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S.S. Juan Pablo II, Encomendemos al Padre todos nuestros anhelos y proyectos para el a├▒o que va a comenzar
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Encomendemos al Padre todos nuestros anhelos y proyectos para el a├▒o que va a comenzar

Homil├şa de S.S. Juan Pablo II en el rezo de las V├şsperas

1. La Iglesia, en Roma y en todo el mundo, se re├║ne esta tarde para cantar el Te Deum, mientras termina el a├▒o 1998.

Te Deum laudamus: te Dominum confitemur. Te aeternum Patrem omnis terra veneratur.

Ya estamos en el umbral del a├▒o 1999, que nos introducir├í en el gran jubileo. Est├í dedicado al Padre celestial, seg├║n la estructura trinitaria de este trienio, con el que concluyen el siglo XX y el segundo milenio. La dimensi├│n trinitaria, inscrita en la vida diaria del cristiano, se refleja en la f├│rmula conclusiva de toda plegaria lit├║rgica: ┬źPor nuestro Se├▒or Jesucristo, tu Hijo, que es Dios y vive y reina contigo, en la unidad del Esp├şritu Santo, por los siglos de los siglos┬╗.

Dios Padre, misterio inefable, se nos revel├│ por medio de su Hijo, Jesucristo, que naci├│, muri├│ y resucit├│ por nosotros, y nos santifica con la fuerza del Esp├şritu Santo. Aclamamos solemnemente a la sant├şsima Trinidad mediante el Te Deum, con las palabras venerables de una larga tradici├│n:

Patrem immensae maiestatis; venerandum tuum verum et unicum Filium; Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Padre de la vida y de la santidad, Padre nuestro, que est├ís en el cielo. Padre, al que ┬źnadie conoce (...), sino el Hijo, y aquel a quien e Hijo se lo quiera revelar┬╗ (Mt 11, 27).

Padre de Jesucristo y Padre nuestro.

2. El texto b├şblico, que acabamos de escuchar, nos recuerda que Dios, adem├ís de enviarnos, ┬źal llegar la plenitud de los tiempos┬╗, a su Hijo unig├ęnito, tambi├ęn ┬źha enviado a nuestros corazones el Esp├şritu de su Hijo que clama: ┬íAbb├í, Padre!┬╗ (Ga 4, 4-7).

┬íAbb├í, Padre! En estas palabras que el Esp├şritu suscita en el coraz├│n de los creyentes, resuena el eco de la invocaci├│n de Jes├║s, tal como la recogieron sus disc├şpulos de sus mismos labios. Al hacerla nuestra, tomamos viva conciencia de la realidad de nuestra adopci├│n como hijos en Cristo, Hijo eterno y unig├ęnito del Padre, que se hizo hombre en el seno de Mar├şa.

Esta tarde, al despedir el a├▒o 1998 nos presentamos al Padre para darle gracias por todo el bien que nos ha concedido durante estos ├║ltimos doce meses. Acudimos a ├ęl para pedirle perd├│n por nuestros pecados y por los ajenos, y para proclamar con abandono confiando: ┬źDios santo, fuerte e inmortal, ten piedad de nosotros┬╗. Y le decimos: ┬źBendito seas Se├▒or, Padre que est├ís en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jes├║s, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y redentor┬╗ (Oraci├│n para el tercer a├▒o de preparaci├│n al gran jubileo: L'Osservatore Romano, edici├│n en lengua espa├▒ola, 4 de diciembre de 1998, p. 1).

3. En esta hora de oración, mi pensamiento va con particular afecto a los habitantes de nuestra ciudad. Los encomiendo al Señor, junto con sus familias las parroquias y las instituciones públicas. Oro especialmente por los que, agobiados por dificultades y sufrimientos, no se sienten capaces de mirar con esperanza al nuevo año. A todos os expreso mis cordiales deseos de paz y prosperidad para el 1999, que ya está a la puerta.

Asimismo, quiero saludar con electo a cuantos est├ín presentes en esta tradicional cita espiritual de fin de a├▒o, comenzando por el cardenal vicario, los obispos auxiliares de Roma y los dem├ís prelados que nos acompa├▒an en esta celebraci├│n. Saludo de modo especial al padre Kolvenbach, prep├│sito general de la Compa├▒├şa de Jes├║s, y a los padres jesuitas, a cuyo cuidado est├í confiado este templo, lleno de recuerdos de santidad.

Expreso mi profunda gratitud al alcalde de Roma y a los miembros del Ayuntamiento por su participaci├│n y su renovado homenaje del c├íliz votivo, recordando con intensa alegr├şa la visita que el Se├▒or me permiti├│ realizar al Capitolio a comienzos de 1998. Extiendo mi saludo al prefecto de Roma, que desde hace pocos d├şas ha asumido esta importante responsabilidad; al presidente de la Junta regional del Lacio y a todas las autoridades civiles, militares y religiosas que se han dado cita aqu├ş.

4. ¿Cómo agradecer a Dios los abundantes dones que nos ha concedido durante este año que está a punto de terminar? Esta tarde quisiera darle gracias, junto con vosotros, especialmente por cuanto ha obrado en nuestra comunidad diocesana. Pienso en las visitas a las parroquias, ocasiones valiosas y enriquecedoras de fecundos encuentros pastorales. En el arco de estos veinte años he visitado 278, encontrando en cada una de ellas fervor de fe y de obras, gracias a la acción de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, romanos u originarios de otras partes de Italia y del mundo.

Tambi├ęn doy gracias al Se├▒or por la misi├│n ciudadana, que este a├▒o se ha caracterizado sobre todo por las visitas a las familias. Al entrar en las casas, los misioneros por lo general han encontrado una acogida positiva, y han sido testigos de significativos testimonios de fe, incluso de personas que no frecuentan regularmente la iglesia. Deseo que prosigan esos contactos pastorales con cada n├║cleo familiar, tanto mediante la bendici├│n de las casas como mediante otras iniciativas oportunas, ya experimentadas con provecho en muchas parroquias romanas.

Esta tarde deseo dar gracias al Se├▒or, en particular, por los miles de misioneros que, trabajando ya desde hace dos a├▒os, constituyen un recurso providencial para dar a la pastoral diocesana un creciente impulso apost├│lico, tambi├ęn con vistas al gran jubileo del a├▒o 2000.

Dentro de doce meses, ya estaremos en el Año santo, y empezarán a llegar numerosos peregrinos desde todas las partes de la tierra. Espero de corazón que los acoja una Iglesia viva y llena de fervor religioso, una Iglesia generosa y sensible a las exigencias de los hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.

5. Al hacer el balance del a├▒o transcurrido, no puedo menos de recordar las dificultades y los problemas que, tambi├ęn en Roma, han influido en la existencia de muchos hermanos y hermanas nuestros. Pienso en las familias que se esfuerzan por lograr que les cuadre su balance diario, en los menores con dificultades y en los j├│venes sin perspectivas de futuro, en los enfermos, en los ancianos y en los que viven solos; en las personas abandonadas, en las que carecen de un hogar y en las que se sienten rechazadas por la sociedad. Ojal├í que el a├▒o nuevo les traiga serenidad y esperanza. Gracias a una amplia colaboraci├│n y a medidas sociales, econ├│micas y pol├şticas m├ís abiertas a la iniciativa y al cambio, se promover├ín en la ciudad actitudes de mayor confianza y m├ís creativas.

De modo especial, quisiera invitar de nuevo a los creyentes a proseguir su esfuerzo de reflexi├│n y programaci├│n, para que Roma, ┬źapoy├índose en su misi├│n espiritual y civil, y aprovechando su patrimonio de humanidad, cultura y fe, promueva su desarrollo civil y econ├│mico tambi├ęn con vistas al bien de toda la naci├│n italiana┬╗ (Carta sobre el evangelio del trabajo, 8 de diciembre de 1998, n. 8: L'Osservatore Ro1nario, edici├│n en lengua espa├▒ola, 25 de diciembre de 1998, p. 9). Espero de coraz├│n que nuestra ciudad se presente a la cita del jubileo profundamente renovada en todas las dimensiones de la vida social y espiritual.

6. Este deseo m├şo se convierte en oraci├│n, para que el Se├▒or bendiga el esfuerzo de todos. A ├ęl encomend├ęmosle todos nuestros anhelos y proyectos. A ├ęl elevemos nuestra alabanza y nuestra oraci├│n filial y confiada:

┬źA ti, Padre de la vida, principio sin principio, suma bondad y eterna luz, con el Hijo y el Esp├şritu, honor y gloria, alabanza y gratitud, por los siglos sin fin. Am├ęn┬╗ (oraci├│n para el tercer a├▒o de preparaci├│n al gran jubileo).

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