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S.S. Juan Pablo II, Carta Apost√≥lica a los j√≥venes y a las j√≥venes del mundo con ocasi√≥n del A√Īo Internacional de la Juventud
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Carta Apost√≥lica de S.S. Juan Pablo II a los j√≥venes y a las j√≥venes del mundo con ocasi√≥n del A√Īo Internacional de la Juventud

Votos para el A√Īo de la Juventud

Queridos amigos:

1. ¬ęSiempre prontos para dar raz√≥n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere¬ĽEstos son los votos que formulo para vosotros, j√≥venes, desde el comienzo del a√Īo en curso. El 1985 ha sido proclamado por la Organizaci√≥n de las Naciones Unidas como A√Īo Internacional de la Juventud, lo cual reviste un significado m√ļltiple ante todo para vosotros mismos, y tambi√©n para todas las generaciones, para cada persona, para las comunidades y para toda la sociedad. Esto reviste asimismo un particular significado para la Iglesia en cuanto depositaria de verdades y valores fundamentales, y a la vez servidora de los destinos eternos que el hombre y la gran familia humana tienen en Dios mismo.

Si el hombre es el camino fundamental y cotidiano de la Iglesia, entonces se comprende bien por qué la Iglesia atribuye una especial importancia al período de la juventud como una etapa clave de la vida de cada hombre. Vosotros, jóvenes, encarnáis esa juventud. Vosotros sois la juventud de las naciones y de la sociedad, la juventud de cada familia y de toda la humanidad. Vosotros sois también la juventud de la Iglesia. Todos miramos hacia vosotros, porque todos nosotros en cierto sentido volvemos a ser jóvenes constantemente gracias a vosotros. Por eso, vuestra juventud no es sólo algo vuestro, algo personal o de una generación, sino algo que pertenece al conjunto de ese espacio que cada hombre recorre en el itinerario de su vida, y es a la vez un bien especial de todos. Un bien de la humanidad misma.

En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece. En efecto, la esperanza está siempre unida al futuro, es la espera de los "bienes futuros". Como virtud cristiana ella está unida a la espera de aquellos bienes eternos que Dios ha prometido al hombre en Jesucristocontemporáneamente esta esperanza, en cuanto virtud cristiana y humana a la vez, es la espera de los bienes que el hombre se construirá utilizando los talentos que le ha dado la Providencia.

En este sentido a vosotros, j√≥venes, os pertenece el futuro, como una vez perteneci√≥ a las generaciones de los adultos y precisamente tambi√©n con ellos se ha convertido en actualidad. De esa actualidad, de su forma m√ļltiple y de su perfil son responsables ante todo los adultos. A vosotros os corresponde la responsabilidad de lo que un d√≠a se convertir√° en actualidad junto con vosotros y que ahora es todav√≠a futuro.

Cuando decimos que a vosotros os corresponde el futuro, pensamos en categor√≠as humanas transitorias, en cuanto que el hombre est√° siempre de paso hacia el futuro. Cuando decimos que de vosotros depende el futuro, pensamos en categor√≠as √©ticas, seg√ļn las exigencias de la responsabilidad moral que nos impone atribuir al hombre como persona --y a las comunidades y sociedades compuestas por personas-- el valor fundamental de los actos, de los prop√≥sitos, de las iniciativas y de las intenciones humanas.

Esta dimensi√≥n es tambi√©n la dimensi√≥n propia de la esperanza cristiana y humana. En esta dimensi√≥n, el primer y fundamental voto que la Iglesia, a trav√©s de m√≠, formula para vosotros, j√≥venes, en este A√Īo dedicado a la Juventud es que est√©is ¬ęsiempre prontos para dar raz√≥n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere¬Ľ

Cristo habla con los jóvenes

2. Estas palabras, escritas un día por el Apóstol Pedro a la primera generación cristiana, están en relación con todo el Evangelio de Jesucristo. Nos daremos cuenta de esta relación de modo más claro, cuando reflexionemos sobre el coloquio de Cristo con el joven referido por los Evangelistastextos bíblicos es éste el primero que debe ser recordado aquí.

A la pregunta: ¬ęmaestro bueno, ¬Ņqu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ, Jes√ļs responde con esta pregunta: ¬ę¬ŅPor qu√© me llamas bueno? Nadie es bueno sino s√≥lo Dios¬Ľ. Y a√Īade: ¬ęYa sabes los mandamientos: No matar√°s, no adulterar√°s, no robar√°s, no levantar√°s falso testimonio, no defraudar√°s, honra a tu padre y a tu madre¬Ľinterlocutor algunos de los mandamientos del Dec√°logo.

Pero la conversaci√≥n no termina ah√≠. En efecto, el joven afirma: ¬ęMaestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud¬Ľ. Entonces --escribe el Evangelista-- ¬ęJes√ļs, poniendo en √©l los ojos, le am√≥ y le dijo: Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendr√°s un tesoro en el cielo; luego ven y s√≠gueme¬ĽEn este momento cambia el clima del encuentro. El Evangelista escribe del joven que ¬ęse nubl√≥ su semblante y se fue triste, porque ten√≠a mucha hacienda¬ĽHay otros pasajes del Evangelio en los que Jes√ļs de Nazaret encuentra a j√≥venes. Particularmente sugestivas son las dos resurrecciones: la de la hija de Jairo y la del hijo de la viuda de Na√≠ncitado es sin duda el encuentro m√°s completo y m√°s rico de contenido. Se puede decir tambi√©n que √©ste tiene car√°cter m√°s universal y ultratemporal; es decir, que vale en cierto sentido, constante y continuamente, a lo largo de los siglos y generaciones. Cristo habla as√≠ con un joven, con un muchacho o muchacha; conversa en diversos lugares de la tierra en medio de las diversas naciones, razas y culturas. Cada uno de vosotros es un potencial interlocutor en este coloquio.

Al mismo tiempo todos los elementos de la descripción y todas las palabras dichas por ambas partes en tal conversación tienen un significado muy esencial, poseen su peso específico. Se puede decir que estas palabras contienen una verdad particularmente profunda sobre el hombre en general y, en especial, la verdad sobre la juventud humana. Son en verdad importantes para los jóvenes.

Permitidme, por ello, que como línea de fondo relacione mis reflexiones en esta Carta con ese encuentro y con ese texto evangélico. Quizá de esta manera será más fácil para vosotros desarrollar el propio coloquio con Cristo, un coloquio que es de importancia fundamental y esencial para un joven.

La juventud, una riqueza singular

3. Comenzaremos por lo que se encuentra al final del texto evang√©lico. El joven se fue triste ¬ęporque ten√≠a mucha hacienda¬Ľ.

Sin duda esta frase se refiere a los bienes materiales, de los que el joven era propietario o heredero. Quizá es ésta la situación propia de algunos, pero no es la típica. Por ello las palabras del Evangelista sugieren otra visión del problema: se trata del hecho de que la juventud por sí misma (prescindiendo de cualquier bien material) es una riqueza singular del hombre, de una muchacha o de un muchacho, y en la mayor parte de los casos es vivida por los jóvenes como una específica riqueza. La mayor parte de las veces, pero no siempre, no como regla, porque no faltan hombres que por diversos motivos no experimentan la juventud como riqueza. De ellos habrá que hablar por separado.

Hay sin embargo razones --incluso de tipo objetivo-- para pensar en la juventud como en una singular riqueza que el hombre experimenta precisamente en tal per√≠odo de su vida. √Čste se distingue ciertamente del per√≠odo de la infancia (es, en efecto, la salida de los a√Īos de la infancia), como se distingue tambi√©n del per√≠odo de la plena madurez . Efectivamente, el per√≠odo de la juventud es el tiempo de un descubrimiento particularmente intenso del "yo" humano y de las propiedades y capacidades que √©ste encierra. A la vista interior de la personalidad en desarrollo de un joven o de una joven se abre gradual y sucesivamente aquella espec√≠fica --en cierto sentido √ļnica e irrepetible-- potencialidad de una humanidad concreta, en la que est√° como inscrito el proyecto completo de la vida futura. La vida se delinea como la realizaci√≥n de tal proyecto, como "autorrealizaci√≥n".

La cuesti√≥n merece naturalmente una explicaci√≥n desde muchos puntos de vista. Pero si queremos expresarlo brevemente, se revela precisamente tal perfil y forma de riqueza que es la juventud. Es la riqueza de descubrir y a la vez de programar, de elegir, de prever y de asumir como algo propio las primeras decisiones, que tendr√°n importancia para el futuro en la dimensi√≥n estrictamente personal de la existencia humana. Al mismo tiempo, tales decisiones tienen no poca importancia social. El joven del Evangelio se encuentra en esta fase existencial, como deducimos de las mismas preguntas que hace en el coloquio con Jes√ļs. Por ello, tambi√©n las palabras conclusivas referentes a la ¬ęmucha hacienda¬Ľ, es decir, a la riqueza, pueden entenderse en este sentido preciso: el de la riqueza que es la juventud misma.

Pero hemos de preguntarnos: esa riqueza que es la juventud, ¬Ņdebe acaso alejar al hombre de Cristo? El Evangelista no dice esto ciertamente; el mismo examen del texto permite concluir m√°s bien en sentido opuesto. En la decisi√≥n de alejarse de Cristo han influido en definitiva s√≥lo las riquezas exteriores, lo que el joven pose√≠a ("la hacienda"). No lo que √©l era. Lo que √©l era, precisamente en cuanto joven --es decir, la riqueza interior que se esconde en la juventud--, le hab√≠a conducido a Jes√ļs. Y le hab√≠a llevado a hacer aquellas preguntas, en las que se trata de manera m√°s clara del proyecto de toda la vida. ¬ŅQu√© he de hacer? ¬ę¬ŅQu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ. ¬ŅQu√© he de hacer para que mi vida tenga pleno valor y pleno sentido?

La juventud de cada uno de nosotros, queridos amigos, es una riqueza que se manifiesta precisamente en estas preguntas. El hombre se las pone a lo largo de toda su vida. Sin embargo, durante la juventud ellas se imponen de un modo particularmente intenso, incluso insistente. Y es bueno que suceda así. Porque esas preguntas prueban la dinámica del desarrollo de la personalidad humana que es propia de vuestra edad. Estas preguntas os las ponéis a veces de manera impaciente, y a la vez vosotros mismos comprendéis que la respuesta a ellas no puede ser apresurada ni superficial. Ha de tener un peso específico y definitivo. Se trata de una respuesta que se refiere a toda la vida, que abarca el conjunto de la existencia humana.

De manera particular estas preguntas esenciales se las ponen vuestros coet√°neos, cuya vida est√° marcada, ya desde la juventud, por el sufrimiento: por alguna carencia f√≠sica, por alguna deficiencia, por alg√ļn "handicap" o limitaci√≥n, por la dif√≠cil situaci√≥n familiar o social. Si a pesar de todo ello su conciencia se desarrolla normalmente, la pregunta sobre el sentido y valor de la vida se convierte en algo especial y a la vez particularmente dram√°tico, porque desde el principio est√° marcada por el dolor de la existencia. ¬°Cu√°ntos de estos j√≥venes se encuentran en medio de la gran multitud de j√≥venes del mundo entero! ¬°Cu√°ntos son en las diversas naciones, sociedades y en cada familia! ¬°Cu√°ntos se ven obligados a vivir desde la juventud en un establecimiento u hospital, condenados a una cierta pasividad que puede suscitar en ellos sentimientos de ser in√ļtiles a la humanidad!

¬ŅSe puede decir entonces que tambi√©n su juventud es una riqueza interior? ¬ŅA qui√©n hemos de preguntar esto? ¬ŅA qui√©n han de poner ellos esta pregunta esencial? Parece que Cristo es en estos casos el √ļnico interlocutor competente, aquel que nadie puede sustituir plenamente.

Dios es amor

4. Cristo responde a su joven interlocutor del Evangelio. √Čl le dice: ¬ęNadie es bueno sino s√≥lo Dios¬Ľ. Hemos o√≠do ya lo que el otro preguntaba. ¬ęMaestro bueno, ¬Ņqu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ. ¬ŅC√≥mo actuar, a fin de que mi vida tenga sentido, pleno sentido y valor? Nosotros podemos traducir as√≠ su pregunta en el lenguaje de nuestro tiempo. En este contexto la respuesta de Cristo quiere decir: s√≥lo Dios es el √ļltimo fundamento de todos los valores; s√≥lo √Čl da sentido definitivo a nuestra existencia humana.

S√≥lo Dios es bueno, lo cual significa: en √Čl y s√≥lo en √Čl todos los valores tienen su primera fuente y su cumplimiento final; en √Čl ¬ęel alfa y la omega, el principio y el fin¬ĽSolamente en √Čl hallan su autenticidad y confirmaci√≥n definitiva. Sin √Čl --sin la referencia a Dios-- todo el mundo de los valores creados queda como suspendido en un vac√≠o absoluto, pierde su transparencia y expresividad. El mal se presenta como bien y el bien es descartado. ¬ŅNo nos indica esto mismo la experiencia de nuestro tiempo, dondequiera que Dios ha sido eliminado del horizonte de las valoraciones, de los criterios, de los actos?

¬ŅPor qu√© s√≥lo Dios es bueno? Porque √Čl es amor. Cristo da esta respuesta con las palabras del Evangelio, y sobre todo con el testimonio de la propia vida y muerte: ¬ęPorque tanto am√≥ Dios al mundo, que le dio su unig√©nito Hijo¬Ľ¬ęes amor¬ĽLa pregunta sobre el valor, la pregunta sobre el sentido de la vida --lo hemos dicho-- forma parte de la riqueza particular de la juventud. Brota de lo m√°s profundo de las riquezas y de las inquietudes, que van unidas al proyecto de vida que se debe asumir y realizar. M√°s todav√≠a cuando la juventud es probada por el sufrimiento personal o es profundamente consciente del sufrimiento ajeno; cuando experimenta una fuerte sacudida ante las diversas formas del mal que existe en el mundo; y finalmente cuando se pone frente al misterio del pecado, de la iniquidad humana (mysterium iniquitatis)a: s√≥lo Dios es bueno, s√≥lo Dios es amor. Esta respuesta puede parecer dif√≠cil, pero a la vez es firme y verdadera; lleva en s√≠ la soluci√≥n definitiva. Ruego insistentemente, a fin de que vosotros, j√≥venes amigos, escuch√©is esta respuesta de Cristo de modo verdaderamente personal, para que encontr√©is el camino interior que os ayude a comprenderla, para aceptarla y hacerla realidad.

As√≠ es Cristo en la conversaci√≥n con el joven. As√≠ es en el coloquio con cada uno y cada una de vosotros. Cuando le pregunt√°is: ¬ęMaestro bueno...¬Ľ, √Čl pregunta: ¬ę¬ŅPor qu√© me llamas bueno? Nadie es bueno sino s√≥lo Dios¬Ľ. Como si dijera: el hecho de que yo sea bueno da testimonio de Dios. ¬ęEl que me ha visto a m√≠ ha visto al Padre¬ĽCristo crucificado y resucitado; el mismo ayer, hoy y por los siglos√Čste es el n√ļcleo, el punto esencial de la respuesta a las preguntas que vosotros, j√≥venes, hac√©is a √Čl mediante la riqueza que hay en vosotros y que est√° arraigada en vuestra juventud. √Čsta abre ante vosotros diversas perspectivas, os ofrece como tarea el proyecto de una vida entera. De ah√≠ la pregunta sobre los valores; de ah√≠ la pregunta sobre el sentido, sobre la verdad, sobre el bien y el mal. Cuando Cristo al responderos os manda referir todo esto a Dios, os indica a la vez cu√°l es la fuente de ello y el fundamento que est√° en vosotros. En efecto, cada uno de vosotros es imagen y semejanza de Dios por el hecho mismo de la creaci√≥nque os pong√°is estas preguntas que os deb√©is plantear. Ellas demuestran hasta qu√© punto el hombre sin Dios no puede comprenderse a s√≠ mismo ni puede tampoco realizarse sin Dios. Jesucristo ha venido al mundo ante todo para hacer a cada uno de nosotros conscientes de ello. Sin √Čl esta dimensi√≥n fundamental de la verdad sobre el hombre caer√≠a f√°cilmente en la oscuridad. Sin embargo, ¬ęvino la luz al mundo¬Ľ, ¬ępero las tinieblas no la acogieron¬Ľ

La pregunta sobre la vida eterna

5. ¬ŅQu√© he de hacer para que la vida tenga valor, tenga sentido? Esta pregunta apasionante, en boca del joven del Evangelio suena as√≠: ¬ę¬ŅQu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna¬Ľ?. El hombre que pone la pregunta de esta manera, ¬Ņhabla un lenguaje comprensible para los hombres de hoy? ¬ŅNo somos nosotros la generaci√≥n a la que el mundo y el progreso temporal llenan completamente el horizonte de la existencia? Nosotros pensamos ante todo con categor√≠as terrenas. Si supieramos los confines de nuestro planeta, lo hacemos para inaugurar los vuelos interplanetarios, para transmitir se√Īales a otros planetas y enviar hacia ellos sondas c√≥smicas.

Todo esto se ha convertido en el contenido de nuestra civilización moderna. La ciencia junto con la técnica ha descubierto de modo inigualable las posibilidades del hombre con respecto a la materia, y ha conseguido también dominar el mundo interior de su pensamiento, de sus capacidades, tendencias y pasiones.

Pero a la vez es claro que, cuando nos ponemos ante Cristo, cuando √Čl se convierte en el confidente de los interrogantes de nuestra juventud, no podemos poner una pregunta diversa de la del joven del Evangelio: ¬ę¬ŅQu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ. Cualquier otra pregunta sobre el sentido y valor de nuestra vida ser√≠a, ante Cristo, insuficiente y no esencial.

En efecto, Cristo no s√≥lo es el ¬ęmaestro bueno¬Ľ que indica los caminos de la vida sobre la tierra. √Čl es el testigo de aquellos destinos definitivos que el hombre tiene en Dios mismo. √Čl es el testigo de la inmortalidad del hombre. El Evangelio que √Čl anunciaba con su voz est√° sellado definitivamente con la cruz y la resurrecci√≥n en el misterio pascual. ¬ęCristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre √Čl¬Ľen un permanente ¬ęsigno de contradicci√≥n¬Ľ frente a los programas incapaces de conducir al hombre m√°s all√° de las fronteras de la muerte. M√°s a√ļn, ellos con este conf√≠n eliminan toda pregunta del hombre sobre el valor y el sentido de la vida. Frente a todos estos programas, a los modos de ver el mundo y a las ideolog√≠as, Cristo repite constantemente: ¬ęYo soy la resurrecci√≥n y la vida¬ĽPor tanto, si t√ļ, querido hermano y querida hermana, quieres hablar con Cristo adhiri√©ndole a toda la verdad de su testimonio, por una parte has de "amar al mundo"; porque Dios ¬ętanto am√≥ al mundo, que le dio su Hijo unig√©nito¬Ľ; y, al mismo tiempo, has de conseguir el desprendimiento interior respecto a toda esta realidad rica y apasionante que es "el mundo". Has de decidirte a plantearte la pregunta sobre la vida eterna. En efecto, ¬ępasa la apariencia de este mundo¬Ľ, y cada uno de nosotros estamos sometidos a este pasar. El hombre nace con la perspectiva del d√≠a de su muerte en la dimensi√≥n del mundo visible; y al mismo tiempo el hombre, para quien la raz√≥n interior de ser consiste en superarse a s√≠ mismo, lleva consigo tambi√©n todo aquello con lo que supera al mundo.

Todo aquello con que el hombre supera en s√≠ mismo al mundo --aun estando radicado en √©l-- se explica por la imagen y semejanza de Dios que est√° inscrita en el ser humano desde el principio. Y todo esto con lo que el hombre supera al mundo no solamente justifica el interrogante sobre la vida eterna, sino que, incluso, lo hace indispensable. √Čsta es la pregunta que los hombres se plantean desde hace tiempo, y no s√≥lo en el √°mbito del mundo cristiano, sino tambi√©n fuera de √©l. Vosotros deb√©is tener tambi√©n el valor de ponerla como el joven del Evangelio. El cristianismo nos ense√Īa a comprender la temporalidad desde la perspectiva del reino de Dios, desde la perspectiva de la vida eterna. Sin ella, la temporalidad, incluso la m√°s rica o la m√°s formada en todos los aspectos, al final lleva al hombre s√≥lo a la inevitable necesidad de la muerte.

Ahora bien, existe una antinomia entre la juventud y la muerte. La muerte parece estar lejos de la juventud. Y as√≠ es. M√°s a√ļn, dado que la juventud significa el proyecto de toda la vida, construido seg√ļn el criterio del sentido y del valor, tambi√©n durante la juventud se hace indispensable la pregunta sobre el final. La experiencia humana dejada a s√≠ misma, da la misma respuesta que la Sagrada Escritura: ¬ęEst√° establecido morir una vez¬Ľel juicio¬Ľel que cree en m√≠, aunque muera, vivir√°¬Ľa Cristo como el joven del Evangelio: ¬ę¬ŅQu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ

Sobre la moral y la conciencia

6. A este interrogante Jes√ļs responde: ¬ęYa sabes los mandamientos¬Ľ, y a continuaci√≥n enumera dichos mandamientos que forman parte del Dec√°logo. Mois√©s los hab√≠a recibido sobre el monte Sina√≠ en el momento de la Alianza entre Dios e Israel. Estos fueron escritos sobre tablas de piedra y constitu√≠an para todo israelita una diaria indicaci√≥n del caminohabla con Cristo conoce naturalmente de memoria los mandamientos del Dec√°logo; es m√°s, puede decir con alegr√≠a: ¬ęTodo esto lo he guardado desde mi juventud¬ĽHemos de suponer que en este di√°logo que Cristo sostiene con cada uno de vosotros, j√≥venes, se repita la misma pregunta: ¬ŅSabes los mandamientos? √Čsta se repetir√° infaliblemente, porque los mandamientos forman parte de la Alianza entre Dios y la humanidad. Los mandamientos determinan las bases esenciales del comportamiento, deciden el valor moral de los actos humanos, permanecen en relaci√≥n org√°nica con la vocaci√≥n del hombre a la vida eterna, con la instauraci√≥n del reino de Dios en los hombres y entre los hombres. En la palabra de la Revelaci√≥n divina est√° escrito con claridad el c√≥digo de la moralidad del cual permanecen como punto clave las tablas del Dec√°logo del monte Sina√≠ y cuyo √°pice se encuentra en el Evangelio: en el serm√≥n de la monta√Īa y en el mandamiento del amorEste c√≥digo de moralidad encuentra al mismo tiempo otra redacci√≥n. Dicho c√≥digo est√° inscrito en la conciencia moral de la humanidad, de tal manera que quienes no conocen los mandamientos, esto es, la ley revelada por Dios, ¬ęson para s√≠ mismos ley¬ĽRomanos; y a√Īade a continuaci√≥n: ¬ęCon esto muestran que los preceptos de la ley est√°n inscritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia¬ĽTocamos aqu√≠ problemas de suma importancia para vuestra juventud y para el proyecto de vida que de ella emerge.

Dicho proyecto se conforma con la perspectiva de la vida eterna en primer lugar a trav√©s de la verdad de las obras sobre las que ser√° construido. La verdad de las obras halla su fundamento en aquella doble redacci√≥n de la ley moral: la que se encuentra escrita en las tablas del Dec√°logo de Mois√©s y en el Evangelio, y la que est√° esculpida en la conciencia moral del hombre. Y la conciencia se presenta como testigo de aquella ley, como escribe San Pablo. Esta conciencia --seg√ļn las palabras de la Carta a los Romanos-- son ¬ęlas sentencias con que entre s√≠ unos y otros se acusan o se excusan¬Ľpunto estas palabras corresponden a nuestra realidad interior; cada uno de nosotros desde la juventud experimenta la voz de la conciencia.

Por tanto, cuando Jes√ļs en el coloquio con el joven enumera los mandamientos: ¬ęNo matar√°s, no adulterar√°s, no robar√°s, no levantar√°s falso testimonio, no defraudar√°s, honra a tu padre y a tu madre¬Ľ, la recta conciencia responde a las respectivas obras del hombre con una reacci√≥n interior: ella acusa o excusa. Hace falta, sin embargo, que la conciencia no est√© desviada; hace falta que la formulaci√≥n fundamental, de los principios de la moral, no ceda a la deformaci√≥n bajo la acci√≥n de cualquier tipo de relativismo o utilitarismo.

¬°Queridos j√≥venes amigos! La respuesta que Jes√ļs da a su interlocutor del Evangelio se dirige a cada uno y a cada una de vosotros. Cristo os interroga sobre el estado de vuestra sensibilidad moral y pregunta al mismo tiempo sobre el estado de vuestras conciencias. Es √©sta una pregunta clave para el hombre; es el interrogante fundamental de vuestra juventud, v√°lida para todo el proyecto de vida que, precisamente, ha de construirse durante la juventud. Su valor es el que est√° m√°s estrechamente unido a la relaci√≥n que cada uno de vosotros tiene respecto al bien y al mal moral. El valor de este proyecto depende en modo esencial de la autenticidad y de la rectitud de vuestra conciencia. Depende tambi√©n de su sensibilidad.

De esta manera nos hallamos aqu√≠ en un momento crucial, en el que temporalidad y eternidad se encuentran a cada paso a un nivel que es propio del hombre. Es el nivel de la conciencia, el nivel de los valores morales; √©sta es la dimensi√≥n m√°s importante de la temporalidad y de la historia. En efecto, la historia se escribe no s√≥lo con los acontecimientos que se suceden en cierta manera "desde fuera", sino que est√° inscrita antes que nada "desde dentro": es la historia de la conciencia humana, de las victorias o de las derrotas morales. Aqu√≠ encuentra tambi√©n su fundamento la esencial grandeza del hombre; su dignidad aut√©nticamente humana. √Čste es el tesoro interior con el que el hombre se supera constantemente a s√≠ mismo en direcci√≥n a la eternidad. Si es verdad que "est√° establecido que los hombres mueren una sola vez", es tambi√©n verdad que el tesoro de la conciencia, el dep√≥sito del bien y del mal, lo lleva el hombre m√°s all√° de la frontera de la muerte para que, en presencia de Aquel que es la santidad misma, encuentre la √ļltima y definitiva verdad sobre toda su vida: ¬ęDespu√©s de esto viene el juicio¬ĽAs√≠ sucede precisamente con la conciencia: en la verdad interior de nuestros actos se halla, en cierto sentido, constantemente presente la dimensi√≥n de la vida eterna. Y a la vez la misma conciencia, a trav√©s de los valores morales, imprime el sello m√°s expresivo en la vida de las generaciones, en la historia y en la cultura de los ambientes humanos, de la sociedad, de las naciones y de la humanidad entera.

¬°Cu√°nto depende en este campo de cada uno y cada una de vosotros!

¬ęJes√ļs, poniendo en √©l los ojos, le am√≥¬Ľ

7. Continuando en el examen del coloquio de Cristo con el joven, entramos ahora en otra fase. √Čsta es nueva y decisiva. El joven ha recibido la respuesta esencial y fundamental a su pregunta: ¬ę¬ŅQu√© he de hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ. Y esta respuesta coincide con todo el camino recorrido hasta ahora en su vida: ¬ęTodo esto lo he guardado desde mi juventud¬Ľ. ¬°C√≥mo deseo ardientemente para cada uno de vosotros que el camino de vuestra vida recorrido hasta ahora coincida de igual modo con la respuesta de Cristo! M√°s a√ļn, deseo que la juventud os d√© una base robusta de sanos principios; que vuestra conciencia consiga ya en estos a√Īos de la juventud aquella transparencia madura que en vuestra vida os permitir√° a cada uno ser siempre "personas de conciencia", "personas de principios", "personas que inspiran confianza", esto es, que son cre√≠bles. La personalidad moral as√≠ formada constituye a la vez la contribuci√≥n m√°s esencial que vosotros podr√©is aportar a la vida comunitaria, a la familia, a la sociedad, a la actividad profesional y tambi√©n a la actividad cultural o pol√≠tica, y, finalmente, a la comunidad misma de la Iglesia con la que est√°is o podr√©is estar ligados un d√≠a.

Se trata aqu√≠ a la vez de una plena y profunda autenticidad de la humanidad y de una igual autenticidad en el desarrollo de la personalidad humana, femenina o masculina, con todas las caracter√≠sticas que constituyen el rasgo irrepetible de esta personalidad y que al mismo tiempo provocan una m√ļltiple resonancia en la vida de la comunidad y de los ambientes, comenzando por la familia. Cada uno de vosotros debe contribuir de alg√ļn modo a la riqueza de estas comunidades, en primer lugar, mediante lo que √©l es. ¬ŅNo se abre en esta direcci√≥n la juventud que es la riqueza "personal" de cada uno de vosotros? El hombre se lee a s√≠ mismo, su propia humanidad, tanto como el propio mundo interior, cuanto como el terreno espec√≠fico del ser "con los dem√°s", "para los dem√°s".

Justamente aqu√≠ asumen un significado decisivo los mandamientos del Dec√°logo y del Evangelio, especialmente el mandamiento de la caridad que abre al hombre hacia Dios y hacia el pr√≥jimo. La caridad, de hecho, es ¬ęel v√≠nculo de la perfecci√≥n¬Ľy la fraternidad interhumana. Por esto la caridad es m√°s grande, es el primero entre todos los mandamientos; es el primero de ellos, como nos ense√Īa Cristo; en √©l, todos los dem√°s est√°n encerrados y unificados.

Os deseo, pues, a cada uno de vosotros que los caminos de vuestra juventud se encuentren con Cristo para que pod√°is confirmar ante √Čl, con el testimonio de la conciencia, este c√≥digo evang√©lico de la moral a cuyos valores, en el curso de las generaciones, se han acercado de alguna manera tantos hombres grandes de esp√≠ritu.

No es √©ste el lugar de citar las comprobaciones de ello que se hallan en toda la historia de la humanidad. Es verdad que desde los tiempos m√°s antiguos el dictamen de la conciencia orienta a cada sujeto humano hacia una norma moral objetiva que encuentra su expresi√≥n concreta en el respeto de la persona del otro y en el principio de no hacerle lo que no queremos que se nos hagaEn esto vemos ya emerger claramente aquella moral objetiva de la que San Pablo afirma que est√° escrita ¬ęen los corazones¬Ľ y que recibe el testimonio de la concienciaall√≠ f√°cilmente un rayo del Verbo creador que ilumina a todo hombre y, precisamente por ser seguidor de este Verbo hecho carne, se eleva a la ley superior del evangelio que positivamente --con el mandamiento de la caridad-- le impone hacer al pr√≥jimo todo el bien que quiere para s√≠ mismo. De esta manera √©l sella la voz √≠ntima de su conciencia con la adhesi√≥n absoluta a Cristo y a su palabra.

Os deseo que experiment√©is, tras el discernimiento de los problemas esenciales e importantes para vuestra juventud, para el proyecto de toda la vida que se abre ante vosotros, aquello de que habla el Evangelio: ¬ęJes√ļs, poniendo en √©l los ojos, le am√≥¬Ľ. ¬°Deseo que experiment√©is una mirada as√≠! ¬°Deseo que experiment√©is la verdad de que Cristo os mira con amor!

√Čl mira con amor a todo hombre. El Evangelio lo confirma a cada paso. Se puede tambi√©n decir que en esta "mirada amorosa" de Cristo est√° contenida casi como en resumen y s√≠ntesis toda la Buena Nueva. Si buscamos el principio de esta mirada, es necesario volver atr√°s al libro del G√©nesis, a aquel instante en el que, tras la creaci√≥n del hombre "var√≥n y mujer" Dios vio que ¬ęera muy bueno¬Ľla mirada de Cristo que acompa√Īa la conversaci√≥n con el joven del Evangelio.

Sabemos que Cristo confirmar√° y sellar√° esta mirada con el sacrificio redentor de la cruz, puesto que precisamente por medio de este sacrificio, aquella "mirada" ha alcanzado una particular profundidad de amor. En ella est√° contenida una tal afirmaci√≥n del hombre y de la humanidad de la que s√≥lo Cristo, Redentor y Esposo, es capaz. Solamente √Čl conoce lo que hay en el hombre: conoce su debilidad, pero conoce tambi√©n y sobre todo su dignidad.

Deseo a cada uno y a cada una de vosotros que descubr√°is esta mirada de Cristo y que la experiment√©is hasta el fondo. No s√© en qu√© momento de la vida. Pienso que el momento llegar√° cuando m√°s falta haga; acaso en el sufrimiento, acaso tambi√©n con el testimonio de una conciencia pura como en el caso del joven del Evangelio, o acaso precisamente en la situaci√≥n opuesta: junto al sentimiento de culpa, con el remordimiento de conciencia. Cristo, de hecho, mir√≥ tambi√©n a Pedro en la hora de su ca√≠da, cuando por tres veces hab√≠a negado a su MaestroAl hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidadde elecci√≥n divina acompa√Īa al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillaci√≥n, de la persecuci√≥n, de la derrota, cuando nuestra humanidad es casi borrada a los ojos de los hombres, es ultrajada y pisoteada; entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un s√≥lido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de s√≠ mismo y del sentido de la propia existencia, entonces esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en √Čl se ha mostrado m√°s fuerte que todo mal y que toda destrucci√≥n, dicha conciencia nos permite sobrevivir.

Os deseo, pues, que experiment√©is lo que sinti√≥ el joven del Evangelio: ¬ęJes√ļs, poniendo en √©l los ojos, le am√≥¬Ľ.

¬ęS√≠gueme¬Ľ

8. Del examen del texto evang√©lico resulta que esta mirada fue, por as√≠ decirlo, la respuesta de Cristo al testimonio que el joven hab√≠a dado de su vida hasta aquel momento, o sea, haber actuado seg√ļn los mandamientos de Dios: ¬ęTodo esto lo he guardado desde mi juventud¬Ľ.

A la vez, esta "mirada de amor" fue la introducci√≥n a la fase conclusiva de la conversaci√≥n. Siguiendo la redacci√≥n de Mateo, fue el mismo joven quien inici√≥ esta fase, dado que no s√≥lo constat√≥ su fidelidad respecto a los mandamientos del Dec√°logo, que caracterizaba su conducta anterior, sino que contempor√°neamente formul√≥ una nueva pregunta. De hecho pregunt√≥: ¬ę¬ŅQu√© me queda a√ļn?¬ĽEsta pregunta es muy importante. Indica que en la conciencia moral del hombre y, concretamente del hombre joven, que forma el proyecto de toda su vida, est√° escondida la aspiraci√≥n a "algo m√°s". Este deseo se siente de diversos modos, y podemos advertirlo tambi√©n entre aquellas personas que dan la impresi√≥n de estar alejadas de nuestra religi√≥n.

Entre los seguidores de las religiones no cristianas, sobre todo del budismo, del hinduismo y del islamismo, encontramos, desde hace milenios, numerosos hombres "espirituales", que, a menudo desde la juventud, abandonan todo para vivir en estado de pobreza y de pureza en la b√ļsqueda del Absoluto que est√° por encima de la apariencia de las cosas sensibles, se esfuerzan por conquistar el estado de liberaci√≥n perfecta, se refugian en Dios con amor y confianza e intentan someterse de todo coraz√≥n a los designios escondidos en √Čl. Se sienten como empujados por una misteriosa voz interior que resuena dentro de su esp√≠ritu, haciendo como eco a las palabras de San Pablo: ¬ęPasa la apariencia de este mundo¬Ľ, y los conduce a la b√ļsqueda de cosas m√°s grandes y duraderas: ¬ęBuscad las cosas de arriba¬Ľcon todas sus fuerzas hacia la meta, trabajando mediante un serio aprendizaje en la purificaci√≥n de su esp√≠ritu, llegando a hacer a veces de la propia vida una donaci√≥n de amor a la divinidad. Actuando de este modo, se convierten en un ejemplo viviente para sus contempor√°neos, a los que indican con su conducta la primac√≠a de los valores eternos sobre los fugaces y, a veces, ambiguos, ofrecidos por la sociedad en la que viven.

El deseo de la perfecci√≥n, de "algo m√°s", encuentra su expl√≠cito punto de referencia en el Evangelio. Cristo, en el serm√≥n de la monta√Īa, confirma toda la ley moral, en cuyo centro est√°n las tablas mosaicas de los diez mandamientos; pero al mismo tiempo da a estos mandamientos un sentido nuevo, evang√©lico. Todo esto se concentra --como se ha dicho precedentemente-- alrededor de la caridad, no s√≥lo como mandamiento, sino adem√°s como don: ¬ę...el amor de Dios se ha derramado en vuestros corazones por virtud del Esp√≠ritu Santo, que nos ha sido dado¬ĽEn este contexto nuevo se hace comprensible asimismo el programa de las ocho bienaventuranzas, con el que comienza el serm√≥n de la monta√Īa en el Evangelio seg√ļn San MateoEn este mismo contexto el conjunto de los mandamientos, que constituyen el c√≥digo fundamental de la moral cristiana, es completado por el conjunto de los consejos evang√©licos, en los que se expresa y concreta, de modo especial, la llamada de Cristo a la perfecci√≥n, que es una llamada a la santidad.

Cuando el joven pregunta sobre el "algo m√°s": ¬ę¬ŅQu√© me queda a√ļn?¬Ľ, Jes√ļs lo mira con amor y este amor encuentra aqu√≠ un nuevo significado. El hombre es conducido interiormente por el Esp√≠ritu Santo desde una vida seg√ļn los mandamientos a otra vida consciente del don, y la mirada plena de amor por parte de Cristo expresa este "paso" interior. Jes√ļs a√Īade: ¬ęSi quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendr√°s un tesoro en los cielos, y ven y s√≠gueme¬Ľ¬°S√≠, mis queridos j√≥venes! El hombre, el cristiano es capaz de vivir conforme a la dimensi√≥n del don. M√°s a√ļn, esta dimensi√≥n no s√≥lo es "superior" a la de las meras obligaciones morales conocidas por los mandamientos, sino que es tambi√©n "m√°s profunda" y fundamental. Esta dimensi√≥n testimonia una expresi√≥n m√°s plena de aquel proyecto de vida que construimos ya en la juventud. La dimensi√≥n del don crea a la vez el perfil maduro de toda vocaci√≥n humana y cristiana, como se dir√° despu√©s.

Sin embargo, en este momento deseo hablaros del significado particular de las palabras que Cristo dijo a aquel joven. Y hago esto convencido de que Cristo las dirige en la Iglesia a algunos j√≥venes interlocutores suyos de cada generaci√≥n. Tambi√©n de la nuestra. Aquellas palabras significan en este caso una vocaci√≥n particular dentro de la comunidad del Pueblo de Dios. La Iglesia halla el ¬ęs√≠gueme¬Ľ de Cristo al comienzo de toda llamada al servicio en el sacerdocio ministerial, que en la Iglesia cat√≥lica de rito latino est√° unida simult√°neamente a la responsable y libre elecci√≥n del celibato. La Iglesia encuentra el mismo ¬ęs√≠gueme¬Ľ de Cristo al comienzo de la vocaci√≥n religiosa en la que, mediante la profesi√≥n de los consejos evang√©licos (castidad, pobreza y obediencia), un hombre o una mujer reconocen como suyo el programa de vida que el mismo Cristo realiz√≥ en la tierra por el reino de Diospersonas se comprometen a dar un testimonio concreto del amor de Dios por encima de cualquier cosa y, a la vez, de aquella llamada a la uni√≥n con Dios en la eternidad que se dirige a todos. No obstante esto, es necesario que algunos den un testimonio excepcional de tal llamada ante los dem√°s.

Me limito a mencionar estos temas en la presente Carta, dado que han sido ya presentados ampliamente en otro lugar y en m√°s de una ocasi√≥ncoloquio de Cristo con el joven adquieren una claridad particular, especialmente el tema de la pobreza evang√©lica. Los recuerdo tambi√©n, porque el ¬ęs√≠gueme¬Ľ de Cristo, precisamente en este sentido excepcional y carism√°tico, se hace sentir la mayor√≠a de las veces ya en la √©poca de la juventud; y, a veces, se advierte incluso en la ni√Īez.

√Čsta es la raz√≥n por la que deseo decir a todos vosotros, j√≥venes, en esta importante fase del desarrollo de vuestra personalidad masculina o femenina que si tal llamada llega a tu coraz√≥n, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una vocaci√≥n. Colabora con esa llamada a trav√©s de la oraci√≥n y la fidelidad a los mandamientos. ¬ęLa mies es mucha¬Ľgran necesidad de que muchos oigan la llamada de Cristo: ¬ęS√≠gueme¬Ľ. Hay una gran necesidad de que a muchos llegue la llamada de Cristo: ¬ęS√≠gueme¬Ľ. Hay una enorme necesidad de sacerdotes seg√ļn el coraz√≥n de Dios. La Iglesia y el mundo actual tienen urgente necesidad de un testimonio de vida entregada sin reserva a Dios, del testimonio de este amor esponsal de Cristo, que de modo particular haga presente el reino de Dios entre los hombres y lo acerque al mundo.

Permitidme pues completar a√ļn las palabras de Cristo el Se√Īor sobre la mies que es abundante. S√≠, es abundante la mies del Evangelio, la de la salvaci√≥n..., ¬ępero los obreros son pocos¬Ľ. Tal vez hoy se note esto m√°s que en el pasado, especialmente en algunos pa√≠ses, as√≠ como tambi√©n en algunos institutos de vida consagrada y similares.

¬ęRogad, pues, al due√Īo de la mies que env√≠e obreros a su mies¬Ľ, contin√ļa diciendo Cristo. Estas palabras, especialmente en nuestro tiempo, se convierten en un programa de oraci√≥n y acci√≥n en favor de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros, j√≥venes. Rogad tambi√©n vosotros. Y si el fruto de esta oraci√≥n de la Iglesia nace en lo √≠ntimo de vuestro coraz√≥n, escuchad al Maestro que os dice: ¬ęS√≠gueme¬Ľ.

El proyecto de vida y la vocación cristiana

9. En el Evangelio estas palabras se refieren ciertamente a la vocaci√≥n sacerdotal o religiosa, pero al mismo tiempo, nos permiten entender m√°s profundamente la cuesti√≥n de la vocaci√≥n en un sentido a√ļn m√°s amplio y fundamental.

Se podría hablar aquí de la vocación "de vida", que se identifica en cierto modo con el proyecto de vida, que cada uno de vosotros elabora en el período de su juventud. Sin embargo, "la vocación" dice todavía algo más que el "proyecto". En el segundo caso, es uno mismo el sujeto que elabora y esto corresponde mejor a la realidad de la persona como sois cada una y cada uno de vosotros. Este "proyecto" es la "vocación", en cuanto que en ella se hacen sentir los diversos factores que llaman. Estos factores componen normalmente un determinado orden de valores (llamado también "jerarquía de valores"), de los que brota un ideal a realizar, que es atractivo para un corazón joven. En este proceso la "vocación" se convierte en "proyecto", y el proyecto comienza a ser también vocación.

Pero dado que nos encontramos ante Cristo y basamos nuestras reflexiones en torno a la juventud sobre su coloquio con el joven, es menester precisar a√ļn mejor la relaci√≥n existente entre "el proyecto de vida" en relaci√≥n con la "vocaci√≥n de vida". El hombre es una criatura y, a la vez, un hijo adoptivo de Dios en Cristo: es hijo de Dios. Entonces la pregunta: "¬ŅQu√© me queda a√ļn?", el hombre la hace durante la juventud no s√≥lo a s√≠ mismo y a las dem√°s personas de las que espera una respuesta, especialmente a los padres y a los educadores, sino que la hace asimismo a Dios como Creador y Padre. El hombre se hace esta pregunta en el √°mbito de aquel particular espacio interior en el que ha aprendido a esta en estrecha relaci√≥n con Dios, ante todo en la oraci√≥n. El hombre pregunta pues a Dios: "¬ŅQu√© me queda a√ļn?", ¬Ņcu√°l es tu plan respecto a mi vida?, ¬Ņcu√°l es tu plan creador y paterno?, ¬Ņcu√°l es tu voluntad? Yo deseo cumplirla.

En este contexto el "proyecto" adquiere el significado de "vocación de vida", como algo que es confiado al hombre por Dios como tarea. Una persona joven, al entrar dentro de sí y a la vez al iniciar el coloquio con Cristo en la oración, desea casi leer aquel pensamiento eterno que Dios Creador y Padre tiene con ella. Entonces se convence de que la tarea que Dios le asigna es dejada completamente a su libertad y, al mismo tiempo, está determinada por diversas circunstancias de índole interior y exterior. La persona joven, muchacho o muchacha, examinando estas circunstancias, construye su proyecto de vida y a la vez reconoce este proyecto como la vocación a la que Dios le llama.

As√≠ pues, deseo confiar a todos vosotros, j√≥venes destinatarios de la presente Carta, este trabajo maravilloso que se une al descubrimiento, ante Dios, de la respectiva vocaci√≥n de vida. √Čste es un trabajo apasionante. Es un compromiso interior entusiasmante. Vuestra humanidad se desarrolla y crece en este compromiso mientras vuestra personalidad joven va adquiriendo la madurez interior. Os arraig√°is en lo que cada uno y cada una de vosotros es, para convertirse en lo que debe llegar a ser: para s√≠ mismo, para los hombres y para Dios.

Paralelamente al proceso de descubrir la propia "vocación de vida" debería desarrollarse la conciencia de en qué modo esta vocación de vida es al mismo tiempo una "vocación cristiana".

Hay que observar aqu√≠ que, en el per√≠odo anterior al Concilio Vaticano II, el concepto de "vocaci√≥n" se aplicaba ante todo respecto al sacerdocio y a la vida religiosa, como si Cristo hubiera dirigido al joven su ¬ęs√≠gueme¬Ľ evang√©lico √ļnicamente para estos casos. El Concilio ha ampliado esta visual. La vocaci√≥n sacerdotal y religiosa ha conservado su car√°cter particular y su importancia sacramental y carism√°tica en la vida del Pueblo de Dios. Pero al mismo tiempo, la toma de conciencia, renovada por el Vaticano II, de la participaci√≥n universal de todos los bautizados en la triple misi√≥n de Cristo (tria munera) prof√©tica, sacerdotal y real, as√≠ como la conciencia de la vocaci√≥n universal a la santidad, hacen ciertamente que toda vocaci√≥n de vida humana, al igual que la vocaci√≥n cristiana, corresponda a la llamada evang√©lica. El ¬ęs√≠gueme¬Ľ de Cristo se puede escuchar a lo largo de distintos caminos, a trav√©s de los cuales andan los disc√≠pulos y los testigos del divino Redentor. Se puede llegar a ser imitadores de Cristo de diversos modos, o sea, no s√≥lo dando testimonio del reino escatol√≥gico de verdad y de amor, sino tambi√©n esforz√°ndose por la transformaci√≥n de toda la realidad temporal conforme al esp√≠ritu del Evangelioaqu√≠ donde comienza tambi√©n el apostolado de los seglares, inseparable de la esencia misma de la vocaci√≥n cristiana.

Estas premisas son extremadamente importantes para el proyecto de vida, que corresponde al dinamismo esencial de vuestra juventud. Es preciso que examinéis este proyecto --independientemente del contenido concreto "de vida" del que se llenará-- a la luz de las palabras dirigidas por Cristo al joven.

Es menester que reflexionéis también --y muy seriamente-- sobre el significado del bautismo y de la confirmación. En efecto, el depósito fundamental de la vida y de la vocación cristiana está contenido en estos dos sacramentos. De ellos parte el camino hacia la Eucaristía, que contiene la plenitud del don sacramental concedido al cristiano: toda la riqueza de la Iglesia se concentra en este Sacramento de Amor. A la vez, siempre en relación con la Eucaristía, hay que reflexionar sobre el tema del Sacramento de la Penitencia, que tiene una importancia insustituible en la formación de la personalidad cristiana, especialmente si está unida a él la dirección espiritual, es decir, una escuela sistemática de vida interior.

Sobre estas cuestiones quiero hablar brevemente, aunque cada uno de los Sacramentos de la Iglesia tiene su definida y específica referencia a la juventud y a los jóvenes. Confío en que el tema sea tratado de modo detallado por otros, especialmente por los agentes de pastoral expresamente enviados a colaborar con la juventud.

La Iglesia misma --como ense√Īa el Concilio Vaticano II-- es ¬ęcomo un sacramento, o sea, signo e instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios y de la unidad de todo el g√©nero humano¬Ľvocaci√≥n de vida, como vocaci√≥n "cristiana", est√° arraigada en la sacramentalidad de la Iglesia: se forma, por lo tanto, mediante los sacramentos de nuestra fe. Son los que nos permiten, desde la juventud, abrir nuestro "yo" humano a la acci√≥n salv√≠fica de Dios, es decir, de la Sant√≠sima Trinidad. Nos permiten participar en la vida de Dios, viviendo al m√°ximo una vida humana aut√©ntica. De esta manera, la vida humana adquiere una dimensi√≥n nueva y, a la vez, su originalidad cristiana: la conciencia de las exigencias impuestas al hombre por el Evangelio se completa por la toma de conciencia de aquel don, que supera todo. ¬ęSi conocieras el don de Dios¬Ľ, dijo Cristo en su coloquio con la samaritana.

"Gran Sacramento esponsal"

10. Sobre esta vasta perspectiva que vuestro proyecto juvenil de vida adquiere en relaci√≥n con la idea de la vocaci√≥n cristiana, deseo dirigir la atenci√≥n junto con vosotros, j√≥venes destinatarios de la presente Carta, hacia el problema que, en cierto sentido, se encuentra en el centro de la juventud de todos vosotros. √Čste es uno de los problemas centrales de la vida humana y es, a la vez, uno de los temas centrales de la reflexi√≥n, de creatividad y de cultura. √Čste es tambi√©n uno de los principales temas b√≠blicos, al que personalmente he dedicado muchas reflexiones y an√°lisis. Dios ha creado al ser humano: hombre y mujer, introduciendo con esto en la historia del g√©nero humano aquella particular "duplicidad" con una completa igualdad, si se trata de la dignidad humana, y con una complementariedad maravillosa, si se trata de la divisi√≥n de los atributos, de las propiedades y las tareas, unidas a la masculinidad y a la femineidad del ser humano.

Por lo tanto, √©ste es un tema de suyo grabado en el mismo "yo" personal de cada uno y cada una de vosotros. La juventud es el per√≠odo en el que este gran tema invade, de forma experimental y creadora, el alma y el cuerpo de cada muchacho o muchacha, y se manifiesta en el interior de la joven conciencia junto con el descubrimiento fundamental del propio "yo" en toda su m√ļltiple potencialidad. Entonces, tambi√©n en el horizonte de un coraz√≥n joven se perfilan una experiencia nueva: la experiencia del amor, que desde el primer instante pide ser esculpido en aquel proyecto de vida, que la juventud crea y forma espont√°neamente.

Todo esto posee cada vez su irrepetible expresi√≥n subjetiva, su riqueza afectiva e incluso, su belleza metaf√≠sica. Al mismo tiempo, en todo esto se contiene una poderosa exhortaci√≥n a no falsear esta expresi√≥n, a no destruir esa riqueza y desfigurar esa belleza. Estad convencidos de que esta llamada viene del mismo Dios, que ha creado al ser humano ¬ęa su imagen y semejanza¬Ľ, concretamente "como hombre y mujer". Esta llamada brota del Evangelio y se hace notar en la voz de las j√≥venes conciencias si √©stas han conservado su sencillez y limpieza: ¬ęBienaventurados los limpios de coraz√≥n, porque ellos ver√°n a Dios¬Ľquiere ser esculpido en el proyecto de toda la vida-- deb√©is ver a Dios que es amorPor lo tanto, os pido que no interrump√°is el di√°logo con Cristo en esta fase extremadamente importante de vuestra juventud, m√°s a√ļn, os pido que os empe√Ī√©is todav√≠a m√°s. Cuando Cristo dice ¬ęs√≠gueme¬Ľ, su llamada puede significar: "Te llamo a√ļn a otro amor"; pero muchas veces significa: ¬ęs√≠gueme¬Ľ a M√≠ que soy el esposo de la Iglesia, mi esposa...; ven, convi√©rtete t√ļ tambi√©n en el marido de tu mujer..., convi√©rtete en la esposa de tu marido. Convert√≠os ambos en participantes de aquel misterio, de aquel sacramento, del cual en la Carta a los Efesios se dice que es grande: grande ¬ęreferente a Cristo y a la Iglesia¬ĽMucho depende del hecho de que vosotros, tambi√©n en este camino sig√°is a Cristo; que no huy√°is de √Čl mientras ten√©is este problema que consider√°is justamente el gran acontecimiento de vuestro coraz√≥n, un problema que existe en vosotros y entre vosotros. Deseo que cre√°is y os convenz√°is de que este gran problema tiene su dimensi√≥n definitiva en Dios, que es amor; en Dios, que en la unidad absoluta de su divinidad, es a la vez una comuni√≥n de personas: Padre, Hijo y Esp√≠ritu Santo. Deseo que cre√°is y os convenz√°is de que este vuestro "gran misterio" humano tiene su origen en Dios que es el Creador, que est√° arraigado en Cristo Redentor, que como el esposo "se ha donado totalmente", y a todos los esposos y esposas ense√Īa a "donarse" de acuerdo con la plena capacidad de la dignidad personal de cada uno y cada una. Cristo nos ense√Īa el amor esponsal.

Emprender el camino de la vocaci√≥n matrimonial significa aprender el amor esponsal d√≠a tras d√≠a, a√Īo tras a√Īo; el amor seg√ļn el alma y el cuerpo, el amor que "es long√°nime, es benigno, que no busca lo suyo... todo lo excusa"; el amor, que "se complace en la verdad", el amor que ¬ętodo lo tolera¬ĽVosotros, j√≥venes, precisamente ten√©is necesidad de este amor si vuestro futuro matrimonio debe "superar" la prueba de toda la vida. Y, en concreto, esta prueba forma parte de la esencia misma de la vocaci√≥n que, a trav√©s del matrimonio, intent√°is grabar en el proyecto de vuestra vida.

Por ello, no ceso de pedir a Cristo y a la Madre del Amor Hermoso por el amor que nace en los corazones j√≥venes. Muchas veces durante mi vida me ha sido posible acompa√Īar, en cierto modo, m√°s de cerca este amor de los j√≥venes. Gracias a esta experiencia he comprendido cu√°n esencial es el problema que tratamos aqu√≠, cu√°n importante y grande es. Pienso que el futuro del hombre se decide en buena medida por los caminos de este amor, inicialmente juvenil, que t√ļ y ella... o t√ļ y √©l descubr√≠s a lo largo de vuestra juventud. √Čsta es --puede decirse-- una gran aventura, pero es tambi√©n una gran tarea.

Hoy los principios de la moral cristiana matrimonial son presentados de modo desfigurado en muchos ambientes. Se intenta imponer a ambientes y hasta a sociedades enteras un modelo que se autoproclama "progrecista" y "moderno". No se advierte entonces que en este modelo el ser humano, y sobre todo quiz√° la mujer, es transformado de sujeto en objeto (objeto de una manipulaci√≥n espec√≠fica), y todo el gran contenido del amor es reducido a mero "placer", el cual, aunque toque a ambas partes, no deja de ser ego√≠sta en su esencia. Finalmente, el ni√Īo, que es fruto y encarnaci√≥n nueva del amor de los dos, se convierte cada vez m√°s en "una a√Īadidura fastidiosa". La civilizaci√≥n materialista y consumista penetra en este maravilloso conjunto del amor conyugal --paterno y materno--, y lo despoja de aquel contenido profundamente humano, que, desde el principio, llev√≥ una se√Īal y un reflejo divino.

¬°Queridos j√≥venes amigos! ¬°No os dej√©is arrebatar esta riqueza! No grab√©is un contenido deformado, empobrecido y falseado en el proyecto de vuestra vida: el amor "se complace en la verdad". Buscadla donde se encuentra de veras. Si es necesario, sed decididos en ir contra la corriente de las opiniones que circulan y de los "esl√≥ganes" propagand√≠sticos. No teng√°is miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias --tal como las encontr√°is en la ense√Īanza constante de la Iglesia-- son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero.

Y si tengo que hacerlo en alg√ļn lugar, deseo repetir aqu√≠ de modo especial el deseo formulado al comienzo, es decir, que est√©is "siempre prontos para dar raz√≥n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere". La Iglesia y la humanidad os conf√≠an el gran problema del amor sobre el que se basa el matrimonio, la familia; es decir, el futuro. Esperan que sabr√©is hacerlo renacer; esperan que sabr√©is hacerlo hermoso, humana y cristianamente. Un amor humana y cristianamente grande, maduro y responsable.

Herencia

11. En el vasto √°mbito en el que el proyecto de vida, formado durante la juventud, se encuentra con "los dem√°s", hemos analizado el punto m√°s neur√°lgico. Pensemos a√ļn que este punto central, en el que nuestro "yo" personal se abre a la vida "con los dem√°s" y "para los dem√°s" en la alianza matrimonial, encuentra una palabra muy significativa en la Sagrada Escritura: ¬ęEl hombre dejar√° a su padre y a su madre; y se unir√° a su mujer¬ĽLa palabra "dejar√°" merece una atenci√≥n particular. La historia de la humanidad pasa desde el comienzo --y pasar√° hasta el final-- a trav√©s de la familia. El ser humano forma parte de ella mediante el nacimiento que debe a sus padres: al padre y a la madre, para dejar en el momento oportuno este primer ambiente de vida y amor y pasar a otro nuevo. "Al dejar al padre y a la madre", cada uno y cada una de vosotros contempor√°neamente, en cierto sentido, los lleva dentro consigo, asume la herencia m√ļltiple, que tiene su comienzo directo y su fuente en ellos y en sus familias. De este modo, aun marchando, cada uno de vosotros permanece; la herencia que asume lo vincula establemente con aquellos que se la han transmitido y a los que debe tanto. Y √©l mismo, --ella o √©l-- seguir√° transmitiendo la misma herencia. De ah√≠ que el cuarto mandamiento del Dec√°logo posea tan gran importancia: ¬ęHonra a tu padre y a tu madre¬ĽSe trata aqu√≠, ante todo, del patrimonio de ser hombre y, sucesivamente, de ser hombre en una m√°s definida situaci√≥n personal y social. M√°s importante todav√≠a es todo el patrimonio cultural, en cuyo centro se encuentra casi a diario la lengua. Los padres han ense√Īado a cada uno de vosotros a hablar aquella lengua que constituye la expresi√≥n esencial del v√≠nculo social con los dem√°s hombres. Ello est√° determinado por l√≠mites m√°s amplios que la familia misma o bien que un determinado ambiente. Estos son, por lo menos, los l√≠mites de una tribu y la mayor√≠a de las veces los confines de un pueblo o de una naci√≥n, en la que hab√©is nacido.

La herencia familiar se extiende de este modo. A trav√©s de la educaci√≥n familiar particip√°is en una cultura concreta, particip√°is tambi√©n en la historia de vuestro pueblo o naci√≥n. El v√≠nculo familiar significa la pertenencia com√ļn a una comunidad m√°s amplia que la familia, y a la vez otra base de identidad de la persona. Si la familia es la primera educadora de cada uno de vosotros, al mismo tiempo --mediante la familia-- es un elemento educativo la tribu, el pueblo o la naci√≥n, con la que estamos unidos por la unidad cultural, ling√ľ√≠stica e hist√≥rica.

Este patrimonio constituye tambi√©n una llamada en el sentido √©tico. Al recibir la fe y heredar los valores y contenidos que componen el conjunto de la cultura de su sociedad, de la historia de su naci√≥n, cada uno y cada una de vosotros recibe una dotaci√≥n espiritual en su humanidad individual. Tiene aplicaci√≥n aqu√≠ la par√°bola de los talentos que recibimos del Creador a trav√©s de nuestros padres, de nuestras familias y tambi√©n de la comunidad nacional a la que pertenecemos. Respecto a esta herencia no podemos mantener una actitud pasiva o incluso de renuncia, como hizo el √ļltimo de los siervos que menciona la par√°bola de los talentosDebemos hacer todo lo que est√° a nuestro alcance para asumir este patrimonio espiritual, para confirmarlo, mantenerlo e incrementarlo. √Čsta es una tarea importante para todas las sociedades, de manera especial quiz√°s para aquellas que se encuentran al comienzo de su existencia aut√≥noma, o bien para aquellas que deben defender su propia existencia y la identidad esencial de su naci√≥n ante el peligro de destrucci√≥n desde el exterior o de descomposici√≥n desde el interior.

Al escribiros, j√≥venes, trato de tener presente ante mis ojos la situaci√≥n compleja y diversa de las tribus, de los pueblos y de las naciones en nuestro mundo. Vuestra juventud y el proyecto de vida, que cada uno y cada una de vosotros elabora durante la juventud, est√°n desde el primer instante insertos en la historia de estas sociedades diversas, y esto sucede no "desde el exterior", sino principalmente "desde el interior". Esto se convierte para vosotros en una cuesti√≥n de conciencia familiar y, consiguientemente, nacional: es una cuesti√≥n de coraz√≥n, una cuesti√≥n de conciencia. El concepto de "patria" se desarrolla mediante una inmediata contig√ľidad con el concepto de "familia" y, en cierto sentido, se desarrolla el uno dentro del √°mbito del otro. Vosotros, de forma gradual, al experimentar este v√≠nculo social, que es m√°s amplio que el familiar, comenz√°is a participar tambi√©n en la responsabilidad por el bien com√ļn de aquella familia m√°s amplia, que es la "patria" terrena de cada uno y de cada una de vosotros. Las figuras preclaras de la historia, antigua o contempor√°nea, de una naci√≥n gu√≠an tambi√©n vuestra juventud y favorecen el desarrollo de aquel amor social que se llama a menudo "amor patrio".

Talentos y tareas

12. En este contexto de la familia y la sociedad que es vuestra patria, se inserta gradualmente un tema relacionado muy de cerca con la parábola de los talentos. En efecto, vosotros reconocéis progresivamente aquel "talento" o aquellos "talentos", que son propiedad de cada uno y cada una de vosotros, y comenzáis a serviros de ellos de modo creativo, comenzáis a multiplicaros. Esto se realiza por medio del trabajo.

¬°Qu√© escala tan grande de posibles direcciones, capacidades e intereses existe en este campo! No es mi intenci√≥n enumerarlos aqu√≠, ni siquiera a modo de ejemplo, porque existe el riesgo de omitir m√°s de los que tomemos en consideraci√≥n. Presupongo por consiguiente toda la variedad y multiplicidad de direcciones. Ella demuestra tambi√©n la m√ļltiple riqueza de descubrimientos que la juventud conlleva. Si hacemos referencia al Evangelio, se puede decir que la juventud es el tiempo del discernimiento de los talentos. Y es a la vez el tiempo en el que se entra en los m√ļltiples caminos, a trav√©s de los cuales se han desarrollado y siguen desarroll√°ndose toda la actividad humana, el trabajo y la creatividad.

Deseo a todos vosotros que os descubr√°is a vosotros mismos a lo largo de estos caminos. Os deseo que entr√©is en ellos con inter√©s, diligencia y entusiasmo. El trabajo --toda clase de trabajo-- est√° unido a la fatiga: ¬ęCon el sudor de tu rostro comer√°s el pan¬Ľ, y esta experiencia de cansancio es participada por cada uno y cada una de vosotros desde los primeros a√Īos. Sin embargo, el trabajo, a la vez, forma al hombre de modo espec√≠fico y en cierto modo lo crea. Por lo tanto, se trata tambi√©n de una fatiga creativa.

Esto no se refiere sólo al trabajo de investigación o, en general, al trabajo intelectual de tipo cognoscitivo, sino también a los trabajos ordinarios de índole física, que aparentemente no tienen en sí nada de "creativo".

El trabajo, que es caracter√≠stico del per√≠odo de la juventud, constituye ante todo una preparaci√≥n al trabajo de la edad madura y, por ello, est√° unido a la escuela. Por lo tanto, mientras escribo estas palabras a vosotros, queridos j√≥venes, pienso en todas las escuelas existentes en el mundo a las que vuestra joven existencia est√° unida durante varios a√Īos, en los diversos y sucesivos niveles, seg√ļn el grado de desarrollo mental y la orientaci√≥n de las propias inclinaciones: desde la escuela elemental hasta la universidad. Pienso asimismo en todas las personas adultas, mis hermanos y hermanas, que son vuestros maestros, vuestros educadores, gu√≠as de las mentes y caracteres j√≥venes. ¬°Cu√°n grande es su misi√≥n! ¬°Qu√© responsabilidad particular la suya! ¬°Pero qu√© grande es tambi√©n su m√©rito!

Finalmente pienso en aquellos sectores de la juventud, de vuestros coetáneos y coetáneas, que --de manera especial en algunas sociedades y en algunos ambientes-- carecen de la posibilidad de la instrucción y, a menudo, hasta de la instrucción elemental. Este hecho constituye un desafío permanente a todas las instituciones responsables, tanto a escala nacional como internacional, para que se someta a las mejoras necesarias tal estado de cosas. En efecto, la instrucción es uno de los bienes fundamentales de la civilización humana. Aquella tiene una importancia particular para los jóvenes. De ella depende también en gran medida el futuro de toda la sociedad.

Pero cuando nos planteamos el problema de la instrucción, del estudio, de la ciencia y de la escuela, surge un problema de importancia fundamental para el hombre y especialmente para el joven. Es el problema de la verdad. La verdad es la luz de la inteligencia humana. Si desde la juventud la inteligencia humana intenta conocer la realidad en sus distintas dimensiones, esto lo hace con el fin de poseer la verdad: para vivir de la verdad. Tal es la estructura del espíritu humano. El hambre de verdad constituye su aspiración y expresión fundamental.

Cristo dice: ¬ęConocer√©is la verdad, y la verdad os har√° libres¬Ľciertamente est√°n entre las m√°s importantes. Se refieren, en efecto, al hombre en su totalidad. Explican el fundamento sobre el que se edifican desde dentro, en la dimensi√≥n del esp√≠ritu humano, la dignidad y la grandeza propias del hombre. El conocimiento que libera al hombre no depende √ļnicamente de la instrucci√≥n, aunque sea universitaria; puede poseerlo tambi√©n un analfabeto; no obstante esto, la instrucci√≥n, como conocimiento sistem√°tico de la realidad, deber√≠a servir a esta dignidad y grandeza. Por lo tanto, deber√≠a servir a la verdad.

El servicio a la verdad se realiza tambi√©n en el trabajo que ser√©is llamados a desarrollar una vez finalizado el programa de vuestra instrucci√≥n. Deb√©is adquirir en la escuela las capacidades intelectuales, t√©cnicas y pr√°cticas que os permitan ocupar √ļtilmente vuestro lugar en el gran taller del trabajo humano. Pero aun siendo verdad que la escuela debe preparar al trabajo, incluso al manual, es tambi√©n verdad que el trabajo es en s√≠ una escuela de grandes e importantes valores: posee tal elocuencia, que aporta una contribuci√≥n v√°lida a la cultura humana.

Sin embargo, en la relaci√≥n existente entre la instrucci√≥n y el trabajo que caracteriza a la sociedad actual, emergen problemas grav√≠simos de orden pr√°ctico. Me refiero en particular al problema del desempleo y, m√°s en general, a la falta de puestos de trabajo que acucia, de modos diversos, a las j√≥venes generaciones del mundo entero. Este problema --lo sab√©is bien-- conlleva otras preguntas que desde los a√Īos de la escuela proyectan una sombra de inseguridad sobre vuestro futuro. vosotros os pregunt√°is: ¬ŅTiene la sociedad necesidad de m√≠?, ¬Ņpodr√© encontrar un trabajo adecuado que me permita ser independiente, formarme una familia con unas condiciones dignas de vida y, ante todo, de tener mi propia casa? En una palabra: ¬ŅEs verdad que la sociedad espera mi aporte?

La gravedad de estos interrogantes me apremia a recordar tambi√©n en esta circunstancia a los gobernantes y a todos los responsables de la econom√≠a y del desarrollo de las naciones que el trabajo es un derecho del hombre y, por consiguiente, debe ser garantizado dedicando a ello los cuidados m√°s asiduos y poniendo en el centro de la pol√≠tica econ√≥mica la preocupaci√≥n por crear unas posibilidades adecuadas de trabajo para todos y principalmente para los j√≥venes, que con tanta frecuencia sufren hoy ante la plaga del desempleo. Todos estamos convencidos de que ¬ęel trabajo es un bien del hombre --es un bien de su humanidad-- porque mediante el trabajo el hombre no s√≥lo transforma la naturaleza adapt√°ndola a las propias necesidades, sino que se realiza a s√≠ mismo como hombre, es m√°s, en cierto sentido se hace m√°s hombre¬Ľ

La autoeducación y las amenazas

13. Lo que se refiere a la escuela como instituci√≥n y como ambiente comprende en s√≠, antes que nada, a la juventud. Pero podr√≠amos decir que la elocuencia de las palabras, antes mencionadas, de Cristo sobre la verdad, mira m√°s a√ļn a los j√≥venes mismos. En efecto, aunque no hay duda de que la familia educa y de que la escuela instruye y educa, al mismo tiempo, tanto la acci√≥n de la familia como de la escuela, quedar√° incompleta y podr√≠a incluso ser est√©ril, si cada uno y cada una de vosotros, j√≥venes, no emprende por s√≠ mismo la obra de la propia educaci√≥n. La educaci√≥n familiar y escolar deben procuraros s√≥lo algunos elementos para la obra de la autoeducaci√≥n.

En este campo las palabras de Cristo: ¬ęConocer√©is la verdad y la verdad os har√° libres¬Ľ vienen a ser un programa esencial. Los j√≥venes --si nos podemos expresar as√≠-- tienen un cong√©nito "sentido de la verdad". Y la verdad debe servir para la libertad: los j√≥venes tienen tambi√©n un espont√°neo "deseo de libertad". ¬ŅQu√© significa ser libre? Significa saber usar la propia libertad en la verdad, ser "verdaderamente" libres. Ser verdaderamente libres no significa en modo alguno hacer todo aquello que me gusta o tengo ganas de hacer. La libertad contiene en s√≠ el criterio de la verdad, la disciplina de la verdad. Ser verdaderamente libres significa usar la propia libertad para lo que es un bien verdadero. Continuando, pues, hay que decir que ser verdaderamente libres significa ser hombre de conciencia recta, ser responsable, ser un hombre "para los dem√°s".

Todo esto constituye el n√ļcleo interior mismo de lo que llamamos educaci√≥n y, ante todo, de lo que llamamos autoeducaci√≥n. S√≠, autoeducaci√≥n. En efecto, una tal estructura interior, en la que "la verdad nos hace libres" no puede ser construida solamente "desde fuera". Cada uno ha de construirla "desde dentro"; edificarla con esfuerzo, con perseverancia y paciencia (lo cual no siempre es tan f√°cil para los j√≥venes). El Se√Īor Jes√ļs habla tambi√©n de esto cuando subraya que s√≥lo ¬ęcon la perseverancia¬Ľ podemos ¬ęsalvar nuestras almas¬Ľpropia alma": he aqu√≠ el fruto de la autoeducaci√≥n.

Todo esto implica un modo nuevo de ver la juventud. No se trata aqu√≠ ya del simple proyecto de vida que debe ser realizado en el futuro. √Čste se realiza ya en la fase de la juventud si nosotros, mediante el trabajo, la instrucci√≥n y especialmente mediante la autoeducaci√≥n, creamos la vida misma construyendo el fundamento del sucesivo desarrollo de nuestra personalidad. En este sentido se puede decir que "la juventud es la escultora que esculpe toda la vida" y la forma que ella confiere a la concreta humanidad de cada uno y de cada una de vosotros se consolida en toda la vida.

Si esto tiene un importante significado positivo, por desgracia puede tener tambi√©n un importante significado negativo. No pod√©is taparos los ojos ante las amenazas que os acechan durante el per√≠odo de la juventud. Tambi√©n ellas pueden dejar su se√Īal en toda la vida.

Quiero aludir, por ejemplo, la tentaci√≥n del criticismo exasperado que pretende discutir todo y revisar todo; o del escepticismo respecto de los valores tradicionales de donde f√°cilmente se puede desembocar en una especie de cinismo desaprensivo cuando se trata de afrontar los problemas del trabajo, de la carrera o del mismo matrimonio. Y, ¬Ņc√≥mo callar ante la tentaci√≥n que representa el difundirse --sobre todo en los pa√≠ses m√°s pr√≥speros-- de un mercado de la diversi√≥n que aparta de un compromiso serio en la vida y educa a la pasividad, al ego√≠smo y al aislamiento? Os amenaza, amad√≠simos j√≥venes, el mal uso de las t√©cnicas publicitarias, que estimula la inclinaci√≥n natural a eludir el esfuerzo, prometiendo la satisfacci√≥n inmediata de todo deseo, mientras que el consumismo, unido a ella, sugiere que el hombre busque realizarse a s√≠ mismo sobre todo en el disfrute de los bienes materiales. ¬°Cu√°ntos j√≥venes, conquistados por la fascinaci√≥n de enga√Īosos espejismos se abandonan a las fuerzas incontroladas de los instintos o se aventuran por caminos aparentemente ricos en promesas, pero en realidad privados de perspectivas aut√©nticamente humanas! Siento la necesidad de repetir aqu√≠ cuanto escrib√≠ en el Mensaje que a vosotros precisamente he dedicado para la Jornada mundial de la Paz: ¬ęAlgunos de vosotros pod√©is sentiros tentados a huir de vuestra responsabilidad; en los ilusorios mundos del alcohol y de la droga, en ef√≠meras relaciones sexuales sin compromiso matrimonial o familiar, en la indiferencia, el cinismo y hasta la violencia. Estad alertas contra el fraude de un mundo que quiere explotar o dirigir mal vuestra energ√≠a y ansiosa b√ļsqueda de felicidad y orientaci√≥n¬ĽOs escribo todo esto para expresar la viva preocupaci√≥n que siento por vosotros. S√≠, en efecto, deb√©is estar "siempre prontos para dar raz√≥n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere", entonces todo lo que amenaza esta esperanza debe suscitar preocupaci√≥n. Y a todos aquellos que con intenciones o ilusiones de signo vario intentan destruir vuestra juventud, no puedo menos de recordar las palabras de Cristo cuando habla del esc√°ndalo y de aquellos que lo provocan: ¬ęAy de aquel por quien vengan los esc√°ndalos. Mejor fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojaran al mar antes que escandalizar a uno de estos peque√Īos¬Ľ¬°Palabras severas! Particularmente graves en la boca de aquel que vino a revelar el amor. Pero quien lee atentamente estas palabras del Evangelio, debe sentir cu√°n profunda es la ant√≠tesis entre el bien y el mal, entre la juventud y el pecado. √Čl debe darse cuenta de modo a√ļn m√°s claro de la importancia que tiene a los ojos de Cristo la juventud de cada uno y cada una de vosotros. Ha sido precisamente el amor por los j√≥venes el que ha dictado estas severas y graves palabras. Ellas contienen como un eco lejano del coloquio evang√©lico de Cristo con el joven, al cual la presente Carta se refiere constantemente.

La juventud como "crecimiento"

14. Permitidme que termine esta parte de mis consideraciones recordando las palabras con las que el Evangelio habla de la juventud misma de Jes√ļs de Nazaret. √Čstas son breves, aunque abarcan el per√≠odo de treinta a√Īos transcurridos por √Čl en el hogar familiar, al lado de Mar√≠a y Jos√©, el carpintero. El Evangelista Lucas escribe: ¬ęJes√ļs crec√≠a (o progresaba) en sabidur√≠a y edad y gracia ante Dios y ante los hombres¬ĽAs√≠ pues, la juventud es un "crecimiento". A la luz de todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre este tema, tal palabra evang√©lica parece ser particularmente sint√©tica y sugestiva. El crecimiento "en edad" se refiere a la relaci√≥n natural del hombre con el tiempo; este crecimiento es como una etapa "ascendente" en el conjunto del pasar humano. A √©ste corresponde todo el desarrollo sicof√≠sico; es el crecimiento de todas las energ√≠as, por medio de las cuales se constituye la normal individualidad. Pero es necesario que a este proceso corresponda el crecimiento "en sabidur√≠a y en gracia".

A todos vosotros, queridos jóvenes amigos, deseo precisamente tal "crecimiento". Puede decirse que por medio de éste la juventud es precisamente la juventud. De este modo ella adquiere su característica propia e irrepetible. De este modo ella llega a cada uno y a cada una de vosotros, en la experiencia personal y a la vez comunitaria, como un valor especial. Y de manera parecida, ella se consolida también en la experiencia de los hombres adultos, que ya tienen la juventud detrás de sí, y que de la etapa "ascendente" van pasando a la "descendente" haciendo el balance global de la vida.

Conviene que la juventud sea un "crecimiento" que lleve consigo la acumulación gradual de todo lo que es verdadero, bueno y bello, incluso cuando ella esté unida "desde fuera" a los sufrimientos, a la pérdida de personas queridas y a toda la experiencia del mal, que incesantemente se hace sentir en el mundo en que vivimos.

Es necesario que la juventud sea un "crecimiento". Para ello es de enorme importancia el contacto con el mundo visible, con la naturaleza. Esta relaci√≥n nos enriquece durante la juventud de modo distinto al de la ciencia sobre el mundo "sacada de los libros". Nos enriquece de manera directa. Se podr√≠a decir que, permaneciendo en contacto con la naturaleza, nosotros asumimos en nuestra existencia humana el misterio mismo de la creaci√≥n, que se abre ante nosotros con inaudita riqueza y variedad de seres visibles, y al mismo tiempo invita constantemente hacia lo que est√° escondido, que es invisible. La sabidur√≠a --ya sea por boca de los libros inspirados, como por el testimonio de muchas mentes geniales-- parece poner en evidencia de diversos modos "la transparencia del mundo". Es bueno para el hombre leer en este libro admirable, que es el "libro de la naturaleza", abierto de par en par para cada uno de nosotros. Lo que una mente joven y un coraz√≥n joven leen en √©l parece estar sincronizado profundamente con la exhortaci√≥n a la Sabidur√≠a: ¬ęAdquiere la sabidur√≠a, compra la inteligencia... No la abandones y te guardar√°; √°mala y ella te custodiar√°¬ĽEl hombre actual, especialmente en el √°mbito de la civilizaci√≥n t√©cnica e industrial altamente desarrollada, ha llegado a ser en gran escala el explorador de la naturaleza , trat√°ndola no pocas veces de manera utilitaria, destruyendo as√≠ muchas de sus riquezas y atractivos y contaminando el ambiente natural de su existencia terrena. La naturaleza, en cambio, ha sido dada al hombre como objeto de admiraci√≥n y contemplaci√≥n, como un gran espejo del mundo. Se refleja en ella la alianza del Creador con su criatura, cuyo centro ya desde el principio se encuentra en el hombre, creado directamente "a imagen" de su Creador.

Por esto deseo también a vosotros, jóvenes, que vuestro crecimiento "en edad y sabiduría" tenga lugar mediante el contacto con la naturaleza. ¡Buscad tiempo para ello! ¡No lo escatiméis! Aceptad también la fatiga y el esfuerzo que este contacto supone a veces, especialmente cuando deseamos alcanzar objetivos particularmente importantes. Esta fatiga es creativa, y constituye a la vez el elemento de un sano descanso que es necesario, igual que el estudio y el trabajo.

Esta fatiga y este esfuerzo poseen también su calificación bíblica, especialmente en San Pablo, que compara toda la vida cristiana a una competición en el estadio deportivoA cada una y cada uno de vosotros son necesarios esta fatiga y este esfuerzo, en los que no sólo se templa el cuerpo, sino que el hombre entero prueba el gozo de dominarse y de superar los obstáculos y resistencias. Ciertamente, éste es uno de los elementos del "crecimiento" que caracteriza la juventud.

Os deseo, tambi√©n, que este "crecimiento" tenga lugar a trav√©s del contacto con las obras del hombre y, m√°s a√ļn, con los hombres vivos. ¬°Cu√°ntas son las obras que los hombres han realizado en la historia! ¬°Cu√°n grande es su riqueza y variedad! La juventud parece ser particularmente sensible a la verdad, al bien y a la belleza, que est√°n contenidas en las obras del hombre. Permaneciendo en contacto con ellas en el terreno de tantas culturas diversas, de tantas artes y ciencias, nosotros aprendemos la verdad sobre el hombre (expresada tan sugestivamente tambi√©n en el Salmo 8), la verdad que es capaz de formar y de profundizar la humanidad de cada uno de nosotros.

De manera particular, sin embargo, estudiamos al hombre teniendo relaciones con los hombres. Conviene que la juventud os permita crecer "en sabidur√≠a" mediante este contacto. √Čste es, en efecto, el tiempo en que se establecen nuevos contactos, compa√Ī√≠as y amistades, en un √°mbito m√°s amplio que el de la familia. Se abre el gran campo de la experiencia, que posee no s√≥lo una importancia cognoscitiva, sino al mismo tiempo educativa y √©tica. Toda esta experiencia de la juventud ser√° √ļtil, cuando produzca en cada uno y cada una de vosotros tambi√©n el sentido cr√≠tico y, ante todo, la capacidad de discernimiento en todo aquello que es humano. Feliz ser√° esta experiencia de la juventud, si gradualmente aprend√©is de ella aquella esencial verdad sobre el hombre --sobre cada hombre y sobre uno mismo--, la verdad que es sintetizada as√≠ en el insigne texto de la Constituci√≥n pastoral Gaudium et spes: ¬ęEl hombre, √ļnica criatura terrestre a la que Dios ha amado por s√≠ misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de s√≠ mismo a los dem√°s¬ĽAs√≠ aprendamos a conocer a los hombres para ser m√°s plenamente hombres mediante la capacidad de "darse", de ser hombre "para los dem√°s". Esta verdad sobre el hombre --esta antropolog√≠a-- encuentra su culmen inalcanzable en Jes√ļs de Nazaret. Por esto es tan importante tambi√©n su adolescencia, mientras ¬ęcrec√≠a en sabidur√≠a... y gracia ante Dios y ante los hombres¬Ľ.

Os deseo este "crecimiento" mediante el contacto con Dios. Puede ayudar para ello --indirectamente-- tambi√©n el contacto con la naturaleza y con los hombres; pero de modo directo ayuda en ello especialmente la oraci√≥n. ¬°Orad y aprended a orar! Abrid vuestros corazones y vuestras conciencias ante Aquel que os conoce mejor que vosotros mismos. ¬°Hablad con √Čl! Profundizad en la Palabra del Dios vivo, leyendo y meditando la Sagrada Escritura.

Estos son los m√©todos y medios para acercarse a Dios y tener contacto con √Čl. Recordad que se trata de una relaci√≥n rec√≠proca. Dios responde tambi√©n con la m√°s "gratuita entrega de S√≠ mismo", don que en el lenguaje b√≠blico se llama "gracia". ¬°Tratad de vivir en gracia de Dios!

Esto por lo que se refiere al tema del "crecimiento", del que escribo se√Īalando solamente los principales problemas; cada uno de ellos es susceptible de una discusi√≥n m√°s amplia. Espero que esto tenga lugar en los diversos ambientes juveniles y grupos, en los movimientos y en las organizaciones, que son tan numerosas en los distintos pa√≠ses y en cada continente, mientras cada uno es guiado por su propio m√©todo mismo de trabajo formativo y de apostolado. Estos organismos, con la participaci√≥n de los Pastores de la Iglesia, desean indicar a los j√≥venes el camino de aquel "crecimiento" que constituye, en cierto sentido, la definici√≥n evang√©lica de la juventud.

El gran desafío del futuro

15. La Iglesia mira a los j√≥venes; es m√°s, la Iglesia de manera especial se mira a s√≠ mira en los j√≥venes, en todos vosotros y a la vez en cada una y cada uno de vosotros. As√≠ ha sido desde el principio, desde los tiempos apost√≥licos. Las palabras de San Juan en su primera Carta pueden ser un singular testimonio: ¬ęOs escribo, j√≥venes, porque hab√©is vencido al maligno. Os he escrito a vosotros, hijos m√≠os, porque conoc√©is al Padre... Os he escrito, j√≥venes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros¬ĽLas palabras del Ap√≥stol se suman a la conversaci√≥n evang√©lica de Cristo con el joven, y resuenan con un eco potente de generaci√≥n en generaci√≥n.

En nuestra generaci√≥n, al final del segundo milenio despu√©s de Cristo, tambi√©n la Iglesia se mira a s√≠ misma en los j√≥venes. Y, ¬Ņc√≥mo se mira a s√≠ misma la Iglesia? Sea un testimonio particular de ello la ense√Īanza del Concilio Vaticano II. La Iglesia se ve a s√≠ misma como ¬ęun sacramento, o sea, signo e instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios y de la unidad de todo el g√©nero humano¬Ľuniversales. Se ve a s√≠ misma en el camino del ecumenismo, es decir, de la uni√≥n de todos los cristianos, por la que Cristo mismo or√≥ y que es de una urgencia indiscutible en nuestro tiempo. Se ve a s√≠ misma tambi√©n en el di√°logo con los seguidores de las religiones no cristianas y con todos los hombres de buena voluntad. Tal di√°logo es un di√°logo de salvaci√≥n, el cual debe favorecer tambi√©n la paz en el mundo y la justicia entre los hombres.

Vosotros, jóvenes, sois la esperanza de la Iglesia que precisamente de este modo se ve a sí misma y ve su misión en el mundo. Ella os habla de esta misión. Ello ha sido expresado en el reciente Mensaje del 1 de enero de 1985, para la celebración de la Jornada mundial de la Paz. Este Mensaje ha sido dirigido precisamente a vosotros con la convicción de que "el camino de la paz es a la vez el camino de los jóvenes" (La paz y los jóvenes caminan juntos). Esta convicción es una llamada y al mismo tiempo un compromiso; una vez más se trata de estar "siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere", sobre la esperanza que está unida a vosotros. Como veis, esta esperanza mira hacia cuestiones fundamentales y a la vez universales.

Todos viv√≠s cada d√≠a con vuestros seres queridos. Sin embargo, este c√≠rculo se ampl√≠a gradualmente. Un n√ļmero cada vez mayor de personas participa en vuestra vida, y vosotros mismos descubr√≠s los indicios de una comuni√≥n que os une a ellos. Casi siempre √©sta es una comunidad, de alguna manera diferenciada. Es diferenciada, como entreve√≠a y declaraba el Concilio Vaticano II en su Constituci√≥n dogm√°tica sobre la Iglesia y en la Constituci√≥n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Vuestra juventud se forma a veces en ambientes uniformes desde el punto de vista de las confesiones, a veces diferenciadas en lo religioso o incluso al l√≠mite entre fe y no creencia, ya sea bajo forma de agnosticismo o de ate√≠smo presentado de diversos modos.

Sin embargo, parece que ante algunos problemas estas m√ļltiples y diferenciadas comunidades de j√≥venes sienten, piensan y reaccionan de manera muy parecida. Por ejemplo, parece que los une a todos ellos una actitud similar ante el hecho de que centenares de miles de hombres viven en extrema miseria e incluso mueren de hambre, mientras simult√°neamente se emplean cifras vertiginosas en la producci√≥n de armas nucleares, cuyos arsenales ya en el momento presente son capaces de provocar la autodestrucci√≥n de la humanidad. Hay tambi√©n otras tensiones y amenazas parecidas, a escala hasta ahora desconocida en la historia de la humanidad. De esto se habla en el citado Mensaje de A√Īo Nuevo; por tanto, no repito tales problemas. Todos somos conscientes de que en el horizonte de la existencia de miles de millones de personas, que forman la familia humana de finales del segundo milenio despu√©s de Cristo, parece perfilarse la posibilidad de calamidades y de cat√°strofes de una magnitud verdaderamente apocal√≠ptica.

En tal situaci√≥n vosotros, j√≥venes, pod√©is preguntar justamente a las generaciones anteriores: ¬ŅPor qu√© se ha llegado a esto? ¬ŅPor qu√© se ha alcanzado tal grado de amenaza contra la humanidad en nuestro planeta? ¬ŅCu√°les son las causas de la injusticia que hiere nuestra vista? ¬ŅPor qu√© tantos mueren de hambre? ¬ŅPor qu√© tantos millones de pr√≥fugos en diversas fronteras? ¬ŅTantos casos en los que son vilipendiados los derechos elementales del hombre? ¬ŅTantas c√°rceles y campos de concentraci√≥n, tanta violencia sistem√°tica y muertes de personas inocentes, tantos maltratamientos al hombre y torturas, tantos tormentos inflingidos a los cuerpos humanos y a las conciencias humanas? En medio de todo esto encontramos tambi√©n hombres a√ļn j√≥venes, que tienen sobre la conciencia tantas v√≠ctimas inocentes, porque se les ha inculcado la convicci√≥n de que s√≥lo por este medio --el del terrorismo programado-- se puede mejorar el mundo. Vosotros una vez m√°s pregunt√°is: ¬ŅPor qu√©?

Vosotros, j√≥venes, pod√©is preguntaros todo esto, es m√°s, deb√©is hacerlo. Se trata, ciertamente, del mundo en que viv√≠s hoy, y en el que deber√©is vivir ma√Īana, cuando la generaci√≥n de edad m√°s madura habr√° pasado. Con raz√≥n, pues, pregunt√°is: ¬ŅPor qu√© un progreso tan grande de la humanidad --que no puede compararse con ninguna √©poca anterior de la historia-- en el campo de la ciencia y de la t√©cnica; por qu√© el progreso en el dominio de la materia por parte del hombre se dirige en tantos aspectos contra el hombre? Justamente pregunt√°is tambi√©n, aun con miedo interior: ¬ŅEs quiz√°s irreversible este estado de cosas? ¬ŅPuede ser cambiado? ¬ŅPodremos cambiarlo nosotros?

Vosotros preguntáis justamente esto. Sí, es ésta la pregunta fundamental en el ámbito de vuestra generación.

De este modo contin√ļa vuestro coloquio con Cristo, iniciado un d√≠a en el Evangelio. Aquel joven preguntaba: ¬ę¬ŅQu√© debo hacer para alcanzar la vida eterna?¬Ľ. Y vosotros pregunt√°is siguiendo la corriente de los tiempos en los que os encontr√°is por ser j√≥venes: ¬ŅQu√© debemos hacer para que la vida --la vida floreciente de la humanidad-- no se transforme en el cementerio de la muerte nuclear? ¬ŅQu√© debemos hacer para que no domine sobre nosotros el pecado de la injusticia universal, el pecado del desprecio del hombre y el vilipendio de su dignidad, a pesar de tantas declaraciones que confirman todos sus derechos? ¬ŅQu√© debemos hacer? Y a√ļn m√°s: ¬ŅSabremos hacerlo?

Cristo responde, al igual que respond√≠a a los j√≥venes de la primera generaci√≥n de la Iglesia, con las palabras del Ap√≥stol: ¬ęOs escribo, j√≥venes, porque hab√©is vencido al maligno. Os he escrito a vosotros, hijos m√≠os, porque conoc√©is al Padre... Os he escrito, j√≥venes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros¬Ľdos mil a√Īos, son tambi√©n una respuesta para hoy. Expresan el sencillo y fuerte lenguaje de la fe, que lleva consigo la victoria contra el mal que hay en el mundo: ¬ę√Čsta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe¬Ľllenas de la experiencia apost√≥lica --y de las generaciones cristianas sucesivas-- de la cruz y de la resurrecci√≥n de Cristo. En esta experiencia se ratifica todo el Evangelio. Se ratifica, entre otras cosas, la verdad contenida en el coloquio de Cristo con el joven.

Detengámonos, pues --al final de la presente Carta-- en estas palabras apostólicas, que son a la vez una ratificación y un desafío para vosotros. Son también una respuesta.

Palpita en vosotros, en vuestros corazones j√≥venes, el deseo de una aut√©ntica hermandad entre los hombres, sin divisiones, contraposiciones o discriminaciones. ¬°S√≠! El deseo de una hermandad y de una m√ļltiple solidaridad lo llev√°is con vosotros, j√≥venes, y no dese√°is ciertamente la rec√≠proca lucha del hombre contra el hombre bajo forma alguna. Este deseo de hermandad --¬°el hombre es pr√≥jimo para el hombre! ¬°El hombre es hermano para el hombre!--, ¬Ņno atestigua quiz√°s el hecho de que "hab√©is conocido al Padre", como escribe el Ap√≥stol? Porque los hermanos est√°n s√≥lo donde hay un padre. Y s√≥lo donde est√° el Padre, los hombres son hermanos.

Si llev√°is, pues, en vosotros mismos el deseo de la hermandad, ello significa que "la Palabra de Dios permanece en vosotros". Permanece en vosotros la doctrina que Cristo ha tra√≠do y que justamente tiene el nombre de ¬ęBuena Nueva¬Ľ. Y permanece en vuestros labios, o al menos est√° grabada en vuestros corazones, la oraci√≥n del Se√Īor, que empieza con las palabras ¬ęPadrenuestro¬Ľ. La oraci√≥n que revela al Padre, ratifica al mismo tiempo que los hombres son hermanos; y se opone en todo su contenido a los programas construidos seg√ļn un principio de lucha del hombre contra el hombre de cualquier forma. La oraci√≥n del ¬ęPadrenuestro¬Ľ aleja los corazones humanos de la enemistad, del odio, de la violencia, del terrorismo, de la discriminaci√≥n, de las situaciones en que la dignidad humana y los derechos humanos son conculcados.

El Ap√≥stol escribe que vosotros, j√≥venes, sois fuertes con la doctrina divina, la doctrina que est√° contenida en el Evangelio de Cristo y se resume en la oraci√≥n del ¬ęPadrenuestro¬Ľ. ¬°S√≠! Sois fuertes con esta ense√Īanza divina, sois fuertes con esta oraci√≥n. Sois fuertes, porque ella infunde en vosotros el amor, la benevolencia, el respeto del hombre, de su vida, de su dignidad, de su conciencia, de sus convicciones y de sus derechos. Si "hab√©is conocido al Padre", sois fuertes con la fuerza de la hermandad humana.

Sois también fuertes en la lucha; no una lucha contra el hombre, en nombre de cualquier ideología o práctica alejada de las raíces mismas del Evangelio, sino fuertes en la lucha contra el mal, contra el verdadero mal; contra todo lo que ofende a Dios, contra toda injusticia y toda explotación, contra toda falsedad y mentira, contra todo lo que ofende y humilla, contra todo lo que profana la convivencia humana y las relaciones humanas, contra todo crimen que atenta a la vida: contra todo pecado.

El Ap√≥stol escribe: ¬°¬ęHab√©is vencido al maligno¬Ľ! Es as√≠. Conviene remontarse constantemente a las ra√≠ces del mal y del pecado en la historia de la humanidad y del universo, como Cristo se remont√≥ a estas mismas ra√≠ces en su misterio pascual de la cruz y de la resurrecci√≥n. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer art√≠fice del mal: al maligno. La t√°ctica que √©l usaba y usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por √©l desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre las clases y entre las naciones... para hacerse tambi√©n cada vez m√°s pecado "estructural", y dejarse identificar cada vez menos como pecado "personal". Por tanto, a fin de que el hombre se sienta en cierto sentido "liberado" del pecado y al mismo tiempo est√© cada vez m√°s sumido en √©l.

El Ap√≥stol dice: ¬ęJ√≥venes, sed fuertes¬Ľ; hace falta solamente que ¬ęla Palabra de Dios permanezca en vosotros¬Ľ. Entonces, sed fuertes. As√≠ podr√©is llegar a los mecanismos ocultos del mal, a sus ra√≠ces, y as√≠ conseguir√©is cambiar el mundo gradualmente, transformarlo, hacerlo m√°s humano, m√°s fraterno, y al mismo tiempo, m√°s seg√ļn Dios. En efecto, no se puede separar el mundo de Dios y contraponerlo a Dios en el coraz√≥n humano. Ni se puede separar al hombre de Dios y contraponerlo a Dios. Esto ser√≠a contra la naturaleza del mundo y contra la naturaleza del hombre, contra la verdad intr√≠nseca que constituye toda la realidad. Verdaderamente el coraz√≥n del hombre est√° inquieto, hasta que no descansa en Dios. Estas palabras del gran Agust√≠n nunca pierden su actualidad

Mensaje final

16. He aqu√≠ pues, j√≥venes amigos, que yo pongo en vuestras manos esta Carta, que se inspira en el coloquio evang√©lico de Cristo con el joven y nace del testimonio de los Ap√≥stoles y de las primeras generaciones cristianas. Os entrego esta Carta en el A√Īo de la Juventud, mientras nos estamos acercando al final del segundo milenio cristiano. Os la entrego en el a√Īo en que se conmemora el vig√©simo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que se llam√≥ a los j√≥venes ¬ęesperanza de la Iglesia¬Ľ y a los j√≥venes de entonces --igual que a los de hoy y de siempre-- dirigi√≥ su "√ļltimo Mensaje", en el que la Iglesia es presentada como la verdadera juventud del mundo, como la que ¬ęposee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse gratuitamente, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas¬Ľpuedo encontrarme con muchos de vosotros, peregrinos hasta esta plaza de San Pedro, en Roma. Precisamente este d√≠a el Obispo de Roma pide junto con vosotros por los j√≥venes de todo el mundo, por cada una y cada uno. Estamos rezando en la comunidad de la Iglesia, a fin de que --en la perspectiva de los tiempos dif√≠ciles en que vivimos-- est√©is "siempre prontos para dar raz√≥n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere". S√≠, precisamente vosotros, porque de vosotros depende el futuro, de vosotros depende el final de este milenio y el comienzo del nuevo. No permanezc√°is pues pasivos; asumid vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a vosotros en nuestro mundo. Por esta misma intenci√≥n rezar√°n junto con vosotros los obispos y los sacerdotes en los distintos lugares.

Y rezando as√≠ en la gran comunidad de los j√≥venes de toda la Iglesia y de todas las Iglesias tenemos ante nosotros a Mar√≠a, que acompa√Īa a Cristo en el comienzo de su misi√≥n entre los hombres. Es Mar√≠a, la de Can√° de Galilea, que intercede por los j√≥venes, por los reci√©n casados, cuando en el banquete de bodas falta el vino para los invitados. Entonces la Madre de Cristo dirige a los hombres, presentes all√≠ para servir durante el banquete, estas palabras: ¬ęHaced lo que √Čl os diga¬ĽCristo.

Yo repito estas palabras de la Madre de Dios y las dirijo a vosotros, j√≥venes, a cada uno y a cada una: ¬ęHaced lo que Cristo os diga¬Ľ. Y os bendigo en el nombre de la Trinidad Sant√≠sima. Am√©n.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de marzo, Domingo de Ramos "de Passione Domini", de 1985, VII a√Īo de mi pontificado.

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