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R.P. Federico Guillermo Faber, Belén o el Misterio de la Santa Infancia
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Belén o el Misterio de la Santa Infancia

R.P. Federico Guillermo Faber

AL R. P. WILLIAM ANTONY RUTCHINSON,

Sacerdote del Oratorio de Lóndres.

MI QUERIDO ANTONY:

Hace seis años creí muy natural publicar un prefacio á mi Progreso del alma, en la vida espiritual, bajo la forma de una carta que os dirigia á vos, cuyo afecto habia mezclado de una manera muy notable en la vida y la experiencia que aquel libro representaba: ahora tengo tambien mis razones para obrar del mismo modo con respecto á Belen.

En efecto, este nuevo libro, no sólo representa un pasado en el que vos habeis tenido siempre tanta parte, sino que recuerda, por permiso de Dios, relaciones., que si son ménos placenteras, son por lo mismo mucho más tiernas. La voluntad de Dios, que os ha separado y asignado probablemente por toda vuestra vida, el padecimiento y la resignación, como parte de vuestro trabajo en su viña, han defraudado muchas esperanzas y desconcertado planes que nos eran más queridos de lo que los extraños podrian comprender. Tengo la confianza de que ni vos ni yo nos hemos rebajado jamás, ni áun de pensamiento, contra sus decretos.

Vuestra peregrinacion á Oriente, así Dios lo ha querido, no os ha devuelto la salud que habeis perdido en su servicio, y que tengo derecho para decirlo, es de más precio para mí que para vos. No le plugo tampoco concederos la fuerza necesaria para escribir vuestro viaje, para ventaja de su Iglesia y gloria de su Verbo. Pero una gran parte de este libro os pertenece, os debe todo cuanto las escenas que describen tienen de exacto y de pintoresco y adquiere para mí una especie de triste valor cuando pienso que es, con todas sus imperfecciones, el único recuerdo de vuestra laboriosa visita á los Santos Lugares.

Además., en donde las descripciones ofrecen algunas semejanzas con los lagos de la Clyde y las montañas de Argyle, me es muy dulce el recordar que esas imágenes nos son comunes á los dos; porque después de vuestra prolongada ausencia, en el halagüeño y hospitalario retiro de Ardencaple, nos hemos reunido por primera vez.

Las diferentes maneras de dividir ó de mirar la vida de Nuestro Señor os han interesado siempre particularmente, y habeis consagrado á ellas estudios muy serios. Me habeis enviado de la Tierra Santa una narracion y un plano arreglado á la topografía de la Palestina, el Egipto y el desierto, y me halagaba la esperanza de que pudierais llevarle á cabo. Voy á deciros ahora lo que me propongo en este libro.

Los misterios de los treinta y tres años de Nuestro Señor pueden tratarse de dediferentes maneras. Podemos considerarlos cada uno á parte tal como es en sí mismo, lleno de gracia y de Hermosura en su fisonomía propia y completamente distinto de los demás. En segundo lugar, podemos clasificarlos y dividirlos, por ejemplo, en gozosos, dolorosos y gloriosos, dando á cada clase su carácter especial y en la unidad de cada uno de ellos, conservando á cada misterio su individualidad propia. ó bien, en tercer lugar, podemos considerarlos como grupos ó constelaciones de las que cada uno forma una unidad como la Infancia, la Vida oculta, el Ministerio público, la Pasion y la Vida resucitada, ó los cuarenta dias. Cada una de esas constelaciones tiene una unidad más perfecta que las divisiones de los misterios segun sus caractéres gozosos, dolorosos y gloriosos, y al mismo tiempo, los misterios separados de que se compone la unidad, tienen una variedad más grande. En cuarto lugar, podemos aprender mucho haciendo abstraccion de los misterios separados, para no considerar más que las analogías ó los contrastes de las cinco constelaciones entre sí. Es muy difícil decidir qué analogías ó qué diferencias son las que pueden suministrar más datos á la teología y á la devocion.

El tratado siguiente es un ensayo del tercer método de tratar la vida de Jesucristo, combinada con el cuarto, cuando la materia lo sugería. En mi espíritu, y probablemente por una costumbre poética de localizar las cosas, designo mis cinco constelaciones de misterios con los nombres de Belen, Nazareth, Galilea, Calvario y Genezareth, denominaciones que tal vez no tienen más que una exactitud aproximativa, pero que son suficientes para mi designio.

Debo advertiros también, y por ese medio á mis lectores que en el tratado hay partes susceptibles de una interpretacion falsa, si no se leyese el conjunto. Bajo todos los demás conceptos, él mismo se explicará, y lo confío á vuestra indulgencia y á la del público, rogando á Nuestro Señor, si lo tiene por conveniente, que le acompañe con su gracia para que inflame y haga arder las llamas de Navidad en los corazones sencillos, como los de los niños.

No puedo concluir sin decir que experimento cierta repugnancia en publicar mi libro en este momento. La Iglesia se halla sumida en profunda afliccion, y la devocion á la Iglesia en ninguna parte debe ser una pasion más absorbente que en los corazones de los hijos de San Felipe Neri. El Vicario de Jesucristo se encuentra en la mayor desolacion, y áun cuando no deje de tener ejemplo en los anales de la Iglesia, no por eso aflige ménos á sus hijos. Los que han hecho voto de una sumision especial, al Santo que la Iglesia ha canonizado como el Apóstol de Roma, no pueden dejar de tener despedazado el corazon, cuando el Santo Padre lleva tan evidentemente la corona de espinas. Este año, que á Dios gracias toca á su fin, ha tenido una buena parte de dolores, tanto interior como exteriormente, está sembrado de ruinas, como un mar embravecido y con los restos de los náufragos.

En estos tristes instantes será para vosotros, como para mí, y sin duda también para nuestros hermanos, una circunstancia santa y patética, él que estas líneas os hayan sido dirigidas desde aquí en la festividad de Santa Catalina, la mártir de Egipto y la Santa querida del Sinaí.

Vuestro siempre afectísimo, querido P. Antony,

FEDERICO GUILLERMO FABER.

Arundel Castle, fiesta de Santa Catalina, 1860.

Capítulo I El seno del Padre Eterno

Jesucristo era ayer, es hoy, y será en todos los siglos . Estas palabras del Apóstol expresan la más noble y la más deliciosa ocupacion de nuestra vida. Pensar siempre en Jesús, hablar siempre de Jesús, escribir siempre acerca de Jesús, ¿qué gozo puede haber semejante á éste en la tierra, cuando pensamos en todo lo que le debemos, y en la situacion él que nos encontramos con respecto á él? ¿Quién podria fatigarse?. El asunto adquiere cada vez mayores proporciones á nuestra vista; nos atrae. Es una ciencia cuyos atractivos se multiplican á medida que penetramos más en sus profundidades. Lo que debe formar nuestra ocupacion en la eternidad, gana cada vez más terreno, y se apodera dulcemente de la longitud y de la latitud del tiempo. La tierra se eleva hasta la altura del Cielo, cuando comenzamos á vivir y respirar en la atmósfera de la Encarnacion. Jesús produce el Cielo por donde quiera que se encuentra, ya sea en el Tabernáculo, ya en el corazon del que le recibe: como en otro tiempo, después de su muerte, se llevó consigo á los limbos la vision beatífica, y trasformó en el brillante explendor del Cielo la sombría y melancólica mansion de los patriarcas.

La contemplacion de sus grandezas no es solamente un gozo: es algo más que una dulce ocupacion. Opera una accion real en nuestras almas, una accion que la gracia de la perseverancia puede hacer inmortal. Eso es justamente lo que dijo Rigoleuc: «Basta mirar á Jesús y contemplar sus virtudes y sus perfecciones. Esa vista es capaz, por sí sola, de producir maravillosos efectos sobre el alma; del mismo modo que una simple mirada dirigida á la serpiente de Metal que Moisés habia elevado en el Desierto, bastaba para en. rar de la mordedura de las serpientes. Porque no se, lamente todo lo que hay en Jesús es santo, sino que es además santificador, y de naturaleza de imprimirse sobre las almas que se aplican á considerarle, si lo hacen con buenas disposiciones. Su humildad, nos hace humildes; su pureza, nos purifica; su pobreza, su paciencia, su dulzura y sus demás virtudes, se imprimen en los que las contemplan. Eso puede hacerse sin que por nuestra parte reflexionemos, sino simplemente y por el sólo hecho de que consideremos esas virtudes en Jesús, con aprecio, admiracion, respeto, amor y complacencia .» Que esa esperanza nos ánima hoy que nos aproximamos á Belen para estudiar los misterios de su santa infancia. El amor sucumbe bajo él peso de la dulce imposibilidad de comprender jamás la magestad de nuestro querido Salvador. En Belen veremos más de lo que podemos comprender, y lo que no podamos comprender, nos colmará de amor, y el amor es el que nos hace sabios en las vias de la salvacion.

Podemos considerar los misterios de los treinta y tres años de dos maneras. Podemos, ó examinar cada misterio separadamente, como nos ha sido revelado en los Evangelios, ó colocar los misterios en diferentes clases, representando cada una de ellas una division de la vida de Nuestro Señor. Así, Belen, Nazareth, la Galilea, el Calvario y Genesareth, serán su infancia, su vida oculta, su ministerio público, su pasion y su vida resucitada, y cada una de esas circunstancias representará muchos acontecimientos bajo un sólo título. Belen comprenderá las acciones y los padecimientos de doce años, y abrazará el Desierto, el Egipto, una mansion en Nazareth, y los misterios de que fué teatro Jerusalén. De ese modo, Nazareth representa diez y ocho aires, y la Galilea tres, miéntras que el Calvario no ocupa más que tres dias, y Genesareth cuarenta. Al mismo tiempo, los grupos de misterios representados por esos nombres, poseen cada uno una ciudad que lo es propia. De ahí procede el que podamos contemplarlos de dos maneras. Podemos, por ejemplo, estudiar la pasion, ó bien tomando alternativa y separadamente cada uno de los misterios que la componen para alimentar con ellos nuestra alma, ó bien podemos mirarla como un misterio único en realidad, completo en si mismo, y en cierto sentido indivisible, y considerar las diferentes acciones y padecimientos diversos que nos ofrece, como manifestaciones diferentes de su unidad.

De está última manera me propongo considerar la santa infancia de Nuestro Señor. Podemos mirar los doce primeros años como formando un misterio único con un carácter y un espíritu particular, muy distintos del carácter y del espíritu de su vida oculta, ó de su ministerio público. Los diversos misterios subordinados que contiene llevan todos el mismo sello, y todos son de la misma naturaleza. Belen es un asunto magnífico y lleno de atractivo, digno de la contemplacion exclusiva de una larga, vida. Tenemos que penetrar en el seno del Padre Eterno, y contemplar la generacion eterna del Verbo. El seno de María deberá ser Para nosotros, como lo era para él, «un palacio de marfil» lleno de inefables dulzuras. La gruta de Belen y los patios del templo de Sion, las arenas del desierto y las orillas verdegueantes del Nilo, los bazares de Heliópolis, y los retirados campos de Nazareth, los ángeles entonando cánticos en los aires, los pastores alternando en sus veladas, los tres reyes viajando guiados por la estrella, los gritos dolorosos de los inocentes, y los gemidos de sus inconsolables madres, María y José, Simeon y Ana, los aldeanos de Nazareth y los doctores de Jerusalen. Todos esos objetos, todas esas personas, deberán ocuparnos alternativamente como el teatro y como los actores de misterios encantadores, que nos aclaran las profundidades del carácter de Dios, y que conciernen de la manera más íntima á nosotros, y á nuestra propia salvacion.

La santa infancia es un mundo especial. No forma de hecho una creacion aparte, porque ninguna de las creciones de Dios está separada de las demás: no son más que las partes de un todo. Sin embargo, en el mundo de la santa infancia, hay la particularidad de que en ella se encuentra el origen de toda creacion. Es la morada de la predestinacion de Jesús, la tierra de sus eternos principios en la inteligencia de Dios: no comienza con la salutación angélica en Nazareth: se remonta á la eternidad. Comienza con los principios de Jesús , y desciende hasta el año duodécimo, segun su generacion temporal. El Niño de Belen reposa en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos, allí es la causa de toda creacion, á la par que el modelo. No podemos separar su infancia terrestre de sus principios celestiales, porque sin ellos sería inintelegible. Es una region magnífica que debe recorrerse. Las razones del Criador para tener una creacion, las preparaciones del Criador para su entrada en su propia creacion; la manera extraordinaria en que vino; la belleza espiritual, intelectual y artística de su conducta misteriosa; lo inmutable adaptándose á la condicion de una infancia débil, muda y mortal: tales son las maravillas que se agolpan en nuestro camino través del país divino que hoy nos arriesgamos á explorar. Cuanto más sencillamente tratemos esos objetos, más aprenderemos á conocerlos, y deberemos armarnos de mucha paciencia y atención en las dificultades, que no dejarán de presentarse. Por lo ménos, cuando hayamos llegado al fin de nuestra empresa, amaremos á Dios un grado más, y un nuevo grado de amor á Dios no seria demasiado caro áun cuando costase muchos martirios; con esa esperanza y esa conviccion vamos á comenzar.

Mas, ¿á quién acudiremos para que nos acompañe en nuestro viaje? ¿ Quién será para nosotros el doctor de la Santa Infancia? Sin duda alguna será San José, tan extrechamente unido al Niño Jesús, y tan querido a su Madre inmculada. Si ha habido algun santo penetrado del espíritu de Belen, seguramente ha sido él, Antes que comenzara las fatigas del ministerio público, antes que las sombras de la pasion comenzaron á condensarse en el horizonte, San José habia terminado su mision. Pertenecia á Belen y á Nazareth, y Dios le llamó á sí en el momento en que Nazareth tocaba á su fin. Reposaba en la dulce tranquilidad del seno de Abraham, cuando Jesús bebia su cáliz de dolores, y María llevaba de una á otra parte su corazon dilacerado á través de los numerosos misterios de aquellos tres años tan fecundos en acontecimientos. El espíritu de la Santa Infancia es en cierto modo toda su santificacion. Nadie puede hablarnos como él del corazon de la jóven Madre, y del corazon del Niño Divino. Asi, pues, deberemos suplicarle que venga con nosotros, que nos ayude en las oraciones que haremos para obtener la luz, y rodearnos de la atmósfera de su propio espíritu de dulzura y de meditacion: deberemos tambien recordar su presencia; aún cuando no hablemos de él, para que todos nuestros pensamientos y todas nuestras palabras estén impregnadas del suave perfume del alma de aquel gran Santo.

Cuando la alondra se remonta hácia el cielo para entonar el himno de la mañana, el ruido de los trabajadores, el bullicio de la tierra, los balidos de las ovejas, los mugidos de las vacas, el susurro de las aguas y el extremecimiento de las hojas van debilitándose á medida que el pájaro se eleva por los aires. El viento hace balancear las ramas de los árboles, pero su movimiento no produce para ella rumor alguno. La brisa de la mañana hace plegarse las plateada hojas del césped, bajo el cual se halla oculto su nido; de manera que toda la llanura se eleva y se baja, formando olas blancas y verdes semejantes á las del mar: pero todo eso no es más que un espectáculo silencioso. Ningun sonido llega hasta la avecilla, encerrada en aquella region de apacible luz, en donde desarrolla sus himnos gloriosos de los que no percibimos más que el preludio cuando emprende su vuelo, ó las últimas notas precipitadas, cuando abandonando su brillante retiro, desciende rápidamente hacia la tierra. Lo mismo nos sucede á nosotros en la oracion , cuando nos elevamos por encima de nuestras propias necesidades y de los gritos importunos de nuestras tentaciones; y olvidándonos de nosotros mismos, alzamos nuestro vuelo hácia el trono de Dios oculto en una luz inaccesible. Los ruidos de la tierra se desvanecen desde luego. Despues, el espectáculo silencioso que se agita delante de nosotros parece fijarse, perder todo movimiento y disminuir poco á poco. En seguida, se funde en una vision confusa apénas coloreada, y bien pronto se abate detrás de una niebla azulada, somejante á la tierra que se descubre imperfectamente desde el mar. Entónces parece abandonarnos la atraccion de la tierra, y nuestra alma se lanza hácia el cielo, como si, semejante al fuego, su centro estuviese en las regiones superiores, y no acá abajo. Hé ahí lo que debemos hacer hoy , porque tenemos que elevarnos hasta el seno del Padre Eterno.

San José se encuentra de rodillas junto al Niño en la gruta de Belen. Avancemos hasta acercarnos á él, arrodillémonos á su lado, y sigamos el curso de sus pensamientos. No hace más que una hora que ese Niño maravilloso ha venido al mundo, y ha regocijado los ojos de María con los inefables consuelos de su faz divina: no hace más que nueve meses que se encarnó en Nazareth, y sin embargo, sus principios no datan de Nazareth ni de Belen. Tenía ya la edad de años eternos cuando nació. El tiempo que habia ya atravesado tantos y tan largas edades, y que tal vez habia durado inmensas épocas seculares ántes de la creacion. del hombre, era más jóven un número infinito de siglos que el Niño de Belen. La creacion de los ángeles con la hermosura y la alegría de sus primeras gracias, la adoracion regular de sus jerarquías, su misteriosa prueba, la caida espantosa de una tercera parte de su número y el combate de Miguel con los rebeldes, nos aparecen confusamente entre las nieblas más lejanas de la historia del hombre. Sin embargo, el Niño de Belen es mucho más antiguo que todo eso. Y en realidad, en derredor suyo se ha agrupado toda la historia de los ángeles. Ha sido simultáneamente su Criador y el modelo con arreglo al cual han sido criados, la caida de los que sucumbieron, y la perseverancia de los que quedaron en pié. Más tarde, se dedicará á un ministerio de tres años en la Galilea, y entre las ciudades de Judá y de Benjamin; pero en realidad, toda la historia del mundo de los hombres, desde los tiempos del paraiso terrenal hasta el instante de la Inmaculada Concepcion, ha sido su ministerio. Predicó ántes del diluvio; derramó su bendicion sobre las tiendas de los patriarcas, distribuyó gracias, salvó almas, y operó milagros en el judaismo y en la gentilidad durante algunos millares de años. Pero en este momento, y segun el cómputo de los hombres, no tiene más que una hora.

Este planeta que habitamos ha sido creado para ser, en cierto modo, el jardin, el Eden de su encarnacion, y le ha adornado en su amor ántes que Adam, su primera imágen, fuese llamado á vivir en las frondosidades del Asia. Belen no era, pues, su primera morada. Es necesario que le busquemos una mansion eterna, si es en realidad más antiguo que los ángeles, primogénitos de todas las criaturas. La sombría bóveda del interior de la gruta, y la parte exterior iluminada por la claridad de la luna, no se asemejan al aspecto que nos ofrece su mansion eterna. Es el Verbo eterno: es la primera palabra que se ha pronunciado, y lo ha sido por Dios: y es igual en todas las cosas á aquel por quien ha sido proferida. Ha sido pronunciada desde toda eternidad, y no habia espacio dentro del cual pudiese ser pronunciada, ni sonido que acompañase al acto que la pronunciaba, y el Padre que la pronunció, ó más bien, que la pronunció, no existe anteriormente al Verbo, en la palabra que pronuncia. Esa persona divina, el Padre, que percibimos confusamente, es semejante a. un manantial de resplandeciente luz, del cual manan aguas increadas; porque ese manantial no es una fuente sin agua, y las aguas son tan antiguas como el manantial mismo. Del Padre dimana el Hijo, del Padre y de su Verbo procede el Espíritu Santo; y los tres son iguales entre sí, coeternos y consubstanciales. Sin embargo, el Padre es la primera Persona, y para él no hay ni superioridad ni prioridad. Es la fuente única de la divinidad, y en eso consiste Precisamente la gloria del manantial, y que los dos arroyuelos que brotan de él sean iguales en todo. En su adorable sublimidad es el asociado inseparable, y no enviado de las dos Personas divinas que han recibido una mision, y que se envian á sí mismas. Es él, es el Dios Padre,. que nos representamos sin figura en medio de esas llamas que no encierra ningun lugar. Es él, que distinguimos sin imágen, con los ojos iluminados de nuestra fe. Es el que contemplamos sin luz en las tinieblas de su deslumbradora magestad. Es el que con toda la extension de su inmensidad encerramos en las ternuras de nuestro amor respetuoso. Es el que en su inefable incomprensibilidad, comprendemos con fruicion, en el conocimiento que nos ha dado de ser sus hijos. Es su seno abismo de inagotable hermosura, mansion de una paz inalterable, tesoro de la beatitud divina, que es la morada del Niño de Belen, y el único lugar en donde ha tenido nacimiento.

En ese seno nació la Persona divina, que es el Niño de Belen la Persona que jamás ha comenzado á nacer y que nunca ha cesado de nacer. Jamás el Padre ha existido sin el Hijo. ¡No engendrado y eternamente engendrado!... ¿Cómo reconocer la distincion entre esas dos cosas como no sea por la fe? La fe, ó la vision, que es en la otra vida el complemento de la fe. Del mismo modo que jamás ha habido un momento en que el Hijo no habia todavía nacido ,asi tambien jamás podrá haberle en que cese de nacer. En la eternidad, y no en el tiempo, se produce su inexplicable generacion. Procede del Padre por vía de generacion: procede de la inteligencia del Padre: es la inteligencia que el Padre tiene de sí mismo, ó más bien, es producido por ella: es la expresion de todas las perfecciones del Padre. No sólo es la. semejanza del Padre, es algo más. Le es consubstancial. Sin embargo, no es idéntico con el Padre, porque forma una persona distinta. El Padre se conoce, y por ese conocimiento de sí mismo, el Hijo nace entre los explendores de la santidad increada, en medio del jubilo inefable de todas las perfecciones divinas. Así, la generacion del Hijo no es un misterio cumplido y pasado. No es un acontecimiento producido en época muy remota, ántes de la existencia del tiempo. Lo que es eterno debe irse continuando siempre. Sólo lo que ha de concluir debe haber tenido principio. Debemos, pues, tener presente en nuestro espíritu que el Hijo, igual y coeterno con el Padre, es continuamente engendrado en el seno de su Padre, lo mismo en el momento presente que desde toda eternidad: no ha habido un instante en que no haya sido engendrado, no hay ninguno en que no lo sea; y no hay sitio alguno en toda la extension de la omnipresencia divina, en donde su generacion eterna no se continúe sin cesar, tanto cerca y léjos de nosotros, como en las regiones del espacio, y como en nuestro interior, en los silenciosos pliegues de nuestras almas. Sin embargo, en ninguna parte es interrumpido el silencio por esa prodigiosa palabra del Padre. El Verbo, presente en todas partes, no produce ni áun una vibracion en el aire; cuando se escapa con el poder irresistible de su divinidad, no se oye el ruido de su omnipotencia. Su luz, que ilumina todas las cosas, brilla á través de la calma de la noche, y las tinieblas permanecen silenciosas y apacibles, como el plumaje del pájaro sumergido en el sueño. ¿ Cómo podemos encontrar reposo en ninguna parte, cuando hemos perdido de vista, cuando ya no nos es posible oir esa palabra del Padre? ¡Mirad cómo los espíritus angélicos, cómo las almas de los bienaventurados se agrupan noche y dia para ser testigos de esa palabra eterna, para bañarse en su luz beatífica, y para ser trasportadas y extasidas por su espiritual armonía!... Tal es el verdadero nacimiento del Niño de Belen, por siempre más antiguo que la colina en donde se halla situada la aldea de ese nombre, por siempre más jóven que la flor de la violeta que ha aparecido esta mañana en la extensa pradera en donde reposaban los rebaños, cuando los ángeles cantaban en lo más alto de los cielos.

Es imposible expresar la beatitud de la vida dentro del seno del Padre porque al mismo tiempo que el Padre pronuncia por siempre su Verbo eterno, él y el Verbo producen por siempre tambien, por vía de aspiracion, al Espíritu Santo, la llama increada de su amor mutuo y de su júbilo sin fin; el Espíritu Santo, Persona distinta del Padre y del Hijo, y sin embargo, el lazo que las une, por decirlo así, igual á los dos, coeterno con ellos, el término de Dios y el límite de lo ilimitable. ¿Quién puede pensar en semejante santuario sin temblar por un exceso de amor? ¿Quién puede fijar su mirada en él durante la oracion sin temblar; por un exceso de temor, de que lleguemos á perder su vision sin fin?. En esas apartadas profundidades de una incalculable eternidad, permanecia el Niño de Belen, ántes que se dignase tomar visiblemente posesion de la gruta de Belen. Allí es en donde debemos buscar sus principios, que jamás han comenzado; de allí debemos datar la genealogía del Eterno, que no tiene antepasados; á la luz de esas tinieblas debemos examinar á Belen y Nazareth, el Egipto y el desierto; y debemos aprender los misterios de esa infancia mortal del Verbo eterno.

¿Qué especie de vida hacía el Verbo en el seno del Padre? Era una vida con ausencia de toda criatura, porque entónces no existia criatura alguna sino en los designios y en los decretos de la inteligencia divina, y en los recursos ínagotables de la sabiduría divina.

Era una vida de complacencia infinita: Dios reposaba en sí mismo. En sí mismo encontraba su satisfaccion, su infinidad. La inmensidad de sus perfecciones se extendia delante de él, y las atravesaba, por decirlo así, con su inteligencia, por siempre bendita. Conocerse infinito por medio de su conocimientó infinito, era para él ser infinitamente dichoso.

La vida en el seno del Padre era tambien una vida de amor, pero un amor que no es permitido concebir á nuestra inteligencia limitada. ¿Quién podría formarse jamás una idea del amor del Padre y del Hijo? ¿Quién podrá ver en la profundidad de su inteligencia, áun en sus pensamientos más recónditos, que son demasiado profundos para poder ser expresados con palabras, cómo procede ese amor del uno y del otro? Es la procesion de un fuego increado, la agitacion de las olas de un Océano increado, que esparciéndose por defuera del Padre y del Hijo, permanecen, sin embargo, dentro del seno de la Divinidad. Es un júbilo que nadie está destinado á oir; el resonar silencioso de una felicidad eterna que choca contra una ribera inmaterial. ¿Y debemos ser admitidos un dia á la vista y al goce de esa vida divina? Es el mismo fin para que hemos sido criados. Hay más, en cierto sentido; hemos sido, como vamos á ver, una parte de esa vida de Dios. Hemos sido conocidos y amados hasta en esas regiones eternas, en esas regiones sin límites de existencia increada, ántes del nacimiento del tiempo; y nuestro verdadero destino es entrar en el gozo de esa vida triunfante, ver á Dios como es y vivir en union sin fin con él. Nuestra felicidad es, apénas podemos creerlo, el ser admitidos á añadir un rayo más á la gloria exterior de esa magestad bendita. Podemos ser un destello más de luz en derredor de la inmensidad de su trono, y un nuevo reflejo del resplandor deslumbrador de la corona de gloria que se digna llevar. Sea cual fuere la infinidad de nuestra pequeñez, podemos, y eso es para nosotros el gozo de los gozos, podemos ser un nuevo objeto sobre el cual se ejerza su absoluta soberanía. Somos bastante grandes para recibir la luz de su justicia1 y presentar un espacio sobre el cual puedan caer sus rayos. Su misericordia puede refiejarse de una manera admirable, áun sobre la debilidad de nuestras almas tan pequeñas. Podemos reposar sobre la ribera de esta vida triunfante, proyectar algunos rayos, y dejar escapar un dulce murmullo, miéntras que sus brillantes ondas pasan por siempre sobre nosotros. ¡Oh magnífico destino de los hombres! ¡Qué feliz es nuestra vida presente! ¿ Y cuánto más lo es nuestra vida futura? ¡Qué dichosa es nuestra adoracion, qué dichoso es el temor con que cumplimos la obra de nuestra salvacion que nos promete una recompensa tan magnífica y tan divina!

Tal era la vida sin criaturas que el Verbo eterno llevaba en el seno de su padre; habia tenido lugar con falta de criaturas, y sin embargo existian séres creados.

¿Cuál era, pues, el primer aspecto bajo el que aparecia la creacion en la inteligencia divina, si podemos emplear la palabra «primero» con respecto á lo que era eterno? Puede por lo ménos haber habido prioridad de órden, áun cuando lo hubiera prioridad de tiempo. Hay precedencia en los decretos hasta en donde no hay sucesion.

La primera mira de la creacion, tal como estaba en la inteligencia de Dios, fué la de una naturaleza creada unida á la naturaleza increada en la persona divina. O en otros términos, el primer aspecto bajo el cual se mostró la creacion, fué el aspecto del Niño de Belen. El primer paso fuera de Dios, el primer punto de partida de la creacion, es la naturaleza creada unida á una persona divina. Por eso, por decirlo asi, se efectuó el paso del Criador á las criaturas. Tal ha sido el punto de enlace, la union de lo finito con lo infinito, la criatura mezclada de una manera no confusa con el Criador. Esa primogénita de todas las criaturas, esa santa humanidad , no era solamente la primera de las criaturas, sino que era tambien la causa de todas las demás. Era la primera, y á ella se referian todas las demás. Todas se agrupan en derredor de ella, están en relacion con ella, sacan de ella su significacion, y además están formadas por su modelo. Su predestinacion es la fuente de todas las demás predestinaciones. La significación de la creacion entera, lo mismo que los destinos de las criaturas tomadas separadamente, están estrechamente enlazados con esa naturaleza creada, unida á una persona divina. Es la cabeza de la creacion angélica, de la creacion humana y de todos los demás creadores, sean cuales fueren, que jamás puedan existir. Ocupa una posicion universal, que une todas las creaciones á Dios.

La naturaleza creada , predestinada para unirse al Verbo, reposaba eternamente en el vasto seno del Padre. Era una naturaleza escogida desde toda eternidad con una predileccion marcada y llena de significacion. Era la primera de las criaturas. Ella es. el que en la naturaleza que ha tomado llamamos Jesús. Todos los ángeles, todos los hombres, todos los animales y toda la materia, han existido por causa suya y por él. Él es la única razon de ser de todas las cosas creadas, su única explicacion, la única regla y la única medida de todas las obras exteriores de Dios. A la luz de esa predestinacion de Jesús, debemos considerar toda vida, toda ciencia, toda historia, todas las grandezas de los ángeles, todos los destinos de los hombres, toda la geografia tan variada de ese jardin grandioso sembrado de estrellas que se eleva sobre nuestras cabezas, y todas las posibilidades problemáticas del espacio poblado de mundos. Nuestra propia vida tan pequeña , nuestro planeta con su estrecha órbita, que se asemeja á la huella que el insecto deja sobre la hoja, aparecen en el dulce resplandor de la predestinacion de Jesús, como en una hermosa postura del sol: allí encuentran su suave significacion y las ve, casi infinitamente queridas de Dios: porque Dios las ha revestido con respecto á él, de una importancia que nos ofrece uno de los misterios más difíciles de comprender, porque es la prueba del amor más increible.

En fin, llegó un tiempo en que ese designio eterno de Dios debia tener efecto, y realizarse, como hablamos, nosotros criaturas actualmente fuera de su divina inteligencia. Por qué debia venir el Niño de Belen, por qué vino en tal época y no ántes, porqué tan pronto, y por qué tan tarde, no nos es posible decirlo. Se han formado muchas conjeturas respetuosas y legítimas, pero todas las pasamos en silencio, porque todas son muy inferiores á la grandeza del acontecimiento y á la sublimidad del decreto que procuran explicar. Pero el amor de Dios á sus criaturas condesciende con tanta frecuencia en tomar el aspecto de la impaciencia, que no nos sorprendemos cuando los teólogos nos dicen, segun nuestra manera humana de hablar, que el Verbo, en su impaciencia, apresuró el tiempo de su venida, atraido por los encantos de la pureza de María. iOh! ¿Cómo se asemeja siempre Dios á sí mismo?...¿Aguardando con paciencia durante tan largo tiempo, y luégo tan intranquilo y tan pronto en el último momento? ¿Pero la gracia no obra siempre así? Hay en sus operaciones más deliberadas una especie de repentinidad, que sólo es perceptible á un discernimiento espiritual. Así es como vienen las conversiones: así maduran las creaciones. Dios nos sorprende siempre de improviso, cuando tiene sobre nosotros proyectos de amor: miéntras que su justicia nos advierte con mucha anticipación, y no llega sino despues de ostensibles preparaciones, queriendo en cierto modo glorificarse, haciéndose sin cesar, acompasar de esos testimonios de misericordia.

Cuando meditamos sobre la vida del Verbo que debia tomar una naturaleza creada, nos la representamos como haciendo elecciones multiplicadas, en los momentos en que reposaba en el seno de su padre. Llevaba una vida de elecciones, y cada una de ellas era una prenda de afecto para nosotros, nos miraba de la manera más íntima, y no reposaba sino en sus perfecciones infinitas: todas sus elecciones eran eternas.

Su primera eleccion fué la de su naturaleza. Innumerables naturalezas razonables y posibles presentaba el campo de su inmensa sabiduría. Todas debian encerrar atractivos especiales y conveniencias particulares, porque eran ideas de su divina inteligencia. Habia que escoger entre aquellas naturalezas, y basar la eleccion en razones de una belleza infinita y de una sabiduría infalible. No nos atrevemos á atribuir á Dios una predileccion sin motivo, aunque no podamos explicarnos sus preferencias. Tenía especialmente que comparar, á no ser que la comparacion suponga, demasiado trabajo para una sabiduría infinita, la naturaleza de los ángeles y la naturaleza de los hombres, y tal vez tambien otras naturalezas razonables existentes. ¿Cuántas cosas dependían de esa eleccion?. Toda la historia de la Creacion deberá simplemente dimanar de ella. Los motivos parecen deber decidirle á tomar una naturaleza angélica. La naturaleza de los ángeles es mucho más elevada, y por consiguiente se acerca más á él: es mucho más bella, y por consiguiente más conveniente para él. Es puramente espiritual, y nos es fácil concebir que una Persona divina mirara con disgusto el contacto con la materia. La Iglesia le da las más expresivas gracias, porque no tuvo horror al seno virginal de su Madre Inmaculada. Si consideramos su compasion, recordaremos que los ángeles cayeron lo mismo que el hombre, y que la raza humana hubiera podido terminar en Adam y Eva, miéntras que una tercera parte de las multitudes angélicas habia caido ya en el abismo, ó caia actualmente á los ojos de la prevision infalible del Altísimo. Los ángeles tambien le aman más que los hombres. Parece que en realidad le aman más, y que además poseen mayor facultad de amarle. Sin embargo, parece que en la carne él ha amado á Juan más que Pedro, aunque éste le amaba más que Juan. Escogia la naturaleza humana más bien que la naturaleza angélica, y la escogió con la eleccion infalible de un Dios. Ciencias innumerables se hallan encerradas en las profundidades de esa eleccion: y sólo el conocimiento del carácter de Dios, que nos ha dado esa eleccion, puede permitirnos el formar algunas conjeturas en su favor, miéntras que de otro modo, segun nuestra manera de juzgar las cosas, todas las razones hubieran parecido serla contrarias. En esa eleccion de una naturaleza humana, habia un exceso de condescendencia que satisfacía más plenamente las perfecciones divinas . Por la bajeza á que desciende, el Verbo gana más de lo que podia tener como Dios, y parece que quiere hacernos comprender, que un grado más de humillacion no carece de importancia á sus ojos. Por esa eleccion ha penetrado más en su propia creacion, y se ha acercado más al límite de esa nada, que en cierto modo es la antípoda de Dios. Si pudiéramos imaginar un instante en que esa eleccion no estaba todavía hecha, pero en el que estaba á punto de hacerse, ¿cómo sentiríamos todos nuestros destinos temblar en la balanza?. Todo lo que nos hace soportable la vida, todo lo que dulcifica el pasado ó embellece el porvenir, toda la perspectiva de la vida sin fin que se abre ante nosotros, todo eso y otras cosas más que nos conciernen y que no conocemos, estaba encerrado en esa eleccion eterna de la naturaleza que la Persona del Verbo Eterno deberia tomar. Esa eleccion es el gubernalle, que todavía en este momento dirige nuestro tiempo y nuestra eternidad. Felices, más dichosos que todos los ángeles, somos en pertenecer á la familia, cuya naturaleza ha sido elegida por el Verbo eterno. Si, esa felicidad es una de las que hacen imposible la desgracia.

Al enumerar todas esas elecciones del Verbo en el seno del Padre, no olvidemos que del mismo modo que no habian tenido principio, así tambien no venian en un órden sucesivo. Mas como debemos citarlas con cierta série, las dispondremos como si se presentasen conforme al conocimiento que tenemos de las cosas.

Escogida ya la naturaleza, y siendo ésta la humana, la primera elecccion que hizo en seguida fué la de su alma bendita. Entre las almas de los hombres no hay quizá dos que se asemejen: los efectos de la gracia en las almas son tan variados como las producciones de los diferentes terrenos. La variedad de los santos es una de las variedades más gloriosas de la tierra. Así es que innumerables almas magníficas, capaces de la más alta santidad sobrenatural, radiantes en la plenitud de sus facultades naturales, revestidas con la hermosura moral de la más encantadora pureza se presentaban ante su vista, semejantes á globos luminosos en el sombrío abismo de la nada. Habia que hacer una eleccion entre todas las almas, posibles, y debia escoger una que pudiese ser bastante fuerte para permanecer en los ardores de la union hipostática, iluminar el cielo en lugar del sol y de la luna por su santidad creada, y contener un océano de gracia, que casi podríamos llamar. ¿De qué júbilo debió ir acompañada esa eleccion?... ¿Con qué inefable complacencia el Verbo eterno debia reposar, no sólo en la sabiduría de su eleccion, sino tambien en el Sér bendito que fué su precioso objeto?...

Eligió igualmente el cuerpo en que debia ser encarnado. La carne tan pura y la sangre preciosa que debian estar unidas á una Persona divina, y luégo permanecer para siempre en una adorable union con ella, era uno de los objetos dignos de su eleccion eterna. Escogió un cuerpo constituido de tal manera, que pudiera ser capaz de soportar las oleadas de gloria que queria derramar sobre él. Escogió un cuerpo, cuya extremada sensibilidad pudiese, en cierto modo, ayudar á las operaciones delicadas de esa hermosa alma, más bien que impedirlas. Escogió un cuerpo, cuyo magnífico tejido podia ofrecerle más tarde un instrumento de padecimiento, como jamás ha existido entre los inmensos recursos de la vida creada. El mismo delineó sus futuras facciones humanas. Era para él de toda eternidad un gozo el leer cuanto habia de amable en la variedad de su expresion. Su mirada centelleante, era una nueva elocuencia, que no dejaba de tener sinificacion para él en aquella profunda vida divina de la eternidad. Los acentos de su voz eran una armonía perpétua y silenciosa para su oido. Su semejanza con su Madre era uno de esos gozos eternos. Así, desde toda eternidad, el artista celestial dibujaba, pintaba, en la oscuridad del abismo increado, esa belleza de formas y de rasgos que debia extasiar á los ángeles y á los hombres en los transportes de un amor inmenso é invariable. ¿No encontraba él mismo sus delicias en su obra?.

Escogió tambien su Madre. Si reflexionamos en nuestro júbilo cuando pensamos en María, cuando meditamos sus amabilidades solbrenaturales, y cuando estudiamos la grandeza de sus dones, y la encantadora pureza de sus virtudes, tendremos una idea débil, una idea como nos es posible tenerla, de la dicha inefable que debió ser para el Verbo el escoger á María y crearla por la eleccion misma que hacía. Le era preciso elegir una Madre que pudiera serlo dignamente de un Dios, una Madre conveniente á ese misterio terrible de la union hipostática; una Madre preparada para suministrarle ese cuerpo maravilloso con la sangre de su propio corazon, y para ser ella misma durante unos meses el tabernáculo de aquella alma celestial. Todas las obras de Dios están bien proporcionadas. Cuando nombra para un oficio, su nombramiento está marcado con la más perfecta convincencia. Eleva la naturaleza al nivel de sus propios designios: la hace capaz de llenar los destinos más sobrenaturales, colmándola de las gracias más inconcebibles. No hubo nada accidental en la eleccion que hizo de María. No era solamente la más santa de las mujeres que vivian en la tierra en el momento en que habia decidido venir: no era solamente un instrumento preparado para la necesidad pasajera del instante, de que debia hacerse uso, y desechar en seguida, para dejarle confundido entre la muchedumbre, cuando ya no podia ser de utilidad. No obra Dios de esa manera: no es así como trata aún á los más pequeños entro sus elegidos. Todo cuanto nos ha revelado de si mismo hace semejante suposicion tan imposible, que seria poco respetuosa. No hay nada accidental ni de puro ornato en las obras del Altísimo. Sus operaciones no nos ofrecen ni superfluidades, ni accesorios puramente extrínsecos. Dios no hace solamente uso de sus criaturas: entran en sus designios, y forman parte integrante de ellos, y cada una de las partes de una obra divina forma una de las perfecciones de aquella obra. Es uno de los rasgos característicos de la operacion divina, el que no hay en ella nada que no sea una perfeccion especial. As¡ María se remonta á la fuente misma de la creacion. Fue la eleccion de Dios mismo, que la escogió para que fuese su Madre. Ha sido la puerta por la que el Criador ha entrado en su propia creacion. Le ha servido de una manera y para un fin como jamas criatura alguna ha podido hacerlo ni lo hará. ¿Cuánta, pues, debe haber sido su hermosura, cuánta su santidad, sus privilegios, su exaltacion?. Rebajar todo eso, es rebajar la sabiduría y la bondad de Dios. Cuando hemos dicho que María era la eleccion eterna del Verbo, hemos dicho todo lo que comprende la doctrina de la Iglesia en cuanto á ella, y todos los homenajes de los cristianos con respecto á ella. Cuando consideramos el deseo del Verbo de tomar una naturaleza creada, cuando examinamos la eleccion que hizo de una naturaleza humana, cuando reflexionamos en la eleccion más decidida de su alma y de su cuerpo, y añadimos á todas esas consideraciones el recuerdo de su inmenso amor, podemos ver hasta qué punto debe regocijarse su bondad con la eleccion de su Madre, sobre todo si recordamos que el tierno amor que la tenía debia ser una de sus principales gracias, y una de las más grandes de todas sus perfecciones humanas. Todas las criaturas posibles estaban delante de él: habia de escoger entre ellas la que debia aproximarse más, la que debia amarle y tener un derecho natural de amarle más que las demás, en fin, la que el deber lo mismo que la preferencia debian estimularla á amarle con el amor más intenso, y eligió á María. ¿Qué más podemos decir?. Llevó á cabo su idea, ó más bien, no sólo cumplió su idea, sino que ella misma era su idea, y la idea que tenía de ella ha sido la causa de su creacion. Todo lo que la teología nos enseña acerca de María, se apoya en esa eleccion eterna y eficaz que se hizo de ella en el seno del Padre.

A esa eleccion siguió la del sitio en que él y su Madre habian de habitar, de esa parte de la creacion material que debia ser el teatro de su union con una naturaleza creada, naturaleza que en parte debia ser tambien material. No parece que nuestra ignorancia pueda llegar ni áun á vislumbrar ninguna de las razones para la eleccion que hizo de la tierra.

Pero hay otra eleccion del Verbo que confunde nuestra ignorancia de la manera más completa. En el seno del Padre el Verbo eligió sus compañeros eternos, los elegidos entre los ángeles y entre los hombres. Sabemos que todos los ángeles y todos los hombres han sido criados por él y para ser sus compañeros. Sabemos que ha deseado que todos estén eternamente en él. Retrocedemos horrorizados ante la suposicion de que el permiso del mal habria sido comedido simplemente, para que de ahí pudiera tomar pretexto para perder eternamente multitudes de criaturas, que la fe nos enseña haber sido amada por él con el amor más intenso. No podemos decir por qué los ángeles y los hombres habian debido ser criados en una libertad, que no habian tenido necesidad de ese permiso para ser plena y entera. Estamos absolutamente seguros, segun lo que nos ha revelado de sí mismo, que ha habido razones de una bondad infinita para que fuese as¡; y que la libertad, en virtud de la cual los hombres pecan y merecen, convenía á los designios de su amor creador. Sabemos tambien, que el permiso del mal no era necesario para poner de manifiesto su justicia, por que ésta resalta más maravillosamente en la exaltacion de María, que en la condenacion de los pecadores. Sabemos además, que la eleccion que hizo de sus elegidos, no ha coartado su libertad, y sin embargo, ¡misterio incomprensible!...que ha sido una eleccion verdaderamente eficaz. "A los que conocia de antemano, los ha predestinado" .

No nos ha permitido acercarnos á la solucion de ese misterio. No era solamente una eleccion, era tambien una preesciencia ; no era solamente una preesciencia, era tambien una eleccion. No quiere permitirnos que contemplemos ese misterio de otro modo, que en la confianza esparcida en nuestras corazones por la virtud teologal de la esperanza, de que nosotros mismos estamos en el número de esos elegidos, cuya correspondencia á su gracia, y la participacion en su gloria, ha regocijado sus ojos desde toda eternidad.

No tendremos una idea exacta de la vida del Verbo en el seno del Padre, si no fijamos nuestras miradas en el gozo maravilloso que experimentó en escoger sus elegidos; y adoramos sin temor su júbilo, que sabemos debe haber reposado sobre un amor absolutamente sin límites: porque la justicia del que es infinitamente santo, es una justicia de que no pueden quejarse ni aun los mismos á quienes perjudican sus juicios.

Escogió tambien la gloria de que debia gozar su santa humanidad. Eligió para su cuerpo esa dignidad y ese explendor, que debia merecerle, durante sus treinta y tres años, desde el primer instante de su Concepcion hasta el momento de su muerte: y sus miradas se lijaron con complacencia en la gloria y la felicidad de que debia gozar aquella carne que habia de tomar de María, y que debia dar como alimento á las generaciones de los hombres en las realidades de la divina Eucaristía. Podernos suponer, que cuando previó su pasion, experimentó, si nos es permitido usar un lenguaje tan poco conveniente hablando de las cosas eternas, un aumento de ternura por aquel cuerpo, que debia ser el instrumento de los terribles padecimientos destinados á redimir el mundo.

Una eleccion más, y habremos terminado nuestra enumeracion de las nueve elecciones del Verbo. El pecado se habia presentado á sus miradas. Le veia en toda su plenitud, cómo jamás podremos verle nosotros, en todo el horror de su naturaleza, en toda la extension de su imperio, en su oposicion directa á Dios, y en el terrible juicio en que la justicia divina concluirá por destruirle un dia. El pecado estaba en frente de él, pero no se turbó su tranquilidad. Ni el más leve soplo de agitacion pasó rozando la apacible superficie de su felicidad: ni uno de sus decretos fué alterado. Todos continuaron circulando por sus inmutables canales de eterno amor. Pero surgió para él una nueva eleccion: la esfera de su justicia fué ampliada, y al mismo tiempo se multiplicaron los objetos de su amor. Añadió algo á las elecciones que ya habia hecho de su alma y de su cuerpo. Entónces el¡gió el poder de padecer, la facultad de experimentar el dolor, las vibraciones del temor sensible, la debilidad del asombro y las emociones de la cólera humana: escogió la pobreza, el desprecio, la muerte y la cruz. Por encima del brillante y glorioso destino de la madre de la humanidad impasible en que habia de venir, extendió una nube misteriosa de impenetrables dolores, y la grande Reina del cielo fué más enaltecida con su sombra. Trazó para sí mismo una vía de sangre para llegar á los corazones de sus criaturas pecadoras, de aquellas, por lo ménos, que tenian la misma naturaleza que se habia decidido á tomar. Desdeñó á la familia más antigua de los ángeles en su caida, mas no para dejarlos enteramente á un lado, porque han caido en la sima de su justicia y han sido abismados en ella para siempre. Ahora Belen y el Calvario se presentan al Verbo como los objetos de sus más vehementes deseos, que nos hemos atrevido á llamar una impaciencia divina. Pero no ha habido movimiento alguno en el seno del Padre: las pulsaciones de la vida divina no se han acelerado ni un sólo instante: nada se ha precipitado. Los decretos han continuado avanzando con su lentitud irresistible, semejantes á las enormes corrientes de ardiente lava que serpentean á lo largo de las faldas del Etna, sólo que estas corrientes eran creadoras y fecundantes de sabiduría y de amor. Sin embargo, en cada instante el Hijo era engendrado por el Padre; en cada instante, el Espíritu Santo era eternamente procedente del Padre y del Hijo. No se oia sonido alguno: nada se veia, ni allí habia tiempo que trascurriese: no habia laguna ni vacío, ni sima que pudiese ser algun dia el sitio del espacio. Solamente habia la vida, que ningun lugar contenía, aunque inmutable, y á la que no pueden alcanzar ni lo pasado ni lo futuro. Así estaba Dios en su eterna felicidad.

Tales eran las ocupaciones del Verbo en el seno del Padre: tal era la vida de esa persona sobre la que se ha fijado especialmente nuestra atencion, porque era la persona destinada á unirse a una naturaleza creada. Aquella vida era, en cuanto concierne á esa union, una vida de eleccion, y cada una de aquellas elecciones lo eran tanto del Padre y del Espíritu Santo como del Verbo mismo. Tal era su vida eterna en el seno del Padre, vida sin criaturas, y sin embargo, no podemos decir que no las hubiese, vida que no podemos percibir más que en sus límites extremos, en el lugar en que los decretos de la creacion reflejan sobre sus aguas. Era una vida sin criaturas, porque las criaturas no poseian todavía una existencia real. Y sin embargo, allí habia criaturas, porque existían en realidad en la inteligencia divina. Pareceria que nuestras miradas, dotadas de una virtud sobrenatural, se engolfan en una perspectiva sin fin: ancha en su abertura con toda la amplitud de la creacion, se eleva alejándose por una série maravillosa de grados jigantescos: los decretos de Dios, semejantes á estátuas de mármol, se alzan á cada lado en filas silenciosas, y sus figuras colosales reflejan la blancura deslumbradora de los, explendores eternos, y la vista va en disminucion y estrechándose hácia un punto único hasta que entra en Dios: y entónces la hermosa sencillez de la inmensa creacion, aparece visiblemente reposando en la predestinacion de Jesús, y la vemos brotar de la fuente central de la augusta Trinidad, verdadera emanacion de la vida divina, aunque se halle separada de ésta por una distancia infinita. Entónces llega la creacion real, y sin embargo Dios se encuentra sumido en su eterno reposo, aún cuando obra. El tiempo y el mundo pasan, y mucho más allá aparece la tranquilidad de Dios.

Jamás podrá igualar nada en magnificencia á la primera manifestacion exterior del Todo-Poderoso, cuando los ángeles surgieron de la nada en raudales de luz, más numerosos que los granos de arena del mar, semejantes á inmensos mundos de fuego revestidos todos de encantos trascendentes, y proyectando á lo léjos los rayos luminosos de sus magestuosas inteligencias. Sólo ese pensamiento basta para deslumbrarnos. Los ojos de nuestro espíritu sufren como heridos por el relámpago cuando nos representamos ese primer rayo, esa primera tempestad que estalla. en un instante al pié del trono inaccesible de Dios. Y en el mismo momento salen de la nada el pesado un¡verso de la materia, vasto campo expuesto al soplo fecundante de un calor inconmensurable, y el tegido apénas visible de los elementos más sencillos, tal vez de un elemento único, pero, que revestia millones de millones de formas, corria por el espacio, se condensaba y formaba mundos inmensos sin número, reunidos todos por los lazos de una atraccion invisible. Hasta en el caos habia una magnificencia que satisfacia á la gloria del Criador.

Entónces quizás vinieron las vastas épocas de la geología, ciclos y revoluciones de edades, que jamás han sido contadas , porque no habia nadie más que Dios para contarlas. Una vegetacion maravillosa cubria la tierra como una rica y magnífica alfombra. Animales prodigiosos llenaban de vida los mares y tomaban posesion de los continentes. Dios estaba tranquilo, y el tiempo y el mundo pasaban. Llegaron los dias de Adam, y trascurrieron como la vida antidiluviana con su extraño carácter. Vino el diluvio y cumplió su terrible mision, y los patriarcas alzaron sus tiendas en las llanuras de la Mesopotamia, hasta que el amor de Dios brilló en las colinas y los valles de la Siria. La salida del pueblo escogido del figurativo Egipto, el desierto , los reyes, la cautividad, el paganismo tan ampliamente esparcido, la inmaculada Concepcion, todos esos acontecimientos se sucedieron unos despues de otros, segun nuestra manera de hablar, pero en realidad, todos se hallaban simultáneamente presentes á la vista de Dios, y su vida tranquila continuaba. La Encarnacion se cumplió en Nazareth, y se manifestó en Belen. Comenzaron los hermosos siglos de la Iglesia católica, y terminarán en el valle del juicio. Cada una de las almas particulares aparecia ante Dios clara y separada, en un circulo aparte, hasta que todas vayan á reunirse al mismo valle del juicio. Entónces -esa familia de la creacion- se hallará reunida en su patria, en el seno del Padre por el Verbo, que ha permanecido en él desde toda eternidad, y eso por medio de su encarnacion. Todo eso iba pasando, y la vida de Dios seguia tranquila, inmóvil, inmutable.

El Padre, cuya eternidad no puede envejecer, reposa tranquilo, temible y rodeado de magnificencia en su apacible majestad. El Hijo está todavia en su seno, silenciosamente engendrado, en los encantadores resplandores de una generacion eterna. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, procediendo eternamente de uno y otro; vida distinta eterna, separada, y sin embargo, vida única y absolutamente la misma.

Pero en ese momento, en algun sitio de la creacion, el seno del Padre se ha mostrado á espíritus y á almas, de manera que pueden verle tal como es. Esa Operacion es un cambio de la vida antigua sin criaturas; pero ese cambio se halla completamente fuera de lo inmutable. Allí no hay ni tiempo, ni paso, ni sucesion. No hay épocas que puedan medirse en esa vida inmóvil, estacionaria, completa é inefablemente feliz. El progreso es la enfermedad radical de las criaturas. Sin embargo, la criatura llamada el tiempo ha rodeado al Eterno, al increado, con sus frutos más suaves, y cosechas seculares forman en derredor de él una corona de belleza creada y de santidad sobrenatural. Les muestra la vision de sí mismo en algun sitio del espacio. Multitudes radiantes de santos y de ángeles se mueven en sus rayos, semejantes á franjas destinadas a adornar las orillas de su régio manto, miéntras que otros, prosternados á sus piés, parecen formar un pavimento de oro, palpitando de luz en derredor de su trono. ¿Pero estamos seguros de que el cambio se ha efectuado completamente en lo exterior?. La fe no nos Permite dudarlo. Pues entónces es preciso que la fe se sobreponga al testimonio de nuestros ojos; porque, pareceria que habia habido. un cambio en lo interior. Bien léjos, en el centro de las llamas de la divinidad, en medio de esos destellos que fortalecen los espíritus y las almas de las criaturas, en lugar de perjudicarlas, parece que hay un niño humano, no un niño adoptivo que la misericordia divina habria arrancado á la necesidad, sino la propia idea eterna de Dios, realizada en el tiempo; la causa de toda creacion, la causa de todo lo que compone nuestra vida actual, excepto el mal, que tiene el permiso de adherirse á nosotros, como una niebla que nada puede disipar. Ese Niño es la idea y la causa de todas las cosas. Allí le ven los espíritus y las almas, le adoran y lo ofrecen el homenaje de la poderosa armonía de sus cantos extáticos. Sin embargo, la vida divina continúa aún con sus pulsaciones sin principio, sin sucesion y sin fin. El Hijo es todavía engendrado, el Espíritu Santo es todavía procedente, y el Padre es todavía la fuente no engendrada de la divinidad.

Sola, separada de los ángeles y de las almas por muchas leguas, como la tierra cuenta las distancias, cerca del trono se halla sentada una Madre Vírgen, una criatura que en otro tiempo fué nada, y que volveria á caer en la nada, si Dios no la llenase, no la sostuviese, no la fortaleciese con todo su poder, por decirlo así, con su esencia, con su presencia, con su poder, con su gracia y con su gloria. El Niño, en el seno del Padre, se asemeja á esa Madre creada, y tiene siempre la vista fija en ella, como si su seno pudiese atraerle y hacerle salir del Padre. Ella tambien lo considera siempre, como ha enseñado á San, Juan á considerarle «en el principio» en el seno del Padre. Esa es la vista irrevocable que María posee de su Hijo: es la vista que San Juan fija para siempre sobre su Maestro querido. El Verbo encargado ha reposado en idea, desde toda eternidad, en ese seno temible, y en este momento reposa en él con su encarnacion cumplida en el tiempo. ¡Es el Niño de Belen, Jesucristo, ayer y hoy y el mismo por siempre!...

Capítulo II En el seno de María

La encarnacion existe en el fondo de todas las ciencias y es su explicacion última: es la belleza secreta de todas las artes: es el complemento de todas las filosofías verdaderas: es el punto de partida de toda la historia, y á ella va á parar todo. En derredor de ella se agrupan los destinos de las naciones, y los de los individuos. Ella es la que purifica todas las felicidades, como glorifica todas las penas. Es la causa de todo lo que vemos y la prenda de todas nuestras esperanzas. Es el hecho grandioso que enlaza la vida á la inmortalidad, y cuando la inteligencia humana llega á perderle de vista, se extravía en medio de las tinieblas, y la luz de una vida divina no ilumina, sus pasos. Dichosos los países sobre los que todavía brilla el sol de la fe, y á los que la cruz del camino, las imágenes de la Madre Vírgen, el Angelus, repetido tres veces cada dia, y los monumentos del cementerio, lo recuerdan con frecuencia que su verdadera vida está encerrada toda entera en el misterio único de la encarnacion. Nosotros somos tambien felices al pensar que hay todavía semejantes comarcas, aunque no sean muchas, y su número disminuye diariamente: somos dichosos por el que es objeto de todo nuestro afecto, y recoge tambien abundante cosecha de fe y de amor.

Dios es incomprensible; cuando hablamos de él, apenas sabemos lo que decimos. La fe nos sirve á un tiempo mismo de pensamiento y de lengua. De la misma manera tambien, esos objetos creados , que se encuentran en los confines de su deslumbradora luz, aparecerá confusos por el exceso de su resplandor, y no es posible verlos sino confusamente y poco distintos ó marcados. De tal modo ha hecho entrar María en su propia luz, que, áun cuando sea una criatura como nosotros, hay en ella algo de inaccesible á nuestras miradas. En cierta medida, participa de la incomprensibilidad divina: nos es imposible mirar de frente al sol de medio dia: sus rayos abrasadores nos obligan á cerrar los ojos deslumbrados y doloridos. ¿Quién, pues, podria esperar el ver clara y distintamente una florecita flotando como un lirio sobre la superficie de esa fuente radiante, circuida por todas partes con sus ondas de fuego? Lo mismo sucede con María. Se remonta hasta el origen de la creacion casi hasta el lugar mismo en que brota en Dios: y reposa entre los rayos deslumbradores de los decretos primitivos de Dios, casi sin forma ni colorido para nuestros ojos ofuscados: sabemos únicamente que está allí, y que la luz divina la da un magnífico vestido. Cuanto más fijamos nuestras miradas en ella, más invisible se hace; pero al mismo tiempo son irresistibles los encantos que nos atraen hácia ella. Su personalidad parece casi perderse en la grandeza de sus relaciones con Dios, y nuestro amor á ella llega á ser más señalado, y nuestras relaciones con ella más sublimes y más dulces.

La vida del Verbo eterno en el seno de su Padre, era una vida maravillosa; nos fascina: apenas podemos cesar de hablar de ella. Y sin embargo, ¡misterio sublime !... busca todavía una morada creada. ¿Es acaso porque en su mansion eterna falta algo á su belleza y á su gozo? No podia faltarle nada en el seno del Padre. Dios no sería Dios sino se bastase á sí mismo. Con todo, en las profundidades de esa sabiduría sin fondo habia algo, que á nuestros ojos, parece ser una necesidad. Hay una apariencia de deseo por parte de aquel para quien no puede haber nada que desear, porque se basta plenamente á sí mismo. Ese deseo aparente de la Santísima Trinidad, llega á ser visible á nuestra fe en la persona del Verbo. Pareceria que Dios no podia contenerse en sí mismo, que sucumbia bajo la plenitud de su esencia y de su belleza, ó más bien que excedia á sus ilimitables dimensiones. Pareceria que le era preciso salir de sí mismo, llamar á sus criaturas de la nada, apoyarse en ellas y abrumarlas con su amor, y que sólo as¡ encontraría el reposo iAy! iCómo tiemblan las palabras, cómo se extravian, cómo pierden sus significaciones cuando se aventuran á tocar las cosas de Dios!... Es preciso que el amor de Dios se desborde: eso parece una necesidad, pero sin embargo hay siempre en Dios una libertad eternamente, medida, eternamente presente, gloriosa y tranquila.

El Verbo en el seno de Dios busca otra morada; una mansion creada. Parecerá que deja su morada increada, pero no la abandonará: parecerá que se ha dejado atraer fuera de su recinto, miéntras que en realidad continuará llenándole con sus delicias, como lo ha hecho siempre. Saldrá, pero no obstante se quedará. ¿A dónde, pues, irá? ¿Qué clase de morada convendrá á aquel que la tiene en el seno de su Padre, á aquel que creará esa morada y la llamará una felicidad de su existencia? Todas las cosas posibles se presentan á su vista como reunidas en un gran mapa: aparecen en una especie de perspectiva que las da el tiempo, y por medio de la cual pueden revestir el aspecto de la novedad. Su morada será suficientemente maravillosa, porque su sabiduría no tiene límite: será suficientemente gloriosa, porque no tiene limite su poder. Le será mucho más querida de cuanto podemos decir, y pensar, porque su amor no tiene término. Pero áun de esa manera, sólo una condescendencia infinita, puede permitirle encontrar algo conveniente para él en las cosas finitas. Con todo, su morada creada será una morada tal como el poder de un Dios, tal como la sabiduría de un Dios, y tal como el amor de un Dios, podrán escogerla entre todo lo que á un Dios le es posible realizar. ¿Quién, pues, podrá imaginar, sin haberle visto ántes, lo que esa perfeccion tres veces infinita de la Santísima Trinidad elegirá en los tesoros inagotables de sus posibilidades? ¿Quién, despues de haberlo visto, lo describirá de una manera conveniente? El Verbo glorioso, adorable y eterno, en el vasto espacio ofrecido á su libre eleccion, ha predestinado el seno de María para ser su mansion creada, y ha formado con un amor lleno de complacencia el corazon inmaculado que debia ocupar él mismo. iOh, María! iOh maravillosa criatura mística! iOh átomo resplandeciente casi perdido para nuestra vista en las elevadas luces de las fuentes sobrenaturales! ¿Quién podrá humillarse bastante delante de ti, y llorar con lágrimas ardientes, la imposibilidad de amarte convenientemente á ti, á quien el Verbo ha amado así desde toda eternidad?.

La Santísima Trinidad comienza á adornar la morada creada del Verbo, y en esa obra desplega todos los recursos creadores que la inspira el amor. Debia ser la cabeza de todas las criaturas puras, poseyendo una persona creada y una naturaleza creada, mientras que la naturaleza creada de su Hijo, unida á la persona increada, debia ser la cabeza absoluta de toda la creacion, uniendo en si misma á Dios y 'á la criatura sin privar al Verbo de una morada como lo habia sido el seno del Padre, realizada y perfecta en la unidad de naturaleza. Los materiales que el Verbo debia emplear para su naturaleza creada, debian haberle pertenecido realmente, de manera que la union entro el Verbo y ella, debia ser más misteriosa, más imponente de lo que las palabras pueden expresar. Cada una de las personas de la Santísima Trinidad la reclamaba como que la estaba unida por una relacion especial. Era la hija eternamente elegida por el Padre. Era la Madre del Hijo, porque para las realidades prodigiosas de su oficio la habia hecho salir de la nada. Era la esposa del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo habia sido prometido á su alma por la union más trascendente que puede producir el reino do la gracia, y él fué el que de su sangre purísima hizo esa carne inmaculada que el Verbo debia tomar, y á la que debia dar vida por la presencia de su alma humana. Así, estaba marcada con un carácter indeleble por cada una de las tres personas divinas. Era su idea eterna , la primera idea despues de la que ha sido la causa de todas las criaturas, la idea de Jesús: era necesaria; lo habian querido así para la realizacion de aquella grande idea, y vino ántes que ella en cuanto á la prioridad de tiempo, y en la apariencia en cuanto á la prioridad de oficio. Tal es la sencilla exposicion del lugar que María ocupa en los decretos de Dios; todo cuanto pudiéramos añadir seria muy poca cosa comparado con lo que hemos dicho para alabar a María, como para alabar á Dios, á quien se refiere el culto tributado á su Madre; lo mejor que podemos hacer es admirarla y amarla.

Ahora que el Verbo encarnado debia venir como redentor, era necesario que su Madre fuese redimida por él, por medio de una redencion enteramente especial, y que ningun otro debia compartir con ella. Por más hermosa que fuese en sí misma, por incalculables que fuesen sus méritos, no era ella la que habia merecido las gracias más grandes que la fueron concedidas, sino la Preciosa Sangre, que debia tomarse y formarse de la suya propia. El primer lirio que salió más blanco que la nieve de las ondas enrojecidas con la sangre de Jesús, ha sido la Inmaculada Concepcion; y cuando llegó el tiempo de la venida de María, la Inmaculada Concepcion fué la primera gracia, por medio de la cual las personas divinas comenzaron la obra magnífica de su ornamentacion.

El 8 de Diciembre, esos decretos primitivos de Dios, comenzaron á tener su cumplimiento real sobre la tierra. Cuando el alma y el cuerpo de María salieron de la nada á la voz de Dios, en el mismo instante las personas divinas entraron en su criatura escogida, y su primer contacto produjo la gracia de la Concepcion Inmaculada, que debia ser su regalo de bienvenida. Hija, madre y esposa, recibió de la Santísima Trinidad, en esa gracia única, ó en ese manantial de gracia, la única prenda que correspondía á su predestinacion grandiosa, á sus relaciones con las personas divinas, y á la dignidad de que debia gozar en el sistema de la creacion. El que la adornaba y la hacía imágen viva de la augusta Trinidad, era nada menos que un Dios. Para que fuese la Madre del Verbo y su morada creada, la Omnipotencia estaba tambien ocupada en adornarla. A los ojos de Dios, su hermosa alma y su gracioso cuerpo se habian deslizado, semejantes á estrellas por encima de los abismos de una eternidad sin criaturas, perfectamente marcados, entre las brillantes luces que, deslumbradoras y sin número habian brotado cuando la creacion angélica á través de la oscuridad del caos, y las largas épocas de la formacion del mundo, y en medio de la noche de cuatro mil años de extravío y de caida. ¿Cuál debia ser cuando ha venido, si debia venir de una manera digna de su real predestinacion, digna de los decretos que debia cumplir con tanta obediencia, y sin embargo con una obediencia tan voluntaria?.

Entre los regalos tan ricos y tan abundantes de que Dios la habia colmado cierto número de gracias se elevaron como montañas jigantescas á una grande altura sobre el nivel del encantador paisaje espiritual que los rodeaban. El uso de la razon, á contar desde el primer instante de su Concepcion Inmaculada, la permitia crecer en gracias y en méritos más allá de toda medida. Su ciencia infusa, que por lo mismo que era infusa, era independiente de los sentidos, hacia que su razon fuese capaz de obrar, áun durante el sueño, y sus méritos se acumulaban hasta cuando reposaba. Su perfecta exencion de la más ligera sombra de pecado venial, se elevaba sobre las inperfecciones de la criatura, tanto como la era posible á una santidad creada y finita. Su confirmacion en la gracia la hacia un ser celestial cuando todavía se hallaba sobre la tierra, y daba á su libertad y á sus méritos un carácter tan diferente de lo que puede haber del mismo género en nosotros, que por lo que concierne al pecado y á la gracia, nos vemos obligados á hacer una con excepcion con respecto á ella como con respecto á nuestro Salvador. Tal era la grandeza de las gracias de esa vida sobrenatural con que Dios revistió su existencia natural, que cual primer actor de amor que hizo, sus virtudes heróicas comenzaron mucho más allá del punto en donde se han detenido las de los mayores santos. Todo esto no es más que una ávida descripcion teológica de la morada creada de Verbo, tal como estaba cuando las personas divinas la revistieron y adornaron en el momento en que salia cle la nada. iQué santidad tan hermosa, tan magnífica, tan encantadora!. Trascurrieron quince años, enriquecidos con esas gracias inmensas, colosales, llenas de vitalidad, y traian sin cesar nuevas gracias y nuevas correspondencias á la gracia, que evocaban á su vez de los abismos del Verbo, todavía gracias nuevas y méritos multiplicados sobre los méritos, de tal manera, que una hilera de números que pudiera dar la vuelta al circuito de la tierra, no podria contener su suma. Parece que durante ese intervalo, los tesoros de gracia de que María fué colmada, se aproximaron a lo infinito, en cuanto eso es posible á un objeto finito y que su santidad y su pureza han llegado á un grado tal de hermosura, que sus atractivos se hicieron sensibles hasta el mismo Verbo eterno; y él, cediendo á su poderosa súplica, anticipó el tiempo y se apresuró con un deseo inesplicable á tomar posesion de su morada creada. Hé ahí lo que la teología quiere decir cuando enseña que María mereció que se anticipase la época de la Encarnacion.

Sin embargo, seria hacer mal uso de la magnificencia de María, ó más bien sería demostrar que no lo hemos comprendido enteramente, si no nos sirviésemos de ella para aprender á conocer á Dios y acercarnos á él. ¿Qué habia en ella para atraer de esa manera á Dios? ¿Qué es lo que ha hecho salir al Verbo del seno del Padre, para venir á su seno con un poder tan misterioso?. Pareceria que seguia la sombra de su propia belleza. Era porque las delicias de la Santísima Trinidad estaban reproducidas allí de la manera más fiel. Todo, en María, perteneció al Verbo. Buscaba todo lo que la pertenecía, la atraia todo lo que la pertenecia. Amaba su propia sabiduría cuando la amaba tan tiernamente. La vida natural de María era su propia idea: su hermosura, una chispa de su ciencia, y su nacimiento un acto sin esfuerzo de su omnipotente voluntad. Todas las gracias de que estaba colmada venian de él; no tenia nada que no hubiese recibido. Como la luna, todos sus encantos procedian de una luz prestada, y esa luz templaba y embellecia hasta en ella una multitud de cráteres, de imperfecciones finitas, que se hubieran abierto negros y lúgubres si el resplandor infinito del sol no hubiese caido sobre ella en toda su plenitud, y no hubiese revestido de belleza, y casi diria de luz, hasta las sombras que presentan sus asperezas. Todo cuanto hay en ella más grande no es más que un pálido reflejo de las perfecciones divinas. Su inmensa santidad no es ni áun una gota de recio de la santidad increada, que un hermoso lirio hubiera recibido en su nevado cáliz, y que expondría temblando á los primeros rayos del sol. Con respecto á María, el disco luminoso no desidirá jamás: siempre permanecerá vertical por encima de ella. Pero nosotros recibiremos un rayo de gloria, como un nuevo sentido que fortalecerá nuestro corazon, entraremos en las llamas que la revisten, y la veremos clara y distintamente en toda su magnificencia reposando en el centro de los explendores de Dios. Entónces nos parecerá millares de veces más grande y mas hermosa, y sin embargo, con relacion á la grandeza, á la santidad y á la adorable incomprensibilidad de su Criador, ella, simple criatura, veremos que es más pequeña que el átomo comparado con el vasto desarrollo del sol, tanto más pequeña cuanto que su pequeñez no puede expresarse. Sin embargo en él estará nuestro reposo, y no en ella. ¡Sí, le veremos á él mismo tal como es!...iEse pensamiento nos extasía! iOh, verdad concluyente! iSólo para esa vision (apénas podemos creerlo), hemos sido criados por una gloriosa consecuencia de nuestra pálida semejanza con ese Verbo encarnado de que María ha sido la madre escogida y predestinada!...

El Verbo eterno se halla á punto de tomar su naturaleza creada: todas las cosas están subordinadas á ese grande acontecimiento. La magnificencia de María no es más que la via para llegar á él; el instrumento para llevarle á cabo, un medio para realizarle. La magnificencia de María consiste simplemente en el oficio que está llamada á desempeñar. El dia, la hora, el lugar, el mensajero, todo llega al fin, porque su morada creada está pronta para recibirle, resplandeciente con las gracias que la revisten, y exhalan el dulce perfume de santidad de que se halla penetrada. Ha llegado el dia, segun nuestra manera de contar: es un viernes 25 de Marzo. ¿Por qué se ha diferido tan largo tiempo? Ese es un misterio que no nos concierne.

Llegó por fin el dia 25 de Marzo, dia para siempre memorable entre los hombres como la fecha de la Encarnacion. Hubo alguna razon profunda para que no fuese el 24 ó el 26, sino en el dia aniversario de la pasada caida de Adam, y aniversario del dia de la era, crucifixion que debia tener lugar más adelante, hubo sin duda para ello una razon profunda, porque en Dios no hay superficie; todo cuanto hay en él es profundo.

Pero de ese dia escogido, fué tambien elegido el primer momento: apénas las estrellas habian marcado en el cielo la media noche, cuando el decreto recibió su cumplimiento. Quizá el profundo silencio de toda la creacion, la calma nocturna de la tierra, era el instante más conveniente para la venida del Criador, del mismo modo que en otro tiempo, á la dulce frescura de la caida de la tarde, tenía la costumbre de pasear con Adam en el antiguo paraiso del Asia. Vino en la oscuridad de la noche cuando los hombres no se cuidaban de nada: sin embargo, no los sorprendió, porque cuando amaneció, ni áun siquiera los anunció su venida. ¿No sabemos, que aún cuando seamos criaturas de Dios, aún cuando la creacion se halle inundada de su presencia y destinada a elevarnos a él, no sabemos que el momento en que estamos más unidos á él, es aquel en que ménos nos ocupamos de su creacion exterior, y que vamos aproximándonos á él á medida que nos alejamos más de las criaturas?. Asi él parece mantenerse á alguna distancia, aunque viene á tener estrecho contacto con nosotros: se oculta á nuestra vista, porque no podríamos soportar los ardores de su presencia.

El lugar en donde debia cumplirse la union del Verbo con su naturaleza creada era la habitacion interior de la santa casa de Nazareth, en donde moraban María y José. Era la oscura habitacion de una humilde pobreza, en una aldea desconocida y retirada en una comarca reducida cuyos dias de gloria habian pasado, y cuyo destino en la marcha progresiva de la civilizacion párecia, como dicen los historiadores filósofos, agotado. La independencia nacional del pueblo habia cesado de existir: las cuestiones que dividian a las sectas eran mezquinas y triviales: Jerusalen, largo tiempo hacía eclipsada por Atenas, y sobrepujada por Alejandría, estaba caida, humillada y silenciosa, con las sombras melancólicas que Roma proyectaba por encima de ella. Y en esa region tambien, Nazareth era un nombre de desprecio. Verdes colinas en las que pastaban algunos rebaños estrechaban su recinto y sus habitantes no eran conocidos más allá de sus montañas, más que por su rusticidad feroz y grosera, y aún quizá por alguna cosa todavía peor. El Dios eterno estaba á punto de ser un Nazareno Él, cuya vista penetraba hasta el fondo de los bosques, hasta el centro de las selvas más intrincadas del globo; él, que veia las blancas paredes de graciosas villas, altivamente situadas sobre las cimas de sus colinas ó reposando muellemente al sol á la orilla de un mar azulado, escogió á ese Nazareth tan humilde y tan mal afamado, para que fuese el teatro del grande misterio que iba á cumplir. ¿Quién se atrevería á decir que para Dios hay algo accidental, ó que en esa maravilla de la Encarnacion á la que se refieren otros muchos prodigios, existe una sola circunstancia que haya sido dejada al capricho ó al azar? Escogió, pues, á Nazareth: y para nosotros Nazareth y su santa casa desterrada, errante, llevada alternativamente por los ángeles, de Siria á Dalmacia y á Italia, son lugares consagrados, doblemente consagrados por los antiguos recuerdos que despiertan, por la extraña vida de gracias que allí se perpetua, y por el bálsamo eficaz de una presencia divina, temible y siempre la misma.

Cuando la sombra del decreto eterno vino á deslizarse sobre ella María, la criatura maravillosa y escogida, estaba sola, y segun la creencia universal, engolfada en la oracion. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la union más estrecha con Dios. Entónces, como siempre, su espíritu se hallaba en éxtasis en las alturas de la más sublime contemplacion. Miéntras María oraba, el Verbo tornó posesion de su morada creada. Quizá el aumento inmenso de méritos, y por ello el aumento inmenso de belleza interior que la adquiria aquella oracion, fué lo que puso término á las dilaciones y aceleró el cumplimiento del glorioso misterio. Tal vez una de sus ardientes aspiraciones, en la que se habian concentrado toda su alma y todo el poder de su pureza, atrajo tan repentinamente al Hijo eterno y le hizo salir del seno de su Padre. iCuántas veces los santos han visto inmediatamente cumplidos sus deseos por causa de su intensidad! ¿Qué deseo hubo jamás tan vehemente como los deseos de María por el Mesías, como no sean los deseos eternos del mismo Mesías por su naturaleza creada? Dios la visitó en una hora de profunda contemplacion: su espíritu creado estaba sumergido en adoraciones cuando llegó el Increado, tomó posesion de la carne y de la sangre que debian pertenecerle y estableció su morada en ella. En todo eso vemos tambien las costumbres de las vías de Dios.

Sin embargo, no llegó bruscamente: ántes de presentarse envió un mensajero, que apareció en aquel momento en la habitacion de María en Nazareth, porque las semanas de Daniel habian trascurrido, y precedió apenas un instante al cumplimiento de los decretos eternos. Pero ¿cuál fué el objeto especial de su venida? Para pedir á María, de parte de Dios, su consentimiento para la Encarnacion. El Criador no quiso obrar en este gran misterio sin el consentimiento de su criatura. La libertad de su criatura será un glorioso reflejo de la libertad inefable que él mismo ha desplegado en el acto de la creacion. El Omnipotente trata con ceremonia á su criatura débil finita. La ha elevado ya bastante alto para que no sea más que un mero instrumento.

Aquel momento fué muy solemne: era potestativo en María el rehusar. Aunque las consecuencias parecen hacer la negativa imposible, todo, sin embargo, dependia de ella, y jamás criatura alguna ha obrado más libremente que María en aquella noche. iLos ángeles debieron estar, esperando suspendidos sobre la santa casa!... iCon qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardó la Santísima Trinidad que María abriese los labios y pronunciase el fiat, que entonces debia ser una suave melodía para sus oidos, un eco de la creacion que respondía á aquel otro fiat, cuya dulzura irresistible habia dado vida á la creacion misma! Sólo la tierra, la pobre, la estúpida, la ignorante tierra dormia á la fria claridad de la luna. Que María tuvo plena libertad para elegir, es un hecho incontestable.

Tuvo la eleccion, la eleccion con la libertad más completa y en el sentido real de la palabra. Pero ¿quién podria imaginarse lo que iba á ser aquella voz que debia salir de semejantes abismos de gracia? No; ni sobre la tierra, ni en el mundo de los ángeles, jamás habia habido todavía un acto de adoracion que fuese tan digno de Dios como ese consentimiento de María, que esa conformidad de su profunda humildad á la magnífica y omnipotente voluntad divina. Pero dejemos trascurrir un instante y habrá allí un acto de adoracion mucho mayor que aquél. Ahora Dios está en libertad: María le ha hecho libre: la criatura ha dado nueva libertad al Criador. Ha hecho un signo de asentimiento, ha roto la cadena que retenia los decretos, y en su marcha progresiva, semejantes á ráfagas inmensas de luces, se han precipitado sobre ella como olas de encantador esplendor. El Océano eterno ha penetrado en derredor de la reina de las criaturas: la complacencia divina ha hecho circular por encima de su cabeza el majestuoso sonido de un trueno dulce y misterioso; una sombra que parece asemejarse á Dios la cubre un instante: Gabriel ha desaparecido, y sin sacudimiento, sin ruido, sin que se turbase la calma de la noche, Dios, revistido de una naturaleza creada, estaba sentado con su inmensida dentro de su seno material: la voluntad eterna estaba cumplida, y la creacion completa. Muy léjos, en el espacio, estallaba un júbilo inmenso en las regiones del mundo angélico. Pero la Virgen María ni le oia, ni lo escuchaba. Tenia inclinada la cabeza sobre su pecho, y su alma estaba sumida en un silencio que se asemejaba á la paz de Dios. El Verbo se habia hecho carne.

Así habia comenzado su vida sobre la tierra el Verbo eterno. Habia tomado posesion de la bella morada que le estaba predestinada desde toda eternidad. Habia comenzado á llevar una vida tan plena, tan ámplia y tan profunda, que todas las vidas de los ángeles y de los hombres reunidas en una sola corriente, apénas formarian un pobre y miserable arroyuelo, comparadas con aquel rio de vida real, durable, sólida y eficaz que formaba la suya. Era una vida tan real y tan verdadera, poseia de tal modo la conciencia de sí misma, y era tan substancial, y estaba á la vez creando, perfeccionando y fortaleciendo tantas cosas, que ninguna otra vida era á su lado más que una sombra de vida, el simple esfuerzo de una persona que quiere asir y suelta en seguida, y el movimiento ineficaz de la mano que quiere cerrarse durante el sueño. Sobre su modelo debian formarse todas las vidas nobles, viriles, divinas; en ella residia la causa eficiente de esas vidas, y ella las anunciaba, dándolas los medios de realizarse.

Tal era la existencia que habia comenzado aquella noche en el seno de María. Si la consideramos en general, de manera que puedan distinguirse los rasgos que la caracterizan, nos aparece desde luego como una vida de oblacion. Su destino era ser inmolada, y jamás se desvió de la senda ni de la conducta que debia seguir como víctima, áun cuando obrase milagros. Encerraba en sí misma materiales infinitos para un sacrificio inmenso é infinito. La obra que tenía que cumplir era el consumir por siempre aquellos materiales para la gloria de Dios. Así, pues, no solamente era una víctima, sino tambien un incienso que debia, mezclado con los perfumes del la santidad creada, subir sin cesar hasta el trono del Altísimo. Ardia continuamente, y jamás se consumia: su alma humana era el incensario en que ardia, exhalando un dulce perfume; el incensario en que, despierta ó dormida, de dia ó de noche, se ofrecia con cada una de las pulsaciones de su vida humana. Era tambien el sacerdote, lo mismo que la víctima y el incienso. Armada de un valor divino se degollaba á sí misma: estaba sin cesar sacrificándose de ese modo, y encontraba sus delicias en aquel martirio lento y prolongado. La uncion de un sacerdocio eterno la revestia, elevaba el sacrificio que hacía de sí misma muy por encima del nivel de todos los heroísmos mortales. El simple pensamiento de que una vida creada, una vida humana haya podido llegar á semejante altura, nos causa un gozo que deberá durar siempre.

El grande rasgo característico de la vida del Verbo en el seno de María, era su actitud de oblacion, su sacrificio siempre humeante, su sacerdocio ante su propio altar. Era además una vida de encarcelamiento. A pesar de su amplitud, á pesar de sus gozos, á pesar de su magnificencia, estaba aprisionada. La reclusion en la estrecha morada creada del seno de María, era el destino de aquella vida que rayaba en lo infinito. Era el faro de todas las edades; su luz iluminaba á lo lejos todos los espíritus creados, y las tinieblas la rodeaban. Su existencia producia un júbilo inmenso entre los ángeles: á los ojos de Dios, era más grande que toda la Creacion, encerraba todas las cosas, era el modelo de todas las cosas, sobrepujaba á todas las cosas, y la oscuridad reinaba en derredor suyo.

Era tambien una vida de silencio. El gran Doctor, el que ha referido las maravillosas parábolas, y predicado los sermones que han conmovido al mundo: el Oráculo cuyas simples palabras han llegado á ser vocaciones, instituciones é historias, encuentra que el silencio no es un obstáculo para la fecundidad de su accion. El silencio ha sido siempre, por decirlo así, el ornamento de la grande santidad, lo cual supone que encierra en sí algo divino. El Verbo del Padre, silenciosamente hablado desde toda eternidad, escogió para sí mismo una vida de silencio. Toda su vida humana estuvo marcada con el sello de su amor al silencio. En su infancia, parecia que el lenguaje venia lentamente, y lo adquirió como todos los demás niños: por manera que, con el auxilio de esas apariencias, pudo abstenerse de hablar más largo tiempo, y diferir, por tanto, sus coloquios con María. Tambien María y José tomaron de él, como si fuese un contagio celestial, una taciturnidad llena de belleza y de dulzura. Durante los diez y ocho años de su vida oculta, el silencio reinó en la santa casa de Nazareth. Las palabras que se dejaban oir eran raras y cortas, semejantes á una melodia demasiado suave, para que nuevos acentos viniesen á borrar los primeros, cuando éstos vibraban todavía en el oido que los escuchaba. En los tres años de su ministerio que fueron consagrados á la palabra y á la enseñanza, habló como hubiera hablado un hombre tranquilo y amigo del silencio, ó más bien, como un Dios que hace revelaciones. Luégo, en la pasion, cuando tuvo que enseñar por el magnífico camino de sus padecimientos, volvió á aparecer de nuevo el silencio, como una antigua costumbre vuelve en el momento de la muerte. y ha llegado á ser, una vez más, uno de los rasgos característicos de su vida. Así reposaba, mudo y silencioso, en el seno de María, el Verbo, expresion elocuente de todas las grandezas ocultas del Padre.

Fué tambien una vida de debilidad. La impotencia, la humillacion, y una especie de oprobio la rodeaban por todas partes: hé ahí lo que escogia para su primer estado creado. Esa eleccion ha sido una de las primeras leyes de la Encarnacion considerada como mision con respecto al hombre caido: no se ha separado un instante de ella durante el curso de sus treinta y tres años. Ha querido que ese estado sea la condicion sobrenatural de su Iglesia, por esa especie de continua derrota victoriosa, en la que es tan evidente que consiste su vida. La ha perpetuado para si mismo en el Santísimo Sacramento. Pareceria que la debilidad era tan nueva para la Omnipotencia, que esa misma novedad era un atractivo. Manifestar fuerza en la debilidad, ser débil, y sin embargo al mismo tiempo fuerte; y no sólo ser fuerte en medio de la debilidad, sino ser fuerte por esa misma debilidad, era seguramente descubrir una de esas perfecciones desconocidas y ocultas en Dios, que quizá no hubiéramos visto nosotros jamás sin la luz de la Encarnacion. El hombre fuerte es el que se ha penetrado profundamente de la debilidad del Cristo. La obra que durará es la que ha sido tocada por la humillacion del Cristo y que en cierto modo ha recibido de aquel contacto el dón de la Omnipotencia.

La vida del Verbo en el seno de María era además una vida de pobreza. La predileccion que tuvo por la pobreza, es quizá la más notable de cuantas ha manifestado. Amó á la pobreza entre las cosas, como amó á María entre las personas. Aun cuando el mismo Dios sea un manantial de riquezas inefables, las riquezas no son una cosa divina. Porque Dios no posee precisamente riquezas, sino que él es su propia riqueza. Aquellos son ricos que poseen á Dios, pero son los más ricos los que no poseen más que á Dios. Toda la creacion pertenece al que no tiene más propiedad que Dios. La idea de la riqueza rebajaria á Jesús en nuestra inteligencia, y quitaria á la Encarnacion su carácter sagrado. La humanidad, en su más alto grado de santidad, ha amado siempre la pobreza. Sin embargo, casi me atreveria á decir que Jesús, más bien como Dios que como hombre, alejó á las riquezas de su santa humanidad. Porque su pobreza se ha extendido más allá de las riquezas creadas. Aún cuando hubo dotado tan maravillosamente su naturaleza humana con las riquezas de la divinidad, supo, sin embargo, muchas veces, durante su vida, y especialmente en el momento de su pasion, descartar de su santa humanidad las riquezas hasta de su divinidad y la herencia legítima, hubiéramos podido decir necesaria, de la union hipostática, como si esa riqueza misma fuese un embarazo. Mirad al Verbo Eterno primero en el seno del Padre, y luégo en el seno de María, y decid sí es posible concebir mayor profundidad de pobreza.

Tal es el carácter de la vida que Dios comenzó á llevar en su propia creacion, en cuanto hubo tomado su naturaleza creada. Su ocupacion principal y soberana consistia en adorar á Dios como autor de la naturaleza y como autor de la gracia. Sin cesar, estaba tambien ocupada en la santificacion de María por medio de las operaciones más maravillosas del amor unitivo. Ella estaba penetrada como por saetas innumerables de iluminaciones constantes, activas y radiantes de su gracia. El sér de la Madre se hallaba en cierto modo saturado del sér del Hijo, y estaba transformada en él como jamás lo ha estado santo alguno.

María era un mundo en el que Jesús estaba sin cesar ocupado y si ese paraiso en que comenzó su vida humana era tan hermoso que poseia le hicieran descender del seno de su Padre ¿cuál no debia haber sido su amor por nosotros, pues que ese amor le hizo salir de ese mismo paraiso nueve meses más tarde, en el momento en que por el trabajo que habia llevado á cabo le habia hecho adquirir una hermosura tan incomparablemente superior á la primera?

En el seno de María comenzó tambien á ejercer sus funciones de juez; sabemos que nos juzga, no como Dios, sino .como hombre. Esa es una de las más grandes prerogativas de su santa humanidad. Las razones para suponer que ha diferido el ejercicio de ese poder hasta despues de su resurreccion, no nos parecen suficientes: creemos, pues, que la primera alma que despues del momento de la Encarnacion dejó el cuerpo, al cual estaba unida, y desde aquel instante todas las almas que abandonaron la tierra, han sido solemnemente juzgadas por él en su naturaleza creada, y que durante nueve largos meses celebró.juicios solemnes en el seno de María. Así, el cielo el infierno, el purgatorio y los limbos sintieron su influencia cuando, verdadero monarca del Oriente, empuñó su cetro, oculto detrás de la Cortina, teniendo por pabellon régio la cámara interior y perfumada de la vida de María.

Hay flores que exhalan su perfume á la sombra, y cuyo olor se hace más suave á medida que el sol se remonta en el cielo. Están ocultas entre una espesa capa de fresco y verde follaje sombreado por robustos y magestuosos árboles, y sin embargo, cuando el aire abrasador del mediodia entibia la frescura de la selva, exhalan dulcemente su suave aroma, y al través del follaje lo esparcen por la atmósfera. Su perfume da un carácter de poesía á la escena rústica, y más tarde nos ofrecerá su imágen á la memoria. Tal es el suave olor de San José en la Iglesia: se esparce en derredor nuestro sin que nos apercibamos de ello, se fortalece sin cesar, llena particularmente las inmediaciones de Nazareth, de Belen y el Egipto, pero no se extiende hasta las alturas estériles y desnudas del Calvario. San José es la hierba olorosa que crece á la sombra de todos los misterios de la Santa Infancia. Cuando agitamos esos misterios, hacemos que sus flores exhalen su perfume, y aún cuando parezca que lo notamos poco, porque la Madre y el Niño son tan hermosos y atraen dulcemente nuestras miradas, sin embargo nos faltarla algo, y nos quedaríamos suspensos si aquel perfume llegase á desaparecer. ¿Quién puede dudar que San José, tan querido de Nuestro Señor, y elegido por él su padre putativo, no fué tambien una de sus ocupaciones en el seno de María? De todas las santidades de la Iglesia, la de San José es la más profunda y la más difícil de ver distintamente: pero concebimos cuán inmensa debió ser. El honor de Jesús, la mision que San José tenía que cumplir con respecto á él, y con respecto á su Madre, todo nos hace suponer que recibió una efusion de gracias extraordinarias: y por otra parte, los rayos de luz, que por decirlo así, atraviesan por algunas hendiduras del Evangelio, nos descubren una vida enteramente divina? Y al mismo tiempo profundamente oculta. Algunas veces nos parece ver renovarse en él el carácter de alguno de los antiguos patriarcas, particularmente de Abraham, cuando pasaba su vida sencilla y pastoril bajo sus tiendas en las soledades de la Mesopotamia: ó bien el contraste nos recuerda al primer José, y al segundo, de eso mismo nombre, en las orillas del Nilo. Luégo creemos percibir en el esposo de María los rasgos distintivos de la santidad del Nuevo Testamento, y vacilamos en aceptar esa idea, bajo muchos conceptos tan verdadera; de que la santidad del Antiguo Testamento llegó en él á su más alto punto y á su mayor desarrollo, que así llegó hasta Jesús, y que permaneció en el círculo de la Encarnacion, para representar en él a los justos de la antigua ley. En cualquiera hipótesis, Nuestro Señor debe haber envuelto a San José en luz y en amor de un modo maravilloso, y haber cumplido con solicitud en su alma las operaciones más prodigiosas y las más perfectas de su gracia.

¿ Quién no conoce la generosa munificencia do la gratitud aún entre los hijos de los hombres? ¿ Pues á qué se asemejará la gratitud en Dios?. La santificacion de San José y la excelencia de su belleza interior, nos lo mostrará Nuestro Señor, en cierto modo, contrajo obligaciones con San José, de la misma manera que se sometió á su direccion. El alma tan hermosa y tan pura de San José, fué el muro construido en derredor de la inocencia de María, y en sus brazos paternales reposaba el Niño, que no tenía otro Padre que el Eterno. En cuanto á María, y en cuanto á si mismo, Jesús se digno muchas veces ser deudor á San José, y satisfizo el pago en Santidad. Cuando pensamos en las funciones por que era pagado, y en el que le pagaba, ¿debemos confesar que José era tambien en sí mismo un verdadero mundo en la vasta creacion de la gracia?. Si verdaderamante, el Verbo trabajó mucho por José en el seno de María, trabajó como Dios trabaja; y trabajó con fruicion y amor regocijándose en la gloriosa perfeccion y en la variedad de la obra que le era tan querida.

La perla incomparable de la gracia de la redencion, la cúspide más elevada á que puede llegar el amor reparador la Inmaculada Concepcion, habla sido llevada á cabo por el Verbo cuando todavía estaba en el seno de su Padre. Era la piedra angular que colocaba en su morada ántes de entrar en ella, puesto que aún no estaba construida. Desde que habia fijado su mansion en el seno de María, su ocupacian habia sido, en cierto modo, la continuacion y perfeccionamiento de la obra comenzada en ella por la Santísima Trinidad, para su ornamentacion, como ya hemos visto. Tambien en el alma de San José, su obra habia sido eminentemente una obra de santificacion, aunque esa santificacion fué siempre operada por la gracia de la redencion. Mas ahora, anhelante, cual un gigante que se lanza á la carrera, va á señalar su llegada con una obra de pura gracia reparadora, que no cederia más que á la Inmaculada Concepcion, á ménos que de hecho, sin que tengamos de ello el conocimiento revelado, no haya sido concedido el mismo privilegio á San José. Oculto sobre la tierra en el seno de su madre, como el Verbo, hay otro niño, que cuenta seis meses más de edad que el Hijo del Eterno. Ese niño ha sido predestinado desde toda eternidad para cosas grandes: ha sido elegido para ser el precursor de Nuestro Señor. Es el segundo Elías del antiguo mundo; una lámpara encendida y brillante. Su destino es tan grande, que hasta entónces no habia nacido de mujer hombre alguno que le tuviese más elevado: y hasta en cierto sentido era más grande que el de San José. San José quiza se hallaba más profundamente sumergido en la luz divina. Dios le estrechaba con más efusion contra sí mismo, como una madre oculta á su hijo en su pecho, pues tan fuertemente le estrecha en sus brazos; miéntras que Juan Bautista estaba más alejado de Dios y más expuesto a las miradas de los hombres, para que pudieran ver su luz, y que ésta brillase libre y plenamente sobre ellos. Ese niño era tambien una de las ideas primitivas del Verbo; era una de las más bellas elecciones y formaba parte del círculo brillante de la gloriosa jerarquía de la la Encarnacion. Pero en aquel momento las tinieblas reinan en derredor suyo: la mancha del pecado original empaña aquella alma tan capaz de recibir en si semejante peso de luz divina. Se halla bajo el poder del espíritu del mal. El grande enemigo de Dios posee una especie de soberanía sobre él, y segun el curso ordinario de las leyes, es preciso que haya nacido para ser capaz de recibir alguna de las operaciones misericordiosas, que podrán romper sus cadenas darle libertad para emprender su vuelo, y permitirle ir á reposar en el seno de su Criador. Dios, en su compasion, no aguardará el tiempo de la razon para los hijos de los que han hecho alianza con él, pero jamás ha anticipado el instante del nacimiento á cualquiera que se hallase sometido al decreto del pecado, excepto Jeremías y San José. Sin embargo, por un prodigio de misericordia, Jesús, todavía en el seno de su Madre, no aguardará el momento fijado por lar ley comun, é irá gloriosamente á redimir á Juan Bautista, todavía tambien en el seno de su Madre. El salvador no encarnado ha redimido millones de almas ántes de realizarse su encarnacion, y á su Madre, de una manera enteramente especial sobre todas las demás; el Salvador, encarnado, pero aún no nacido, redimirá tambien millones de almas durante esos nueve meses, y á Juan Bautista de una manera enteramente especial sobre todas las demás. Semejante á una nueva pulsacion de una felicidad impetuosa, el Niño, en el seno de María, la decidió á salir de su retiro. Dejó la Galilea y atravesó las colinas de Judá, seguida de José que la contemplaba con asombro y amoroso respeto. Jesús se apresuraba á llegar á su Pasion, atraido, por decirlo así, por el Calvario, como por un iman; del mismo modo la Virgen, grave y modesta, deseaba llegar cuanto ántes á casa de Isabel, en Hebron. El Verbo eterno, que habitaba en ella, tembló al oir su voz, y Juan la oyó, «y se extremeció en el seno de su madre;» las cadenas del pecado original quedaron rotas en él; fué justificado por la gracia de la redencion; le fué concedido el uso de su majestuosa razon; hizo actos de adoracion y de amor como jamás ántes de él los habia hecho patriarca o profeta alguno, y fue instantaneamente elevado á una altura deslumbradora de santidad, que hasta el dia es un hecho extraordinario, y un prodigio hasta en el cielo. La inspiracion del Espíritu Santo penetró á su Madre en aquel instante, fué llena de Dios, y su primer acto, en consecuencia de aquella plenitud fué un reconocimiento respetuoso de la grandeza de la Madre de Dios: y todos aquellos milagros fueron cumplidos ántes que los acentos de la voz de María se hubiesen completamente extinguido. Incontinenti el Verbo se levantó dentro del seno de su Madre: se sentó sobre su corazon inmaculado como sobre un trono, y tomando prestada su voz, que ya habia sido para él instrumento de su poder, el sacramento de la redencion de Juan, entonó el sublime Magnificat, de cuyas profundidades, desde hace siglos, no ha cesado de salir una dulce melodía, y de esparcirse por toda la tierra.

Dejemos esa vida en el seno de María para ocuparnos de la vida de María misma durante el mismo espacio de tiempo. Ésta tambien se hallaba llena de Dios y de significaciones divinas, y es de absoluta necesidad que nos detengamos en ella, si queremos comprender verdaderamente la vida del Verbo en el seno de su Madre.

Entre todos los reinos de la creacion de Dios, no hay, si exceptuamos el Paraíso de la santa humanidad, ninguno que pueda ser comparado con el interior del alma de María, con la belleza oculta con la sabiduría maravillosa, con las gracias consumadas de esa criatura escogida para ser la reina de todas las demás. Debemos procurar formarnos una idea de su vida durante aquellos nueve meses, desde la Anunciacion hasta la Natividad de Nuestro Señor. Llevaba en sí misma al Dios encarnado: tenía plenamente la conciencia del rango que ocupaba en la creacion: poseia tal grado de ciencia infusa, que podia acercarse á la inteligencia del grande misterio que se operaba en ella, más que ninguno de los más sublimes espíritus que habitan los reinos de los ángeles. Estaba ya elevada á una altura de santidad que todas las definiciones jamás podrán expresar suficientemente; de manera que Dios, en cierto sentido, la encontraba digna de la sublime vocacion á que habia sido llamada .Del mismo modo que un mundo material que se forma y se completa, así era ella en él mundo espiritual, más grande y más ámplio que toda la creacion material actualmente preparada por su Criador, y ella tenía, además, la conciencia de la operacion inefable que sufria y se sometia pasiva y adorando con el más meritorio de todos los consentimientos posibles. Estaba colocada en una especie de superioridad creada sobre él, porque poseia los derechos de una madre, porque la vida física que gozaba reposaba en ella, pues que la posesion de su alma humana habia dependido un instante de su consentimiento.

Debemos, pues, suponer que, fuera de los gozos de la vida beatífica y de los gozos del Sagrado Corazon, jamás criatura alguna ha sentido un júbilo igual á las dulzuras que María experimentó cuando poseia al Dios encarnado dentro de sí misma, cuando encerraba lo incomprensible, cuando ejercía su soberanía sobre el Todopoderoso y estaba unida con el que es la beatitud infinita, con una union tal, que la vida del Verbo y la suya no formaba más que una.

Veia delante de si, en una verdadera perspectiva, el porvenir de la Iglesia, sus pruebas y sus triunfos, y la grande influencia que ella misma ejercía en todos los siglos sobre la doctrina, la devocion y los destinos exteriores de la Santa Sede. Veía las formas sangrientas y sombrías con que la Iglesia aparecerá revestida al fin de su peregrinacion terrestre, siempre obligada á combatir para abrirse un camino para su morada eterna, y empeñada en la más cruel de las luchas, en las fronteras mismas de la tierra prometida, la víspera del juicio final. Miraba el porvenir á través de las densas nieblas del tiempo, y todo estaba muy claro para sus ojos. Veía al mundo casi. precipitado, fuera de su centro, no por las catástrofes materiales, porque en la materia todo era fácil, uniforme, y estaba sometido á leyes, sino por las convulsiones morales y por revoluciones intelectuales. Le veia engolfarse en el espacio, vacilante, movible y tan inseguro, que parecía que á cada momento iba á arrojar á la Iglesia de su recinto, como una bestia de carga arroja el peso que la oprime. Pero no concibió temor alguno: el Niño que llevaba en su seno era más fuerte que el mundo. Su mano delicada, su débil voz infantil bastaban para volverle á su situacion normal, y para restablecer la paz entre esos elementos opuestos de la inteligencia y de la voluntad que el pecado ha puesto en combustion de una manera tan desastrosa. Veia, en fin, á la grande criatura, despues de concluir su carrera, volver a entrar a la mansion de su Padre, bañada en los esplendores de su amor eterno por medio de la Preciosa Sangre, de esa Sangre que ella misma había suministrado, y que en aquel momento sentía palpitar en ella con delirios que no pueden expresarse. ¿Qué emociones de reconocimiento, qué himnos de alabanza, qué ciencias, que eran al mismo tiempo actos de adoracion, qué Magnificat sin número, inefables, hacia hacer todo aquello en su alma?...

Tal era la grande Madre de Dios en la aurora todavia de su juventud virginal: todas las cosas creadas tenían para ella una significacion nueva, ahora que el que las gobernaba habitaba en ella.

Sin embargo recibía sin cesar gracias del Niño, gracias que eran incomparables: y léjos de que podamos formarnos una idea de ellas, apénas las comprendia ella misma. Sentia crecer tambien su respeto y su devocion á San José, á quien miraba como el representante de Dios. Cesaba de pertenecerse, para no pertenecer ya más que á su oficio, y cesaba de ser la hija de Ana para no ser más que la Hija de Dios. Los maravillosos coloquios divinos concedidos á los santos, no eran nada comparados con sus conversaciones espirituales con Jesús Niño. Y en medio de todas aquellas gracias que crecían en ella, su espec tativa crecia tambien. ¿A qué se asemejaba? ¿Era un misterio de júbilo incomparable?. Encerraba dos motivos del más intenso gozo: el deseo más ardiente de la santidad creada de gozar de la vista de Dios, y el deseo vehemente de una madre terrestre, deseo natural, sencillo y humano, pero santificado hasta el más alto grado, de ver la faz de su Hijo, que sabía era tambien su Dios.

María aspiraba á esa vision beatífica terrestre, la faz del Dios encarnado. Fijaria sus miradas en aquella fisonomía, cuya hermosura expresiva, áun cuando estuviese muda y sin voz, la descubría las operaciones del sagrado corazon, semejante á la armonía silenciosa de la luz que penetra por entre los árboles de los bosques, en las cimas de las montañas y en la superficie del mar. Estaba á punto de ver aquella faz humana que debía iluminar toda la vasta extension del cielo, durante toda la eternidad, y servirle de sol y de luna. Iba á leer el amor filial una tierna acogida, una dulce complacencia en aquellos mismos ojos, cuyos rayos debian esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos en derredor del trono. Iba á ver aquel rostro todos los dias, á todas horas, á cada instante, durante algunos años. Le veria crecer, desarrollarse y tomar la expresion sucesiva de las edades de la vida humana. Iba á verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad relflexiva de la edad madura: iba á verle en el éxtasis de la contemplacion divina, en la ternura indulgente del amor, en el brillo de una sabiduria enteramente celestial ,en el ardor de una justa indignacion, en la dolorosa gravedad de una tristeza profunda, y en los momentos de la violencia, del oprobio, de la pena física y de la agonía mental. Cada una de esas tan variadas, no era para María nada ménos que una revelacion. Era casi todo lo que quisiese de aquella faz divina: podria estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor maternal. Podria cubrir de besos los labios que debian pronunciar la sentencia de todos los hombres: podria contemplar á su placer durante su sueño ó despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria. Cuando el Eterno habria bendecido aquel pequeño rostro, buscaba su seno y reposaria en él. María enjugaria las lágrimas que correrian por las mejillas infantiles de la beatitud eterna é increada. Muchas veces lavaria aquel rostro con el agua de la fuente, y la Preciosa Sangre afluiria á cubrirle, atraida por la frescura del agua, ó por el suave frote de la mano maternal, y le haria diez veces más hermoso. Un dia debia reposar pálido, manchado de sangre y sin vida sobre sus rodillas, miéntras que por última vez todos los servicios que en otro tiempo le prestara en Belen, debian renovarse tristemente sobre el Calvario.

En aquel rostro, María veria una semejanza de sí misma: podria reconocer en él sus propias facciones. iQué misterio tan abrumador para una criatura, abrumador sobre todo para su inmensa humildad! Jamas se ha encontrado otra criatura en el mismo caso, ni la habrá jamas tampoco: Jesús, en el cielo, despues de su gloriosa resurreccion, nos dará su semejanza; pero María le dió primero lo que él nos dará más tarde. Dios ha dado á María su propia imágen, y ella se la devuelve, por decirlo así, de otra manera. Y esa semejanza de Jesús con su Madre, parece que la hace entrar más completamente en su creacion. Aquella faz encerraba misterios sin número, y María podia aspirar al momento en que la viese al descubierto y sin velo, é inaugurada, por decirlo así, entre las cosas visibles de la tierra: como criatura, y como la más elevada de las simples criaturas, podia desear ardientemente verla; pero como Madre, sus deseos eran todavía algo más. Cuando nos hayamos representado cuanto es posible imaginar acerca de la pureza, de la intensidad y de la felicidad del amor de una madre, deberemos recordar que la que inspiraba á ver la faz de su hijo era la Madre de Dios, y que la faz que la parecía tardaba mucho en ver, era la faz de Dios encarnado.

Tal era la vida de espectativa de María. Era una vida de las más altas perfecciones espirituales, ocupada de misterios divinos, y gozando con anticipacion de la felicidad del cielo. Era una vida que la elevaba á cada instante al grado más grande de maravillosa santidad: era una vida de grandeza celestial, absorta en Dios, y que sacaba sus aguas de los manantiales más profundos de las cosas eternas. Era una vida sin precedente, una vida inimitable, una vida a que unicamente, el pensamiento silencioso puede hacer cierta especie de justicia, y áun eso, de una manera muy incompleta. A pesar de todo, era una vida de belleza enteramente natural, una vida completamente humana. Pareceria que la gracia habia. llegado á ser la naturaleza, más bien que la habia completado. Pareceria que el elemento terrestre formaba el conjunto de esa vida, y que la daba la unidad de que gozaba. Era una vida de mujer, á la par que una vida santa, y su santidad era precisamente lo que parecia darla un carácter femenino tan delicado.

Era la posibilidad de una hermosa naturaleza, realizada por el que es á un tiempo mismo el autor de la naturaleza y de la gracia. Era la canonizacion del amor de una madre, á cuya luz vemos por un momento esa profunda ternura en Dios, de que procede el amor maternal, y de donde el mismo amor nos hace comprender sus puras delicias. Así la vida de María, mientras el Verbo estaba en su seno, era una vida completamente humana, una vida creada, y tan distinta ó claramente creada como la vida del Padre con el Hijo eterno en su seno, era una vida increada. Ocurria con frecuencia, con respecto á María, que, cuando estaba elevada hasta él punto de excitar nuestra admiracion, entonces aparecia más como una criatura humana. Eso era lo que sucedia entónces, lo que sucedió al cabo de doce años en el templo de Jerusalen, y lo que tuvo lugar á la sombra de la Cruz, cuando recibió sobre sus rodillas el cuerpo sin vida. Su real naturaleza de mujer añadia una nueva gracia á las que la adornaban; y a la luz terrestre que circundaba su frente, las joyas de su corona celestial brillaban con el resplandor más dulce y hasta el más divino. El que dejó los cielos para tomar una naturaleza terrestre, realzó, por el exceso de su gloria, la belleza de su madre terrestre, pero no la hizo desaparecer. María no es una cosa, un explendor, una maravilla, un trofeo; es una persona viviente, y por eso, su naturaleza como mujer, corona su inefable maternidad. Dios no la ha ahogado en su magnificencia. Sus dones más bien la han hecho aparecer claramente, y han puesto más de relieve la hermosura de su naturaleza sin mancha. Su amor maternal creado al Verbo encarnado, es una participacion substancial del amor paternal increado del Padre para el Verbo, que le es co-igual; y sin embargo, entre todos los amores que existen, no hay uno que sea más fácil de reconocer como amor humano que el amor que ella tenía á su Hijo.

Mas por particular ó inaudita que haya sido esa vida de María, es no obstante un tipo magnífico de toda vida cristiana. Jesús está en cada uno de nosotros, por su esencia, por su presencia y por su potencia; concurre interiormente y de la manera más íntima á todos los pensamientos de nuestra inteligencia, lo mismo que á todas las acciones de nuestro cuerpo. Su habitacion sobrenatura en nuestras almas por medio de la gracia; tiene algo de más prodigioso que todos los milagros y está revestida de una energía más eficaz. Una meditacion piadosa y atenta de la doctrina de la gracia, produce una sombra por encima de nuestros espíritus, á causa de la grandeza de los dones que nos son concedidos, y nuestra pasmosa proximidad con respecto a Dios, y obramos bajo la impresion de esa sombra con un santo temor: los que más temen, son los que aman más Por la gracia, Jesús nace contínuamente en nosotros y de nosotros; por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra correspondencia á la gracia, que no es otra cosa en si misma más que una gracia. Por manera, que el alma del que se halla en estado de gracia, es un seno perpétuo de María, un Belen interior sin fin. Por instantes, despues de la comunion, Jesús habita en nosotros real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo Niño que estaba en María, está tambien en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo eso sino una participacion en la vida da María durante esos maravillosos nueve meses?. Lo que resulta para nosotros, es precisamente lo que resultó para María, una espectacion llena de delicias. Nosotros esperamos siempre más santidad, mayor goce de Jesús para el porvenir, nuevas visitas de su faz divina en la calma de la meditacion, en el fondo de nuestras almas suavemente iluminadas, y como María, aguardamos el Calvario del mismo modo que Belen. ¿Hay álguien que no tenga continuamente ante su vista, por lo ménos, una vision confusa del padecimiento? Esa parte de nuestra vida que ya ha pasado, nos asegura demasiado que, el padecimiento entrará por mucho en lo que todavia nos queda que vivir. Además, todos tenemos presagios de penas y de cuidados, y no hay en la vida sitio tan plenamente iluminado por el por el sol, en ,donde no penetre las largas extremidades de las sombras de los dolores por venir: vienen á reposar allí dulcemente, y producen una suave sombra, que no deja de tener su belleza, y que contemplamos hasta con una especie de placer. De todos modos, llega la muerte en su tiempo, y forzoso nos será pasar por esa puerta. Pero aguardamos como María la vista de la faz humana de Nuestro Señor. En todo lo que es para nosotros el tiempo, no habrá para nosotros nada más notable, ni nada más verdaderamente crítico, que el punto en que la vision de su faz comience á despuntar sobre nosotros. Nuestro juicio, en el límite del mundo invisible, será para nosotros la gruta de de Belen, porque entónces, por vez primera, veremos realmente la faz de Jesús. Con todo, esa misma vista no pondrá por completo término á nuestra espectacion, porque la llevaremos con nosotros al purgatorio, en donde nos consolará, y en donde se alimentará con el recuerdo de esa faz divina, que se. habrá descubierto un instante á nuestras miradas. Despues de eso viene la mansion de la patria en una union estrecha con el Niño de Belen. Esa es nuestra patria, como lo es tambien de María: es una patria eterna, y allí, y solamente allí, cesará nuestra espectacion.

Tal era la vida del Verbo en el seno de María, y tal era la vida de María miéntras el Verbo habitaba en su seno. Ahora nos resta considerar el último acto de esa vida maravillosa. Los nueve meses tocaban á su fin, y el último acto de Nuestro Señor fué su viaje de Nazareth á Belen. Hácia nosotros avanza lo mismo que hacia Belen. Se halla á punto de dejar por nosotros su morada por segunda vez. Del mismo modo que habia dejado su mansion increada en el seno de su Padre, así va ahora á dejar su mansion creada para venir á nosotros, y pertenecernos todavía más completamente. En esa última accion nos mostrará, que no solamente es obediente á su Madre escogida y santificada, sino que ha venido para obedecer nuestras órdenes y poner al servicio de nuestra perversidad. Se puso en marcha para Belen por órden de un soberano terrestre; y aunque judío, aunque durante siglos habia amado á su pueblo con una predileccion inesplicable, y que podríamos llamar divinamente obstinada, obedece á un príncipe extranjero que por derecho de conquista ejerce la dominacion sobre aquel pueblo. Viene en el momento en que aquel amo extranjero forma la estadística de sus súbditos y el censo de poblacion de la provincia como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiese apresurarse á aprovechar la ocasion de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venia al mundo. ¿No es extraño que la humillacion, por la que la criatura demuestra una repugnancia tan invencible, parezca ser la única cosa creada que tenga atractivos para el Criador?

Cuando avanzaba por el camino de Nazareth á Belen, sin cesar, no obstante de gobernar el Universo y de juzgar á los hombres, el mundo no sospechaba su presencia en el seno de María. ¿Es posible llegar con más secreto? En esa hora solemne y desconocida en que vendrá de oriente para sorprendernos, y en que nos citará al juicio final, nó se presentará mas furtivamente á mitad de la noche, como cuando llegó para nacer en Belen. No tiene ninguna señal axterior: las facciones de María nada dicen: José está sin cesar sumido en una oracion mental. Hay algo de asombro en que los hombres sean tan inclinados al silencio y al retiro; cuando viven en la proximidad de Dios. Sin embargo, por todas partes reina esa impaciencia que tan frecuentemente hemos observado en las cosas de Dios, esa mezcla extraña de lentitud, y precipitacion que caracteriza la ejecucion de sus designios. ¿Qué es ase ardor de que se halla poseida María en su espectacion sino una impaciencia celestial? La tranquilidad misma de José no es completa: su corazon es demasiado divino para ser insencible. Él tambien, aunque sometiendo su voluntad á la de Dios, está impaciente, y anhela que llegue el momento feliz en que hasta los ángeles saldrán del retiro de su vida oculta para entonar alegres cánticos. El mundo, sumido en la oscuridad y en el malestar, abrumado con la carga, buscando y no encontrando el alivio de sus males, suspira por su libertador. Los ángeles, que jamas se cansan, están fatigados de amor, se les haca tarde el ver á su jefe, y le aguardan con tanta mayor impaciencia, cuanto que han visto la gloriosa santidad de su reina humana. El Padre está, si nos es lícito emplear esta exprecion, adorablemente impaciente por dar su Hijo único al mundo, y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles. El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del dia esa santa humanidad tan bella, que él mismo ha formado tan especialmente. El Verbo tambien aspira actualmente a llegar a Belen, como mas tarde confesará que aspira al Calvario. Y sin embargo, á pesar de nuestros pecadas á pesar de nuestra cobardía, á pesar de todo lo que somos, como sabemos muy bien, tenemos alguna parte en el atractivo que experirnenta en ese momento. Nosotros somos los que por nuestra pequeñez y nuestra abyeccion, hacemos el amor increible de Dios, de tal manera más increible áun, que sólo una costumbre divina de fe sobrenatural puede llegar á creerlo.

Considerémosle todavía una vez en el seno de María. iCuán hermoso está en el reposo que allí goza!. Allí es donde una eternidad de designio ha llegado á tener cumplimiento: allí una eternidad de deseo ha encontrado su satisfaccion. Ha dejado realmente el seno del Padre por el atractivo más grande del seno de la criatura!... Nos vemos obligados á expresarnos asi; pero si levantamos los ojos al cielo, tambien lo vemos allí, está allí, y estará siempre. Jamás ha dejado el seno del Padre, porque jamás há podido dejarle. No seria Dios si se hubiese criado con libertad de dejarle Mas, sin embargo, no por eso deja de encontrarse en este momento en el seno de María, preparándose para abandonarle bien pronto, y á ser colodo como un desterrado celestial entre las cosas creadas, ignorado, despreciado, desconocido como autor y dueño de todo cuanto existe: ¿qué digo? hasta rechazado, excomulgado y condenado á perder violentamente la vida humana, como si no fuese digno de formar parte de su propia creacion.

Pónese el sol el 24 de Diciembre detrás de los tejados de Belen, y sus últimos rayos doran la cima de las rocas escarpadas que le rodean. Las estrellas van apareciendo una tras otra. Los ángeles han abandonado el cielo, pero todavía no manifiestan el resplandor de su presencia entre los astros. Hombres groseros codean rudamente á Dios en las calles de aquella aldea oriental, y cierran sus puertas al ver á su Madre. El tiempo mismo, como dotado de sentimiento, parece temblar y estrecharse ó apretarse, como si la mano del ángel que le guía le sacudiese á medida que se acerca la hora de la media noche. Belen es en aquel instante el verdadero centro de la creacion de Dios. Los minutos van trascurriendo: el manto de la noche se ennegrece cada vez más, y la oscuridad se hace más profunda. La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores y en donde varios rebaños se hallan por acá y por allá reposando entre las tinieblas. Las estrellas avanzan silenciosamente hácia la cima meridional del cielo de la media noche. Algunos instantes más y aparecerá el Verbo Eterno.

Capítulo III La gruta de la media noche

Ya hemos considerado á Dios cuando hacia salir sus decretos de su asilo eterno en su inteligencia, y los ponia suavemente en ejecucion: veamos ahora de que manera va á abrir las puertas de su retiro y á tomar visiblemente posesion de su reino. Esa será la idea única del presente capítulo, en el que consideraremos el modo con que Dios se ha manifestado despues de haber estado invisible desde el principio, hasta el momento presente. No es posible que una criatura llena de amor filial pueda considerar la conducta de su padre celestial en circunstancias imponentes, y en un instante solemne, sin llegar por eso á ser celestial ella misma.

Ha habido escenas maravillosas en la tierra: los dolores y los gozos de los hombres han ocasionado muchos acontecimientos del carácter más tierno, al mismo tiempo que sus virtudes y sus vicios iban á parar en una porcion de catástrofes de grande interés dramático Los destinos constantemente en oposicion de los hombres, producen diariamente tragedias que, semejantes á una pintura muy débil de la puesta del sol parecerian en una novela exageradas y fuera de toda realidad. Ha habido tambien muchos misterios sobre la tierra, misterios en los que el hombre era comparativamente pasivo y Dios obraba sólo. Hubo tiempos en que plugo al Criador llenar por sí mismo el teatro entero de su creacion; tiempos tambien en que como en las frescas noches del Eden, ó á la puerta de la tienda de Abraham, venía á mezclarse con maravillosa condescendencia entre sus criaturas. Pero muy rara vez habia sido la tierra testigo de una escena igual á la que ofrecia Belen, cuando María, José y el Verbo Eterno andaban errantes por sus calles á la caida de la noche. El frio crepúsculo de una tarde de invierno tocaba a su fin: todos los esfuerzos de María y de José para encontrar hospedaje habian sido infructuosos. San José era un santo como el mundo no habia visto hasta entónces. María se hallaba por encima de todos los santos: era la primera en jerarquía de las criaturas; la reina del cielo: su poder era la semejanza más perfecta de la Omnipotencia, y habla sido predestinada desde toda eternidad para ser la Madre de Dios. En su seno habitaba el mismo encarnado; el Verbo Eterno, el Criador, y el soberano de cuanto habia en Belen, y el juez actual de las almas que dejaban la tierra en aquel momento. Pero no habia allí sitio para ellos. La aldea se hallaba ocupada en otras cosas más importantes, segun la manera que el mundo tiene de estimar lo que es importante. Los oficiales imperiales destinados á la formacion del censo de poblacion, eran allí los hombres de importancia. Los viajeros y visitadores ricos reclamaban naturalmente los mejores hospedajes. En la mayor parte de las casas particulares habia huéspedes que eran parientes los unos, y amigos de los pueblos inmediatos los más. Todo se hallaba ocupado. El oscuro grupo de Nazareth, aquel carpintero de Galilea, aquella mujer Madre, aquel Verbo oculto, no encontraba allí albergue. No le reclamaban tampoco con demasiada importunidad: rara vez la molestia es persuasiva. Un exterior humilde es poco elocuente para la generalidad de los hombres. Si Dios no produce ruido en su propio mundo, es ignorado, y si le produce, es mirado como importuno y tirano. Hé ahí que llega, á Belen el verdadero César, el rey de todos los Césares romanos, y ni hay sitio para él, ni se le conoce. Es culpa suya dirá el mundo: viene de una manera poco digna: no presenta prueba alguna auténtica de sus derechos. Comienza por colocarse en una posicion falsa, porque viene para hacerse empadronar como súbdito, en vez de reclamar homenajes como soberano. Obrando así, espera que le comprenderemos y que sabremos á. dónde le hemos de encontrar, y el momento en que debemos aguardarle. En la débil luz que circundaba á Belen aquella noche, se descubria una sombra del Calvario. Del mismo modo que nadie en Jerusalen queria recibirle la Semana Santa, ni darle de comer, de manera que se veria obligado á retirarse por la noche á Bethania; así nadie en Belen queria recibirle, ni proporcionarle un abrigo á cuya sombra pueda nacer.

No hay nadie á quien el mundo no conceda, sin dificultad por lo ménos, la doble hospitalidad necesaria para nacer y para morir, para venir al mundo y para ser de él. Y sin embargo, ¿cómo ha tratado al Criador en esas dos circunstancias?. Para nacer, Dios ha sido relegado entre los animales y bestias de carga. Aquella aldea de las más pequeñas de las tribus, decia la verdad cuando decia que no tenía sitio por lo inmenso y lo incomprensible. No; Belen no podia contener á la que llevaba en sí al Criador del mundo: en aquella negativa de la hospitalidad habia una verdad de que los hombres no tenian conciencia. Jesús debia nacer fuera de los muros de Belen como murió fuera de los muros de Jerusalen. Así no tuvo verdaderamente pueblo natal. Animales inocentes le acogieron, y una cavidad antigua practicada en el suelo, le ofreció asilo un poco ménos frio que el estrellado cielo de una noche de invierno. A los ojos de los hombres eso fué cuanto pudo hacer para nacer, y obtener un sitio en donde poner visiblemente sus piés sobre la tierra. Del mismo modo no le fue. dado morir de muerte natural: le fué arrancada la vida violentamente como cosa fatigosa é irritante, ó más bien como una cosa indigna é ignominiosa Fué sepultado á la ligera, para que su cuerpo no embarazase á la tierra, no empañase los rayos del sol ó no ofendiese las miradas de la ciudad regocijada el dia de la fiesta nacional. Y durante todo ese tiempo, ¿era Dios?. Estos pensamientos, aunque muy antiguos, son siempre nuevos. Penetran más profundamente en nosotros á medida que nos detenemos en ellos, lo mismo que á medida que vamos avanzando en edad, los penetramos más completamente. Cada vez que los meditamos, nos sorprenden tanto como si fuese la primera vez que pensamos en ellos. No hay palabras que puedan expresarlos: las lágrimas de los santos dicen más que las palabras, pero no pueden expresar el misterio asombroso de ese Belen inhospitalario, que no quiso ceder á su Dios un sitio para que pudiese nacer dentro de sus muros.

iAy! el espíritu de Belen es el espíritu de un mundo que ha olvidado á Dios: ¿ cuántas veces ha sido tambien el nuestro? ¿No cerramos continuamente con una ignorancia llena de rudeza la puerta á las bendiciones celestiales?. Así hacemos muy mal uso de todas nuestras penas, desconociendo su carácter celestial, aunque cada una á su manera le llevan impreso en sí. Dios viene á nosotros muchas veces en la vida, pero no conocemos su faz. No le reconocemos hasta que nos vuelve la espalda y se aleja despues de nuestra negativa. ¿Cómo es que con teorías casi siempre justas nos dejamos extraviar en la práctica?. Más bien es. falta de valor para cumplir lo que sabemos, que es nuestro deber, aunque la naturaleza pueda sublevarse en contra, que falta de discernimiento espiritual. Nosotros no habituamos suficiente y deliberadamente nuestro espíritu á los principios sobrenaturales. Es mucho más fácil contar con las figuras del mundo; más cómodo medir con las medidas del mundo. Es algo fastidioso el considerar siempre los objetos bajo un punto de vista diferente del de las personas que nos rodean, y si ese esfuerzo debe durar toda la vida, llega á ser una contrariedad que no puede ser contínua y no cesa de ser una contrariedad hasta que estamos completamente sobrenaturalizados. Así sucede que vida cristiana que no ha operado una revolucion completa en la vida mundana de un hombre, concluye por no ser del todo una vida cristiana; sino una quimera molesta, que nos embaraza durante esta vida, sin servirnos para nada en la vida futura. De ahí proviene que no reconozcamos a Dios cuando lo vemos; que nos encontremos con tanta frecuencia en un camino falso, sin saber cómo hemos llegado á él; que nuestros instintos lleguen tan rara vez á comprender los objetos á que se dirigen; que nuestras profecías sean con tanta frecuencia contradichas por los acontecimientos, y que nuestros esfuerzos no lleguen a conseguir tan constantemente el objeto que se proponian. Dios nos sorprende casi siempre, cuando no hay para nosotros razon de ser sorprendidos. Belen no pretendia hacer lo que hacía: no hay nadie que tenga intencion de hacer todo el mal que hace. Así es que una gran parte de la compasion de Dios consiste en que mira más á lo que queremos hacer que a lo que hacemos. Sin embargo, es para nosotros una cosa bien triste el estar tan obcecados. ¿No es la verdadera miseria de la vida, el compendio de todas las miserias de acá abajo, encontrar á Dios todos los dias y nó reconocerle cuando le vemos?

Nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios. Si José experimentaba una dulce tristeza cuando era rechazado de casa en casa porque pensaba en María y en el Niño, se sonreia tambien sin duda con una santa tranquilidad cuando fijaba su mirada en su casta esposa. El Niño, que todavía no habia nacido, se regocijaba de aquellas negativas, que eran el anuncio de sus humillaciones en el porvenir. Cada voz desagradable, el ruido de cada puerta que se cerraba delante de ellos, era una dulce melodía para sus oidos. Eso era lo que habia venido á buscar. Eso era lo que habia hecho que descendiese de lo alto de los cielos, casi tanto como la pureza virginal del seno de María. El deseo de esas humillaciones le habia hecho comprender que en el seno del Padre faltaba algo que le era necesario. Sin duda alguna María y José, que le conocian ya muy bien, y que estaban versados en las vías sobrenaturales, participaban del gozo que sentia. Era evidente que no habria allí hospitalidad para ellos: sabian excusar las negativas. En su desinterés, casi se ruborizaban de pedir un asilo que, segun la delicada apreciacion de su caridad, debia ser considerado como inoportuno en las condiciones y lo apremiante de las circunstancias en que se encontraba la aldea. Tenian pesadumbre por ser la causa de que les diesen una negativa: no pedian sino porque era un deber el pedir, y en ninguna parte pedian dos veces.

La hospitalidad Oriente, es tan comun como las flores en los campos; pero esta vez ya hemos visto de qué modo se ejerció. Salieron, pues, del pueblo con dulzura, con paciencia, con amor, dejando detrás de sí una bendicion tan gratuita como poco conocida. No es raro el que Dios deje una bendicion, áun cuando sea rechazado, porque su cólera es tan dulce, que es preciso que el pecado haya ido demasiado léjos que su amor menospreciado se convierta en aversion. Sin embargo, esas bendiciones son extrañas, y algunas veces toman el aspecto de un castigo, como quizá lo pensaron las mujeres de Belen cuando llegaron á ser madres de los mártires, y fueron ennoblecidas por la sangre de sus hijos.

Concluye el crepúsculo y se hace de noche: María y José descienden de la colina y encuentran la cueva, especie de gruta, que servia de establo; una especie de excavacion con un apéndice anterior, tan frecuente en aquellas regiones, que proporciona á la vez espacio y frescura. El árabe construye con preferencia delante de una gruta, porque de ese modo se encuentra ya hecha desde el principio la mitad de su morada. La caverna atrae á María y á José. Las almas suelen ser atraidas de un modo muy extraño, y por cosas y lugares extraordinarios, cuando son arrebatadas ó impulsadas por el torbellino de una vocacion divina. Por encima de ellos. se ven las luces, y se oyen la música y los cantares de la aldea, llena de una concurrencia poco comun, que habia convertido en una fiesta la obligacion civil que allí la habia .conducido. Por debajo de aquella calle bulliciosa, la pobre pareja de Nazareth busca un refugio en el establo con un buey. y una mula. ¿Qué es lo que va a suceder?. Debemos describirlo de diferente manera, segun el punto de vista que adoptemos para considerarlo. Los ángeles dirian que algunos de los decretos eternos de Dios estaban en vísperas de cumplirse de la manera más bella y más divina, y que el Rey invisible estaba á punto de aparecer y tomar posesion de un reino que no era nada ménos que el Universo, y con la pompa y el aparato que buscan con preferencia las magníficas naturalezas angélicas. El magistrado que residia en Belen decía que en la época del censo un pobre niño habia sido añadido á la poblacion, por una pareja sin asilo que habia venido de Nazareth, anotando tal vez que. los esposos eran de buena familia , pero que se .encontraban en estado de pobreza. Tal sería la manera con que el mundo registraría. la venida de su Criador. El mundo es consecuente, pero no es posible instruirle. La experiencia no le ha enseñado nada: todavía hoy lleva el registro de la misma manera.

Detengámonos en la pendiente de la colina, consideremos la noche que va cerrando, y pensemos en la vasta superficie de la tierra que se extiende por las inmediaciones, y mucho más allá de aquel nuevo y oscuro santuario que Dios va á santificar por medio de una consagracion tan auténtica. Una gran parte del pais está ocupada con los asuntos de Roma: los correos se cruzan por todas las carreteras del imperio. Los intereses de las colonias dan empleo y ocupacion á un gran número de hombres de Estado y de gobernadores. La gran ciudad de Roma es el centro de una actividad intelectual y práctica, que se hace sentir hasta en las más remotas extremidades del imperio. Sobre algunas inteligencias, especialmente sobre las que se hallan dotadas de un temple más filosófico, el desarrollo de la corrupcion moral y de otras cuestiones sociales, no ménos grave, pesan de una manera abrumadora. Están tambien allí los hombres de ley que concentran toda su aplicacion en las causas que les estan sometidas. Ejércitos inmensos, verdaderas repúblicas, se levantan rápidamente para ser bien pronto las dueñas caprichosas del mundo. Pero en ninguna parte de la vasta extension de la política romana se percibe una huella de la Gruta de Belen. Ninguna sombra profética aparece por encima de la escena: todo tiene la apariencia de la estabilidad. El sistema, por más vasto que sea, obra como una máquina perfectamente construida. Nadie se cuida de nada. No sería fácil al mundo el ser más indiferente para con Dios que lo que era entónces: no seria fácil al mundo tener ménos consideracion á Dios de la que le tenía entónces. Nadie procuraba descubrir la intervencion divina, sino es algunos oráculos que, tartamudeando la verdad, perturbaban á un pequeño círculo, cuya supersticion era en el mundo pagano lo que se asemejaba más á la religion. En el palacio de los Césares, ¿quién pensaba en aquel César de la Gruta, todavía no nacido?. Algunas veces parece que Dios envía á las naciones una especie de letargo, que las priva de sentido precisamente en los momentos en que está á punto de visitarlas: y esa manera de obrar no parece tanto un juicio celebrado contra ellas, como un deseo de asegurar su propio retiro y la invisibilidad de su accion.

Habia tambien un mundo griego dentro de aquel mundo romano. Un mundo de inteligencia, de pensamiento, de discusion, distraccion honrosa para los vencidos, y refugio de aquellos cuya independencia nacional ha cesado de existir. Habia allí muchas cabezas que formaban sistemas: habia hombres que encontraban la vida suficientemente llena por el interés que les ofrece un estéril eclectismo. Habia todo un mundo de pensamientos sin número, y sin embargo, en toda esa multitud de pensamientos muy poco era lo que habia para Dios. Por todas partes se veia una sombra de verdad desfigurada por todas partes se encontraban testimonios de lo que la razon puede ejecutar, reunidos á los tristes indicios de lo que no ha podido llevar á cabo. Pero los sistemas más sólidos quedarán reducidos á polvo por el Sábio, todavía no nacido oculto en aquella Gruta. Su filosofía será opuesta á la suya. El Niño cristiano del Belen moderno posee en su catecismo más de lo que Platon pudo jamás adivinar, al mismo tiempo que se halla dotado de una sabiduría práctica, que el estudio podria muy bien admirar y aún envidiarle. El mundo de la filosofía tenía necesidad del Niño de Belen. Pero no tenía su conciencia de aquella necesidad, así como tampoco sospechaba la llegada de aquel Niño, y áun cuando hubiese buscado la verdad durante centenares de años, no la reconoceria tampoco cuando se le presentase y le mirase de frente. El viento susurra á través de las llanuras despojadas de hojas por donde corre el Iliyssus; pero una parte de la ciencia, piensa, que cuando llega la media noche, el Dios desconocido de las escuelas impotentes de Atenas, será un Niño mudo sobre la tierra.

Al derredor se encuentra el mundo reducido y estrecho en donde se mueve y agita el descontento de los judíos. Una nacion vencida ofrece siempre un espectáculo triste y penoso: pero nunca lo es tanto como cuando no hace más que agitarse en una sedicion estéril é ineficaz, sin elevarse jamás al heroismo de una generosa cruzada para recobrar la libertad. Tal era el estado del pueblo judío en aquella noche. El censo entrañaba sin duda muchos proyectos estériles con respecto á los Macabeos, entre los que no gozaban renta de algun empleo romano. Habia allí una obediencia de mal grado al extranjero, y el ardor ferviente de los antiguos recuerdos. Habia las intrigas de las facciones interiores, y la pequeñez de una nacionalidad, recelosa y suspicaz, que prefiere sostener sus quejas á elevarse á la paciencia enérgica, que aguarda el momento conveniente de dar el gran golpe para la libertad. Como todas las naciones que estan mal, los judíos procuraban descubrir un libertador, creyendo haberle encontrado á cada momento. Pero habian perdido el discernimiento. La misma magnificencia espiritual de sus antiguas profecías los ofuscaba. Miraban en todas direcciones, ménos en la de la Gruta de Belen, y cuando vino el Mesias, fué para ellos una piedra de escándalo, más bien que un motivo de esperanza y al mismo tiempo que derramaban su sangre por pretendientes, derramaba la de su propio rey en el desconcierto y en el disgusto. La legion tan expléndida y de aire tan marcial al que debia lanzarse á conquistar y redimir el mundo, saldrá de la Gruta de Belen cuando hayan trascurrido cuarenta dias: pero el pueblo caido no tiene ojos para reconocer el explendor celestial de aquella nueva táctica, que no obtiene triúnfos sino en las profundidades de la humillacion. El nuevo Macabeo no se asemeja á lo que les habian dicho las tradiciones nacionales.

A cualquiera parte á donde volvamos la vista, hácia Roma, hácia la Grecia, hácia el Judaismo, hácia la China o hácia los bárbaros, el aspecto es el mismo. Por todas partes hay una indiferencia espantosa con respecto á las cosas de Dios; por todas partes hay la más completa ignorancia de su llegada, y nadie sospecha que se halle tan próxima á realizarse su maravillosa intervencion en el mundo. Cada una de las horas; de esa noche estaba cargada por los hombres de un enorme fardo de malicia y de pecado. A medida que iban cayendo los granos del reloj de arena, ó las gotas de agua atravesaban el clepsidor, las naciones de la tierra colmaban la medida de la iniquidad, que sólo la virtud del corazon de María Inmaculada detiene precipitadamente, porque ha merecido que se anticipe el momento de la Encarnacion.

Pero hay en esa escena un rasgo que no debemos omitir, y es el órden y la calma de los elementos y su aspecto que no ha variado ni un sólo momento. Le convenia á Dios que fuese así. El viento de la noche se elevaba por las colinas como se habia elevado siempre: las estrellas aparecian en su respectivo sitio, una detrás de otra, comenzando por las más brillantes, á medida que aumentaba la oscuridad de la noche. El paisage presentaba su fisonomía habitual en la confusion de la noche tan tranquila y silenciosa. Había en el aspecto de la naturaleza un aire de indiferencia, de egoismo y de falta de simpatía, poco en armonía con la espectativa de la creacion y la venida tan próxima del Criador. Toda la escena aparecia indiferente. Parecería que la naturaleza se hacía á un lado, que dejaba pasar á Dios, que no daba señal alguna de obediencia, y que no tenía relacion alguna con lo que se estaba cumpliendo: pareceria que formaba un mundo aparte, un mundo que no tomaba interés alguno por el mundo de la inteligencia y de la voluntad. Jamás hemos experimentado nada somejante en la vida. Cuando muere un amigo por la noche, hemos abierto la ventana y mirado por de fuera en la oscuridad. Nuestro corazon se encontraba oprimido y parecia que todos los corazones de los hombres se habian concentrado en el nuestro. Nos imaginamos reunir en nosotros mismos y en nuestro dolor todos los intereses del Universo. Nuestras miradas se dirigen por de fuera hácia la tierra, como si su silencio fuese á responder á lo quo experimentamos; pero el resplandor de la luna se burla de nuestra afliccion, el viento de la noche deja oir su zumbido que no carece de atractivo, y los pájaros se agitan en las ramas. ¿Quién no los ha visto así á la pálida claridad de la luna?. Todo está como de costumbre: los rasgos de la naturaleza no tienen expresion. Evidentemente no hay en ella simpatía alguna por nuestros dolores, nuestros temores, nuestras esperanzas y nuestros pesares. Miramos á la naturaleza, pero su fáz muda, pálida, sin respuesta, nos obliga á volvernos hácia Dios: y es una; aventura para nosotros el que sea así: mas sin embargo, eso no sucede sin que experimentemos una especie de estremecimiento que no esperábamos. Hubo un temblor de tierra en el Calvario, pero en la fria noche de Belen todo está tranquilo, indiferente, silencioso, uniforme. La tierra se muestra inanimada, aunque llena de expresion, y esa apatía es penosa de considerar. No es el aspecto de la muerto, porque allí hay una porcion de manifestaciones mudas Es como una figura hermosa privada de inteligencia que la anime. No es la hermosura inanimada del mármol esculpido, es una especie do belleza estúpida que oprime el corazon del que la mira. Para mí, hay algo verdaderamente imponente en la marcha silenciosa de las estrellas por encima de Belen durante esa noche.

Descendamos ahora bajo la tierra, y veamos qué pasaba esa noche en el mundo espiritual que llena lo interior de nuestro planeta. Si dirigimos nuestras miradas á los limbos de los patriarcas, allí tambien, seguramente, veremos penetrar los rayos de una luz plateada. Hay grados en el sueño: el de una persona puede ser más dulce que el de otra: lo mismo sucedia sin duda en el seno de Abraham; habla allí grados de reposo. Podia haber más felicidad en su espectacion, más dulzura en su conformidad con la voluntad de Dios, más gozo en su amor tranquilo y paciente. Su vida era como la vida de los santos, era un éxtasis; y así esperaban. Para ellos, la fe habia llegado á ser el goce, aunque todavía no les fuese dado el gozar; porque su fe se habia convertido en gozo, áun cuando no hubiese llegado todavía á la vision. Habia sin duda pulsaciones en aquel reino de apacibles retiros: habia un corazon, un sólo corazon en el seno de Abraham. Habia instantes en que su espectacion era acometida de un temblor, que para ellos era el manantial de un nuevo gozo. Allí habitaban Adan y Eva, Abel, Noé, Abraham, Isaac y Jacob, José y Daniel, Moisés y Aaron, Josué y Samuel, David, tan semejante al Cristo, los buenos reyes, los santos profetas los bravos Macabeos, Job, la multitud de los paganos santificados, y los penitentes que habian procurado salvar su vida en el diluvio, y que hablan encontrado por la penitencia una vida más dulce., áun cuando se encontraban todavía sujetos al juicio de Dios. Tal vez reciban esa noche la visita de los espíritus angélicos, que vayan á llevarles felices nuevas de Belen, la aldea del favorito Benjamin, que debia experimentar en aquel instante un gozo enteramente particular.

¿Por qué las llamas del purgatorio descienden tanto de un golpe, y por qué parece que pierden tanto de su amargura?. En ese reino tambien, la noche del 24 de Diciembre es una noche de consuelo y alivio universal, y tal vez para muchos la noche de la libertad. Las almas se miran unas á otras llenas de asombro. La libertad de algunos es un gozo hasta para los que se quedan, porque si el Purgatorio es un sitio de padecimiento indecible, es tambien la mansion de una caridad consumada. Pero actualmente la Preciosa Sangre se halla a punto de efectuar su aparicion sobre la tierra, en donde podrá ser derramada, y en donde en ocho dias lo será en realidad. Esa sangre divina es un rocío refrigerante para el Purgatorio: desempeña en esa mansion un oficio que ella sola puede llenar. Durante nueve meses, un arroyo de satisfacciones divinas ha corrido desde el Niño todavía no nacido, y ha obrado maravillas entre aquellas almas santificadas. El soplo de esas satisfacciones ha pasado sobre ese mar de fuego como una atmósfera refrigerante, que lleva el bálsamo de la frescura á los prisioneros y desterrados que encierra. Pero hoy esas satisfacciones van á encontrar una salida más ancha, correrán por un canal más extenso, y derramarán su magnificencia infinita sobre toda la creacion, y el Purgatorio está lleno de los ángeles de la libertad que sólo esperan el momento de la media noche. En ese reino subterráneo de padecimientos espirituales, en donde el fuego completa la obra de la purificacion, San Miguel va á manifestar su radiante devocion al Niño de Belen. ¡Oh rey Salomon! ieres bastante feliz para habitar allí!. El verdadero Salomon, el sabio príncipe de la paz va á venir, y traerá el reposo á ti, que has sido elegido para ser la figura de su sabiduría y de su paz!... Esa noche, en el Purgatorio, es completamente lo contrario de la noche de la destruccion de los primogénitos en Egipto: es una noche que deberá recordarse ante el Señor con frecuencia, pero cuyo recuerdo no se traerá á la memoria á causa de ese gran perdon, que no ha sido igualado ni excedido sino por ese otro perdon, que ha tenido lugar treinta y tres años más tarde, cuando el alma del Niño dejó su cuerpo sobre el Calvario.

Áun en el infierno debemos creer que hubiese cierta agitacion Toda la creacion espiritual de Dios, hasta la que se halla sumida en las tinieblas de esos pantanos impracticables y eternos, debe haber sentido un misterio tan imponente como el misterio de la natividad temporal del Verbo encarnado. El misterio del Infierno tiene una relacion íntima con el misterio de Belen. Este refiere la historia, explica la significacion y justifica las dificultades del primero. Sin duda, se redobló la opresion, y hubo ún temor sin nombre entre aquellos espíritus orgullosos, empedernidos, obstinados, llenos de horror, devorados por los remordimientos y no arrepentidos, que codician á Dios como el avaro codicia el oro, y que sin embargo se alejan de él con un disgusto lleno de espanto, y no le adoran sino con el criminal homenaje de sus maldiciones. Es un mundo de grandezas arruinadas, un reino de inteligencias marchitas y de vidas destinadas á los tormentos, un cáos inmenso que la justicia vengadora de Él que todo lo vé, y que es todo santidad, puede únicamente desmenuzar y comprender, y sin embargo, esa justicia ha sido maravillosamente dividida y contada. Cuando sonó en la tierra la hora de la media noche y fué anunciada por los vigilantes de las calles en las ciudades, debió salir de la Gruta de Belen un terror repentino que más pronto que un relámpago, fué á penetrar en las profundidades del Infierno, aturdir á sus ejércitos de reyes, y obligarles á buscar un retiro en donde esconderse. Tal vez ese terror haya dado nueva intensidad al rencor de los demonios contra las almas de los hombres, que ahora han llegado á ser para ellos momentos irritantes de lo que en vano quisieran llamar una injusticia divina. La grande conspiracion del Infierno, cuya malicia podia tener algo de peligrosa; algo que tal vez ejercia una horrible fascinacion en los culpables; se encuentra ahora desconcertada por el poder dulce y tranquillo de la Encarnacion: ha sido descubierta y reducida á la impotencia y al desprecio, por la mirada silenciosa de un Niño á media noche en Belen. Ha venido el que su Madre llama ahora con el nombre tan suave, y sin embargo; tan poderoso, con ese nombre que ha hecho crujir las cadenas y cerrojos del Infierno. No hace mas que ún instante que Gabriel le ha pronunciado por primera vez.

Pero volvamos á la Gruta. Si un lugar es consagrado á los ojos de generaciones enteras, por haber sido cuna de un grande hombre, ó porque allí produjo obras inmortales de ingenio, ¿qué diremos del lugár en donde nació el Verbo Encarnado?. Seguramente, ese lugar deberá ser objeto de peregrinacion hasta el fin de los tiempos. Los que no pueden visitarle corporalmente, deberán al ménos hacer la peregrinacion y visitarle en espíritu: no solo satisfacemos una curiosidad devota, no sólo recogeremos nuevo alimento para la meditacion, sino que, segun nuestra manera habitual de considerar las cosas, aprenderemos mucho acerca de Dios, acerca de su carácter y de sus vías, con ese estudio profundo de la Gruta de Belen. Cuando entramos en su recinto y examinamos con atencion su mueblaje, parece que expone á nuestra vista todo el misterio de la Encarnacion. Ilumina vastas regiones de la inteligencia de Dios, y nos le descubre en la mezcla de símbolos y de realidades que nos ofrece. Porque, ¿qué es lo que nos revela la linterna rojiza que el viento hace balancear en las manos de San José? El centro de la Gruta está todavía oculto á nuestras miradas. Es el Verbo hecho carne; el Niño todavía no nacido, á cuyo derredor se han agrupado todas las demás cosas. Es el centro de todos los mundos, en gran parte invisible. Sus mismas criaturas forman un obstáculo que impide, verlo en este instante como á su Madre. Sin embargo, de cuando en cuando se muestra, como va á hacerlo á media noche, para permanecer esta vez visible, aunque oscurecido durante treinta y tres años. Pero áun cuando está oculto, es el atractivo, la unidad, la vida, la significacion, el reposo sublime de todos los mundos de que es el centro.

En su derredor, como para formar el santuario en que habita, se halla la fuerza y la belleza de la santidad creada, preservando su pureza inefable del contacto y de la proximidad de las criaturas comunes. En medio de la Gruta, María está en oracion: á primera vista no se advertia allí nada imponente ni persuasivo en su belleza espiritual. Muchas mujeres de Belen la habian visto abandonar sus puertas al anochecer de aquel dia, y no se habian observado en ella nada que, pudiera excitar su admiracion ni áun su interés. Quizá habian reconocido por algunos detalles de su trage y por el acento de José, que era de Nazareth. Habian podido tambien considerarla como demasiado jóven para un esposo de mucha más edad que ella, y habian podido mirarla un instante con una benevolencia pasajera que la vista de su avanzada preñez debia naturalmente excitar. Pero no hubo más que eso: no las ocurria el pensar en su dignidad inefable. No percibieron la luz del éxtasis casi habitual que brillaba en su mirada. No exhalaba ningun perfume que las hubiera envuelto en una atmósfera celestial.

Hé ahí, pues, lo que ocupa el Centro de la Gruta. La santidad increada y la santidad creada en una sola persona y en dos naturalezas: el Verbo encarnado, el Niño Criador está allí, pero todavía no visible.

En derredor de ese centro, ¿cuál es el mueblaje particular de la Gruta? ¿ Quién puede dudar que todo lo que contenia era lo más conveniente, lo más divino, lo más en armonía con el incomparable misterio?. Y sin embargo, ¡todo es tan diferente de lo que nos hemos imaginado!. En primer lugar están los animales: la burra y el buey. Hay seguramente algo muy tierno en la presencia de aquellos animales inferiores en la natividad del Criador encarnado. En la Encarnacion le plugo á Dios descender hasta lo que parece ser el último límite de su condescendencia divina. Ha tomado una naturaleza material, aunque razonable, y segun nuestra manera de comprender las cosas, no habria sido conveniente que tomase una naturaleza que no estuviese dotada de razon. Con todo, no olvidó las criaturas inferiores. Los instintos son una especie de comunion con el de su carácter, con frecuencia más directo en la apariencia que la razon misma, y que se aproxima á lo que comunmente se llama sobrenatural. Hay algo de interesante en la proximidad del reino animal con relacion á Dios. Además, todos los animales inferiores, con sus familias, sus formas, sus colores, su voz, sus costumbres y sus particularidades, representan ideas de la inteligencia divina, y son manifestaciones parciales de la belleza de Dios, del mismo modo que las hojas de los árboles, el brillo de los metales, el reflejo de la luz en las nubes ,los olores multiplicados de los bosques y de los campos, y los variados sonidos de las aguas. Convenia al arte divino, si podemos emplear esta expresion, que las criaturas inferiores estuviesen representadas en el cuadro de la Natividad de su autor. Miéntras las ovejas reposaban afuera, en las laderas de las colinas iluminadas por la luna, el buey y la burra se mantenian de pie junto al pesebre, centinelas mudos, llenos de significacion, de paciencia y de expresion. Los rebaños de animales reunidos en los muros de Nínive entraron por algo en las razones que determinaron á Dios á perdonar á la ciudad arrepentida. Los animales salvajes del desierto fueron sus compañeros durante su ayuno misterioso: y del mismo modo que todos los animales representan algo bello y sabio en Dios, así tambien muchas veces se ha dignado, en su palabra revelada, emplearlos en el lenguaje simbólico. Por medio del cual ha comunicado a los hombres verdades ocultas. En la escena de la Natividad no se encontraban sin tener una significación especial. Nos recuerdan que el Niño de Belen era el criador: su presencia es otra de sus condescendencias. No sólo es rechazado por los hombres, sino que, por decirlo así; tiene que acudir á la hospitalidad de los animales. Comparte con ellos su morada, y están completamente satisfechos. Le acogen con una sumision modesta, y hacen lo poco que pueden para dulcificar con el calor de su aliento la frialdad de aquella noche de invierno. Si no desplegan ningun aparato para recibirle, no le niegan por lo ménos el espacio que pide en su propia tierra: le hacen sitio, y en eso habia más respeto y adoracion que la que habia manifestado Belen.

Consideramos todos estos detalles como otras humillaciones para Nuestro Señor, y tenemos razon. La sociedad de Nuestro Señor con los animales inferiores es una de esas gloriosas humillaciones que han llegado á ser misterios dignos de todo nuestro respeto. Pero no fué solamente el compañero del buey y de la burra, sino que fué colocado en el pesebre, como si fuese su alimento el alimento de los animales, para llegar á ser así con toda verdad el alimento de los pecadores. Aquel pesebre era el segundo de los objetos materiales que se encontraban en derredor suyo. Pero si era el motivo de una profunda humillacion, era tambien la ocasion de una dulce profecía. Anunciaba las maravillas de su altar: era la figura de su union más íntima y más prodigiosa con los hombres. Era un símbolo de la abundancia y de la difusion de la gracia: era una sombra profética de su residencia sacramental en medio de los hombres, desde la Ascension hasta el dia del juicio. Se asemejaba á ese especie de lecho ó de cuna que vemos en las casas de expósitos, cuna en la que es depositado el niño abandonado, sin que nadie pueda ser testigo de la lucha de desesperacion y de amor de la que allí le deja. Jesús fue en cierto modo colocado en el pesebre como un expósito cuyo Padre no existe, y el mundo entero con toda su malicia es su refugio, su hospital.

La paja forma el colchon y el adorno de su cuna, la paja de una granja en Oriente dista mucho de la que tan cuidadosamente se trabaja en nuestras regiones. Los hombres le han tratado como á un animal en los tormentos de su pasion, y no como á una persona. En la primera infancia prepara él mismo su lecho como si fuese una bestia de carga, una bestia reducida á la domesticidad para uso de los hombres Los objetos más viles de la creacion son bastante buenos para el Criador: hasta manifiesta predileccion hácia ellos: el derecho de los hombres; hé ahí la parte de Dios. No porque nosotros se la demos, sino que él la ha escogido, y su eleccion nos enseña cosas muy extrañas y reviste á la caridad cristiana del carácter que la es propio. Tal es el mueblaje del palacio en donde el Rey de los Reyes pasa los primeros instantes de su vida. La rojiza luz de la linterna de José atraviesa por acá y por allá de una manera muy débil las tinieblas y la oscuridad, y vemos la faz unida de los animales, cuya dulce mirada no carece de expresion en aquella circunstancia solemne, y el grosero pesebre que el uso ha pulimentado y ennegrecido, y la paja esparcida por el suelo y entre los piés de los animales, y hecha ménos dura y más suave para formar el lecho del Niño recien nacido. Debemos añadir á esos rasgos, la oscuridad, que no es bastante á disipar la linterna de José. La oscuridad de la noche terrestre es el tiempo escogido, preferido por el explendor increado del cielo.

Es la cortina destinada á ocultarle el velo de su tabernáculo, la cerradura de su santuario. Llegó la primera vez a Nazareth, y á media noche llega hoy á Belen. Si comprendemos bien el sentido de sus palabras, á media noche aparecerá cuando venga á juzgar el mundo. Para él no hay tinieblas; no le hace falta la luz para trabajar, porque ha hecho salir al sol de la nada y le ha revestido con el rico manto de su luz deslumbradora. Ha venido en las tinieblas: era su mision expresa: ha venido cuando las tinieblas eran más profundas, como su gracia lo hace con frecuencia actualmente. La profundidad misma de nuestra propia oscuridad es una especie de atractivo para la inmensidad de su. compasion. Esa oscuridad es el cuarto de los objetos materiales que rodean á la Santa Familia. En fin, debemos observar, como el último rasgo de la Gruta, el frio excesivo que reina en ella. Hasta los elementos ocasionarán sufrimientos á su criador, en cuanto. haya nacido en su naturaleza creada. El aire que deberá respirar para vivir, será tan inhospitalario para él como los habitantes de Belen. La noche fria, casi helará la Preciosa Sangre en sus venas. Pero ¿qué es el mundo entero sino un mar glacial, un desierto de hielo que los rayos del sol ártico apénas iluminan con sus débiles reflejos, un ventisquero siempre en movimiento, que se desliza lentamente sobre sus enormes bases, pero cuyo progreso va á parar en una triste desolacion espiritual?. El Sagrado corazon del Niño de Belen ha venido para ser el vasto foco central del mundo enfriado: librará á la tierra de las ligaduras de sus largas heladas, suavizará su seno y hará, que nazcan en ella flores y frutos. Del mismo modo que ha venido hácia lo que estaba oscuro, así ha venido tambien hácia lo que estaba frio, y por eso el frio y la oscuridad han sido los primeros en saludarle y acogerle. Los animales, el pesebre, la paja, la oscuridad y el frio, hé ahí los preparativos que Dios habia hecho para sí mismo.

Pero esos objetos no son solamente realidades materiales, son tambien tipos espirituales. Muchas veces la materia ha velado á los ángeles como con una cubierta. En la Gruta de Belen habia cinco presencias espirituales, representadas de la manera más conveniente por esos cinco objetos materiales. Eran la pobreza, el abandono, el desprecio ó humillacion, el retiro, y la mortificacion. Esas cinco presencias comenzaron con Jesús en la Gruta, y le acompañaron hasta el sepulcro. Son virtudes austeras, tienen el semblante triste, la voz bronca y su compañía es desagradable al hombre natural. Mas para la vista que la gracia ha purificado, son de una belleza encantadora, su grandeza está llena de atractivos, y sus encantos, semejantes á los amor terrestre, inflaman el corazon y dirigen con frecuencia la vida á través de toda una novela de santidad. La compañía de los animales y el sitio, que por decirlo así, le habian cedido para que pudiese nacer en él, indicaban su excesiva pobreza: el pesebre era la figura de su abandono: ¿podia haber otra más completa?. La paja de deshecho sobre que estaba tendido y que José habla recogido, tal vez de entre los piés de los animales, expresaba bien el menosprecio que los hombres han hecho de él y de su Iglesia, y que harán durante todas las generaciones y hasta su fin. La oscuridad que le rodeaba era el símbolo de sus retiros extraños y multiplicados, en los cuales se complace en ocultarse, como el eclipse del sol sobre el Calvario, ó la delicadeza impenetrable, de los velos sacramentales. El frio glacial que hacía tiritar sus delicados miembros y sentir su primer padecimiento, era el digno principio de esa penitencia incesante y de esa mortificacion no interrumpida, á la que él, la inocencia y la santidad personificadas, se habia sometido para la redencion de los hombres culpables. Esas cinco virtudes, la pobreza, el abandono, el deshecho ó el desprecio, el retiro y la mortificacion, se hallaban, como cinco presencias espirituales, en derredor de su, cuna y aguardaban su llegada. ¡Ay¡ iqué cambio deberá operarse en nosotros ántes que semejante sociedad sea objeto de nuestra eleccion!. Y sin embargo, ¿no han sido siempre las cinco hermanas de todos los santos de Dios?

Habia, pues, algo en esas cinco virtudes que expresaban el carácter del Verbo encarnado. Representaban su santidad humana: eran una profecía de los treinta y tres años: figuraban el espíritu y el génio de su Iglesia en todos los siglos. Echaban por tierra los juicios del mundo, y eran las reglas nuevas, segun las cuales serán pronunciadas las sentencias del último juicio. Eran en si mismas una revelacion, porque no habian sido indicadas sino de una manera muy oscura en las antiguas Escrituras, y la filosofía pagana ni áun habia pensado en ellas. Todavía en nuestros dias, ¿en qué consisten todas las herejías que conciernen á la vida espiritual, sino en el desprecio en que se tiene á esas virtudes? El ascetismo forma parte de la ignominia, de la Cruz, y el paganismo moderno se aparta de él con el mismo desden que le manifestaba el paganismo de la Grecia y de Roma en tiempo de los Césares perseguidores. Sin embargo, esas cinco virtudes, no solamente encierran el espíritu particular de la Encarnacion, y personifican en sí mismas los rasgos especiales de este misterio, sino que tambien revelan el carácter del mismo Dios, y esparcen la luz sobre profundidades ocultas de su divina magestad. La pobreza creada ¿no es la verdadera dignidad de aquel cuya riqueza es increada?. Aquel cuya vida ha sido una eterna independencia y una beatitud plenamente feliz en sí misma, ¿se apoyará en las criaturas? ¿Podemos intentar de aplicar al Todopoderoso la idea de lo confortable sin deshonrarle?. La plata y el oro, los diamantes y las perlas, las casas y las propiedades, todas esas cosas, evidentemente habrian parecido á Dios ignominias más verdaderas que las injurias de Sion ó las crueldades del Calvario. Era bastante que permitiese á nuestra naturaleza reposar sobre su persona. Era bastante que se rebajase hasta apoyarse en la belleza sin mancha de su Madre mortal, y deberla la posesión de lo que él mismo habia creado.

Mas ¿para qué detenernos en el umbral de ese grande acontecimiento? ¿Acaso la noche avanza lentamente, ó nuestros deseos son frios é indiferentes?. El amor seguramente conoce muy bien esa impaciencia que retrasa esa impacienia que su mismo ardor hace titubear, temblar, y que se vuelve tranquila. Consideramos los objetos que los ojos de María contemplaban. Algunas veces se ha dicho que estaba tan sumamente pobre, que no la habia sido posible hacer preparativos para la aparicion del Niño. Guardémonos de creerlo así: pudiera haber sido otra cosa si María hubiése querido; y si el nacimiento de su amado debia tener lugar en un establo, despues de las repulsas inhospitalarias de Belen, hubiera podido disponer, para arreglar el pesebre de algo más que un poco de paja dura y punzante. Se habia provisto de pañales ,y la hubiera sido fácil preparar otra cosa que suavizase el rigor del frio de la noche. Esos accidentes no eran una necesidad de la pobreza de la Madre: eran un efecto de su heróica obediencia. Habian sido elegidos por el Hijo, y la Madre sabía muy de antemano que era lo que habia escogido. Durante nueve meses por lo ménos, si no antes, sólo veia por los ojos de Jesús, y no habia amado más que por su corazon. Estaba en su secreto; los gustos de su Hijo habian llegado á ser los suyos, y su regla, su peso y su medida. Frecuentemente, en vision, habia la Gruta, y la habia extasiado la belleza espiritual de preparativos tan poco conformes á los gustos del mundo. Habia llegado la hora y contemplaba las realidades. En su éxtasis, los animales, el pesebre, la paja, la oscuridad y el frio, parecia que revoloteaban en derredor suyo, de una manera confusa, y revestidos de un doble aspecto, mostrándola unas veces sus rasgos materiales definidos, y descubriendo otras á sus miradas las hermosas fisonomías de la pobreza, del desamparo, de la humillacion, del retiro y de la mortificacion. Miró hácia el y contempló en Dios esos abismos que indicaban aquellos objetos exteriores. Se miró á si misma con su nueva costumbre, que databa de nueve meses, porque para ella, su interior era lo que el cielo para las almas de las demás criaturas y la grandeza del misterio la hizo temblar; deseó, áun cuando su humildad temia que su deseo fuese una voluntad; pero el deseo de su corazon, semejante á una arma arrojadiza que despues de lanzada no se puede detener, habia precipitado su carrera. Tocó al corazon del Niño, é inmediatamente sintió el contacto de Dios, y entró en una calma inefable, y Jesús reposaba en tierra, sobre una punta de su vestido, y se prosternó ante él para adorarle. Dos veces sus puros deseos le habian hecho salir de su retiro predilecto: una del seno increado de su Padre, y la segunda de su propio seno creado, en que habia querido habitar. Pareceria que la dulce voluntad de María habia sido el regulador de los decretos divinos.

María miró la faz del Dios encarnado: de una mirada descubrió en él innumerables maravillas celestiales, y sin embargo, ve que sus encantos son inagotables. La vision ha excedido todas las esperanzas, hasta las de la Madre. Contempla, y á medida que contempla, puede comprender de qué modo las poderosas inteligencias de los ángeles y de los hombres en la plenitud perfecta de su gloria imperecedera se desarrollarán á los rayos de aquella hermosa fisonomía, y se alimentarán para siempre con su expresion tan adorable, tan variada, tan dulce y tan majestuosa. Se opera en ella un cambio que es un signo visible y maravilloso: se produce en su vida de gracia una crisis inefable, uno de esos nuevos principios, como se produjo uno en la anunciacion, y como se produjo uno en la anunciacion y como se producirá otro en la venida del Espíritu Santo. Habia cesado de ser el tabernáculo del Dios encubierto. La posicion de Dios con respecto á ella habia variado, y sus gracias tambien habian experimentado una mudanza: la única mudanza que jamás habian conocido: habian recibido un aumento prodigioso. De repente fué revestida de una pureza nueva; porque Jesús habia exaltado su integridad sin mancha por la manera con que habia nacido, como lo habia hecho preceden temente por la manera con que se habiá encarnado. Era una pureza como jamás la habia poseido criatura alguna: jamás hasta entónces habia habido pureza creada que se asemejase á la de María. Contempla la faz de su Hijo, y miéntras la mira, sus facciones toman la semejanza de las de Jesús.

José tambien se aproxima para adorar: José, el más oculto de los Santos de Dios, y envuelto en las nubes mismas y las sombras que rodean la fuente increada de la divinidad. Su alma es un abismo de gracias sin nombre, de gracias más profundas que aquellas de donde brotan las virtudes ordinarias: son raíces que no tienden á hacer el ensayo del invierno de este mundo, pero que aguardan para desarrollarse y dar flores maravillosas ante la faz de Dios, el mundo porvenir. No nos es posible dar un nombre al carácter de su santidad. No podemos compararle con ningún otro de los santos de Dios. Del mismo modo que su oficio era único, así tambien su gracia ha sido enteramente especial, ha seguido lo que habia de particular con su oficio, y ha sido tambien única. José ha sido para María entre los hombres, lo que Gabriel era para ella entre los ángeles; pero ha estado más cerca de ella que Gabriel, porque José era de la misma naturaleza que María. Ha sido para ella, despues de Belen, lo que San Juan fue despues, del Calvario; de manera, que probablemente si nos fuese posible verlo, reconoceríamos cierta analogía entré su santidad y la del discípulo amado. Pero su santificacion está oculta en la oscuridad, es probable que recibiese el dón de la justicia original, como San Juan Bautista, aunque no podecimos decir que ese dón le fué concedido antes de su nacimento, como le fué al Bautista y á Jeremías. Conviene tambien creer, que por una gracia especial fué preservado del pecado venial. Lo que es indudable, es que fué un vaso de predileccion divina, predestinado desde toda eternidad para un oficio paticular é incomparablemente sublime y revestido de las gracias más magníficas, destinadas á hacerle digno de su oficio.

Estaba frente á Jesús visiblemente en lugar del Padre Eterno. Por eso, amado de una manera enteramente particular por la persona divina que representaba en una funcion tan importante, y tan bien, de una manera enteramente particular por la segunda,.y terceras personas de la Santísima Trinidad, á causa de aquella representacion misteriosa. El alma humana de Jesús, debe haberle mirado, no sólo con el amor más tierno, sino tambien con un respeto profundo y una sumision inefable. Por más dulce y humilde, por más puro y amante que haya sido San José, nos es imposible pensar en él sin un gran sentimiento de respeto, á causa de esa sombra de identidad con el Padre Eterno que le pertenece, y que le descubre á nuestras miradas, áun cuando le presenta á nuestra fe. No podemos describir su santidad porque carecemos de término de comparacion. No tan sólo era más elevada que la de los santos, sino que era tambien de un género diferente. Pero estaba eminentemente oculta en Dios: su vida no era de la tierra: el sitio mismo que ocupaba en el mundo, no era más que la apariencia de un lugar. Ha sido una aparicion en el mundo, una aparicion del Padre no engendrado y Eterno. Su alma se hallaba, por decirlo así, retirada en sí mismo. Era débil y avanzado en edad, dulce y clemente, pobre y oscuro, paciente y dócil y sin embargo, era. una fortaleza inexpugnable, á cuyo abrigo el honor de María y la vida de Jesús se hallaban en seguridad. Si su vida oculta era semejante á la de Dios, lo mismo sucedia con su tranquilidad. Su justicia, como la de Dios, se hallaba de tal modo templada por la misericordia, que casi perdia su aspecto y justicia para revestir el exterior de la indulgencia. Su santidad habia sido una de las ideas eternas de Dios, una de las que Dios habia alimentado con mayor complacencia, y que habia conservado más cerca de sí mismo. Comunicaba con Dios durante las horas de su sueño, como si su sueño no bubiese sido más que el reposo místico de la contemplacion. Todavía hoy en la Iglesia se mantiene como separado, entre las sombras del Antiguo Testamento, como si la ley antigua fuese más bien la dispensacion del Padre y por consiguiente el lugar que le conviene más.

Se acerca á Jesús recién nacido para adorarle ántes de mandarle. Su alma se llena silenciosamente de amor, y si fuese preciso dejaria con gusto que su vida se rompiese y se fundiera sobre el suelo de la Gruta á los piés del Niño, como lo hizo más tarde sobre sus rodillas: pero áun no habia llegado el tiempo, y el Niño le santificó de nuevo le revistió de una fuerza llena de calma y de una dulzura llena de fuerza, le elevó á una fuerza mucho más alta de santidad y de inefable gracia, para que pudiese ser el superior oficial de su Dios.

¿Quién se atreverá á imaginar lo que Jesús pensaba humanamente en el momento en que reposaba en el suelo, contemplando con sus ojos el mueblaje de aquella Gruta que María habia contemplado, y que él habia escogido desde toda eternidad ¿Quien pretenderia sondear las impenetrables profundidades del amor y de la adoracion que ofrecia á Dios, adoracion finita, más sin embargo, de un valor infinito?. Toda la historia de la creacion pasada, presente y por venir, estaba delante. de él, la veia y la comprendia toda entera. Sentia que él era el centro, en derredor del cual se agitaba todo lo demás; el eje sobre que giraban todas las cosas; la luz que difundia por todas partes la claridad; el gracioso y temible punto de contacto entre el Criador y la criatura. En aquel instante adoraba, redimia y juzgaba. Todos los corazones de los hombres estaban en su corazon. Nosotros tambien estábamos allí, encerrados en una pequeña esfera de su conocimiento amoroso y de su misericordiosa atencion. Nosotros tambien éramos habitantes de la Gruta de Belen, habitábamos el centro divino de aquella Gruta, el corazon del Niño recien nacido. ¿No es eso bastante para hacernos dirigir nuestra vida hácia el cielo de una vez para siempre?. ¿Quién podrá decir el amor inefable que profesaba á María; María á la que contemplaba entónces por primera vez con sus ojos humanos; María, cuya hermosa alma se hallaba descubierta á su mirada interior y á su inteligencia que encantaba?. ¿Quién podrá decir con qué respeto , con qué júbilo se volvia hácia San José?. Porque María y José radiaban.igualmente en las olas de aquella Preciosa Sangre, que no derramada todavía circulaba por sus venas y palpitaba en su corazon. ¡Jesús, María y José, eran tres reinos de Dios pero allí no habia más que un sólo Rey, eran tres creaciones, y el Criador era una de aquellas creaciones: eran tres, y sin embargo pareceria que no eran más que una en una unidad maravillosa, unidad que todos no hacía más que una, y que sin embargo, las dejaba tres, la Trinidad terrestre!

Así apareció el Criador, como para formar parte de su propia creacion visible. Pero ¿cómo fué recibido en su creacion? ¿Qué acogida le hizo? ¿Qué respuesta dió al misterio de Belen? ¿Una respuesta verdaderamente digna de Dios? No podia; porque eso, no tan sólo la era imposible, sino que se hallaba muy por encima de todas las fuerzas con que la Omnipotencia podria dotarla. Pero le recibió todo lo bien que podia, y le acogió gloriosamente. Desde el primer instante que siguió á su aparicion en el mundo, el primer acto de adoracion de María le salia al encuentro. Apénas María hubo visto su faz, le ofreció un culto más perfecto, que los ángeles jamás habian podido tributar durante los millares de años de su existencia ante el trono. Excepto por el mismo Verbo encarnado, jamás la majestad divina habia sido adorada de manera tan digna, ni que más se aproximase á un culto adecuado, si nos es permitido hablar asi, cuando pensamos en el abismo que separa á lo finito de lo infinito. Jamás criatura alguna se ha abismado tan profundamente como María ante Dios en el sentimiento de su nada. Podia abatirse ó rebajarse más que ninguna otra, porque se hallaba más elevada en santidad que otra alguna. José tambien habia adorado á Jesús como ningun santo lo habia hecho ántes de él. De las profundidades de su alma tan tranquila; habia salido como un Océano de amor, el ámor más tierno, el amor más humilde, amor que asustaba con la idea de asemejarse al amor del Padre, y que, sin embargo, osaba tener aquella semejanza, lo mismo que el amor de María se habia asemejado al amor reunido del Padre y del Espíritu Santo, porque era á la par Madre y Esposa. No habia ángel que pudiese amar a Jesús como José estaba obligado á amarle. No habia amor temporal, excepto el de María, que pudiese asemejarse mejor á un amor eterno que el amor de José al Niño, á causa de su semejanza con el amor del Padre Eterno. Los coros de los ángeles tambien hacian en aquel instante sus conciertos en los cielos, miéntras la noche trascurria dulcemente, encantada por sus suaves acentos. Cada una de les notas de sus melodías, cada uno de los movimientos de sus cantos, representaba todo un mundo de actos sobrenaturales en sus poderosas inteligencias; actos de amor, de complacencia, de adoracion, de congratulacion respetuosa, de júbilo lleno de Dios y olvidadizo de sí mismo. Jamás la creacion habia aparecido tan maravillosa como esa noche; jamás se habia recogido tan gloriosamente en derredor de su Dios. Jamás habia parecido ménos imperfecto que cuando á aquella hora pacífica se esforzaba en elevarse á la altura de aquel grande misterio, y si sus esfuerzos no han llegado a una distancia infinita á su objeto, al ménos eran dignos de lo que se proponian alcanzar. ¿Quién hubiera podido imaginar que la adoracion finita pudiera aproximarse á la infinita tanto como lo hizo en esa noche? ¡Oh pensamiento que llena de regocijo! ¡Oh, recuerdo digno de todo nuestro reconocimiento, el de que Jesús fuese acogido de ese modo en su llegada al mundo!.

Pero debemos entrar más de lleno en ese pensamiento; sin eso, no tendríamos una idea completa del misterio de Belen. La llegada del Criador recibe una nueva luz de la manera con que la creacion ha respondido á su aparicion, de la manera con que le acogió, con que le saludó y con que le reconoció. No sería referir la verdadera historia de su triunfo, si no se hiciese mencion de los aplausos con que fué saludado. La escena de la instalacion del Criador en su propia creacion, sería imperfectamente reproducida si no representásemos tambien á la creacion rindiéndole homenaje y prestando juramento de fidelidad ante su trono y á los piés de su naturaleza humana. María, no tan sólo es la criatura soberana, sino que es tambien la criatura encargada de representar á las demás. Aunque la adoracion de José y los cánticos de los ángeles serán unos accidentes magníficos dé la llegada de Nuestro Señor, podemos mirar el primer acto de adoracion de María, como que es sustancialmente en sí la acogida hecha por la creacion á su Criador. Cuando vió al Niño recien nacido reposar bajo su velo, tender hácia ella sus manecitas, que en su mudo lenguaje parecia pedirla que le levantase; cuando vió al Dios huérfano pedir el auxilio de los brázos de una madre mortal; cuando vió la hermosura de su rostro y la sintió .pasar á su alma, quedó sumergida en Dios como jamás lo habia sido criatura alguna ántes de ella. Su primer acto fué un acto de amor, pero un amor elevado, del amor de la adoracion. Aunque habia aspirado á ver la faz humana de Nuestro Señor, entónces, que ya la contemplaba, veia su divinidad más que su humanidad. A sus ojos, la naturaleza humana más bien descorria el velo de lla divinidad, que la encubria. Veia en él y adoraba especialmente la Persona del Verbo, la segunda Persona de la indivisible Trinidad.

Del mismo modo que nunca persona alguna se habia acercado tanto á Dios, así tambien nadie le habia tributado jamás un culto tan digno.

Abrazaba, por decirlo así á Nuestro Señor todo entero en el éxtasis de su adoracion: todo lo que era, todo lo que es y todo lo que tiene lo cubria con su alabanza; con su admiracion, con su temor, con su jubilo, con su amor, con su alegría. Ella, que le habia llevado más que milagrosamente en su seno, le envolvia ahora en la inmensidad de su adoracion, tanto que le era posible á una simple criatura rodear la gloria ilimitable é increada de Dios. La Persona divina, su naturaleza divina, su naturaleza humana, con su alma lo mismo que con su carne, el estado de padecimiento en que se habia dignado venir por causa del pecado, todo lo adoraba en conjunto y separadamente con atencion y ternura con la inteligencia más clara, la humildad más profunda, el amor más suave y la admiracion más respetuosa.

Podemos creer muy bien que María, al adorar las perfecciones del Niño recien nacido, adoraba particularmente los atributos que parecian más en oposicion con el estado de infancia en que se mostraba. Los instintos de la oraclon la dirigian en aquel sentido ,y eso lo sugerian hasta las circunstancias del misterio. Adoraba la eternidad del que no tenía más que la edad de un minuto: se extremecia de alegría al pensar que su Niño, desde toda eternidad, habla con el Padre producido al Espíritu Santo, y habia sido con el Padre el principio de que el Éspíritu eterno habia procedido, del que procederia sin cesar, y de que procederia por siempre. Era un gozo para ella el ver que el tiempo, por más antiguo que fuese, era más jóven que aquel cuyo nacimiento en el tiempo habia tenido lugar hacía un minuto, y se humillaba con el respeto más profundo y más dulce cuando contemplaba aquella faz infantil, que su fe la hacia saludar con delicias como la faz del que ha creado el tiempo.

Le consideraba en su debilidad y en su desamparo: su belleza era tan frágil, que el soplo de un ligero céfiro parecia bastante para hacerla desaparecer. Pareceria que no podia levantarse del suelo en donde reposaba, ni elevarse á los brazos de su Madre. Sin embargo, en aquella debilidad adoraba su poder omnipotente. Le adoraba como el Criador infatigable, que por un acto de su voluntad habia construido las sólidas armaduras de todos los mundos: que tenía las montañas en la palma de su mano sin esfuerzo alguno, y que dirigia los temblores de tierra y las tempestades por donde queria, como criaturas dóciles y obedientes. Se regocijaba en la majestad sin límites de su temible poder. Le felicitaba de que en aquel momento la creación entera se apoyaba en él con todo su peso, y que si intentaba por un instante sosternerla con ménos firmeza, volveria á caer inmediatamente en la nada de donde habia salido, y hácia la que tiende siempre por su debilidad finita. Sentia, y era muy feliz en ello, que ella misma no era más que un soplo de su boca, y que tambien ella volveria á caer en la nada, si no era sostenida por la dulzura irresistible de su vasto poder. Le adoraba como al Dios á quien nada es imposible y cuyo poder, sin embargo, obra con tal facilidad, con tal dulzura, con tal igualdad y tal delicadeza, que no produce ruido alguno en su marcha, que no siente ningun esfuerzo en su magnificencia, y que no encuentra ninguna dificultad en su carrera. Todo lo sostenia áun cuando dormia y sin embargo, sus facciones ostentaban todo el gracioso abandono del sueño de la infancia, y en su fisonomía no se advertia ninguna señal de atencion, ni esfuerzo de trabajo, ni sombra de gobierno, ni apariencia de ocupacion.

Le contempla mudo en el suelo. Solamente un vaguido inarticulado se escapaba tal vez de sus lábios infantiles. Pero le adoraba como la palabra articulada del Padre, pronunciada desde toda eternidad, y hasta actual y eternamente pronunciada con una inefable articulacion. Le adoraba en lo que era en realidad, y no en lo que parecia ser. Aparentaba el mismo aspecto de ignorancia que los demás niños. Su vida se asemejaba á la vida animal de la infancia, con sus necesidades, sus sufrimientos y sus pequeños gozos, que no se expresan más que por el brillo de los ojos y por sonidos inteligibles únicamente para el oido y el corazon de una Madre. Más bajo aquel exterior de ignorancia, no sólo reconocia la poderosa razon que tenia la plena posesión de sí misma, sino que adoraba tambien aquella sabiduría inmensa é increada, que en cierto sentido, es el atributo favorito del Verbo. Se extremecia de gozo al pensar que no habia sabiduria ni entre los ángeles, ni entre los hombres, que no dimanase de la sabiduria de Jesús, y que no habia filosofías ni ciencia que no fuesen simples chispas de su conocimiento increado.

Del mismo modo, la inmensidad de Jesús era enaltecida á los ojos de su Madre por su pequeñez actual: le parecia tanto más ilimitable, cuanto era tan pequeño en la Grúta. Reposaba sobre su velo simple y frágil flor de estrecha vida humana; pero sabia que, en realidad, se extendia mucho más allá de todas las esferas posibles del espacio. Adoraba la omnipescencia de aquel pequeño prisionero, que encerraba en aquel instante una delicada extructura de huesos, de carne y de sangre. Se regocijaba con él de su presencia universal, de su incomensurable esencia, de su libertad sin límites y de su inefable sencillez que ningun espacio encierra. Le felicitaba de que todo en él era sin límites, de que excedia los términos de la perfeccion imaginable, y de que en su imponente realidad sobrepujaba en mucho, no sólo á todas las existencias actuales, sino tambien á todas las existencias posibles.

En fin, cuando María le consideraba temblando de frio, cuando percibía la tierna tristeza que se mezclaba á su felicidad, cuando tal vez le veia derramar lágrimas humanas, adoraba á Aquel cuya vida eterna era una beatitud inefable. Reconocia en él la fuente increada de todo gozo creado: sabía qu en aquel instante llenaba á millones de espíritus angélicos de una alegría celestial; sabía que no habia gozo alguno en la tierra entre los hombres, ni entre los animales, que no fuese una chispa misericordiosamente desprendida de la superabundancia de su felicidad. Así es que cuando María rendia á Jesús el culto más perfecto que puede tributarle una simple criatura, adoraba especialmente aquellas perfecciones: que exteriormente parecian las más opuestas á su estado de infancia.

María contemplaba tambien la union hlpostática de la naturaleza humana con la naturaleza divina, y el derecho que la naturaleza humana adquiria por eso á los honores del culto divino. En su consecuencia, adoraba la belleza espiritual de la santa humanidad. Adoraba la carne que Jesús habia tomado de ella misma y en la que debia padecer y por sus padecimientos redimir al mundo. Le adoraba como el alimento real sacramental de todas las generaciones por venir, ofrecido á los homenajes y á la adoracion de todos los fieles sobre el altar. Adoraba con respeto y fruicion la Preciosa Sangre que corria por sus venas. Se regocijaba de la abundancia y de la prodigalidad de la redencion, que la efusion generosa de aquella sangre debia cumplir. Felicitaba al Niño por las victorias sin número que su sangre debia hacer que alcanzase la gracia para su gloria: por la pureza maravillosa de los santos, por las conversiones magníficas de los pecadores, y por la gloriosa perseverancia de todos los que no vivian en union con él. Veia aquella Preciosa Sangre en su curso á través del mundo como un rio ancho y caudalosa, que llevaria por todas partes la fecundidad, que embelleceria la faz de la naturaleza con el verdor de la gracia, haria florecer al desierto como un jardin, y cubriria las rocas estériles de espesos bosques que exhalarian suaves perfume, frutas de oro se balancearian pendientes de las ramas, y en los que sonarian mil cantos alegres y variados. Contemplaba sobre su vasto seno de flotas inmensas cargadas de tesoros celestiales, en camino para la mar eterna. Admiraba la suave beneficencia de sus corrientes silenciosas é irresistibles, y la adoraba en las venas del Niño, y derramaba lágrimas del más humilde gozo cuando pensaba que su manantial se hallaba dentro de su propio corazon inmaculado.

Adoraba tambien el Sagrado Corazon de Jesús, con todos los santos afectos que encerraba. Veia en él el inmenso amor de que ella misma era objeto, penetraba las maravillas de que aquel amor estaba lleno, veia la union gloriosa del principio divino y del principio humano, y el amor único, sin igual, sin precedente, que de ella resultaba. Percibia tambien el lugar que en aquel instante ocupaba cada uno de nosotros en aquel.corazon inmenso, y ciertamente la parecia que no habia en Jesús nada más adorable que amor inexplicable á los pecadores. Ese amor es más maravilloso aún que los medios tan sábios de que se ha valido para librar á los pecadores de sus culpas. Adoraba su alma, con todas sus prodigiosas operaciones y sus profundidades de sabiduría y de gozo. Nada fué omitido en aquel acto de adoracion: cada cosa estuvo en su lugar; cada cosa ocupó su rango, cada cosa recibió el honor que la era debido, en cuanto lo era posible, á una simple criatura, el dar á Dios lo que se le debia. Tal fué el primer acto de adoracion de María.

Ahora, reflexionemos sobre todo lo que encerró aquel acto de adoracion. Como ya hemos dicho ántes, María no es solamente la criatura soberana, sino que es tambien la criatura encargada de representar á las demás. Así es que su adoracion fué ofrecida en nombre de todas las criaturas. Era el reconocimiento por la creacion de su Criador encarnado. Además, María comenzó por ese acto como para inaugurar oficialmente las devociones tan variadas de la Iglesia católica á la santa humanidad, como las del Sagrado Corazon, de la Preciosa Sangre, del Santísimo Sacramento, de la Santa Infancia, de la Pasion, y otras. No sólo las comenzó anticipándose á las intenciones amorosas de los santos, sino que excedió tambien á todos lo que los santos han hecho en cada una en particular. Ese acto de adoracion está vigente en la Iglesia, se repite en las almas piadosas que inspira, guía el sentimiento de los fieles, produce magníficos tipos de devociones diversas y corona á la Iglesia,, con una superioridad apacible sobre todos los demás homenajes colectiyos del amor redimido hácia la santa humanidad del Redentor. La adoracion de María (no debemos olvidarlo) no estaba separada de la adoracion de San José, con el cual estaba en la más estrecha union espiritual; pues que Dios los habia unido en la unidad trascendente de la trinidad terrestre, y su adoracion gozaba de una prerogativa que ninguna otra podia poseer, porque ofrecian al mismo tiempo á Jesús la autoridad que debian ejercer sobre él. Nuestro Señor recibia el homenaje de José y de María, á quienes él mismo habia establecido sus superiores. Si la tendencia del corazon de los santos nos revela la tendencia del corazon de María, y si ella misma no es más que la inspiracion instintiva del corazon de Jesús, pareceria que en nuestros dias nada podria unirnos más eficazmente con los corazones de Jesús de María que una devocion tierna y respetuosa a San José.

En ese acto de adoracion, nuestra Madre bendita nos reconoció tambien por sus hijos. Tenía la conciencia del lugar que ocupaba en la creacion de Dios: principiaba á desempeñar el oficio cuyas insignias habia recibido públicamente en el Calvario. Se ofreció por nosotros al Niño recien nacido. Consentia en ser nuestra Madre y estaba pronta á sufrir los padecimientos con que debia darnos á luz á nosotros sus hijos adoptivos, de una manera tan diferente del alumbramiento sin dolor de esa noche. Estaba preparada para representar la gran familia humana en todas las tiernas funciones. que ejercia con respecto á ella. Nos ofreció tambien á Jesús: nos ofreció á su amor: mezclaba nuestro nombre en sus oraciones. Pedia para nosotros la conversion más completa, deseaba ardientemente que pudiéramos formar parte del glorioso triunfo de la pasion de su Hijo. Por su poderosa intercesion nos introducia en el baño de su Preciosa Sangre, y se apresuraba á aceptar el puesto activo y preeminente que ocupa en la vida secreta de la gracia con cada uno de nosotros. Por nosotros tambien ofreció á Jesús al Padre. Con un amor heróico convertía en nuestro provecho lo que recibia más bien para ella que para nosotros. Veia que el Calvario estaba en su ofrenda, y sin embargo, no retiró las manos que habia elevado. Tal ha sido la bella oblacion de María tres veces repetida. Se ofreció á Jesús por nosotros: nos ofreció á Jesús: ofreció Jesús al Padre por nosotros. Entónces, desde la cima del Calvario se volvió, miró á la Iglesia de todos los siglos por venir, y nos ofreció á todos á nuestro divino Salvador, para hacérnosle aceptar y amar. Así; se elevó desde la Gruta hasta el Padre Eterno; de la oblacion de si misma á Jesús hasta la oblacion de Jesús al Padre. Porque el primer pensamiento de la Madre es para el Hijo; el segundo para el Padre.

Así se completó el misterio de Belen. Así hemos asistido á él en las manos de nuestra Madre y en el corazon de nuestro Salvador. Nos ha costado algun tiempo el decirlo, y sin embargo, sólo un instante reposó Jesús en el suelo: en un instante quedaron cumplidas todas las cosas. La tiranía del tiempo se detiene muy ligeramente sobre las obras divinas: ellas tienen otras medidas. Lo infinito debe necesariamente ser instantáneo. ¡Madre dichosa!... iMadre más allá de toda expresión!... Vió la faz de Jesús, y Jesús contestó á su mirada con una sonrisa. ¿Era á través de las lágrimas? ¿Cuál era la significacion de aquella sonrisa celestial y humana? Se sonrió como un hijo sonrie á una madre querida: se sonrió como el Salvador victorioso que habia redimido á su Madre por la Concepcion inmaculada. Se sonrió como el Criador que mira con complacencia la más graciosa de sus obras. Se sonrió como el fin último y la beatitud de la que se regocijaba de glorificar y poseer con él durante toda la eternidad. Se sonrió como Dios, y su sonrisa era inefable. ¡Temblamos cuando pensamos que debemos esperar que esa misma sonrisa sea un dia nuestro gozo, y un gozo que no concluirá jamás! Pero, como todas las miradas de Dios, esa sonrisa llevaba consigo todo un mundo de gracias: era substancial, como lo son siempre las visitas de Dios, y producia substancialmente lo que expresaba. i Cuánto, por consiguiente, debió elevar á Maria en santidad! Para ella era, en cierto modo, una creacion nueva. Una mirada de Jesús convirtió á Pedro: ¿qué debió hacer una sonrisa, dirigida al rostro de su Madre sin mancha? iOh dulce Niño de Belen!... ¿Cuándo caeremos de rodillas ante tu faz?... ¿Cuándo te veremos sonreir á nuestra llegada al cielo, con esa sonrisa que reposará en tus labios para ser por siempre nuestra gloria y nuestra posesion?

¡Escuchad!... El último celaje ha desaparecido detrás del horizonte. Las estrellas brillan á través de la fria atmósfera. El viento de la noche, que susurraba por encima de las hojas y de las fértiles vertientes de las colinas circunvecinas, cesa de repente, se aleja poco á poco, y bien pronto dejan de percibirse sus débiles murmullos. El reino de los ángeles se abre por un feliz instante, y los cielos, en aquella hora de la media noche, están inundados por las olas de una melodía sobrenatural, tan bella, que extasía el corazon de los que la oyen; y, sin embargo, es tan dulce, que no turba el sueño ligero de las pacíficas ovejas que duermen á lo léjos en la llanura.

Capítulo IV Los primeros adoradores

En el presente capítulo vamos á considerar á Belen como un océano de devocion, como una basta extension de santidad sobrenatural, y como una gran casa de actos de virtudes, que forman una buena parte de la vida diaria de la Iglesia de Dios.

¿Quién es el que no ha sentido que cada año la Semana Santa le trae algo nuevo, asombroso y desconocido hasta entónces en la Pasion?. El sabor y el perfume del misterio varían, combinándose con los cambios y los desarrollos de la gracia que está en nosotros. No hay una fiesta de Navidad que se parezca á la anterior. Belen es cada vez más encantador; los acordes de los ángeles nos parecen más dulces. Hemos aprendido á conocer mejor á María y á José. El Niño llega á ser más hermoso cada año.

Si pensamos en las diferentes maneras con que nuestro amor respetuoso podria acercarse á la Gruta, encontraremos, despues de reflexionar, que hay nueve espíritus de devocion que vendrán á apoderarse de nuestras almas, á expresar por medio de palabras esos nueve amores, esos nueve géneros de adoracion.

Todo lo que podremos hacer será pintarlos. Cuando llegamos al Belen de la historia, encontramos en efecto, que puede decirse que los primeros adoradores eran en número de nueve; esa coincidencia parece elevar la division que establecemos en la devocion a la Santa Infancia, ó algo más que á una conjetura puramente facultativa. Del mismo modo que habia nueve coros de ángeles en derredor del Trono del Verbo eterno en los cielos, así tambien habia, por lo ménos en figura, nueve coros de adoradores al derredor del Verbo encarnado en Belen. Nueve coros de ángeles cantaban en el cielo; nueve géneros diferentes de adoradores ofrecian silenciosamente sus homenajes sobre la tierra. Sin embargo, no debemos olvidar que entre toda esa variedad hay al mismo tiempo una unidad completa y más elevada.

La devocion especial ó la infancia de Jesús, que ha distinguido á la Iglesia de los últimos tiempos, es una flor de la órden de los Carmelitas, y en los fértiles desiertos de esa órden ha sido plantada por el Espíritu Santo en Beaune (Francia). La venerable Margarita de Beaune ha sido el instrumento elegido para propagar esa devocion, no sólo por su enseñanza, sino tambien por su vida mística y por sus estados de oracion, que eran una especie de representacion dramática de los misterios de la Santa Infancia. Muchos Santos, de los más antiguos, como San Antonio de Pádua y San Cayetano, se han distinguido por una devocion especial del mismo género. Pero los Carmelitas franceses la han organizado, y en sus manos ha tomado una forma más palpable y más explícita que la que habia tenido anteriormente. Así la hemos recibido de la órden más grande de la Iglesia, de la órden que pertenece á María por un derecho más especial y más antiguo que ningun otro. La devocion actual á la Santa Infancia es dón de los Carmelitas, como la devocion actual al Sagrado Corazon es dón de las humildes y dulces hijas de la Visitacion. Pero rara vez las obras de Dios brotan de una sola fuente, si eso tiene lugar alguna vez. Habia en Francia un gran número de personas contemporáneas de Margarita de Beaune, que al mismo tiempo que ella habian sido atraidas por el impulso del Espíritu Santo á una devocion especial á la Santa Infancia. Entre esas personas, el célebre M. de Renty deberia ocupar el primer lugar; aunque no hubiese nada de exclusivo en su devocion. Su biografía ha dicho "que se encontraba en la gracia de la Santa Infancia, como una esponja se halla en el agua, pero con la diferencia, sin embargo, de que estaba más confundido en el océano inagotable de las riquezas infinitas de aquella Divina Infancia, que lo está una esponja en las aguas del mar". Miéntras que algunos hacian de la pureza, otros de la inocencia, y otros de la sencillez el espíritu distintivo de todas esas devociones, pareceria que M. de Renty y otras personas de la misma época miraban como el espíritu especial de la Santa Infancia la tendencia á hacerlo todo por un puro movimiento de la gracia. Esa es por lo ménos la conclusion que parece deducirse del estudio atento de la vida de esos santos personajes, que el Espíritu Santo ha formado segun esas devociones. Pero, en toda hipótesis, no es posible negar la unidad de esas devociones, como tampoco el poder que poseen de formar un carácter de santidad especial particular y completamente fácil de reconocer. Sin embargo, su atractivo es ménos universal que el de la Pasion, pero rara vez se halla separado de ella.

La Santísima Virgen nos presenta el primer tipo de la devocion á la Santa Infancia. Ya hemos visto que en el homenaje que habia rendido al Niño, había representado á toda la creacion, y que la habla excedido de una manera extraordinaria. El homenaje de María fué de un género diferente del que puede ser el nuestro, independientemente de que dejaba muy atrás los homenajes mismos de los Santos. María ocupaba en la creacion de Dios una posicion particular, que la colocaba, por decirlo así, aparte de las demás criaturas. No sólo nadie puede llegar á su altura, sino que nadie puede ni aun acercársela. Forma parte de la jerarquía de la Encarnacion, y tiene sobre nuestro Señor lo que puede llamarse derechos que por sí mismos son suficientes para dar un carácter distinto al culto que ella le tributa. En todo eso más bien debemos admirarla que procurar imitarla, y no es de esa especie de cosas de lo que vamos á ocuparnos. María no es solamente para nosotros un objeto de admiracion; es tambien un modelo, y actualmente vamos á poner á la vista su ejemplo. Las facilidades que tenemos para llegar á la santidad son mucho mayores de lo que suponemos. La estimamos en ménos dé lo que son realmente, porque es muy penoso para nuestro amor propio el ver el abismo que existe entre el lugar que ocupamos y el que debíamos haber alcanzado. Por el mismo motivo rebajamos la cantidad de gracias que recibimos, para no vernos obligados á percibir la diferencia que hay entre la altura á donde podría conducirnos nuestra correspondencia á la gracia que nos ha sido positivamente dada y la bajeza de nuestro estado real en la vida espiritual. Una correspondencia de todos los instantes a la gracia en cosas que están completamente á nuestro alcance, nos conduciria, casi sin dejárnoslo percibir, á alturas de santidad que la naturaleza se niega contemplar cuando las ve en su elevacion abrupta y directa, y no por la pendiente suave y gradual que conduce á ellas. Si un hombre viese en una vis¡on colectiva todas las penas corporales y todos los padecimientos intelectuales que deben caer sobre él sucesivamente en el curso de su vida, quizá llegaría á la desesperacion, ó, por lo ménos, vendría á cernerse sobre su espíritu una sombra que aborreceria todo cuanto hubiese alegre en derredor suyo. De la misma manera los hombres retroceden ante el descubrimiento de la perfeccion, cuando se representan toda la suma de mortificacion que habrá debido producirse en el intervalo en que se haya alcanzado el objeto propuesto.

Así es, que tememos pensar en Jesús y en María como nuestros modelos. Por lo que hace á Nuestro Señor, nos desentendemos de su divinidad y estrechamos sin razon el círculo de su accion humana. En cuanto, á la Santísima Virgen, exaltamos su grandeza excepcional y nos imaginamos rendir homenaje á sus virtudes, colocándolas más allá de á donde puede llegar nuestra imitacion. Con relacion á los Santos, nuestra pusilanimidad se complace en exagerar lo que es admirable, á expensas de lo que es imitable. ¡Ay! si solamente quisiésemos dejarnos conducir por la gracia ordinaria á donde ella quiere, con su marcha tan dulce, sus atractivos tan seductores y sus sacrificios tan fáciles, ántes de que transcurriesen muchos años, nos encontraríamos muy próximos al mundo de los Santos; y el pasaje habria sido tan suave, que nos pareceria dudoso si se habria efectuado. La correspondencia á la gracia ha sido la gracia más grande de María. Su correspondencia á la gracia es la que explica y hace comprender su inmensa santidad. Su correspondencia á la gracia es la que ha hecho su santidad digna de su exaltacion sin rival. Si queremos ser tambien fieles á las pequeñas gracias que nos son concedidas, como María lo fué á las de que ha sido colmada, concluiremos por acercarnos á ella ó más bien por hacer lo que podemos llamar aproximarnos á ella, siguiendo el ejemplo que nos da.

El carácter distintivo del acto de adoracion que María ofrecia á Jesús, fué su humildad. Los que se han elevado á una grande altura, pueden descender más abajo que aquellos á quienes la gracia ha levantado simplemente del abismo, y los ha dejado casi sobre los bordes. Pero independientemente de eso, la gran santidad parece gozar de un poder de humillacion que es el resultado de todas sus gracias combinadas, y no de alguna de ellas en particular. Por ambas razones, la humildad de María no ha tenido igual entre todas las humillaciones de los Santos. Se acerca, aunque á una distancia infinita, á ese rebajamiento voluntario, inefable, que pertenece á Nuestro Señor mismo, á esa gracia á ,que se ha adherido y á la que ,se adhiere todavía en el Santísimo Sacramento con una predileccion tan adorable. Por medio de su humildad, María ha recibido todas sus santificaciones: por medio de su humildad, ha llegado á ser Madre de Dios. El amor de esa gracia fijó en ella la vista del Verbo, la vista de su eleccion eterna. Miró la humildad de su sierva.

Tal es el primer ejemplo que nos da María, ejemplo que adquiere nueva importancia y nuevas significaciones, cuando le consideramos en sus relaciones con la devocion á la Santa humanidad. Sólo por un ardiente espíritu de adoracion podemos extraer las virtudes celestiales de esas devociones, y hacerlas penetrar en nuestras almas.

El primer fruto de la humildad es el gozo: la gracia que encontramos en las profundidades á que descendemos, es la alegría espiritual; y el regocijo de nuestro espíritu está en proporcion de lo que nos rebajamos. El júbilo de una madre al nacer su primogénito ha llegado á ser proverbial. Pero jamás criatura alguna se regocijó como María: jamás ha habido júbilo tan profundo, tan santo, tan bello como el suyo. Era el júbilo de poseer á Dios de una manera tal, que nadie le habia poseido hasta entónces, de una manera que constituia la obra más grande de la sabiduría y del poder divino, y el testimonio más grande del amor inexplicable del Criador á sus criaturas. Era el júbilo de presentar á Dios algo que le fuese igual y cubrir de ese modo su divina majestad con un culto tan vasto como su inmensidad. Era el júbilo de poder, por esa ofrenda, obtener para las criaturas, sus semejantes, gracias maravillosas, que eran á la vez nuevas en su abundancia, en su eficacia y en su excelencia. Era el júbilo de la hermosura de Jesús, de la encantadora dulzura de su fisonomía, del misterio glorioso de cada uno de sus miradas, y de cada uno de sus tactos, de los privilegios tan tiernos del amor maternal y del contagio del júbilo inefable de sí mismo, que pasaba de su alma á la de su Madre. El mundo entero, en virtud de su creacion, por que ha sido creado por un Dios tan admirable, tan infinitamente bueno, dichoso y amante, es un mundo de júbilo. El gozo entra en su naturaleza de una manera tan completa, que no puede ménos de sentirle. El mundo se halla en la expansion del gozo sin saber lo que hace: prorrumpe en cánticos alegres, como el niño sin cuidados, cuyo corazon se halla demasiado lleno de alegría para que pueda reflexionar. No hay en él una línea ni una forma que no sea bella sobre toda expresion. Da saltos de gozo al sol, y cuando se abre es para dejar paso al verdor de la primavera, á las flores del estío, á los frutos del otoño, y luégo reposa en la calma del invierno, semejante á un niño inocente en su cuna, bajo su manto de nieve, adornado con cristales fantásticos, miéntras que majestuosas tempestades hacen resonar su armonía, en derredor de su sueño, que no interrumpen. María, la causa de nuestro gozo, era un vástago de la tierra, un specimen de lo que habria sido un mundo no decaido, y sobre una rama terrestre, el mismo Jesús, el júbilo de todos los júbilos, ha florecido y exhalado su celestial perfume.

Así, la devocion de María al niño de Belen fué acompañada de un gozo prodigioso. No hay adoracion en donde no hay gozo. Porque adorar á Dios es más que conocerle y amarle, es encontrar en él sus delicias.

Con el gozo recibió tambien María un nuevo acrecentamiento de su inefable pureza, esa gracia cuya perfeccion es abandono completo de sí mismo en Dios. En la pureza hay algo que se aproxima á lo infinito. Supone un desasimiento de las criaturas, un rompimiento de todos los lazos ménos nobles, aunque inocentes, que nos permiten emprender libremente nuestro vuelo hácia Dios, e ir á reposarnos en él sólo. Todo apego á las criaturas estrecha la capacidad de nuestra alma para contener á Dios. Hay muchos amores terrenales que nos ennoblecen, pero que no producen ese resultado, sino arrancándonos de otros objetos más bajos, y dirigiéndonos hácia otro más elevado. Cuando hay competencia entre el amor terrestre y el amor divino, este último es el que padece, porque está en su naturaleza el poseer los corazones por completo y no compartir su gozo. Gran número de personas llegan frecuentemente al amor de Dios por el amor de los hombres. A los Santos pertenece el tener un amor á los hombres, que no es otra cosa que una parte de su amor á Dios. María podia amar á su Niño con toda la ternura apasionada de una Madre heróica, porque su ternura era tambien literalmente un culto.

El exceso del amor humano, que en los unos llamamos idolatría, en ella era simplemente adoracion. El misterio de la Natividad de Nuestro Señor era en sí mismo un misterio de pureza, era un nuevo milagro destinado á adornar la virginidad de su Madre. Por consecuencia, debia aumentar inmensamente su pureza y hacerla todavía más sublime.

De la pureza de la Santísima Virgen vino su sencillez: la sencillez es una gracia propia de las regiones inmediatas á Dios. En nuestros estrechos valles la conoceremos muy poco: es el más alto grado de imitacion de la naturaleza divina á que el alma puede llegar. Indica ya esa grande victoria de la gracia, en que el olvido de sí mismo no exige esfuerzo, sino que ha llegado á ser como una segunda naturaleza. María no pensaba en si misma: no procuraba más que sutilizar, por medio de su ciencia elevada, los accidentes del misterio que se operaba á su vista. Confundía lo terrestre y lo divino en su acto único de adoracion, con algo semejante á la sencillez; en la que estaban confundidos en la union de la Encarnacion.

Sin embargo, esa sencillez, cuya vida la constituye el olvido de sí mismo, nos hace que atendamos á los otros, á las multitudes de los otros, que no son nada ménos que las multitudes que pueblan toda la tierra. María renuncia á su gozo en cuanto le ha obtenido: María renuncia á Jesús por nosotros. Aun bajo él cielo de Belen, consiente en los horrores del Calvario. Su primera devocion á la Santa Infancia termina en su devocion á la Pasion. De semejante desinterés, ¿podia salir otra cosa que un espíritu de oblacion? ¡Cuántas lecciones nos da todo eso!. La devocion, que tiende siempre á la renuncia de sí mismo, puede perfeccionarse admirablemente en sus diferentes grados, imitando á María á los piés de su Niño recien nacido. Es una humildad algo atrevida; mas, sin embargo, en último resultado es una humildad verdadera la que se atreve á tomar por modelo del culto que rinde á Dios, el culto de la propia Madre de Dios, que le ha ofrecido por todas las criaturas un homenaje tal, que todos sus homenajes reunidos jamás podrian acercársele, áun cuando fueren prolongados durante toda la eternidad.

San José nos ofrece un segundo tipo, aunque un poco diferente, de la devocion á la Santa Infancia. No sabemos nada de los principios de ese santo maravilloso. Semejante á las fuentes del rio sagrado de los egipcios, sus primeros años se hallan envueltos en una oscuridad que su belleza subsiguiente embellece á nuestros ojos, del mismo modo que el Oriente sombrío y nebuloso nos aparece luminoso con los reflejos de una hermosa postura de sol. Estaba ya sin duda muy elevado en santidad ántes de sus esponsales con María: y no podia ser otra cosa, atendida la eleccion que Dios había hecho de él desde toda eternidad. Durante los nueve meses que María llevó á Jesús en su seno, las gracias deben haber sido acumuladas en José mucho más de cuanto podemos imaginar. La sociedad de María, la atmósfera de Jesús, la presencia contínua del Dios encarnado, y el hecho de que su vida no era más que una série de servicios prestados al Verbo aun no nacido, deben haberle elevado muy por encima de todos los santos. El nacimiento de Nuestro Señor y la vista de su faz bendita deben haber sido para él como una nueva santificacion. El misterio de Belen bastaba por si solo para colocarle en el rango de los santos más elevados. Para él, como para María, la humillacion voluntaria ha sido la gracia más grande. Sabía que era la sombra, la figura del Padre Eterno, y ese convencimiento le abrumaba. Ocupado constantemente con el pensamiento de la dignidad de su oficio, se ocultaba con el respeto más profundo en los sentimientos más bajos de su propia abyeccion. El mando hace á los hombres profundos más humildes que la obediencia. La humildad de San José fué mantenida toda su vida por el oficio que tenía que desempeñar de mandar á Jesús y de ser el superior de su Dios. El sacerdote, que tiene más razon de deplorar su falta de humildad, es humilde, por lo ménos en el instante en que llegan las palabras de la Misa, en la Consagracion. Durante años, José vivió en el ejercicio de esa funcion temible que para el sacerdote no dura más que un momento. La casita de Nazareth, era como el blanco corporal extendido sobre el altar. Todas las palabras de José se asemejaban en cierto modo á las de la Consagracion. Qué prodigios de santidad debe haber encerrado una vida digna de semejante ministerio, una vida que llegaba á semejante altura!.

José es un objeto de imitacion presente á esas almas, para las que hay épocas en que están tan poseidas de la devocion á la Santa Infancia, que las parece imposible tener devocion alguna á la Pasion, y á las que naturalmente turba ese fenómeno de que desconfian. Siempre debe recelarse de la singularidad. Cuando estamos en desacuerdo con la grande multitud de los fieles, es probable que nos hallemos en un estado de ilusion. Seguramente existen movimientos extraordinarios del Espíritu Santo, pero son muy raros; y áun entónces, siguen ciertas analogías, sobre todo cuando parecen más extraños y más extraordinarios. .Así es que no hay ejemplo de Santo alguno que haya .estado durante toda su vida de tal manera absorto en alguno de los demás misterios de Nuestro Señor, que haya olvidado el misterio de la Pasion, ó no le haya colocado entre sus principales devociones. La preeminencia dada á la Pasion en la vida espiritual de Margarita de Beaune, particularmente durante sus últimos años, es una confirmacion notable de esta doctrina. Sin embargo, para algunas personas hay épocas que vienen, cumplen su obra, y pasan, durante las cuales parecen sobrenaturalmente poseidas del espíritu de Belen, y en aquellos instantes no ven del Calvario más que sus contornos azulados, semejantes á los de una montaña que se divisa en un horizonte lejano. La gracia tiene algo especial que cumplir en el alma, y lo cumple de esa manera. San José deberá ser nuestro patrono en esas circunstancias, porque él tambien ha sido santificado con una exclusion aparente por esos mismos misterios de Belen. Sin embargo, esa devocion no ha estado para él, como tampoco lo estará para nosotros sin su amargura. En el fondo del pesebre se halla la Cruz: el Corazon del Niño es un Crucifijo viviente.

El fundamento de la devocion de San José, era como para María la humildad. Mas, no obstante, la humildad de José se diferenciaba de la de su casta Esposa: era una gracia de otro género. En aquella humildad habia ménos olvido de sí mismo: su mirada estaba siempre fija sobre su propia indignidad. Parece siempre sorprendida de los dones que la habian sido concedidos, y sin embargo era tan apacible, que no habia en ella nada que tuviese el carácter precipitado y poco agradable de la sorpresa. José era en cierto modo la personificacion del desinterés. Toda su vida debia estar dedicada á los otros, y no á sí mismo: tal era su vocacion. Era un instrumento dotado de una alma viviente, un accesorio y no un principal, un superior que no lo era sino para ser más servidor de otro. Era simplemente la Providencia visible de Jesús y de María .Pero su desinterés no tomó jamás la forma del olvido de sí mismo. Así, su gracia particular era la posesion de sí mismo. La calma, en medio de la inquietud, una atencion apacible en medio de misterios tiernos é interesantes, un corazon tranquilo unido á una sensibilidad exquisita, la conciencia de sí mismo conservada con el único objeto de una inmolacion voluntaria y continua, la prontitud de la docilidad unida á la lentitud de la edad y á la gravedad natural del carácter: una dulzura no interrumpida entre una série de cuidados abrumadores, de cambios bruscos y de situaciones inexperadas, una sumision flexible á cada uno de los movimientos de la gracia, á cada uno de los con tactos de los dedos divinos, como si se cerniese sobre la tierra más bien que estar arraigado en el suelo, como sí fuese la víctima aparente de un destino romántico caprichoso, y de enigmas divinos llenos de oscuridad; y sin embargo, siempre tranquilo, modesto, reservado, sencillo, sin curiosidad y reposando enteramente en Dios; tales son las operaciones de la gracia que parecen tan maravillosas en el alma de José. Esa alma reflejaba en su calma trasparente todas las imágenes de los objetos celestiales que la rodeaban.

Su espíritu estaba interiormente ocupado de su temible oficio, más bien que dedicado en lo exterior al pensamiento de la cosecha de la gloria de Dios entre los hombres. Era una consecuencia natural de la posesion que tenía de sí mismo. Ocupaba una posicion oficial, pero era solamente con respecto á Dios, pero no con respecto a Dios y á los hombres como la Santísima Virgen. Así es, que habia ménos espíritu de oblacion en José que en María. No veia más que á Dios y a sí mismo... no conocia nada de los demás, sino lo que le hacian sufrir, y por eso adquirian títulos á su amor. El carácter sacerdotal de la santidad de María era ménos visible en él. Era sacerdote del Niño Jesús, pero no para sacrificar y ofrecerle, sino solamente para guardarle, dirigirle con respeto y adorarle. Lo mismo que un diácono, podia llevar la Preciosa Sangre, pero no consagrarla: ó más bien, era sacerdote servidor, que le estaba confiada la custodia del Tabernáculo, ese era su oficio, no el de ofrecer el santo sacrificio. Todo eso estaba en perfecta armonía con su reserva y su modestia. Debia esperarse que la sombra del Padre Eterno se moviese sin ruido por encima de los hombres. Las sombras no hablan sino esparciéndose; embellecen, armonizan todas las cosas, las hacen más imponentes, y llenan los corazones que cubren con la elocuencia muda de lás más tiernas emociones.

Nuestro tercer tipo de devocion al Niño Jesús, le encontramos en San Juan Bautista. Por María; Jesús fué á encontrar á San Juan, como fué á San José; y como viene tambien á nosotros. Por la dulce armonía de la voz de María, se manifestó el poder secreto de la gracia reparadora del Niño Redentor. Juan, detrás del velo, adoraba al que tambien detrás del velo le habia absuelto de su pecado original, habia roto sus cadenas, le habia llenado de una santidad eminente, y le habia dado la uncion que le destinaba á ser su precursor inmediato. Él tambien, como José, no debia ser más que un simple instrumento. Él tambien debia preparar el camino para el Niño de Belen. Su luz debia desvanecerse á medida que la de Jesús fuese creciendo á la vista de los hombres. El tambien, extraño habitante del Desierto, vestido con un traje extraordinario, compañero de los ángeles y de los animales salvajes, se sustentaba con un alimento tambien agreste. Él tambien debia permanecer oculto á las miradas de los hombres durante los primeros años de su vida, como José lo habia estado, y como su antepasado Elías debia estarlo, durante los numerosos siglos que debian trascurrir desde el fin de su vida, hasta las escenas que anunciaran la llegada del juicio. Del mismo modo que José, Juan Bautista fué separado del Calvario y se detuvo en los límites de la luz del Evangelio, saliendo apénas de las sombras del Antiguo Testamento. Lo mismo que José, recibió la órden de ser el superior de Nuestro Señor, pero con una humildad diferente de la de José, y sin embargo, humildad verdadera, resistió su propia elevacion, y no se inclinó sino ante el suave mandato del que reclamaba el bautismo de sus manos, y que daba para los demás un poder sacramental de purificacion del agua, que no podia ménos de simular la ablucion sobre su alma sin mancha. Como José, tenía un espíritu solitario, pero fué apaciblemente mecido (por decirlo así) en las soledades del Desierto, y no contrariado sin cesar por multitud de hombres poco simpáticos. Era una luz que quemaba y brillaba, y de él declaró el Verbo encarnado que no habia nacido de mujer hombre alguno que fuese tan grande como él. Pertenece tambien como San José á la Santa Infancia. Trasmitió sus discípulos á Jesús: concluyó por donde su Señor comenzó, como la luna que desaparece en cuanto sale el sol, y como los Santos Inocentes, ofreció á su Salvador el homenaje de su sangre.

Juan Bautista fué el primer convertido de Nuestro Señor. Su redencion fué, por decirlo así, el primer Sacramento que Jesús administró. Por la voz de María, le fué milagrosamente concedido el dón de la justicia original, le fué dado el uso completo de la razon, y recibió las gracias inmensas que suponian su oficio extraordinario, y las palabras maravillosas que Nuestro Señor pronunció acerca de él. Cuando consideramos todas esas cosas, podemos formarnos alguna idea de los rasgos distintivos de su devocion al Niño de Belen. El arte cristiano se ha complacido en representar á Jesús y á San Juan como á dos niños. Sin embargo, ese pensamiento, cuando nos fijamos en él, nos abruma. El arte no podrá jamás expresar la divinidad de Nuestro Señor, y así, nunca, cuadro alguno de devocion puede representar lo que nos muestran nuestras visiones en la oracion.

La alegría, la gratitud, la generosidad con respecto á Dios, una feliz imposibilidad de unirse á las cosas terrestres ,tales son los rasgos que á primera vista parecen haber distinguido la devocion de San Juan al Niño de Belen. ¡Dichosos los que llegan á poseer ese espíritu! ¡Dichosos los que Dios favorece con un atractivo especial hácia ese grande Santo!...

El atractivo de San Juan es una de las vías que nos conducen á Jesús: vía que el mismo Jesús ha establecido, y á la que por consiguiente están adheridas gracias particulares. San Juan fué escogido para disponer los corazones de los hombres á ser los tronos de su señor. Él fué el que puso los cimientos del Colegio de los Apóstoles en Pedro, Andrés y Juan, que eran sus discípulos. Tenía San Juan Bautista atractivos que producian un encanto. ¿En qué consistian?. Sin duda alguna en los dones de la naturaleza, lo mismo que en los de la gracia, porque tal es la vía de Dios. Sin embargo, es muy difícil ver en qué residian. Segun el modo que el mundo tiene de apreciar las cosas, Juan era un hombre grosero: el aire salvage del desierto centralizaba su dulzura. Su autoridad, como habríamos podido imaginar, si las vidas de los Sántos en todos los siglos no nos hubiesen enseñado lo contrario, debia alejar de él á los hombres é impedir que le eligiesen por modelo ó por maestro. Su enseñanza era desagradable á la naturaleza corrompida. Reformaba, no tenía consideracion á nadie, y condenaba enérgicamente. Hablaba con vehemencia, sin precaucion oratoria, y sobre todo, sin acepcion de personas. Sin embargo, todos se reunian en derredor suyo, áun cuando les decia que su enseñanza no era definitiva, que su mision no era más que una preparacion, y que él no era el libertador que buscaban. Todas las clases, todos los rangos, todas las profesiones se agitaban en torno suyo, como los insectos al derredor de una lámpara, seguros de sentir las acometidas de su ardiente severidad, quisieran ó no, atraidos por su luz. ¿Cuál podia ser el atractivo que habia en él, sino el dulce espíritu de Belen, el espíritu de alegría, de generosidad y de abandono de la tierra producido por la superabundancia de una gracia siempre nueva?. Aquel hombre austero era más imponente que todos los anacoretas, y sin embargo, todo su sér estaba inundado de felicidad habia bebido el vino de la Preciosa Sangre cuando todavía era nuevo, y le habia producido una embriaguez que debia durarle hasta el fin. Se habia dicho de el, ántes que naciera, que en su nacimiento se regocijarian los hombre, y sin embargo, nada parecia indicar que aquella profecía debia realizarse. Cuando oyó el sonido de la voz de María, saltó de alegría en el seno de su Madre. Aquella era la felicidad de la gracia, era el triunfo del amor redentor, era la primera y la más preciosa victoria del pequeño conquistador de Belen. Cuando sus oidos se abrieron por primera vez con el dón de la razon que acababa de recibir, los sonidos que los hicieron, fueron los de la voz de María entonando su Magnificat. ¿Cómo una vida, cuyo principio habia sido rodeado de semejante júbilo, de semejante armonía, hubiera podido conocer la tristeza? Desde su misma infancia, San Juan se dirigió al desierto, por temor de que el mundo no llegase á deshacer el encanto que rodeaba su alma. No hacía milagros, pero él era uno de ellos; su vida era un prodigio: del mismo modo que Elías, está oculto actualmente en la árida cima de alguna montaña perdida entre las nubes, ó á la sombra de bosques desconocidos, pasando en éxtasis pacíficos su paciente vida de espectacion: así San Juan, que era á la vez el sucesor y el antecesor de Elías ,estaba oculto en el Desierto, poseyendo en su alma el espíritu embelesador de Belen. Ese espíritu que atraia á los ángeles hácia aquel lugar solitario, dulcificaba las naturalezas feroces de los animales, le hacía insensible á la tiranía caprichosa de los elementos, y mantenia á su alma en las altas regiones de la vida espiritual. Aunque inocente, hacía penitencia como si hubiese sido pecador, tanto porque no queria ceder á Dios en generosidad, cuanto porque el espíritu de Belen le inclinaba, como al Santo Niño, á amar los trabajos y la pobreza. Tal era el Niño de la Preciosa Sangre, el Niño cuya alma todavía no nacida, habia sido templada en la belleza del Magniflcat. Tal fué la primera conquista del Niño de Belen, la creacion encantadora de la gracia que el Niño Criador produjo en un instante por el sonido de la voz de su Madre. ¡Felices los que por una devocion especial á San Juan Bautista se hacen compañeros del que lo fué del Niño Jesús!.

En los ángeles encontramos nuestro cuarto tipo de devocion á la Santa Infancia. ¡Cuán hermoso es á nuestros ojos ese vasto mundo angélico con sus variados reinos de santas maravillas y de magnificencia espiritual!. La devocion á los ángeles emancipa al alma de toda pequeñez y la habitúa felizmente á los pensamientos celestiales. Todos esos espíritus innumerables están más puros que la nieve que despide la tempestad: puros en la riqueza de sus bellas naturalezas, y no por la penosa purificacion de la austeridad ni por la muerte repentina ó gradual de la naturaleza en las manos de la gracia. María, su reina, fija en ellas su mirada, y la blanca luz de su pureza encantadora se refleja en ellos, como en un agua tranquila y profunda. Ellos son los que más se aproximan á Dios, y es una de las reglas del servicio de los cielos, que el incienso de las oraciones de los hombres debe ser quemado delante de Dios por los ángeles. Sin embargo, nos están unidos por el vínculo del parentesco. Los miramos más bien como hermanos primogénitos que como criaturas separadas y distintas de nosotros por la preeminencia de su naturaleza. Los amamos con un amor lleno de deseo; nos creemos seguros de ser sus asociados en sus goces eternos, y no desesperamos de llegar á su altura, aunque eso nos es imposible porque su hermosura fortalece más que desalienta. Es un motivo de perpétuas delicias para nosotros el ver que sirven á Dios tan bien, miéntras que nosotros le servimos tan mezquinamente, y que es tal la grandeza de su amor, que encuentran gozo en el amor de los hombres. Y ¿por qué no habian de estimar lo que Dios desea de una manera tan inefable? ¡Oh regiones magníficas! ¡Oh pueblo expléndido y brillante!. El explendor de la creacion brilla maravillosamente en ellos, cuando en su rápido vuelo, sus alas despiden sin cesar rayos de luz y exhalan suaves perfumes, que son todos de Dios y de la casa de Dios, y nos dan el dulce mal de la patria como desterrados que aspiran el olor de una flor casi olvidada de su país natal ó que oyen los acentos, por largo tiempo desconocidos, de alguna melodía patriótica. No hay abismo entre nosotros y los espíritus angélicos. Semejantes á una nave cuyas blancas velas se extienden por encima de las aguas del mar en un inmenso dia de estío, y que tan pronto parece formar parte de la azulada superficie, como elevarse cual una ligera criatura aérea, así los ángeles vuelan, se detienen y se ciernen por encima de este mar de gozos y de dolores humanos: nunca demasiado elevados sobre nosotros para que no podamos alcanzarlos, y con más frecuencia mezclando, como Rafael, su pura luz con nuestras tinieblas, como sino fuesen más que los mejores, los más dulces y los más nobles de entre nosotros.

Su devocion al Niño de Belen era inmensa: era la causa y el medio de su perseverancia: no hay una gracia en los tesoros profundos de su existencia bien aventurada que no sea del Niño de Belen, y de él, no simplemente por ser el Verbo, sino como del Verbo encarnado. Es la vision de su Santa humanidad, que habia sido á la vez su prueba, su santificacion y su perseverancia. El Niño de Belen les ha sido mostrado en el centro de las llamas de la Divinidad y le han adorado, le han amado, y se han humillado ante esa naturaleza inferior que le plugo tomar. Han saludado con las aclamaciones de una lealtad llena de alegría el decreto que les anunciaba que su Madre mortal iba á ser su Reina. Han esperado el dia en que la hija de Ana regocijase la tierra tan distante de ellos y que en el cielo resonase una música tan dulce como la que oyeron el dia de su concepcion y de su coronacion. Así, pues, la devocion al Santo Niño era para los ángeles más que una devocion; era su religion, y casi hubieran deseado que fuese su redencion.

Cuando la florecilla brota de debajo de la tierra, se desarrolla visiblemente en Belen á la hora de la media noche, y embalsamó de repente al mundo con sus perfumes, á pesar del invierno, á pesar de la oscuridad, á pesar de las tinieblas de una Gruta privada siempre de los rayos del sol, el cielo pudo abrirse, los ángeles pudieron hacer uso de sus voces y de sus instrumentos, los obstáculos que se oponian á su impaciente alegría desaparecieron, y recibieron órden de hacer resonar en la tierra acentos divinos, como jamás se habian oido en ella, ni áun cuando las brillantes estrellas de la mañana habian saludado su creacion; acentos que no convenian más que al triunfo en que el Dios Eterno celebraba las victorias de su amor sin límites. El horizonte celeste se perdia en las profundidades de los mares: los acordes de aquella gloriosa música resonaban por encima de las cúspides de las montañas: las vastas bóvedas del estrellado cielo repetian sus ecos de una manera clara y limpia, las nubes temblaban con sus ondulaciones: el sueño desplegaba sus alas, y sueños, llenos de esperanza, descendian sobre los hijos de los hombres. Las criaturas inferiores prestaban atento oido y se amansaban. Los bosques mismos se inclinaban en silencio al leve soplo de la brisa nocturna, y los rios, en los que reflejaban las estrellas, corrian más silenciosamente para poder oir. Las flores exhalaban un doble aroma, como si quisiesen agotar el suave olor que contenian. La tierra sentia aligerarse la pesada carga de sus crímenes, y los mundos, girando á lo léjos en el espacio, estaban inundados de los torrentes de la melodía angélica que los alcanzaba en su carrera. Silenciosos, y en una adoracion llena de impaciencia, los ángeles se habian inclinado hácia la tierra en el momento de la Encarnacion. Silenciosos, y apénas retenidos en sus órbitas por la omnipotencia de Dios, se habian agrupado como una muralla de fuego encima de la Cruz sobre el Calvario. Pero en Belen su alegría interior estalló libremente, y cubrieron toda la creacion de Dios de los encantos maravillosos de ese Gloria in exelsis, que es en si mismo no tan sólo una magnífica revelacion de la naturaleza angélica, sino tambien la adoracion que se produce en derredor del trono, hecha perceptible por un instante á los oidos de esa tierra tan baja y tan humilde. ¿Quién ve que Belen ha sido el objeto de predileccion de los ángeles?.

Su devocion era una reparacion de la ignorancia del hombre, de la grosería de Belen, y de toda la inhospitalidad de la tierra en el porvenir para con su Criador Encarnado. Era algo que se asemejaba más al culto de María que al de José, porque tenía tanto olvido de sí misma. Si un ángel pudiese no ser dueño de sí mismo, hubiéramos podido decir que la devoción angélica al Niño de Belen era demasiado expontánea para ser recogida, y demasiado triunfante para ser humilde. Se asemejaba más á una explosion de grandeza, que no podian contener, que á la ofrenda de una adoracion deliberada y meditada. Era el desbordamiento del cielo que buscaba en la tierra nuevo espacio en donde pudiese desarrollarse. Se asemejaba tambien á la devocion de San Juan Bautista, porque estaba cargada dél reconocimiento de largos siglos de vida, estaba llena de los recuerdos misteriosos de su antigua prueba, y era la realidad saludada con fruicion de ese primer acto de adoracion, en cuya belleza ha sido cumplida su predestinacion cuando todavía no veian al Niño más que en vision.

De los ángeles que cantaban pasemos á los pastores que oian sus cánticos celestiales; auditorio bien sencillo, pero que no dejaba de convenir á una eleccion divina. Los pastores son nuestro quinto tipo de devocion á la Santa Infancia. No conocemos ninguno de sus antecedentes: no sabemos nada de lo que siguió á su adoracion privilegiada del Niño. Salen de las sombras por un instante: los vemos al resplandor de las estrellas de aquella despejada noche de invierno. Una aureola divina los circunda: están escogidos entre los hombres: los ángeles les hablan, y hemos oido decir que ellos hablan á otros del Niño maravilloso que habian visto, un Rey, un Rey encubierto, que habia nacido en una Gruta, en un establo, pero que á pesar de todo eso era un Rey celestial. Luégo las nubes vuelven á condensarse: los pastores desaparecen: ya no volvemos á oir hablar de ellos. Su fin está tan oculto como su principio. Sin embargo, cuando una luz que viene de Dios cae sobre un hombre, supone en los antecedentes de ese hombre algo que le ha sido dado por el cielo, ó que ha atraido sobre él las miradas de lo alto. Esas luces no caen por accidente, como los rayos del sol, que por casualidad pueden pasar á través de las hendiduras de las nubes, y cuya luz parcial reviste de un resplandor pasajero las rocas, los bosques, y las corrientes de agua, con sus orillas cubiertas de musgo, esparciendo sobre ellos mil colores, miéntras que deja en la sombra otros que son por lo ménos tan hermosos como los que ilumina, sin apercibirse de ello. La historia primitiva de los pástores es para nosotros tan oscura como la de José: sin embargo, no dejan de tener cierta semejanza con él. Tienen su vida oculta y su sencillez, pero no la majestad imponente de su temible oficio. Eran dueños de sí mismos, no por el poder que un espíritu interior les daba sobre su alma, sino merced á su extremada sencillez. Un ángel les hablaba, y no estaban ni humillados ni envanecidos: solamente les asustaba la grande luz que les rodeaba. Aquello era tan natural para ellos, en cuanto á lo concerniente al acto de su inteligencia, como si algun aldeano vecino suyo que se hubiese retrasado, pasase junto á ellos miéntras velaban por la. noche y les comunicase alguna noticia nueva. Para los espíritus sencillos, como para los espíritus profundos, cada cosa es en sí misma su propia evidencia. Oian los coros de los ángeles, y aquellos coros les encantaban más; sin embargo, no reflexionaban en el honor que se les dispensaba en ser admitidos á oirlos. Su sencillez era la sencillez de una santidad infantil, que no se ocupa en discernir lo natural y lo sobrenatural. Sus almas tranquilas encontraban una calma perpétua en el pensamiento de Dios.

La fe y la prontitud de la sencillez, no son ménos heróicas que la fe y la prontitud de la sabiduría. Los pastores no fueron inferiores á los reyes magos en el ejercicio de esas grandes virtudes. Pero habia ménos conocimiento en la prontitud de los pastores que en la docilidad maravillosa y en el pronto sacrificio de los magos. Los pastores nos representan tambien el lugar que la sencillez ocupa en el reino de Dios, porque despues de María y de José, ellos fueron los primeros que sobre la tierra ofrecieron un acto exterior de adoracion al Niño recien nacido de Belen. La sencillez se aproxima mucho á Dios, porque el atrevimiento es una de sus gracias más naturales. Se aproxima, porque no se imagina hasta qué punto avanza. No piensa en sí misma, ni áun para considerar su propia indignidad, y por eso se precipita, cuando un respeto que tuviese más conciencia de sus actos, no avanzaria sino con lentitud: y se halla en plena libertad, en donde otro género de santidad esperaría permiso. Algunas veces se asusta como un tímido cervatillo, y una vez asustada, no se tranquiliza fácilmente. Semejantes almas no son tan humildes como sencillas. Llegan al mismo fin por una gracia diferente, y esa gracia produce una santidad análoga, tal vez más amable.

La predileccion de Nuestro Señor á los pequeños está tambien admirablemente representada en la vocacion de aquellos hombres rudos, dedicados á la guarda de los rebaños, y en cierto modo, todavía niños. Fuera de la Gruta, los pastores fueron los primeros llamados por él. Los pastores son hombres que han vivido con las costumbres dulces de las criaturas que apacentan, hasta tal punto, que su vida interior ha contraido hábitos análogos. Reposan por la noche en las laderas de las frias montañas ó entre la azulada niebla que hiela el fondo del valle. Oyen zumbar el viento sobre la superficie de la tierra, y la molesta lluvia no les permite conciliar el sueño. El aspecto de la luna ha llegado á serles familiar, y las silenciosas estrellas se mezclan en sus pensamientos más de lo que ellos sospechan. Son póbres y robustos: se han criado en la soledad y con recursos bien escasos, y habitan siempre fuera del hogar doméstico, sin disfrutar sus goces. Tales son los primeros hombres llamados por el Niño, y que acuden, como sus rebaños acudirian a su voz. Llegan para adorarle, y la adoracion de su sencillez es el gozo, y la voz de su gozo es la alabanza. Dios aprecia las alabanzas de los pequeños. Hay en la fe algo agradable para él, y en el amor algo de confianza, que infunde á los pequeños bastante atrevimiento para ofrecerle el tributo de su alabanza. Ama tambien las alabanzas de los que son humildes y dulcemente dichosos. La felicidad es el carácter de la santidad, y si la voz del padecimiento, soportado con paciencia es una alabanza para Dios, la voz clara y limpia de la felicidad lo es todavía más, de esa felicidad que no reposa sobre las cosas creadas, ni encuentra su centro más que en él. Apénas llegan á Dios los que no gozan de una felicidad suprema, en medio de calamidades inferiores y sensibles. Aquellos cuyo gozo procede del que está en ellos, adoran á Dios con alegría, merced á una felicidad á que el mundo no puede llegar, porque procedo de un santuario demasiado profundo para que pueda acercarse á él. La tristeza es una especie de incapacidad espiritual. Un hombre melancólico jamás podrá ser otra cosa que un convaleciente en la casa de Dios. Puede pensar mucho en Dios, pero le adora muy poco. Dios deberá servirle de enfermero, mas bien que él servirá á Dios como á su padre y su rey. No hay debilidad moral tan grande como el sentimentalismo ó la costumbre de quejarse. El gozo es la frescura del espíritu: el gozo es la aurora perpétua del alma, el rayo habitual del sol, de donde emanan la adoracion y las virtudes heróicas. Llena de animacion y de gravedad, pronta y olvidadiza de sí misma, reflexiva y audaz, contemplando ya los objetos de su fe y segura de sus esperanzas, llena de esas felices decepciones voluntarias del amor, que quiere dar á Dios más de lo que recibe, y que, sin embargo, encuentra continuamente con una sorpresa llena de delicias, que él, y solamente él, es el que recibe, tal es la devocion del hombre feliz. Para él todos los deberes son fáciles, porque todos los deberes son nuevos: y son siempre cumplidos con la actividad y la alegría de la novedad: se asemejan á bosques antiguos que nos son familiares, y que á medida que brillan cada dia con los rayos de la aurora, parecen ofrecernos diariamente una escena nueva, extraña y desconocida. Pero el que se halla tendido como sobre un lecho de dolores alma pobre y lánguida ¿que hará jamás por Dios?. La gran sencillez de los pastores no les permitia tener reservado su homenaje como un secreto. Si hay Santos que conservan secretas las cosas para gloria de Dios, los hay tambien que rinden honor á su gloria, refiriendo las maravillas que les ha permitido contemplar. Pero semejantes Santos deben tener una sencillez rara por gracia especial, y esa sencillez es una proteccion más segura que el silencio; y el silencio, que casi es una necesidad para todas las almas, no les es de ninguna manera necesario. Tambien los pastores fueron los primeros apóstoles, los apóstoles de la Santa Infancia. Los primeros apóstoles fueron pastores y los segundos pescadores. ¡Dulce alegoría!. Así es como Dios se revela por sus elecciones, y cada eleccion en particular es un volúmen de revelacion.

Las figuras de los pastores han concluido por ocupar un lugar tan natural en las imágenes de Belen, que nos complacemos en representarnos, que nos parecen, por decirlo así, inseparables y las miramos como indispensables para el misterio. ¡Qué bien convienen el papel que en él representan y sus ocupaciones pastoriles!... Hasta los contrastes son conveniencias. El cielo se abre y se revela á la tierra: no forma más que uno de los lados del coro destinado á cantar el Oficio de la Natividad; la tierra será el segundo, y la respuesta de la tierra á los cielos abiertos, será la dulzura pastoril de aquellos guardianes de espíritu sencillo y de corazon puro. La tierra envia sus pastores para rivalizar con los cantores celestiales, y mira su sencillez como la respuesta más armoniosa que puede dar á las inteligencias angélicas. Verdaderamente la tierra ha dado una prueba de sabiduría en la eleccion, y ha enseñado á sus hijos una profunda filosofía.

Pero en este momento se efectúa en la escena un cambio que á primera vista parece poco en armonía con la humildad característica de Belen. Una cabalgata, procedente de las extremidades del Oriente, avanza hácia aquel lado. Se oye el sonido de las campanillas pendientes de los cuellos de los camellos. Un séquito numeroso de criados ó sirvientes acompaña á tres reyes de diferentes tribus orientales, que, con sus ofrendas, se dirigen hácia el Niño recien nacido. En esa historia hay algo más romántico que todo cuanto podria permitirse la misma novela ó la ficcion. Aquellos hombres atezados están reputados como los más sabios del Oriente. Representan la doctrina y la ciencia de su época. Y, sin embargo, han hecho lo que seguramente miraria el mundo como una necedad. Eran hombres que su ciencia conducia á Dios; hombres, podemos decirlo sin temor de equivocarnos, de costumbres reflexivas, cuya vida era enteramente ascética, y para los cuales la oracion era habitual. Los fragmentos de tradiciones primitivas, y los oscuros recuerdos de antiguas profecías pertenecientes á sus naciones fueron para ellos como unos preciosos depósitos que les hablaban de Dios y que estaban llenos de una verdad oculta. La corrupcion del mundo, que su elevada posicion como reyes les permitia ver en toda su extension, afectaba sobremanera á sus sensibles corazones. Ellos tambien suspiraban por un Redentor, por un visitador celestial, por un nuevo principio del mundo, por la venida del Hijo de Dios, por la llegada de algunos que los librase de sus pecados. Sus tribus, sin duda, vivian en una estrecha alianza., y ellos se habian unidos por los lazos de una amistad, cimentada por los mismos deseos y los mismos votos por una perfeccion y un estado de cosas más elevado. Jamás reyes algunos habian tenido una calma más régia. En el oscuro azul del cielo se presentó una nueva estrella hasta entónces desconocida. Aquella aparicion no podia pasar desapercibida á miradas de aquellos sabios orientales, que por la noche observaban los astros, porque la ciencia era tambien para ellos la teología. Era pues, la estrella de que habia hablado una antigua profecía. Se bajaba hácia la tierra, y su movimiento era más precipitado que el de las demás estrellas; quizá tambien dejaba en pos de ella una ráfaga de luz, y su movimiento, lento pero visible, aparecia tan bajo en el horizonte, ó con una deduccion tan inclinada hácia la tierra, que parecia como una señal: era como un ángel que llevase una antorcha para alumbrar la marcha de los peregrinos, que durante la claridad no habian avanzado lo suficiente, y que cada noche hubiese aparecido y sido saludada como el custodio fiel que indicaba el camino de la Gruta de Belen. ¿Cuántas veces, para enseñarnos, escoge Dios más bien la noche que el dia?. Las inspiraciones del Espíritu Santo, que obraban sin duda en el corazon de aquellos príncipes sabios, los atraia hácia la estrella. La seguian, como los hombres siguen una vocacion sin saber con toda certeza que seguian un impulso divino. Por más extraordinaria y romántica que parezca la conducta de aquellos sábios entusiastas, no titubearon despues de una madura reflexion y declararon que el signo luminoso era la estrella de la antigua profecía, y que, por consiguiente, Dios habia venido. Dejaron sus palacios, sus Estados y sus negocios, y se pusieron en marcha hácia el Occidente sin saber dónde iban, guiados únicamente durante la noche por la estrella que se deslizaba silenciosamente por la línea que la habia sido trazada. Eran los representantes del mundo pagano que se levantaban para ir á postrarse á los piés del Salvador universal. Llegaron á las puertas de Jerusalen, y allí Dios hizo honor á su Iglesia. Hizo cesar la direccion de la estrella, porque entónces la direccion superior de la Sinagoga estaba á su alcance. Los oráculos de la ley declaraban que el Mesías debia nacer en Belen, y los Magos pasaron y se dirigieron á la humilde aldea. La estrella brilló de nuevo en el azul de los cielos, y fué descendiendo lentamente hácia la tierra por encima de la Gruta de Belen. Un instante despues los devotos reyes se hallaban á los piés de Jesús.

Se necesitaria un volúmen para comentar plenamente esa suave narración del Evangelio. El Niño, al parecer, queria poner en movimiento las regiones más elevadas del mundo y las más bajas. Hacía algunos instantes que habia llamado la sencillez al pesebre, y hoy va á ser que se presente la sabiduría. Sin embargo, ¡cuán diferente es la vocacion!. Para los hombres sabios, para los reyes, eran necesarios signos, y porque eran reyes sabios eran precisos signos científicos. Así como la dulce paciencia y los trabajos oscuros de una vida humilde habian preparado las almas de los pastores, así tambien los años empleados en el estudio de la sabiduría oriental, fueron para los reyes como una preparacion para el Evangelio. La verdadera ciencia tiene tambien su espíritu candoroso, su bella sencillez. La ciencia hace niños á los que la enseñan, cuando su corazon es humilde y su vida pura. Era una cosa muy sencilla para los reyes el dejar su morada, las casas de madera, ó las tiendas que les servian de palacios. Fueron sencillos tambien cuando se turbaron en Jerusalen porque la estrella habia desaparecido. Mas cuando llegaron al término de su viaje, cuando la estrella los hubo dejado en aquella mansion, medio establo, medio caverna, y vieron á un Niño de una pobreza abyecta, tendido sobre paja en un pesebre entre un buey y una burra, con un viejo artesano, como diria el mundo, de la clase más baja para representar á su Padre, y á una Madre joven, tan poco conveniente para semejante Esposo, entónces apareció el triunfo de su sencillez. No vacilaron un instante; ninguna duda se suscitó en ellos, con respecto á la mayor ó menor verosimilitud divina que podia haber en todo aquello. Su mirada interior se hallaba purificada para ver las cosas divinas con una claridad infalible y para apreciarlas inmediatamente con exactitud. No habian venido de tan léjos sino por lo que estaban viendo; habian traido sus brillantes metales y sus inciensos preciosos para deponerlos en aquel oscuro retiro de animales, en donde sólo la mirra parecia convenir á las circunstancias en medio de las cuales se mostraba el Niño: estaban satisfechos. No era tan sólo eso lo que pedian, era más de lo que pedian, mucho más de lo que jamás se hubieran atrevido á esperar. ¿Quién podria llegar á Jesús y María, y no dejarlos contentos, si su corazon es puro?. ¡Dejarlos contentos, y sin embargo, dejarlos con pesar! ¡ Cuán régia les parecia la pobreza del Niño de Belen, y cuán régio tambien aquel pedazo de tela maternal en que reposaba como en un trono!

El gran rasgo característico de la devocion de los Magos fué la fe que la animaba. Exceptuando la fe de Abraham y la de San Pedro, jamás ha habido en el mundo una fe como la suya. La fe es lo que nos admira en ellos á cada instante, porque desde su principio su fe fué heróica. Toda su vida habian procurado descubrir al que estaba prometido: y ¿qué es eso sino la fe?. Se apoyaban en la fe, en las antiguas tradiciones que sus pueblos beduinos ó indostanos habian conservado. Tenian una fe completa en las profecías antiguas. Tenian fe en la estrella cuando la vieron, y una fe tal, que ninguna consideracion humana pudo contrabalancearla. La senda que les trazaba la estrella les dirigió por medio de las tierras y á lo largo de la costa del mar, y jamás titubeó su fe. La estrella desapareció en Jerusalen, é inmediatamente les faltó todo, ménos la fe. La estrella les habia dejado; su fe se dirigió á la Sinagoga, y obró bajo la palabra de los doctores. La fe iluminó la Gruta cuando entraron en ella, y no permitió que se escandalizasen con el escándalo de la Cruz. Tuvieron fe en la advertencia que se les hizo en un sueño, y la obedecieron. La fe es el más pronto de todos los maestros, porque no tarda en confundirse en ese amor que todo lo ve y todo lo comprende de una ojeada. ¡Cuántas personas creen curar sus enfermedades espirituales desarrollando su amor, cuando obrarian mucho mejor cultivando su fe!. Así, en aquella visita única á Belen, los reyes aprendieron todo el Evangelio; y cuando dejaron al Niño eran teólogos consumados y apóstoles perfectos. En sus propios países enseñaron la fe, que para ellos lo era todo: se mantuvieron firmes en medio de la persecucion, difundieron el nombre de María y derramaron alegremente su sangre por una fe que comprendian compraban á muy buen precio, y que pagaban muy poco áun con el más cruel martirio. Debemos observar tambien de qué manera el desasimiento acompañaba en ellos á la fe; el desasimiento de la patria, de la dignidad real, de la popularidad y hasta de la vida. Siempre es así: la fe y el desasimiento son inseparables. Son como dos gemelos que nacen en el alma, crecen juntos y se asemejan de tal manera, que apénas es posible distinguirlos, y viven en una simpatía tan estrecha, que, por decirlo así, parece que no poseen más que una vida, y que necesariamente deben morir á un mismo tiempo. El desasimiento es la gracia que necesitan los nobles, la gracia que hace falta á los ricos, la gracia que conviene á los sabios. Conservemos nuestra fe y seremos desprendidos. El que tiene siempre fija su vista en las lejanas montañas del afortunado país que ve al otro lado del mar, no ve la penosa é inmensa distancia que le separa de él, y miéntras una blanca y menuda lluvia se deshace murmurando sobre la vasta llanura pantanosa en donde le azota, como si le sacudiesen con varas, está muy distante de las risueñas campiñas que divisa más allá del estrecho, y la tempestad muge detrás de él, sin que él sienta que es la víctima. Tal es el desasimiento: todo lo olvida en la dulce compañía de su hermana primogénita la fe. Así es, que podemos decir de esos tres sabios reales que su devocion fué como es siempre la devocion del hombre sabio: fiel hasta revestir la apariencia del delirio, generosa hasta lo novelesco y perseverante hasta el martirio.

Esos tres reyes, como los pastores, son figuras encantadoras en la Gruta de Belen, merced á los atractivos de Jesús, que reflejan en ellos de una manera tan suave. Jesús los atrajo de las lejanas regiones del Oriente, como por un hilo conductor, por medio de una estrella flotante. Los atrajo en las tinieblas de su pobreza menospreciada, en el oprobio de su oscuridad olvidada, y le dejaron con el alma llena de sus encantos. Hay algo extraño en la belleza de todo ese misterio. ¿Qué derecho tenian las relucientes barras de oro para brillar en la Gruta de Belen?. Los perfumes de la Arabia hubieran convenido mejor al palacio de Herodes que á aquella guarida de animales abierta en la roca. Sólo la mirra estaba verdaderamente en su lugar, por preciosa que fuese, porque anunciaba en su silencio misterioso esa quinta esencia de amor lleno de amargura y de dulzura, que estaria expresada por los hombres de la santa humanidad del Niño en el Calvario. Sin embargo, la mirra era un extraño presagio para un Niño que era el explendor del cielo y el júbilo de la tierra. Todas esas cosas parecian poco en armonía, y sin embargo, concordaban en sus profundas significaciones. El poco ruido que aquella régia caravana del Oriente, con sus pintorescos trajes, sus turbantes enriquecidos con pedrería, sus esclavos de rostro atezado y sus camellos de marcha majestuosa, produjo en las numerosas regiones que atravesó, la hace asemejar todavía más á una aparicion explendida, revestida de mil colores, que á un grande misterio del humilde Verbo encarnado. Es una brillante vision de la antigua fe pagana, de la primera fe pagana que ha adorado al Hijo de María, y es bastante bella para hacernos creer en el principio divino que la dirige. Sin embargo, hace á Belen casi demasiado hermoso. Nos deslumbra con su magnificencia pero la Gruta se queda tan sombría como ántes, en cuanto desaparecen los esplendores orientales. Los que suelen frecuentar el mundo de la Santa Infancia. saben que con frecuencia hay en la meditacion sobre los reyes algo demasiado excitante para la austera tranquilidad de la contemplacion; algo demasiado multiplicado en los objetos que nos ofrece, y demasiado variado en las imágenes que nos deja. Verdaderamente es bella sobre toda expresion. Es un misterio doméstico para esas águilas de la oracion á quienes la belleza trae la calma, porque viven en las regiones superiores, á donde no pueden llegar las voces de acá abajo. No sucede lo mismo á la mayor parte de nosotros. Los que se alimentan con la belleza deben alimentarse tranquilamente, ó no mantendrá lo que hay bello en ellos.

Pero nuestro sétimo tipo de devocion á la Santa Infancia nos conduce á una escena enteramente diferente. El mundo de la Iglesia es en sí un mundo oculto; pero en medio de ese mundo hay otro que está todavía más prófundamente oculto. Es el verdadero cláustro del Espíritu Santo, áun cuando no haya clausura exterior; es un mundo de paz, lleno de humildad y de amor, lleno de reserva y de íntima comunion con Dios. Presta abundante materia á nuestras reflexiones, pero deja muy poco que decir; hay poco que describir en su variedad, pero en su union con el cielo hay con que alimentar ámpliamente el reposo de la oracion. La brillante aparicion de los Reyes en la oscura gruta ha pasado. El Niño ha dejado tambien el establo. El cuadro actual nos ofrece el mismo humilde rnisterio de Belen, cumpliéndose en ese momento en un teatro espléndido. Debemos trasladarnos á los suntuosos patios del Templo en el momento en que su amo y Maestro, pequeño y desconocido, viene á tomar posesion de él, verdadero gran sacerdote, revestido con un velo de humillacion más espeso que el que ocultaba al Santo de los Santos á las miradas de la multitud. Es el misterio y el júbilo de María; es la presentacion de Nuestro Señor, la purificacion inútil de su Madre. Los nuevos adoradores del Niño son Simeon y Ana, que á pesar de su diferencia, se asemejan de tal modo, que podemos mirarlos como que no forman más que un tipo de adoracion. Ana era una viuda de la tribu de Aser; no ocupaba lugar alguno á los ojos del público, pero un pequeño círculo de amigos habia reconocido de cuando en cuando, y reverenciado en ella, un espíritu de profecía. Vivia así en una esfera oscura, en la cual podia ejercer cierta influencia. Su figura era muy familiar á las miradas de las numerosas personas de Jerusalen que, llevadas de su piedad, acudian por las mañanas á los sacrificios del templo. Encorvada bajo el peso de ochenta y cuatro años, no habitaba en su casa, si es que habia alguna que la perteneciese. El templo era su morada, y rara vez abandonaba su sagrado recinto. Habiendo pasado ya hacía largo tiempo la época en que las maceraciones corporales formaban un elemento indispensable de la santidad, su vida, no obstante, era un ayuno continuo. La oracion era el trabajo de su vida, y la penitencia su recreo. Herodes, verosímilmente, jamás habia oido hablar de ella; pero era querida por Dios, y sus siervos la conocian y consideraban honrosamente, porque Dios tiene viudas que se le asemejan en todas las ciudades cristianas.

Simeon estaba ya gastado por la edad y por las vigilias; se habia fijado en las Torres de Sion, y al mismo tiempo que humedecian sus ojos las dulces lágrimas de la oracion, procuraba siempre descubrir á lo léjos al Mesías que debia venir. Los judíos virtuosos le conocian bien, y decian de él que era un varon justo, consecuente y honrado, que no aspiraba á nada, que no reclamaba ningun privilegio, siempre dispuesto á ceder, activo, exacto, reflexivo, que procuraba evitar toda inconveniencia en sus relaciones con los demás que no daba motivo de queja á nadie, modesto y dueño de si mismo, observador, y sin embargo, discreto y reservado; tal era el carácter que le distinguia entre sus religiosos conciudadanos que le conocian. A su justicia ordinaria añadia tambien el ejemplo insinuante y persuasivo de la más tierna piedad: La devocion era la vida de su alma, el dón de la piedad reinaba en su corazon. Como un gran número de Santos personajes, habia fijado su afecto en un objeto que parecia asemejarse á una vision beatífica terrestre. Era preciso que viese al Cristo del Señor ántes de morir. Frecuentaba, pues, habitualmente el templo, porque era en donde más verosímilmente podria encontrar al Cristo. Como Dios da Siempre más de lo que promete, Simeon no sólo vió al Cristo, sino que hasta pudo tomarle en sus brazos, y tal vez imprimir un ósculo tembloroso del más profundo respeto en los labios humanos del Criador. ¿Cómo sin eso hubieran podido entonar sus labios un cántico tan encantador, cántico que recuerda de una manera tan tierna una magnifica postura del sol, que casi hacía creer que toda la belleza de las tardes más hermosas de la tierra desde la creacion, se habia reunido en ella para llenarla de encantos apacibles y tranquilos?. Tenía demasiada edad para poeta, pero los años no habian secado su corazon.

Hay en la Iglesia un pequeño mundo de almas semejantes á Simeon y Ana, pero se halla profundamente oculto, y sus habitantes rara vez salen á la luz áun conducidos por los hombres de la canonizacion. Es un mundo subterráneo la mina de diamantes de la Iglesia, de cuyas profundidades se extrae de cuando en cuando una piedra de un brillo maravilloso para alimentar nuestra fe, para revelarnos los abundantes aunque secretos esplendores de la gracia, y cuando la maldad del mundo y nuestra perversidad nos abruman, para consolarnos y para mostrarnos que Dios, áun debajo de nuestros piés, posee ricos pastos en donde su gloria se apacenta sin que lo notemos. Por manera que si la vista es muy poca cosa en el mundo de la fe, lo es todavía mucho ménos en el mal aparente del mundo. Por todas partes el mal se halla minado por el bien. El bien solamente ocupa la posicion inferior, y es una de las cóndiciones sobrenaturales de la presencia de Dios. Tanto mal como veamos, otro tanto ó más bien hay seguramente por debajo, y ese bien, sino es igual al mal en extension, lo es muy superior en poder, en peso, en mérito y en sustancia. El mal despliega más ostentacion exterior, y así se presenta siempre con aire victorioso; pero el bien le desconcierta sin cesar, aunque aparente una derrota. Y á más, debemos pensar en la Iglesia sin conceder una ámplia parte á la piedad oscura en su desarrollo y en la esfera de las almas ocultas.

Deberemos, pues, tener siempre fijas nuestras miradas en ese mundo oscuro de las almas santamente ocultas, sobre asilo seguro particular y desconocido, en donde Dios ha colocado de reserva una parte tan grande de los tesoros de su gloria sobre la tierra. Simeon y Ana son para nosotros manifestaciones de ese mundo oculto. Poseen un lugar en la vida de la Iglesia, un oficio y un poder que, aunque poco claramente definido , no son ménos indispensables. La gloria de Dios no habria estado suficientemente representada en la Corte del Niño Jesús, si esa oscura region no hubiese enviado á ella la embajada de su humilde belleza y de su gracia venerable. Aprendamos á conocer de una manera más íntima el adorable carácter de Dios, á medida que nuestras observaciones se extienden sobre ese mundo oculto. Nada contribuye tanto como él al conocimiento de las cosas divinas. Si nos atrevemos á arriesgarnos á hablar así, Dios se encuentra allí ménos prevenido contra nuestras observaciones que en cualquiera otra parte. Afecta tanto ménos ocultarse, cuanto que el mundo particular en que obra está tambien oculto. Se contenta con el crepúsculo que le rodea, sin plantar no obstante la tienda de oscuridad bien conocida en que se envuelve cuantas veces se digna detenerse allí. Cuando se trató de los pastores los vimos salir de las tinieblas, aparecer un instante en el esplendor de Belen y volver de nuevo á la oscuridad. Con respecto á Simeon y Ana vemos la larga preparacion que Dios opera en el alma para lo que no parece ser más que la manifestacion de un momento. Eso nos muestra de qué inmensa importancia es un misterio corto y transitorio, cuando un noviciado de ochenta años quizá es apénas suficiente para hacer, á los que en último resultado no son más que accesorios y accidentes, capaces de representar en él un papel. Si es verdad que con Dios todo fin es un medio, porque él mismo es el único fin verdadero no lo es ménos en un sentido que con él todo medio es un fin, porque está presente en todos los medios. Así esas largas vidas de preparacion, para la aparicion de un momento en el teatro del mundo cuando las consideramos bajo el punto de vista sobrenatural, son verdaderos fines, y cada uno de los pasos de la gracia en esas largas carreras es un fin completamente suficiente, lo mismo que cada uno de los eslabones ó anillos de esa larga cadena de santidad, porque todos encierran en sí mismos al que es el fin sólo y único. Pero los hombres no juzgan la historia de esa manera. Para ellos la humanidad errante es la que debe dar importancia á los que representan un papel en el teatro del mundo, y lo que debe dársela á proporcion de los resultados visibles obtenidos entre ellos y la humanidad. Para Dios, su propia gloria es el centro oculto á que se refiere toda la historia, y es necesario un estudio especial, iluminado por la oracion y unida á una larga costumbre de fe, para ser capaz de leer la historia bajo el punto de vista con que dispone Dios los acontecimientos.

Pero además de esa larga preparacion para una aparicion pasajera y subordinada en un misterio divino, debemos observar tambien la manera con que Dios viene con frecuencia á los hombres en su ancianidad. Han vivido para lo qué no acontece sino cuando ya parece pasada la vida real. ¿Qué pensamiento divino hay en todo eso? La significacion de toda una vida no se manifiesta sino en la preparacion para la muerte. Nuestro destino no comienza á cumplirse hasta despues de concluido. ¿Quién sabe á qué está destinado?. Nuestra mision es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado. Porque las misiones son cosas divinas, y por consiguiente, están generalmente ocultas, y por lo regular se cumplen sin que tengamos la conciencia de ella. Si hay hombres que parecen haber cumplido pronto la obra para que estaban llamados y luégo continúan viviendo sin que sepamos por qué, son muchos más los que no cumplen su obra hasta muy tarde, y un gran número de ellos no la cumplen hasta el momento de morir. ¿No es así en cierto modo en las cosas naturales?. La vida, en la mayor parte del tiempo, no florece más que una vez, y para eso tarde.

No debemos olvidar tampoco el observar las circunstancias en que Dios tiene la costumbre de venir á esas almas ocultas. La devocion de Simeon y de Ana es eminentemente una devocion de oracion, una devocion que se complace en visitar las iglesias. O en otros términos Dios viene á las almas santas, no tanto en las acciones heróicas, que son más bien un impulso del alma hácia Dios, sino en la fidelidad á devociones ordinarias y en el cumplimiento de los deberes simples, modestos, desapercibidos; fidelidad y cumplimiento que se hacen heróicos por una larga perseverancia y por la intensidad del amor interior que las anima. ¡Cuánta materia para reflexionar hay en todos estos pensamientos!. Y en las cosas divinas lo que es materia de reflexion lo es tambien de práctica. Así, si los cantos evangélicos han abierto el cielo á nuestras miradas, esa aparicion de Simeon y de Ana abre bajo nuestros piés un mundo oculto encantador, un reino de ángeles subterráneos, un abismo secreto de corazones humanos en los cuales se complace Dios en ocultarse, una region en donde reina la calma y la tranquilidad del crepúsculo, un mundo de reposo y de poder calentado por los rayos del dia, y que exhala sus perfumes sobre los frescos rocíos; un mundo que no sólo nos enseña mucho, sino que nos consuela, y que sin embargo, nos deja pensativos, porque ese es el estado en que nos deja siempre el consuelo, proyectando por encima de nosotros una sombra espiritual, misteriosa, semejante á la melancolía en que una hermosa postura de sol sumerje con tanta frecuencia al espíritu, y manteniendo en nosotros sentimientos más afectuosos con respecto á los demás, y con relacion á nosotros mismos, una humildad más contenta, más satisfecha y más feliz.

El lago reposa tranquilo y silencioso en la suave luz de un hermoso anochecer. Las elevadas montañas, cuyas puntas áridas sobresalen por encima de las verdes y risueñas plantas que la rodean, y las islas con sus aéreos pinos reflejan en la trasparente superficie de las aguas. La garza real, que llega á posarse sobre una rama seca, contempla allí su imágen, fielmente reproducida; y el cielo, cuyo ligero color de rosa brilla á través de las numerosas y delgadas hojas de los abetos, aparece en las olas como si fuese una delicada estructura que las hadas se habian complacido en colocar sobre ellos. Pero allá abajo, sobre aquella roca que se destaca, un Niño, á quien esa tranquilidad asusta ó irrita, ó que siente una necesidad incesante de movimiento, arroja una piedra al lago, y en un instante aquel mundo fantástico, aquella creacion delicada, se desvanecen y desaparecen. Lo mismo sucede con respecto á ese mundo de belleza tranquila que hemos contemplado en la adoracion de Simeon y de Ana. Nuestro tipo siguiente de devocion á la Santa Infancia nos arranca de su dulce melancolía, con gritos, vociferaciones, como si nuestra presencia en sus pacíficas regiones fuese una contravencion ó un delito. Sin embargo, lo que se aproxima no es una escena de pura violencia. ¿Quién no conoce esos sonidos lastimeros, tristes por sí mismos, pero todavía más tristes en sus circunstancias, sonidos que alguna vez pueden apagar la luz más brillante, dando á uno de nuestros sentidos el poder de hacer callar todos los demás, como el grito lúgubre del mochuelo en medio de las ruinas?. Así nos sucede en este momento: Simeon y Ana desaparecen como apariciones silenciosas. Oimos voces penetrantes y suplicas repetidas á gritos. Pareceria que mujeres contristadas hablan todas á la vez, produciendo un ruido semejante al de los pájaros en los bosques cuando se levantan huyendo del halcon, y despues el sollozo aterrador de la lamentacion desesperada y los quejidos dolorosos de los niños sacrificados, mezclados con el llanto inconsolable de sus madres, intrépidas, pero impotentes. Es la degollacion de los Inocentes. Sin embargo, esa escena cruel es tambien una escena de adoracion: por trágico que sea, tiene su lado tranquilo, y posee una belleza que, aunque salpicada de sangre, no sienta mal á la dulce majestad de Belen. ¡Ay! ¡La angustia de esas madres que tan poca consideracion habian guardado con la que se hallaba próxima á ser Madre como ellas, y el dolor más irritado, pero más silencioso de los padres, expían cruelmente en las calles de Belen la inhospitalidad de aquella poblacion con respecto á José y María!

Pero esos niños son grandes santos de Dios, y sus gritos infantiles nos revelan claramente un gran número de sus vías misteriosas. Esa contradiccion aparente de la Inocencia debia hacer penitencia; es una de las primeras leyes de la Encarnacion. El mismo Salvador Niño comenzó á cumplirla. Estaba comprendida en el estado de humillacion en que venía: formaba parte de la triste condicion de un mundo caido. Pero nadie la padeció con él en Belen, sino los Santos Inocentes. En María produjo un nuevo aumento de gozo celestial; y cuando la mano sensible de Simeon estuvo bastante fortalecida por el Espíritu Santo para clavar en su corazon la primera de las siete espadas que debian herirle, el dolor prematuro del Calvario era el que atravesaba el alma, y no la penitencia de Belen. El gozo que el Niño producia en José tenía ménos mezclas. Juan Bautista se extremeció de alegría en el seno de su madre al aproximarse el Niño. Los ángeles cantaron, porque el misterio estaba para ellos lleno de júbilo. Por lo que hace á los pastores, era el anuncio de una grande alegría y para los reyes el contento y la felicidad. Para Simeon y para Ana, Jesús vino como la luz, la paz, la satisfaccion y el gozo. Su esplendor habia hecho que la tierra les pareciese tan sombría, que todo lo que les convenia ya era el morir lo más pronto posible. Pero los Santos Inocentes mezclaron sus sollozos infantiles con los suyos: para ellos la alegre Natividad y los cánticos de los ángeles no traian más que sangre y la muerte. Fueron los primeros mártires del Verbo, y su crimen el suyo: habian nacido en Belen.

Renovando el milagro que había operado con San Juan Bautista, Nuestro Señor, se dice, confirió á aquellos niños, en el momento de su martirio, la plenitud de la razon, con gracias inmensas y magníficas; por manera, que pudieron verle en el esplendor de su fe, aceptar la muerte voluntariamente por amor suyo, y acompañar su sacrificio con los actos más puros de santidad y de heroismo sobrenaturales. Las revelaciones de los Santos nos hablan tambien del poder especial de que ahora gozan aquellos niños en el cielo, particularmente por lo que concierne al momento de la muerte, y repitiendo con una intencion y una confianza marcadas la invocacion de los Santos Inocentes murió San Francisco de Sales. Ellos tambien eran bellas figuras en la corte de Belen. Eran niños como el mismo Príncipe de Belen; eran sus compañeros de Natividad y sus iguales en la edad y la talla y áun cuando no sea una gran cosa el tener con él esos puntos de semejanza natural, la tenian mucho mayor por la gracia, porque eran sus imágenes, eran sus mártires. Una doble luz brilla sobre las figuras de esa multitud infantil, la luz de María y la luz de Jesús. Se asemejaban á María por su pureza sin mancha, porque aunque Nuestro Señor no los habia anteriormente constituido en estado de gracia, su pecado onginal habria sido más que lavado por su sangre inocente, puesto que la derramaban por él. Fué un sacramento sangriento operado en fuentes terribles, á donde un Niño como ellos los conducia, para que pudiesen reposar para siempre en su seno paternal. Se asemejaban á María, lo mismo que todos los mártires, por lo que sufrieron por Jesús; pero se la asemejaban sobre todo en que sus padecimientos eran, por decirlo así, el de Jesús mismo. Jesús era la espada que los hería: era la causa próxima de todo lo que sufrian, miéntras que él no es más que úna causa lejana para los demás mártires, y eso es lo que distingue á los Santos Inocentes. Se asemejaban además á María, por el privilegio que recibieron de la jerarquía de la Encarnacion. Sus almas tuvieron el honor de acompañar á su alma humana, cuando resucitó la mañana del dia de Pascua, y subieron con él á los cielos.

A pesar de su goce milagroso de la razon, son tambien para nosotros tipos de esa devocion tan comun entre los más grandes santos la devocion de la mortificacion, que apénas tiene la conciencia de sí misma. Se asemejan á los que se confian á Dios y aceptan todo cuanto puede acercárseles. No sólo se confian á Él incondicionalmente, sino que ni áun piensan en lo que podrá costarles, porque su amor hará siempre muy poco, áun sometiéndose á todos los sacrificios posibles. Así es que para ellos no se calcula jamás el precio. La verdadera mortificacion no extiende sus miras tan léjos, porque se olvida de sí misma. Así obraron Santiago y Juan cuando se brindaron á beber el cáliz del Señor: y con cuánto heroismo le bebieron cuando les fué presentado!. Así es que la mortificacion heróica parece con frecuencia sorprendida, y los hombres, que no pueden juzgar sanamente lo que concierne á los Santos, creen que la grandeza de su rosolucion ha flaqueado por un momento, cuando, sin embargo, la sorpresa no hacía más que descubrir nuevos tesoros de gracias ocultas en ellos, y abrirles una mina más rica de méritos divinos. Esos niños nos muestran tambien lo que debe suceder, en cierta medida, á cada uno de los que se aproximan á Jesús. Hay al derredor de Jesús como una atmósfera de sufrimientos: el aire está cargado de la semilla de las cruces, y el alma se halla cubierta de ella ántes de percibirse de nada. Además, la cruz se desarrolla y crece rápidamente, y en una noche puede hacer brotar, florecer y madurar frutos, miéntras que de sus raíces vivas sale una série de cruces nuevas, que cubren al alma con el verdor particular del Calvario. Los que se acercan más á Jesús son los que sufren más, y de la manera más desinteresada. Jesús, con la razon de que gozaba hubiera podido hablar y quejarse: los inocentes tambien podrian haber hecho lo mismo, pero prefirieron ofrecerle únicamente el homenaje de sus gemidos. En un momento dado tuvieron el conocimiento de todo el valor de su vida, y un instante despues consentian plenamente en abandonarla, en no permitir á la razon, cuyo uso acababan de recibir, el que hiciese reclamacion alguna y hasta en ocultarla con las lágrimas de una infancia débil é ignorante. Jamás han sido sometidos 105 mártires á una prueba tan particular. Como nos enseñan esa antigua leccion de que el desprendimiento lleva en sí mismo su recompensa, y que el abstenernos de hablar de lo que tenemos que sufrir, es crear en nosotros un nuevo manantial de felicidad, que para correr sin interrupcion no necesita más que la sombra y el silencio. Si pagaron caro el honor de ser los compatriotas de Nuestro Señor, tambien han sido magníficas las gracias, que nadie sino Él hubiera podido acumular en un instante, y que les prodigó con una magnificencia y una plenitud régias. Estar al lado de Jesús era el colmo de la santidad, pero era tambien la necesidad y el privilegio del padecimiento. No podemos separar á los Santos Inocentes del mundo tan bello de Belen. Despues de María y de José, son los que ménos podemos eliminar. Sin ellos nos sería imposible comprender el enigma de la Encarnacion, porque nos faltarian muchas de sus leyes más profundas. Nos indican las necesidades que supone la proximidad de Nuestro Señor, y son leyes vivas de la vecindad de Jesús. Dulcificadas por su paso á través de la série de los siglos, los sollozos de las madres y los quejidos de los niños llegan á nosotros como los acentos de una música sentimental, más dulce que triste, dulce por lo mismo que es tan triste: es la tierna é interesante elegía del misterio de Belen.

Hay tambien en la Gruta de Belen otra presencia que forma el último tipo de devocion á la Santa Infancia. Profundamente retirado en la oscuridad, de manera que apénas se hacía visible, se mantiene de pié un hombre contemplando todos los misterios con santo asombro y con el júbilo más tierno. No toma parte alguna en lo que pasa; su actitud es la de un observador mudo. Se asemeja á una de esas figuras ligeramente indicadas, que los pintores introducen algunas veces en sus cuadros, más bien para sugerir algo al que los mira, que como formando parte integrante de la accion que representan. Es San Lúcas «el médico querido» de San Pablo, y el primer pintor cristiano. Forma un tipo de devocion por sí solo, y no se le debe separar de los otros ocho que le han precedido, aunque no pertenece á la misma época; para nosotros es uno de los rasgos esenciales de Belen. El Espíritu Santo le habia elegido para ser el historiógrafo de la Santa Infancia. Sin él no hubiéramos sabido de esa época maravillosa más que la imponente visita de esos tres reyes paganos, tan profundamente grabada en la imaginacion judía de San Mateo con la degollacion de los Inocentes y la huida á Egipto, consecuencias de aquella visita, y que no forman, por lo tanto, más que las partes de una misma historia. En la vision de la inspiracion, el Espíritu Santo renovó ante su ojos el mundo de Belen, con su dulce magnificencia y sus misterios llenos de suavidad. A él, primer artista de la Iglesia, debemos las tres melodías del Evangelio, el Magníficat, el Benedictus y el Nunc dimittis. Es el evangelista de la Santa Infancia, como San Juan el evangelista de la divinidad del Verbo, y San Mateo y San Marcos los evangelistas de la vida activa de Nuestro Señor y Divino Salvador.

Representa la devocion de los artistas y la actitud del arte cristiano á los piés del Salvador encarnado. El arte cristiano, considerado en su verdadero punto de vista, es á la vez una teología y un culto. Es una teología que posee su método propio de enseñanza, su manera de exponer los objetos, sus piadosos descubrimientos y sus opiniones diversas, todas igualmente bellas, miéntras permanecen subordinadas al espíritu de la Iglesia. El arte es verdaderamente una revelacion del cielo, y un recurso poderoso para hacernos conocer á Dios. Es una manifestacion misericordiosa hecha á los hombres de las bellezas divinas más ocultas. Hace aparecer en Dios cosas demasiado profundas, para que la palabra pueda expresarlas: cosas de que la palabra no haría necesariamente más que herejías. En virtud de su origen celestial, posee una gracia especial para purificar las almas de los hombres y para unirlas á Dios, comenzando por elevarlas por encima de la tierra. Si el arte degradado es la cosa más terrestre de las de acá abajo, el arte verdadero, el arte que no olvida que nació en Belen como Nuestro Señor, y que allí fué mecido en la cuna con él, posee sobre el alma una influencia tan celestial, que casi parece tocar á la gracia.

El arte es un culto lo mismo que una teología. ¿ De qué abismos, sino de las profundidades de la oracion, han sido esas formas maravillosas, que han venido á revelarse á los ojos de Juan de Fiésola? ¿No hemos visto á la divina Madre y á su Hijo bendito representados de manera que era evidente para nosotros que jamás semejantes figuras habian sido el resultado de la oracion, y no las condenábamos instintivamente, áun bajo el punto de vista del arte, sin tener en consideracion directamente el sentimiento religioso?. El carácter del arte es un carácter de adoracion: sólo un hombre humilde puede hacer las cosas divinas grandemente: sus tipos son delicados. Es muy fácil borrarlos, se alteran con la menor presion, y se tuercen cuando no se manejan con precaucion. Un artista alejado de Dios podrá producir maravillas de génio por medio de sus pinceles y de sus colores, pero el soplo celestial, esencia del arte cristiano, no se encontrará en sus obras. Podrán permanecer como modelos de anatomía para las generaciones futuras, ó como obras maestras de un colorido particular, pero no quedarán como fuentes de santas inspiraciones para las inteligencias cristianas, y Dios no reportará de ellas gloria alguna. Podrán ser admiradas en las galerías, pero sobre el altar ofenderian la vista. San Lucas es el tipo y el símbolo de ese arte verdadero, hijo de la devocion y de la teología, y hé ahí por qué ha sido énlazado con el mundo de Belen.

Los rasgos característicos que se han observando en su Evangelio, parecen hallarse perfectamente en relacion con su vocacion. En todas sus partes, la vida de Nuestro Señor es la representacion de lo bello, pero ninguno de sus misterios ofrecen tantos recursos al arte como los de la Santa Infancia; y esos misterios son precisamente los que con especialidad han merecido la predileccion de San Lúcas. Pero todo pintor es poeta; así es que su Evangelio es el tesoro en donde los cánticos cristianos, cánticos todos de la Santa Infancia, se hallan conservados y depositados para delicia y consuelo de todos los tiempos. Su conservacion ha sido un efecto del instinto natural de una inteligencia artística, dispuesta ya de antemano á recibir la influencia de una inspiracion tan en relacion con ella misma. San Lucas era médico y pintor, y en el espíritu de esas dos vocaciones hay más de un punto de semejanza y de contacto. La prontitud del golpe de vista, la observacion dulce y discreta, la apreciacion del carácter, la inteligencia de las circunstancias presentes, el espíritu fecundo, el cuidado en los detalles, el corazon simpático,la facilidad de dejarse impresionar por cuanto hay dulce, atractivo, gracioso, débil y desgraciado, todo eso pertenece al verdadero médico, lo mismo que al verdadero artista. Así es que ocurre con frecuencia que el médico del cuerpo suele llegar á ser el médico del alma. Lo que hay verdaderamente artístico en él, le eleva en cierto modo hasta la dignidad de sacerdote: los sacerdotes, los médicos y los artistas, son, sobre todo, servidores angélicos para mitigar el dolor humano; servidores de amor, y no de temor; servidores revestidos de un tierno ministerio de consuelo, que ¡cosa extraordinaria! parece tanto más tierno y desinteresado, cuanto es más oficial. Así es que San Lucas es notable por su instinto con respecto á las almas. Su Evangelio ha sido llamado el Evangelio de la misericordia, porque está más lleno que los otros de incidentes del amor de Nuestro Señor á los. pecadores.

Por mediacion de María puede ser que el Espíritu Santo le revelase los misterios de Belen. A Juan, María le hablaba de la generacion eterna del Verbo; á Lucas, de Nazareth y de Belen, de los ángeles, de los pastores y de los cánticos evangélicos. Porque la devocion á María es una inspiracion necesaria del arte cristiano, y está tambien íntimamente enlazada con la devocion al Niño de Belen. Lucas, usando de la libertad de pintor, fijó sus miradas en el rostro de María como jamás lo habia hecho nadie sino el Niño Jesús, y allí leyó los misterios de Belen; bebió, por decirlo así, en la fuente de sus ojos benditos, el espíritu de la Santa Infancia: y vió con la Madre de la misericordia y no oia en su Hijo más que la misericordia. La imágen, que en su corazon era el tipo modelo de todas las demás imágenes, era la fisonomía de la Madre divina. En la idea que se habia formado de Jesús, no veia más que su semejanza con María, semejanza no sólo en las facciones, sino tambien en el alma y en el oficio. Así el espíritu de belleza que habia en él se vertia instintivamente atraido hácia Belen, de la misma manera que Belen ha sido siempre despues el objeto más atractivo para el arte santificado. Luégo, cuando llega á la vida publica de Nuestro Señor y á sus relaciones con los hombres, son las manifestaciones de su Sagrado Corazon las que tienen más relacion con el espíritu de la Santa Infancia, las que su predileccion escogió para dejarnos el retrato escrito del Verbo encarnado. Coloquémosle, pues, en la Gruta de Belen, retirado en la oscuridad y contemplando con el atrevimiento de su amor los misterios que le rodean. El Espíritu Santo es quizá quien ha puesto allí al pintor de María y al secretario de Jesús Niño.

Tales fueron los primeros adoradores de Belen, los nueve tipos de devocion que nos han sido mostrados en ese misterio lleno de encantos y de atractivos espirituales; son nueve mares separados que reflejan el Cielo, cada uno á su manera, ó bien todos reunidos no forman más que un sólo Océano de adoracion armoniosa ofrecida al Verbo encarnado. Podemos unirnos desde luégo al primero, despues al otro y en seguida á otro de esos nueve coros de los primeros adoradores, y adorar al Verbo encarnado. ¡Cuán maravillosa es la variedad de la devocion!. Es más infinita que las variaciones de la luz y de las sombras, que los grupos de las graciosas nubes que jamás se detienen sobre nuestras cabezas, que las líneas multiplicadas de la inmensa arquitectura de los bosques; es tan infinita en apariencia como las perfecciones de él, que es el centro de toda devocion. Podemos aventurarnos, y no será sin haber sido invitados á ello, á penetrar en ese precioso santuario de Belen, y considerarnos ya como el corazon de María ó como el pensamiento de José, como la voz de Juan ó como las arpas de los ángeles, como las ovejas de los pastores ó como el incienso de los reyes, como las suaves visiones de Simeon y de Ana ó como los dulces suspiros de los Santos Inocentes, como la pluma con que San Lucas escribia la historia del Niño de Belen. ¿No es eso un hermoso mar de la devocion más apacible que lleva el espíritu de Belen, que reposa dulcemente sobre el azul de sus aguas, semejante á una de esas silenciosas posturas de sol cuya belleza es tan encantadora que parece que una deliciosa melodía va á salir de ella para dejarse oir en medio de las aires?.

Capítulo V El Niño Dios

No hay en el mundo poema como la vida de un hombre, como la vida de todo hombre, por poco que se haya señalado en lo que llamamos aventuras. Porque la vida real, áun la más ordinaria, nos parece fuertemente acentuada cuando la consideramos con atencion. El poeta no se atreveria á amalgamar la dulzura y la esquivez, la sencillez con la singularidad, lo sublime con lo patético, como suele hacerlo la vida real. Cada vida humana particular en el mundo no es nada ménos que una revelacion privada de Dios, revelacion que bastaria para el mundo entero si hubiera una pluma inspirada que la refiriese. Pero cuando un hombre vive en estado de gracia; cuando se consagra enteramente á Dios y lleva una vida interior, entónces su biografía secreta llega á hacerse todavía más maravillosa, porque es más sobrenatural.

Puede definirse un hombre espiritual, un hombre que ha recibido de Dios una segunda vida, una vida que lleva en particular con Dios, vida que es una especie de ley divina con relacion á la vida exterior, con respecto á la cual se mantiene en una relacion de superioridad, dejando á las circunstancias plena libertad para desarrollarse. Esa segunda vida es celestial, su vitalidad viene del cielo, sus facultades son celestiales. Es familiar con las cosas del cielo y no se ocupa de las de la tierra, sino para trasformarlas en cosas celestiales por la operacion secreta de la gracia. En ninguna parte es más notable ese atractivo individual de la gracia que en las devociones de un hombre, ni en ninguna parte es más importante, á causa de las relaciones de la devocion con la virtud. Para algunas personas ese atractivo es el mismo durante todo el curso de la vida; para otras varía segun las épocas y las circunstancias. Algunas veces el hombre le percibe claramente por sí mismo; otras les es posible á los demás verle tambien, miéntras permanece invisible al que es objeto de él, y algunas está completamente oculto, sin que, sin embargo, el secreto de que se rodea implique necesariamente su ausencia. En algunas almas es tan poderoso, que amolda su vida entera, y en otras es tan débil, que su piedad parece no tener otra regla que esa devocion, en apariencia exterior, más misteriosa y más perfecta, sin embargo, de lo que los hombres creen.

Algunos hombres, por ejemplo, sienten un atractivo extraordinario por los misterios de la Encarnacion, pero sin sentirse especialmente atraidos por ninguno de ellos en particular. Otros se inclinan hácia algunos por ser de la vida de Nuestro Señor, como la Infancia, la Pasion ó el ministerio público, miéntras que otros se adhieren á alguno de los misterios subordinados comprendidos en una de esas divisiones, como San Cárlos Borromeo que se adhirió á la agonía en el Huerto, y que formó, segun ese sólo misterio, la grandeza de su vida heróica. La vida espiritual de algunos otros se complace más en los misterios de la Encarnacion considerados en María, que en los mismos misterios considerados en Jesús, ó más bien, su atractivo es encontrar á Jesús en María: María, en la que más ó ménos, todos deben encontrar á Nuestro Señor, especialmente los que aman sus vías y siguen las huellas divinas que nos ha dejado. Otros se inclinan más hácia los sacramentos, y esa devocion los conduce á una santidad extraordinaria, y sin embargo muy marcada. Algunos tienen sus oidos espirituales de tal manera perturbados, que toda su vida están oyendo los lamentos incesantes de las almas del purgatorio, semejantes á los corderillos extraviados, cuyos balidos resuenan á través de las rocas y de las montañas. Otros alimentan su devocion con la vista de las magnificencias y dé las pompas de la Iglesia; miéntras que algunos se complacen más en la soledad de las catacumbas, con San Felipe, sobre la cima de las colinas, como San Juan de la Cruz, ó bajo la estrellada bóveda de la noche como San Ignacio.

Pero hay una devocion particular de que queremos ocuparnos en este momento, y es la devocion á los atributos de Dios. Todos los fieles adoran á Dios, y por consiguiente todos tambien adoran sus perfecciones divinas que concebimos existen en él de una manera sobreeminente. Pero una devocion especial á las perfecciones divinas, es algo más que ese culto. Todos los cristianos adoran á nuestro divino Salvador como Dios y como hombre: sin embargo, algunos le tienen una devocion especial en el Santísimo Sacramento; otros en su Infancia, otros en su Pasion, miéntras que la devocion de algunos se dirige á la Encarnacion en general. Lo mismo sucede con la devocion á los atributos de Dios. Algunos la dejan á mi lado absolutamente, sin que su ausencia altere en manera alguna el culto que rinden á Dios. Pero del mismo modo que ciértas almas devotas viven en la Pasion sin experimentar por la Santa Infancia ningun atractivo más especial que el que necesariamente envuelve su adhesion á la fe, así algunas almas, por una especie de predileccion atrevidas, viven entre los atributos de Dios, y esos atributos divinos, mansion de su devocion, son para ellos lo que para otros el Calvario, Belen ó el Tabernáculo. Para algunas personas, tiene tambien un atractivo especial, un atributo más bien que los demás. La hermana Benigna Gojos se sentia inclinada á honrar especialmente la justicia divina: el P. Condren su santidad divina, y Lancisius hace mencion de una señora española, cuya devocion particular tenía por objeto la paciencia de Dios. Sabemos que, en realidad, no puede haber atributos separados en Dios, porque Dios es un sér simple, y por consiguiente él es sus atributos. Pero esas perfecciones son las maneras con que nos invita á considerarse.

Son lados diferentes de su carácter, aspectos diversos de su majestad, y porque se dirigen de distinto modo á nuestras almas, y parece producir en nosotros obras de gracia diferentes. De ahí, el que lleguen á ser para nosotros motivos de una ó de muchas devociones especiales.

Pero esa devocion á los atributos de Dios, tiene una relacion particular con las devociones á la Encarnacion. Suponer que la devocion á la Encarnacion es un género de devocion para con Dios, y la devocion á los atributos divinos Otro, y que estamos en libertad de descuidar el uno para adoptar el otro, seria caer en el error más fatal que puede embarazar la vida espiritual. Nuestro Señor es la voz que nos conduce á Dios: la Encarnacion rodea á Dios por todos lados, y sólo atravesándola puede la fe tener acceso hasta su trono: tenga ó no el conocimiento explícito de su verdadera significacion. La Encarnacion, ó por mejor decir, la devocion á ella, no es tampoco un grado, por el cual podemos pasar, y luégo concluirá todo cuanto la concierne. No es un aparato por medio del cual nos elevamos á las devociones más altas de los atributos divinos ó de la Santísima Trinidad, y de que se puede prescindir cuando una vez el alma contemplativa ha llegado á esas alturas afortunadas. Porque Nuestro Señor encarnado es la vida lo mismo que la via. No podemos pasarnos sin su humanidad sagrada, lo mismo en el tiempo que en la eternidad. Es para nosotros la fuente de la vida en fin, tampoco podemos separar la devocion á los atributos divinos de la devocion á la Encarnacion; porque Nuestro Señor es la verdad, como es la vía y la vida: la verdad es una ó indivisible. No podemos Separar lo que Dios ha reunido. Esas almas son precisamente las que con más fuerza se han adherido á los misterios de la Encarnacion, y verosímilmente se distinguirán tambien por una davocion especial á los atributos de Dios. Cuando el bienaventurado Pablo de la Cruz fijó como asuntos de meditacion para la órden de religiosos que habia fundado la Pasion y los atributos de Dios, suponia que habia tambien; en la teología mística un enlace secreto entre esas dos devociones. De la misma manera hemos podido ver con frecuencia, leyendo las vidas de los santos, que las almas penetradas del espíritu de la Santa Infancia, parecen poseer una disposicion especial para la contemplacion más sublime de las grandezas de la naturaleza divina. La sencillez infantil que emana de Belen, reclama un derecho de parentesco con esa sublimidad de espíritu que se cierne al derredor de las cimas más elevadas de la divinidad. Así, para expresar brevemente lo que parece encerrar la principal verdad de nuestro asunto, hay almas cuya devocion principal á la Encarnacion, consiste en su devocion á la divinidad de Nuestro Señor, considerada en el conjunto y en cada uno de sus misterios, ó bien en algunos misterios particulares á que tienen más inclinacion. Así, por medio de la Encarnacion, se acerca á las perfecciones divinas, y en las perfecciones divinas comprenden mejor la inefable dulzura de la Encarnación.

Todo atractivo especial en la devocion es un gran dón por parte de Dios. Es una de las más poderosas influencias secretas de la vida espiritual. Es, pues, muy importante para el hombre el no mirar con indiferencia ese atractivo celestial y no descuidarle; eso seria lo mismo que faltar a su vocacion. Indudablemente todo hombre tiene una vocacion, y así todo hombre espiritual tiene un atractivo de devocion, ó muchos atractivos, que se suceden unos á otros. Por que un hombre un hombre espiritual era es el que habita interiormente en el mundo sobrenatural entre los misterios y las grandezas reveladas de Dios. No es simplemente un admirador de los sublime y pintoresco que puede encontrar en la teología; contempla la escena en que se halla como un conjunto magnífico, pero que no es bastante familiar en sus detalles para poderla dividir en paisajes separados, ó no tiene tiempo de detenerse tranquilamente en cada uno de ellos, de manera que puede experimentar por alguno una predileccion razonada. Habita en el mundo de la teología. Se asemeja á un hombre que hubiese establecido su morada en un vasto paisaje. Le ve con la luz de la mañana y con los brillantes reflejos del sol en su ocaso. Sabe cómo aparece cuando las azuladas nieblas del medio día en estío, trasportan los perfumes por encima de los bosques y de las aguas, y le conoce en sus vicisitudes de tempestad y de calma. Cuando las altas montañas se ocultan á nuestra vista por la cortina de verde follaje que el estío acumula delante de nuestras ventanas, sabe que se hallan allí, y que el invierno, desponjando á las ramas de sus hojas, las hará de nuevo aparecer ante su vista. Concibe de qué manera el aspecto de las montañas varían segun la luz las hiere de frente ó de a costado, y que el extranjero que las hubiese visto por la mañana, dudaria por la tarde de su identidad, á pesar de todos sus rangos distintivos. No puede ménos de experimentar preferencias; las predilecciones son casi una necesidad para él, ó por lo ménos deberá, como un verdadero poeta, saludar la llegada de cada estacion con una admiracion que parecerá una injusticia para con la estacion pasada, lo mismo que las almas que en la devocion siguen el calendario de la Iglesia, elevan sobre todas las demás la festividad á cuya sombra oran actualmente. Tales deben ser aquellos para quienes el mundo sobrenatural es una verdadera patria. Su vida es una vida de amor, y, por consiguiente, tambien una vida de predileccion.

Las almas espirituales ven las cosas que las demás no perciben, y oyen sonidos que las otras no distinguen. Esas visitas son para ellas secretas profecías del cielo. Sería muy triste el dejar escapar por falta de atencion semejantes gracias de eleccion, y más triste todavía el seguir una ilusion engañosa de la tierra en lugar de la realidad celestial. El alma no puede oir á Dios, á ménos de que procure oirle, y la atencion es la actitud más devota de un alma amante y reflexiva. Sin embargo, los que escuchan oyen muy bien los sonidos que otros no perciben, muchos sonidos que jamás procuran oir. Hay en la tierra sonidos engañadores que llevan en sí una falsa apariencia del cielo. El árabe cree que con su oido ejercitado puede oir la vibracion imperceptible de la voz real de la soledad arenosa. La seguridad de la vida espiritual no consiste solamente en el alejamiento de las ilusiones: si un hombre durante toda su vida no procura más que precaverse contra la impostura, está quizá en la vía más falsa que es posible seguir. Hay ménos peligro en tomar una señal terrestre por una indicacion divina, que en dejar escapar una gracia dada por Dios. Porque, en el primer caso, la pureza de intencion no tarda en rectificar el error, miéntras que en segundo la pérdida es casi siempre irreparable. En la vida natural misma, y con mucha más razon en la vida espiritual, los que se detienen despues de haber dejado pasar su destino son los más infortunados de los hombres. Se parecen á los viajeros que se distraen y dejan pasar el tiempo, miéntras la caravana sigue su marcha y se aleja de ellos. Inmediatamente, como dice Marco Polo, una voz misteriosa los llama por su nombre y los atrae á uno de los lados del camino. Siguen y los llama todavía; y cuando ya se han apartado bastante léjos del sendero, sucede un silencio sarcástico más terrible que la voz seductora. El viento de la tarde remueve la ligera arena, y borra las huellas y los vestigios de los camellos en la desierta llanura, lo mismo que la brisa, agitando suavemente la superficie del abismo, hace desaparecer la estela ó el surco de la nave sobre la azul de las movibles olas. Han faltado á su vocacion, y para ellos es ya inútil la vida; podrian muy bien morir. Tales son los que en la vida espiritual dejan pasar la gracia que les estaba destinada. De todos los hombres son los más dominados por las ilusiones, y á los que más carecen de ese discernimiento que les haría reconocer la realidad. Un alma que se quedado rezagada de la gracia no volverá á ver jamás la caravana de que formaba parte. Podrá morir con Dios, porque Dios está en el desierto; mas para ella hay muy poca probabilidad de que no muera en el desierto. Que todo hombre examine, pues, si no hay en él algo que lo atraiga de la parte de Dios, y si reconoce ese atractivo, que sepa que su salvacion consiste en seguirle.

En el reino de la gracia, la ley que sufre ménos excepciones es aquella segun la cual las virtudes sobrenaturales vienen á arreglarse, ó, mejor dicho, á amoldarse á las cualidades naturales. Así es que la mayor parte del tiempo el atractivo de la devocion está en relacion con la disposicion del espíritu. Pues bien; hay hombres espirituales como poetas. A unos les deleitan las escenas apacibles y modestas, los bosques, el murmullo de los arrolluelos, la corriente de los rios, cuyas aguas se deslizan tan suavemente por las praderas que apénas se percibe el movimiento de los juncos que adornan sus orillas, las chozas con las paredes tapizadas de yedra, la vista de las becerras metidas hasta las rodillas en una laguna, el campanario de la aldea que apénas se eleva por encima de las copas de un grupo de olmos antiguos, el perfume de los tilos, en cuyo derredor zumba un enjambre de abejas, y todos esos espectáculos, todos esos sonidos campestres, que por la tarde nos dicen que el labrador cansado abandona por fin su pesada tarea y vuelve á su pacífica morada; alegoría interesante, llena de las más dulces interpretaciones. Otros se complacen en la niebla que cubre y oculta la llanura en la soledad de las selvas, en el horizonte dilatado de las grandes llanuras, en la solemnidad de los sombrios pantanos, en la calma nocturna que reviste la inmensa superficie de los mares, ó bien en el silencio de las ciudades desiertas y de las ruinas abandonadas. Esas imágenes se renuevan sin cesar en sus obras, como si esos aspectos de la naturaleza fuesen la expresion entera de su espíritu y de su alma.

Algunos toman por asunto de sus cuadros el laberinto de la vida de los hombres y las numerosas fases que ofrecen las acciones humanas. Son poetas cuya vida no es tranquila ni apacible hasta que llegan al último grado de intensidad de las pasiones, que, á una profundidad igual, pierden la voz y el movimiento. Saben revestir de una belleza maravillosa las cosas que el uso diario ha llegado á hacer triviales. En sus pinturas, las calles de la ciudad toman cierto carácter de belleza, y el ruido que producen las pisadas de la multitud llega á ser armonioso en sus versos, mientras que sus pensamientos familiares y los objetos comunes de que se ocupan, dan á su alma una vivacidad llena de fuerza y de significacion realzada y embellecida por la superioridad de su talento. Hay otros á quienes gusta el eco aterrador del trueno, las cimas escarpadas de las más altas montañas, que se elevan muy por encima de las regiones en donde se desvanece el ruido de la humanidad que padece; el estruendo de la avalancha que se precipita; las negras y enormes olas de un mar enfurecido que van á estellarse en una cadena de rocas más duras que el hierro; la magnificencia espantosa de las sombrías nubes tempestuosas; el silbido de los vientos á través de los envejecidos bosques; el silencio abrumador del desierto central; el crujido de inmensa cordillera cuando el temblor de la tierra hace sufrir tormento a sus miembros de rocas inflexibles; los volcanes solitarios que agitan sus rojizas antorchas por encima de la blancura sepulcral silenciosa é inhabitada del polo antártico, como otras tantas banderas inflamadas suspendidas por la tierra en el espacio, á medida que precipita hácia adelante su carrera; las horribles regiones en donde las cimas de las montañas parecen acumulare tumultuariamente unas sobre otras, dejando entre sus rudas crestas oscuras hendiduras, en cuyo fondo tal vez se encuentren humildes y solitarios valles como formas indecisas y sombras silenciosas que se agitan en las densas tinieblas de cavernas gigantescas, precipicios inmensos que yacen para siempre envueltos en sus propias sombras áun cuando el sol brille en el cielo con todo su explendor; tales son las imágenes, expresadas ó nó, que dominan en las obras de semejantes espíritus, y que forman el fondo de su génio, de su inspiracion y de su grandeza distintiva. En un mundo de esas formas terribles respiran libremente, y quizá sólo en él respiran con facilidad. A estos últimos podemos comparar las almas que su atractivo en la vida espiritual dirige hácia las perfecciones divinas. Sin duda esas perfecciones no son más que desiertos majestuosos para la inteligencia limitada del hombre; sin embargo, hay almas que encuentran allí de qué alimentarse mucho mejor que en los verdes pastos que crecen más abajo. El águila escoge su morada con un instinto tan infalible como el ruiseñor que se oculta en lo más espeso de los arbustos, ó como el pitirojo, que en el invierno se posa cantando sobre nuestras ventanas. No debemos llamar ambiciosas á semejantes almas. Han sido atraidas por artificios de gracia tan dulces y tan graduados como los que han sido conducidos á la Gruta de Belen. Son humildes, y por consiguiente no están en la ilusion. El espíritu más humilde no suele ser el del hombre cuyas concepciones son las más elevadas. A esas almas se dirige especialmente este capítulo, aunque no exclusivamente . La devocion más profunda es la que no pierde jamás un instante de vista la divinidad de Nuestro Señor, y la devocion más fecunda y segura á las perfecciones divinas es la que las contempla en sus relaciones con los misterios de la Encarnacion. Nuestro objeto, pues, en la actualidad, es el suministrar materiales para esta última devocion, en cuanto está unida con los misterios de la Santa Infancia.

En todas nuestras devociones á la Encarnacion es preciso unir, al amor y á la adoracion de la divinidad de Nuestro Señor, el amor y la adoracion de su Persona. No es bastante el recordar que es Dios; es necesario pensar tambien en que es el Verbo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. El Niño de Belen en el regazo de su Madre, vive todas esas vidas como Dios, no como Padre no engendrado ó Espíritu Santo procedente, sino como Hijo eternamente engendrado. Es el Hijo que se ha encarnado porque hay en él una conveniencia con ese misterio. Es la segunda Persona, que es Niño en Belen, y con quien, por consiguiente, el Padre y el Espíritu Santo están en nuevas y especiales relaciones. Es la segunda Persona encarnada que forma parte de la Trinidad terrestre, y por eso hace á José y á María aptos para adquirir el carácter de Padre y de Espíritu Santo. Es la palabra del Padre, invisible y silenciosamente hablada en la eternidad, que en el tiempo es visible y sensiblemente hablada á los hombres. Por una de las tres Personas, más bien que por las otras dos, la creacion ha sido puesta en relacion tan trascendente con su Criador. Todo lo que la Teología nos enseña como particular del Hijo, está profundamente impreso en la Encarnacion, y por eso la Encarnacion del Hijo es un misterio diferente de lo que hubiera sido la Encarnacion del Padre ó del Espíritu Santo. No sería quizá ir demasiado léjos el afirmar que no hay un sólo misterio durante los treinta y tres años que no deba algo de su fisonomía á la Persona de Nuestro Señor; es decir, que no ha sido ni la primera ni la tercera, sino la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Así, lo mismo que en nuestras devociones á la Encarnacion, no debemos jamás separar la naturaleza humana de la naturaleza divina, no debemos tampoco separar nunca su divina naturaleza de su Persona divina. Cuatro elementos componen todos los misterios de Jesús: su cuerpo, su alma, su naturaleza divina y su Persona divina. La diferente situacion de esos cuatro elementos, ó más bien, las diversas luces que esparcen sobre ellos los acontecimientos de su vida humana, son la causa de la diferencia de los misterios. Nunca, pues, se recomendará bastante la meditacion especial y la adoracion distinta de la Persona de Nuestro Señor á los que deseen aprovecharse cuanto sea posible del rico alimento que ofrece la Encarnacion á las almas en oracion. Es una distincion que, por lo general, no se tiene bastante presente, y de ahí las ideas vagas acerca de la divinidad de Nuestro Señor. Resulta desde luégo en la devocion algo general y confuso que detiene con frecuencia los progresos del respeto, y además nos hace incapaces para comprender en la Encarnacion las delicadezas, la finura y la sutileza espirituales, que por sí mismas son maravillosas manifestaciones del divino explendor.

Ahora podemos abordar otro método más sencillo de devocion á los divinos atributos: tiene una conexión tan íntima con los misterios de Nuestro Señor, que casi podriá pasar por una rama de la devocion á la encarnacion, porque sin ella quedaria incompleto el culto de la santa humanidad. Consiste en los contrastes y en las sorpresas que se descubren poniendo en contacto las divinas perfecciones con los misterios de los treinta y tres años ó del Santísimo Sacramento, considerado como una prolongacion de la vida de Jesús, ántes y áun despues del juicio final, si se cree fundada la opinion de la eterna continuacion de la Eucaristía en el cielo. Nos suministra meditaciones sin fin, completamente del mismo género, establecidas por el modelo, de lo que hemos supuesto ser el primer acto de adoracion de María en la Gruta de la Natividad. Pero la extremada semejanza de las meditaciones esta acompañada de una constante frescura y del sentimiento de una inagotable novedad que sigue siempre al grande pensamiento de la divinidad sin límites.

Imaginemos una escena para contemplar la divinidad del Niño de Belen. Apresurémonos á entrar en la soledad, en donde estaremos ménos distraidos por las imágenes reales de las criaturas, y en donde las encontraremos, ya por su naturaleza pacible, ya por, su corto numero, llenas de pensamientos que conducen á Dios. Allí podemos convocar á todas las criaturas del universo para honrar los gloriosos atributos del Niño Dios. Nuestra Señora y San José se hallan en el corazon del desierto, durante su huida á Egipto, fatigados pero ménos inquietos desde que han dejado la Palestina bastante distante de ellos. En si misma, esa huida del Criador ante sus criaturas, y en semejante abandono, es un misterio asombroso. Sólo dos criaturas se hallan con él para velar por su naturaleza creada, y ambas son de una santidad bastante extraordinaria para excitar la admiracion de la creacion, no sólo hasta el fin de los tiempos, sino áun en la eternidad. Supongamos un par de acacias de escaso follaje, aisladas como conviene á una escena del desierto; entre las dos, una fuente rodeada de un verdor pálido, y cubierta por algunas plantas del desierto, aromáticas y cenicientas, y todo al derredor una llanura de arena amarillenta y brillante que se extiende hasta perderse de vista en el horizonte. María coloca al Niño con precaucion sobre la árida arena, escogiendo el sitio un poco sombreado por las acacias, junto á la fuente, miéntras que el sol, próximo á desaparecer, ilumina la luna que aparece en el horizonte: acerquémonos en espíritu para adorar.

Desde luégo nos choca la semejanza con su Madre. Eso es una de sus manifestaciones. Porque de ese modo muestra la realidad de la grandeza de María, y al mismo tiempo revela esa divinidad á la que se asemeja; divinidad á cuya imágen fué el hombre criado originalmente, pero de la que ningun hombre ha presentado el tipo sino él, porque todos los demás hombres no eran más que las imágenes de su naturaleza creada; imágenes de Dios por él. Por manera, que la raza humana de Jesús era en sí misma divina sobre toda expresion.

¿Puede haber algo más débil, ni desamparo mayor que el de ese pobre Niño, obligado desde los primeros meses de su vida á emprender esa penosa peregrinacion á Egipto?. Pero esa debilidad, ese cansancio, están llenos de misterios. En su debilidad la fe ve su omnipotencia. Ese pequeño Niño es inmenso, inmenso como un mar que la imaginacion no sabria ni podria representarse. Esa inmensidad supone un poder terrible. Nos vemos obligados á valernos de la palabra poder, porque no tenemos otra para expresar esa soberania, que áun las palabras más elocuentes más bien rebajan que representan. Es una cosa que raya en lo increible; son alturas sin nombre, por encima de la region de todos los milagros concebibles; son abismos que no podemos imaginar; todas las posibilidades reunidas, de una energía gigantesca, indefinible, á la que todo es fácil; y todo eso yaciendo como recogido en un poco de vida humana, en aquel lio de pañales colocado sobre la arena. Esta cansado, porque todo el dia ha sido conducido sin quejarse; ¡pobre niño! perseguido por los hombres como un animal raro del desierto, cuyos despojos hubieran deseado repartirse. Ha pasado largas horas sin auxilio, molestado por la envoltura y la faja que le sujetaba, y sus miembros están doloridos por aquella postura monótona. Pues bien; á pesar de eso, ó más bien por eso, reconocemos en él al fuerte, que crea sin fatiga, que ha elevado las montañas, puesto límites á los mares, encendido los volcanes; el que hace temblar la corteza de la tierra como una caña sacudida por el viento, ó como un campo de mieses maduras, ondulante con la brisa de la mañana. El es el que ha hecho que los astros giren en sus órbitas, el que ha sacado los mundos macizos de la masa movible de los elementos moleculares, y que, tendido como se halla sobre la arena, rige el universo sin que nada se sustraiga á su vigilancia. El es, tomando un ejemplo de una de las operaciones ménos importantes de la naturaleza; él es, el que en este momento por una voluntad meditada, medida especial, señala su puesto á cada átomo de luz fosfórica en cada uno de los surcos abiertos en la líquida llanura por la ola móvil, cuya cresta efímera resplandece un instante á la luz de la luna.

Se duerme sobre la arena. ¡Cuántas maravillas encierra ese sueño!. Es el eterno. Habia vivido una eternidad ántes de que comenzase la creacion, y jamás habia conocido vicisitudes. Sin embargo, á los ojos de su criatura, tiene una grande y eterna vida de prodigiosas mutaciones que en nada alteran su adorable inmutabilidad. ¡Para él, qué mudanza en ese encanto secreto del sueno, que tan dulcemente, y cómo á la deshilada, llega á cerrar sus párpados cuando su debilidad infantil sucumbe á su aproximacion!. Ha cerrado los ojos al ponerse el sol; está en la oscuridad, pero no hay noche para él. Le conocemos, sobre todo, como luz inaccesible. Si Dios (no miramos al cielo; consideramos al Niño dormido debajo de las acacias), si Dios dejase que el sueño cerrase sus ojos por un sólo instante, toda vida creada desapareceria. La materia y el espíritu, confundidos en desórden cesarian de ser, y el tiempo y el espacio se hundirian inmediatamente en la inmensa sepultura de todas las cosas. Sin embargo, ¡mirad cuán estrechamente cerrados se encuentran sus párpados, con qué regularidad se levanta su pecho, y cuán apreciable al oido se va haciendo su respiracion!. Dios está verdaderamente dormido. Se despierta y llora. Se despierta aquel cuya vigilancia no puede nunca reposar!. Llora aquel cuyo júbilo es increado y no podria conocer limites!. Todos los placeres que podemos imaginar y nombrar, y más bien imaginar que nombrar, inmensos, profundos, ricos, sólidos, siempre crecientes, y que no pueden expresarse, están todos en él, ó por mejor decir, él mismo es un goce superior á todos. En realidad, el gozo más perfecto que podríamos imaginar sería una imperfeccion en su gozo y una disminucion de su felicidad. Ved al pajarillo que toma algunas gotas de agua en un lago de América y que regresa a su nido entre el argentino follaje de los abetos. Pues así legiones innumerables de ángeles y de hombres beberán eternamente torrentes de gozo salidos de un lado del ser de ese pequeño Niño, que no quedará por eso más agotado ni más resentido que el inmenso lago superior lo está por el pajarillo que toma de él una gota de agua y huye con ella. ¿Acaso las fajas que rodean su cuerpo le lastiman y le hacen humillarse hasta derramar esas lágrimas, patrimonio de la infancia?. La infancia está verdaderamente presa en las incómodas envolturas de estas regiones; pero en el prisionero que yace sobre la arena reconocemos y adoramos al Inmenso. Él es la eterna libertad del mundo. Él, que se encuentra aquí bajo una forma circunscrita por una medida tan limitada, en realidad está al mismo tiempo presente más allá de las nubes, de los soles, de la espantosa extension de los sistemas celestes, sin encontrar término, sin alcanzar límites, excediendo todas las posibilidades del espacio en la grandeza de su sencillez. Cuando hemos llenado de su persona todos los abismos del vacío que podemos imaginar, no estamos más próximos que ántes al límite exterior de la vida de ese pequeño Niño. ¿Pero sus lágrimas son siempre silenciosas, ó bien como los demás niños, prorumpe en gritos, voces de una tierna elocuencia, llamamientos inarticulados al amor de una Madre, única que sabe comprenderlos bien?. Si es así, su débil grito debe resonar en el fondo de nuestra alma mil veces más que la trompeta del arcángel en la noche del juicio. En los lastimeros acentos de ese grito la fe sabe oir la voz del Eterno, la voz que la Escritura compara al ruido de las grandes aguas; sin embargo, como los sonidos inarticulados del mudo, su voz no es un lenguaje; él, la palabra de Dios, no tiene palabras; parece no saber ninguna lengua, y todas las lenguas no son, más que revelaciones parciales pero encantadoras de un sólo acento de la melodía que canta en él. Todo lenguaje no es más que una expresion descendida á la tierra del silencioso gozo de la majestad de Dios, todavía sin criaturas, en aquellas épocas de una inconcebible antigüedad, que no aran épocas porque no habia tiempo.

Considerad su pobreza, de la que cada circunstancia excita la más tierna piedad y las lágrimas más simpáticas. La reconocemos en la figura y en los vestidos de José y de María, como tambien en las escasas provisiones esparcidas por el suelo, sin más abrigo que la bóveda del firmamento. Sin embargo, en ese Niño pobre adoramos la majestad ante la cual se hallan prosternadas en este momento las jerarquías celestiales, temblando, aunque no lo comprenden en toda su plenitud. Sus riquezas son incalculables é inagotables. Es la plenitud de la creacion, de que millones de creaciones nuevas podian sacar sus diversas riquezas sin hacerle experimentar la disminucion más imperceptible. Sus tesoros son, no solamente indescriptibles en su grado, sino inimaginables en su naturaleza, con infinidades que no tienen ninguna relacion con nuestras necesidades, ni con lo que podria gastar cualquiera criatura, sino que pertenecen, si podemos hablar así, á las aparentes necesidades trascendentales de la inteligencia y de la santidad ilimitadas de Dios, á esas adorables necesidades de la vida divina, de donde dimana inevitablemente la eterna generacion del Hijo y la eterna procesion del Espíritu Santo.

En el Niño que se digna tener necesidad del seno de su Madre, adoramos, como lo canta el himno de la Iglesia, á aquel cuya providencia alimenta al mundo y á todas sus criaturas. Los animales salvajes en sus guaridas desiertas; las aves en los bosques inexplorados; los pescados del mar, y la multitud de insectos que cubren la corteza de los árboles ó las piedras de los campos, todo eso, al mismo tiempo que los pecadores en sus palacios, y los pobres tendidos en las calles á las puertas de los ricos, reciben de él su alimento. En esa misma hora en que alimenta á María y á José en la fuente del desierto, dispone las extrañas variedades de climas y de estaciones, y provee a las necesidades de los millones de individuos que pueblan la tierra, preparando los fenómenos de la meteorología y de la química que puedan ser necesarios; dos ciencias que todavía se hallan en la infancia, que presentan tomar un vuelo jigantesco, y sobre las cuales el Niño hubiera podido enseñarnos secretos capaces de llenar de estupor á los sabios más célebres de la presente generacion y de producir una revolucion general de la ciencia en el mundo.

Del mismo modo que el soplo del viento pasando por la tarde algunos instantes por la superficie de las aguas, las riza y las hace como sonreir á la luz, así las incomparables sonrisas do la infancia iluminan su rostro y desaparecen. El Niño, tendido sobre la arena, se sonrie tambien, y su sonrisa es la expresion de las innumerables perfecciones reunidas en la maravillosa unidad de su humanidad. La sonrisa hace conocer el carácter; la suya revela el carácter del Altísimo. Es la sonrisa del que, tal vez en este momento, juzga á un alma y la salva por su misericordia; es la sonrisa del que ve el infierno y le mantiene en órden, avivando sus fuegos, y por su juicio actual, aumentando para gloria de su justicia aquella poblacion desolada. Es una sonrisa en la que podemos reconocer, como se ve un rayo del sol poniente en lo alto de una torre ó en la copa de un árbol, el reflejo de esa grande adoracion del cielo que él ve, puesto que está allí, y ha venido á la tierra sin dejar el seno del Padre, y que no sólo la ve, sino que es el objeto de ella. Y cuando sonrie, la mirada de sus pequeños ojos es prodigiosa; ¿y por qué es prodigiosa?. Porque ve y conoce todos los corazones; aclara todos los secretos; sin esfuerzo alguno, su vista abraza á la vez todos los reinos del espacio y todos los imperios de la inteligencia espiritual. En este momento ve todas las millaradas de millones de pensamientos que cada ángel ó cada alma humana ha tenido ó pueda tener, ya expresados en la conversacion, ya consignados en los libros, ó encerrados en lo más profundo del espíritu. Su mirada asombrada no debe ser una de las ilusiones que nos causa su rebajamiento, pues su conocimiento interior habita en este momento en la luz de toda ciencia posible; cuenta cada grado de arena en la inmensidad del desierto; sigue los movimientos y toda la vida de cada pescado del Océano, y ve cada rayo de luz que despide cada una de sus plateadas escamas. Ve tambien el Calvario y su Pasion con sus variadas escenas, y tan semejantes en su dolorosa monotonía. Nos ve con nuestros pecados; se ve á sí mismo con el Padre y el Espíritu Santo, y no se asombra aunque bajo su amable y sincero disfraz adopte la mirada asombrada de la infancia humana.

Cada uno de sus rasgos tiene un derecho especial á nuestras adoraciones. Aquellos labios, que María con tímido atrevimiento se complace en besar con frecuencia, son los mismos que deben pronunciar un dia nuestro irrevocable juicio; tal vez dirán en el cielo algunas palabras, que serán como los timbres de la eternidad, y cada una de las cuales dejará bien léjos las revelaciones hechas en la tierra, y saciará á nuestras almas de una sabiduría penetrante y de un amor divino. Esos labios se hallan ahora sonrosados y con la frescura de la infancia; pero estarán un dia pálidos, marchitos, secos y manchados de sangre sobre la cruz. Mas, omitiendo hablar de sus rasgos en particular, y haciéndolo de su belleza en conjunto, es ménos un disfraz que un velo de su hermosura increada, un abrigo en donde se oculta su divinidad incomparablemente misericordiosa. Se asemeja á sí mismo; se asemeja á su propio amor, pronto á revelar lo que es. Todos deseamos con impaciencia ver al Padre. Hace siglos que el apóstol San Felipe le dijo á su Maestro en nombre de todos: ¿Por qué el Padre nos atrae de ese modo? ¿ Por qué hace vibrar de ese modo las cuerdas de nuestra alma, como si pudiésemos verle ó quedar como desterrados, y santamente descontentos hasta que hayamos visto? Mirad al Niño sobre la arena; es la verdadera belleza del Padre, la belleza del Padre retratada en él toda entera; es su fiel y completa representacion. Añadamos que el amor del Padre á su Verbo co-igual, y el amor que el Verbo tiene al Padre, no como en reciprocidad, sino simultáneamente, son, ó es, como yo diria, el Espíritu procedente desde toda eternidad, siempre bello, siempre feliz. Si nosotros, criaturas del pecado, que sólo con mucho trabajo hemos podido arrastrarnos desde el fondo de nuestra miseria al sol de la compasion de Dios, podemos ver todo eso en la belleza del Niño tendido sobre la arena, ¿qué no debe ver en él su Santa Madre?.

El sol ha desaparecido completamente bajo el horizonte, pero su globo todavía esparce una dudosa ráfaga de púrpura y de oro sobre la extensa llanura de arena mezclada con algunas piedras. María y José se arrodillan para orar, como si desde lo alto del cielo el sonido de las campanas de oro les anunciase que habia llegado la hora de completas: no levantan sus ojos al cielo hácia el Invisible, presente en todas partes, cuya presencia reconocen los hombres, cubriéndose los rostros con las manos; pero como creyentes en oracion, que fijan sus miradas en el Tabernáculo, oran y contemplan á aquel Niño Todopoderoso que María ha colocado por un momento sobre la arena.

¿Quién puede poner en duda el objeto de su contemplacion? Verbum caro factum est. ¿El Verbo se ha hecho carne?. Ese es el júbilo de los júbilos para toda la tierra. Es el misterio en cuya luz se resumen todos los demás misterios: allí se hace visible la invisible reina de todos los misterios, la Santísima Trinidad: despues de ella, la Encarnacion es en sí misma el primero de los misterios: la creacion no llega hasta despues. La divinidad del Verbo, es pues, lo que adoran María y José. Cuanto más parece que las circunstancias recuerdan elocuentemente y ponen de relieve la humanidad de Nuestro Señor, tanto más excitan en ellos la fe en su divinidad. Pero no abordan ese misterio como nosotros lo liemos hecho. Hemos debido trazar nuestro camino á tientas, establecer nuestra persuasion al tacto, por decirlo así, y hacerla como palpable, servirnos de la geografía, de la presentacion en escena, de las medidas de espacio y de tiempo que nos da la ciencia, y limitar ó ampliar nuestras concepciones. Pero la Madre y el Padre putativo de Jesús, vieron de una manera más sencilla, por su procedimiento más elevado del alma, como convenia á la grandeza de su santidad y al privilegio que les habia sido dado de vivir cerca de Dios: la fe en su Divinidad era el alma de su union con él. Esa fe, actual y práctica, que reconocia que Nuestro Señor es Dios, tiene algo más elevado y dulce que las meditaciones sobre el misterio de la Encarnacion, ó sobre sus perfecciones divinas: es nuestra verdadera vida como criaturas redimidas y perdonadas: es la base de toda devocion y el fundamento de toda santidad. Quitad esa fe y el temor santo y respetuoso que de ella dimana, y las devociones á la humanidad sagrada no conservarán ya más que una belleza artística. Cuanto más profundizamos esa doctrina, más sentimos la realidad del misterio del Santísimo Sacramento, y más sublime nos parece la majestad de María. Pero la Santa Infancia es el campo que la fe se complace en recorrer. En las cosas sagradas,las comparaciones rara vez son exactas: de otro modo, podríamos decir que la devocion á la Divinidad de Nuestro Señor se encuentra en Belen más que en el Cálvario, aunque su divinidad sea el alma de cada misterio de la Pasion. La vision que tuvo la venerable Margarita de Beaune del divino Niño, con las palabras Verbum caro faetum est, escritas en letras de oro en la palma de la mano es un símbolo de lo que deberia ser nuestra devocion á la Santa Infancia. Deberíamos desear que Nuestro Señor nos hiciese espiritualmente lo que hizo materialmente á Santa María Magdalena de Pazzis, grabándola esas palabras en el corazon. Él mismo dijo á Santa Gertrudis que cada vez que un cristiano se inclinaba con respeto al oirlas pronunciar, ofrecia por él, al Padre Eterno, todos los frutos de su Santa humanidad: y en una ocasion, por inspiracion divina, si mi memoria no me engaña, Margarita de Beaune pasó muchas horas repitiendo sencillamente esas poderosas palabras, con el objeto de alcanzar del Padre Eterno misericordia para los blasfemadores. Con ese espíritu, la Iglesia nos manda doblar la rodilla cuando todos los dias se pronuncian en el Evangelio último de la misa.

En nuestra época, debemos guardar con mucha precaucion nuestra fe en la divinidad de Nuestro Señor. La heregía olvida tan pronto la humanidad de Jesucristo, como su divinidad. Ahora, es de moda, como se dice, desenvolver la figura humana de Cristo. Hablan en el tono vacío y enfático del dia, de exponer y explicar el elemento humano de Jesús. Así, para los hombres sin fe, la religion no tiene ni hechos ni doctrinas, en el sentido extricto de esas palabras; no tiene más que símbolos y miras. En Astronomía, se quiere suponer que las nebulosas se resuelven en astros separados, sólidos y luminosos: en Teología se invierte el procedimiento, se trata de introducir lo vago en lo que en otro tiempo era exacto y claro, y de trasformar de ese modo la ciencia sagrada en no sé que luz incierta, admirablemente propia para las teorías y las conjeturas: no se quieren encontrar más que semejanzas fantásticas, como las que en otro tiempo hicieron que se diese su nombre á las constelaciones.

¿De dónde proviene esa aficion á lo vago en materia de religion, miéntras que se desplega tanto rigor en los demás ramos de los conocimientos humanos, sino de que se desea descargarse del yugo de la fe sin arrostrar el inconveniente atrevimiento de rechazarle públicamente?. Por lo que hace á nosotros, nuestro deber es el velar siempre, en un espíritu de reparacion, por la defensa de la honra de Nuestro Señor, y acudir con nuestras fuerzas al punto en que sea atacado, sea el que fuere. Ahora, conservando gracias á nuestra fe, una justa é inteligente integridad de creencias, la reparacion se complacerá en dedicarse á la adoracion del Verbo Eterno, con más fervor que de costumbre.

Pero en el desierto de María, de José y del Niño, casi nos parece que necesitamos pedir perdon por habernos detenido á echar una ojeada sobre este mundo malvado, aunque haya sido de paso.

Ha concluido el crepúsculo: el viento de la noche susurra tristemente en el desierto: todos han vuelto á sus moradas, excepto las fieras y los pobres sin albergue. Pero esa noche el Criador mismo es uno de los pobres sin domicilio. No tiene abrigo, él que en el hueco de su mano reposa toda la creacion. No tiene asilo aquel cuyo corazon es el único asilo eterno de los espíritus angélicos y de las almas humanas. No tiene morada el que es la mansion de ese Padre Eterno cuyo seno es á su vez su morada eterna.

Capítulo VI Alma y Cuerpo

La fuente de la creacion es el espíritu de Dios. De ahí viene el que haya como un matiz y un olor de eternidad en las criaturas más perecederas, en el más pasajero de los fenómenos materiales. Ellos nos revelan á Dios: son emanaciones de su sabiduría y manifestaciones de su belleza. Son sus obras de arte, su pensamiento especial, su música y su poema. No hay nada en la creacion que no lleve consigo algo de él, nada que un espíritu habituado al estudio de Dios no se conozca por suyo, no sólo porque sabe en general que todo viene de Dios, sino porque cada objeto lleva en sí su carácter. Un solo árbol es un poema divino: no podria ser imaginado por ninguna criatura á que no la hubiese sido presentado el modelo. Es una maravilla que encierra una ciencia profunda, á la par que un rico manantial de belleza. Pues bien; no hay dos árboles, aunque sean de la misma especie, que se asemejen por el enlace de sus ramas, ni en la colocacion de su follaje, ni en la manera con que reciben la luz del sol, cuyos rayos, cayendo sobre sus ramas verdes ó marchitas, á través de sus hojas temblorosas, produce allí una música silenciosa tan real, como la que los dedos sacan del teclado de un piano. Y los árboles no forman más que una clase, una de las ménos elevadas, entre los poemas sin número que componen la armoniosa unidad de la creacion. Cuando en seguida nos elevamos á través del mundo racional hasta el mundo de la gracia, las criaturas de Dios son más completas é infunden más respeto, sobre todo si se las considera como las manifestaciones de su invisible belleza y la variedad literalmente infinita de su sencilla unidad. Pero las criaturas más humildes son las que nos hacen comprender mejor que todas tienen una dignidad real y una importancia que las hace dignas de respeto, sólo porque son criaturas de Dios, porque llevan su sello, porque exhalan su aroma en nuestros sentidos espirituales, como el olor de nuestra flor preferida penetra nuestro olfato. Un espíritu amante de lo bello, como el de los poetas, ve claramente la sabiduría y el poder, la justicia y la misericordia de Dios en sus obras, porque las contempla á la luz de la belleza de Dios, porque la belleza es algo más que la sabiduría ó el poder, es algo que se le añade, el esplendor que las hace evidentes, como el sol hace resaltar las cimas de las montañas, separadas y alejadas que en la sombra no ofrecen más que una masa pardusca sin accidentes. Una cosa puede ser concebida como sábia, aunque sin belleza, como imponente por la apariencia del poder, aunque desagradable por la falta de proporcion ó de armonía. Pero todo en la naturaleza y en la gracia es tan bello como sabio, tan bello como poderoso; y todo eso es bello, porque la hermosura de Dios reside allí en virtud de su origen; y, en fin, hay algo venerable en la menor de sus obras, porque esa belleza no se separa de ellas completamente.

Estas consideraciones nos presentan una vista de la creacion á que debemos adherirnos en nuestra época. Los campos de batalla del mundo varian con la historia de las naciones: lo mismo sucede con la historia de la inteligencia. Está fuera de duda que el campo de batalla de la fe y de la incredulidad, pasa de la Encarnacion al misterio de la creacion, y de la divinidad de Nuestro Señor á los atributos de Dios. Es verdad que la fe y la incredulidad están siempre mal avenidas en todos sus puntos de contacto; pero lo rudo del combate está ahora en los hechos y las dificultades de la creacion. Es, pues, de la más alta importancia tener una idea exacta de las criaturas y de su significacion, ya para evitar el empeñar la lucha con malas condiciones sobre puntos que no estamos obligados á defender y que al fin reconoceremos que son de imposible defensa, ya para saber como hemos de sostener mejor una causa, que de otro modo podria comprometer nuestra ignorancia.

Las criaturas pueden muy bien ser consideradas bajo dos puntos de vista. El primero pertenece a las especulaciones teológicas, y el otro á la práctica de la vida ascética, aunque la teología debe tener en ella una buena parte. Ambos son tan reales, y al mismo tiempo tan indispensables, que un creyente fervoroso no podria adherirse exclusivamente á uno de ellos sin perjudicar á su devocion, haciendo su fe ménos inteligente, porque los dos son necesarios á la vida devota, lo mismo que para la justa apreciacion de la doctrina. Si comparamos á las criaturas con el mismo Dios, nos sorprende de tal modo su bajeza, su nada y su carácter transitorio, que no podemos ver otra cosa en ellas, y todo cuanto se nos dice de ellas nos parece falso. En semejante comparacion, las criaturas son puramente pasivas. Pero ocurre con bastante frecuencia, que por nuestra falta, más bien que por su influencia, nos parece oscurecer á Dios y eclipsarle, y nos inclinamos á mirarlas con una especie de indignacion mezclada de desprecio. Ó bien, por otra parte, consideramos á Dios lleno de amor, y sentimos un ardor como el que produce el amor, y deseamos hacer sacrificios para probarle cuánto le amamos; y entónces las criaturas se nos presentan como las víctimas, ó más bien como los elementos de esos sacrificios, en los que todo el sufrimiento es para nosotros, y de ese modo entramos en la vasta carrera de las mortificaciones voluntarias. Otras veces, nuestra piedad reviste un carácter de desconfianza de sí misma, y tememos hacer de las criaturas el uso que nos es permitido; porque nuestra experiencia nos enseña que eso nos enerva, ó que en nuestro caso particular, el uso degeneraria probablemente en abuso. Sirviendo esas consideraciones de principios para la vida devota, se ve que está fundada ménos sobre el desprecio de las criaturas que sobre un homenaje á sus atractivos; homenaje que proviene de la generosidad de nuestro amor á Dios, y de un excesivo temor de nosotros mismos, ó de un generoso espíritu de sacrificio voluntario. ¿Puede haber para las criaturas una ocupacion más noble que la de darnos los medios de servir á Dios por la abstinencia voluntaria y prudente de los goces que nos ofrecen?

Cada día podemos reducir á la práctica esa manera de mirar las criaturas, y por consiguiente, es el punto de vista que debe sernos más familiar. Sin embargo, si llegase á ser demasiado exclusivo, nos expondríamos á dudar de su exactitud, precisamente por causa del abuso que habríamos hecho de él, y la consecuencia sería un retroceso á la vía opuesta. La experiencia lo prueba desgraciadamente demasiado: hombres cuyo fervor había comenzado por un alejamiento inmoderado de las criaturas, indiscreto y exagerado, han vuelto á ser mundanos, indulgentes consigo mismos y amigos del bienestar, cuando han reconocido que su opinion excesiva no era conforme, ni á la teología ni á la razon. Sin embargo, aunque haya habido mudanza en su vida, continúan sirviéndose de su antiguo lenguaje, y observaremos aquí, que un hombre que declama contra el espíritu del mundo y que al mismo tiempo es esclavo de él, es más difícil de convertir á la verdadera vida interior, que el pecador más obstinado y despreocupado. Es muy raro que haya violencia en el verdadero fervor, sea cual fuese la ilusion que se forme sobre ese asunto: si el verdadero fervor no reserva toda su severidad para si mismo, por lo ménos la ejerce sobre si mismo mas que sobre los demás.

En el otro punto de vista, que es igualmente exacto, las criaturas parecen llenas de dignidad y de grandeza porque son las criaturas de Dios y las manifestaciones de su vida interior. Cada una de ellas es una obra maestra: no tiene tipo fuera del mismo Dios; no reproducen modelos existentes antes que ellas; no podrian, como ya hemos dicho antes, ser imaginados ni por los ángeles ni por los hombres, porque todo lo que no tiene precedente ni analogía es inimaginable. La criatura más humilde sobre la tierra se halla revestida del reflejo de la belleza de Dios, y denota lo que podemos llamar una facultad de invencion que no puede expresarse, áun cuando esa palabra sea demasiado baja para aplicarla á la sabiduría creadora. Así es que las criaturas nos enseñan acerca de Dios y nos conducen á él con el mudo lenguaje de su amabilidad. Pueden ser elevadas, como en los Sacramentos, basta una comunicación física con Dios y llegar á ser agentes celestiales en el reino de la gracia. Las bendiciones de la Iglesia pueden añadir á la materia los más maravillosos poderes y dotarla de una especie de vida sobrenatural muy superior á las virtudes de los ángeles. Los Sacramentos no son tan sólo las puertas que nos introducen más seguramente en las realidades actuales de la vida humana, sino que nos hacen entrar directamente en los actos misteriosos de la vida vivificadora de Dios. Las criaturas son los elementos materiales de nuestros deberes, los objetos de nuestras ciencias, las ideas divinas de nuestras artes, la disciplina de nuestros afectos y los manantiales de goces puros, intelectuales é inocentes. ¿Quién puede, pues, no hacer caso y hablar de ellas con desprecio?

La creacion no puede añadir nada á la gloria esencial de Dios; como finitas, las criaturas no pueden proceder sino por comparacion; no podemos conocer el mérito de las cosas ó apreciar verdades sino comparándolas unas con otras; no honramos una sin despreciar otra; no hacemos justicia á ésta sin cometer una injusticia con aquélla. De ahí proviene que la gloria accidental de Dios nos inspira poco respeto comparada con el inconmensurable Océano y el esplendor infinito de su gloria esencial; sin embargo, la primera, hasta en su grado ménos elevado, está muy por encima de todo cuanto nos es posible concebir. Es el resultado de la creacion entera, de que es tambien la causa final. No es, pues, respetuoso el suponer que la creacion no pueda tener grande importancia áun para Dios. Su gloria accidental es importante para él, porque no puede buscar más que lo que es importante. Indudablemente es muy inferior á su gloria esencial, pero al mismo tiempo está infinitamente por encima de nuestra capacidad de apreciacion. Es para Dios algo íntimo, aunque no lo sea intrínseco.

La idea de la santidad sería completamente rebajada si estimásemos en poco la gloria accidental de Dios, porque, ¿qué es la santidad, áun la de la naturaleza humana de Nuestro Señor y el plan entero de la redencion, sino un concurso en la gloria accidental del Altísimo? Así, en un sentido, y por cierto muy importante, es una verdad que las criaturas tienen más excelencia con respecto á Dios que con respecto á nosotros. Poseerlas es una gran riqueza aún para él. Todo lo que concierne á Dios es impenetrable, y nuestro espíritu se encuentra muy léjos de poder comprender qué gloria, qué goce, qué inefable y múltiple complacencia puede encontrar en la posesion de su creacion. El sólo hecho de que nosotros somos uno de los objetos de esa complacencia, basta para llenar el alma de contento durante toda la vida.

Ahora, considerada bajo ese punto de vista, la creacion entera se halla como concentrada en cada criatura separada. Cada una es una manifestacion distinta y sin igual de la soberana belleza, y al mismo tiempo tiene con el conjunto una relacion que para nosotros suele con frecuencia pasar desapercibida, pero tan estrecha, que no puede ser separada de él porque comparte sus derechos en cuanto pertenece á Dios, y eso, áun cuando estuviese en el grado más bajo de la jerarquia de las criaturas.

Cuando el amor creyente se atreve á felicitar á Dios humildemente por alguna de sus perfecciones intrínsecas, debe tambien felicitarle por su posesion absoluta de las criaturas como por una cosa completamente digna de él. Dios es realmente rico en su creacion. A pesar de que las revelaciones de la ciencia son bien prodigiosas, apénas penetra por debajo de la superficie de las cosas, ó más bien, se detiene en su superficie. La geología nos hace conocer la superficie del tiempo, y la astronomía la del espacio. Todavía irá más léjos: el microscopio nos hace comprenderla delicadeza de la creacion más bien que nos la hace ver; la química nos enseña a admirar las cualidades de la materia, pero sin explicarnos su naturaleza; la teoría de las probabilidades no es más que un murmullo de las leyes cuya accion se relaciona con las revoluciones, demasiado vastas para que las podamos comprender. Toda nuestra ciencia no es más que un débil bosquejo de lo que será la ciencia de las generaciones venideras; y áun esa, ¿qué será en comparacion de las realidades de la creacion tales como Dios las conoce? ¿Qué es el reino de la materia junto al del hombre, y qué es éste comparado con el glorioso imperio de los diversos coros de los ángeles?

Dios posee criaturas prodigiosas, de que sabemos algo, y puede poseer las más maravillosas en otras creaciones alejadas, pero en ninguna parte posee ninguna que pueda ser comparada á la Santa humanidad de Jesús, tipo y causa de toda creacion. Ella es, es decir, el alma y el cuerpo del Verbo encarnado lo que vamos á estudiar en el presente capítulo, y reconoceremos la oportunidad de las reflexiones preliminares que acabo de establecer. Cada parte de la creacion tiene su influencia sobre todas las demás. La estrella más alejada habla en cierta manera de la más humilde flor de los campos de nuestro insignificante planeta; pero ninguna parte de la creacion tiene una influencia que se aproxime más á la de la Santa humanidad, que está por encima de los ángeles y recibe sus adoraciones. En la Iglesia, que está edificada sobre ella, suprimid los Sacramentos, que son su presencia y su actividad en medio de nosotros; derribad su trono de mediacion con el cielo; borrad los cuatro Evangelios y el resto del Nuevo Testamento, retirad del lenguaje, de la literatura y del pensamiento las ideas que son frutos ó profecías de la Encarnacion; privad á nuestros pesares, á nuestros gozos y á nuestras contrariedades de las imágenes puramente materiales de Jesús y de su Madre, y habreis efectuado un cambio más radical, una revolucion más séria que si hubiéseis extinguido la luz del sol. La Santa humanidad es una criatura que no se puede arrancar sin quebrantar el lazo de toda la creacion.

Consideremos atentamente la influencia de la Santa humanidad en esa hora dada en que escribimos ó leemos. El vasto cielo y la vision de Dios están sin velo: todo entero se estremece bajo su influencia: las palpitaciones del corazon de la Santa humanidad hace temblar las enormes masas de las esferas celestiales: ella es la que ha hecho caer el velo de la vision hasta para los ángeles. En este momento puebla el cielo de multitudes continuamente renovadas, hasta de niños que entran allí gloriosos, sabios, maduros, hombres formados, á semejanza del Cristo, merced á las aguas maravillosas del bautismo. Han atravesado la tierra, crecido, han dado flores y frutos, y se han colocado en los graneros celestiales, quizá en ménos tiempo del de una hora. Allí entran penitentes redimidos con su larga historia interior llena de la accion milagrosa de la Santa humanidad. El amor perfecto ha pasado directamente desde la tierra al cielo hace un minuto. Pasa en este momento, pasará en un minuto y en todos los instantes, pero en su vuelo, la mano de Jesús es la que le sostiene. Despues de una larga mansion en el Purgatorio, llega para los cautivos el momento en que va á comenzar su eterna juventud milagros de salvacion, trofeos laboriosamente conquistados por la Preciosa Sangre, cuyas gotas dan á los fuegos vengadores una virtud purificadora, al mismo tiempo que disminuyen sus ardores. Mirad los ángeles, esos espíritus cuya actividad no causa nada: ¡cuán radiantes están en su magnificencia! Pues bien; son los espíritus de la Santa humanidad. Esa naturaleza humana es la causa de su presencia en el cielo, es la fuente de todas sus gracias, el medio y el sostén de su gloria fecunda. No hay un ángel en esas cohortes inflamadas que el hombre no le haya hecho lo que es, que no le deba su poder, y que no haya colocado en esa mansion de seguridad real.

La Santa humanidad es la luz actual de la Jerusalen celestial, sea cual fuere el sentido de ésta palabra, que puede recibir muchos. Es á la vez el sol y la luna, y no tiene necesidad de otros astros: es la luz en la cual se ve la vision. En esa luz, el esplendor del trono de María no puede expresarse: es dulce á la par que brillante como el diamante, cielo inefable sembrado de estrellas. Pues bien; la Santa humanidad es la que se le ha dado: la Santa humanidad le hace comprender lo que la teología más elevada no puede alcanzar sobre la tierra. En esa innumerable corte de elegidos que contemplan sin cesar temblando, y en los ardores de una felicidad sin límites la faz de la Santísima Trinidad, no hay un acto de adoracion que no haya merecido la humanidad Santa. Las almas de los hombres cantan allí tímidamente: los ángeles hacen resonar sus liras con una inspiracion más atrevida; el sér de María, como las olas de un Océano tranquilo, avanza hasta el pié del trono, se acerca á él, y permanece todavía á una distancia infinita; sólo el Sagrado Corazon ofrece á la Trinidad una adoracion perfecta, á causa de su union con el Verbo. No es posible imaginar el cielo sin que esa naturaleza humana tenga en él su trono y su culto.

Sobre la tierra encontramos tambien la accion de la humanidad santa, tan poderosa, tan universal é indispensable. Sólo Dios puede medir la gracia que en el dia hay sobre la tierra. La gracia trabaja en una inmensa multitud de almas, ya pertenezcan á la Iglesia, ya sean dulcemente conducidas á ella: toma todas las formas, se presenta en las ocasiones más opuestas, se aprovecha de las circunstancias más diversas y se adapta á todas las variedades de las fortunas y de las posiciones. Aquí, por los atractivos todavía débiles de una belleza hasta entonces desconocida, solicita el alma de un pagano, ó por una secreta dulzura convence á la amarga incredulidad: allá, como la nube que extiende suavemente su sombra por la pradera y prepara con lentitud la tempestad de un dia de estío, reposa sobre un alma, y la habla por lo bajo de una vocacion sobrenatural que de dia en dia llega á ser más clara y más imperiosa: en otra parte combate el pecado y hace que resuenen en el corazon sus reprensiones, que no son escuchadas: hiere con fuerza, pero en el calor de la lucha, no se sien ten sus golpes: algunas veces, como el mar en la alta marea, se esparce con calma y plenitud por una alma amoldada desde hace largo tiempo á las santas prácticas: ó bien viene bajo la forma de los siete sacramentos, que dia y noche corren, se precipitan, brillan y resuenan en la Iglesia, como la catarata que cae desde lo alto de una montaña en medio de los bosques: ó bien su nombre es ligero y rodea el lecho de los moribundos. En la oscuridad y en la luz, en los buenos y en los malos, en el arca preservadora de la Iglesia ó entre los que luchan con las aguas del diluvio, la gracia trabaja mucho más de lo que pueden sospechar áun los que más creen en su liberalidad: y la humanidad Santa es la única fuente de toda esa gracia, ya se difunda por todas partes en el mundo, ya se concentre en la Iglesia y en los Sacramentos.

Aunque ménos importantes, los efectos de esa singular y preeminente naturaleza humana sobre el espíritu de la tierra no son ménos asombrosos. La Encarnacion es como el fundamento de todo el edificio de nuestra literatura actual, áun en sus partes mas irreligiosas: de ellas se derivan las nociones más comunes de lo que es divino: de ella, las teorías poco sanas de una humanidad misteriosa, progresiva. individualista, sacan todo lo que no es un sonido vano ó una afectacion ridícula. De diez piedras del palacio de la literatura, una por lo menos es una idea de la Encarnacion: ella forma la novedad y la frescura de todo lo que el mundo moderno ha pensado, dicho ó hecho: sin ella la incredulidad no podria hacerse escuchar ni áun una hora. Por ella viven las artes, y sin ella mañana no serian más que una copia del paganismo incapaces de salir por si mismas del abismo en que las arrojaria la aficion á lo antiguo. Los sistemas de filosofía no admiten la Encarnacion como un elemento de lo que afirman, ó toman su fuerza ó su consistencia de su antagonismo con ella: no pueden de manera alguna emanciparse completamente de ella: sin embargo, existen y se establecen altaneramente como si jamás hubiese existido. Los políticos se valen de ella, áun cuando procuran limitar su accion: y la diplomacia la presta tanto más respeto exterior, cuanto la es más hostil. Esa naturaleza humana entronizada en el cielo, es la clave de bóveda de todos los arcos que sostienen la civilizacion moderna. Toda la gloria que el mundo podria alcanzar sin ella sería la gloria de las ruinas.

La Santa humanidad es el rey de la tierra, y reside entre nosotros en innumerables palacios. En ellos lleva una vida oculta, una de cuyas funciones más útiles es la de preservar continuamente de juicios severos y de calamidades á la raza entera, cuya naturaleza ha sido honrada por la adopcion del Verbo. Tiene á los elementos bajo su autoridad, y hace su poder más tratable que su naturaleza, no permitiéndonos esperarle: limita los temblores de tierra y mitiga las pestes: sostiene á los hombres sobre una tierra siempre amenazada por las revoluciones físicas: detiene el furor de las olas: hace que caiga, mil veces inofensivo, el rayo, que hubiera destruido la vida, los miembros ó la propiedad, y nos suaviza el áspero camino de la muerte, aunque nos manda temerle como un castigo de que no puede haber dispensa. No hay quizá un corazon de hombre de que no haya alejado dolores inminentes, aunque ignorados, y que no haya preservado de las penalidades de la carne, más difíciles de soportar de lo que podriamos imaginarnos. No sabemos cuánto bienestar, cuánta paz y seguridad debemos, en el curso ordinario de la vida, á la Misa y al Santísimo Sacramento.

Por debajo de la tierra hay esa extraña y casi inimaginable Iglesia de las almas que padecen; obra del arte divino, creacion del amor, que jamás carece de medios para llegar á sus fines, y que hace del Purgatorio, no un accesorio suplementario, porque en la creacion no hay nada de eso, sino una parte del grande designio de misericordia para la disciplina y el buen resultado del hombre. En esa extraña vida, en donde los crueles padecimientos y el amor asegurado se amen con una intensidad medida por la justicia, se proyectan los caractéres de la Santa humanidad. En ninguna parte la oscuridad es tan dulce, ni la sombra tan bella, como en la tierra del purgatorio. Hay pocos elegidos á los que la geografía de ese valle de espera no deba un dia llegar á ser familiar; pero por la Santa humanidad entramos en él. Jesús es nuestro Juez como hombre, no como Verbo, y por su mandato, casi prevenido por nuestro amor, por una pureza perfecta, vamos al Purgatorio. Su sentencia es como la puerta que nos da acceso á esas llamas de los predestinados; puerta que cierra un lugar de padecimientos y que, sin embargo, debe llamarse feliz, puesto que envuelve la certidumbre de una felicidad eterna. Antes de atravesarla habremos tenido una vista de la Santa humanidad, una vista intelectual y momentánea, pero al mismo tiempo tan grabada en nuestras almas, que no la olvidaremos jamás, áun cuando nuestro suplicio debiese durar siglos de esos años tan lentos de la tierra. Por la segunda vision de la Santa humanidad suspira en este momento cada una de las almas retenidas en ese dulce y silencioso imperio de un martirio pacífico. El Purgatorio es una provincia del reino de Nuestro Señor, que parece tener el privilegio de una relacion particular é íntima con su humanidad.

Hasta el infierno extiende su dulce y enérgica dulzura. El infierno no es más que la consecuencia de la negativa á reconocer la Encarnacion: no hay en él nadie que no se haya colocado allí por una perversidad obstinada; nadie á quien la Santa humanidad no haya querido y deseado preservar de semejante desgracia: nadie que, para entrar allí, no haya alcanzado contra Jesús una deplorable victoria. Su nombre recibe allí sin fin una especie de adoracion llena de horror; un tributo, aunque rechazado de un terror que no está suavizado por la esperanza. Lucifer ha llegado á ser el miserable rey, el despreciable e ignominioso tirano del infierno, porque no quiso conservar su glorioso trono en el cielo, como vasallo del pequeño Niño de Belen; Como hombre, Jesús hizo caer del cielo al ángel rebelde, ha vencido al rey del infierno sobre la tierra, y ha roto la oscuridad compacta de su reino infernal. Cada hora que suena sobre la tierra, marca una nueva victoria de la humanidad Santa sobre el espíritu rebelado. Cada gracia concedida es una herida para el; cada Sacramento administrado es una fortaleza que pierde; cada misericordia es una ganancia para el cielo; cada absolucion dada en el lecho de la muerte, arranca al infierno una presa que, segun nuestras ideas de justicia, parecia tener asegurada. Hay más; en el abismo mismo, la humanidad Santa se hace manifiestamente sentir como un corazon que palpita en la intolerable noche. Su amor, como los bajos de un vestido, se pasea por encima de las llamas, miéntras que los condenados le maldicen al pasar. Los padecimientos de aquel lugar de suplicio, al mismo tiempo que expresan elocuente y fielmente por su inconmensurable intensidad la grandeza de la justicia divina, son aminorados por la virtud de esa naturaleza humana, superior á los ángeles, presente en todas partes con su benéfico poder: ella es como la depositaria de los tesoros de la divinidad, y hace que los rayos de la compasion divina lleguen hasta á aquellas mansiones subterráneas, cuya oscuridad disminuye algun poco.

Así, hácia cualquier lado que volvamos nuestra vista, ya sea que nuestro corazon se dirija hácia el cielo, y nuestra vista quede deslumbrada, ó ya que interroguemos á los reinos multiplicados de la tierra; que exploremos las santas y transitorias mansiones del purgatorio; que nos aventuremos á inclinarnos hácia los formidables abismos de los condenados; ó que, por fin nos imaginemos una teología para esos mundos de que estamos separados por simas infranqueables , por donde quiera vemos á la humanidad Santa ser la primera criatura de Dios, ser lo que no la es dado ser á ninguna otra criatura, y contenerlas y envolverlas todas con cierta sobreeminencia soberana, que la pertenece en virtud de su eterna predestinacion.

Llenos, pues, de respeto á la persona del Verbo eterno, adoremos su Santa carne y su gloriosa alma humana. Una rigorosa teología debe ser nuestra guía: buscando debemos amar, y adorando nos es preciso buscar. En materia de devocion doctrinal, un falso respeto es la forma comun de una indevocion impaciente: debemos estar prevenidos contra ese error. Dios nos ha dado la encarnacion para que hagamos de ella el asunto de nuestros pensamientos y de nuestro amor. Apénas es posible que seamos demasiado minuciosos en nuestras devociones á la Santa humanidad, porque tienen por objeto infundir profundamente la realidad de nuestra alma. Nuestra aparente pequeñez se halla autorizada por el ejemplo de la Iglesia, ó más bien, la Iglesia nos manda seguir en eso su ejemplo. Las fiestas que celebra, como la del Sagrado Corazon, de la Preciosa Sangre, de las Cinco Llagas, de la agonía en el Huerto de las Olivas, de la Corona de espinas, etc., y las devociones que, no solamente autoriza, sino que fomenta, son modelos que nos propone para mostrarnos el camino más bien que para mitigar nuestro fervor. Hay una irreverencia esencial, ó por lo ménos una tendencia implícitamente herética, en profesar desden en esta materia. La misma reflexion haremos en el tratado sobre la Pasion. Es una falta semejante á la de Achar, que rehusó pedir un signo al Señor, cuando el profeta se lo mandaba de parte de Dios. No profundizar los misterios que nos revela Dios con ese objeto, es pretender saber más que él, y creernos más circunspectos y más delicados en nuestras operaciones. Debemos considerar la humanidad Santa como formando en sí misma un mundo: la cabeza de todos los mundos, su tipo y su causa. Las estrellas recorren sus órbitas en silencio: alguna ley ó algun sistema de leyes, si es que ya se ha descubierto, ó algo más sencillo y universal, reservado á los descubrimientos futuros de la ciencia, hace correr las masas inmensas de los globos á través del espacio sutil y poco resistente como sobre rails de cristal; y afortunadamente, el espacio carece de sonoridad, porque todas las criaturas quedarian reducidas á la nada con el espantoso estruendo de tantos mundos impelidos á la vez con tan aterradora velocidad. Dios es el que sostiene todos esos mundos, y hace que se apoyen en los tres pilares, que no forman más que uno, de su esencia, su presencia y su potencia. Pero la humanidad Santa se halla sostenida de diferente modo: está inmediatamente sostenida por una de las tres Personas divinas. Reposa enteramente sobre la Persona del Verbo, de tal manera, que ninguna criatura puede reposar así sobre una Persona divina: ella no tiene ni áun el sosten de una personalidad humana que la pertenezca: por una gloriosa privacion carece de ese apoyo natural, miéntras que por una union milagrosa, superior á todos los demás posibles, excepto el de Dios, está unida á la Persona del Verbo. Esa humanidad, ese compuesto humano de una alma y un cuerpo, que reposa de una manera inefable sobre la Persona del Verbo, es lo que vamos á considerar ahora de más cerca y más en detalle de lo que lo hemos hecho hasta ahora.

Pero ¿cómo nos hemos de acercar cuanto sea posible? ¿Bajo qué punto de vista podremos comprender con más claridad esas prodigiosas operaciones que oculta con tanto cuidado, al mismo tiempo que nos invita á estudiar sus secretas maravillas? Cuando hemos querido contemplar la divinidad del Niño de Belen, hemos dejado á María acostarle en la arena, debajo de las acacias del desierto: ¿no podremos ver ahora las operaciones de la humanidad Santa? Es claro que debemos escoger otro punto de vista: es preciso ir y vivir con Jesús en las santas casas de Nazareth, ese santuario tan lleno de su larga presencia, y consagrado de una manera tan inefable é indeleble por sus milagrosos años de santidad oculta, que Dios le ha erigido ahora en las orillas del Adriático, como un tabernáculo fecundo en prodigios, como una casa viva de gracias en la Iglesia, la gran casa de gracias hasta el fin de los tiempos. Mes por mes, dia por dia, hora por hora, desde el rayar del alba hasta que las estrellas brillan en el cielo, durante las noches recogidas de sueño y de oracion, debemos familiarizarnos con los años ocultos de Nuestro Señor en Nazareth. El acrecentamiento real de su cuerpo, que se desarrolla con el tiempo, es ya un misterio adorable, si pensamos en lo que es: en otoño levantaba ya fardos demasiado pesados para él; en la primavera anterior, su vista tiene otro brillo, que la da la madurez de la edad: el sonido de su voz se hace más grave á medida que va creciendo, porque la voz del Verbo eterno se ha formado como la de los demás niños: en las actitudes ó el aire de su cuerpo se encuentran las maneras de su Madre, y nos sorprenden hasta hacernos derramar lágrimas: sus miembros son más grandes, más gruesos y más fuertes: su cabellera toma un color más oscuro: la barba de la virilidad cubre parte de su rostro: no podemos observar el desarrollo natural de su cuerpo humano sin adorarle, porque todas las pruebas de la realidad de so naturaleza humana son siempre nuevas, penetran en lo más íntimo del alma nos extasían de amor y excitan nuestra adoracion.

Pero el desarrollo aparente de su alma es todavia más prodigioso, parece más santo de lo que era un mes ántes; diriase que la gracia se ha aumentado en él, no sólo como si las circunstancias le hubiesen abierto un campo más vasto ó le hubiesen colocado en mejores condiciones, sino que parece ha crecido tambien en gracia. Esa apariencia es adorable, tanto más adorable cuanto que no es más que una apariencia. La gracia no se ha aumentado jamás en él ni un instante desde el de su concepcion, pero una sabiduría más grande le ha dado mayor libertad. ¿Será preciso decir que parece más santo porque ha llegado á ser más sabio? Pero no ha llegado á ser más sabio; en eso hay una apariencia misteriosa, como acabamos de ver; pero esa apariencia es en si misma adorable. Sin embargo, ha ganado, y eso es un acrecentamiento real, áun cuando en él á pesar lo sea; digamos mejor, es una de las condescendencias de su amor. No ha adquirido nuevos conocimientos; su ciencia no se ha aumentado; solamente ha llegado á ser Maestro por la adquisicion de la ciencia misma en que ya era Maestro de una manera elevada. Ciertas cosas, las que enseña la experiencia de la vida, las sabe por una vía doble; tiene de ellas un conocimiento adquirido, añadido, añadido al conocimiento infuso que poseía ántes; pero el que se instruya así por experiencia es en él un maravilloso misterio.

Además, en esa vida de Nazareth, ¿cuántas otras cosas podemos ver? A cada instante, lo mismo en el sueño que en la vigilia, esa humanidad Santa es el teatro de innumerables y celestiales operaciones en virtud de su union con el Verbo. Sin cesar, de la naturaleza divina emana una fuerza que, por decirlo así, circula por todas las facultades del alma y todos los sentidos del cuerpo y los penetra de una virtud singular y de una gloria sobreeminente. Tan pronto parece dar libre curso á su amor por la naturaleza humana, como suspende milagrosamente algunos de sus efectos que son incompatibles con el estado de padecimiento y de humildad de Nuestro Señor, en el cual quiere permanecer por el momento. La vida secreta de la simple union de las dos naturalezas en la Persona divina es una série de maravillas, cuyo teatro es la casa de Nazareth, pero cuya grandeza borra la de toda creacion.

Para apreciar mejor las maravillas ocultas y las oscuras magnificencias de Nazareth, llegaremos cuanto ántes al dia de la Transfiguracion, trasportándonos su espíritu á la cima del Thabor. Allí vemos desarrollarse esas cosas que en Nazareth están encubiertas con sumo cuidado con las modestas apariencias de las acciones más comunes. Mas bajo ese aspecto, Nazareth y el Thabor ofrecen más bien puntos de comparacion que contrastes. La cima de la montaña era una soledad, y «la nube resplandeciente una santa casa de luz que la ocultaba tan realmente como á los muros sagrados de Nazareth; las manifestaciones mismas de Dios están cubiertas de misterio; sin embargo, la Transfiguracion fué especialmente una manifestacion del esplendor de su humanidad santa. No experimentó en ella mudanza, no recibió un dón nuevo, no fué una ratificacion exterior de su dignidad que le vino del cielo; no fué más que el desarrollo en lo exterior de lo que siempre habia habido en ella; pronta siempre, durante su retiro en Nazareth, á dejar que abriesen sus encantadoras flores. No podia haber lucha entre las dos naturalezas de Nuestro Señor, y, sin embargo, no podemos figurarnos de otro modo sus mútuas relaciones durante los dias de sú humillacion. Parece que la naturaleza humana resistia las comunicaciones de la naturaleza divina, que las glorias de ésta eran oscurecidas por las imperfecciones de la primera, y que alternativamente se sobreponia una á otra. Tal sería, si en ello ponemos cuidado, el carácter aparente de muchos misterios de toda la vida de Jesucristo. La Transfiguracion sería entónces un combate visible entre las dos naturalezas, ofrecido en espectáculo á los discípulos escogidos. Si exceptuamos sus milagrosas obras de misericordia, y áun apénas debemos hacer esa excepcion, la Transfiguracion fué tal vez, en los años que precedieron á la Resurreccion, la única victoria de la naturaleza divina sobre la naturaleza humana, el único caso en que cayeron los velos de la humillacion, y en que la naturaleza humana consintió en mostrar los dones que la pertenecian en virtud de su union con el Verbo. Debemos insistir ahora en la Transfiguracion para recordar siempre que el estado natural era al que tendia sin cesar el Niño y jóven de Nazareth, y que su amor á los padecimientos y á nosotros apartaba con cuidado.

Procuremos considerar más de cerca la santa humanidad; no podemos representarnos un alma; pues bien, si los lineamientos espirituales de nuestro sér inmortal se sustraen á nuestra imaginacion, ¿cuánto más los de Jesús y de su alma? Sin embargo, la Teología nos suministra datos importantes acerca de sus operaciones y su eminencia. Ahora, si concebimos que la extension casi infinita del espacio, la vasta capacidad de los elementos, la asombrosa pesadez de la materia, los inmensos globos de millones de soles, la marcha y el equilibrio de esos sistemas de mundos tan complicados, tan enormes, tan rápidos, no han costado á Dios más esfuerzos que los que necesita el viento Norte de una mañana de otoño para hacer que caiga la hoja amarilla en el arroyuelo que corre silencioso; si añadimos que el inconmensurable reino de los espíritus, poblado de espíritus angélicos, de los que cada individuo puede ser una obra divina más bella que todo el firmamento, ha salido de la mano de Dios sin exigir accion, como un objeto que se le cae de la mano á un hombre dormido, tendremos una gran idea del poder divino; mas, sin embargo, cuando pensamos en la creación del alma de Jesús, nuestras ideas imperfectas nos representan á la vez la divina sabiduría ocupada en pensar, á la divina bondad aplicada á escoger, á la divina belleza trabajando en reflejarse, y al poder divino recogiéndose á causa de la grandeza, de la eminencia, de la singularidad de la obra en que se ha empeñado. Esa es nuestra manera de representarnos semejante asunto. Es falsa en sí misma, pero nos ayuda á acercarnos á la verdad. Porque esa creacion, el alma de Jesús, es más señalada que las inteligencias de los ángeles, más vasta que el espacio sideral, más variada que la naturaleza material, ó por mejor decir, une en sí y sobrepuja más allá de toda expresion, á todas las magnificencias actuales de todas las demás creaciones, tales como María, los ángeles, los hombres, la materia y cualquiera otra cosa que todavía pudiera ser creada.

En esa alma admiramos desde luégo la plenitud de la naturaleza. En ella parecen encontrarse todas las naturalezas y todas las excelencias, en el sentido de que esa alma es el centro, la causa, el modelo el complemento y la corona de toda naturaleza, ya sea angélica, ya humana, ya material, como ya hemos visto. Posee una perfeccion de naturaleza bastante acabada, bastante gloriosa, bastante abundante, para darla sobre todas las naturalezas un derecho extricto de soberanía, rama en que, por decirlo así, se halla ingerta la gracia de la primacía que la pertenece en virtud de su humanidad, más bien que de su union con la divinidad, cuya soberanía no es de la misma especie, reposa en otras bases y se apoya en otros títulos. Tiene una capacidad natural, ó más bien una capacidad que deriva de su naturaleza, para recibir comunicaciones de la naturaleza divina, tales como ninguna criatura, por santa que haya sido, ha recibido jamás.

La segunda plenitud del alma humana de Nuestro Señor es la de su gracia. Nos vemos obligados á bosquejar aquí en pocas palabras lo que necesitaria un tratado. Posee, y posee sola, la gracia no compartida de la union, esa irresistible y penetrante uncion de la divinidad, que entra como un fuego beatificante en las facultades de su naturaleza humana, y da á sus operaciones un valor sin límites. Si la menor parte de gracia santificadora tiene literalmente más valor que cuanta dignidad y precio tiene la naturaleza, ¿cuál debe ser la gracia del alma de Jesús, á la que no se aproximan las gracias de María, de los ángeles y de los hombres reunidas, multiplicadas en los individuos por toda la duracion de los siglos? No conocemos criaturas espirituales, sin exceptuar á los ángeles más sublimes, cuya encantadora hermosura rivaliza con la de esos siete dones creados de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. A un hombre le basta el llevar una ligera impresion ó marca, para ser colocado como un santo en los altares de la Iglesia: las naciones vuelven á él los ojos por todas partes, y le aplauden con júbilo, como una nueva creacion del Padre celestial. Los siglos no oscurecerán su memoria; por el contrario, como luz siempre encendida, alumbrará la noche de los tiempos, aunque su resplandor no sea más que una aurora comparado con el que esparcirá durante toda la eternidad. Esos dones brillan en los ángeles, y cuando los apóstoles los vieron, se prosternaron para adorar, no pudiendo atribuir más que á la Divinidad tan asombroso esplendor. Irradian con tanto poder en María, que su verdadera grandeza nos deslumbra, y no podemos verla sino como distinguimos formas en el insoportable resplandor del disco solar. Pero en el alma de Jesús es en donde brillan sin medida, sin límites, sin fin, con una energía que los santos más heróicos no podrian sostener.

La tercera plenitud del alma de Nuestro Señor era la de su ciencia. Recordemos que no hablamos de su omnisciencia en cuanto Verbo, sino únicamente de la ciencia de que su alma humana fué sobrenaturalmente dotada, ó que habia adquirido naturalmente. Tiene desde luégo su ciencia beatífica, por la que desde el primer momento de su vida vió la divina esencia más claramente que todos los huéspedes del cielo, y estuvo más cerca de comprender á Dios que los ángeles de primer órden lo estuvieron jamás durante el largo período de su mision intuitiva, ni lo estarán en las épocas más lejanas que nuestra imaginacion pueda fijar en la eternidad: si su alma no ha comprendido á Dios, es porque esa comprension está fuera del alcance de toda criatura posible. Si es cierto que los ojos no pueden ver, ni los oidos oir, ni el corazon comprender la felicidad del niño que muere en la pureza de la inocencia bautismal, ¡cuán distantes debemos estar de poder apreciar la ciencia beatífica del alma de Jesús! Podemos añadir figura á figura, es verdad, pero no hacemos más que perdernos en esplendores fantásticos, semejantes á esas tintas fugaces que el sol en su ocaso esparce sobre las nubes que pasan.

Por su ciencia infusa, aventajaba á todas las teologías y filosofías, á todas las ciencias modernas con sus descubrimientos., y á todas las ciencias cuya posibilidad no se ha imaginado todavía. Leia todos los secretos de los ángeles y de los hombres, todos los dolores, todas las necesidades, los gozos y los contentos de los animales. Por ella, lo pasado, el presente y lo porvenir de los objetos naturales ó sobrenaturales se presentaban ante él claramente, sin confusion, con una luz infalible y sin esfuerzo: por ella conocia sin imágenes, y por consecuencia no necesitaba hacer uso de los sentidos, y continuaba conociendo durante el sueño. Conocia simultaneamente sin sucesion ni desarrollo. Veia además las cosas tales como son en sí mismas, y por consiguiente, de una manera más elevada, más exacta, más real y más divina. La ignorancia no ha esparcido, pues, sobre su alma la más ligera sombra ni el mas delgado velo, porque siempre es una imperfeccion intelectual; y eso, preciso es recordarlo, no porque lo veia todo como Verbo sino por la perfeccion de la ciencia infusa en su alma.

Su ciencia abraza tambien todos los conocimientos que se dignó adquirir. No ha sabido por adquisicion nada que ya no supiese por infusion; se sometió á aprender por una vía más humilde lo que sabía de una manera más alta, sin necesidad alguna de aprenderlo. Lo mismo que permitia á la lluvia que le azotase el rostro, al viento que hiciese ondear su cabellera, al sol que le deslumbrase los ojos y al trueno que resonase en sus oidos, así se sometia tambien á las lecciones de la experiencia, y lo que aprendió por ese camino es lo que llamamos su ciencia adquirida. Obraba entónces como un padre que deja á sus hijos que le digan lo que sabe muy bien, y se abstiene de ponerles de relieve su presuncion, mostrándoles que no necesita sus lecciones, sino que por el contrario aparenta que se felicita de ello y que desea aprender. En esa condescendencia de Nuestro Señor no sólo tiene parte su espíritu, sino que tambien se revela su corazon. Adoptó todas las enfermedades de nuestra naturaleza á que dignamente podia someterse, áun cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debia cumplir.

La consideracion de las plenitudes de su gracia y de su ciencia, nos deja muy poco que decir acerca de la cuarta plenitud de su alma, la de la gloria: confesamos desde luégo que en sí misma no se presta a nuestros discursos. Podemos contemplar la gloria de su alma, bien sea como es ahora en el cielo, ó bien como era durante los años de su infancia. Lo mismo que su gracia, á la cual corresponde su gloria, se ofrece á nosotros en cuatro regiones de sorprendente esplendor, confundidas en la luz, aunque susceptibles de poder ser distinguidas una de otra. Ante todo, se presenta su gloria beatífica que responde á su gracia santificadora. Es el mundo de esa gracia santificadora en el pleno desarrollo de su magnificencia, y por consiguiente supera en brillo á esa gracia, que ya hemos visto es maravillosa. Por ninguna parte pueden descubrirse los límites de esa comarca de beatitud; se extienden mucho más alla de todos los que podríamos imaginar. Sus vastas llanuras se suceden sin fin, hasta que el alma se cansa de contemplar sus interminables extensiones de luz: todo lo que sabemos es que debe tener límites en alguna parte. En nuestro modo de hablar, tocan en lo infinito, aunque realmente son finitos, finitos a los ojos de Dios prácticamente infinitos para el pensamiento de las criaturas. No nos detendremos a averiguar de qué multitud de brillantes elementos se halla formada esa luz, ni cómo cada uno de ellos tiene su brillo propio en ese esplendor universal: nuestros pensamientos llegan á ser sueños, y nos deslumbran cuando queremos fijarlos sobre semejantes objetos.

Más allá de esos alejados confines á que nuestra imaginacion no ha podido llegar, y que sin embargo circunscriben el reino de la gloria beatífica, está su gloria ejemplar, que responde á la gracia heróica de los dones del Espíritu Santo. Por esa gloria es el tipo de todas las glorias, de todas las criaturas glorificadas. No hay un ángel cuya gloria, característicamente diferente de la de los demás ángeles, no sea como una gota de la resplandeciente espuma arrojada por la poderosa catarata de la gloria del alma de Jesús. Cada santo es un mundo en sí mismo, una estrella, como dice San Pablo; se le reconoce por la luz que esparce: toma su nombre de la corona que lleva y a la que ninguna otra se asemeja en el cielo: pues bien; toda esa belleza no es más que un préstamo hecho á la gloria de Jesús. La gloria de Nuestra Señora tiene por tipo la del alma de Jesús: tal vez la reproduce toda entera, aunque en una escala menor. De todos modos, es el alma glorificada, sobre cuyo modelo esta formada la gloria de todos los espíritus y de todas las almas, y ninguna se aproxima tanto a ese magnífico ejemplar como el alma de su madre María. Entre los innumerables esplendores del cielo, junto á los cuales los puntos plateados de que el sol cubre todos los Océanos, no son nada á pesar de su asombrosa multitud, no hay un rayo de luz que en su causa y en su tipo no sea visible en el trono de la Santa humanidad.

Llegamos en seguida á la gloria soberana que responde a la gracia de la primacía. Es la gloria de su dignidad real humana: en ella regla toda la creacion de Dios: á ella pertenecen los diversos atributos de su soberanía sobre los ángeles: el cetro con el cual gobierna el imperio de la redencion es un rayo de su esplendor: las admirables operaciones del poder que ejerce como juez, es un monumento, y en el mundo entero reciben su brillo de esa gloria y por ella llegan a ser adorables. Las altas y luminosas montañas de esa region reflejan, como la luna, la luz hasta sobre el Purgatorio. Ahora conocemos a Jesús, sobre todo como Salvador, y es infinito en su hermosura: se descubre sin cesar a nosotros por nuevas relaciones, y retiene á nuestras almas en los lazos de un cautiverio siempre nuevo. En el cielo, sin cesar de tenerle por Salvador, le consideramos más bien como nuestro Rey, y su soberanía nos será manifestada por mil grandezas que nosotros no comprendemos ó sospechamos, por una atraccion de que no tenemos idea. Todo eso depende de la region de su gloria soberana: los que tienen una devocion viva á la Iglesia, merecen, á la vez, y toman de antemano una parte en esa gloria.

Si dejando la corte celestial volvemos al alma del Niño de Belen, volvemos á encontrar en ella la misma gloria, no sólo en su causa y en su principio, sino tambien en su sustancia y su posesion. No tenía necesidad de ser concluida: existia ya en su perfeccion. Permanecia en la gracia, y desde el primer momento no era susceptible de acrecentamiento. La inmensidad de su mérito y la maravillosa série de sus actos durante treinta y tres años, pudieron muy bien embellecerla con algunos adornos exteriores; pero en cuanto á su sustancia hicieron en ella poca impresion.

Tal es el alma humana de Jesús en la gloriosa creacion de Dios. Pasemos ahora á su cuerpo, y considerémosle primero en sus relaciones con el alma. El cuerpo del hombre es un misterio que jamás podremos comprender en esta vida: todo cuanto la filosofía y la ciencia nos dicen admirable acerca de él, no es nada comparado con lo que la resurreccion de la carne nos dirá un dia: esa es una de las razones por las que la Resurreccion de Nuestro Señor es tan querida á nuestra devocion: nos atrevemos á encontrar en ella nuestra imágen sobre la tierra; sentimos nuestro cuerpo más que nuestra alma, y llegamos á amarle más, casi sin apercibirnos de ello; y á despecho de la mortificacion cristiana, le concedemos la mejor parte en nuestros pensamientos. Cuando oimos referir las pruebas interiores de los Santos experimentamos simpatía, ménos, sin embargo, que respeto; pero nuestro corazon late por los héroes que sufrieron el martirio corporal. Jesús resucitado es lo que debemos ser, lo que trabajamos por conseguir, nuestro modelo, las arras de nuestra trasformacion á su semejanza, el origen del poder vivificador cuya energía nos trasformará. Todo nuestro cuerpo está dotado de prodigiosas posibilidades, por todas partes encierra semillas de gloria; cada uno de sus poros, dadas otras circunstancias, puede llegar á ser un nuevo sentido, puede llegar á la inmortalidad, puede revestir una luz más brillante que la del sol, puede medir los mundos por su agilidad, puede rivalizar con los espíritus por su eminente sutileza. Si todo eso es cierto en cuanto á los cuerpos de los justos, ¿qué diremos del cuerpo de Jesús, la causa, el modelo, el soberano, el verdadero alimento de nuestros cuerpos?

Sus relaciones con su alma no deben, pues, ser tratadas ligeramente. Su cuerpo era una bella creacion, un mundo de maravillas, una obra maestra de Dios. Ha sido el mayor y el más enérgico poder en la historia del mundo, el instrumento de una creacion nueva, y sus padecimientos han influido en los destinos de cada hombre que ha nacido en el mundo. Era necesario al alma de Nuestro Señor para completar su naturaleza humana; sin él, la uncion hipostática no podia cumplirse. Miéntras que la separacion momentánea del cuerpo y del alma era un misterio venerable en donde se consumaba nuestra redencion, su separacion permanente habria sido una imperfeccion y un deshonor. El cuerpo de Nuestro Señor no era, como en nosotros, una traba para su alma: no debilitaba su energía, no disminuia su alcance, no oscurecia sus miras, no rebajaba sus aspiraciones; era, por el contrario, un nuevo elemento de santidad, una nueva fuerza en vida. El alma le amaba por muchos motivos, pero sobre todo, tal vez porque era el instrumento especial de los dolores, y de ese modo la daba el medio de saciar, si no completamente, por lo ménos en un grado espantoso, la sed de padecimientos que la devoraba, y que en el ultimo momento declaró sobre la Cruz no hallarse satisfecha. Además, el cuerpo fué la parte de su naturaleza que hizo directamente á Jesús deudor á María; y miéntras que en eso habia otra fuente del amor que la tenía, la inmensa exaltacion de su Madre es tambien una medida, no solamente de su amor á su cuerpo, sino de su puesto y de su dignidad en la creacion de Dios.

Por medio del cuerpo, el alma de Jesús habia, en cierto sentido, aprendido cosas nuevas; y merced á él goza ahora de placeres particulares, y especialmente le debe su presencia multiplicada en el Santísimo Sacramento. Es además una independencia del alma, que viene de sus relaciones con él, porque Posee su propia union con el Verbo. Cuando el alma dejó el cuerpo sobre la Cruz, este último permaneció unido á la Persona del Verbo, y áun cuando estaba muerto, tenía derecho á la adoracion y otros honores rendidos á la divinidad: su union no sufria nada con la ausencia del alma.

Con profundo respeto debemos, pues, acercarnos al cuerpo de Nuestro Señor, y no con una indolente curiosidad. Le debemos adoracion, el amor y una admiracion que desean llegar á ser cada vez más inteligentes. A primera vista nos descubre todo su corazon, porque se muestra á nosotros con toda la sencillez de un pequeño niño. No ha venido en un estado de perfecto desarrollo como Adam. Aun cuando debia ser el segundo Adam, miéntras que en realidad era el primer Adam, ántes que Adam, el tipo de Adam, sin embargo, no quiso asemejarse á Adam para no perder ninguna de las humillaciones, que podia recoger, no siendo más que uno de los hijos de Adam. Quiso tener una Madre, y deber su carne y su sangre á otro como nosotros. Renunció el privilegio de ser inmediatamente formado por la mano de Dios como Adam. Quiso ser pequeño, débil, estar sometido a todas las incomodidades de la infancia, porque, si por eso era ménos semejante a Adam, se asemejaba más á nosotros y participaba de nuestra humillacion: hé ahí lo que todo nos enseña acerca de él. Cada nueva faz de cada uno de sus misterios nos hace conocer más el inmenso amor de su Sagrado Corazon. La amable eleccion que hizo de ese estado de niño nos revela sus sentimientos por nosotros, y nos da nuevos motivos de dichosa confianza.

Debemos considerar tambien la exquisita delicadeza de su cuerpo. Estaba formado por el Espíritu Santo, y sobre su forma humana llevaba el sino de la particular complacencia de aquella Persona divina. Estaba formado de la sangre más pura de María, que jamás habia manchado el pecado, sobre la que el reino de las tinieblas jamás ha tenido ni la menor sombra de derecho, sino que desde el primer momento se habia mantenido en la luz de la gracia más selecta de Dios. Su Preciosa Sangre era una admirable derivacion de una fuente ya incomparablemente bella en sí misma por causa de su excesiva pureza. Todas las obras de Dios son de una conveniencia innegable, áun cuando haya querido dejarlas alguna imperfección como inevitablemente aneja á su condicion de criaturas: pues bién; el cuerpo de Jesús fué creado para ofrecer una morada conveniente á su alma, y ya hemos visto cuán grande era á los ojos de Dios la dignidad de aquella alma. Su cuerpo fué tambien preparado para sufrir hasta el exceso, para cumplir la grande obra de nuestra redencion. Así, su capacidad de sentir fué extremadamente delicada y refinada, sus sentidos activos, vivos y capaces de trasmitir las sensaciones con una intensidad que no podríamos concebir. Es preciso recordar tambien que fué formado para recibir sin romperse los impetuosos torrentes de la gloria. Aquella frágil cubierta de niño, blanca, ligera y suave como los copos de nieve que el viento cierzo acumula durante la noche fria, y extiende como una alfombra al pie de las tapias de Belen, encierra en ese momento, como si estuviese formada de granito duro cual el diamante, los fuegos de la luz beatífica, el asombroso Océano de la poderosa vision y el esfuerzo jigantesco de las cosas divinas que se mueven y viven en su alma. una Persona omnipotente é Infinita habita en aquellas paredes de carne blanca como el mármol, y su maravillosa presencia ni áun las hace extremecerse.

La belleza de su cuerpo es muy superior á cuanto se ha imaginado jamás, y no puede ser bien comprendida sino por ojos que en el cielo han aprendido á ver las cosas admirables que existen en Dios. Ella forma ahora el gozo de los bienaventurados. ¿Cuán grande debe ser una belleza capaz de atraer sus miradas y de regocijarlas?... Los ángeles inmateriales la contemplan con admiracion y gozo; los santos no están satisfechos hasta que por alguna vía espiritual han llegado á reproducir en sí mismos su semejanza, aunque lejana.

Su semejanza con María es algo más que una parte de su excesiva belleza; forma un carácter de ella que no debemos dejar de señalar porque entra por mucho en el misterio de la grandeza de la Madre de Dios. En el principio, Dios comunicó su semejanza al hombre; ahora, la mujer comunica su semejanza á Dios. ¿Quién podria, sin temblar, recordar semejante condescendencia? ¿Qué corazon dejará de caer en éxtasis al pensar á qué grado de gloria ha sido elevada su Madre? ¿De qué intimidad espiritual y de cuántas semejanzas profundas es símbolo y prueba esa semejanza? ¡Oh maravilla! El pequeño lirio blanco florece, crece y sale de su tallo; es una copia fiel de él; las mismas hojas, los mismos pétalos, la misma blancura, el mismo polvo de oro; con la brisa de la mañana esparcen el mismo perfume que ningun otro ha igualado jamás. ¡Dios copiando á su criatura!... La creacion jamás ha contemplado un espectáculo tan hermoso.

Pero el vaso lleno de sangre, el vaso de carne contenido en ese cuerpo es lo que más debe excitar nuestra admiracion. Sin duda aquella noche habia en Belen Otros corazones de recien nacidos que, si se hubiesen medido, podian ofrecer las mismas dimensiones y la misma forma humana que el de Jesús; su sangre le era querida porque iba á ser derramada en un martirio con él; pero no habia allí ningun corazon semejante al suyo, y lo que tenian bueno era en virtud de lo que habia bueno en el suyo; pero aquel Corazon infantil de donde salian las lágrimas que Jesús derramaba, que animaba sus suspiros, que asomaba á sus labios en las Sonrisas en que María comprendia tantas cosas, y que se elevaba y deprimia en su ligero sueño, ese corazon era una de las maravillas más grandes de la creacion. Su amor á Dios era más grande que todo el amor que Dios recibe en Otras partes fuera de sí mismo; tenía más amor al hombre que el que se encuentra en el mundo fuera de Dios; sin Confundir nada no olvidaba á nadie; nosotros estábamos en él, y en aquel momento ocupábamos un lugar en él; reposaba en nosotros aunque no reposaba más que en Dios; aceptaba nuestras ligeras muestras de amor con una confianza más real que nuestro amor mismo, y, sin embargo, no era real si la comparamos á la tranquilidad con que reposaba en Dios; su amor á María era el lazo más estrecho que le unia á las criaturas, pero su reposo esencial estaba en la profundidad de la voluntad divina.

¿Cuántos volúmenes podrian escribirse acerca de la dignidad de esa Sangre que circulaba por aquel vaso de carne en forma de corazon humano? Él solo ha sido el elemento de esa química espiritual, de que ha resultado la regeneracion de la tierra. Lava. las manchas de un mundo culpable, y no pierde nada de su brillante pureza. Disuelve y neutraliza toda la ponzoña de la creacion, sin absorber el veneno: transfigura lo que toca; glorifica á cuanto llega y deifica cuando mora ó permanece. Sus milagros son los más prodigiosos de todos los milagros: las conversiones que operan instantáneamente son increibles: se oculta en los Sacramentos de una manera que la ciencia es incapaz de descubrir: obra sobre la sustancia del alma por las transmutaciones más sutiles y más espirituales: cuanto más fluye, más quiere correr: cada dia las venas gloriosas del cielo la destilan en millares de cálices, y sin embargo, nadie la ve caer: el Sagrado Corazon, en cada pulsacion, la envia hasta los límites más remotos de la creacion, y desde allí, y al momento vuelve á él tan pura como salió; pero tan cargada de botin para la gloria de Dios, que el cielo parece que no puede contenerle. Debe comunicarse: es la adorable necesidad de su vida, como lo es tambien de la plena vida de Dios. Nosotros estamos siempre bañados de esa Sangre, cae perpétuamente sobre nosotros, y dejamos las señales de ella en todo cuanto tocamos. estamos tan perfectamente marcados con ella, que no podemos dudar de nuestra parte de culpabilidad en la crucificacion, y sin embargo, esas señales son las que nos absuelven. Lloramos, y con razon, porque ha sido derramada; pero si no lo hubiera sido, habríamos llorado todos eternamente.

Su carne es á penas un peso para el brazo de su Madre, y sin embargo, por un milagro asombroso, es el alimento de toda carne en el grande Sacramento del altar. Con el cuerpo de Nuestro Señor es con el que tenemos más relaciones sobre la tierra: él, más bien que el alma, es el objeto especial de nuestro culto en la Eucaristía: él es, el que sobre todo, se encuentra confiado á nuestra guarda, y establece su morada en los tabernáculos construidos por nuestras manos: somos espiritualmente ese cuerpo, porque la Iglesia es verdaderamente el Cuerpo de Jesucristo, y eso es lo que hace al cisma tan miserable y tan desesperado. Jesús nos toca con su cuerpo, nos alimenta con su cuerpo, nos unifica con su cuerpo, y hace de nosotros su cuerpo. Es la mano de su alma y de su divinidad: la mano que impone, que bautiza, que confirma, que absuelve, que da la comunion, que admimstra la santa uncion, que casa, que ordena; la mano que toca y hace milagros, que ase, que sostiene y eleva, que señala el camino y le hace seguir, que hiere á los que la desprecian , y que con tanta frecuencia cura con la saludable dureza de sus golpes. Ese cuerpo infantil oculta su gloria cuando le contemplamos; pero eso no es una prueba para nuestra fe. Le falta, no obstante, al Niño una cosa que podria hacernos titubear en reconocerle por el mismo cuerpo que está en el cielo: no lleva el sello con que la tierra le ha marcado: no tiene las cinco llagas, á las que está apegado hasta el punto de conservarlas sobre su trono, no para acusarnos, sino para hacer de ellas el asunto de nuestro eterno júbilo. Así, el cuerpo del Niño necesita llegar á ser más terrestre para ser más manifiestamente celestial.

Hemos concluido. La union de ese cuerpo y del alma forma la Santa humanidad de Nuestro Señor: naturaleza sin personalidad que la pertenezca, pero que suple á ella por la conciencia que tiene de si misma. Reposa sobre la persona del Verbo, no con inercia, como la creacion entera reposa pasiva sobre la mano del obrero Todopoderoso que la sostiene, sino unida á la divina Persona, y dotada de la vida más rica: exuberante por su propia naturaleza, lo es sobre todo por su divina union. Tal es la humanidad Santa. Su perfeccion está en la union del alma y del cuerpo: ya hemos visto que es reconocida y adorada como su jefe, por los ángeles, que son de una naturaleza diferente y superior. Asemejársele en el cielo, es el objeto á que tiende todo cuanto hay elevado y santo entre los hombres. Es capaz de satisfacer el eterno deseo del Verbo Eterno. Es el más grande de todos los mundos: el mundo central de los divinos decretos. Precisamente por la separacion del alma y del cuerpo fué consumada la Pasion y concluida la expiacion: precisa y exclusivamente por su reunion en la resurreccion fué completada nuestra justificacion. Murió, por nuestros pecados, dice el Apóstol, y resucitó para nuestra justificacion.

Meditemos este misterio de amor. No es un espectáculo, una fiesta que pasa ni una luz á que siguen las tinieblas, ni una gloria que se eclipsa. El Eterno ha llegado á ser Niño: esto será una verdad eterna. Él incomprensible reposa y se sonríe alegremente sobre las rodillas de su Madre, que nos ama con más ternura que nuestras cariñosas madres nos han amado jamás. Le contempla: imitémosla. Es carne: la luz sale de sus ojos infantiles, privilegiados por la fe, como María lo fué por la vista: contemos con ella los latidos de las arterias, oigamos los del corazon. Es en efecto carne y sangre; es hermoso; excesivo y misteriosamente bello. Nos inclinamos hácia él: sentimos en nuestro rostro su tibia respiracion, y besamos sus labios. Eso es lo que puede hacer María, y ella nos invita á esa libertad atrevida: ¿quién sino ella podria saber lo que vale su hijo? Sí, es realmente carne y sangre. ¿No estamos resueltos á hacer grandes cosas por él? Es el Dios terrible, omnisciente, increado, que reposa tranquilo sobre las rodillas de María. Es el Criador infinito, mil veces bendito por su majestad increada, y ahora mil veces más por su pequeñez creada, por su humillacion y su gracia infantil. Los vigorosos esfuerzos y la lucha perseverante de una vida sometida á los efectos de la gracia, son los únicos que pueden honrar dignamente al Santísimo recien nacido, al Omnipotente Infante, al Niño Eterno en los misterios de su amabilidad. Por ese medio tambien crecerá nuestra fe, y podremos repetir con los labios y de corazon con la Iglesia, estas breves y terribles palabras, á las que al oirlas, los ángeles y los arcángeles se inclinan, y que mueven á los poderosos tronos del cielo, á la adoracion, el júbilo y el temor. Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, et Homo factus est.

Capítulo VII El Calvario antes de tiempo

El dolor es la sustancia de la vida natural del hombre, y casi podría decirse que es su capacidad natural de la sobrenatural. El gozo no es más que una sombra ligera, excepto cuando alterna con el pesar. El poder del arte está en lo triste. La poesía no entra en el espíritu de una nacion, y no se estaciona en ella, si no lleva consigo el dolor. Glorificar el pesar es una de las más altas funciones del canto, de la escultura y de la pintura: nada tiene para el hombre un interés duradero, si no tiene alguna relacion con el pesar: entra en todo lo que la vida del hombre es interesan te, patético y dramático: es la poesía de una creacion caida, de una raza desterrada, de un valle de lágrimas del que no se puede salir sino por la muerte. La religion, más bien ha agravado que enmendado ese estado de cosas: nuestra pena es ahora más puramente pena, desde que ya no se mezcla á ella ni oscuridad ni desesperacion: por el dolor hemos sido redimidos: los padecimientos del Señor son misterios de dolor: Nuestra Señora es la Madre de los Dolores: los oficios y ceremonias de la Iglesia tienen un carácter melancólico, más bien que triunfante. El gozo sobre la tierra dura muy poco tiempo; es indudable que sale de la tristeza, y vuelve muy luégo á ella. Toda devocion lleva en sí misma una dulzura que si no es pesar, tiene por lo ménos afinidad con él. La simpatía es el lazo de los corazones, y toda simpatía tiene sangre de pesar en sus venas. Miéntras que el gozo contrasta frecuentemente con nuestro espíritu, la pena en si nunca es desalojada de él, áun cuando es bastante importuna.

Hay algunos hombres para quienes el pesar lo enseña todo, y es la única revelacion, es el único maestro, el único lenguaje que comprenden: son incapaces de aprovecharse de la experiencia lo que está claro como la luz no lo ven hasta que la sombra del pesar llega á proyectar sobre ello. Todos los dias encontramos esa clase de hombres. Otros van más léjos, y no pueden obrar sino bajo la amenaza supuesta de alguna catástrofe inminente. Estos creen que marchan siempre entre tinieblas y que caen en un abismo y ese pensamiento los anima: desaparecen las tinieblas, y la sima desaparece ante ellos; pero la idea que de ella conservan es el principal origen de su actividad y de su fuerza. Otros, que obran sin pesar en cualquiera otra cosa, no pueden pasarse sin él en religion: sazona su temor, su respeto y su amor: es la fuente de su devocion y el estímulo de su obediencia. Encuentran tristeza en todos los misterios de Jesús, lo mismo en los gozosos que en los gloriosos: es la condicion de su disposicion para pensar en el cielo: ella es la que los ha convertido; ella la que forma su progreso, y ella traerá su perseverancia final. En esas almas, de una piedad triste, parece á veces que la vida desfallece, como si aspirase á su fin ántes de que se descubra el puerto de la muerte: entónces son extrañas, y á nuestros ojos sobrenaturalmente refrigeradas por brisas del otro mundo, como favoritas del cielo: así, los vientos de tierra, impregnados del perfume del sasafrás, vienen á reanimar á Colon y á su tripulacion desalentada. Los hay que sólo por el pesar se conoce su carácter: naturalezas tímidas y afeminadas, cuyo verdadero valor ignoran ellas mismas y cuanto las rodean. Las circunstancias exteriores, cierto temor interior, y tal vez la indolencia las han impedido interrogarse y reconocerse á sí mismas: semejantes á esos viajeros descuidados que no tienen idea de la extension de la cadena de montañas en cuyas vertientes han plantado sus tiendas, y que jamás han sospechado de qué modo los valles se extienden unos por debajo de otros, se entrelazan y retuercen como los círculos de una inmensa concha, necesitan una tempestad para hacérselo conocer, porque entónces el trueno, que retumba en los valles, les revela por su eco los inaccesibles retiros ocultos en lo interior de las montañas. Así sucede con los hombres que nos ocupan: el pesar hace oir su voz en su alma, y sus ecos salen de profundidades que jamás hablan sospechado. Los hay que se ruborizan de que la tristeza les haga bien. Una felicidad excesiva suele envejecer prematuramente á los hombres, anticipándoles la tranquilidad pasiva que ordinariamente suelen producir el cansancio y los años; miéntras que el pesar, sobre todo si viene bajo la forma de un contratiempo, vuelve la edad madura á la juventud, manteniendo una actividad siempre viva, infatigable y perseverante. Por lo general, los hombres en apariencia más jóvenes de corazon ó de espíritu son los que llegan más tarde á la vida á que siempre han aspirado , y el pesar es el que por fin los conduce al puerto. Mas, por otra parte, en los caractéres que sólo la vejez prematura puede subyugar, suavizar y santificar, el pesar es el que completa la obra de la edad, humillando su soberbia. Entónces todo se ha transfigurado en su naturaleza: el pesar embellece su rudeza, como el azul de un horizonte dilatado y la luz dorada embellecen las cimas de las montañas lejanas. Los hay tambien que desde su tierna edad se muestran rebeldes, y cuya naturaleza parecia negarse á la adoracion; pero ahora adoran: el pesar es el que ha hecho la obra de la gracia, y la gracia ha hecho la del tiempo, más pronto y mejor que el tiempo mismo lo hubiera podido hacer. ¿De qué luz tan dulce se halla revestida una natureza en otro tiempo indómita por la edad que produce, no el tiempo, sino el dolor? Con frecuencia, cuando se van extendiendo las sombras de la noche, las montañas parecen inclinarse sobre la llanura y arrodillarse para orar, miéntras que por encima de sus cabezas se encienden las lámparas celestiales del santuario eterno: lo mismo es una alma que el pesar envejece: su vejez está llena de gracia.

Hay caractéres inquietos que el pesar parece calmar, como una comarca apacible devuelve á los fatigados espíritus de la ciudad una tranquilidad mezclada de placer y de pena, ó como una madre derrama un bálsamo suavizador sobre los miembros escoriados de su hijo. Habian deseado la paz durante años sin poderla encontrar, y el pesar vino á traérsela consigo. El pesar es tambien como un triunfo para aquellos á quienes nada sale bien; hélos por fin satisfechos; ahora miran con indiferencia sus ídolos hechos pedazos, y no se cuidan ya del buen éxito de los negocios en que ántes fracasaron, porque el pesar ha venido y han encontrado en él lo que buscaban. Otros son, durante la mitad de su vida, juguete de la ilusion, áun cuando se creian seguros de estar en lo cierto; el pesar los ha desengañado; liada bienhechora que desvanece el encanto y le vuelve su verdadera figura. Ciertas almas no saben Seguir la vía recta, y (preciso es confesarlo), es tan natural en el hombre el errar, que no pueden poner el pié en un terreno sin trazar en él un sendero tortuoso. Para esas almas el pesar hace de la vida una especie de calle de árboles guarnecida á cada lado de un soto espinoso y apretado, poco gracioso tal vez, pero seguro; y para los que no quieren tender á la perfeccion la seguridad es la salvacion. Algunos hombres tienen una vida aparte, un destino tan singular que no se asemeja á ningun otro, y, como los extraños espectáculos de la tierra del fuego, no tiene sobre la tierra nada á que se le pueda comparar; éstos son muy difíciles de santificar. El pesar es el que preludia la obra; los envuelve en cuanto hay de humano, los convierte en hombres ordinarios, y luégo la gracia viene á esparcir su semilla. Hay tambien caractéres volcánicos, y, como los terrenos volcánicos, son prodigiosamente fértiles; exigen un largo trabajo, pero en la época de la madurez se reconoce toda su riqueza: pues bien; el pesar, no el tiempo, es el que los ha madurado. Ciertos pesares son pacíficos; sin grandes dolores, aturden y hacen marchar al hombre como en un sueño en que la vida le parece permanecer en derredor suyo en un silencio siniestro; sólo que, en oposicion á lo que pasa en los sueños, en vez de creer demasiado, se padece un desfallecimiento de fé, porque se duda de todas las realidades por prácticas y sólidas que puedan ser. Sin embargo, ese estado es bueno para algunos, por lo ménos si no más, como un estado de transicion. Otros desean siempre concluir con la vida, y nuestro corazon está con ellos. Cuando dejamos un lugar, aunque sea muy hermoso, áun cuando se nos haya hecho querido por millares de recuerdos, es ménos con pesar que con el sentimiento de un hombre que abandona á un enemigo vencido y con quien ya nada tiene que ventilar; es un acontecimiento pasado, finito, es un capítulo concluido, un paso dado que, gracias al cielo, es un progreso irrevocable hácia otros destinos. En esos hombres más bien se encuentra una profecía del porvenir que una reminiscencia de lo pasado; su escena está en el cielo, es su tierra natal, á que sólo aspira su amor á la patria; si se adhieren á algunos sitios los colocan en sus mansiones invisibles; sus sueños no son inútiles pesares de lo pasado, sino ardientes deseos del cielo. Para ellos todo presente es pesado, porque todo presente está lleno de pesares; pero en compensacion, para ellos todo pasado es un presente, y el porvenir no les inquieta. Así es como de una manera ó de otra hemos hecho casi todos nuestra profesion de fé, y nos trazamos, como mejor podemos, nuestro camino hácia el cielo bajo la guía, severa á la par que dulce, de ese suplente de Jesucristo, el pesar, que ha llegado á ser nuestro apóstol.

Debió, pues, haber tambien pesar en Belen. Aunque sea en la apariencia un lugar de puro gozo, y aun. que cada dia salgan de él manantiales de júbilo para refrescar la tierra, se encuentra allí un dolor profundo y universal que esparce una sombra de melancolía sobre todos sus esplendores. Jamás comprenderemos bien la Santa Infancia si no nos fijamos en ese gran dolor, aunque parezca fuera de su lugar é inoportuno. Una devocion fundada sobre la Santa Infancia, considerada solamente como el contraste de la Pasion, no será profunda ni duradera; si no es falsa, es por lo ménos incompleta.

Para ver cuál es la naturaleza de ese dolor, nos es preciso estudiar algunos de los cuadros que nos ofrece la Santa Infancia. Vemos en Belen el Nacimiento á media noche, con la Madre arrodillada y José en adoracion. La luz rojiza de su opaca linterna se mezcla con el brillante resplandor que irradia el Niño colocado en el suelo, y refleja en los ojos de los animales situados más atrás, y que miran en la oscuridad. Ningun pintor puede reproducir esa escena tal como existe en el alma del creyente cuando las campanas de Navidad la recuerdan en esa alegre noche de invierno, más brillante que el sol del medio dia en el estío, por que por la luz interior el corazon ve y adora. Mirando amamos y llegamos á ser santos. Sin embargo, la escena varía como por si misma, y vemos la primera adoracion de María y de José y la inefable sonrisa con que Jesús paga su culto.

La escena varía aún más. La Gruta se adorna por sí misma como si, viva, tuviese manos para cubrirse de imágenes á manera de joyas y no hiciese más que mudar de traje. Llegan los pastores para adorar, y las figuras de Jesús y de María se muestran bajo otro aspecto; ahora tienen un género de belleza diferente del que tenian hace poco. Además, el Niño está en el pesebre y la sombra del Padre Eterno ha caido más densa sobre José, ahora que el mundo exterior comienza á acudir para servir y adorar. Nuestros cuadros espirituales nos reproducen tambien los sonidos, y podemos vislumbrar que el firmamento resuena con angélicas melodías. Los sonidos celestiales forman colores y las líneas hablan; todo tiene su sentido, todo presenta las más bellas significaciones y leemos como en un libro, pero es el libro de la sabiduría del cielo: cada accidente es un misterio, cada circunstancia una alegoría.

Pero ese cuadro se desvanece á su vez. El Niño no está ya en el pesebre: está en las rodillas de su Madre: los reyes se hallan allí con su rostro atezado y todo el explendor del lujo oriental. Cuán extraños nos parecen el oro ,la plata, las perlas, los rubíes y los diamantes que brillan por el suelo con descuidada profusion ,y la caja de incienso maravillosamente trabajada, aunque con un gusto bárbaro, y la mirra cuyo silencio dice tantas cosas!. Todo ese explendor contrasta con la Gruta grosera, con sus paredes enmohecidas por la humedad subterránea, con sus ángulos resquebrajados, frecuentados por los murciélagos, con su paja y con sus troncos que la sirven de puntales y que los animales han alisado y puesto lustrosos á fuerza de restregarse en ellos. En lo exterior se oye el fuerte resoplido de los camellos, que de cuando en cuando causados de estar en el suelo apoyados sobro las rodillas, hacen sonar sus discordantes campanillas. La division de las razas, la historia de los gentiles, el secreto testimonio que Dios. se da á sí mismo en medio de las oscuridades, la grandeza de las tradiciones antiguas y primitivas leyéndose en los rostros de los reyes, y el aspecto de aquel hombre de tez de ébano, la presencia de un negro en la Gruta de Belen, es un incidente bien tierno, lleno de la más triste historia y al mismo tiempo de la más triste profecía. La escena cambia de nuevo, y Jesús derrama la primera gota de su sangre, bien por la mano de su Madre, bien por la del sacerdote en la Sinagoga sobre la colina. Allí, como en un rayo de sol que entreabre las nubes, vemos todo el misterio de la Redencion revelarse á través de una espesa niebla dorada, apariencias luminosas perdidas en la luz, poco marcadas, pero que sin embargo producen en el alma una fuerte impresion. Tales son los cuadros de Belen, y aún se los podria multiplicar fácilmente.

El desierto no es ménos rico en la monotonía de su paisaje, en el que la luz ofrece cambios magníficos. Miradle á la salida del sol, cuando se eleva sobre sus arenas sin rocío: aquella lejana línea brumosa y azulada representa las ondulaciones de las colinas meridionales de la Judea. En el suelo, por acá y por allá, relucen algunas piedrecilla semejantes á las gotas de lluvia que penden de las ramas, pero allí no hay gotas de lluvia. Es una tierra melancólica que se extiende ante nosotros hasta perderse de vista: una llanura igual, sin ningun relieve, sembrada acá y allá de algunas plantas espinosas y raquíticas: una especie de ondulaciones, cuyos huecos ofrecen, en vez de un torrente de agua, un torrente árido é inmóvil de piedras que parecen haberse reunido allí para hacerse compañia, y todo amarillento como la piel del leon. Los semblantes de la Madre y del padre putativo demuestran cierta inquietud y apresuramiento: mas sin embargo, los fugitivos nada tienen en desórden, ni el viento de la mañana hace variar de sitio ningun objeto: es una precipitacion modesta, como la que en otro tiempo conducia á María á las comarcas montuosas de Judá, y que en nada alteró la tranquilidad de su santidad. Su mirada respira la calma áun cuando huye; sin embargo, el sentimiento tímido con que estrecha al Niño contra su seno, expresa algo más que los abrazos ordinarios de una madre á quien nada asusta. Dos criaturas huyen con el Criador á través del desierto; satélites invisibles los persiguen de léjos para dar muerte al Criador; pero sus designios son desconcertados por la celeridad de una mujer; un amor de madre que al mismo tiempo es una adoracion de criaturas, ha dado alas á sus piés.

El desierto parece que tiembla y se confunde entre la bruma; cambia de aspecto: el sol ha pasado de Levante á Occidente. Hé ahí un espacio en donde el terreno es quebrado, como si la tierra se hubiese abierto en una convulsion, ó como si rápidas corrientes de agua hubiesen formado barrancos con su accion violenta. Un peñasco tan poco elevado que la mirada podria pasar por encima sin sospechar las ondulacion en que yace, cubre con su sombra una agua cristalina, manantial de pequeño volúmen, al derredor del cual algunos tallos de hierba atraviesan la arena, y forman como una especie de empalizada en miniatura; cerca de allí se elevan algunas plantas del desierto, de tallo delicado y flexible. María y José descansan en este sitio fresco y sombreado. El tipo del Padre Eterno ha descendido todavía más acentuado sobre José, y si nos es permitido emplear esta figura, la gracia de la maternidad se reconoce más grave en el continente de María. El Niño evidentemente comprende todo eso, pero permanece misterioso en su paz. El ave de rapiña que se cierne por encima de la escena, como un punto de oro marcado en el cielo por el sol poniente, es tan grande como él, y parece tener más derecho á la posesion de aquellos lugares.

Avancemos : hénos aquí en el corazon del desierto: hasta los bandidos no se retiran á él; es un sitio desolado, distante del paso de las caravanas; á la hora en que por todas partes reina el silencio, el desierto no calla; se oyen en él mil ruidos. No podríamos decir de dónde salen, pero llegan tristes, lamentables é inarticulados. ¿Es acaso el gemido de los vientos sobre la arena? ¿Son los murmullos de fuentes rodeadas de cañas que la noche recoje de varios sitios, y reune en una sola nota lastimera? ¿Es la agitacion de las ramas de las palmeras que forman una sola voz de sus suspiros solitarios, ó el viento que silva á través de las hendiduras de los peñascos? ¿Es la tierra que en una pesadilla sueña con su desolacion y su esterilidad, ó bien las junturas del mundo que crujen en el silencio de la noche como la nieve bajo los pasos lejanos de una tropa de hombres? ¿Es una melodía extraña para adormecer á Dios?. La luna alumbra con sus rayos el grupo: los tres duermen en la soledad en medio de la creacion. Dios duerme entre sus dos criaturas escogidas; el Hijo entre la sombra del Padre y la sombra del Espíritu Santo; ¿quién, pues, vela?. En la brillante oscuridad de las regiones aéreas sentimos que hay un vigilante á quien nuestros pensamientos no se atreven á dar una forma. Su presencia es la que tiene despiertos á los elementos y á las cosas inanimadas, como si sufriesen y no se atreviesen á dejar escapar sus gemidos.

Pero hé ahí que ya amanece: ha llegado la hora en que en aquellas regiones hasta el sol de invierno es molesto. El Niño ha pasado de los brazos de María á los de José: los ángeles los rodean con envidia. Eso no es más que un incidente del viaje, pero es tambien un misterio. María no tiene al Niño, y eso nos hace pensar en el Calvario, en el jardin del sepulcro y en la casa de Juan. José lleva á Jesús, y la imágen del Padre Eterno ha llegado á ser tan viva en él, que el temor se mezcla con nuestra veneracion. El Verbo Inmenso llena el seno del Padre Eterno, y ahora reposa á sus anchas sobre una parte del seno de José. Detras de él, y visible solamente en líneas inciertas y aéreas, avanza una procesion triunfante de grandes y gloriosas apariciones. Es el sacerdocio de la Iglesia paciente, hasta la última ordenacion ántes del dia de juicio: véanse allí los jóvenes sacerdotes que no tendrán que decir más que una misa: los Papas con sus modestos semblantes, sombreados por la tiara. Los obispos, cuyo continente respira una vigorosa santidad, y cuya mirada, llena de dulzura, no quita nada á la austeridad de las arrugas que la ciencia ha grabado sobre su frente: los sacerdotes, hombres dotados de dones múltiples, fuentes de luz sagrada, que asombran por las extrañas invenciones de una caridad que se inmola á sí misma, corazones vastos como el Océano que saben multiplicar cien veces su vida por la salvacion de las almas, y cuyas diversas fisonomías, que en su silencio elocuente parecen ser otras tantas lenguas como lenguajes hay sobre la tierra, están todas marcadas del mismo carácter soberano y penetrante de ternura, como si fuesen las hermanas de las almas y no sus guías: despues de ellos vienen los innumerables y modestos levitas, tan hermosos en su pureza de niños, y presentando una admirable mezcla de libre y graciosa sencillez y de reserva vigilante y modesta. Todos siguen á José como si fuesen su sombra, multiplicada con variedad miéntras lleva al Niño en sus brazos: le siguen, no en el órden negligente y sinuoso de una procesion, sino compactos y estrechados, como una numerosa cohorte de soldados romanos que marcha por el camino más corto. La inteligencia de todas esas cosas se vislumbra en el rostro de Jesús, pero permanece tan silencioso en sus pañales, como el Santísimo Sacramento lo está sobre el corporal.

Parece que el tiempo pasa, y que un rio corre invisiblemente á nuestros piés. Una perspectiva se presenta junto á la punta del mar Rojo: pero sus palacios caen, sus palmera se bambolean y se rompen, y sus azulados horizontes se desgarran, desaparecen y dejan ver la realidad: es todavía el desierto por donde marchan los tres desterrados. Esta vez marchan todos: no vemos ya al Niño: es ya un jóven: sostiene con sus padres una marcha rápida que soporta por hacer penitencia, pero engaña hasta á María para que no se aperciba. La brisa de Judá acaricia sus rostros: las arenas no la han despojado todavía de los aromas de que viene cargado, pasando por encima de las verdes y pastoriles cimas de Judá y de Benjamin. José es ya de edad, y la sombra del Padre Eterno es cada vez más densa sobre él: el corazon de María se ve mejor sobre su rostro, como la que ha vivido más largo tiempo en la temible intimidad de Dios. El Calvario se une con Belen en el alma del Niño, y en su mirada hay algo de eterno que se armoniza maravillosamente con la infancia: los claros sonidos de su voz parecen imponer silencio al desierto mismo, como si desease absorberlos en sus arenas y conservarlos en su seno, en compensacion de su esterilidad. La mañana y la tarde, el medio dia y la media noche, el viento y la calma, la tempestad y la lluvia, la oscuridad y la luz de los astros, pasan sobre el desierto como la sombra de las nubes, impelidas por el viento sobre las laderas de las montañas, y varian sus cuadros casi sin fin, y en el fondo de cada cuadro hay un misterio, cuya hermosura no cansará jamás á las generaciones de los hombres.

El Egipto no es ménos fertil que el desierto en imágenes y en bellezas. ¿Cuáles son esas blancas paredes que bañan las aguas cuando se elevan, pero que no siendo así se alzan en medio de la vegetacion más exuberante, paisaje tan fresco que parece desafiar los rayos abrasadores del sol del Egipto?. Es Heliópolis: entramos en ella en la tardecita del dia sagrado de los paganos. Toda la mañana se han ofrecido sacrificios: todo el dia los adoradores se han agolpado: las calles están cuajadas de gente. La estrella de la tarde se levantará sobre los excesos de una fiesta egipcia. Al ponerse el sol, las calles se calman, la multitud se detiene: diríase que aquella poderosa poblacion ha quedado paralizada por algun golpe formidable. Un rumor espantoso y vago ha circulado entre la multitud, y ha hecho callar á aquel populacho turbulento, de manera que cada cual podria oir palpitar el corazon de su vecino. Durante un momento, la multitud oscila incierta, como un grande árbol al primer viento de la tempestad, y luégo se precipita hácia los templos, formando oleadas de hombres, impelidas unas por otras, como la ola empuja á otra ola y la hace estrellarse en la playa. En el instante en que el sol desaparecia, cuando las lámparas se encendian, el incienso humeaba tranquilamente ante los ídolos, y las palomas sagradas se posaban sobre los plátanos de los patios exteriores, las imágenes de los dioses se desprenden inopinadamente de sus bases con un estruendo espantoso y ruedan por el suelo mutilados y hechos pedazos.

No se ha sentido temblor de tierra, ni una sola losa del pavimento se ha movido de su sitio, y la atmósfera se hallaba tan tranquila y despejada, que ni el más ligero soplo hacía mover la hoja de los plátanos. ¿Qué presagio era ese? ¿Por qué ese enojo terrible é imprevisto del sol?. Sin embargo, algunos peregrinos atraviesan desapercibidos las puertas de la ciudad: ¿quién podria fijar la atencion en unos peregrinos en semejante dia, cuando desde las bocas del Nilo hasta las cataratas todo el Egipto se ha agolpado en los santuarios del sol?. A través de las calles silenciosas y desiertas, María, estrechando contra su seno á un Niño dormido, sigue con fatigado paso á José hasta un khan, para encontrar allí un rincon en medio de los numerosos huéspedes, y encontrarlo todo ocupado, como la sucedió en Belen.

Volvamos a. ver las calles de Heliópolis en otro dia. María lleva á su Niño en brazos: hay una escena muy animada. La multitud anda de un lado para otro vendiendo y comprando, ya en grupos, ya aisladamente: segun parece, nadie se ocupa más que de sus negocios: los extranjeros no son raros en los santuarios y los lugares de peregrinacion; todos están ya habituados á verlos: sin embargo, aquella Madre judía y su Hijo llaman la atencion: cada cual los mira y los sigue todo el tiempo que puede verlos. Es algo más que la hermosura del Niño lo que excita la curiosidad. Hay en él una atracción que no puede explicarse: es como una luz en un sitio oscuro: una aparicion que fascina á los espectadores y despierta en el corazon extrañas y profundas emociones bastante parecidas á un culto religioso. En las miradas que dirigen al Niño los ojos negros de aquellas caras bronceadas, hay algo de salvaje que instintivamente hace temblar á la Madre. No tiene la supersticion del mal de ojo, pero vislumbra en el porvenir otra muchedumbre, otro lugar, otras miradas todavia más salvajes, dirigidas sobre su amado, y en un dia más sombrío que en aquella época de destierro. Le estrecha contra su pecho como si se le fuesen á robar, miéntras que en realidad (ella lo sabe) sólo la admiracion es la que anima aquellos rostros atezados. El Niño parece tambien sentir la presencia de aquella multitud pagana y que causa el temor de su Madre. Mira al pueblo sin vacilar como con la atrevida sencillez de la infancia, no sin amor, pero con algo regio en su actitud. Se agita entre sus brazos como si quisiese defenderla y tomar su partido contra la multitud. Su semblante se asemeja á una águila jóven luchando con la tempestad y los esfuerzos del viento: género de belleza muy distinto al que tendrá cuando sea impelido por acá y por allá por el populacho enfurecido de Jerusalen.

Todavía se nos presenta la ciudad egipcia con sus calles estrechas, sus ricos bazares y sus numerosos templos. Ahora es en realidad lo que indica su nombre, la ciudad del sol; porque el verdadero sol reside en ella, y todo parece más sombrío por causa de su resplandor. Las abrasadas antigüedades del valle del Nilo están como cubiertas con una nube; los antiguos destinos del pueblo de Dios permanecen allí cual una sombra; las llagas del rey rebelde á la voz de Moisés parecen todavía emponzoñar el aire; el rio corre silencioso como un sueño, y sobre ese cuadro una atmósfera de destino. La brillante luz parece cubierta por alguna cosa que no resplandece. En una especie de pasadizo, formado por tapias elevadas, cerca de las puertas de la ciudad, callejuela estrecha en que la altura de las casas no deja penetrar el sol hasta el medio dia, está la pobre habitacion del desterrado José y las herramientas del obrero esparcidas en derredor suyo. Acaba de interrumpir el trabajo: tiene en la mano el pedazo de tabla que iba á unir á otro. María ha cesado de hilar: sus ojos están fijos sobre el Niño que se halla de pié y asido al vestido de su Madre. Por sí mismo, sin ser excitado á ello, sin que nadie lo esperase, sin haber oido esas palabras que los padres pronuncian con amor para que las imiten sus hijos, ha proferido su primera palabra. Tal vez era el nombre de Dios, tal vez el de su Madre. Siendo el mismo Dios, lleno de una amorosa solicitud y de una delicadeza exquisita en las invenciones de una compasiva bondad, podemos creer que fué el nombre de la Madre. ¡Mirad los ojos de los padres!. Si un terremoto destruyese entónces á Heliópolis, ellos no oirian ni sentirian nada. El asombro sin inquietud, el éxtasis, se velan retratados en sus semblantes. El Verbo, palabra eterna del Padre, acaba de hablar. ¿Quién se atreveria á sostener que María misma habia enseñado al Verbo á hablar?. El silencio cesa repentinamente de velar su espíritu, como una nube que desaparece de delante de la cima de una montaña, y la pequeña casa de Heliópolis está ]llena de resplandor. El sonido ha producido la luz, y la luz misma tiene sonidos armoniosos. Los dos habian oido el gloria de los cánticos angélicos á media noche, pero su melodía no se aproximaba á lo de la palabra que acababa de oir sus oidos: estaba tan llena de maravillas, que casi hizo salir el alma de su cuerpo. Es un cuadro que se debe más bien escuchar que mirar.

Se ha desvanecido: ha llegado la noche. El Nilo brilla como una criatura de larga y ancha espalda, y de marcha silenciosa bajo los enrojecidos rayos del sol poniente. Sólo en las orillas el agua rápida hace murmurar los cañaverales, excepto en un pequeño remanso, en donde el lotos sobrenada pacíficamente, y no es balanceado más que lo preciso para exhalar su perfume como el humo odorífico que sale del incensario. El Dios encarnado juega á la orilla: María se ha retirado un tiro de piedra, como si hubiese comprendido que esa era su voluntad, pero sin embargo, está ménos distante que los apóstoles en Gethsemaní. Su mirada está fija sobre él como la de un ángel sobre la vision celestial. El pensamiento de Jesús se abre ante nosotros como un santuario de que se descorre el velo, brilla en sus ojos, que tiene fijos sobre la corriente, en la que producen reflejos de dorada luz En el murmullo apénas perceptible del rio oye el grito que hizo retumbar todo el Egipto en la terrible noche en que los primogénitos fueron heridos por el ángel exterminador. Diríase que los ecos de sus lamentos hablan continuado resonando desde entónces por el desierto. Las lágrimas asoman á sus ojos, porque piensa en Belen, en las madres y en los inocentes. Pero mientras la brisa de la noche sacude perezosamente sus alas sobre la tierra caldeada por el sol, en medio de la calma, oye el ruido de numerosos y precipitados pasos: son los hijos de Israel que durante la noche se ponen en movimiento para salir del Egipto: ahora va á cumplirse la libertad del mundo entero, y él es el que debe dividir el mar: ¿cómo lo ha de efectuar?. La oscuridad aumenta: se hace de noche casi repentinamente: el Niño queda en tinieblas, se levanta viento, y la niebla se acumula sobre el rio.

Veamos todavía una vez á Jesús pasar desde el rayar el alba por debajo de la puerta de Heliópolis; José ha recibido la órden en sueños. El Nilo está tan fresco como la mañana: el sol refleja en las blancas velas de los barcos. Los tres llevan retratada en su semblante la satisfaccion de la libertad recobrada tras largo cautiverio: cada uno de sus gestos respira la alegría del regreso del destierro: las miradas inquietas han desaparecido: el paso es sentado y regular, la alegría de la mañana se esparce sobre sus almas lo mismo que sobre la tierra: parecen á los que han recibido un mensaje del cielo; una gloria los rodea, como una guirnalda de ángeles visibles. Los rostros de los paganos habian sido un motivo de disgusto para José, y una causa de terror para María: respiran libremente desde que han salido de aquella ciudad de negros y de aquel sombrío recinto de tristes bazares y de paredes con rejas. Ahora están como las aves que cantan en los bosques y en los campos libres, y cantando con la Providencia de su Padre celestial para encontrar su alimento en las orillas de los caminos y apagar su sed en algun arroyuelo. Cantan ese eterno himno sin palabras que un corazon tranquilo repite siempre al oido de Dios. Pero aún hay algo más en el Niño de siete años. El desarrollo de su humanidad parece descubrir más su divinidad: diríase que ésta última tiene más sitio para desplegarse, y que previene cada gesto humano para hacerle divino. La clara luz de sus ojos es profunda, y esa profundidad está llena de misterio. Jerusalen está en su corazon: fuera de las puertas de la ciudad hay una colina verde y decorada que es un iman para su alma. En su rostro infantil se encuentra la mirada prodigiosa que tanto asombraba á los apóstoles cuando aceleraba el paso por el camino de Jerusalen, como si temiese llegar tarde á su Pasion, ó quisiese engañar su sed de padecimientos. Esa mirada queda impresa en el corazon de María, y refleja tambien sobre su rostro. Esas dos figuras pertenecen al Calvario: así es que José conserva la antigua tranquilidad de Belen.

Nazareth suministra tambien á esa tierra de la Santa Infancia muchas y muy bellas escenas, que forman realmente una teología completa en cuadros de la Encarnacion. Su gloria consiste ahora en ser el retiro del Niño y el testigo de continuas maravillas secretas: durante diez y ocho años, cada dia que nos parece un simple golpe ó movimiento del ala silenciosa del tiempo, producirá prodigios insondables hasta para la inteligencia angélica. Nazareth, mansion apacible y retirada, rodeada de graciosas y verdes colinas, ¡cuánto has debido agradar á esas tres almas maltratadas por la tempestad y para quienes tú eras un puerto tranquilo!... Consideremos sus fisonomías. El Calvario parece más alejado que nunca, pero sin embargo hay en la mirada algo que le recuerda: no está olvidado, sino únicamente diferido. Marta parece gozar de un respiro: en Jesús se observa una calma constante, y José considera con satisfaccion el lugar que ha escogido para su tumba. En resumen, la idea principal de este cuadro es un contento salpicado de diferentes matices.

Se nos presenta el interior de la casa. La primera pieza es el taller de José, cuya puerta abierta deja ver las verdes colinas. María, sentada junto á la puerta, está ocupada en hilar, aunque en aquel momento ha interrumpido su labor. Jesús está á su lado, y mira fijamente á algunas palomas que comen en frente de la puerta. La Madre contempla al Hijo con un asombro que se convierte bien pronto en adoracion, y á cada momento esperamos verla prosternarse á sus piés. No sabe exactamente por qué; mas, sin embargo, aquel estado no la es del todo desconocido: le ha experimentado ya cuantas veces, al verle crecer en sabiduría y en gracia, ha podido sorprender alguna mirada ó algun gesto trivial en la apariencia.

La escena cambia: hé ahí el cuarto interior en donde duerme Jesús. Esto es inmediatamente despues de su llegada de Egipto. María le ha ayudado á quitarse la ropa y le ha colocado en el lecho. Su semblante respira una cariñosa familiaridad, como si la faena en que sus manos acaban de ocuparse hubiese dado más libertad á su corazon. Le habia prodigado sus caricias, esas caricias que llegan á ser más gratas para la Madre cuando su Hijo ha entrado en la segunda infancia, porque entónces son más deliberadas, más sentidas y quizá más raras. Su corazon se desborda de amor maternal terrestre. Pero su mirada tiene algo dudoso, algo que contrabalancea el amor sin disminuirle. No es que haya olvidado ni por un instante la divinidad de su Hijo; pero se diria que el amor y la adoracion no son siempre como dos rios que se confunden en un mismo lago, y que más bien podria comparárselos á causa de sus dulces alternativas, á las olas que la marea debilitada vierte en la arena de una bahía profunda resguardada por altas montañas. En este cuadro no domina la criatura, sino la Madre.

El taller de José fué el teatro de muchos cuadros que ahora están en el cielo fijos en las inteligencias de los ángeles, que no saben olvidar. Hé ahí los utensilios que por lo regular rodean á un carpintero en su trabajo: tablas arrimadas de punta á la pared: trozos de madera, unos sobre otros, de todas formas y ángulos: el suelo sembrado de virutas, de aserrin y de herramientas mezcladas con aparente confusion, y junto á la puerta por la parte exterior, arados é instrumentos agrícolas en mal estado: tal es la escena que se presenta. María está de pié junto á la puerta: José enseña á Jesús á hacer alguna pequeña obra: su ancha mano cubre la pequeña del Niño, y guía sus dedos con precaucion: lo hace maquinalmente, porque más bien que á la obra, mira al rostro del Salvador. Le ve resplandeciente de gloria, y su fe reconoce en él al Criador Todopoderoso, al obrero que tan admirablemente ha ordenado los mundos, y del que él, viejo carpintero, aprieta, guía y maneja los dedos á su placer. El alma del anciano tiene superabundancia de adoracion, pero de una manera tranquila, sin movimiento y sin ruido, como un lago alimentado por manantiales ocultos debajo de sus aguas. Sin embargo, no cesa de guiar la mano de Jesús; no interrumpe su leccion, que sabe ser tan poco necesaria; es demasiado humilde para eso comprende su oficio, que en un principio habia sido incomprensible para él. El ejercicio de su autoridad no podia ser más que la práctica de una sublime obediencia. Así, miéntras su alma está llena de adoracion, el desprecio de sí mismo desciende sobre sus facciones como un velo de luz: así rasga el sol las nubes, y hace descender sus rayos desde la cima de la colina hasta el fondo del valle. Su humildad le reviste de una majestad casi divina y su vejez transfigurada es como la imágen de la eternidad.

La vasija en que se saca el agua no es ya un peso demasiado fuerte para el Criador del mundo, sin embargo, basta para hacerle doblegarse y hacer su paso inseguro cuando trepa con su carga por el escurridizo sendero. Muchos vecinos van á la fuente ó vuelven de ella, y todos dirigen la palabra al Hijo de María; unas veces responde de viva voz, otras con una mirada, y todos quedan contentos. Ordinariamente guarda silencio, pero su presencia en aquel pequeño pueblo ejerce la influencia del sol, cuya luz obra sobre los hombres, los animales y las plantas más de lo que podria creerse. Las mujeres, con sus cántaros en la cabeza, se paran, se vuelven, le miran y envidian á María, cuyo Hijo es tan diferente de los suyos. Las rudas maneras de Nazareth se suavizan con su sonrisa, los corazones frios se reaniman, los que son groseros se hacen amables, y la cólera se calma en cuanto él se presenta entre ellos. Es ya un rey, un pequeño rey de los corazones, coronado por el amor y la adhesion de la aldea más rústica de toda la Siria. Han coronado al Niño, pero quitarán su corona al Hombre cuando su reinado sea sério. Lo sabe de antemano, y en la mirada que los dirige hay algo más que tristeza, algo más que amor, hay un sentimiento indescriptible que anima sus facciones. Le han hecho rey, mas para su felicidad desea más bien ser sacerdote. El ruido que el agua hace en el cántaro es para él como una tentacion celestial. Le hace pensar en el pozo de Jacob y en la mujer de Samaria y en todas las innumerables fuentes bautismales del mundo cristiano. La sangre de sus venas debe mezclarse al agua de aquel cántaro ántes que lave los pecados de Nazareth. Es un pensamiento que no le abandona jamás y con el que su corazon late como si fuese nuevo para él, da al rostro del Niño las facciones del Hombre del Calvario, y dominando casi la dulzura de su edad juvenil, le reviste, como un fuego abrasador de la belleza madura del Redentor.

Doce años han trascurrido y el jóven va al templo á arrodillarse entre los adoradores. Su figura de rodillas forma por si sola todo el cuadro. Pero, ¿dónde hemos de encontrar palabras para expresar lo que vemos? ¿Es la corte de los ángeles con la belleza tan diversificada de sus coros, expresando de mil maneras un espíritu de adoracion casi infinito? ¿Es la belleza de todos los cielos reunida por Dios en un sólo punto de excesiva luz reproducido en los ojos de Jesús? No; no es eso. ¿Es por ventura la belleza de todos los corazones santos sobre toda la tierra y durante todos los siglos adorando á su Padre celestial en su gozo, en su pesar, en su melancolía, en el heroismo de su humildad y en todas las circunstancias siempre nuevas e interesantes de su vida? ¿Son todos los corazones adorando en ese corazon y todas las adoraciones del mundo obrando en ese continente radiante?. No; hay más todavía. Hay la indescriptible plenitud, la calma inimaginable de la adoracion de la Santa humanidad abrazando la majestad de Dios, envolviendo todos y cada uno de sus atributos y llevando al pié del trono eterno las adoraciones de los ángeles y de los hombres como la ola de las grandes mareas lleva en su cresta la espuma dorada por los rayos del sol, siempre subiendo, siempre bajando, siempre esparciendo la luz, como la espuma durante las tinieblas sobre las playas eternas.

Miremos todavía. Son las dos de la tarde, y los peregrinos se agolpan á la puerta de Jerusalen que mira al Norte: José y los hombres forman una hilera; María y las mujeres otra. Ambas deben marchar separadas hasta el anochecer. Los puntos de reunion ofrecen algo del aspecto pintoresco de un campamento; todos los semblantes están alegres y anuncian almas en estado de gracia despues de la renovacion espiritual de las fiestas. Jesús pasa por entre las dos hileras como un rayo de sol fugitivo, ménos notado de lo que le hemos visto en los demás cuadros; se retira y nadie se apercibe de su falta. El corazon de María se halla como en un encanto, y José tiene los ojos ofuscados. Jesús se coloca junto á la puerta y ve salir el grupo de las mujeres, al que debe seguir el de los hombres á otra hora y por otro camino diferente. El Niño se adhiere á la ciudad como si fuese su Madre, y los barrancos áridos las franjas ó guarniciones de su vestido. ¡Oh, Jerusalen, cómo has cumplido tus deberes de Madre!... La vision de la santa ciudad tal como la vió doce años ántes en una mañana del mes de Febrero, se halla grabada en su alma. La habia visto en las orillas del Nilo, la tenía en el corazon al regresar del destierro, la deseaba, y José, advertido por un sueño, le alejaba de ella; ahora quiere separarse de María y de Nazareth, ó por lo ménos parece quererlo, porque no se pueden juzgar los motivos de sus actos, y nadie ha penetrado todavía su sentido. Más tarde el tentador le mostrará desde lo alto de una montaña todos los reinos de la tierra, sus pompas y sus riquezas, que contemplará friamente; no es eso lo que desea; los padecimientos y las almas son los únicos tesoros que ambiciona. Pero la vision de Jerusalen, sus piedras, que su mirada profética ve ya manchadas de sangre; sus calles resonando con la gritería desenfrenada del pueblo en respuesta á la excitacion que Pilatos le hacía á la compasion; el ruido producido por el movimiento de las ramas de los viejos olivos de Gehisemaní; los huesos blanqueados por el sol sobre la mustia hierba del Calvario; hé ahí el espectáculo que le encanta, y no el que se le ofrecia desde el monte de la cuarentena. Abandona el lado de María. Durante tres dias, por lo ménos, que recuerdan los tres días de su Pasion, implorará la caridad para obtener su pan; mendigo celestial en las calles de Sion, y no tendrá más lecho que el duro suelo para reposar sus delicados miembros. Las piedras que un día regará con su Preciosa Sangre van ahora á dejar impresa su marca en su tierna carne. Sin embargo, desde el ángulo de la puerta en donde se mantiene oculto, sigue á su Madre con la vista hasta que desaparece, y sus ojos, cuyo brillo se halla suavizado por la sombra, dejan leer, sino un conflicto, por lo ménos una oposicion en sus sentimientos.

Volvemos á encontrarle en el templo: se halla en la sala de los doctores, escuela de Teología. Los varones más graves de Israel se encuentran agrupados en derredor suyo: sus fisonomías expresan el asombro bajo casi todas sus formas, y las diversas actitudes que su profunda atencion los obliga á tomar podrian servir de magníficos modelos para el estudio. El enconado asombro lucha con la dulce sorpresa, y la envidia, que sólo necesita una chispa para producir un incendio, se confunde en el rostro de algunos ancianos con el gozo que produce una verdad medio comprendida: pero en la mayor parte se observaba una frialdad que podría degenerar algun dia en iniquidad cruel. La puerta del salon se halla entreabierta: María y José se han detenido allí, no diré si sorprendidos ó trasformados en estátuas, pero sí en una calma indescriptible, como si despues de haber llegado al cabo del mundo, se encontraran allí sin tener nada que hacer, porque habían llegado al que es el fin de todos los mundos. En cuanto á él, jamás fué más visible la modestia de su edad juvenil, ni más ámpliamente desplegada que en aquel momento en que el Criador sondea las inteligencias de sus criaturas, y hace caer sobre ellas el rocío de su celestial sabiduría. Cuestionaba él que era en sí mismo la única respuesta á todas las cuestiones posibles: parecia aprender para poder enseñar con más dulzura: por un ardid inocente comunicaba la verdad á los sábios de Israel. Cuanto más parecía un Niño, más se manifestaba á través del velo de la carne y de la sangre, la luz de la divinidad que estaba en él. En otro momento aparecerá confesado y reconocido como Dios, y la vida espantada abandonará las almas de los ancianos. Los ángeles recordarán el día en que el amor de María y la fe de José le reconocieron evidentemente por Dios, y en que fué para los demás un prodigio, un enigma, una sospecha, y al mismo tiempo para todos un Niño, un verdadero Niño.

En todos esos cuadros, lo que domina es la imágen del Calvario: por todas partes intercepta la luz del sol: en todo el paisaje no hay un punto en donde un rayo de sol pueda iluminar un cuadro de flores. La sombra es universal: aquí más densa, allí más trasparente; es desigual pero se extiende por todas partes. La Pasion es la unidad de la Infancia el Calvario da su carácter á Belen.

Sin duda á primera vista hay un contraste aparente entre Belen y el Calvario, entre el pesebre y la Cruz, y no podemos decir que no es más que aparente. Sin embargo, el contraste aparente entre el pesebre y la Cruz es mucho más fuerte que la diferencia real. La region de Belen parece ser el asilo de una calma perpétua: allí se encuentra la pequeñez tranquila de la Infancia, el gracioso recogimiento de José, los gozos maternales de María, demasiado profundos para ser expresados, y en fin, cierta cosa bella, dulce y seductora para la vista y el génio del arte. Todo eso ha sido trastornado por la tempestad del Calvario, y José desaparece. En el mundo de la Infancia casi nos hemos separado de los hombres; en el mundo de la Pasion Jesús es la principal figura y la víctima resignada de una multitud salvaje y enfurecida. En Belen, y hasta la escena de la puerta de Jerusalen, vemos ejercerse libremente la autoridad de María sobre su Hijo: uno de sus dolores en el Calvario fué su incapacidad para defenderle, y áun para prestar al sediento paciente los auxilios de una caridad vulgar, sin que digamos nada de la vehemente abnegacion del cariño maternal. En el pesebre, en la apariencia al ménos, no hay dolores corporales, miéntras que la Cruz, y todo el preludio de la Cruz abundan de ellos. En tiempo de la Infancia, los que le amaban estaban siempre juntos: en el dia del Calvario, los que él ama, le abandonan; hasta que por fin, habiendo enviado á María su apóstol querido para que fuese á su lado otro José, su soledad llegó á ser sin igual: porque acababa de separarse de su Madre, y su Padre Eterno le habia abandonado. Cuando hubieron pasado la infancia y la juventud, milagrosas manifestaciones de la complacencia divina preludiaron su ministerio, como á su salida de las aguas del Jordan, miéntras que su último paso en la Pasion, fué la agonía en el abandono de Dios. Todo eso forma un contraste muy fuerte entre el pesebre y la Cruz: eso es seguramente más que puras apariencias, más que una simple variedad de escenas.

Sea como quiera, y á pesar de ese indudable contraste, hay entre las dos una identidad real interior. En el alma de Jesús, la prevision no era solamente un gran dón de profecía. Lo que hemos sabido de su ciencia en el último capítulo nos ha mostrado que en su prevision de la pasion habia una realidad, que hacía ya de ella una Pasion sustancial. Los padecimientos del cuerpo eran anticipados con una vivacidad, que si no torturaba los músculos, los nervios y la carne, como el acto debia hacer, trasmitia al ménos á su alma asustada una agonía igual de temor, de temblor y de horror natural: en cuanto á las torturas espirituales, no puede decirse más sino que fueron previstas en Belen, porque allí comenzaron actualmente. Los ojos y los corazones de los hombres se dirigen hácia donde está su esperanza, al derredor de la sombría escena del Calvario y de los horrores del sacrificio de la Cruz. Sin embargo, aún al presente la operacion de Dios es más sensible en los misterios de Belen, y la del hombre en los de la Cruz: allí Dios opera, aquí sufre; activo en los dos, en ambos es pasivo: pero sí, nos atrevemos á decirlo, vemos más su actividad en Belen y su pasividad en el Calvario. Belen es lo que Dios hace á sus criaturas, el Calvario lo que sus criaturas hacen á Dios.

La analogía entre los dos es sensible. Los belenitas rechazaron á Jesús en la persona de su Madre, como más tarde los Judíos lo hicieron en su propia Persona. Apénas se habia hecho visible sobre la tierra, le fué preciso huir ante sus criaturas, porque su vida se conceptuaba incompatible con sus intereses; precisamente como en su Pasion, las autoridades espirituales de la nacion declararon que era conveniente al pueblo el que muriese. No puede meditarse sobre el misterio de la presentacion, sin pensar con frecuencia en el Domingo de Ramos: su infancia tuvo un corto triunfo ántes de ser arrastrada y ocultada en las soledades del desierto y entre la muchedumbre de los egipcios idólatras. Ana le dió testimonio ó le reconoció y Simeon entonó en su honor un cántico, en relacion por su tono modesto con su infantil dulzura. En el mismo templo fué donde más tarde los niños le gritaron: ¡Hosanna! dando, como él lo dice, lenguas á las piedras inanimadas. Si, al considerar á Jerusalen desde lo alto de la colina del camino de Bethania, derramó aquellas famosas lágrimas, ¿no podemos suponer tambien que sus ojos infantiles estaban humedecidos cuando en los brazos de su Madre vió á Jerusalen en el mes de Febrero?. A su regreso de Egipto se acercó á Jerusalen: pero la autoridad de José le alejó de allí: no era tiempo todavia. Más adelante, cuando los demás iban a Jerusalen, él se retiró: no quiso acompañarlos porque no estaba todo preparado. Al misterio de la Circuncision debe su Santa Infancia el privilegio de derramar su sangre, lo cual constituye la más estrecha analogía con la Pasion. Sobre el Calvario envolvia á todos los que le rodeaban en las oscuridades y angustias de sus padecimientos. María quedó abismada en el dolor, Magdalena y Juan sintieron desgarrárseles el corazon: los apóstoles fugitivos quedaron sumergidos en las tinieblas y en toda la amargura de un amor medio perdido, medio desconcertado y abochornado. San Pedro llegó hasta negarle: la persecucion les amenazaba á todos. Lo mismo sucedió en su Santa Infancia: hizo participar de sus padecimientos á su Santa Madre, á su anciano Padre putativo y hasta á una multitud de inocentes que fueron degollados. Un círculo de dolores le rodeaba por donde quiera que se dirigia como el circulo de vapores que suele verse en derredor de la luna: lo mismo sucede ahora y siempre será así. Tener cerca de sí á Jesús es una gracia señalada y privilegiada que la naturaleza debe pagar cara. Cuando su Pasion, estuvo separado de María tres dias, y una separacion de la misma duracion marcó el término de su infancia. La Resurreccion siguió á los tres dias de la Pasion; y los diez y ocho años de su vida oculta en Nazareth que siguieron á los tres dias que pasó en Jerusalen sin María, están llenos de analogías con los cuarenta dias de despues de la Resurreccion; primero porque su historia es igualmente secreta, y además, por otras consideraciones. Así que las analogías, áun exteriores, entre Belen y el Calvario, no son ni poco numerosas ni insignificantes en su misterio.

Pero debemos estudiar con mayor extension los padecimientos de la Santa Infancia. Pueden dividirse en cuatro clases: los padecimientos de afuera, los de lo interior, sus estados de vida y las virtudes particulares que estaba llamado á practicar. Los padecimientos exteriores fueron los más ligeros. Sin embargo, forman una lista bien triste para los primeros años y la indigente delicadeza del Niño Dios. Derramó copiosas lágrimas que salian de más de una fuente de amargura profundamente ocultas en su alma. Provenian de los dolores de su corazon, parte importante de sus penitencias interiores; pero tal vez tambien, (porque quien podria fijar un límite á su condescendencia) de la pena y de la debilidad de las privaciones y de la miseria, que él sólo, entre todos los niños nacidos de mujer, pudo sentir en su amarga realidad, merced á su extremada sensibilidad que no exageraba nada, pero á la que tampoco nada se escapaba. Un pesar, aunque el mismo en apariencia, no es el mismo en realidad para todos los que le sufren: la delicadeza, la susceptibilidad, la enfermedad, la debilidad de corazon, las circunstancias del momento y mucho más todavía, la conciencia, modifican extraordinariamente su gravedad. Pues bien; no tan sólo no hubo jamás naturaleza humana tan delicadamente constituida ni tan sensible como la de Nuestro Señor, ni por consiguiente fué tan apta para sentir en toda su intensidad hasta la pena más ligera, sino que jamás nadie ha estado dotado de esos sentimientos interiores, de esa conciencia ó más bien de esa posesion de sí mismo que cambiaban las penas corporales en una cruel agonía. Esa es la primera penitencia exterior. Las lágrimas fueron en Belen lo que la sangre fué en el Calvario; fueron la sangre de su infancia, que sin embargo no se eximió de verter realmente.

En todas sus penitencias es preciso recordar que la inmensidad de su ciencia humana y la union de su naturaleza humana con una persona divina eran causas de padecimiento que hacian del menor mal una agonía.

Las lágrimas fueron su primera penitencia: la segunda provino del frio. Las narraciones de los viajes al Polo nos manifiestan cuántos padecimientos puede ocasionar el frio: y sin embargo, ninguno de los bravos exploradores é intrépidos marinos que sucumbieron entre los hielos ó la nieve sin saber si se hallaban en tierra ó en el mar, sufrió tanto frio como el recien nacido en Belen, ya en la helada Gruta, ya en su precipitada fuga por el Desierto. El frio no era si no como el representante de las otras fuerzas naturales, porque los elementos se convertian en varas para golpear el cuerpo infantil de su Criador. El Calvario fué la Pasion que le hicieron sufrir sus criaturas racionales: Belen representa una pasion en que sus criaturas inanimadas son los verdugos del recien nacido, víctima del mundo. ¡Tierno é interesante misterio!... ¡La sumision del Omnipotente á los débiles ataques de sus ministros irracionales!. Las leyes que él mismo habia dado á la naturaleza le atormentaron hasta herirle: fué helado por el frio y abrasado por el calor; incomodado por la luz, molestado por el viento, quebrantado por la fatiga y aturdido por el ruido: las estaciones pasaron sobre él, y dejaron sus huellas en su carne como en la nuestra: en nosotros son incomodidades propias de la naturaleza caida: en él eran los misterios de la Encarnacion. Eran realidades tristes, a la par que espantosas: espantosas, por su sólo contacto con él; benditas, porque eran satisfacciones divinas, manantiales de gracias é indulgencias, padecimientos meritorios y expiatorios.

La pobreza ha sido llamada por algunos la hermana de Cristo, y por otros su prometida esposa. Fué su tercera penitencia, y sin duda alguna una de las que más amó. Diríase que las circunstancias de su infancia fueron providencialmente dispuestas, con la mira de producir el mayor número posible de casos de pobreza. De Nazareth á Belen, de Belen a Egipto atravesando el desierto, del Egipto a Nazareth y de Nazareth a Jerusalen, en donde pasó tres dias mendigando. La biografía de su infancia se extiende como una vasta red, para reunir todo lo más posible de las consecuencias de su pobreza querida. Cuando José tuvo más edad y se aumentaron sus enfermedades, el yugo de la paternidad pesó todavía más sobre su Hijo putativo la pobreza que sufria María; era para él diez veces más penosa porque su Madre la habia padecido La pobreza es una de las perfecciones evangélicas: ¡cuántos han emprendido cargar con su peso y se han visto obligados á renunciar á ello con tristeza y desaliento!... ¡Cuántos tambien la han soportado hasta el fin y han sido santificados por sólo eso!. Jamás ha habido infancia más pobre que la de Nuestro Señor. La pobreza fué su compañera inseparable, y si amaba sus austeridades con un cariño tan particular, era únicamente porque podian considerarse como una cruz muy pesada.

Otra de sus penitencias fué el desprecio, sazonado con una cruel persecucion. Amaba á los hombres con el amor más tierno, y desde toda eternidad constituia sus delicias la seguridad de que un dia debia hallarse entre ellos. Habia venido, y sólo con su presencia la tierra habia adquirido tal hermosura, que casi podia rivalizar en esplendor con lo más alto de los cielos. Pues bien, en todos los sentidos de la palabra no hubo lugar para el: los corazones estaban llenos y era inoportuno: las miserias de que venía á librar a sus hermanos no las miraban como tales; sus esfuerzos para romper sus cadenas le fueron más pesados que las cadenas mismas. ¡Pobre Niño!. Los hombres se apartaban de él, que era la hermosura increada del cielo, como si un encanto maléfico rodease su infancia, como si llevase en su frente el sello funesto de Cain. ¿Quién podria sondear el profundo dolor del corazon martirizado del recien nacido?.

Su sangre derramada en la Circuncision fué otra penitencia de su Infancia; por muchas razones se la puede considerar como el modelo de las mortificaciones superabundantes de los Santos, si es que alguna mortificacion puede llamarse extrictamente superabundante, cuando se trata de los hijos de los hombres, aun los más inocentes. Su carne, ya unida á la Persona divina, no tenía necesidad de consagracion. Fué una efusion extraña, aislada, inconcebible. No entraba en el pacto con el Padre, que queria la muerte, y nada más que la muerte. Por manera que, las gotas de sangre vertidas, no lo fueron por la salvacion de las almas: fueron el homenaje rendido por la Infancia al Calvario; y como el sudor de sangre en el monte de los Olivos, el efecto de la impaciencia del Sagrado Corazon por la plenitud del Calvario; para María un dolor; para José una perplegidad celeste; para los ángeles una maravilla, y para los Santos un modelo y un misterio.

La fatiga, otra penitencia de la Santa Infancia. La fatiga del Criador infatigable es un prodigio lleno de grandeza: para las almas cansadas (y en nuestros dias la lascitud es el estado normal de las almas cristianas) es un consuelo. En su huida debió sentir una fatiga intolerable con su posicion monótona en la envoltura, aunque fuese llevado en los brazos amorosos de María, y tal vez tambien la madurez de su espíritu fatigaba á su cuerpo infantil. Su sueño, nuevo campo de maravillas ¿era un verdadero reposo? ¿ Encontraba en él como nosotros, un refrigerio reparador? ¿ Era un alivio para sus doloridos miembros, una dulcificacion de las palpitaciones de su corazon, un descanso para un nuevo trabajo, una nueva fuerza, un aumento de vida en aquel pequeño cuerpo?. Su alma permanecia despierta; su oracion y su oblacion no eran interrumpidas. Veia siempre los olivos de Gethsemaní, la columna, la corona y la cruz del Calvario, destacándose sobre el firmamento. Quizá el sueño no era más que otra forma de fatiga, un tiempo más abrumador por las imágenes de la Pasion, que las tinieblas de la víspera. Todo lo que sabemos es que no encontraba goce en cosa alguna humana, excepto el que en cada caso era indispensable para la perfeccion de su humanidad.

El temor, otra nueva penitencia: y como el padecimiento del temor es generalmente proporcionado á la medida de los dones del alma humana, debió ser para Nuestro Señor una intolerable agonía. Su huida y su permanencia en Egipto estuvieron llenas de terrores, de los que podemos concebir algunos, miéntras que los demás se sustraen á los esfuerzos de nuestra imaginacion. Veremos que el terror ocupa un lugar considerable entre los horrores de la Pasion: debemos pues, esperar encontrarle en su Infancia.

El silencio ha sido siempre colocado entre las más austeras de las penitencias monásticas: se necesitan largas pruebas y muchas señales de vocacion divina para entregar un alma heróica á las observancias de una órden en donde está impuesto por la regla. Durante muchos meses, Jesús no rompió el silencio más que con sonidos inarticulados de placer ó de pesar, y quizá únicamente por estos últimos. Y sin embargo, cuánto desearia hablar él que era tan maravillosamente elocuente!. Verbo de Dios, ¿no debia tener en sí algo que le impulsase á hablar del Padre con su lengua humana?. Cuando miraba á María con un jubilo mudo, ¿no debia sentir el no regocijarla con los acentos de su voz? ¿No debia esperar ella su primera palabra como durante nueve meses habia esperado su presencia?. Cuando veia á José pálido y cansado, ¿no ardía en deseos de regocijar el corazon y reanimar el abatido espíritu del santo anciano con la magia de una palabra articulada? ¡Y sin embargo, no la pronunció!. Se habia revestido de las apariencias de la infancia, y la fiel observacion de su papel se trasformó en una divina realidad, ó más bien era una naturaleza humana real, adoptada como un disfraz, áun cuando no lo fuese. Estad seguros de que el silencio jamás fué tan molesto á un santo en la calma de la celda de los cartujos, ó en el recinto frondoso de Camaldolí, como lo fué para el Corazon Sagrado del Niño Jesús.

Tales fueron las penitencias exteriores de la Santa Infancia. Pasemos á las interiores: las encontramos tambien en número de nueve. La primera fué la vista de los pecados de los hombres. Para nosotros, áun con una fe comun, la palabra pecado tiene realmente algo de aterrador: expresa todo un mundo de tinieblas: es la negacion de toda luz, de toda esperanza, de todo deseo, de todo atractivo. Temblamos al pensar que podemos pecar: la probabilidad de una caida hace mayor nuestro temor, y el pecado cometido más real nuestra desgracia: sin embargo, apénas podemos concebir ese honor enteramente celestial, que hizo desfallecer Santos con sólo la mencion del pecado.

¡Cuán léjos, pues, estamos de poder sondear el horror de Nuestro Señor al pecado!. La santidad increada de su Persona divina habia comunicado á su alma humana una pureza y una sensibilidad con respecto á la honra de Dios, que no podemos expresar ni representarnos sino de una manera muy imperfecta. Si la sorpresa fuera compatible con la union hipostática, su alma se hubiese asustado con las revelaciones que su ciencia le hacía en cuanto al pecado: eran desapiadadamente desconsoladoras. Vió los pecados de los hombres en el horror y la atrocidad de su especie, en todas sus repugnantes vanidades y en las mil formas y en los caractéres especiales de su impureza. Vió su número espantoso, su multiplicacion, sus recaidas, su filiacion, sus consecuencias por tan largo tiempo prolongadas y tan fecundas en nuevos crímenes. Vió el peso que deprimia, las almas y tanto las rebajaba, el que ponia, por decirlo así, la misericordia de Dios bajo los piés de su justicia, y el que á cada momento le abrumaba á él mismo. Vió el pecado de los pecados que le puso en estado de expiar todos los pecados en la Pasion, el deicidio, el asesinato de Dios, el martirio del Criador. Asi fué que tuvo que sufrir dos veces la Pasion: una como Pasion y otra como pecado, ó más bien como una série de pecados jigantescos. Tuvo que expiar su propia crucifixion. Y todo eso no era la pura vision de un espectador asustado; debia recibir todos aquellos pecados en su propio corazon, apropiárselos y ofrecerlos en holocausto en el Santuario íntimo de su vida. Dulces y graciosos, los acentos de los coros angélicos descendian del cielo y venian á acariciar su oido en la Gruta de Belen; pero la vision de todos aquellos pecados estaba allí; las palmeras se mecían suavemente, y la arena del desierto se cubria de un vapor dorado por los rayos oblicuos del sol en su ocaso; pero la vision le perseguia todavía; en medio de las ligeras y rizadas olas del Nilo, el loto entreabre su odorífera corola al salir el sol, pero la vision pesa sobre él, y no le dejará hasta la muerte: dirige palabras dulces á las mujeres que acuden á la fuente en Nazareth, y los cantos de los que cultivan las vides se mezclan alegremente con la brisa de la mañana; pero el gozo de su alma se halla sofocado por esa imperiosa vision que le abruma y parece querer empañar aquella pureza interior, soplo de su sér.

La prevision de su Pasion fué otra penitencia de su infancia. ¿Quién es el que no sabe cuánto se sufre cuando un sólo pensamiento tiraniza el ánimo y tiene cautiva toda la vida?. Es una pena que no podria sufrirse largo tiempo. Sin embargo, la situacion es todavía más intolerable cuando el alma se halla dominada por un pesar único, porque entónces un disgusto lento, sordo é irremediable va royendo y consumiendo la vida. Pero hay otro caso todavía más terrible, y es cuando una idea siniestra, un fantasma evocado por el terror ó el crimen se apodera de la vida, la convierte en su propiedad, la envuelve en sus propias tinieblas, y allí la fatiga sin descanso con sus crueles apariciones. Pues bien, eso no es más que una débil imágen de lo que sufria él alma de Nuestro Señor poseida por la prevision de la Pasion.

La prevision de la ingratitud de los hombres fué tambien otro de los padecimientos de su infancia, intenso sin duda, pero más en los límites de nuestra comprension.

Nos conceptuamos dichosos de poderle ofrecer aquí el tributo de nuestra piedad; la ternura de su corazon era perfecta en toda la extension de la palabra; una ámplia medida de ese amor abundante y tierno que sólo puede sentir el Criador, se habla comunicado á los afectos de su corazon de hombre. Así es que jamás el amor de una madre, de una mujer, de una hermana se aproximó á sus dulces ardores. Pero se habia dedicado á un objeto especial, el amor de los hombres. Le deseaba con todo el misterioso anhelo del Criador, añadiendo á él las invenciones propias del corazon humano, y esa nueva especie de amor medio humano, medio divino que sólo el Redentor podia conocer. Y precisamente en eso se equivocaba su amor; veia cuán pocos le amarian, cuán pocos entre los que le servirian lo hacian por amor, cuán frio sería el amor de aquéllos, y con cuánta facilidad los que le amasen verdaderamente le olvidarian para dar la preferencia á un amor indigno. Veia todo eso desde los dias de su infancia tan claramente como la historia de la Iglesia nos lo puede mostrar desarrollándose á través de los siglos. Nada es más contrario á la felicidad del hombre que el amor despreciado, sobre todo cuando por su propio exceso ha embellecido su objeto y ninguna debilidad, ninguna falta ha dado pretexto á la indiferencia de un corazon ofendido. Hé ahí lo que continuamente sufrió el corazon del Niño Dios.

Su inefable compasion por la Iglesia, su esposa, y su tierna simpatía por todas sus futuras vicisitudes, fué otra fuente de amargura para el corazon del Niño. La vision de innumerables cristianos que debian llevar á los fuegos del infierno millares de gracias menospreciadas, y la libertad que tenía la malicia humana de desconcertar los designios de Dios, estaba tambien siempre presente ante su vista. Aquella horrorosa mansion de tantas almas se le aparecia como un mundo miserable de su amor engañado y rechazado. Miéntras que sus ojos infantiles sonreian á María,. aquella vision pesaba su corazon. Podemos añadir, como una penitencia marcada, la fatigosa continuidad de todas esas penas en el sueño y en la vigilia adheridas á su sensible corazon, como el vestido ardiente de la mitología griega, preparado de manera que abrasaba y consumia las carnes vivas con un fuego lento, pero sin reposo. Debemos recordar tambien lo que nos enseña la doctrina sobre su ciencia, que esas terribles visiones no se sucedian unas á otras, lo cual hubiera parecido un alivio, aunque no fuese más que por razon del cambio, sino que todas se le presentaban á un tiempo, llamando siempre su atencion, agotando siempre la profundidad de su facultad de sufrir, é iluminadas constantemente por toda la luz de su ciencia, lo que las convertia en un instrumento de tortura para toda su vida.

Todas las formas de la vida á los estados y condiciones de la Santa Infancia, fueron formas de penitencia. Habia tomado la forma de esclavo, y sus pañales eran sus cadenas; nació súbdito del emperador romano, renunciando su propio derecho de nacimiento, su vida fué una de las más completamente abandonadas desde su más tierna infancia hasta que fué clavado en la Cruz; siempre fué el juguete de los hombres, y un espectáculo para los ángeles; él mismo se puso á merced de los animales y de los elementos. Pero eso no eran más que los signos exteriores de la esclavitud interior en que le tenian la justicia de Dios,. los pecados de los hombres, su inconcebible ingratitud y la santidad de su amor. Habia tomado tambien la apariencia de un pecador porque estaba revestido de carne como los demás hombres, y para asemejárseles más consentia en pasar por hijo de un hombre. Se sometió al rito de la Circuncision para parecerse más á un pecador, pagando á Dios una deuda que sólo el pecado habia hecho contraer. La Purificacion de su Madre fué como una confesion pública y solemne de su mancha; quiso que fuese revestida mediante un par de palomas, como si tuviese necesidad de rescate el que era el Redentor de todos. El trabajo, el pesar, la fatiga, la muerte, son consecuencias del pecado; y él se sometió á ellas como jamás hombre alguno estuvo sometido ántes que él. Y esas no eran más que las señales exteriores de la forma de pecador que su alma llevaba ante Dios, juez y vengador. Tomó tambien la forma de una víctima, ó más bien fué una realidad que una forma. Todas las formas eran realidades en él. El padecimiento fué la condicion de su vida, fué el importuno compañero de su infancia; jamás se vió libre de él ni un instante. Del mismo modo que era el Cordero degollado desde el principio del mundo, así, á los ojos del Padre y en las terribles realidades de su propio amor, era Jesús crucificado desde el tiempo de Belen. Sus padecimientos excedieron á todos los martirios hasta en cada una de las horas de su vida de Niño. Expresó esta verdad cuando se apareció á Dominica del Paraiso bajo la forma de un niño todo cubierto de heridas.

Las tres virtudes de su Pasion fueron tambien las tres virtudes de su Infancia, y su práctica heróica forma la cuarta clase de sus penitencias. Esas tres virtudes son: la obediencia, la humildad y la paciencia. Obedeció con toda perfeccion al Padre Eterno, al emperador pagano, á María, á José y á Herodes. Cuando recordamos lo que él era y de qué sublimes privilegios estaba dotada su alma humana, comprendemos cuán prodigiosa era en él la virtud de la obediencia, y cuán heróica era su práctica para su ciencia, que percibia todo cuanto tenía de incompatible con la divinidad; y para su amor, cuando llegó, como lo hizo con frecuencia, á arrastrar á los demás, y especialmente á su Madre querida, á las dificultades que suscitaba. Someter á María al viaje á Belen, a las negativas que sufria en las poblaciones y á todas las miserias de la Gruta, fué un maravilloso acto de obediencia al gobierno romano, que hubiera podido ser omitida sin sombra de imperfeccion. Ser desviado de su carrera, como una hoja impelida por el viento de otoño, por un miserable Herodes ó Arquelao, fué una indignidad extraña para el Verbo Encarnado; pero la perfeccion de su obediencia lo exigia. Su humildad nos ofreceria un asunto interminable: es el alma de los doce principales misterios de la Infancia; en todos se respira el perfume de un abatimiento ó rebajamiento inconcebible. El ejercicio de la humildad es para todos, más ó ménos, una penitencia, pero era una violencia para el alma gloriosa de Jesús, que veia á Dios y estaba ya beatificada, lo cual, en Nuestro Señor, dió á esa virtud un carácter particular. Su paciencia fué tambien casi más prodigiosa en Belen que en el Calvario: allí, como aquí, suprimió los auxilios que su naturaleza divina estaba pronta á prestar á su humanidad; alli, como aquí, detenia las olas de beatitud, que querian inundar todas las facultades de su alma y exparcirse por todos sus sentidos glorificados; pero en Belen hizo llevar á su infancia el peso de su edad madura; sus padecimientos fueron tan sensibles como sobre el Calvario, y fueron más inoportunos, más fuera de razon, más incómodos y más inconvenientes (si nos es permitido hablar así), porque no se debe olvidar que nada más que la gloria conviene al Verbo Encarnado, cuyos padecimientos sacan su conveniencia de la inmensidad de su amor.

¡Qué vision para María la de la vida interior de su Hijo celestial!... Vió al Verbo Eterno, el gozo sin límites de los ángeles, el esplendor marcado del cielo, al brillo de las perfecciones divinas, sentirse él mismo maldecido de Dios, desterrado de la creacion, cargado con el odioso peso de todas las impurezas del mundo, revestido, disfrazado, envuelto por las iniquidades multiplicadas de tantos millones de pecadores, durante tantos millares de años: vió pesar todo eso sobre la pureza de su alma inmaculada. Vió al que contiene todas las criaturas, sin tener una morada, le vió perdido en un mar de pecado y padeciendo, padeciendo en Gethsemaní, padeciendo durante los treinta y tres años de su vida; padeciendo durante los dias de su Infancia querida, miéntras que merced á su amor, los demás niños estaban alegres y sin cuidarse de nada. Vió formarse las lágrimas en los ojos del Eterno, y tembló. ¡Oh! ¡Cuán terrible en sus dulzuras fué la maternidad de María!... Aquellas lágrimas corrieron para que nosotros pudiéramos sonreir, para que nosotros tuviéramos derecho y motivo para sonreir, para que pudiéramos servir á Dios con nuestras sonrisas, amarle con nuestras sonrisas y casi hacer penitencia con nuestras sonrisas; porque en los actos más felices le la santidad más fácil, el Niño Jesús es el que nos ha preparado una virtud capaz de satisfacer á la inmensa justicia. de Dios. Si, pues, despues de las lágrimas de Belen derramamos lágrimas humanas, serán producidas, ó por un dulce y gracioso pesar de nuestros pecados, ó por el júbilo de un exceso de amor, ó por una compasion llena de encantos; y esas lágrimas, que son un dón privilegiado más bien que una penitencia, llegará una hora en que la mano de Jesús las enjugará para siempre jamás en la casa de su Padre.

Capítulo VIII Ya, el Cielo

Se ha dicho que el gozo tiene ménos dignidad que la tristeza, y eso es comprender muy mal la creacion, áun despues de la caida. En realidad, el gozo tiene el rango inferior; mas, por lo mismo, es el más profundo de los dos. El corazon del mundo espiritual, el foco de todos los fuegos es un gozo inmenso y este mundo sirve de fundamento al de la tristeza. Del mismo modo que debajo de cada piedra se encuentra humedad, así tambien debajo de cada tristeza hay gozo, y cuando llegamos á comprender bien la vida, vemos que, en último resultado, la tristeza es el ministro del gozo. Nosotros excavamos el fondo de la tristeza para sacar de él las piedras preciosas y el oro del gozo. La tristeza es una de las condiciones del tiempo; el gozo lo es de la eternidad. Toda tristeza consiste en un destierro léjos de Dios, y todo gozo en la union con él. En el cielo, el gozo expulsará la tristeza, miéntras que en la tierra no hay una posicion de donde la tristeza pueda desalojar completamente al gozo. El gozo se adhiere á nosotros como criaturas de Dios: nos acompaña por todas partes; su perfume es sensible en derredor nuestro; sus rayos brillan sobre nosotros y nos dan un atractivo que no podríamos tener por nosotros mismos; desciende sobre todo lo que se halla en relacion con Dios. No existe más que un lugar en donde no hay gozo, y esa sombría region obedece á leyes especiales, y sólo es tinieblas, porque no querria ser luz. En todo cuanto pertenece á Dios hay una tendencia irresistible al gozo: en realidad, el gozo y la tristeza no son contradictorios: la tristeza es el reposo del gozo, su sueño, la sombra que le suaviza, la oscuridad que hace la luz más bella, la noche que da á cada mañana la alegría de una resurreccion. Viven juntas, porque son hermanas: la alegría es la primogénita; y cuando muera la más jóven, porque debe morir, la otra conservará siempre un recuerdo tan grato, que formará parte de la felicidad en el cielo.

Hay hombres en el mundo que tienen la dicha de tener siempre su espíritu gozoso y de dejar en pós suyo y por todas partes la alegría: brota de sus dedos como destelllos de luz. En su presencia, en su compañía silenciosa hay algo de que no podria separarse el gozo: poseen para regocijar el corazon una influencia irresistible; parece que ha pasado por encima de ellos la sombra de Dios. Esparcen la luz sin pensar en ello, y los corazones tímidos se aventuran á manifestarse en lo exterior, casi se despojan de su carácter melancólico y figuran alegremente en los dorados rayos de aquellas brillantes naturalezas. En cierta manera tambien el gozo conduce á Dios: le proclama sin hablar de él; lleva consigo como un perfume de su presencia; deja en pos de sí la paz, y con frecuencia, las dulces lágrimas de la oracion: bajo su imperio todo llega á ser cristiano sin ruido: aclara, madura, suaviza, como hace el sol, los objetos más rebeldes que entran en su esfera. Un sólo corazon dotado de esa manera, es el apóstol de sus vecinos cada uno reconoce su derecho, que no piensa en hacer valer, ni tiene necesidad de ello, porque nadie se sustrae á su irresistible amabilidad. El gozo es como un misionero que habla de Dios; la tristeza es un predicador que por el terror arranca á los hombres del pecado y los lleva á los brazos del Padre celestial, ó los aparta, por la fuerza de sus raciocinios, de los peligrosos placeres del mundo. Los grandes corazones de que hablamos se parecen más al primero que al segundo: tienen que cumplir una grande obra para con Dios, y lo hacen cuando ménos lo piensan. Es su soplo que obra, es su estrella, es la ley que los guía. Llevan en si una llama que no era falaz en su juventud, y que la edad dora sin disminuir el calor: vivir con ellos es hallarse en un estado perpétuo de alegría, sin nubes ni disgusto alguno. ¿Quién será el que no haya conocido semejantes almas? ¿Quién no las habrá debido despues de la gracia lo mejor que tenian en sí?. Dichoso el que en la casa paterna respira su atmósfera!. Su gloria puede haber desaparecido como el sol bajo el horizonte, pero no reflejará sus rayos hasta que llegue la hora en que, á su vez, vaya á disfrutar el reposo. En verdad, aquel es el hombre más grande, el más feliz, el más semejante á Dios, el único poeta verdadero que ha unido con verdadero gozo á su parte de felicidad en el mundo.

Hay otras almas, que para ser dichosas, tienen necesidad de gozo y que están dotadas de una rara capacidad para sentirle, más bien que de la facultad de manifestarle. Le reciben como la tierra seca absorbe la lluvia: debemos recordar que no hablamos del placer, sino del gozo. Parece tan necesario á su salud espiritual, como la tristeza para la mayor parte de los hombres: sin embargo, son mucho más numerosas de lo que se supondria á primera vista. La práctica del mundo las hace descubrir en donde pareceria imposible encontrarlas, y el sacerdocio cristiano las ve sin cesar refugiarse á la sombra de su ministerio íntimo. El gozo las es necesario como la luz del sol á las plantas: bajo su influencia crecen, se desarrollan y se cubren de flores de virtudes varias, y no tienden únicamente á elevarse, como suponen comunmente juicios mal fundados. Siguen caminos hondos, en los que los rayos del sol esparcen más calor: buscan la frescura y la humedad que no se encuentran sino en los parajes bajos. En su mayor parte son almas humildes y sólidas, y más bien el exceso de su fuerza que las irresoluciones de la debilidad, es lo que las hace tan necesario el espíritu de contento. El gozo es para ellas un lastre y no una vela: su naturaleza las lleva á navegar rápidamente: el gozo es el que las conduce al puerto. El gozo es para ellas una presencia perpétua de Dios y un manantial trasparente, de donde el espíritu de oracion saca agua fresca á cada momento. El gozo es el que las da el apego á la mortificacion y el que fomenta la excesiva caridad de sus juicios acerca del prójimo. El gozo las dulcifica, las abate y las eleva. Pueden hacerlo todo bien cuando están gozosas, y lo hacen mejor cuando su gozo es más perfecto. Cuanto más se eleva su gozo, más profunda es su humildad. No pueden comprender que sea de otro modo, cuando se las advierta que se prevengan contra la ilusion. Tienen su parte en la tristeza, y saben sobrellevarla con gracia, pero siempre tienen comunicacion con ese mundo del gozo que subsiste debajo del de la tristeza, y el alma queda libre. Tienen un contento interior inalterable, porque siempre consiguen cuanto desean, porque el espíritu de gozo les hace capaces de poner en práctica una verdad, que llega á ser como el áncora de su vida; y es que el esfuerzo es siempre más grande que la obra, porque hay una capacidad más grande para asir lo que es divino. No son mundanos, porque la luz que llevan en sí mismos eclipsa las luces más débiles del exterior: no obstante, son dichosos en el mundo, y gozan en él la felicidad ordinaria, sencilla é inocente: porque la tierra nos parece más bella que nunca, cuando nuestros oidos están complacidos con los sonidos del cielo. Cuando el oido no oye, la vista se aprovecha de la facultad que ha perdido. El que no oye más que los cantos de los ángeles miéntras contempla un hermoso espectáculo sobre la tierra, ¿qué vision más encantadora podria desear del lado de acá de la tumba?. Ve el mundo demasiado pequeño para percibir el mal, y si le percibe, no se fija en él, y mucho ménos se deja contaminar con sus manchas: para él no es más que un espectáculo, y eso basta para hacerle feliz, porque los sonidos que acarician su oido llevan la beatitud á su corazon. En un verde paisaje, las aspas de los molinos giran con tanto silencio, y casi con tanta gracia, como los bosques lejanos ondulan á impulso del viento; pero cuando ya se llega cerca de ellos, se oye el ruido desapacible, Semejante á la voz de los malvados: para el de que hablamos, los alegres espectáculos de los paisajes de la tierra son los molinos silenciosos; no se aproxima bastante para oirlos, y si lo hiciese, resuenan en sus oidos otras (voces), voces que las hacen insensibles á todo ruido exterior. El gozo puede poner á prueba el alma lo mismo que la tristeza; para ello tiene sus medios peculiares. Tiene tambien sus temores como su hermana la tristeza , y es un dón del Espíritu Santo, lo cual no es aquélla, que no es más que un regalo de una juiciosa Providencia. Por último, el gozo tiene sus santos, para ser modelos de las almas que les pertenecen; santos cuya gloria es el ménos capaz de comprender el mundo.

La belleza es parienta de la alegría, y la belleza de las cosas celestiales tiene la misma virtud para desasirnos del mundo. El amor del mundo consiste en gran parte en una atmósfera intelectual y moral, y la belleza de las cosas divinas, llevando en ellas el gozo que las es propio, nos rodea de una atmósfera sobrenatural, que con el tiempo trasforma nuestra vida interior y se la asimila. Veremos que ese será el resultado de nuestras meditaciones sobre los gozos de la Santa Infancia. Si presagia sus años de la tierra por las sombras del Calvario, anuncia tambien los años eternos por el cielo que está ya en su corazon. El Calvario es el tema de las melodias de Belen y el cielo es el tema de los dos.

Mas ¿en dónde colocar el gozo de una infancia abrumada de tristezas sobrenaturales y perpétuamente eclipsada por una espantosa oscuridad, como ya hemos visto en el capítulo anterior?. Si el imperio del gozo debe abrirse ante nosotros con tanta extension como el del dolor, ¿cómo no se neutralizan mútuamente, ó son vanas imaginaciones de las escuelas?. La fe nos enseña que existen ambos áun cuando no nos descorra el velo del método de esa armonía sobrenatural. No dudamos que la agonía de Nuestro Señor en el Huerto fuese un tormento de los más refinados, pero tampoco que al mismo tiempo gozase de la vision beatífica de la Santísima Trinidad. No podemos comprender las operaciones de dos naturalezas en una Persona, ni la de una naturaleza humana unida á una Persona divina, ni tampoco la doble vida de viajero y comprehensor ó bienaventurado que el alma de Jesús llevaba á la vez sobre la tierra. Del mismo modo no podemos permitirnos hablar como si las dos naturalezas no fuesen más que dos voces ó dos instrumentos de música, y que la Persona del Verbo emplease sucesivamente uno ú otro. Como las de la naturaleza divina, las operaciones de la Santa humanidad eran incesantes: al mismo tiempo la ciencia perfecta del alma humana hacía toda su vida interior simultánea y no sucesiva; por manera que no pasaba del gozo á la tristeza y de ésta al gozo. Verdad es que en los límites de la Santa Infancia hay un mundo de gozo tan vasto, tan completo, como el mundo de tristeza, sobre el cual ya hemos meditado. Habia allí dos vidas en una sola: procedian sin mezclarse, pero sin ser independientes ó separadas: no se puede marcar su límite, como no se pueden fijar los de las aguas de un lago y de un rio ántes de que se hayan confundido. Los menores fenómenos de la parte impresionable de su naturaleza humana, estaban reglados y determinados tan bien, que estaba seguro de que su beatitud no suavizaria las angustias de su agonía, ó de que la prevision de su Pasion no ácibaria el gozo que le producia el amor á su Madre inmaculada. Así, el mundo de la tristeza, con todas sus consecuencias, era tan real y tan sustancial, como si hubiera sido el único elemento de su vida: por otra parte, el mundo del gozo, con todas sus consecuencias, no tenía ménos realidad, y esparció sobre su vida tanta gloria como dolores. Sólo que por consecuencia de las circunstancias de la Encarnacion y de la preeminencia de la Obra de la Redencion, el mundo del gozo nos es ménos conocido porque es más profundo. No ha habido sobre la tierra una revelacion exterior como la del Calvario, que fué la revelacion exterior de una tristeza interior. Su vida en el Cielo es el desenvolvimiento ó desarrollo de su secreta beatitud sobre la tierra. El gozo no atrae nuestras simpatías tan directamente como la tristeza: somos egoistas hasta en el amor más puro á Nuestro Señor. No podemos pasar sin su Calvario; su cruz nos atrae, porque por su cruz. nos. ha atraido á él: ¿qué tenemos que hacer ahora con su gloria, nosotros que procuramos temblando aplicarnos su Preciosa Sangre? Además, su gozo era enteramente suyo, y aunque tuviésemos en él nuestro sitio, porque su amor nos ha concedido uno en todo lo que es suyo, teníamos, sin embargo, ménos relaciones con él que con sus dolores, que habíamos causado con nuestros pecados. En virtud de la union hipostática habia en el alma de Nuestro Señor una adorable inmensidad que permitia á aquellos dos mundos de gozo y de tristeza coexistir y ser dos fuentes iguales, simultáneas, de innumerables y tiernos misterios.

La Santa Infancia fué la Cruz de San José: Belen fué para él el Calvario: las turbaciones é incomodidades que lleva consigo la Encarnacion, cayeron sobre él como una carga especial. Cuando comenzó su obra era comparativamente viejo: los tesoros de Dios fueron confiados á su custodia. La duda, el temor, la ansiedad, el afan, las miradas del público y una grave responsabilidad, son las pruebas que pesan sobre los que han pesado el primer período de la edad viril, y más abrumadoramente que de ordinario, sobre un corazon tierno y afectuoso como el de José. No podemos menos de representárnosle como más apto para la contemplacion que para la accion, ya sea por su extremada bondad, ya por su notable tranquilidad de espíritu; y sin embargo, le era preciso buscar y encontrar en la tímida reserva de un contemplativo el valor de un Apóstol. Durante cerca de trece años, la Encarnacion apénas le dejó un dia en paz, y cuando en Nazareth disfrutó una especie de tranquilidad mezclada con desasosiego, los ardores del amor divino alimentados por la proximidad de Jesús devoraban su vida en silencio. Estamos convencidos de que toda su vida terrestre no fué más que una preparacion para el oficio celestial, con que al fin debia ser revestido. Muchos santos tienen una cruz especial que se eleva por encima de las demás, y da su carácter á su santidad lo mismo que á su vida. ¿Quién duda que Belen fuese la cruz de José?. Sin embargo, encontró allí una hora de paz, un mundo de gozo. Apénas hubiera querido cambiará Belen por el cielo: así vemos á Simeon orar para obtener el permanecer acá abajo, hasta haber visto el Cristo del Señor sobre la tierra. Belen le era querido, no sólo porque era una cruz y él era un santo (y los santos siempre se hallan prendados de sus cruces), sino tambien porque era un gozo maravilloso y abundante. Los misterios que marcaron los doce primeros años fueron para él manantiales de santa alegría y de amor divino. La vista de Jesús era una vision sin fin, no tan sólo agradable al alma sino que la hacía desbordarse en dulzuras espirituales. El brillo de sus ojos, el sonido de su voz, el movimiento de sus dedos, sus actitudes y sus diversas ocupaciones, sumian á José en un delicioso éxtasis. Su discernimiento espiritual y su union con Dios, le hacian capaz de penetrar profundamente todas esas cosas.

Si Juan Bautista, ántes de nacer, se extremeció de gozo al oir la voz de María, ¿qué debió ser la compañía de la Madre sin pecado para José, á quien más pertenecia despues de Jesús?. Su amor conyugal formaba parte de su religion. Los servicios que le prestaba con ternura eran un culto que le santificaba y acercaba á Dios. María es, para toda la tierra, un rico manantial de gozo, y José es el que está más próximo al sitio del peñasco de donde brotaba fresco y abundante. ¿Cuánto y cuán grande fué el gozo que le produjo?. Su oficio cerca del Verbo encarnado era de tal naturaleza, que sólo le ejercia temblando; temblando como los tronos tiemblan en el cielo, con un exceso de respeto que es tambien un exceso de amor. Si la elevacion humilla á los santos, y si la humildad es de todas las gracias la más fecunda en gozo interior, ¿cuán grande debió ser la humildad de José, y cuán trasparentes los raptos de su gozo?. El amor le dominó, y así murió; pero podemos creer que los sacudimientos (por decirlo así) de su gozo, prepararon su alma para la salida del cuerpo. En Nazareth, sus cuidados de lo exterior fueron menores; su atencion estaba exclusivamente fija en Jesús. El divino Niño, al crecer, y al tomar parte en los trabajos de la pobre casa, pasó; en un sentido, de la direccion de María á la de José, cuyos mandatos, enseñanza y relaciones con él llegaron á ser más frecuentes y directos; y si, como creemos, cada órden que le daba conmovia su alma hasta su centro por los estremecímientos de un temor estático, fácil es comprender que el santo viejo, en los encantadores ardores de sus últimos años, debia inevitablemente llegar á ser presa del amor. Además, la imágen del Padre Eterno descendida sobre él, no podia ménos de producir un gozo demasiado lleno. de profundo respeto para ser agitacion, pero hecha para abrumar con el peso de la felicidad á una alma, que una hubiera sido expresamente escogida para llevar tan incomparable peso. Era una de esas sombras inefables que la Santísima Trinidad se complace en esparcir en su derredor; y si el seno de Abraham era una dulce mansion llena dé beatitud, en donde las almas de los antiguos patriarcas aguardaban que el cielo fuese abierto por la resurreccion de Jesús, ¿qué debia ser el seno de aquella nube augusta y divina en que el alma de José se hallaba envuelta?. Hasta para nuestros corazones la devocion á la Santísima Trinidad es una devocion de puro éxtasis, porque consiste en la más pura adoracion: ¿cuál, pues, debió ser la alegría del espíritu de José?. Llevar en sí la imágen de la Primera Persona, era bastante para elevar su júbilo á un inefable grado de intensidad. El Padre incomunicable de quien los apóstoles dijeron: "Mostradnos al Padre, y eso nos basta", le habia comunicado su semejanza; era como una especie de mision visible, cuya Persona repugna á la idea de mision, pero cuya presencia especial acompañaba la mision de las otras dos Personas. Además, por su semejanza con el Padre, gozó de una misteriosa similitud con el Hijo; y por los servicios que prestó á María, representó tambien al Espíritu Santo el gozo increado de la Divinidad. ¿Quién seria capaz de analizar el gozo celestial producido por semejantes fuentes? ¿Quién puede decir su nombre, enumerar sus cualidades y determinar sus proporciones y su medida?. Y sin embargo, José debia á la Santa Infancia esa imágen del Padre Eterno. ¿No era, pues, para él una tierra de delicias, y en cierto sentido una tierra de paz, áun cuando le hubiese cabido en patrimonio como una herencia de padecimientos?.

Con más razon todavía podemos decir otro tanto de María. Su doble vida simultánea de gozo y de tristeza es una de las semejanzas más notables entre su corazon inmaculado y el Sagrado Corazon de Jesús. Era la Madre de los gozos, á la par que la Madre de los dolores. Sus penas, en aquellos primeros años, no hacian más que reproducir, segun la medida de su alma, las de la Santa Infancia. Las palabras de Simeon habian fijado en su corazon casi todo el Calvario: pero además, casi todos los misterios de la Santa Infancia fueron para ella misterios de dolor. El gozo de la Natividad fué acibarado por todo cuanto tuvo de amargo, no para ella, sino para su Hijo amado. La presentacion fué un misterio gozoso, y sin embargo, es el primero de los siete dolores que escogió la Iglesia para hacérnosle meditar. Para ella, todo lo que brilla tiene su lado oscuro. La ley que el corazon de Jesús se habia impuesto , el amor la imponia al corazon de María. La huida al Desierto fué un pesar que hubiera sido desarreglado, si semejante debilidad hubiera podido conciliarse con las perfecciones de su alma régia: su mansion en la tierra del destierro, no estuvo exenta, lo mismo que su regreso, de las vicisitudes siempre renovadas del padecimiento: su alejamiento de Jerusalen fué tambien un pesar, y la Infancia terminó por la cruel prueba de verse abandonada tres dias. La Santa Infancia fué, pues, para María un campo fértil en tristezas. Y sin embargo, ¿qué fueron al par de los suyos los gozos de todos los santos?. Sus dolores mismos estaban tan llenos de gozo, que no los hubiera trocado por las más halagüeñas dulzuras que hayan podido jamás retener á una alma cautiva en el amor. Si exceptuamos el Sagrado Corazon de Jesús, ¿qué fuente de gozo en la creacion puede compararse á su maternidad?. El esplendor de su maternidad, la profundidad de sus afectos, la divinidad de su misterio, la grandeza de su gloria, la magnificencia de sus prerogativas, la divina hermosura de su objeto, el encanto inefable de su experiencia, y todo cuanto ha habido siempre en el inmenso mundo de Dios, ¿puede compararse á las prodigiosas realidades de la felicidad de la Virgen María?. Estamos tan distantes de comprender esas realidades, que la mayor parte se escapan hasta á nuestras conjeturas. Existen entre ellas diferencias de grados tan marcados, que llegan hasta á constituir diferencias de naturaleza, trasportándolas á otra atmósfera. Así, toda la vehemencia del amor de las madres de la tierra reunidas, no nos darian una idea del amor maternal de María: y el amor, áun cuando lloró, ¿no es el más intenso de los gozos terrenales?.

Seguramente no seria excesivo afirmar que todos los gozos del mundo angélico reunidos no podrian serle comparados, ni en la cantidad, ni en la calidad al gozo de la maternidad de María. Todos los demás, desde su Inmaculada Concepcion , hasta su Asuncion, tuvieron su origen en aquélla. Pero si consideramos exclusivamente sólo el gozo de la maternidad, domina y eclipsa á todos los gozos de la creacion angélica. Desde el dia de la Natividad aquel gozo estuvo sin cesar y en el más alto grado en su alma, y no tenemos razon alguna para creer que jamás fuese suspendido. No nos es permitido pensar que el alma de María haya sido trastornada ni aun por sus dolores, ó que el pesar haya absorbido las inmensas y poderosas facultades de su espíritu, en donde por sus dones, el Cristo hacia revivir su imágen. Indudablemente podria decirse, mas para eso seria preciso ignorar ó no comprender las maravillas de su vida interior. Sea como quiera, durante la Santa Infancia, cuando tenía al recien nacido sobre sus rodillas y le tocaba, le veia, le oia,le daba de mamar, le vestia, le cuidaba y le prodigaba las mil caricias de Madre, y su adoracion de criatura, mezclada con una fruicion y un asombro siempre nuevos, está fuera de duda que el gozo de su maternidad reinó en su bella alma. Su gozo es una de las maravillas operadas en ella. La Iglesia nos invita á meditarle, autorizando y aconsejando la devocion á los misterios gozosos de nuestra Madre: ha escogido siete, de los cuales cinco pertenecen al periodo de la Santa Infancia: la Resurreccion parece renovar la dicha que experimentó al volver á hallar á Jesús en el templo. El recien nacido de Belen parece haberla sido devuelto, cuando descendido de la Cruz, su Hijo volvió á ocupar su puesto de Niño en las rodillas de su Madre: la Ascension fué la glorificacion de la carne y de la sangre, á las que aquel honor no era ménos debido en el pesebre de Belen que en el monte de los olivos. La Ascension no fué más que una manifestacion pública de los dos secretos de la Santa Infancia. El que medite sériamente los siete misterios gozosos de María, reconocerá bien pronto que entre todas las glorias de la creacion, la de esa criatura sin pecado es una de las más grandes: recibe del cielo luces intimas que refleja maravillosamente en sus apacibles profundidades: pasa de esplendor en esplendor, y esa variedad encanta la vista del que la contempla con amor y respeto: nos hace penetrar en el secreto de Dios, y nos le muestra en toda la grandeza de sus vías excepcionales y de sus obras extraordinarias. Algunas veces la niebla se disipa ante el brillante paisaje de sus gozos; y como en los abrasados claros de las nubes al ponerse el sol, vislumbramos lo que hubieran sido las maravillas de la creacion sin la caída: la percibimos tal como salió lozana y virginal de manos del Criador. Pero sobre todo, en los misterios de la Infancia es donde esos destellos son más vivos y frecuentes. Así, por la virtud de la Infancia de Nuestro Señor, habia en María un cielo de luz y una tierra de tinieblas; para ella, como para él, el mundo era una noche de destierro; como él tambien, pero en un grado ménos perfecto, estaba cerca de su morada celestial, aunque como él, no hubiese todavía llegado á ella. En ella, como en él, el esplendor de su cielo de luz era lo que la hacía tan tristemente profunda la oscuridad de su tierra de tinieblas.

Pero la obra maestra del gozo es el Sagrado Corazon de Jesús. Jamás las bendiciones de Dios se habian producido con un esplendor tan deslumbrador y una munificencia tan ilimitada, como para aquella naturaleza creada á que se habia dignado unirse. En todos los instantes y áun durante el abandono en la Cruz, y á pesar de la violencia de su afliccion, Jesús era casi infinitamente bienaventurado; mas si durante su mansion en la tierra hubo una época más particular de gozo, es la que se llama los misterios gozosos de su Infancia. El uso de los fieles, que suele ser una teología exacta, asigna el gozo á su Infancia tan instintivamente como atribuye el dolor á la Pasion y reserva la gloria para los cuarenta dias despues de la Resurreccion. Es verdad que la ciencia perfecta de Nuestro Señor dió una extraordinaria igualdad á su vida, permitiéndola vivir, por decirlo así, muchas vidas á la vez. Mas al ménos para nuestra devocion es preciso buscar el gozo en su Infancia, ó renunciar á buscarle en otra parte. Añadamos que nuestro objeto, al presente, es ménos el gozo completo de Jesús que los gozos especiales de su Infancia.

El primer gozo de su humanidad Santa fué en su adoracion de Dios. La mayor felicidad de la criatura consiste en adorar á su Criador con todo el fervor de que es capaz un espíritu creado: pues bien; la vista de Dios provoca en el alma la adoracion más perfecta que la es posible; si, pues, consideramos un espíritu creado, ya sea como recibiendo pasivamente y por la luz de la gloria la vision beatífica del Altí simo, sea elevándóse á ella por sus propios actos, ayudados por la misma luz de gloria, reconoceremos que la palabra adoracion es la expresion ménos inexacta de la gloria y de la felicidad de su union con Dios. Si la vista de Dios no despertase en el alma la armonía y el esplendor de la devocion, sería como el sol cuando esparce sus brillantes rayos sobre los peñascos de alguna montaña estéril. Pero semejante suposicion es imposible. La vision lleva consigo á la criatura un mundo de luz, de gozo, de amor y de gloria, que produce el éxtasis de la adoracion. El pecado es un obstáculo para el amor. Nuestro amor á Dios es tan poco generoso, y nuestros esfuerzos por la santidad tan débiles, que no hacemos más que aglomerar palabras cuando hablarnos del progreso de la beatitud del cielo. Y sin embargo, sabemos indudablemente por experiencia, que no hay placer en la vida más feliz que iguale á las delicias de ese tumulto; pacífico, excitado en el alma por el culto de adoracion que rendimos á Dios. Nuestros sentidos mismos parecen participar del gozo general de nuestra naturaleza: nada nos falta, toda aspereza se allana, todo vacío se llena, con contento poderoso, á pesar de su calma, penetra por todas partes, hasta en profundidades que ni siquiera sospechamos, y toma posesion de ellas con una plenitud que por el momento duplica nuestra vida. Estamos tan completamente para Dios, que todo lo que somos es por su union con él. El gozo de esa union hace sensible la unidad de nuestra naturaleza; sólo la adoracion puede colmar de gozo á un espíritu creado. Las vidas de los santos nos hacen ver esa verdad, por medio de ejemplos que apénas comprendemos. ¿Qué era pues ese Jesús?. Si su adoracion era en un sentido igual á Dios mismo, ¿cuál, pues, fué su gozo?. Todos los éxtasis de los santos estaban muy léjos de ese encanto que llevaba sobre sus alas esa alma maravillosa hasta en medio de los juegos de la divinidad.

Un segundo gozo, en que pueden tomar alguna parte las criaturas, para quienes la soberanía reconocida de Dios es la más querida de las doctrinas y la más dulce de las devociones, le encontraba en los decretos de su divina Persona sobre la creacion. Allí su alma humana descubria los esplendores de los atributos divinos en toda su claridad y su atractivo; tan pronto tenian la majestuosa belleza de la tempestad, como la no ménos gloriosa hermosura de la calma. Cantaban en derredor del trono, formaban una armonía universal en cuyos acordes todas las divinas perfecciones y todas las cosas creadas venian á reunirse en una sola melodía; esparcian sobre la eternidad las grandes líneas y los tipos del tiempo, y la eternidad, léjos de quedar desfigurada, tenía en cierto modo más esplendor; las dificultades de la creacion no eran más que los puntos por los que la obra bosquejada se aproxima más á Dios; el misterio de la libertad de Dios era enaltecido, y no restringido, por la inmutabilidad de sus decretos, miéntras que la libertad de la criatura estaba asegurada por sólo sus limitaciones con más plenitud que hubiera podido estarlo de otra manera. Su alma humana debió sentir un gozo inefable al conocer que todos esos decretos no eran más que los rayos de su propio esplendor dividido en rayos aparentes, las nubes inaccesibles á través de las cuales llega hasta nosotros mientras que en realidad es uno é indivisible. Esos decretos le hacian la creacion tanto más querida cuanto que en ellos, sobre todo, es donde buscamos la profunda razon de su amor á las criaturas; por causa de ellos el divino Niño experimentaba esa inefable alegria de que nos habla el libro de la sabiduría, formando , por su naturaleza creada, parte de su propia creacion, como si la creacion fuese á la vez tan amable y tan amada de él; que saliese de si mismo para entrar en su seno. No podia abandonarnos la creacion entera, pues queria compartirla con nosotros; una naturaleza creada fué la parte escogida por el Hijo increado de Dios.

Las delicias que proporcionaba al Niño Jesús su humanidad Santa constituyen su tercer gozo. El uso de su razon le causaba un placer sin fin; cada operacion de su espíritu iba acompañado de gozo, y eso por muchos motivos, tales como la armonía y la perfeccion de su naturaleza humana, la excelencia de su ciencia, su santidad y la union hipostática. Sus mismos sentidos le producian gozo, como que debian estar con los espíritus glorificados en el cielo, aunque su gloria sensible estuviese cubierta con el velo ordinario de la infancia. Por su Corazon, amigo de los hombres, tenía tambien un gozo particular al verse emparentado con todo el género humano. Un hermano se multiplica por su amor á sus hermanos; en el amor fraternal hay un dón especial de duplicarse y triplicarse y añadir nuevas vidas á nuestra propia vida; el amor filial, paternal y conyugal no tienen ese privilegio, ó por lo ménos le tienen de diferente manera; hacen nacer iguales á ellos mismos: el amor fraternal multiplica milagrosamente nuestro propio sér. El Niño Jesús era el hermano de todo hijo de los hombres, nacido ó por nacer; veia á todos sus hermanos sobre la tierra entera y en toda la sucesion de las edades; vivia con anticipacion en sus corazones con el más íntimo conocimiento y las simpatías más detalladas; todos sus corazones tenian un lugar separado en el suyo ;y allí eran queridos como si no hubiese habido más que un hermano que temiese no inspirar bastante amor. Desde toda eternidad sus delicias habian sido el estar con los hijos de los hombres, y ahora su eterno deseo estaba satisfecho y su alma bebia en aquella fuente que brotaba siempre. amor fraternal.

De su amor á los hombres, caidos ó no, es natural la transicion á su amor redentor y á su amor á los padecimientos que por su propia ley encerraba el primero. Gozaba, pues, en su humanidad Santa, en cuanto le daba la facultad de sufrir, lo cual no podia hacer su naturaleza divina que, por el contrario, sin la intervencion milagrosa de la sabiduría infinita, hubiera hecho imposible el padecimiento á su naturaleza humana. Tres caminos de padecimientos se le presentaron, y los tres los recorrió en toda su extension y como jamás hombre alguno lo hizo ántes ni despues de él. El cuerpo es capaz de agonías diversas, de las que algunas veces sólo la idea nos hace extremecer, pero ántes de llegar al reposo de la tumba, estamos expuestos á sutrir tantas penas corporales, que no es prudente nos detengamos en ellas; y, sin embargo, jamás hubo cuerpo tan dispuesto como el suyo á recibir el dolor, tanto que, como podemos discernirlo en el tenebroso abismo de la Pasion, entró en él por todas las vías que le estaban abiertas. Su alma estaba tambien adaptada para sufrir todas las angustias, y en un grado de que ninguna otra alma ha sido jamás capaz. La reputacion de un hombre es su yo exterior, y presenta un tercer campo de padecimientos á los que somos más sensibles, y que forma acá abajo la porcion más amarga de nuestras pruebas. Jesús abandonó la suya como se arroja una parte del vestido á un animal furioso y fué desgarrada hasta tal punto, que su desnudez sobre la Cruz llegó á ser el símbolo exterior de su vergüenza; habia allí tres reinos que debia á su naturaleza humana, y los poseía como las joyas más preciosas de su corona. Es verdad que la necesidad de la Redencion habia hecho el padecimiento indispensable; pero profundicemos algo más. Su Corazon Sagrado probablemente no era diferente de lo que hubiera sido en una encarnacion puramente gloriosa si el pecado no hubiese existido; de ahí concluimos que su amor á los padecimientos no era un instinto nuevo, una planta exótica trasplantada á su Corazon por la capacidad de sufrir de su carne, sino solamente una nueva forma qne su excesivo amor á las criaturas tomó necesariamente en el caso dado de un mundo caido.

El gozo que su naturaleza humana encontraba en su divinidad es un cuarto manantial de felicidad de su Corazon infantil. Inútil es hablar del gozo proveniente de su union con la Persona divina: no sólo no podemos concebir un gozo más grande, sino que no podemos concebir cómo un gozo semejante era posible á una naturaleza creada. Sólo el poder de Dios podia impedir fuese aplastada por un peso tan excesivo. ¿Cómo no fué reducida á pedazos, cómo no fué consumida, cómo no se ocultó á su propia existencia para sustraerse de la intolerable gloria de un yugo tan soberbio?. Tales son las preguntas que nos hacemos: ¿y cómo hemos de responder á ellas?. En ese gozo habia tambien otro que subsistia aparte: derivaba de la belleza encantadora de la Persona del Verbo, en esas misteriosas apropiaciones que distinguen á la segunda Persona de la primera y de la tercera. Sin duda tambien en los incomprensibles abismos de su profunda alegría habia un gozo causado por la ausencia de la personalidad de su naturaleza humana: esta última se hallaba en una incomparable dependencia, llena de un exceso de felicidad, semejante á los temblores estáticos que han experimentado los santos, cuando su alma, sin dejar su cuerpo, se lanzaba repentinamente á la inmensidad, sin faro, sin estrella polar, y flotando casi al azar y abandonada, sobre la soberanía de Dios, como sobre un Océano. Es preciso añadir el poder de la vision beatífica, y el prodigio que se la hacía gozar miéntras que el pequeño Niño se hallaba sobre las rodillas de María.

La vida de los santos está llena de gozos áun en medio de sus austeridades y de sus padecimientos. Por más ciegos que seamos, vemos que hay más gozo en una hora de santidad, que en todos los años (áun cuando sean muchos), de una vida mediana y disipada como la nuestra. Si todas las emanaciones de Dios son gozosas, la santidad lo es seguramente más que todas las demás. ¿Hemos experimentado jamás un gozo igual al que se siente cuando nos creemos en estado de gracia?. Pues bien; ese es el gozo de la santidad, pero más intenso, si es que no tiene algo de más superior. La santidad es vasta, y Dios llena siempre en todos los corazones el lugar que en ellos se le deja: pero la santidad no es sólo un gozo excesivo; está dotada, por un privilegio que no es universal, del poder de disfrutar de su propio gozo. Pero reflexionando así acerca de la santidad de los santos, en cuanto la podemos comprender el quinto gozo que el Niño Jesús encontraba en su eminente santidad imperfectamente, ¿llegaremos á alguna medida que nos sirva para apreciar?. Si su santidad no se asemeja á ninguna otra, lo mismo sucederia con su gozo.

Era tambien para él, por cien razones, un gozo el ser la fuente de la santidad y de los méritos de tantos millones de sus criaturas, ántes y despues de su venida á la tierra. Se complacia en ver que cual una sombra proyectada de antemano, su santidad habia tenido un poder tan magnífico áun ántes de su creacion, gozaba con delicias del espectáculo de las legiones angélicas, que en una interminable perspectiva de luz, se mostraban revestidas de un esplendor que habian tomado prestado de su santidad humana: veia á los siglos futuros trepar uno detrás de otro las montañas del tiempo, y se regocijaba de que toda la tierra floreciese como un jardin al soplo de su santidad. Soles por venir se elevaban en su alma, y tocaban con su luz las flores y los frutos de una santidad bien lejana todavía: su perfume llegaba hasta él á través de las edades, como los vientos embalsamados de la India se bacen sentir á lo léjos en el mar. Veia la Thebayda de Egipto y otros lugares que nos prometian semejante espectáculo ,cubiertos de plantas raras cuyo follaje, perfume y belleza espiritual, dejaban muy léjos á todo cuanto la fábula cuenta del jardin de las Hespérides. Habia en la tierra rincones despreciados del mundo, en donde el olor de su santidad penetraba por un instante, y hacía dignos del cielo á aquellos gloriosos aunque efímeros edenes. Todo eden, ¡ay! es efímero, pero todos nacen al soplo de la santidad de Jesús. Miraba al cielo, y veia á su santidad humana cubrirle como un dosel, extenderse como el pavimento de sus patios, esparcirse por sus magnificas moradas, como la luz que las alumbra y las embalsama con un suave perfume. Porque su santidad llena el cielo, del mismo modo que es el único principio siempre operante de las vidas santas sobre la tierra. Si Dios, como dice Goethe (porque en su espíritu pagano se agitaban grandes y divinos pensamientos), si Dios trabaja siempre en la creacion, en elevar las naturalezas más bajas al nivel de las más nobles, ¿no podemos añadir que Jesús es la palanca, ó por mejor decir, el iman que levanta la creacion y la vuelve el lugar de su reposo en su criador, de donde tan miserablemente ha caido?. Por su santidad cumple esa obra: ¿de qué gozo debe necesariamente ir acompañada?.

Hay muchas cosas que no sabremos más que en el cielo, porque en la tierra nos las enseñan de una manera bien pobre. Tales son: María, su amor á Jesús, el amor de Jesús á ella; y mil secretos de su Corazon inmaculado, de que no nos preocupamos en la tierra, porque nos es demasido dulce el amar, para que tengamos deseos de saber. Así llegamos al amor que el Corazon del Niño Jesús sentia por María: ese es su sexto gozo, y nos detenemos en él para contemplarle con desahogo. Sabemos que es un manantial sin fondo, y basta á nuestra felicidad sentarnos á su orilla y mirarle correr. Así, en las montañas suelen pasarse largos ratos mirando brotar de un peñasco. una agua cristalina, y alejarse despues con un alegre susurro, semejante á la risa de un niño; un musgo que nada ha manchado, se extiende como una alfombra de diversos colores en derredor de aquella pequeña boca de la enorme montaña, probablemente contemporánea de la tierra, y algunos pequeños guijarros se hallan precisamente colocados sobre sus bordes, que pudiéramos llamar labios, como para darles una voz que cante: los que se hallan sentados á la orilla no piensan en las venas peñascosas, á través de las cuales los hilos de agua se han abierto mil pasos, hasta que, reunidos en uno solo, han formado aquel manantial, y no se inquietan por las maravillas subterráneas que hayan visto aquellos arroyuelos, ni por las épocas remotas en que una convulsion de la tierra ha abierto el peñasco para darles salida; les basta con ver correr el agua, y encuentran en ello un gozo de que su memoria conservará un grato recuerdo por largo tiempo. Así sucede con la fuente de amor filial en el Corazon del recien nacido en Belen. Era un gozo de que no podemos conocer más que los signos exteriores, como se ven debajo de la piel las palpitaciones de las arterias. ¿Quién puede decir su potencia de amor? ¿Quién puede expresar cuán digna era su Madre de ser amada?

Gozaba tambien con el dulce amor que su Madre le profesaba. El amor de toda una creacion es menos para él que el perfume tan puro de aquel amor; el soplo de su sér tan amable y en el que se establece como si fuese una nueva noche para él, ese amor le alimenta como si fuese su sustento: sumerge en él su vida de Niño, para que su esplendor le cubra, y reposa en él como si hubiese encontrado un cielo sobre la tierra: reviste con él su pequeño cuerpo como con un vestido angélico, y se baña, por decirlo así, en aquel ardiente y puro amor que su. Preciosa Sangre ha hecho incomparablemente glorioso. Encuentra en haberla creado un gozo sin precio, maravilloso; un gozo fundado en que el Hijo es el que ha creado á la Madre; se regocija de haberla salvado del pecado, no dejándole acercarse jamás á ellá, y redimídola de la cautividad, no permitiendo que nunca fuese cautiva; ¿no es un motivo más prodigioso de gozo que el Hijo haya sido el eterno salvador de su jóven Madre, y que la haya salvado de una manera tan gloriosa, áun ántes de haber nacido?. En ambos casos, ¡que Hijo!... ¡qué Madre!...

Los Santos, como unos bellos espectáculos merecen ser estudiados: es preciso contemplarlos con una especie de paciencia pasiva, y aguardar que los cambios de estacion, la luz en las diversas horas, desde la aurora hasta la noche sombría, las alternativas de tempestad y de calma y los diferentes aspectos del año, nos hayan hecho conocer todas las realidades del magnífico paisaje y todo aquello de que es susceptible. No conocemos á los Santos á primera vista; no podemos apreciar su santidad, ni distinguir sus diversas formas. No podemos comprender instintivamente lo que hay en ellos característico, cual es su gracia especial y el sitio que ocupan en el ornamento de la Iglesia de Dios. Sin embargo, algunos Santos se revelan más pronto que otros: brillan como el relámpago y se levantan de repente ante nosotros como el sol sobre el mar; su brillo encierra toda una historia. En otros, la verdadera expresion de su santidad se halla velada por una reserva casi impenetrable: lo sobrenatural es tan profundo en ellos, que permanece oculto: las corrientes de la vida han pasado por encima de ellos con tanta calma y tan poco efecto, que no han puesto á descubierto su carácter ni dejado señales del cauce por donde han corrido. El grande San José pertenece á esta ultima clase de Santos. Necesitamos habitar junto á él, vivir frente á su puerta en Nazareth y expiarle. Entónces nos irá apareciendo poco á poco algo divino: se abrirá ante nosotros, nos descubrirá sus pensamientos, como una paciente y gradual revelacion. Los siglos de la Iglesia la han enseñado así á conocer á sus devotos individuales. Cada edad ha dado como una expresion de su sorpresa al encontrarle como una montaña más elevada de lo que hasta entónces habia parecido. Y eso es lo que nos da la conviccion de que no podemos hablar de él como merece; y sin embargo, ¡cuántas ocasiones se nos presentan de hacerlo en esta excursion por las cercanías de Belen!...

El Niño Jesús encontraba su sétimo gozo en San José. Gozaba en las tranquilas profundidades de su santidad interior, y sobre todo, en el incomparable secreto de su vida espiritual; en el amor que José le tenía y en el que él profesaba á José. Se fijaba con complacencia en la imágen de la Santísima Trinidad, que se reflejaba de una manera tan extensa y con una calma tan perfecta en el alma de San José: era la sombra y la imágen creada del Padre Éterno; la semejanza era asombrosamente fiel en esa modesta criatura. Pero con gozo inexplicable, el Hijo veia tambien en su padre putativo un segundo él mismo, en el sentido de que era la verdadera imágen increada del Padre, miéntras que José era la sombra creada, y por consiguiente, tambien la sombra del Hijo. Además, como esposo de María, veia en él la semejanza del Espíritu Santo. Y sobre todo eso habia que añadir un amor puramente humano al anciano por sí mismo, y únicamente porque era digno de un respeto afectuoso y de una adhesion profunda. No era solamente á la criatura honrada con el cargo de José á la que amaba con tanta ternura: era al mismo José, porque era José; porque su carácter particular, distintivo, personal, estaba lleno de atractivos y de belleza. Los dones que habia recibido eran amables sin duda, pero no eran los dones á lo que Jesús amaba; era al hombre mismo; y le amaba con un amor filial tan vehemente que, compartido entre todos los padres del mundo, los haria más felices de lo que podrian imaginar. El amor que José le profesaba excedia en grandeza y ternura á cuanto amor paternal ha habido jamás: y ese amor tan prodigioso, tan extenso, tan variado, que todas las paternidades de la tierra podrian tomar prestado de la suya sin agotarle, ese amor era para José un manantial de delicias, llevadas hasta el más sumo grado: llegaba hasta ofrecer á la inmensidad de su amor filial un campo en donde podia extenderse y desarrollarse. Al mismo tiempo, el corazon celestial de José, tan semejante al corazon inmaculado de María aunque con una diferencia tan sensible, tan semejante á su propio Corazon sagrado, aunque tambien con una diferencia inmensa, era para Jesús una causa especial de gozo, porque era en sí mismo un mundo que igualaba en grandeza y en precio al mundo común de los hombres, en donde su insaciable amor á la Encarnacion podia aumentar su expansion en torrentes de impetuoso afecto, y su sed de amor humano encontrar un alivio superior á toda expresion, sin quedar por eso satisfecha. El amor de José á María fué tambien uno de los gozos de Nuestro Señor, así como el amor de María á José: porque el amor de Jesús y de María á José, y el de Jesús y José á María, y el de María y José á Jesús constituyen la unidad de esta Trinidad terrestre.

El ejército de los ángeles adora al Verbo Niño cuando reposa sin hablar sobre las rodillas de su Madre; y su adoracion forma un nuevo gozo, el octavo de la Santa Infancia. Desde hacia muchos siglos can taban su gloria al derredor del trono del Altisimo: conocia cada voz de aquel coro innumerable. ¿Cuál es, pues, ahora el nuevo objeto de su culto, y por qué llenar el Corazon de Jesús de un gozo tan extraordinario?. Hay en su actitud una nueva gracia espiritual, un agrado enteramente especial que no habia ántes. Ven realizada la vision que habian tenido en el cielo; la Humanidad santa que en el espíritu de Dios eran llamados á adorar, se halla ahora ante ellos en hecho y en sustancia. Renuevan el acto á que han debido su corona, el acto de sumision y de vasallaje á esa naturaleza inferior á la suya, y que naturalmente les está subordinada. Él encuentra en eso un gozo como Dios, porque es un tributo de alabanzas en honor de la Encarnacion, y porque su amor es excesivamente celoso de la gloria de su Humanidad: es tambien un gozo para él, porque lo es asimismo, y muy grande, para los ángeles.

Los ve, con delicia, que han llegado á ser los súbditos de su Madre: se regocija de haberla dado el cetro de tan hermoso imperio, y súbditos tan atractivos por su santidad, tan diversos y tan numerosos. Sabe cuánto amará ella á los á los ángeles, y cuánto éstos la amarán, y ese doble pensamiento es una fuente de alegria para su alma: ve su reinado eterno sobre ellos desarrollarse delante de él como una crónica futura del cielo, cuyas páginas están llenas de santas empresas y de heróicas maravillas de santidad angélica. Goza tambien al pensar que será su gozo y el de su Madre cuando vean los huecos de sus filas cubiertos y aumentada su cohorte con las conquistas del amor encarnado. Es siempre un placer particular para él contemplar la altura en que ha colocado á su Madre, sobre todo cuando se refleja en el resto de la creacion.

Pero encuentra en nosotros una grandeza y saca de ella un gozo que es el noveno de su Santa Tnfancia. Goza en nosotros como en criaturas formadas por sus propias manos: no hay ninguno de nosotros á quien no haya sacado de la nada: cada uno de nosotros existia en su espíritu ántes de existir de hecho: la creacion de cada alma de hombre es el desarrollo de una de sus ideas: ve de antemano todo lo que seremos, nuestra sangre, nuestra raza, nuestro génio, nuestro carácter, las obras individuales que ejecutaremos para él. En todas las cosas, excepto en el pecado y sus numerosas y funestas consecuencias, somos lo que él ha querido que seamos, lo que ha tenido intencion de que fuésemos. Somos, por consiguiente un gozo para él, como sus hijos, unidos á él por las tiernas relaciones de criaturas á Criador.

Gozaba tambien en nosotros considerados como sus hermanos. Nuestra naturaleza le era agradable: desde toda eternidad le habia agradado tanto, que la habria tomado en una encarnacion impasible, sino hubiera tenido lugar la falta. Su sangre habla por todos nosotros. Como nosotros, encuentra como una dicha en el sentimiento del parentesco y en las predilecciones de sus misteriosas simpatías. Jamás hombre alguno ha sido tan adicto á su tribu, tan identificado con su fortuna ni tan sensible á su honor, como el Niño Jesús lo ha sido á toda la raza humana. Por inmenso que fuese su gozo en los ángeles, encontraba uno en la preferencia concedida á nuestra naturaleza sobre la suya, no sólo porque necesariamente tiene un goce en todo lo que hace, sino á causa de los lazos de la carne que le adherian á nuestra raza. Digo más: gozaba en nosotros como pecadores: debia venir á redimirnos, y en eso encontraba un nuevo amor que añadir á todos los géneros de amor que habia manifestado por el hombre sin pecado. Ese nuevo amor era un amor lleno de compasion que por sus condescendencias fáciles y sus dulces atenciones, tenía algo de la ofuscacion propia del amor maternal, pronto siempre á ver todo lo que puede excitar la compasion y aumentar el amor, cerrando los ojos sobre todo lo que puede contener su vuelo. Nos atrevemos á decir eso hasta de la inmutabilidad de Dios. Era un amor proporcional á los esfuerzos que debia costarle en sus padecimientos y en su muerte. Diríase que su primer amor habia colocado anchos cimientos, sobre los cuales habia elevado un templo magnífico: pero hemos perdido el poco derecho que teníamos á entrar en él: entónces le habia derribado: trazado planos más extensos, ensanchado su recinto, dado más amplitud á los cimientos y construido sobre las ruinas de que éramos la causa un edificio diez veces más magnífico que el primero. Ese es el sentido de la Iglesia cuando canta de Adam. Dichosa falta, como si el honor de Dios encontrase, como dice el salmista, «buena fortuna ó una prosperidad» en la catástrofe de la caida.

Su corazon niño encuentra un décimo gozo en la prevision del amor de los hombres hácia él. A primera vista parece extraño que atribuya valor alguno á nuestro amor y que manifieste tal deseo de poseerle. Cuanto más reflexionamos acerca de ello, más aumenta nuestro asombro. A ese pensamiento se mezcla una especie de temor y de intranquilidad: despues se vuelve oscuro, poco marcado, y parece desvanecer se como si no fuese una realidad: si la fe no acudiese en auxilio de nuestra debilidad de espíritu, creeríamos que es una cosa absolutamente imposible. Ahora que Jesús reposa sobre las rodillas de María, ¿Qué es lo que ve que da tanto brillo á su mirada?. No fija sus ojos como de costumbre sobre el rostro de María: no mira á José con esa curiosidad infantil mezclada de algun respeto, que con tanta frecuencia hemos observado cuando su vista se dirigia á su Padre putativo: ¿que es, pues, lo que ve?. La Iglesia se abre ante él como un vasto campo: ve los padecimientos de sus mártires, las perfecciones de sus santos, el heroismo de una multitud de sus servidores, la grandeza de mil vocaciones, la variedad ó más bien las diferencias de las santidades, que sin ser la repeticion unas de otras, tienen, sin embargo, una naturaleza comun: las victorias de la Iglesia varian segun las diversas edades del mundo y las diversas trasformaciones del mal de que triunfa: en vano cada error se exalta en su novedad, se proclama invencible y se eleva por encima de todas las que le han precedido y han caido en el olvido. Ve á la fe derribarlos sin cesar, y dirigir todos los progresos de las civilizaciones sucesivas. Todo ese espectáculo le representa un caudaloso rio de amor humano, que despues de un largo curso desagua en su corazon y es recibido en él como en un lago profundo. El corazon se dilata y su Preciosa Sangre circula con más velocidad por sus arterias. Todos nosotros pasamos por delante de él uno por uno, como peregrinos ocultos por la niebla: nos sigue con la vista desde léjos: nos reconocerá y nos concederá una sonrisa como á conocidos antiguos, cuando despues de siglos nos conduzca delante de él en nuestra peregrinacion actual, porque jamás ha cesado de pensar en nosotros durante el curso de esos dilatados años Ve nuestras conversiones, nuestras luchas, nuestra fe, nuestras tímidas esperanzas, nuestro amor y nuestra perseverancia, si tenemos la felicidad de alcanzarle. A esa distancia oye ya nuestros ruegos, como se oye la campana de la aldea situada en el valle al otro lado de la montaña. Todo eso lo produce un vivo gozo. Cuando cada dia atravesamos desde la mañana á la noche esa porcion de nuestra vida, medida por ese vigilante de Dios, cuyos rayos nos llaman al trabajo y comparten nuestro tiempo, nos acompaña un pensamiento lleno de alegría ó de terror, segun queramos tomarlo pero siempre útil, porque hemos entrado por nuestra parte en los gozos del Niño de Belen.

Hasta en la preesciencia de su Pasion encuentra un undécimo gozo, casi demasiado grande para la capacidad de su corazon, que se dilataba para abrazar el sublime sacrificio. Plantaba la cruz en su carne infantil, como si en adelante debiese descender de ella la luz sobre Belen y sobre Nazareth; en el sueño como en la vigilia, tenía sin cesar ante su vista el acto de la Pasion, como un drama continuo; aceptaba con gozo, con avidez, cada una de esas penalidades del cuerpo, cada una de esas agonías del espíritu, cada uno de esos oprobios, como si aplacasen la fiebre de su amor á los hombres, y abrian una salida casi irresistibie al fuego que devoraba su corazon. Su pensamiento con templaba con delicia la superabundancia pródiga con que su sangre debia correr, y sus ojos no quedaban satisfechos hasta ver el pavimento de Jerusalen enrojecido por los raudales salidos de sus preciosas venas: así, desde el fondo del valle, se ven las cimas de las montañas coloreadas por el sol, todavía invisible para los que las contemplan.

Su duodécimo y último gozo, es decir, el último á que nuestro pensamiento puede llegar, porque la falta de amor nos hace bien miopes en las cosas de Dios; es el gozo de ser el Salvador. Esa era la alegría especial que debia esparcir sobre todas las naciones. Debíamos llamarle Jesús, porque debia redimir á su pueblo dé sus pecados. Era para su humanidad Santa un gozo semejan te al de su union á la divinidad, el gozo principal, dominante, que encerraba todo gozo y se bastaba de sí mismo. No podia haber más que un Salvador, nadie compartía su oficio con él: no hay más que un Dios, no hay más que un Salvador, y es es el Niño de Belen. Es una gloria que le es enteramente propia: ningun santo participa de ese privilegio exclusivo, ningun apóstol entra en la unidad de esa obra prodigiosa. San José se postra de rodillas y adora sin exagerar; María coopera, pero es la primera salvada por él. Así, su Madre se borra en su modesta magnificencia, y le deja en la luz solitaria de su oficio de Salvador. Ni María, ni ángel, ni santo alguno comparte las altas dignidades de esa excusiva prerogativa. Ha adoptado la cruz, él, él solo. Es el único Salvador: ¡y qué Salvador!... Las delicias casi perturban su alma, el exceso de su alegría casi le pone fuera de sí mismo. Es un pensamiento que nunca le abandona. María misma no puede darle un gozo semejante. Se oculta en las últimas profundidades de su propio corazon, y se canta á sí mismo un cántico mudo, porque no hay otro Salvador que él, y porque por su sacrificio infinitamente misericordioso ha redimido á su pueblo de sus pecados.

¡Verbo del Padre!... ¿Quién puede decir el gozo que la gloria de tu Padre ha causado á la naturaleza humana? ¿Quién podria hablar dignamente del más terrestre de esos gozos que son suyos?. Todo cuanto acabamos de decir no es más que una gota ó dos de ese Océano de gozos, concebida por una de sus criaturas más humildes, oculta en el más oscuro rincon de la creacion. Y sin embargo, en sus gozos eternos su amor salvador nos hará entrar cuando nos reciba en su seno, y con una sonrisa semejante á las que ahora dirige á María, nos haga entrar en la eterna seguridad hasta los piés del Padre. ¡Oh triste vida ajada y gastada ántes de que trascurra la mitad!... ¡Quién no ha de aspirar á esa hora en que nuestra alma palpitante, asombrada, renovada, encontrará su reposo á los piés del Padre, temblando todavía con la sorpresa de su primer vuelo á la eternidad!...

Capítulo IX Los pies del Padre Eterno

Debemos concluir casi como hemos comenzado. Nos hemos atrevido á elevarnos al principio hasta el seno del Padre, y dirigir una mirada á sus abismos inefables. Atónitos por todo cuanto hemos visto, oido y quizá soñado en nuestro extravío, venimos ahora á prosternamos á los piés del Padre Eterno, mudos y temblorosos, y, sin embargo, con un contento mucho más grande de lo que nos hubiéramos atrevido á esperar. En su seno, ó á sus piés, nos basta el hallarnos cubiertos con su sombra. Si el Niño de Belen quiere mostrarnos al Padre, eso nos basta. Toda la vida estaria bien empleada, como Margarita de Beaune tuvo la inspiracion de hacerlo, en estudiar las lecciones, los amores, los dolores y los gozos de la Santa Infancia. Pero nos es preciso venir á lo que podemos llamar la disposicion final del Niño Jesús, quiero decir, la devocion al Padre Eterno. Hasta aquí hemos estudiado la devocion al Niño Jesús; vamos ahora á practicarla con él y á aprender en él su devocion especial; esa es en realidad la más alta devocion hácia él.

Comencemos por estar bien seguros de comprender lo que vamos á hablar. Se trata de la devocion á Nuestro Señor: pues bien; la devocion es una virtud propia de las criaturas, es su verdadera actitud frente á su Criador, es la expresion de la vida del alma, algunas veces limitada á ciertos actos particulares, ó concentrada en ritos especiales, que nos expresan siempre el conjunto de su vida normal y habituál. Un hombre devoto no lo es solamente cuando vaca en sus devociones; lo es siempre actualmente, ó por lo ménos, tiende á serlo. La palabra devocion implica la inmensa majestad de Dios sobre el altar en que es ofrecido el sacrificio; expresa tambien la nada de la criatura, y la propiedad, que llega hasta la necesidad de entregarse ó dedicarse al que para sí la ha sacado de la nada, significa esa prontitud y agilidad de inmolacion de sí mismo, perfeccion del estado á que el alma devota tiende sin cesar. La devocion es la vida interior natural de la criatura frente al Criador; mas por la gracia es elevado á un fin sobrenatural, y toma un carácter superior. Tiende á la union con él, á un amor que él acepta, á una adoracion inteligente, á la posesion de la vision beatífica, y á un mundo de actos sobrenaturales que producen lo que los teólogos místicos se han atrevido á llamar una dedicacion de la criatura. Es la madre de la oracion, la consejera de la humildad, la mano y la lengua de la fe, el corazon de la caridad, la inteligencia del desprecio de sí mismo y la vida de la perseverancia. En una palabra, es la esencia de nuestra cualidad de criaturas, pura, sin mancha y llena de perfume.

Pues bien; nosotros afirmamos la existencia de la devocion de Nuestro Señor, que era el mismo Dios, absolutamente divino en persona, pero que ha tomado, para no separarse jamás de ella, una naturaleza humana. No sólo afirmamos su existencia, sino su perfeccion. Pero ¿qué puede ser en él la devocion?. Ella forma la excelencia de su naturaleza creada, pero en una completa dependencia de su naturaleza divina: le pertenece exclusivamente en virtud de su naturaleza creada, pero sus actos no se sustraen á la influencia de su naturaleza increada: recibe por una vía inefable el sello de la uncion indeleble de la Persona divina, por manera que sus méritos llegan á ser infinitos, aunque ella misma permanezca finita. La devocion en él no es la que en los Santos, ni áun lo que hubiera sido si él no fuese más que una persona santa, incomparablemente santa, y mucho más allá de lo que nosotros podemos concebir, pero creada y no divina. Como todo lo que le concierne, y más aún que todo lo demás, su devocion está como templada en la union hipostática, porque al mismo tiempo que no puede venir más que de su naturaleza humana, debe tener por carácter especial el ser digna de Dios, y, en un sentido, igual á lo que exige Dios, lo cual ella no puede alcanzar sino en virtud de la union hipostática que la glorifica, poniéndola en contacto con la Persona divina.

Observaremos, en consecuencia, que la devocion de Nuestro Señor es una realidad, y no una simple figura de lenguaje. Porque la humanidad Santa no está privada de ninguna de las condiciones legítimas de una naturaleza creada, salvo la posesion de una persona creada, y las consecuencias que se derivan de la personalidad, tales como la conciencia, el sentimiento del yo y lo demás. Pero esa falta de una persona humana no quita nada á la humanidad de su naturaleza humana, si podemos expresarnos así: en ningun sentido era una humanidad imperfecta: al contrario, era la más perfecta de las humanidades: reasumia en sí todas las propiedades humanas de la humanidad, tal como Dios la habia concebido, y que se la hacian amar tan tiernamente, y las reasumia en un grado desconocido á toda otra naturaleza humana, y de una manera tan sobreeminente á las naturalezas de todos los hombres tomadas colectivamente, porque representaba en su unidad todas las perfecciones de la raza humana, y algo más que lo que estaba representado por toda la raza entera; algo que no pertenecia más que á su soberana humanidad. Puede establecerse como axioma ,que cuanta más humanidad hay, mayor es la semejanza con el Cristo, es muy importante poseer bién esa verdad. Porque no es raro que fieles piadosos, cuya profesion de fe es rigurosamente ortodoxa, incurran en un error práctico en sus meditaciones, y, por consiguiente, en su vida espiritual, cuyos principales elementos los suministra la meditacion. Esas personas se forman de la union hipostática una idea tan falsa, ó por lo ménos tan confusa y tan poco conforme á la ciencia, que conciben en la práctica á Nuestro Señor como un prodigio, como si hubiese algo de monstruoso (nos atrevemos á usar esta palabra), de colosal, de gigantesco y desproporcionado en su union de las dos naturalezas en una persona. Poco á poco, lo milagroso (tomamos esta palabra en el sentido ordinario), como implicando violacion ó suspension de las leyes de la naturaleza, lo milagroso se esparce sobre la vida de Nuestro Señor, y segrega de ella partes enteras, como si se negasen á la imitacion, y no pudiesen ofrecernos modelos proporcionados á nuestras facultades. De ese modo, los motivos de perfeccion se debilitan, y los tesoros del ejemplo disminuyen fatalmente. Ese falso punto de vista de la Encarnacion acarrea otras consecuencias deplorables que no padecerian esas personas, si tuviesen presente que la falta de una persona humana no es un defecto en una naturaleza humana. El alma humana de Nuestro Señor no sufria una santa herida ó una gloriosa deformidad, porque no tenia una persona humana por punto de apoyo. Por vías que nosotros no podemos comprender, pero que el secreto de la creacion podria descubrirnos, estaba en las posibilidades de las criaturas, el que una persona increada pudiese sustituir á una persona creada, y que esa sustitucion no fuese una violencia, sino una elevacion divinamente conveniente.

Los testimonios de la devocion humana de Nuestro Señor referidos por los Evangelistas, nos enseñan, pues, independientemente de los textos directos admitidos en prueba de la doctrina, que él era la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Nosotros lo concluimos de las cosas asombrosas que dice del Padre y del Espíritu Santo, y de su silencio acerca del Verbo. Nos indica su lugar propio en la Santísima Trinidad de una manera indirecta, que parece procura ménos instruirnos que satisfacer su devocion. ¿Quién podria hablar del Verbo sino el Verbo mismo?. Cuando afirma con más fuerza su divinidad á la unidad con el Padre, es á lo que apela, miéntras que habla del Padre y del Espíritu Santo, como si les fuese en cierto modo extraño. Muestra siempre la gloria de su Padre como el objeto que procura, como la única pasion que le domina. Su inmenso amor de las almas, más debe concluirse de lo que ha hecho y sufrido, que de las manifestaciones directas de su devocion: si por ella debiésemos juzgar su mision, le consideraríamos como restaurador de la gloria de su Padre, más bien que como el salvador del género humano; como una víctima de reparacion, más bien que como una víctima de expiacion. Es tan celoso del honor del Espíritu Santo, que se exalta cuando habla de él, y se sirve de términos de una enérgica severidad, no solamente raros en sus labios, sino que una sola vez le ha inspirado ese asunto. Declara, que miéntras que las palabras proferidas contra él serán perdonadas con respecto al Espíritu Santo, hay un límite que sería fatal para nosotros traspasar. Contra la segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo puede ser perdonado; pero contra la tercera, hay un pecado sin nombre, ó un estado de pecado que se halla especialmente declarado fuera de la misericordia, una mancha que la Preciosa Sangre se niega á lavar de este lado de la tumba, y sobre la que los fuegos del Purgatorio no podrán ejercer su accion purificadora en la otra vida.

¿Tenemos el derecho de decir que esa devocion á la gloria de su Padre es un carácter tan notable y tan profundamente impreso en Nuestro Señor durante los treinta y tres años de su vida?. Volvamos á examinar los testimonios que sobre ello nos dan los Evangelios. Cuando reflexionamos que Nuestro Señor era Dios, debemos experimentar cierta sorpresa al verle presentarse tan rara vez como la fuente original de la verdad, y como la autoridad suprema de donde emanaba su doctrina: con algunas excepciones habla como un enviado, como sometido á la autoridad de Otro de cuyo mensaje está encargado. En lo que á él concierne, quiere más bien ser creido por los milagros que por su palabra: dice expresamente que no da testimonio de sí mismo, y constantemente apela á su Padre, enaltece sin cesar á su Padre que le ha enviado; la voluntad de su Padre es todo para él; la gloria de su Padre es el fin que se propone, ménos por su eleccion, que porque le ha sido oficialmente indicado; sus discípulos inmediatos veian que el Padre les era siempre presentado, hasta el punto de eclipsar casi en su Maestro la dignidad y la autoridad que cuidadosamente les eran presentadas como prestadas, más bien que como perteneciéndole en propiedad. Las palabras á San Pedro cuando el apóstol confiesa públicamente su divinidad, muestran que jamás se lo habia enseñado explícitamente: el Padre es el que se la ha revelado á Pedro. Así, lo primero que observamos en la devocion á Nuestro Señor, es que todo lo refiere siempre á su Padre, como si fuese su costumbre y su espíritu, y quisiese que fuera tambien la de los que le rodeaban.

En segundo lugar, como ya hemos observado, establece siempre como regla la voluntad de su Padre: la obedece de una manera religiosa, y encuentra en ella el precepto y el consejo de la perfeccion.

La doctrina que enseña sobre el Padre, no es ménos notable; quiere hacer que los demás participen algo de la intimidad de que él goza con el Padre; esa forma parte de su oficio. Habia venido para comunicar al Padre incomunicable; enseña que él es la vía que conduce al Padre; la casa de su Padre es la habitacion de las moradas multiplicadas á que nos invita; el Padre es el que designan sus parábolas; es el rey, el esposo, el que da una fiesta, si marcha se dirije hácia el Padre; preparará un sitio para los que le aman, pero es en la casa de su Padre; si quiere que se tenga fe en él, es porque eso complace á su Padre; rogará á su Padre por los que le aman, y el Padre nos concederá todas nuestras demandas si pedimos en nombre del que ha enviado, cuando eso pueda ser útil á los que le rodean; ruega á su Padre que le glorifique con un poco de la gloria de que gozaba ántes con él; cuando sale de las aguas del Jordan para comenzar su ministerio, su primero y solemne paso será autorizado por el testimonio; cuando le plazca llegar al último limite de sus padecimientos, ese último exceso es el abandono de su Padre. ¿Cuántas cosas nos revela esto?

Él mismo es la sabiduría infinita, y en cuanto Verbo es en un sentido muy extricto la sabiduría de la divinidad. Sin embargo, habla como si no fuese cosa suya propia, como si no fuese una cosa espontánea de su magnífica inteligencia, como si fuese simplemente un profeta inspirado, el humilde portavoz del Padre; obra como el Verbo del Padre, y lo era en efecto, pero es como un Verbo creado. y glorificado más bien que como el Verbo consustancial eternamente pronunciado. Se llama á si mismo el hijo de Dios, y luégo envuelve ese título en ambigüedades y dobles sentidos, como si fuese realmente tal por un ennoblecimiento especial y una uncion particular y no por su cualidad de Hijo Eterno y coigual. Como decíamos ántes, cuando se afirma á sí mismo; cuando en provecho ó interés de los demás su amor le conduce á sí mismo; cuando nos asombra por la gracia majestuosa con que ha hecho su propio elogio, es siempre declarando que no es más que uno con el Padre. Esos no son más que unos specimenes de los ejemplos que los Evangelios nos suministran con abundancia. Cuando los hemos recibido en nuestras almas parecen formar la mejor parte de nuestro conocimiento más intimo de Nuestro querido Señor.

Todos esos ejemplos están tomados de su enseñanza durante los tres años de su ministerio. Puede pensarse que durante su infancia no habia lugar á manifestar semejante devocion. Como le complacia el guardar silencio, como cual los demás niños quiso aprender á hablar y se habia encubierto con la aparente pasividad de aquella edad sin dejarla ni un instante, nos vemos reducidos á conjeturar; con el auxilio de la Teología, cuáles fueron las disposiciones de su Sagrado Corazon, y la enseñanza de su Santa Infancia se halla enteramente en sus ejemplos. Con todo, si consideramos atentamente sus primeros años, encontraremos en ellos huellas muy interesantes de la posicion que con respecto al Padre tomó más tarde en su enseñanza positiva. Las disposiciones providenciales de Belen y de Nazareth parecen haber sido adoptadas expresamente con ese objeto; diriase que su Sagrado Corazon lo ha arreglado todo con la mira de ese ramo de su enseñanza en que se manifiesta mejor que en ningun otro; ó para hablar con más exactitud, no es un ramo de su enseñanza, sino su enseñanza misma, el designio segun el cual se ha llevado á cabo la obra de la Redencion. Cuando comenzamos á reflexionar acerca de la Encarnacion, no pudo ménos sorprendernos el que Nuestro Señor se dignase tomar una Madre humana. Nos parece que esa es la más grande de sus condescendencias. Más aún que Madre terrestre fué una parte esencial de la Encarnacion; el Salvador no tiene Padre terrestre; sacó su naturaleza humana únicamente de su Madre inmaculada, y un Padre creado no se aproxima á su eterna filiacion cuya gloria es exclusivamente suya, y de la que se muestra en extremo amante y celoso.

Ese sólo hecho es muy significativo por si mismo, pero llega á serlo todavia mucho más si observamos que aún cuando no pueda tener un padre terrestre, coloca inmediatamente á su lado, en la persona de San José, una criatura imágen del Padre Eterno, porque la sombra, al ménos, de la paternidad divina debia estar allí. La Santa Familia no puede ser la Trinidad terrestre como no sea así. Belen y Nazareth no pueden ser el cielo sobre la tierra sin una fuente de pacífico gobierno que represente la fuente de la Divinidad que brota en el cielo. San Jose encontraba allí una de sus más gloriosas prerogativas; daba á Nuestro Señor lo que el cielo no podia darle, el medio de encontrar en la Trinidad de acá abajo una subordinacion de que la Trinidad de arriba no podia darle ni áun la sombra, porque su eterna filiacion no admite la menor idea de subordinacion, pues que en todas las cosas es igual al Padre. Su alma humana experimentaba delicias inmensas en poder expresar su amor al Padre por esa devocion especial, la subordinacion á su imágen creada y á su representante sobre la tierra Además, en los dias de Belen y del Egipto no era él el Hijo, no era tampoco el Espíritu Santo cuyas relaciones con María se hallaban, sin embargo, simbolizadas por San José, era particularmente el Padre el que comunicaba con José, el que le daba sus órdenes y le advertia cuanto era necesario.

La virginidad de la Madre de Nuestro Señor és tambien una especie de adoracion de su padre celestial; ella hace pensar que tener un Padre creado hubiera sido hacer una injuria á la gloria del Padre en la generacion eterna. Así, la virginidad de María subia sin cesar ante la paternidad á lo más alto de los cielos en nubes silenciosas de incienso exquisito, ó como el perfume de una planta aromática suavemente mecida por el viento; la Vírgen, en un delicioso éxtasis, tenía el sentimiento del incienso que emanaba de ella, y el Niño le veia elevarse á todas horas y le impedia con gracia hasta el trono alejado semejante á las ligeras espirales de vapores que las gomas odoríferas desprenden al derredor del altar del Santísimo Sacramento, y su mirada infantil seguia las ondulaciones con tierno é inefable gozo. Pero además de esos misterios, todo el espíritu de la Santa Infancia nos conduce, por decirlo así, de la mano, y nos eleva dulcemente hasta el Padre Eterno, porque, naturalmente, un Niño nos hace pensar en sus padres; por esa razon los misterios de la Santa Infancia conducen indirectamente á la devocion á María mucho más que las demás divisiones de la vida de Nuestro Señor, sin exceptuar hasta el Calvario, en donde el papel de la Madre es tan bello: cuando se estudia con profundidad y bajo su verdadero punto de vista, producen el mismo efecto, en un grado todavía más elevado, relativamente al Padre Eterno.

Aventurémonos á entrar en algunos detalles y á interrogar á esas profundidades. Tratemos de ponernos ante la vista algunas manifestaciones de esa devocion al Padre Eterno, procediendo de mayor á menor, hasta que lleguemos á una devocion accesible á nuestra extremada y humillante pequeñez.

Suarez piensa que Nuestro Señor en el primer momento de la Encarnacion hizo voto de ofrecerse al Padre para redimir al mundo por su muerte, y que la perfeccion de ese voto abrazaba cada una de sus acciones en detalle: por manera que todas estaban de hecho dirigidas, no solamente por una intencion actual a la gloria del Padre, sino que tambien desde el principio habia renunciado á su libertad humana, tanto como la obligacion del voto lo exige, y que asi, todos sus actos eran determinados por su voto. Sea lo que quiera de la controversia entre los teólogos sobre la verosimilitud ó inverosimilitud de semejante voto, nosotros encontramos en ella otro ejemplo de los diversos puntos de vista bajo los cuales puede leerse el Evangelio. Con voto ó sin él, es muy cierto, y la idea combinada de su ciencia y de su gracia no nos permite dudar de ello, que cada uno de los actos más minuciosos de su infancia, ya duerma, ya esté despierto, ya llore, ya sonria, ya tome el pecho de su Madre, ya le vistan ó le desnuden, ó le laven, todo se hacia con el pleno uso de la razon y bajo el imperio de la gracia por la gloria del Padre. Así la Santa Infancia era una funcion continua celebrada en el templo de aquella bienaventurada humanidad, en honor del Padre Eterno. Sacerdote, sacrificio, ornamentos sacerdotales, campanillas, inciensos, flores, ministros angélicos, todo estaba allí, y la ceremonia augusta no sufria interrupcion, porque áun cuando variase el ceremonial, la funcion no cesaba. Pasaba de una belleza á otra, de un esplendor á otro, de un misterio á otro misterio, y sin embargo, permanecia armoniosamente una. Podia trasladar la escena de Belen al desierto de Egipto, á Nazareth; pero la magnífica adoracion del Padre no se detenia. ¿Quién puede decir por qué miéntras su alma humana amaba al Espíritu Santo con tanto ardor, se ocupaba de la gloria de su Padre con tan asombrosa predileccion?.

Si contemplamos la noche tranquila en la oscura mansion de Nazareth y las desolaciones de la tarde sobre el Calvario, la devocion al Padre es la que las enlaza y las da unidad. Sabemos por el apóstol que, con voto ó sin él, comienza por decir: «Hé ahí que yo vengo para hacer tu voluntad. » Para que pueda hacer esa voluntad le fué preparado un cuerpo, y por consiguiente, desde su entrada en el mundo fué cuando dijo: «Hé aquí que vengo: al principio del libro está escrito que yo haré tu voluntad. Oh, Dios.» Y cuando salió del mundo: «Padre, en tus manos encomiendo mi alma.» Concluyó como habia comenzado. Como el sol en una península, sale del mar de la voluntad de Dios, y desaparece en otro. Los treinta y tres años de su vida ¿son la estrecha lengua de tierra que iluminé en su carrera, que encontraremos, pues, entre la salida y el ocaso de ese astro divino?. Su perseverancia en una vida de humillaciones, de pesares y de padecimientos: su perseverancia en el culto solemne de la gloria de su Padre, que ocupó su infancia; sólo que aquí la música es más grave, las ceremonias más numerosas y la pompa más austera. Y ¿cómo expresa su perseverancia? «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado.».

Cada festividad de Navidad nos trae antiguos y deliciosos recuerdos, gozos que nos son familiares, porque han sido los de nuestra. infancia. Uno de ellos es el poder de María sobre Jesús. ¿Quién no recuerda el asombro de sus primeros años cuando despues de haber aprendido á apreciar lo que significa «Nuestro Señor es Dios,» vió en los cuadros de los misterios de Natividad á María tan familiar con él, como si fuese un niño ordinario? ¿Estaba realmente tan abandonado como parecia, ó no era más que una ficcion?. Ni lo uno ni lo otro: sin embargo, reposaba sobre las rodillas de María como cualquier otro niño; pero á pesar de eso era Dios. Entónces, por primera vez, sentimos por María un temor respetuoso, porque nos parecia verla desde más cerca y mejor: nuevos pensamientos cruzaron por nuestra mente. A nuestro parecer, habíamos descubierto por nosotros mismos algo más de lo que se nos habia enseñado. Los misterios de la Infancia se abrian ante nosotros, y los veíamos todos á la simple luz de su obediencia visible á María. Desde la noche en que le mostró á los pastores, hasta el dia en que pareció aplazar los asuntos de su padre para volver á Nazareth á pasar diez y ocho años con ella, y cuando anticipó el tiempo de sus milagros para obedecerla una vez más, todo nos parecia claro á la luz de esa obediencia filial; nada quedaba oscuro; era una escena de maravillas celestiales, pero todo era armonioso y se hallaba penetrado de un mismo y único espíritu. El poder maternal de María esparcia, hasta sobre la Infancia del Dios Eterno, como una gloria dorada. ¿Han venido otros pensamientos otros nuevos descubrimientos á disipar esa vision, como el viento borra los paisajes representados en una onda tranquila? Jamás. El sueño de nuestra juventud sobre la infancia gobernada por María no se desvanecerá, porque, como sucede á los niños en la mayor parte de sus concepciones de lo verdadero, la habíamos concebido bien y de la manera más exacta. Pero ¿qué es lo que nos muestra ahora esa luz de la autoridad maternal de María?. Otra autoridad, otra obediencia, que sostiene, ennobleze y glorifica el poder de María: su absoluta obediencia al padre Eterno. Una vez por el más oscuro misterio del Evangelio, por la mayor gloria de su Madre y por otras razones divinas, las dos obediencias parecen (pero solamente parecen) hallarse en conflicto: y es cuando, sin su permiso y con grande dolor suyo, permaneció en el templo á la edad de doce años. La mano del padre Eterno parece apartar la nube de luz y proyectar sobre nosotros un rayo del esplendor del cielo, y por un momento la luz de María queda oscurecida, ménos en sí misma que por la debilidad de nuestra vista, deslumbrada por los resplandores de lo alto.

En la vida de Nuestro Señor hay otro acontecimiento sobre el cual debemos detenernos, y sin embargo, no lo hacemos sin alguna repugnancia, porque es imposible reconocer dignamente su delicadeza ó su misterio. El Evangelio nos hace presumir que la Persona del Padre fué con frecuencia asunto de las conversaciones de Jesús con los Apóstoles; nos inclinamos á pensar que habló de la manera más íntima, y tal vez más minuciosa; probablemente les comunicó sobre la paternidad del Padre más maravillas que las que nos enseña nuestra Teología, que es, sin embargo, bien rica. Era un asunto en el cual debia naturalmente fijarse, porque ocupaba más que ningun otro su Corazon y porque él mismo nos ha dicho que la boca habla por la abundancia del corazon. Además, manifestó tan abiertamente su devocion al Padre, que probablemente, en sus enseñanzas secretas, debia concluir el bosquejo que habia presentado al público. Eso nos parece verosímil; pero ¿hay algo que en realidad nos incline á creerlo?. Seguramente, si ántes no habia pasado nada más que lo que refiere el Evangelio, San Felipe no hubiera podido decir: «Señor, mostradnos al Padre, y eso es bastante para nosotros.» ¡Magníficas palabras! ese el grito anhelante de toda la creacion reproducido por la voz de ese querido apóstol. A la primera lectura, cuán bellas parecen esas palabras! Y ahora que las hemos vuelto á leer, meditado, repetidas á nosotros mismos y recitadas á Nuestro Señor en la oracion, ¿no tienen una belleza mil veces mayor? «Señor, mostradnos al Padre, y eso es bastante para nosotros.»

Sí; bastante, palabra graciosa, espontánea y llena de verdad; bastante. Precisamente lo que la creacion espera, precisamente lo que traerá la felicidad, saciando nuestra naturaleza, satisfaciendo nuestros más santos deseos... Bastantes Santos y ángeles, José y María, vosotros todos, nos podeis hablar de ese bastante. Pero nosotros debemos dejar á un lado esas palabras, de las que cada una encierra un alma tan grande, un corazon tan ámplio para escuchar la respuesta que el Salvador dió á Felipe, acompañándola sin duda con una mirada amorosa. Si quedó sorprendido, no fué precisamente de que el apóstol hubiese impreso tan profundamente en su alma lo que le habia enseñado acerca del Padre; fué más bien de que su conocimiento no fuese más completo. Aquí encontramos tambien un indicio de todo un mundo de enseñanza secreta. «Hace largo tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoceis? Felipe, el que me ve, ve tambien á mi Padre. ¿Cómo dices mostradnos al Padre? ¿No creeis que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Al ménos creed en las obras. En verdad, en verdad os digo; el que cree en mí, hará las mismas obras que yo, y áun más grandes todavía, porque yo me voy al Padre. Y todo lo que pidiéreis al Padre en mi nombre os será concedido, á fin de que el Padre sea glorificado en el Hijo.» Su unidad con el Padre le es más querida que su propia distincion. ¡Cosa asombrosa! porque era la imágen expresa del Padre, el esplendor de su gloria y la figura de su sustancia.

Asi, los que se hallaban más cerca de Nuestro Señor y alimentaban sus almas con sus enseñanzas secretas, estaban impacientes por el deseo de ver al Padre: ninguna otra cosa podia contentarles: la presencia misma del Hijo no les era suficiente, porque sólo la vísion del Padre podia responder á las necesidades de sus almas. Aquello era «bastante» para ellos; pero ninguna otra cosa era «bastante,» nada, absolutamente nada. Despues han trascurrido siglos, y Jesús lleva su vida régia en el cielo: ¿y ha cambiado bajo ese aspecto? Siglos tal vez -es un pensamiento triste, pero que la humildad puede sábiamente concebir sin que se mezcle en ella un átomo de desesperacion- siglos tal vez pasarán ántes de que la divina María mande a San Miguel que nos haga salir del Océano de las llamas purificadoras, y nos lleve á las riberas del Cielo. Y Jesús, durante ese tiempo ¿habria cambiado bajo ese concepto? No. La acogida que nos dispensará será enteramente conforme al espintu de sus treinta y tres años, y expresará el mismo pensamiento, siempre presente, siempre el mismo. «Venid, benditos de mi Padre.» Hé ahí nuestro nombre eterno, el que nos será dado en el bautismo de la eterna beatitud. «Benditos de mi Padre.» ¡Cuánto nos consuelan esas palabras en el silencio de la noche, cuando terrores pánicos nos asedian en nuestra soledad y el alma se halla oprimida! ¿Cuán dulces y perceptibles se elevan por encima del estruendo del mundo en las horas de fatiga y en las tentaciones obstinadas, que la gracia parece multiplicar más bien que rechazar? Su murmullo aplacará los terrores de la muerte y cubrirá con sus cantos armoniosos sus gritos y sus angustias... ¡Benditos de mi Padre! Mas ¿por qué benditos de mi Padre? ¿Acaso esas palabras nos trasportarian á la época en que entregará el imperio á Dios Padre y en que el mismo Hijo se someterá al que todo lo ha sometido al Hijo: para que Dios lo sea todo en todo? Porque, como dice el Apóstol, cuando todo está sometido á Jesus, sin duda sólo se halla exceptuado el que todo se lo somete, y ese no es otro que el Padre Eterno. Pero ahí abordamos las tinieblas de misterios inaccesibles. Es bastante para nosotros, segun las palabras de San Felipe, es bastante, si somos los benditos del Padre.

Prosiguiendo el estudio de esa devocion especial al Padre, volvemos á encontrar la dificultad, ya muchas veces señalada, de hablar de la Santisima Virgen sin hacer una injuria á las ideas que tenemos de ella. Ahora tenemos que considerar su devocion al Padre Eterno, y ver de qué manera era tambien en ella especial. Cuando hemos contemplado lo que pasaba en el alma de Jesús, podemos comprender lo que habia en la de María. Guardando la proporcion que exige su inferioridad, era el mismo pensamiento dominante, la misma posesion del alma, el mismo solitario y santo entusiasmo. Pero las circunstancias de su posicion y de su influencia daban a su devocion un carácter particular que nos es preciso notar. Era la única parienta de Jesús sobre la tierra, y reunia en sí los derechos del Padre y de la Madre: esa era una de las glorias milagrosas de su maternidad, un asunto de frecuente meditacion y de gozo no interrumpido. Comprendia que aquella particularidad de su posicion reflejaba un honor particular sobre el Padre Eterno, y eso era para ella el fundamento de una devocion hácia él, que la era eminentemente propia. Además, el mismo hecho llevaba continuamente su pensamiento al Padre de su Hijo; porque el amor de una madre á su hijo va siempre mezclado del amor á su padre. Una madre viuda tiene á su hijo un amor doble, por que le ama en memoria del padre al mismo tiempo que por sí mismo: el cariño conyugal es un elemento sin el que el amor maternal no llega á su perfeccion. Pues bien; en el caso de María, esas diversas circunstancias revestian particularidades enteramente celestiales. Su amor á Jesús se hallaba necesariamente mezclado con el pensamiento del Padre; pero el Padre era Dios, la primera Persona de la Santísima Trinidad. Era tambien, en un sentido, viuda, y José no era más que el velo de su viudez. Sin embargo, no tenía que reunir dos amores en uno, y amar en el Niño á su Padre muerto como al Niño mismo: tenía que amar al Niño con un doble amor, mas por si mismo, porque ella era á la vez el Padre y la Madre. El papel que el afecto conyugal desempeña en el amor maternal de las demás le llenaba de adoracion en el suyo; doble adoracion del Padre invisible y del Hijo visible. Todas las circunstancias que hemos mencionado se elevaban hasta su trono, semejantes á grados que, saliendo del Norte y del Sur, del Oriente y del Occidente, convergian hácia ese centro único. Se necesita mucho tiempo para penetrar esas cosas en toda su profundidad en cuanto somos capaces: ¿puede emplearse mejor el tiempo que en dar á conocer á María? Recordemos el texto de la Escritura que la Iglesia la aplica: «Los que me hacen conocer tendrán la vida eterna.»

Su propia semejanza con Jesús nos hacía naturalmente concluir que habia aprendido de él esa devocion,la más querida de su Sagrado Gorazon, porque la conocia y hasta se regocijaba de que el amor de su Hijo á ella la estuviese completamente subordinado; pero las condiciones personales en que se encontraba daban á su devocion del Padre Eterno un carácter propio, que hacian de ella algo más que una copia de la de Nuestro Señor, reducida á las proporciones menores del corazon de María. Pero su comunicacion con el Padre en su paternidad, que la inspiraba un amor especial á él y al Hijo, no es la única fuente de su devocion á él, ni el único misterio que parece sacarla de su proximidad visible á Dios para introducirla en los deslumbradores esplendores del trono. Así como comparte tambien la paternidad del Padre, comparte tambien la filiacion del Hijo. Es de una manera especial por la predestinacion y á causa del Niño Jesús, la hija eterna del Padre. Habia allí tambien una nueva fuente de amor á Jesús, amor de extraña belleza, que procedia de la mezcla de la Madre y de la hermana en un solo corazon: era un lazo más con él, pero diferente del más directo de la Encarnacion, aunque provenia del mismo misterio: no era más que una vista, una imágen, una sombra (porque no podia ser más y era mucho) de una encantadora igualdad con Jesús, más querida á su corazon que la aparente superioridad que la conferia su poder maternal. Todavía se nos presenta un nuevo manantial de amor para el Padre Eterno, una base maravillosa sobre la cual podia elevarse el templo de su devocion hácia él. Las grandezas de María nos deslumbran, pero ahora consideramos ménos su gloria que la complicaclon prodigiosa en su sencillez, con la que convergen todas hácia su devocion al Padre Eterno.

Avancemos un paso más en la historia de esa devocion. Es claro, á la primera ojeada, que la devocion al Padre Eterno debe haber sido la parte esencial de la santidad de San José, el sello caracteristico de donde sacaba su génio propio y su unidad; su terrible oficio de imágen del Padre no exigia ménos. De ahí venian los afectuosos cuidados que prodigaba á María. Era la imágen del Padre lo mismo para ella que para Jesús. Su tierno ministerio cerca de Nuestro Señor y el ejercicio de la autoridad con que le adoraba (adoracion única entre todas las que el mundo ha visto), todo dimanaba de su oficio. José era Incontestablemente para Jesús la sombra del Padre; pero puede añadirse que lo era tambien para sí mismo; porque en esa sombra se engrandeció su alma y se completó su predestinacion: se extendia sobre su vida, densa, dulce, y derramaba en ella sin cesar la belleza y la uncion; era su luz, vela, trabajaba á la claridad de aquella sombra.

Además era la forma de su amor á Jesús. Porque debiendo imitar el oficio del Padre Eterno, Imitó tambien su amor. Habla en su ternura por Nuestro Señor algo verdaderamente más paternal que en la de los padres ordinarios, porque aún cuando él no fué padre en realidad, su oficio derivaba de la más alta paternidad. Las sombras divinas son sustanciales, sombras con relacion á la eterna altura que las proyecta, descienden sobre las cosas creadas, definidas, sustanciales y transfigurantes. Es preciso que recordemos esta verdad, aunque ya la hayamos expresado en otra parte. Esa comunicacion en la paternidad divina daba á José el derecho más grande que tuvo de amar á Jesús. Podia amarle como si fuese su criatura; podia amarle como redimido por él; podia amarle con un amor personal, á causa de los dones y de las gracias de que habia sido colmado; podia amarle como hijo de María, con un amor en que se encerraba todo el que profesaba á la Madre; podia amarle por si mismo á causa de su gracia, de su atractivo y de la fascinacion divina que ejercia; podia amarle como se ama áquellos á quienes se ha salvado de la muerte ó de algun peligro ó que nos han permitido que les manifestemos amistad y aprecio; y ese amor debia hallarse en proporcion con la dignidad de su propio oficio y de la excelencia del Niño; pero su más grande amor para él derivaba de su mayor derecho á amarle, que como ya hemos visto, le debia á su cualidad de sombra del Padre. Amaba á Jesús en su amor y por su amor al Padre Eterno, y por la semejanza al Padre, que el Padre Eterno le habia comunicado y que le habia elevado á la dignidad que no puede expresarse de semejanza al Hijo, que era la imágen del Padre. De modo que esos amores de la Trinidad terrestre están iluminados por rayos penetrantes, por esplendores deliciosos y por gozos de luz palpitante que parecen pertenecer más bien á la vida interior de la Trinidad del cielo, y haber sido comunicados de una manera adorable á aquella flor, la más suave de toda la creacion, -la Santa Familia.

La devocion de San José al Padre Eterno era tambien la forma de su amor á María. Era especialmente su esposo y padre putativo de Jesús; sus deberes para con ella dimanaban de la misma fuente que sus deberes para con Jesús, de su cualidad de imágen del Padre. Podia amar á María como amaba á Jesús por muchos motivos y con muchos amores, todos santos y puros: como su esposa, como Madre de Jesús, como esposa del Espíritu Santo, como Hija del Padre, á causa de su amor á Jesús, á causa del que ella profesaba á él mismo, y á causa de su sobreeminente dignidad. Pero como sombra del Padre, la amaba con un amor superior y fundado sobre un motivo más divino, que de hecho presuponia y comprendia todos los demás.

Los apóstoles formaban un cuerpo de hombres diferentes del resto de los Santos, por la grandeza de sus dones, la sublimidad de su oficio y la relacion especial que tenian con Nuestro Señor. No podemos compararlos los demás Santos, y mucho ménos elevar á ninguno de ellos por encima de los apóstoles del Verbo. Los teólogos enseñan que no podria hacerse sin incurrir en la nota de temeridad. Las letanías de la Iglesia parecen autorizarnos á hacer una excepcion en cuanto á San José y San Juan Bautista. Hay algunos apóstoles de los que no sabemos más que los nombres, porque los enumera el Evangelio, ó cuando más, conocemos algunas vanas tradiciones de los lugares en donde predicaron. Sin embargo, la eleccion de Jesús les colocó sobre su frente una corona de oro que nos revela, no sólo su rango, sino tambien la grandeza de su santidad. No podemos dudar que, encargados de una mision especial, recibieron tambien gracias especiales: los miramos con respeto pero al mismo tiempo con un amor enteramente familiar. Estamos habituados á verlos junto á Jesús, y allí son tan pequeños, que nos cuesta trabajo el darles sus verdaderas proporciones. Seguimos tambien los progresos que los han conducido á una santidad tan perfecta, y vemos sus debilidades que nos los hacen queridos sin rebajarlos. Sabemos poco de su historia como santos; los conocemos, sobre todo, como novicios, ¡y cómo nos asombran aun cuando todavía se encuentra en ellos la humanidad! De ahí viene el que la devocion de los apóstoles es una devocion muy tierna del mismo género, aunque en un grado más alto que la que sentimos por los patriarcas del Antiguo Testamento. Cuando la Iglesia quiere honrar particularmente á un Santo le llama, aunque en un sentido más restringido, un apóstol: así llama á San Felipe de Neri el apóstol de Roma.

Pero su mision y su gracia especiales implican una devocion particular, y no podemos ménos de creer que era la devocion al Padre Eterno. Educados en la escuela de Jesús, él mismo era su Maestro: su espí ritu era su espíritu: él era el que los habia formado, alimentado y trasformado. Cuando marcharon á predicar, el espíritu vivo de Jesús traspasó los estrechos límites de la Judea para inundar el mundo pagano: pues bien; ya hemos visto que el espíritu de Jesús es una devocion especial al Padre Eterno. Su espíritu tenía la energía de un espíritu increado, cuyo trabajo en nuestros corazones se manifiesta por el grito: «Abba, Padre.» ¿Quién podria dudar que una devocion especial al Padre no fuese tambien el rasgo característico de los apóstoles? Podemos concluirlo legítimamente de la enseñanza de Nuestro Señor; y como ya hemos observado, del conocimiento especial y privilegiado de Jesús que tenian como apóstoles, y que sólo el Padre podia darles; y, en fin, del hecho de que la imitacion de su Maestro era el carácter distintivo de los miembros del colegio apostólico.

Pero algunos ejemplos nos enseñarán más que las simples inducciones. En el rasgo de San Pedro vemos al Padre obrar en la apariencia independientemente de Jesús y revelar en secreto al apóstol la divinidad del Salvador. La gloria de San Pedro es tan grande, que lo que parece no ser más que simples incidentes, se pierde y se confunde en el conjunto; pero supongamos ese acontecimiento ocurrido en uno de los Santos más grandes: ¿no le miraríamos como equivalente á toda su vida, á toda su vocacion, á toda su santidad? Daria su colorido á todo el resto; sería el hecho capital de toda su vida, agrupando en su derredor y subordinando á él todos los demás hechos. Creeríamos expresarnos muy débilmente diciendo que desde entónces lá devocion á la primera Persona de la Santísima Trinidad fué su devocion especial.

San Juan, en su Evangelio, nos enseña indirectamente que esa era su devocion particular; para convencerse de ello, basta observar las conversaciones que refiere, sin dudá bajo la direccion de María, porque en la inspiracion, el Espíritu Santo anima y preside las tendencias naturales del escritor, más bien que la fuerza, y las reemplaza. Mas, sobre todo, su devocion á la eterna generacion de Nuestro Señor es en sí misma una plena prueba de su devocion al Padre, porque ese misterio se halla estrechamente enlazado con ella. En sus epístolas se las ve brillar continuamente como la luz por las rendijas de una habitacion cerrada. Llama á Jesús la vida eterna que estaba con el Padre; -nos anuncia á Jesús para que tengamos sociedad con el Padre;-escribe á los niños porque han conocido al Padre;-su consuelo, si pecamos, es que tenemos un abogado junto al Padre;-dice que si amamos al mundo, la caridad del Padre no está en nosotros, y que el orgullo de la vida no es del Padre;-el que niega al Padre y al Hijo, es un antecristo;-lo que forma el horror de la negacion del Hijo, es que entónces no tenemos al Padre, miéntras que el que confiesa al Hijo, posee tambien al Padre; y debemos habitar en el Hijo y el Padre;-nosotros somos los hijos de Dios por efecto de la caridad que el Padre ha tenido con nosotros;-debemos marchar por la verdad, Segun el mandamiento que hemos recibido del Padre;-el que mora en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

La devocion de San Felipe al Padre se manifiesta en las palabras que ya hemos comentado extensamente, pero que no debemos omitir el recordar aquí.

La misma devocion forma uno de los Caractéres más marcados de San Pablo. Nombra al Padre Eterno cuarenta veces en sus diferentes epistolas, y algunas veces parece abandonar su asunto para hacerlo. Se complace en bendecirle con arranques. de amor, de alabanza y de congratulacion. Excepto la dirigida á los hebreos, todas sus epístolas Comienzan por esta fórmula: «Gracia á vosotros y paz de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo.» En la cabeza de la primera á los tesalonicenses dice únicamente: «Gracia y paz á vosotros.» Pero en el versículo siguiente habla de lo que padecian en la esperanza de Nuestro Señor Jesucristo, ante Dios Nuestro Padre. En las dos epistolas á San Timoteo varía ligeramente la fórmula, pero con ternura, añadiendo la misericordia entre la gracia y la paz; y en la conclusion de la epístola á los hebreos hace alusion al Padre y á la paz del Padre, cuando implora para ellos la bendicion del Dios de paz, que ha llamado de entre los muertos al gran pastor del rebaño, Nuestro Señor Jesucristo, por la sangre del testamento eterno. La práctica adoptada por algunos Santos de doblar la rodilla muchas veces al dia en honor del Padre Eterno, estaba, sin duda, fundada en este pasaje de San Pablo, en el capitulo tercero de la epístola á los efesios: «Por eso yo doblo la rodilla ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, de quien toda paternidad recibe su nombre en el cielo y en la tierra.»

Tales son las muestras de la devocion de los apóstoles al Padre Eterno: ¿quién no ve que ellas nos indican muchas cosas que nos están ocultas, y que al mismo tiempo nos dicen bastante? Los grandes corazones del colegio apostólico estaban preparados por la devocion predilecta del Sagrado Corazon, la devocion al Padre Eterno.

La primera Persona de la Santísima Trinidad es el Padre de los ángeles, como lo es nuestro, áun cuando sea nuestro Padre bajo la nueva relacion de que su Hijo ha tomado nuestra naturaleza. Si conociésemos mejor el culto glorioso de esos primogénitos de Dios, sin duda encontraríamos en él alguna devocion análoga á la que nos ocupa. Su asombrosa ciencia de la Santísima Trinidad debe suministrarles una grande é inteligente variedad de alabanzas y de homenajes á las divinas Personas, que se escapa á nuestro limitado entendimiento. Hay motivo para creer. que todo un coro de ángeles, el de los tronos, está consagrado de alguna manera especial á la adoracion y á la ciencia del Padre.

El mundo de los Santos nos ofrece tambien ejemplos de esa devocion; pero es necesario recordar que ahí hay profundidades de que no pueden sacarse ejemplos. La devocion al Padre es el fundamento de ricos tesoros de una santidad particular que no revela jamás en su superficie la. naturaleza del terreno que la sostiene: además, se complace en permanecer secreta é invisible, tanto más, cuanto los instrumentos de sus armonías son los misterios de la Santa humanidad. Se observará que, casi siempre, un alma distinguida por una devocion más que ordinaria á la Santa humanidad, profesa al mismo tiempo otra al Padre Eterno, más silenciosa y más profunda, pero no ménos intensa. Otro tanto puede decirse de los que tienen una devocion especial a San José.

La escuela de Piedad en Francia, en el siglo XVII, de que el P. Gondren, general del Oratorio del Cardenal de Bérulle, puede ser considerado como representante, se modelaba en el espíritu de Jesús con el objeto de reavivar el espíritu eclesiástico; y como era de esperar, los escritos y las vidas de sus miembros están llenos de huellas de una devocion especial al Padre. Entre los santos canonizados vemos á San Luis consagrar el lunes de cada semana en honor del Padre. Santa Matilde aprendió de Nuestro Señor mismo á ofrecer sus alabanzas al Padre Eterno. A Santa Lutgarda la inspiró el ofrecer especialmente al Padre Eterno sus oraciones por los pecadores en estado de pecado mortal. Nouet, en su prefacio de su direccion de las almas, nos dice que el P. Fernando Monroy, jesuita, tenía costumbre de recorrer la casa gritando: Ardenter diligamus Patrem aeternum: amemos con ardor al Padre Eterno. De todos los santos modernos, San Ignacio parece el más notable por una devocion especial al Padre Eterno. El pensamiento de fundar su Órden le fué inspirado de una manera particular por el Padre, y fué un dón del Padre al Hijo: ese rasgo de su historia recuerda completamente la revelacion hecha á San Pedro. El admirable fragmento del diario de San Ignacio, referido én su vida por Bartoli, encierra tambien algunas huellas de esa devocion dominante en el santo. Algunas indagaciones en las vidas de los Santos nos permitirian multiplicar los ejemplos, pero tenemos ya bastante para nuestro designio. Hemos encontrado esa devocion desde Nuestro Señor, en su Madre, en San José, en los apóstoles y en los santos, no sin alguna sospecha de su existencia en los ángeles, y hemos establecido sencillas prácticas de ella, al alcance del más humilde de entre nosotros.

Pero es preciso decir algo acerca de sus fundamentos, exponer sobre qué se apoya, lo que comprende y cuál es el espíritu que lleva en sí. Se halla establecida sobre la distincion de la Persona del Padre. El es, sin superioridad, la primera Persona de la Santísima Trinidad: él es la fuente de la divinidad para el Hijo y con el Hijo, para el Espíritu Santo: él, que no es engendrado; él, único de las tres Personas que no puede ser enviado; él, que es para nosotros el principal simbolo de la divinidad; de él que á cada instante proceden eternamente el Hijo y el Espíritu Santo, que se halla revestido con el manto de toda paternidad, espléndido tegido de oro en el que, con el arte más curioso y el trabajo más prolijo, se hallan mezcladas las paternidades del cielo y las de la tierra; él, su Persona distinta es la base de nuestra devocion, el objeto de nuestra adoracion en un amor que es especialmente expresado por esa devocion. Lo que es para nosotros, criaturas suyas, en cuanto Padre, viene de su Persona. Como es la fuente de la divinidad para el Hijo y para el Espíritu Santo: es tambien para nosotros, en un sentido sobreeminente, la fuente de la creacion, de la redencion y de la santificacion. El es, y aquí se abre un campo inmenso y verdaderamente sin límites á nuestra salvacion, él es el que nos ha dado y enviado á Nuestro Señor Jesucristo, el que ha amado al mundo, hasta permitir que su Hijo único muriese por nuestros pecados: él es el que, para nuestro júbilo, se ha constituido para cada uno de nosotros en doctor de las grandezas de Jesús: él es el que ha trazado el camino que conduce á él por Jesús, camino delicioso que conduce á la patria: él es el que no rechazará á ninguno de los que vayan á él por Jesús: él es al mismo tiempo la grande vía que conduce á Jesús: él el que ha dotado á María y José de dones que les han hecho lo que son, y el que nos ha dado á María y José: él el que ha dado el imperio á Jesús, y al que Jesús le devolverá un dia, para que Dios sea todo en todo y el imperio de Jesús no pertenezca al tiempo, sino á la eternidad: él el que es uno con el Hijo y el Espíritu Santo, que vendrá con ellos á nuestras almas y morará en ellas: él es el que, habiendo sido nuestro Padre en su amor durante toda la eternidad pasada, será nuestro Padre en su gloria durante toda la eternidad por venir.

El amor paternal tiene algo que exige particularmente la conftanza. Otro amor puede parecer más vivo, más activo, más demostrativo en lo exterior, ménos contenido por una apariencia de austeridad, ménos retenido por el temor, ménos avaro de palabras; pero en el amor de un padre hay algo supremo, infalible; algo que se hacía creer á pesar del mundo entero. En los dias de nuestra infancia atribuimos casi una competencia práctica á nuestro padre, apelamos de todo á él, cuyo juicio es infalibre y cuya decision, estamos seguros de ello, nos será favorable, y que posée medios irresistibles para hacer que se ejecute su sentencia: si se halla á nuestro lado, el fuego no nos quemará, el rayo variará de direccion, el viento y la tempestad no hacen más que agitar nuestro sueño, y los mugidos del mar no son temibles. En sus brazos se desvanecen los terrores de la noche y los huéspedes del país de los muertos no se atreven á perseguirnos allí. El amor de una madre, por más querida que nos sea, no tiene el mismo carácter. El amor que profesamos á nuestro padre es una imágen de nuestra afectuosa sumision á nuestro Padre celestial: porque con él somos siempre niños, no sólo del lado de acá de la tumba, sino del otro. El cielo es una infancia eterna en la casa de nuestro Padre. Muchos niños que temen á su padre, se permitirán con él libertades que nunca se toman con la madre. Sus temores son para su padre tan completamente como su amor. Así tímidos á la par que osados, nos sentimos tan libres con nuestro Padre celestial, que nos parece, en nuestra débil manera de concebir las cosas, que estamos más con él que con el Verbo y el Espíritu Santo. El Verbo ha debido ser velado en la carne para no asustarnos con su esplendor, y el Padre es el que, asiéndonos la mano, nos enseña al Verbo. El Espíritu Santo no es inefablemente querido, pero le tenemos miedo á causa de la posibilidad del pecado irremisible y por el recuerdo de su rigor con Ananías y Saphira, porque sabemos algo de la sensibilidad y lo celoso de su gracia. Sin embargo, el Hijo nos tiende sus fraternales brazos estrechándonos con amor, y el Espíritu Santo se complace en reposar en nuestras almas como una paloma en su nido. ¿Cuánta, pues, debe ser nuestra confianza en la ternura del Padre, puesto que nos atrevemos á abandonar nuestra eternidad á su justicia, con tanta tranquilidad como si no pudiera, si quisiese privarnos. para siempre de nuestra eterna herencia? No es posible expresar lo que dice, lo que canta, lo que muestra, lo que operá en nuestras almas la palabra: Nuestro Padre Celestial.

Nuestra relacion fraternal con Jesús es bien dulce, y posee una suavidad independiente y que le es propia: pero además nos abre una vía más profunda pará penetrar en la paternidad del Padre. Somos más hijos suyos, porque somos los hermanos de Jesús, y él es más nuestro Padre. La Santa humanidad nos ha glorificado á todos por su eminente filiacion. Del mismo modo que en los dias de Belen, el Padre deparaba misteriosamente á María y á José la imágen y los derechos de su paternidad bendita, y hacía así á la Infancia tan gloriosa y celestial, así ahora no quiere dejarnos sin semejantes consuelos. Se los confiere á los sacerdotes en sus relaciones con nuestras almas, y sobre todo en lo que concierne al Santísimo Sacramento. Debemos al amor del Padre, que por donde quiera que la Iglesia extiende sus límites, la tierra sea una perpétua Belen, una Belen que se reproduce por todas partes. El Niño Jesús, gozo del Padre y nuestro, está ahí para siempre, y el padre ha declarado que se complacia bien en él ; sobre el altar y en el tabernáculo, el Niño de Belen aumenta siempre la gloria del Padre; siempre, por la multitud de las almas redimidas, da al amor del Padre el medio de dilatarse; siempre le suministra nuevas ocasiones de comunicar su paternidad á nuevos hijos y por nuevas gracias: el culto nuevo y el tributo de amor que el Padre recibia del Niño de Belen, los recibe ahora tan nuevos como siempre, si no más prodigiosamente nuevos, sobre el altar: cada Misa esparce un nuevo brillo sobre todas las perfecciones del Padre en esa obra de su predileccion, la obra por la cual ha aminorado á su Verbo inmenso y eternamente pronunciado. Por el amor del Padre vivimos en Belen: encontramos allí pequeños Calvarios en donde el amor nos crucifica tiernamente, dispensándonos más que nos castiga, y castigándonos, no por castigar, sino para poder recompensar con más generosidad. Jamás vamos al gran Calvario; porque el Padre le ha reservado para nuestro Hermano mayor: no ha sido hecho para criaturas como nosotros: nuestro puesto está en Belen y en Nazareth. Segun los tiempos, tenemos nuestro desierto y nuestro Egipto, pero del Calvario la sombra solamente. Eso es todo lo que nuestro Padre puede dejarnos soportar. ¿Cómo expresar los sentimientos que tanta bondad hace nacer en nosotros? Pensamos en María, y sin embargo decimos, que cuando un padre es indulgente lo es más que una madre. Los niños tratan á su madre como una autoridad de conducta, y á su padre como á una autoridad de dispensacion, y las madres están contentísimas con que sus hijos puedan expresar así, segun su edad, el amor que profesan á su padre y que su lenguecita no sabria traducir en palabras. Es el gozo más noble de una madre el verá su hijo crecer en un amor recíproco de su padre para él y de él para su padre.

Fácil nos es reconocer el espíritu de la devocion al Padre Eterno, y pocas palabras nos bastarán para caracterizarle. Es una devocion de inmensa ternura: su rasgo principal es la ternura: puede decirse que casi todo es ternura, porque no hay verdadera ternura que no se halle consagrada por el temor. Por lo ménos, esa devocion es en nosotros la fuente de toda ternura y de toda inocente libertad de espíritu: da la plena significacion de nuestra creacion: es en sí misma la comunicacion más abundante y más pura del espíritu de Jesús: es la devocion suprema, la devocion de las devociones, el punto más alto á que la piedad puede llegar, y todo lo deja detrás de sí, excepto la devocion á la Santísima Trinidad. ¿Nos atreveremos á decirlo? En el órden humano es una especie de imitacion respetuosa del amor del Verbo y del Espíritu Santo, para el Padre su igual; iremos aún más léjos: es una imitacion del Padre mismo, engendrando eternamente al Hijo por el conocimiento que tiene de sí mismo, y con el Hijo produciendo al Espíritu Santo como su mútuo amor, porque consiste en el conocimiento y el amor del Padre, en la union con su Hijo expresado por la voz del Espíritu.

Hemos comenzado por el seno del Padre, y terminamos á sus piés: el seno y los piés del Padre representan todos los misterios. A causa del Verbo encarnado en su seno, una creacion es llamada á la existencia para mantenerse siempre á sus piés. La parte de la Creacion que comparte la naturaleza creada del Verbo encarnado, cae vergonzosamente léjos de los piés del Padre. Los ángeles rebeldes son abandonados en su caida, porque no participan de esa naturaleza: los hombres que la comparten son recogidos por el Verbo, su amigo. El que está en el seno, sale de él, se arroja á los piés de los hombres, fuerza su amor, los. vuelve á levantar con su permiso obtenido por su amor, y coloca á los que se lo permiten en una eterna seguridad á los piés del Padre. Tal es la historia de la Creacion. Asi la Creacion y la Encarnacion que pueden haber sido dos misterios, pero que actualmente no forman más que uno, están expresados por estas siete maravillas del Verbo de Dios. Un Verbo encarnado en el seno de Dios,-un mundo modelado sobre él á los piés de Dios ,-un mundo compartiendo la naturaleza creada del Verbo que habita en.el seno del Padre,-un mundo que la caida aleja de los piés del Padre,-un mundo que viene á buscar al Verbo que sale del seno del Padre,-un mundo reconquistado y vuelto á conducir triunfalmente á los piés del Padre.-El Verbo que ha vuelto á entrar permaneciendo eternamente con su naturaleza creada en el seno del Padre.

Hemos terminado. ¡Cuán alejado se halla del espíritu del mundo el de la tierra de Belen! El nos ha hecho subir hasta las alturas del Verbo Eterno y descender á los abismos de su insondable abatimiento: hemos encontrado allí el gozo y el dolor: las lágrimas han llegado á ser de sangre, y la sangre lágrimas: despues las dos se han convertido en sonrisas. El pesebre ha hecho vislumbrar la cruz, y la cruz se ha mezclado con la vision del pesebre. Ahora, por fin, la Infancia del Eterno nos ha hecho remontarnos dulcemente á la fuente viva de la eternidad, la primera Persona de la Santísima é indivisible Trinidad. El Niño Eterno y el anciano de los dias se han reunido, y no forman más que uno. El Niño sobre las rodillas de María, las rodillas de una madre terrestre, nos ha elevado por encima de nosotros mismos: nos ha conducido con un vuelo tan suave y tan rápido como el de la paloma, y nos ha llevado y colocado en nuestra antigua morada ahora eternamente asegurada á los piés del Padre Eterno.

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