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S.S. Juan Pablo II, Cristo, con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad
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Cristo, con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la misa de Nochebuena

24 de diciembre de 1998

1. «No temáis, pues os anuncio una gran alegría: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador que es Cristo Señor» (Lc 2, 10-11).

En esta Noche santa la liturgia nos invita a celebrar con alegría el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén. Como hemos escuchado en el evangelio de san Lucas, viene a la luz en una familia pobre en medios materiales, pero rica en alegría. Nace en un establo, porque para él no hay lugar en la posada (cf. Lc 2, 7); es recostado en un pesebre, porque no tiene una cuna; llega al mundo en pleno abandono, ignorado por todos y, al mismo tiempo, acogido y reconocido en primer lugar por los pastores, a quienes el ángel anuncia su nacimiento.

Este acontecimiento esconde el misterio. Lo revelan los coros de los mensajeros celestiales, que cantan el nacimiento de Jesús y proclaman «gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14). La alabanza a lo largo de los siglos se hace oración que sube del corazón de las multitudes que en la Noche santa siguen acogiendo al Hijo de Dios.

2. «Mysterium»: acontecimiento y misterio. Nace un hombre, que es el Hijo eterno del Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra: en este acontecimiento extraordinario se revela el misterio de Dios. En el Verbo que se hace hombre se manifiesta el prodigio de Dios encarnado. El misterio ilumina el acontecimiento del nacimiento: un niño es adorado por los pastores en la cueva de Belén. Es «el Salvador del mundo», es «Cristo Señor» (cf. Lc 2, 11). Sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, y en aquel «signo», gracias a la luz interior de la fe, reconocen al Mesías anunciado por los profetas.

3. Es el Emmanuel, «Dios con nosotros», que viene a llenar de gracia la tierra. Viene al mundo para transformar la creación. Se hace hombre entre los hombres, para que en él y por medio de él todo ser humano pueda renovarse profundamente. Con su nacimiento nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad, concediendo a quien acoge su don con fe la posibilidad de participar de su misma vida divina.

Este es el significado de la salvación de la que oyen hablar los pastores en la noche de Belén: «Os ha nacido un Salvador» (Lc 2, 11). La venida de Cristo entre nosotros es el centro de la historia, que desde entonces adquiere una nueva dimensión. En cierto modo, es Dios mismo quien escribe la historia entrando en ella. El acontecimiento de la Encarnación se abre así para abrazar totalmente la historia humana, desde la creación hasta la parusía. Por eso, en la liturgia, toda la creación canta, expresando su alegría: aplauden los ríos; aclaman los árboles del bosque; se alegran las numerosas islas (cf. Sal 98,8; 96,12; 97,1).

Todo ser creado sobre la faz de la tierra acoge este anuncio. En el silencio atónito del universo resuena con eco cósmico lo que la liturgia pone en boca de la Iglesia: «Christus natus est nobis. Venite adoremus!»

4. Cristo ha nacido por nosotros, ¡venid a adorarlo! Pienso ya en la Navidad del próximo año cuando, si Dios quiere, la Iglesia dará inicio al gran jubileo con la apertura de la Puerta santa. Será un Año santo verdaderamente grande, porque de manera muy singular celebrará el bimilenario del acontecimiento-misterio de la Encarnación, con el cual la humanidad alcanzó el culmen de su vocación. Dios se hizo hombre para hacer al hombre participe de su propia divinidad.

Éste es el anuncio de la salvación; éste es el mensaje de la santa Navidad. La Iglesia lo proclama también, en esta noche, mediante mis palabras, para que lo oigan los pueblos y las naciones de toda la tierra: «Christus natus est nobis», Cristo ha nacido por nosotros. «Venite, adoremus!», ¡Venid a adorarlo!

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