (2 P 1, 4). ¬ęEn efecto ‚ÄĒexplica san Ireneo de Lyon‚ÄĒ, esta es la raz√≥n por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios Hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comuni√≥n con el Verbo y recibiendo as√≠ la filiaci√≥n divina, se convirtiera en hijo de Dios¬Ľ (Adv. haer., III, 19, 1). San Atanasio sigue la misma l√≠nea: ¬ęCuando el Verbo se encarn√≥ en la sant√≠sima Virgen Mar√≠a, el Esp√≠ritu entr√≥ en ella juntamente con √©l; por el Esp√≠ritu, el Verbo se form√≥ un cuerpo y lo adapt√≥ a s√≠, queriendo unir mediante s√≠ y llevar al Padre toda la creaci√≥n¬Ľ (Ad Serap. 1, 31). Santo Tom√°s recoge esas afirmaciones: ¬ęEl Hijo unig√©nito de Dios, queriendo que tambi√©n nosotros fu√©ramos participes de su divinidad, asumi√≥ nuestra naturaleza humana, para que, hecho hombre, hiciera dioses a los hombres¬Ľ (Opusc. 57 in festo Corporis Christi, 1), es decir, part√≠cipes por gracia de la naturaleza divina.

El misterio de la Encarnaci√≥n revela el asombroso amor de Dios, cuya personificaci√≥n m√°s elevada es el Esp√≠ritu Santo, pues √©l es el Amor de Dios en persona, la Persona-Amor: ¬ęEn esto se manifest√≥ el amor que Dios nos tiene; en que Dios envi√≥ al mundo a su Hijo √ļnico para que vivamos por medio de √©l¬Ľ (1 Jn 4, 9). En la Encarnaci√≥n, m√°s que en cualquier otra obra, se revela la gloria de Dios.

Con mucha raz√≥n, en el Gloria in excelsis cantamos: ¬ęPor tu inmensa gloria, te alabamos, te bendecimos, (...) te damos gracias¬Ľ. Esta expresi√≥n puede aplicarse de manera especial a la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, al que en la primera carta de san Pedro se llama ¬ęel Esp√≠ritu de gloria¬Ľ (1 P 4, 14). Se trata de una gloria que es pura gratuidad: no consiste en tomar o recibir, sino s√≥lo en dar. Al darnos su Esp√≠ritu, que es fuente de vida, el Padre manifiesta su gloria, haci√©ndola visible en nuestra vida. En este sentido, san Ireneo afirma que ¬ęla gloria de Dios es el hombre vivo¬Ľ (Adv. haer., IV, 20, 7).

4. Si ahora tratamos de ver más de cerca qué nos revela del misterio del Espíritu el acontecimiento de la Encarnación, podemos decir que este evento nos manifiesta ante todo que él es la fuerza benévola de Dios que engendra la vida.

La fuerza que ¬ęcubre con su sombra¬Ľ a Mar√≠a evoca la nube del Se√Īor que se posaba sobre la tienda del desierto (cf. Ex 40, 34) o que llenaba el templo (cf. 1 R 8, 10). As√≠ pues, es la presencia amiga, la proximidad salv√≠fica de Dios, que viene a entablar un pacto de amor con sus hijos. Es una fuerza al servicio del amor, que se realiza con el sello de la humildad: no s√≥lo inspira la humildad de Mar√≠a, la esclava del Se√Īor, sino que en cierto sentido se oculta tras ella, hasta el punto de que nadie en Nazaret logra intuir que ¬ęlo engendrado en ella es del Esp√≠ritu Santo. (Mt 1, 20). San Ignacio de Antioqu√≠a expresa admirablemente este misterio parad√≥jico: ¬ęAl pr√≠ncipe de este mundo qued√≥ oculta la virginidad de Mar√≠a y tambi√©n su parto, al igual que la muerte del Se√Īor. Estos tres misterios sonoros se cumplieron en el silencio de Dios¬Ľ (Ad Eph. 19, 1).

5. El misterio de la Encarnación, visto en la perspectiva del Espíritu Santo que lo llevó a cabo, ilumina también el misterio del hombre.

En efecto, el Esp√≠ritu, que actu√≥ de un modo √ļnico en el misterio de la Encarnaci√≥n, est√° presente tambi√©n en el origen de todo ser humano. Nuestro ser es un ¬ęser recibido¬Ľ, una realidad pensada, amada y donada. No basta la evoluci√≥n para explicar el origen del g√©nero humano, como no basta la causalidad biol√≥gica de los padres para explicar por s√≠ sola el nacimiento de un ni√Īo. Aun en la trascendencia de su acci√≥n, siempre respetuosa de las ¬ęcausas segundas¬Ľ, Dios crea el alma espiritual del nuevo ser humano, comunic√°ndole el aliento vital (cf. Gn 2, 7) por su Esp√≠ritu, que ¬ęda la vida¬Ľ. Todo hijo, por consiguiente, se ha de ver y acoger como un don del Esp√≠ritu Santo.

Tambi√©n la castidad de los c√©libes y de las v√≠rgenes constituye un reflejo singular del amor ¬ęderramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo¬Ľ (Rm 5, 5). El Esp√≠ritu que hizo participe de la fecundidad divina a la virgen Mar√≠a, asegura tambi√©n a cuantos han elegido la virginidad por el reino de los cielos una descendencia numerosa en el √°mbito de la familia espiritual, formada por todos los que ¬ęno nacieron de sangre, ni de deseo carnal, ni de deseo de hombre, sino de Dios¬Ľ (Jn 1, 13).

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