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S.S. Juan Pablo II, Difundir la luz de Cristo
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Difundir la luz de Cristo

Homilía de S.S. Juan Pablo II en el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Wroclaw

1. «Engrandece mi alma al Señor (Lc 1, 46). ¡El Magnificat! Hemos escuchado las palabras de ese cántico en el evangelio de hoy. María, después de la Anunciación, fue a visitar a su prima Isabel. Y ésta, al oír el saludo de María, recibió una iluminación particular. En lo más intimo de su corazón conoció que su joven prima llevaba en su se no al Mesías. Por eso exclamó, al saludar a María: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 42). Y entonces, respondiendo a saludo de Isabel, María alabó a Dios con las palabras del Magnificat: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador...» (Lc 1, 46-47).

La Iglesia no se cansa de recordar las palabras de ese cántico. Las repite, especialmente, cada día en la liturgia vespertina, al dar gracias a Dios por el mismo motivo que lo hacía la Virgen María: porque el Hijo de Dios se hizo hombre y acampó entre nosotros. Y nosotros hoy, durante la liturgia de la santa misa en Legnica de los Piast, cantamos con María el Magnificat, para expresar nuestra gratitud por el don de la presencia continua de Cristo en la Eucaristía. En efecto, nos encontramos en el ámbito del Congreso eucarístico internacional de Wroclaw, que se concluyó ayer. Con las palabras de María damos gracias por todo bien, en que hemos participado mediante el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Elevemos esta acción de gracias juntamente con todas las generaciones de los creyentes del mundo entero. Y es para nosotros una alegría especial el hecho de que este himno universal de alabanza resuene aquí en Legnica, en la baja Silesia. (…)

Vuestra diócesis es joven, pero el cristianismo en estas tierras tiene una larga y rica tradición. Todos sabemos que Legnica es un lugar histórico, donde un príncipe de la dinastía de los Piast, Enrique el Pío, hijo de santa Eduvigis, resistió a los invasores procedentes del este —los tártaros—, frenando su peligroso avance hacia el oeste. Por este motivo aunque la batalla se perdió, muchos historiadores la consideran una de las más importantes de la historia de Europa. También tiene una importancia excepcional desde el punto de vista de la fe. Es difícil precisar cuáles eran los motivos que impulsaron a Enrique: la voluntad de defender su tierra patria y al pueblo afligido, o frenar al ejército musulmán que constituía una amenaza para el cristianismo. Parece ser que ambos motivos lo impulsaron por igual. Enrique, al dar la vida por el pueblo encomendado a su gobierno, la daba al mismo tiempo por la fe en Cristo. Y era una característica significativa de su piedad, que las generaciones de entonces advirtieron y conservaron en su apodo.

Esta circunstancia histórica, vinculada al lugar de la liturgia de hoy, nos lleva a hacer una reflexión sobre el misterio de la Eucaristía en una perspectiva particular, en la perspectiva de la vida social. Al respecto, como enseña el Concilio: «No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía. En ella, por tanto, ha de empezar toda la formación en el espíritu de comunidad» (Presbyterorum ordinis, 6).

2. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Co 3, 16). Estas palabras, que san Pablo dirigió a una comunidad cristiana determinada, la de Corinto, valen para toda comunidad, en cualquier ciudad o aldea, y en todo tiempo. ¿De qué vivían las comunidades de los inicios? ¿De dónde recibían el Espíritu de Dios? Los Hechos de los Apóstoles atestiguan que los cristianos, ya desde el principio, acudían asiduamente a la oración a escuchar la palabra de Dios y a la fracción del pan, es decir, a la liturgia eucarística (cf. Hch 2, 42). Así volvían cada día al cenáculo, al lugar donde Cristo instituyó la Eucaristía. Desde entonces la Eucaristía se convirtió en el inicio de una nueva construcción.

La Eucaristía se convirtió en fuente de un vínculo profundo entre los discípulos de Cristo: era ella la que edificaba la «comunión», la comunidad de su Cuerpo místico, enraizada en el amor e impregnada de amor. El signo visible de ese amor era la solicitud diaria por cualquier persona necesitada. Compartir el pan eucarístico constituía para los cristianos una invitación y un compromiso a compartir también el pan de cada día con los que carecían de él. Los Hechos de los Apóstoles nos refieren también que muchos «vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 45). Esta actividad de la primera comunidad de la Iglesia en todas las dimensiones de la vida social era la continuación de la misión de Cristo de llevar al mundo una nueva justicia, la justicia del reino de Dios.

3. Hermanos y hermanas, hoy, mientras celebramos la Eucaristía, resulta claro también para nosotros que estamos llamados a vivir esa misma vida y con ese mismo Espíritu. Se trata de una de las grandes tareas de nuestra generación, de todos los cristianos de este tiempo: llevar la luz de Cristo a la vida diaria. Llevarla a los «areópagos modernos» a los amplios espacios de la civilización y la cultura contemporáneas de la política y de la economía. La fe no se puede vivir sólo en lo íntimo del espíritu humano. Debe manifestarse exteriormente en la vida social. «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve; Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21). Esta es la gran tarea que nos corresponde a los creyentes.

En varias ocasiones he hablado de cuestiones sociales en los discursos y sobre todo, en las encíclicas: Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus. Sin embargo, es preciso volver a estos temas mientras en el mundo se produzca una injusticia, por más pequeña que sea. De lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión que Cristo le confió: la misión de la justicia. En efecto, van cambiando los tiempos y las circunstancias, pero siempre hay entre nosotros personas que necesitan la voz de la Iglesia y la del Papa, para que se conozcan sus angustias, sus dolores y sus miserias. No pueden quedar defraudados. Deben saber que la Iglesia estaba y está con ellos, que con ellos está el Papa, el cual abraza con su corazón y con su oración a todo aquel que se halle tocado por el sufrimiento. El Papa hablará —no puede por menos de hablar— de los problemas sociales, porque aquí está en juego el hombre, la persona concreta.

Hablo de esto también en Polonia porque sé que mi nación necesita este mensaje sobre la justicia. En efecto hoy en el tiempo de la construcción de un Estado democrático, en el tiempo de un desarrollo económico dinámico, se descubren con especial claridad todas las carencias de la vida social de nuestro país. Cada día nos damos cuenta de cuán numerosas son las familias que padecen necesidad, especialmente las familias numerosas. ¡Cuántas son las madres solas, que luchan por mantener a sus hijos! ¡Cuántos son los ancianos abandonados y privados de los medios para vivir! En las instituciones para niños huérfanos y abandonados, a muchos les falta incluso el pan de cada día y el vestido. ¿Cómo no recordar a los enfermos, que no pueden ser debidamente atendidos a causa de la falta de medios? En las calles y en las plazas aumentan las personas sin hogar.

No se puede callar ante la presencia entre nosotros de todos estos hermanos nuestros, que también forman parte del mismo Cuerpo de Cristo. Al acercarnos a la mesa eucarística para alimentarnos de su Cuerpo, no podemos quedar indiferentes con respecto a quienes les falta el pan de cada día. Es preciso hablar de ellos, pero también es necesario salir al encuentro de sus necesidades. Es una obligación que grava especialmente sobre los que tienen autoridad: a ellos que están al servicio del bien común corresponde la tarea de promulgar leyes adecuadas y dirigir la economía del país, de modo que esos fenómenos dolorosos de la vida social encuentren la solución justa.

Pero también tenemos todos el deber, un deber de amor, de prestar ayuda, en la medida de nuestras posibilidades, a los que la necesitan. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis» (Mt 25, 40). «Cuanto dejasteis de hacer a uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25, 45). Hace falta nuestra ayuda cristiana, nuestro amor, para que Cristo, presente en nuestros hermanos, no pase necesidad.

En nuestro país ya se ha hecho mucho en este aspecto. También la Iglesia en Polonia ha hecho y hace mucho al respecto. En la actividad pastoral de la Iglesia han entrado de forma estable las iniciativas en favor de los necesitados, de los enfermos, de los que carecen de hogar no sólo en el país, sino también fuera de sus fronteras. Se están desarrollando el voluntariado y las obras de caridad.

Por eso, quiero expresar mi aprecio a todos los sacerdotes, religiosos y laicos que demuestran cada día sensibilidad ante las necesidades de los demás, capacidad de compartir con generosidad sus bienes y un gran compromiso en favor del prójimo. Vuestro servicio, a menudo oculto, con frecuencia silenciado por los medios de comunicación social, sigue siendo siempre un signo de la credibilidad pastoral de la misión de la Iglesia.

A pesar de estos esfuerzos, queda aún mucho por hacer. Os invito, hermanos y hermanas a aumentar vuestra sensibilidad ante todo tipo de necesidad y a colaborar con generosidad para llevar la esperanza a todos los que no la tienen. Que la Eucaristía sea para vosotros fuente inagotable de esta sensibilidad y de la fuerza necesaria para actuarla en la vida de cada día.

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