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S.S. Juan Pablo II, La redención de Cristo restituye al pecador la alegría de la salvación y el gozo del espíritu
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La redención de Cristo restituye al pecador la alegría de la salvación y el gozo del espíritu

Homilía de S.S. Juan Pablo II en el V Domingo de Cuaresma

16 de marzo de 1997

1. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Con estas palabras, la liturgia de hoy nos invita a preparar el tiempo de la pasión del Señor, en el que entraremos el próximo domingo. Cristo las pronunció cuando algunos griegos, que deseaban acercarse a él, pidieron a Felipe: «Señor, quisiéramos ver a Jesús» (Jn 12, 21). Cristo pronunció entonces un discurso, cuyo contenido, a primera vista, resulta difícil y oscuro: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre (...). El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 23. 25).

En realidad, estas palabras contienen, en síntesis, el significado esencial de los acontecimientos de la Semana santa. La «hora», en la que debe ser glorificado el Hijo del hombre, es la «hora» de su pasión y muerte en la cruz. Precisamente en esa «hora», el grano caído en la tierra, es decir, el Hijo de Dios hecho hombre, morirá para producir los inestimables frutos de la redención. En él la muerte llevará al triunfo de la vida.

El pasaje evangélico que acabamos de proclamar habla del miedo de Jesús en el umbral del misterio pascual. «Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora» (Jn 12, 27). Parece como si se escuchara en este texto el eco de la oración de Getsemaní, cuando Jesús, experimentando el drama de la soledad y el miedo, pide al Padre que aparte de él el cáliz del sufrimiento. Pero, al mismo tiempo, acepta cumplir totalmente su voluntad. Después de haber dicho: «Padre, líbrame de esta hora», prosigue enseguida: «Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12, 27-28).

2. Del misterio pascual habla también la segunda lectura, que recuerda cómo Cristo, «en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado» (Hb 5, 7). Podríamos preguntarnos aquí: ¿de qué modo Cristo fue escuchado, si el que podía salvarlo permitió que soportara la trágica experiencia del Viernes santo?

En la continuación del texto encontramos la respuesta: «Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna» (Hb 5, 8-9). Por tanto, Cristo fue escuchado como Redentor del mundo, habiéndose convertido para todos los que creen en él en autor de salvación eterna. Esto se precisa en el pasaje joánico: «El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor» (Jn 12, 26).

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de San Salvador en Lauro me alegra estar en media de vosotros hoy, para celebrar el día del Señor. (…)

5. «Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré (...) una alianza nueva» (Jr 31, 31).

Con esta sugestiva visión de la nueva alianza, el profeta Jeremías, en la primera lectura que se ha proclamado, anuncia la futura renovación de las relaciones entre Dios y su pueblo, mediante el sacrificio de Cristo.

El texto profético funda esta decisiva intervención salvífica de Dios en la entrega de una nueva ley: «Meteré mi ley en su pecho —oráculo del Señor—, la escribiré en sus corazones yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31, 33).

Para que la ley definitiva de Dios, esto es, el Decálogo completado por Jesús en el mandamiento del amor, pudiera inscribirse en el corazón del hombre, era necesario ese sacrificio, hacia el que nos está guiando la liturgia de estos días. A la luz de la pasión y muerte de Cristo cobran un significado nuevo y más profundo también las palabras del rey David, que resuenan en el Salmo responsorial: «Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu» (Sal 50, 12-13).

Estas palabras encontrarán su cumplimiento en el misterio pascual. En efecto, la redención coincide con la nueva creación, puesto que, a través de ella, se restituye al hombre pecador la alegría de la salvación y se le concede el gozo del Espíritu Santo.

Mientras nos encaminamos ahora a grandes pasos hacia la pasión, muerte y resurrección del Señor, hagamos nuestra la oración del profeta David: Danos también a nosotros la alegría de tu salvación y afiánzanos con Espíritu generoso. Renueva la firmeza de nuestro espíritu, a fin de que enseñemos tus caminos también a nuestros hermanos (cf. Sal 50, 13-14), para que todos vuelvan a ti, y gocen juntos de los frutos de tu redención. Amén.

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