3 de diciembre de 1997
1. «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Con esta afirmación fuerte y concisa el evangelista san Juan expresa el acontecimiento de la Encarnación. Poco antes habÃa hablado también del Verbo, contemplando su existencia eterna y describiéndola con las conocidas palabras: «En el principio existÃa el Verbo» (Jn 1, 1). En esta perspectiva de san Juan, que vincula la eternidad al tiempo, se inscribe el misterioso camino realizado por Cristo también en la historia que lo precedió.
Su presencia en nuestro mundo comenzó a anunciarse mucho antes de la Encarnación. El Verbo estuvo, de alguna forma, presente en la historia de la humanidad ya desde su inicio. Por medio del EspÃritu, preparó su venida como Salvador, orientando secretamente los corazones a cultivar la espera en la esperanza. Huellas de esa esperanza de liberación se encuentran en las diversas culturas y tradiciones religiosas.
2. Pero Cristo está presente, de modo particular, en la historia del pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza. Esta historia se caracteriza especÃficamente por la espera de un MesÃas, un rey ideal, consagrado por Dios, que realizarÃa plenamente las promesas del Señor. A medida que esta orientación se iba delineando, Cristo revelaba progresivamente su rostro de MesÃas prometido y esperado, permitiendo vislumbrar también rasgos de agudo sufrimiento sobre el telón de fondo de una muerte violenta (cf. Is 53, 8). De hecho, el cumplimiento histórico de las profecÃas, con el escándalo de la cruz, puso radicalmente en crisis cierta imagen mesiánica, consolidada en una parte del pueblo judÃo, que esperaba un liberador más bien polÃtico que les traerÃa la autonomÃa nacional y el bienestar material.
3. En su vida terrena, Jesús manifestó claramente la conciencia de que era punto de referencia para la historia de su pueblo. A quienes le reprochaban que se creyera mayor que Abraham por haber prometido la superación de la muerte a los que guardaran su palabra (cf. Jn 8, 51), respondió: «Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi dÃa; lo vio y se alegró» (Jn 8, 56). Asà pues, Abraham estaba orientado hacia la venida de Cristo. Según el plan divino, la alegrÃa de Abraham por el nacimiento de Isaac y por su renacimiento después del sacrificio era una alegrÃa mesiánica: anunciaba y prefiguraba la alegrÃa definitiva que ofrecerÃa el Salvador.
4. Otras figuras eminentes del pueblo judÃo resplandecen a la luz de Cristo en su pleno valor. Es el caso de Jacob, como lo pone de manifiesto el relato evangélico del encuentro de Jesús con la samaritana.
El pozo que el antiguo patriarca habÃa legado a sus hijos se convierte, en las palabras de Cristo, en prefiguración del agua que él darÃa, el agua del EspÃritu Santo, agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14).
También Moisés anuncia algunas lÃneas fundamentales de la misión de Cristo. Como liberador del pueblo de la esclavitud de Egipto, anticipa en forma de signo el verdadero éxodo de la nueva Alianza, constituido por el misterio pascual. Como legislador de la antigua Alianza, prefigura a Jesús que promulga las bienaventuranzas evangélicas y guÃa a los creyentes con la ley interior del EspÃritu. También el maná que Moisés dio al pueblo hambriento es una primera figura del don definitivo de Dios: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6, 32-33). La EucaristÃa realiza el significado oculto en el don del maná. AsÃ, Cristo se presenta como el verdadero y perfecto cumplimiento de lo que habÃa sido anunciado en figura en la antigua Alianza.
Otro gesto de Moisés incluye un valor profético: para apagar la sed del pueblo en el desierto, hace brotar agua de la roca. En la «fiesta de los Tabernáculos» Jesús promete apagar la sed espiritual de la humanidad: «Si alguno tiene sed, venga a mÃ, y beba el que crea en mÃ, como dice la Escritura: De su seno correrán rÃos de agua viva» (Jn 7, 37-38). La abundante efusión del EspÃritu Santo, anunciada por Jesús con la imagen de los rÃos de agua viva, está prefigurada en el agua que dio Moisés. También san Pablo hablando de este evento mesiánico subraya su misteriosa referencia a Cristo: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebÃan de la roca espiritual que les seguÃa; y la roca era Cristo» (1 Co 10, 4).
Al igual que Abraham, Jacob y Moisés, también David remite a Cristo. Es consciente de que el MesÃas será uno de sus descendientes y describe su figura ideal. Cristo realiza, en un nivel trascendente, esa figura, afirmando que el mismo David misteriosamente elude a su autoridad, cuando, en el salmo 110, llama al MesÃas «su Señor» (cf. Mt 22, 45; y paralelos).
De la historia del Antiguo Testamento se deducen algunos rasgos caracterÃsticos del rostro de Cristo, un rostro en cierto sentido «esbozado» en los perfiles de personajes que lo prefiguran.
5. Además de estar presente Cristo en las prefiguraciones, lo está en los textos del Antiguo Testamento que describen su venida y su obra de salvación.
De modo particular, es anunciado en la figura del misterioso «descendiente» del que habla el Génesis en el relato del pecado original, subrayando su victoria en la lucha contra el enemigo de la humanidad. Al hombre arrastrado hacia el camino del mal, el oráculo divino promete la venida de otro hombre descendiente de la mujer, el cual aplastará la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3 15).
Los poemas proféticos del Siervo del Señor (cf. Is 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 52, 13-53 12) ponen ante nuestros ojos a un liberador que comienza a revelar, en su perfección moral, el rostro de Cristo. Es el rostro de un hombre que manifiesta la dignidad mesiánica en la humilde condición de siervo. Se ofrece a si mismo en sacrificio para liberar a la humanidad de la opresión del pecado. Se comporta de modo ejemplar en los sufrimientos fÃsicos y, sobre todo, morales, soportando generosamente las injusticias. Como fruto de su sacrificio, recibe una nueva vida y obtiene la salvación universal.
Su sublime conducta se repetirá en Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, cuya humildad alcanza en el misterio de la cruz una cima insuperable.
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