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Cardenal Jorge Medina Estévez, Palabras a S.S. Juan Pablo II en el consistorio realizado en la Plaza San Pedro
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Palabras del Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez a S.S. Juan Pablo II en el consistorio realizado en la Plaza San Pedro

21 de febrero de 1998

Beatísimo Padre:

En nombre de los nuevos Cardenales creados hoy dirijo a vuestra Santidad un saludo que expresa nuestra profunda gratitud y que es a la vez ocasión para testimoniarle la firme voluntad de marcar nuestras vidas y actividades con una mayor adhesión a la fe cristiana y católica y una mayor lealtad a quien por voluntad del Señor Jesús, nuestro único Salvador, constituye el principio visible de la unidad del Colegio de los obispos así como de todo el pueblo de Dios.

Nuestra inserción en el Colegio de los cardenales nos une más estrechamente a esta Iglesia de Roma, en cuyo Obispo permanece la sucesión de Pedro, discípulo, apóstol, mártir y roca, a quien Cristo, el Hijo de Dios Viviente, confió el papel de confirmar a sus hermanos. La Iglesia de Roma, como nos enseña San Ignacio de Antioquía "preside en la caridad", esto es, en la comunión visible y orgánica del cuerpo de Cristo. Esta Iglesia es, junto con todas las Iglesias particulares, custodia del depósito de la fe; pero es de manera especial el punto de referencia de la comunión universal. De hecho, como dice San Ireneo, con esta Iglesia debe concordar toda Iglesia con motivo de la autoridad puesta en su fundamento. La unidad de la Iglesia tiene como causa profunda la acción del Espíritu Santo que nos impulsa a reconocer al Padre Celestial, fuente de todo bien, y a su Hijo que nos salva del pecado. Al servicio de la unidad interior el Señor ha querido poner la acción ministerial de la Iglesia, su magisterio, su vida litúrgica, y el ejercicio de la autoridad pastoral, que no es solamente una realidad en el orden jurídico, sino que existe para ser garantía de comunión, de auténtica búsqueda de la gloria de Dios y de la acción del misterio de la Salvación, a la cual son llamados todos los hombres y cuyo cumplimiento perfecto tendrá lugar el día glorioso de la Parusía del Señor, cuando Él vendrá de nuevo en toda su gloria y majestad y Dios será todo en todos.

La vida de la Iglesia en este mundo es un peregrinaje signado por la gracia victoriosa de Dios pero que porta también las huellas del poder del maligno, de su constante obra de mentira, y de las debilidades humanas. Sabemos que la victoria pertenece a Cristo, muerto y resucitado, Rey de los siglos, poderoso e inmortal, pero sabemos también que ella no ha llegado aún en su entera plenitud, y por eso Él mismo nos ha mandado rezar todos los días pidiendo al Padre que venga su Reino. Las primeras generaciones cristianas culminaban sus oraciones con las venerables palabras: "Ven, Señor Jesús", o bien, "el Señor Jesús está por venir". Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza.

Todo discípulo de Cristo, todo ministro de la Iglesia, todo Obispo, y vuestra Santidad, cabeza visible de la Iglesia, todos nosotros, hemos sido elegidos por el Señor sin mérito nuestro y por Su benevolencia para participar en el designio de salvación que nos ha sido revelado en el Verbo de Dios hecho hombre en el seno purísimo de la Bienaventurada Virgen María. Tenemos una inmensa alegría por el don recibido y sentimos un ferviente deseo de dar a conocer a nuestros hermanos el precioso don de la fe. Todos nosotros, cada uno en el puesto que ocupa al interior del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, caminamos hacia el pleno cumplimiento del Reino de Dios, siguiendo los pasos de Jesús y conducidos por la Madre Iglesia.

Nuestra esperanza en la venida del Reino de Dios no puede ser una excusa para olvidar tantos sufrimientos, tantas realidades que portan la impronta del pecado, tantas violaciones de la Ley de Dios, tanto en el ámbito personal como en el ámbito de la vida social. No sería coherente nuestra fe con las realidades que no se ven si esta misma fe no tuviese una proyección sobre las realidades de este mundo que tiene sed de justicia, de respeto de la dignidad del hombre, y de oportunidades para hacer fructificar los dones que hemos recibido de Dios nuestro Padre. Por eso, la Iglesia no traiciona su propia misión cuando mira las realidades temporales buscando valorarlas según la luz potente del Evangelio de Jesús, que nos es presentado como "Camino, Verdad y Vida" (Jn 14,6) y que nos enseña a ver en cada hombre un ser que porta la imagen de Dios y en cuyo rostro debemos descubrir el rostro mismo de Cristo. Vuestra Santidad, heredera de un ministerio tan importante, ha desarrollado una actividad admirable como maestro en la Iglesia y ante los hombres de buena voluntad. Vuestra palabra, eco fiel de la de Jesús, ha resonado en el mundo entero dando así un precioso servicio en primer lugar a los discípulos de Cristo, pero también a los hombres que aún no conocen explícitamente el Evangelio pero que perciben no menos los rayos de la Verdad que nos hace libres (ver Jn 8,32).

Santidad, en el ministerio del Obispo de Roma se refleja la misión de la Iglesia, cuyo objetivo esencial es el anuncio gozoso del Evangelio, de la gloria de la gracia de Dios, de la esperanza en la vida eterna, y de las irrenunciables exigencias de la Palabra de Dios ante la realidad de este mundo. Sabemos cuán débiles somos, pero contamos con el poder de Dios, que es capaz de sacar hijos de Abraham hasta de las piedras (ver Mt 3,9). Llamados a colaborar más estrechamente con vuestro ministerio os ofrecemos, Santidad, una fidelidad humilde porque es don de Dios, leal porque creemos que la obediencia nos permite adherirnos al designio de Dios, sufrida porque sabemos que la cruz es inseparable de la vocación cristiana.

En la cercanía del inicio del tercer milenio dirigimos una ferviente oración a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, pidiéndole que nos conceda proseguir con ánimo alegre nuestro servicio episcopal como sucesores de los Apóstoles, y el servicio cardenalicio que nos pone tan cercanos al ministerio del Sucesor de Pedro. Que la Virgen Inmaculada nos enseñe a tener siempre presente la Palabra de Dios y nos obtenga la fuerza para cumplir con las exigencias de estar tan estrechamente unidos a su Hijo, quien nos ha llamado al servicio sacerdotal en su Iglesia. A Él sea el honor y la gloria ahora y siempre, y pedimos la intercesión de San Pedro Damián, fiesta de hoy, santo Obispo, Doctor de la Iglesia y Cardenal. Y a Usted, Padre Santo, una vez más, muchas gracias con todo el corazón.

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