15 de agosto de 2000
«Una mujer vestida de sol» (Ap 12, 19). En la cumbre del universo -casi como coronamiento y sÃntesis de toda belleza, de toda positividad, de todo valor que diseminado se trasluce de todos los ángulos del universo, incluso de aquellos que parecen más opacos y tristes- el Plan del Padre ha colocado a una mujer: «una mujer vestida de sol». He aquà el admirable mensaje de verdad y de alegrÃa que nos es ofrecido por esta antigua y siempre gratificante fiesta de la Asunción de MarÃa.
Este Plan es una obra maestra de sabidurÃa y de creatividad, y nace del corazón mismo de Dios.
¡Al esplendor de este Divino Plan, como algo censurable y execrable, se opone todo envilecimiento, toda desestima, toda utilización, toda indigna instrumentalización publicitaria de la feminidad! Y son aberraciones que se encuentran con frecuencia en los asuntos humanos, en las costumbres de los pueblos, incluso en la sociedad de nuestros dÃas que sin embargo se precia de ser emancipada y emancipadora.
A la luz de este Plan Divino, primitivo y miserable se mostrarÃa también un feminismo que buscase absurdamente el propio rescate en contraponer al tradicional egoÃsmo masculino un nuevo y quizá más petulante egoÃsmo femenino; o que, en vez de individualizar y exaltar las misiones propias y más adecuadas a uno y otro sexo, quisiese uniformar y nivelarlo todo, y terminase asà no entendiendo y no respetando más el diverso y fascinante juego de la vida tal como ha sido pensado por el Creador.
MarÃa ha llegado a la gloria de una realeza trascendente (ver Ap 12,1: «sobre su cabeza una corona de doce estrellas»), justamente obedeciendo el proyecto del Padre y avanzando en un camino existencial que está muy lejano de toda propuesta mundana de “promociónâ€.
Todo en Ella comienza por una actitud interior de perfecta donación: «he aquà la Sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38). No ha dicho: «Yo soy mÃa», según el egoÃsta programa que en nuestros tiempos frecuentemente ha sido enunciado. Ha dicho: «Soy tuya».
«Soy tuya»: es la exclamación realmente femenina de un alma virginal que se quiere entregar totalmente a Aquel que la ha escogido. Y por esta senda a llegado a ser supremamente fecunda: ha dado a luz al mundo y a la historia al Unigénito Eterno del Padre.
«Cuando llegó la plenitud de los tiempos -escribe San Pablo- Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4,4). «Nacido de mujer»: precisamente a través de la feminidad humana la Divinidad infinita e inefable ha querido entrar en la humanidad y unirse a ella para renovarla y salvarla. Es difÃcil imaginar una glorificación más alta de la mujer, de su especÃfica función, de su fascinante misterio.
«Soy la Sierva» (ver Lc 1, 38), dijo al mensajero celestial la sencilla y desconocida joven de Nazaret. Y Dios llama a aquella que se ha llamado “Sierva†para ser la madre del Rey: «Él será grande (…) y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31-33).
Convirtiéndose por amor en “Sierva†del AltÃsimo, MarÃa por eso mismo extiende su servicio y su caridad también al “prójimoâ€, y va “de prisa†a ayudar a Isabel. Asà se hará merecedora de ser saludada por Isabel como «la madre de mi Señor» (ver Lc 1, 43), es decir, la madre del Dios de Israel.
En el Calvario, bajo la Cruz, la Virgen actualiza hasta lo más profundo su feminidad, experimentando en su corazón atravesado aquel sufrimiento que acompaña el alumbramiento y del cual habÃa sido preservada en el nacimiento de Jesús. De este modo, su afecto oblativo se dilata hasta alcanzar a la humanidad entera. «Mujer, he ahà a tu hijo» (ver Jn 19,26). Estábamos todos representados por el joven apóstol que en aquel momento, precisamente como hijo, le fue confiado.
«Mujer»: una vez más el término expresivo de la feminidad; y es solemnemente evocado nada menos que por el Salvador crucificado. En aquel momento, la arcana energÃa que existe en lo Ãntimo de toda hija de Eva es elevada a ser -en las mujeres que aceptan reconocer en la Madre su modelo más apropiado- una fuerza de elevación para toda la estirpe de Adán.
En este recorrido, planeado para Ella y para todas sus hermanas por la misericordia del Padre, MarÃa es llevada a un triunfo tan excelso que no puede ser imaginado; el triunfo cósmico que celebramos en la hodierna solemnidad: «una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12,1).
Toda mujer -que sea digna de este tÃtulo- es de algún modo glorificada con Ella. Toda mujer encuentra en Ella la invitación y el ejemplo para vivir generosamente su vocación particular. Toda mujer, que no se deje enceguecer los ojos y el corazón por las mil fatuidades que hoy imperan, encuentra una justa razón para asociarse a la Madre de Dios en el himno de gratitud y decir con Ella: «Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espÃritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1, 46-47).
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