R.P. Federico Guillermo Faber, Belén o el Misterio de la Santa Infancia
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Belén o el Misterio de la Santa Infancia

R.P. Federico Guillermo Faber

AL R. P. WILLIAM ANTONY RUTCHINSON,

Sacerdote del Oratorio de Lóndres.

MI QUERIDO ANTONY:

Hace seis años creí muy natural publicar un prefacio á mi Progreso del alma, en la vida espiritual, bajo la forma de una carta que os dirigia á vos, cuyo afecto habia mezclado de una manera muy notable en la vida y la experiencia que aquel libro representaba: ahora tengo tambien mis razones para obrar del mismo modo con respecto á Belen.

En efecto, este nuevo libro, no sólo representa un pasado en el que vos habeis tenido siempre tanta parte, sino que recuerda, por permiso de Dios, relaciones., que si son ménos placenteras, son por lo mismo mucho más tiernas. La voluntad de Dios, que os ha separado y asignado probablemente por toda vuestra vida, el padecimiento y la resignación, como parte de vuestro trabajo en su viña, han defraudado muchas esperanzas y desconcertado planes que nos eran más queridos de lo que los extraños podrian comprender. Tengo la confianza de que ni vos ni yo nos hemos rebajado jamás, ni áun de pensamiento, contra sus decretos.

Vuestra peregrinacion á Oriente, así Dios lo ha querido, no os ha devuelto la salud que habeis perdido en su servicio, y que tengo derecho para decirlo, es de más precio para mí que para vos. No le plugo tampoco concederos la fuerza necesaria para escribir vuestro viaje, para ventaja de su Iglesia y gloria de su Verbo. Pero una gran parte de este libro os pertenece, os debe todo cuanto las escenas que describen tienen de exacto y de pintoresco y adquiere para mí una especie de triste valor cuando pienso que es, con todas sus imperfecciones, el único recuerdo de vuestra laboriosa visita á los Santos Lugares.

Además., en donde las descripciones ofrecen algunas semejanzas con los lagos de la Clyde y las montañas de Argyle, me es muy dulce el recordar que esas imágenes nos son comunes á los dos; porque después de vuestra prolongada ausencia, en el halagüeño y hospitalario retiro de Ardencaple, nos hemos reunido por primera vez.

Las diferentes maneras de dividir ó de mirar la vida de Nuestro Señor os han interesado siempre particularmente, y habeis consagrado á ellas estudios muy serios. Me habeis enviado de la Tierra Santa una narracion y un plano arreglado á la topografía de la Palestina, el Egipto y el desierto, y me halagaba la esperanza de que pudierais llevarle á cabo. Voy á deciros ahora lo que me propongo en este libro.

Los misterios de los treinta y tres años de Nuestro Señor pueden tratarse de dediferentes maneras. Podemos considerarlos cada uno á parte tal como es en sí mismo, lleno de gracia y de Hermosura en su fisonomía propia y completamente distinto de los demás. En segundo lugar, podemos clasificarlos y dividirlos, por ejemplo, en gozosos, dolorosos y gloriosos, dando á cada clase su carácter especial y en la unidad de cada uno de ellos, conservando á cada misterio su individualidad propia. ó bien, en tercer lugar, podemos considerarlos como grupos ó constelaciones de las que cada uno forma una unidad como la Infancia, la Vida oculta, el Ministerio público, la Pasion y la Vida resucitada, ó los cuarenta dias. Cada una de esas constelaciones tiene una unidad más perfecta que las divisiones de los misterios segun sus caractéres gozosos, dolorosos y gloriosos, y al mismo tiempo, los misterios separados de que se compone la unidad, tienen una variedad más grande. En cuarto lugar, podemos aprender mucho haciendo abstraccion de los misterios separados, para no considerar más que las analogías ó los contrastes de las cinco constelaciones entre sí. Es muy difícil decidir qué analogías ó qué diferencias son las que pueden suministrar más datos á la teología y á la devocion.

El tratado siguiente es un ensayo del tercer método de tratar la vida de Jesucristo, combinada con el cuarto, cuando la materia lo sugería. En mi espíritu, y probablemente por una costumbre poética de localizar las cosas, designo mis cinco constelaciones de misterios con los nombres de Belen, Nazareth, Galilea, Calvario y Genezareth, denominaciones que tal vez no tienen más que una exactitud aproximativa, pero que son suficientes para mi designio.

Debo advertiros también, y por ese medio á mis lectores que en el tratado hay partes susceptibles de una interpretacion falsa, si no se leyese el conjunto. Bajo todos los demás conceptos, él mismo se explicará, y lo confío á vuestra indulgencia y á la del público, rogando á Nuestro Señor, si lo tiene por conveniente, que le acompañe con su gracia para que inflame y haga arder las llamas de Navidad en los corazones sencillos, como los de los niños.

No puedo concluir sin decir que experimento cierta repugnancia en publicar mi libro en este momento. La Iglesia se halla sumida en profunda afliccion, y la devocion á la Iglesia en ninguna parte debe ser una pasion más absorbente que en los corazones de los hijos de San Felipe Neri. El Vicario de Jesucristo se encuentra en la mayor desolacion, y áun cuando no deje de tener ejemplo en los anales de la Iglesia, no por eso aflige ménos á sus hijos. Los que han hecho voto de una sumision especial, al Santo que la Iglesia ha canonizado como el Apóstol de Roma, no pueden dejar de tener despedazado el corazon, cuando el Santo Padre lleva tan evidentemente la corona de espinas. Este año, que á Dios gracias toca á su fin, ha tenido una buena parte de dolores, tanto interior como exteriormente, está sembrado de ruinas, como un mar embravecido y con los restos de los náufragos.

En estos tristes instantes será para vosotros, como para mí, y sin duda también para nuestros hermanos, una circunstancia santa y patética, él que estas líneas os hayan sido dirigidas desde aquí en la festividad de Santa Catalina, la mártir de Egipto y la Santa querida del Sinaí.

Vuestro siempre afectísimo, querido P. Antony,

FEDERICO GUILLERMO FABER.

Arundel Castle, fiesta de Santa Catalina, 1860.

Capítulo I El seno del Padre Eterno

Jesucristo era ayer, es hoy, y será en todos los siglos . Estas palabras del Apóstol expresan la más noble y la más deliciosa ocupacion de nuestra vida. Pensar siempre en Jesús, hablar siempre de Jesús, escribir siempre acerca de Jesús, ¿qué gozo puede haber semejante á éste en la tierra, cuando pensamos en todo lo que le debemos, y en la situacion él que nos encontramos con respecto á él? ¿Quién podria fatigarse?. El asunto adquiere cada vez mayores proporciones á nuestra vista; nos atrae. Es una ciencia cuyos atractivos se multiplican á medida que penetramos más en sus profundidades. Lo que debe formar nuestra ocupacion en la eternidad, gana cada vez más terreno, y se apodera dulcemente de la longitud y de la latitud del tiempo. La tierra se eleva hasta la altura del Cielo, cuando comenzamos á vivir y respirar en la atmósfera de la Encarnacion. Jesús produce el Cielo por donde quiera que se encuentra, ya sea en el Tabernáculo, ya en el corazon del que le recibe: como en otro tiempo, después de su muerte, se llevó consigo á los limbos la vision beatífica, y trasformó en el brillante explendor del Cielo la sombría y melancólica mansion de los patriarcas.

La contemplacion de sus grandezas no es solamente un gozo: es algo más que una dulce ocupacion. Opera una accion real en nuestras almas, una accion que la gracia de la perseverancia puede hacer inmortal. Eso es justamente lo que dijo Rigoleuc: «Basta mirar á Jesús y contemplar sus virtudes y sus perfecciones. Esa vista es capaz, por sí sola, de producir maravillosos efectos sobre el alma; del mismo modo que una simple mirada dirigida á la serpiente de Metal que Moisés habia elevado en el Desierto, bastaba para en. rar de la mordedura de las serpientes. Porque no se, lamente todo lo que hay en Jesús es santo, sino que es además santificador, y de naturaleza de imprimirse sobre las almas que se aplican á considerarle, si lo hacen con buenas disposiciones. Su humildad, nos hace humildes; su pureza, nos purifica; su pobreza, su paciencia, su dulzura y sus demás virtudes, se imprimen en los que las contemplan. Eso puede hacerse sin que por nuestra parte reflexionemos, sino simplemente y por el sólo hecho de que consideremos esas virtudes en Jesús, con aprecio, admiracion, respeto, amor y complacencia .» Que esa esperanza nos ánima hoy que nos aproximamos á Belen para estudiar los misterios de su santa infancia. El amor sucumbe bajo él peso de la dulce imposibilidad de comprender jamás la magestad de nuestro querido Salvador. En Belen veremos más de lo que podemos comprender, y lo que no podamos comprender, nos colmará de amor, y el amor es el que nos hace sabios en las vias de la salvacion.

Podemos considerar los misterios de los treinta y tres años de dos maneras. Podemos, ó examinar cada misterio separadamente, como nos ha sido revelado en los Evangelios, ó colocar los misterios en diferentes clases, representando cada una de ellas una division de la vida de Nuestro Señor. Así, Belen, Nazareth, la Galilea, el Calvario y Genesareth, serán su infancia, su vida oculta, su ministerio público, su pasion y su vida resucitada, y cada una de esas circunstancias representará muchos acontecimientos bajo un sólo título. Belen comprenderá las acciones y los padecimientos de doce años, y abrazará el Desierto, el Egipto, una mansion en Nazareth, y los misterios de que fué teatro Jerusalén. De ese modo, Nazareth representa diez y ocho aires, y la Galilea tres, miéntras que el Calvario no ocupa más que tres dias, y Genesareth cuarenta. Al mismo tiempo, los grupos de misterios representados por esos nombres, poseen cada uno una ciudad que lo es propia. De ahí procede el que podamos contemplarlos de dos maneras. Podemos, por ejemplo, estudiar la pasion, ó bien tomando alternativa y separadamente cada uno de los misterios que la componen para alimentar con ellos nuestra alma, ó bien podemos mirarla como un misterio único en realidad, completo en si mismo, y en cierto sentido indivisible, y considerar las diferentes acciones y padecimientos diversos que nos ofrece, como manifestaciones diferentes de su unidad.

De está última manera me propongo considerar la santa infancia de Nuestro Señor. Podemos mirar los doce primeros años como formando un misterio único con un carácter y un espíritu particular, muy distintos del carácter y del espíritu de su vida oculta, ó de su ministerio público. Los diversos misterios subordinados que contiene llevan todos el mismo sello, y todos son de la misma naturaleza. Belen es un asunto magnífico y lleno de atractivo, digno de la contemplacion exclusiva de una larga, vida. Tenemos que penetrar en el seno del Padre Eterno, y contemplar la generacion eterna del Verbo. El seno de María deberá ser Para nosotros, como lo era para él, «un palacio de marfil» lleno de inefables dulzuras. La gruta de Belen y los patios del templo de Sion, las arenas del desierto y las orillas verdegueantes del Nilo, los bazares de Heliópolis, y los retirados campos de Nazareth, los ángeles entonando cánticos en los aires, los pastores alternando en sus veladas, los tres reyes viajando guiados por la estrella, los gritos dolorosos de los inocentes, y los gemidos de sus inconsolables madres, María y José, Simeon y Ana, los aldeanos de Nazareth y los doctores de Jerusalen. Todos esos objetos, todas esas personas, deberán ocuparnos alternativamente como el teatro y como los actores de misterios encantadores, que nos aclaran las profundidades del carácter de Dios, y que conciernen de la manera más íntima á nosotros, y á nuestra propia salvacion.

La santa infancia es un mundo especial. No forma de hecho una creacion aparte, porque ninguna de las creciones de Dios está separada de las demás: no son más que las partes de un todo. Sin embargo, en el mundo de la santa infancia, hay la particularidad de que en ella se encuentra el origen de toda creacion. Es la morada de la predestinacion de Jesús, la tierra de sus eternos principios en la inteligencia de Dios: no comienza con la salutación angélica en Nazareth: se remonta á la eternidad. Comienza con los principios de Jesús , y desciende hasta el año duodécimo, segun su generacion temporal. El Niño de Belen reposa en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos, allí es la causa de toda creacion, á la par que el modelo. No podemos separar su infancia terrestre de sus principios celestiales, porque sin ellos sería inintelegible. Es una region magnífica que debe recorrerse. Las razones del Criador para tener una creacion, las preparaciones del Criador para su entrada en su propia creacion; la manera extraordinaria en que vino; la belleza espiritual, intelectual y artística de su conducta misteriosa; lo inmutable adaptándose á la condicion de una infancia débil, muda y mortal: tales son las maravillas que se agolpan en nuestro camino través del país divino que hoy nos arriesgamos á explorar. Cuanto más sencillamente tratemos esos objetos, más aprenderemos á conocerlos, y deberemos armarnos de mucha paciencia y atención en las dificultades, que no dejarán de presentarse. Por lo ménos, cuando hayamos llegado al fin de nuestra empresa, amaremos á Dios un grado más, y un nuevo grado de amor á Dios no seria demasiado caro áun cuando costase muchos martirios; con esa esperanza y esa conviccion vamos á comenzar.

Mas, ¿á quién acudiremos para que nos acompañe en nuestro viaje? ¿ Quién será para nosotros el doctor de la Santa Infancia? Sin duda alguna será San José, tan extrechamente unido al Niño Jesús, y tan querido a su Madre inmculada. Si ha habido algun santo penetrado del espíritu de Belen, seguramente ha sido él, Antes que comenzara las fatigas del ministerio público, antes que las sombras de la pasion comenzaron á condensarse en el horizonte, San José habia terminado su mision. Pertenecia á Belen y á Nazareth, y Dios le llamó á sí en el momento en que Nazareth tocaba á su fin. Reposaba en la dulce tranquilidad del seno de Abraham, cuando Jesús bebia su cáliz de dolores, y María llevaba de una á otra parte su corazon dilacerado á través de los numerosos misterios de aquellos tres años tan fecundos en acontecimientos. El espíritu de la Santa Infancia es en cierto modo toda su santificacion. Nadie puede hablarnos como él del corazon de la jóven Madre, y del corazon del Niño Divino. Asi, pues, deberemos suplicarle que venga con nosotros, que nos ayude en las oraciones que haremos para obtener la luz, y rodearnos de la atmósfera de su propio espíritu de dulzura y de meditacion: deberemos tambien recordar su presencia; aún cuando no hablemos de él, para que todos nuestros pensamientos y todas nuestras palabras estén impregnadas del suave perfume del alma de aquel gran Santo.

Cuando la alondra se remonta hácia el cielo para entonar el himno de la mañana, el ruido de los trabajadores, el bullicio de la tierra, los balidos de las ovejas, los mugidos de las vacas, el susurro de las aguas y el extremecimiento de las hojas van debilitándose á medida que el pájaro se eleva por los aires. El viento hace balancear las ramas de los árboles, pero su movimiento no produce para ella rumor alguno. La brisa de la mañana hace plegarse las plateada hojas del césped, bajo el cual se halla oculto su nido; de manera que toda la llanura se eleva y se baja, formando olas blancas y verdes semejantes á las del mar: pero todo eso no es más que un espectáculo silencioso. Ningun sonido llega hasta la avecilla, encerrada en aquella region de apacible luz, en donde desarrolla sus himnos gloriosos de los que no percibimos más que el preludio cuando emprende su vuelo, ó las últimas notas precipitadas, cuando abandonando su brillante retiro, desciende rápidamente hacia la tierra. Lo mismo nos sucede á nosotros en la oracion , cuando nos elevamos por encima de nuestras propias necesidades y de los gritos importunos de nuestras tentaciones; y olvidándonos de nosotros mismos, alzamos nuestro vuelo hácia el trono de Dios oculto en una luz inaccesible. Los ruidos de la tierra se desvanecen desde luego. Despues, el espectáculo silencioso que se agita delante de nosotros parece fijarse, perder todo movimiento y disminuir poco á poco. En seguida, se funde en una vision confusa apénas coloreada, y bien pronto se abate detrás de una niebla azulada, somejante á la tierra que se descubre imperfectamente desde el mar. Entónces parece abandonarnos la atraccion de la tierra, y nuestra alma se lanza hácia el cielo, como si, semejante al fuego, su centro estuviese en las regiones superiores, y no acá abajo. Hé ahí lo que debemos hacer hoy , porque tenemos que elevarnos hasta el seno del Padre Eterno.

San José se encuentra de rodillas junto al Niño en la gruta de Belen. Avancemos hasta acercarnos á él, arrodillémonos á su lado, y sigamos el curso de sus pensamientos. No hace más que una hora que ese Niño maravilloso ha venido al mundo, y ha regocijado los ojos de María con los inefables consuelos de su faz divina: no hace más que nueve meses que se encarnó en Nazareth, y sin embargo, sus principios no datan de Nazareth ni de Belen. Tenía ya la edad de años eternos cuando nació. El tiempo que habia ya atravesado tantos y tan largas edades, y que tal vez habia durado inmensas épocas seculares ántes de la creacion. del hombre, era más jóven un número infinito de siglos que el Niño de Belen. La creacion de los ángeles con la hermosura y la alegría de sus primeras gracias, la adoracion regular de sus jerarquías, su misteriosa prueba, la caida espantosa de una tercera parte de su número y el combate de Miguel con los rebeldes, nos aparecen confusamente entre las nieblas más lejanas de la historia del hombre. Sin embargo, el Niño de Belen es mucho más antiguo que todo eso. Y en realidad, en derredor suyo se ha agrupado toda la historia de los ángeles. Ha sido simultáneamente su Criador y el modelo con arreglo al cual han sido criados, la caida de los que sucumbieron, y la perseverancia de los que quedaron en pié. Más tarde, se dedicará á un ministerio de tres años en la Galilea, y entre las ciudades de Judá y de Benjamin; pero en realidad, toda la historia del mundo de los hombres, desde los tiempos del paraiso terrenal hasta el instante de la Inmaculada Concepcion, ha sido su ministerio. Predicó ántes del diluvio; derramó su bendicion sobre las tiendas de los patriarcas, distribuyó gracias, salvó almas, y operó milagros en el judaismo y en la gentilidad durante algunos millares de años. Pero en este momento, y segun el cómputo de los hombres, no tiene más que una hora.

Este planeta que habitamos ha sido creado para ser, en cierto modo, el jardin, el Eden de su encarnacion, y le ha adornado en su amor ántes que Adam, su primera imágen, fuese llamado á vivir en las frondosidades del Asia. Belen no era, pues, su primera morada. Es necesario que le busquemos una mansion eterna, si es en realidad más antiguo que los ángeles, primogénitos de todas las criaturas. La sombría bóveda del interior de la gruta, y la parte exterior iluminada por la claridad de la luna, no se asemejan al aspecto que nos ofrece su mansion eterna. Es el Verbo eterno: es la primera palabra que se ha pronunciado, y lo ha sido por Dios: y es igual en todas las cosas á aquel por quien ha sido proferida. Ha sido pronunciada desde toda eternidad, y no habia espacio dentro del cual pudiese ser pronunciada, ni sonido que acompañase al acto que la pronunciaba, y el Padre que la pronunció, ó más bien, que la pronunció, no existe anteriormente al Verbo, en la palabra que pronuncia. Esa persona divina, el Padre, que percibimos confusamente, es semejante a. un manantial de resplandeciente luz, del cual manan aguas increadas; porque ese manantial no es una fuente sin agua, y las aguas son tan antiguas como el manantial mismo. Del Padre dimana el Hijo, del Padre y de su Verbo procede el Espíritu Santo; y los tres son iguales entre sí, coeternos y consubstanciales. Sin embargo, el Padre es la primera Persona, y para él no hay ni superioridad ni prioridad. Es la fuente única de la divinidad, y en eso consiste Precisamente la gloria del manantial, y que los dos arroyuelos que brotan de él sean iguales en todo. En su adorable sublimidad es el asociado inseparable, y no enviado de las dos Personas divinas que han recibido una mision, y que se envian á sí mismas. Es él, es el Dios Padre,. que nos representamos sin figura en medio de esas llamas que no encierra ningun lugar. Es él, que distinguimos sin imágen, con los ojos iluminados de nuestra fe. Es el que contemplamos sin luz en las tinieblas de su deslumbradora magestad. Es el que con toda la extension de su inmensidad encerramos en las ternuras de nuestro amor respetuoso. Es el que en su inefable incomprensibilidad, comprendemos con fruicion, en el conocimiento que nos ha dado de ser sus hijos. Es su seno abismo de inagotable hermosura, mansion de una paz inalterable, tesoro de la beatitud divina, que es la morada del Niño de Belen, y el único lugar en donde ha tenido nacimiento.

En ese seno nació la Persona divina, que es el Niño de Belen la Persona que jamás ha comenzado á nacer y que nunca ha cesado de nacer. Jamás el Padre ha existido sin el Hijo. ¡No engendrado y eternamente engendrado!... ¿Cómo reconocer la distincion entre esas dos cosas como no sea por la fe? La fe, ó la vision, que es en la otra vida el complemento de la fe. Del mismo modo que jamás ha habido un momento en que el Hijo no habia todavía nacido ,asi tambien jamás podrá haberle en que cese de nacer. En la eternidad, y no en el tiempo, se produce su inexplicable generacion. Procede del Padre por vía de generacion: procede de la inteligencia del Padre: es la inteligencia que el Padre tiene de sí mismo, ó más bien, es producido por ella: es la expresion de todas las perfecciones del Padre. No sólo es la. semejanza del Padre, es algo más. Le es consubstancial. Sin embargo, no es idéntico con el Padre, porque forma una persona distinta. El Padre se conoce, y por ese conocimiento de sí mismo, el Hijo nace entre los explendores de la santidad increada, en medio del jubilo inefable de todas las perfecciones divinas. Así, la generacion del Hijo no es un misterio cumplido y pasado. No es un acontecimiento producido en época muy remota, ántes de la existencia del tiempo. Lo que es eterno debe irse continuando siempre. Sólo lo que ha de concluir debe haber tenido principio. Debemos, pues, tener presente en nuestro espíritu que el Hijo, igual y coeterno con el Padre, es continuamente engendrado en el seno de su Padre, lo mismo en el momento presente que desde toda eternidad: no ha habido un instante en que no haya sido engendrado, no hay ninguno en que no lo sea; y no hay sitio alguno en toda la extension de la omnipresencia divina, en donde su generacion eterna no se continúe sin cesar, tanto cerca y léjos de nosotros, como en las regiones del espacio, y como en nuestro interior, en los silenciosos pliegues de nuestras almas. Sin embargo, en ninguna parte es interrumpido el silencio por esa prodigiosa palabra del Padre. El Verbo, presente en todas partes, no produce ni áun una vibracion en el aire; cuando se escapa con el poder irresistible de su divinidad, no se oye el ruido de su omnipotencia. Su luz, que ilumina todas las cosas, brilla á través de la calma de la noche, y las tinieblas permanecen silenciosas y apacibles, como el plumaje del pájaro sumergido en el sueño. ¿ Cómo podemos encontrar reposo en ninguna parte, cuando hemos perdido de vista, cuando ya no nos es posible oir esa palabra del Padre? ¡Mirad cómo los espíritus angélicos, cómo las almas de los bienaventurados se agrupan noche y dia para ser testigos de esa palabra eterna, para bañarse en su luz beatífica, y para ser trasportadas y extasidas por su espiritual armonía!... Tal es el verdadero nacimiento del Niño de Belen, por siempre más antiguo que la colina en donde se halla situada la aldea de ese nombre, por siempre más jóven que la flor de la violeta que ha aparecido esta mañana en la extensa pradera en donde reposaban los rebaños, cuando los ángeles cantaban en lo más alto de los cielos.

Es imposible expresar la beatitud de la vida dentro del seno del Padre porque al mismo tiempo que el Padre pronuncia por siempre su Verbo eterno, él y el Verbo producen por siempre tambien, por vía de aspiracion, al Espíritu Santo, la llama increada de su amor mutuo y de su júbilo sin fin; el Espíritu Santo, Persona distinta del Padre y del Hijo, y sin embargo, el lazo que las une, por decirlo así, igual á los dos, coeterno con ellos, el término de Dios y el límite de lo ilimitable. ¿Quién puede pensar en semejante santuario sin temblar por un exceso de amor? ¿Quién puede fijar su mirada en él durante la oracion sin temblar; por un exceso de temor, de que lleguemos á perder su vision sin fin?. En esas apartadas profundidades de una incalculable eternidad, permanecia el Niño de Belen, ántes que se dignase tomar visiblemente posesion de la gruta de Belen. Allí es en donde debemos buscar sus principios, que jamás han comenzado; de allí debemos datar la genealogía del Eterno, que no tiene antepasados; á la luz de esas tinieblas debemos examinar á Belen y Nazareth, el Egipto y el desierto; y debemos aprender los misterios de esa infancia mortal del Verbo eterno.

¿Qué especie de vida hacía el Verbo en el seno del Padre? Era una vida con ausencia de toda criatura, porque entónces no existia criatura alguna sino en los designios y en los decretos de la inteligencia divina, y en los recursos ínagotables de la sabiduría divina.

Era una vida de complacencia infinita: Dios reposaba en sí mismo. En sí mismo encontraba su satisfaccion, su infinidad. La inmensidad de sus perfecciones se extendia delante de él, y las atravesaba, por decirlo así, con su inteligencia, por siempre bendita. Conocerse infinito por medio de su conocimientó infinito, era para él ser infinitamente dichoso.

La vida en el seno del Padre era tambien una vida de amor, pero un amor que no es permitido concebir á nuestra inteligencia limitada. ¿Quién podría formarse jamás una idea del amor del Padre y del Hijo? ¿Quién podrá ver en la profundidad de su inteligencia, áun en sus pensamientos más recónditos, que son demasiado profundos para poder ser expresados con palabras, cómo procede ese amor del uno y del otro? Es la procesion de un fuego increado, la agitacion de las olas de un Océano increado, que esparciéndose por defuera del Padre y del Hijo, permanecen, sin embargo, dentro del seno de la Divinidad. Es un júbilo que nadie está destinado á oir; el resonar silencioso de una felicidad eterna que choca contra una ribera inmaterial. ¿Y debemos ser admitidos un dia á la vista y al goce de esa vida divina? Es el mismo fin para que hemos sido criados. Hay más, en cierto sentido; hemos sido, como vamos á ver, una parte de esa vida de Dios. Hemos sido conocidos y amados hasta en esas regiones eternas, en esas regiones sin límites de existencia increada, ántes del nacimiento del tiempo; y nuestro verdadero destino es entrar en el gozo de esa vida triunfante, ver á Dios como es y vivir en union sin fin con él. Nuestra felicidad es, apénas podemos creerlo, el ser admitidos á añadir un rayo más á la gloria exterior de esa magestad bendita. Podemos ser un destello más de luz en derredor de la inmensidad de su trono, y un nuevo reflejo del resplandor deslumbrador de la corona de gloria que se digna llevar. Sea cual fuere la infinidad de nuestra pequeñez, podemos, y eso es para nosotros el gozo de los gozos, podemos ser un nuevo objeto sobre el cual se ejerza su absoluta soberanía. Somos bastante grandes para recibir la luz de su justicia1 y presentar un espacio sobre el cual puedan caer sus rayos. Su misericordia puede refiejarse de una manera admirable, áun sobre la debilidad de nuestras almas tan pequeñas. Podemos reposar sobre la ribera de esta vida triunfante, proyectar algunos rayos, y dejar escapar un dulce murmullo, miéntras que sus brillantes ondas pasan por siempre sobre nosotros. ¡Oh magnífico destino de los hombres! ¡Qué feliz es nuestra vida presente! ¿ Y cuánto más lo es nuestra vida futura? ¡Qué dichosa es nuestra adoracion, qué dichoso es el temor con que cumplimos la obra de nuestra salvacion que nos promete una recompensa tan magnífica y tan divina!

Tal era la vida sin criaturas que el Verbo eterno llevaba en el seno de su padre; habia tenido lugar con falta de criaturas, y sin embargo existian séres creados.

¿Cuál era, pues, el primer aspecto bajo el que aparecia la creacion en la inteligencia divina, si podemos emplear la palabra «primero» con respecto á lo que era eterno? Puede por lo ménos haber habido prioridad de órden, áun cuando lo hubiera prioridad de tiempo. Hay precedencia en los decretos hasta en donde no hay sucesion.

La primera mira de la creacion, tal como estaba en la inteligencia de Dios, fué la de una naturaleza creada unida á la naturaleza increada en la persona divina. O en otros términos, el primer aspecto bajo el cual se mostró la creacion, fué el aspecto del Niño de Belen. El primer paso fuera de Dios, el primer punto de partida de la creacion, es la naturaleza creada unida á una persona divina. Por eso, por decirlo asi, se efectuó el paso del Criador á las criaturas. Tal ha sido el punto de enlace, la union de lo finito con lo infinito, la criatura mezclada de una manera no confusa con el Criador. Esa primogénita de todas las criaturas, esa santa humanidad , no era solamente la primera de las criaturas, sino que era tambien la causa de todas las demás. Era la primera, y á ella se referian todas las demás. Todas se agrupan en derredor de ella, están en relacion con ella, sacan de ella su significacion, y además están formadas por su modelo. Su predestinacion es la fuente de todas las demás predestinaciones. La significación de la creacion entera, lo mismo que los destinos de las criaturas tomadas separadamente, están estrechamente enlazados con esa naturaleza creada, unida á una persona divina. Es la cabeza de la creacion angélica, de la creacion humana y de todos los demás creadores, sean cuales fueren, que jamás puedan existir. Ocupa una posicion universal, que une todas las creaciones á Dios.

La naturaleza creada , predestinada para unirse al Verbo, reposaba eternamente en el vasto seno del Padre. Era una naturaleza escogida desde toda eternidad con una predileccion marcada y llena de significacion. Era la primera de las criaturas. Ella es. el que en la naturaleza que ha tomado llamamos Jesús. Todos los ángeles, todos los hombres, todos los animales y toda la materia, han existido por causa suya y por él. Él es la única razon de ser de todas las cosas creadas, su única explicacion, la única regla y la única medida de todas las obras exteriores de Dios. A la luz de esa predestinacion de Jesús, debemos considerar toda vida, toda ciencia, toda historia, todas las grandezas de los ángeles, todos los destinos de los hombres, toda la geografia tan variada de ese jardin grandioso sembrado de estrellas que se eleva sobre nuestras cabezas, y todas las posibilidades problemáticas del espacio poblado de mundos. Nuestra propia vida tan pequeña , nuestro planeta con su estrecha órbita, que se asemeja á la huella que el insecto deja sobre la hoja, aparecen en el dulce resplandor de la predestinacion de Jesús, como en una hermosa postura del sol: allí encuentran su suave significacion y las ve, casi infinitamente queridas de Dios: porque Dios las ha revestido con respecto á él, de una importancia que nos ofrece uno de los misterios más difíciles de comprender, porque es la prueba del amor más increible.

En fin, llegó un tiempo en que ese designio eterno de Dios debia tener efecto, y realizarse, como hablamos, nosotros criaturas actualmente fuera de su divina inteligencia. Por qué debia venir el Niño de Belen, por qué vino en tal época y no ántes, porqué tan pronto, y por qué tan tarde, no nos es posible decirlo. Se han formado muchas conjeturas respetuosas y legítimas, pero todas las pasamos en silencio, porque todas son muy inferiores á la grandeza del acontecimiento y á la sublimidad del decreto que procuran explicar. Pero el amor de Dios á sus criaturas condesciende con tanta frecuencia en tomar el aspecto de la impaciencia, que no nos sorprendemos cuando los teólogos nos dicen, segun nuestra manera humana de hablar, que el Verbo, en su impaciencia, apresuró el tiempo de su venida, atraido por los encantos de la pureza de María. iOh! ¿Cómo se asemeja siempre Dios á sí mismo?...¿Aguardando con paciencia durante tan largo tiempo, y luégo tan intranquilo y tan pronto en el último momento? ¿Pero la gracia no obra siempre así? Hay en sus operaciones más deliberadas una especie de repentinidad, que sólo es perceptible á un discernimiento espiritual. Así es como vienen las conversiones: así maduran las creaciones. Dios nos sorprende siempre de improviso, cuando tiene sobre nosotros proyectos de amor: miéntras que su justicia nos advierte con mucha anticipación, y no llega sino despues de ostensibles preparaciones, queriendo en cierto modo glorificarse, haciéndose sin cesar, acompasar de esos testimonios de misericordia.

Cuando meditamos sobre la vida del Verbo que debia tomar una naturaleza creada, nos la representamos como haciendo elecciones multiplicadas, en los momentos en que reposaba en el seno de su padre. Llevaba una vida de elecciones, y cada una de ellas era una prenda de afecto para nosotros, nos miraba de la manera más íntima, y no reposaba sino en sus perfecciones infinitas: todas sus elecciones eran eternas.

Su primera eleccion fué la de su naturaleza. Innumerables naturalezas razonables y posibles presentaba el campo de su inmensa sabiduría. Todas debian encerrar atractivos especiales y conveniencias particulares, porque eran ideas de su divina inteligencia. Habia que escoger entre aquellas naturalezas, y basar la eleccion en razones de una belleza infinita y de una sabiduría infalible. No nos atrevemos á atribuir á Dios una predileccion sin motivo, aunque no podamos explicarnos sus preferencias. Tenía especialmente que comparar, á no ser que la comparacion suponga, demasiado trabajo para una sabiduría infinita, la naturaleza de los ángeles y la naturaleza de los hombres, y tal vez tambien otras naturalezas razonables existentes. ¿Cuántas cosas dependían de esa eleccion?. Toda la historia de la Creacion deberá simplemente dimanar de ella. Los motivos parecen deber decidirle á tomar una naturaleza angélica. La naturaleza de los ángeles es mucho más elevada, y por consiguiente se acerca más á él: es mucho más bella, y por consiguiente más conveniente para él. Es puramente espiritual, y nos es fácil concebir que una Persona divina mirara con disgusto el contacto con la materia. La Iglesia le da las más expresivas gracias, porque no tuvo horror al seno virginal de su Madre Inmaculada. Si consideramos su compasion, recordaremos que los ángeles cayeron lo mismo que el hombre, y que la raza humana hubiera podido terminar en Adam y Eva, miéntras que una tercera parte de las multitudes angélicas habia caido ya en el abismo, ó caia actualmente á los ojos de la prevision infalible del Altísimo. Los ángeles tambien le aman más que los hombres. Parece que en realidad le aman más, y que además poseen mayor facultad de amarle. Sin embargo, parece que en la carne él ha amado á Juan más que Pedro, aunque éste le amaba más que Juan. Escogia la naturaleza humana más bien que la naturaleza angélica, y la escogió con la eleccion infalible de un Dios. Ciencias innumerables se hallan encerradas en las profundidades de esa eleccion: y sólo el conocimiento del carácter de Dios, que nos ha dado esa eleccion, puede permitirnos el formar algunas conjeturas en su favor, miéntras que de otro modo, segun nuestra manera de juzgar las cosas, todas las razones hubieran parecido serla contrarias. En esa eleccion de una naturaleza humana, habia un exceso de condescendencia que satisfacía más plenamente las perfecciones divinas . Por la bajeza á que desciende, el Verbo gana más de lo que podia tener como Dios, y parece que quiere hacernos comprender, que un grado más de humillacion no carece de importancia á sus ojos. Por esa eleccion ha penetrado más en su propia creacion, y se ha acercado más al límite de esa nada, que en cierto modo es la antípoda de Dios. Si pudiéramos imaginar un instante en que esa eleccion no estaba todavía hecha, pero en el que estaba á punto de hacerse, ¿cómo sentiríamos todos nuestros destinos temblar en la balanza?. Todo lo que nos hace soportable la vida, todo lo que dulcifica el pasado ó embellece el porvenir, toda la perspectiva de la vida sin fin que se abre ante nosotros, todo eso y otras cosas más que nos conciernen y que no conocemos, estaba encerrado en esa eleccion eterna de la naturaleza que la Persona del Verbo Eterno deberia tomar. Esa eleccion es el gubernalle, que todavía en este momento dirige nuestro tiempo y nuestra eternidad. Felices, más dichosos que todos los ángeles, somos en pertenecer á la familia, cuya naturaleza ha sido elegida por el Verbo eterno. Si, esa felicidad es una de las que hacen imposible la desgracia.

Al enumerar todas esas elecciones del Verbo en el seno del Padre, no olvidemos que del mismo modo que no habian tenido principio, así tambien no venian en un órden sucesivo. Mas como debemos citarlas con cierta série, las dispondremos como si se presentasen conforme al conocimiento que tenemos de las cosas.

Escogida ya la naturaleza, y siendo ésta la humana, la primera elecccion que hizo en seguida fué la de su alma bendita. Entre las almas de los hombres no hay quizá dos que se asemejen: los efectos de la gracia en las almas son tan variados como las producciones de los diferentes terrenos. La variedad de los santos es una de las variedades más gloriosas de la tierra. Así es que innumerables almas magníficas, capaces de la más alta santidad sobrenatural, radiantes en la plenitud de sus facultades naturales, revestidas con la hermosura moral de la más encantadora pureza se presentaban ante su vista, semejantes á globos luminosos en el sombrío abismo de la nada. Habia que hacer una eleccion entre todas las almas, posibles, y debia escoger una que pudiese ser bastante fuerte para permanecer en los ardores de la union hipostática, iluminar el cielo en lugar del sol y de la luna por su santidad creada, y contener un océano de gracia, que casi podríamos llamar. ¿De qué júbilo debió ir acompañada esa eleccion?... ¿Con qué inefable complacencia el Verbo eterno debia reposar, no sólo en la sabiduría de su eleccion, sino tambien en el Sér bendito que fué su precioso objeto?...

Eligió igualmente el cuerpo en que debia ser encarnado. La carne tan pura y la sangre preciosa que debian estar unidas á una Persona divina, y luégo permanecer para siempre en una adorable union con ella, era uno de los objetos dignos de su eleccion eterna. Escogió un cuerpo constituido de tal manera, que pudiera ser capaz de soportar las oleadas de gloria que queria derramar sobre él. Escogió un cuerpo, cuya extremada sensibilidad pudiese, en cierto modo, ayudar á las operaciones delicadas de esa hermosa alma, más bien que impedirlas. Escogió un cuerpo, cuyo magnífico tejido podia ofrecerle más tarde un instrumento de padecimiento, como jamás ha existido entre los inmensos recursos de la vida creada. El mismo delineó sus futuras facciones humanas. Era para él de toda eternidad un gozo el leer cuanto habia de amable en la variedad de su expresion. Su mirada centelleante, era una nueva elocuencia, que no dejaba de tener sinificacion para él en aquella profunda vida divina de la eternidad. Los acentos de su voz eran una armonía perpétua y silenciosa para su oido. Su semejanza con su Madre era uno de esos gozos eternos. Así, desde toda eternidad, el artista celestial dibujaba, pintaba, en la oscuridad del abismo increado, esa belleza de formas y de rasgos que debia extasiar á los ángeles y á los hombres en los transportes de un amor inmenso é invariable. ¿No encontraba él mismo sus delicias en su obra?.

Escogió tambien su Madre. Si reflexionamos en nuestro júbilo cuando pensamos en María, cuando meditamos sus amabilidades solbrenaturales, y cuando estudiamos la grandeza de sus dones, y la encantadora pureza de sus virtudes, tendremos una idea débil, una idea como nos es posible tenerla, de la dicha inefable que debió ser para el Verbo el escoger á María y crearla por la eleccion misma que hacía. Le era preciso elegir una Madre que pudiera serlo dignamente de un Dios, una Madre conveniente á ese misterio terrible de la union hipostática; una Madre preparada para suministrarle ese cuerpo maravilloso con la sangre de su propio corazon, y para ser ella misma durante unos meses el tabernáculo de aquella alma celestial. Todas las obras de Dios están bien proporcionadas. Cuando nombra para un oficio, su nombramiento está marcado con la más perfecta convincencia. Eleva la naturaleza al nivel de sus propios designios: la hace capaz de llenar los destinos más sobrenaturales, colmándola de las gracias más inconcebibles. No hubo nada accidental en la eleccion que hizo de María. No era solamente la más santa de las mujeres que vivian en la tierra en el momento en que habia decidido venir: no era solamente un instrumento preparado para la necesidad pasajera del instante, de que debia hacerse uso, y desechar en seguida, para dejarle confundido entre la muchedumbre, cuando ya no podia ser de utilidad. No obra Dios de esa manera: no es así como trata aún á los más pequeños entro sus elegidos. Todo cuanto nos ha revelado de si mismo hace semejante suposicion tan imposible, que seria poco respetuosa. No hay nada accidental ni de puro ornato en las obras del Altísimo. Sus operaciones no nos ofrecen ni superfluidades, ni accesorios puramente extrínsecos. Dios no hace solamente uso de sus criaturas: entran en sus designios, y forman parte integrante de ellos, y cada una de las partes de una obra divina forma una de las perfecciones de aquella obra. Es uno de los rasgos característicos de la operacion divina, el que no hay en ella nada que no sea una perfeccion especial. As¡ María se remonta á la fuente misma de la creacion. Fue la eleccion de Dios mismo, que la escogió para que fuese su Madre. Ha sido la puerta por la que el Criador ha entrado en su propia creacion. Le ha servido de una manera y para un fin como jamas criatura alguna ha podido hacerlo ni lo hará. ¿Cuánta, pues, debe haber sido su hermosura, cuánta su santidad, sus privilegios, su exaltacion?. Rebajar todo eso, es rebajar la sabiduría y la bondad de Dios. Cuando hemos dicho que María era la eleccion eterna del Verbo, hemos dicho todo lo que comprende la doctrina de la Iglesia en cuanto á ella, y todos los homenajes de los cristianos con respecto á ella. Cuando consideramos el deseo del Verbo de tomar una naturaleza creada, cuando examinamos la eleccion que hizo de una naturaleza humana, cuando reflexionamos en la eleccion más decidida de su alma y de su cuerpo, y añadimos á todas esas consideraciones el recuerdo de su inmenso amor, podemos ver hasta qué punto debe regocijarse su bondad con la eleccion de su Madre, sobre todo si recordamos que el tierno amor que la tenía debia ser una de sus principales gracias, y una de las más grandes de todas sus perfecciones humanas. Todas las criaturas posibles estaban delante de él: habia de escoger entre ellas la que debia aproximarse más, la que debia amarle y tener un derecho natural de amarle más que las demás, en fin, la que el deber lo mismo que la preferencia debian estimularla á amarle con el amor más intenso, y eligió á María. ¿Qué más podemos decir?. Llevó á cabo su idea, ó más bien, no sólo cumplió su idea, sino que ella misma era su idea, y la idea que tenía de ella ha sido la causa de su creacion. Todo lo que la teología nos enseña acerca de María, se apoya en esa eleccion eterna y eficaz que se hizo de ella en el seno del Padre.

A esa eleccion siguió la del sitio en que él y su Madre habian de habitar, de esa parte de la creacion material que debia ser el teatro de su union con una naturaleza creada, naturaleza que en parte debia ser tambien material. No parece que nuestra ignorancia pueda llegar ni áun á vislumbrar ninguna de las razones para la eleccion que hizo de la tierra.

Pero hay otra eleccion del Verbo que confunde nuestra ignorancia de la manera más completa. En el seno del Padre el Verbo eligió sus compañeros eternos, los elegidos entre los ángeles y entre los hombres. Sabemos que todos los ángeles y todos los hombres han sido criados por él y para ser sus compañeros. Sabemos que ha deseado que todos estén eternamente en él. Retrocedemos horrorizados ante la suposicion de que el permiso del mal habria sido comedido simplemente, para que de ahí pudiera tomar pretexto para perder eternamente multitudes de criaturas, que la fe nos enseña haber sido amada por él con el amor más intenso. No podemos decir por qué los ángeles y los hombres habian debido ser criados en una libertad, que no habian tenido necesidad de ese permiso para ser plena y entera. Estamos absolutamente seguros, segun lo que nos ha revelado de sí mismo, que ha habido razones de una bondad infinita para que fuese as¡; y que la libertad, en virtud de la cual los hombres pecan y merecen, convenía á los designios de su amor creador. Sabemos tambien, que el permiso del mal no era necesario para poner de manifiesto su justicia, por que ésta resalta más maravillosamente en la exaltacion de María, que en la condenacion de los pecadores. Sabemos además, que la eleccion que hizo de sus elegidos, no ha coartado su libertad, y sin embargo, ¡misterio incomprensible!...que ha sido una eleccion verdaderamente eficaz. "A los que conocia de antemano, los ha predestinado" .

No nos ha permitido acercarnos á la solucion de ese misterio. No era solamente una eleccion, era tambien una preesciencia ; no era solamente una preesciencia, era tambien una eleccion. No quiere permitirnos que contemplemos ese misterio de otro modo, que en la confianza esparcida en nuestras corazones por la virtud teologal de la esperanza, de que nosotros mismos estamos en el número de esos elegidos, cuya correspondencia á su gracia, y la participacion en su gloria, ha regocijado sus ojos desde toda eternidad.

No tendremos una idea exacta de la vida del Verbo en el seno del Padre, si no fijamos nuestras miradas en el gozo maravilloso que experimentó en escoger sus elegidos; y adoramos sin temor su júbilo, que sabemos debe haber reposado sobre un amor absolutamente sin límites: porque la justicia del que es infinitamente santo, es una justicia de que no pueden quejarse ni aun los mismos á quienes perjudican sus juicios.

Escogió tambien la gloria de que debia gozar su santa humanidad. Eligió para su cuerpo esa dignidad y ese explendor, que debia merecerle, durante sus treinta y tres años, desde el primer instante de su Concepcion hasta el momento de su muerte: y sus miradas se lijaron con complacencia en la gloria y la felicidad de que debia gozar aquella carne que habia de tomar de María, y que debia dar como alimento á las generaciones de los hombres en las realidades de la divina Eucaristía. Podernos suponer, que cuando previó su pasion, experimentó, si nos es permitido usar un lenguaje tan poco conveniente hablando de las cosas eternas, un aumento de ternura por aquel cuerpo, que debia ser el instrumento de los terribles padecimientos destinados á redimir el mundo.

Una eleccion más, y habremos terminado nuestra enumeracion de las nueve elecciones del Verbo. El pecado se habia presentado á sus miradas. Le veia en toda su plenitud, cómo jamás podremos verle nosotros, en todo el horror de su naturaleza, en toda la extension de su imperio, en su oposicion directa á Dios, y en el terrible juicio en que la justicia divina concluirá por destruirle un dia. El pecado estaba en frente de él, pero no se turbó su tranquilidad. Ni el más leve soplo de agitacion pasó rozando la apacible superficie de su felicidad: ni uno de sus decretos fué alterado. Todos continuaron circulando por sus inmutables canales de eterno amor. Pero surgió para él una nueva eleccion: la esfera de su justicia fué ampliada, y al mismo tiempo se multiplicaron los objetos de su amor. Añadió algo á las elecciones que ya habia hecho de su alma y de su cuerpo. Entónces el¡gió el poder de padecer, la facultad de experimentar el dolor, las vibraciones del temor sensible, la debilidad del asombro y las emociones de la cólera humana: escogió la pobreza, el desprecio, la muerte y la cruz. Por encima del brillante y glorioso destino de la madre de la humanidad impasible en que habia de venir, extendió una nube misteriosa de impenetrables dolores, y la grande Reina del cielo fué más enaltecida con su sombra. Trazó para sí mismo una vía de sangre para llegar á los corazones de sus criaturas pecadoras, de aquellas, por lo ménos, que tenian la misma naturaleza que se habia decidido á tomar. Desdeñó á la familia más antigua de los ángeles en su caida, mas no para dejarlos enteramente á un lado, porque han caido en la sima de su justicia y han sido abismados en ella para siempre. Ahora Belen y el Calvario se presentan al Verbo como los objetos de sus más vehementes deseos, que nos hemos atrevido á llamar una impaciencia divina. Pero no ha habido movimiento alguno en el seno del Padre: las pulsaciones de la vida divina no se han acelerado ni un sólo instante: nada se ha precipitado. Los decretos han continuado avanzando con su lentitud irresistible, semejantes á las enormes corrientes de ardiente lava que serpentean á lo largo de las faldas del Etna, sólo que estas corrientes eran creadoras y fecundantes de sabiduría y de amor. Sin embargo, en cada instante el Hijo era engendrado por el Padre; en cada instante, el Espíritu Santo era eternamente procedente del Padre y del Hijo. No se oia sonido alguno: nada se veia, ni allí habia tiempo que trascurriese: no habia laguna ni vacío, ni sima que pudiese ser algun dia el sitio del espacio. Solamente habia la vida, que ningun lugar contenía, aunque inmutable, y á la que no pueden alcanzar ni lo pasado ni lo futuro. Así estaba Dios en su eterna felicidad.

Tales eran las ocupaciones del Verbo en el seno del Padre: tal era la vida de esa persona sobre la que se ha fijado especialmente nuestra atencion, porque era la persona destinada á unirse a una naturaleza creada. Aquella vida era, en cuanto concierne á esa union, una vida de eleccion, y cada una de aquellas elecciones lo eran tanto del Padre y del Espíritu Santo como del Verbo mismo. Tal era su vida eterna en el seno del Padre, vida sin criaturas, y sin embargo, no podemos decir que no las hubiese, vida que no podemos percibir más que en sus límites extremos, en el lugar en que los decretos de la creacion reflejan sobre sus aguas. Era una vida sin criaturas, porque las criaturas no poseian todavía una existencia real. Y sin embargo, allí habia criaturas, porque existían en realidad en la inteligencia divina. Pareceria que nuestras miradas, dotadas de una virtud sobrenatural, se engolfan en una perspectiva sin fin: ancha en su abertura con toda la amplitud de la creacion, se eleva alejándose por una série maravillosa de grados jigantescos: los decretos de Dios, semejantes á estátuas de mármol, se alzan á cada lado en filas silenciosas, y sus figuras colosales reflejan la blancura deslumbradora de los, explendores eternos, y la vista va en disminucion y estrechándose hácia un punto único hasta que entra en Dios: y entónces la hermosa sencillez de la inmensa creacion, aparece visiblemente reposando en la predestinacion de Jesús, y la vemos brotar de la fuente central de la augusta Trinidad, verdadera emanacion de la vida divina, aunque se halle separada de ésta por una distancia infinita. Entónces llega la creacion real, y sin embargo Dios se encuentra sumido en su eterno reposo, aún cuando obra. El tiempo y el mundo pasan, y mucho más allá aparece la tranquilidad de Dios.

Jamás podrá igualar nada en magnificencia á la primera manifestacion exterior del Todo-Poderoso, cuando los ángeles surgieron de la nada en raudales de luz, más numerosos que los granos de arena del mar, semejantes á inmensos mundos de fuego revestidos todos de encantos trascendentes, y proyectando á lo léjos los rayos luminosos de sus magestuosas inteligencias. Sólo ese pensamiento basta para deslumbrarnos. Los ojos de nuestro espíritu sufren como heridos por el relámpago cuando nos representamos ese primer rayo, esa primera tempestad que estalla. en un instante al pié del trono inaccesible de Dios. Y en el mismo momento salen de la nada el pesado un¡verso de la materia, vasto campo expuesto al soplo fecundante de un calor inconmensurable, y el tegido apénas visible de los elementos más sencillos, tal vez de un elemento único, pero, que revestia millones de millones de formas, corria por el espacio, se condensaba y formaba mundos inmensos sin número, reunidos todos por los lazos de una atraccion invisible. Hasta en el caos habia una magnificencia que satisfacia á la gloria del Criador.

Entónces quizás vinieron las vastas épocas de la geología, ciclos y revoluciones de edades, que jamás han sido contadas , porque no habia nadie más que Dios para contarlas. Una vegetacion maravillosa cubria la tierra como una rica y magnífica alfombra. Animales prodigiosos llenaban de vida los mares y tomaban posesion de los continentes. Dios estaba tranquilo, y el tiempo y el mundo pasaban. Llegaron los dias de Adam, y trascurrieron como la vida antidiluviana con su extraño carácter. Vino el diluvio y cumplió su terrible mision, y los patriarcas alzaron sus tiendas en las llanuras de la Mesopotamia, hasta que el amor de Dios brilló en las colinas y los valles de la Siria. La salida del pueblo escogido del figurativo Egipto, el desierto , los reyes, la cautividad, el paganismo tan ampliamente esparcido, la inmaculada Concepcion, todos esos acontecimientos se sucedieron unos despues de otros, segun nuestra manera de hablar, pero en realidad, todos se hallaban simultáneamente presentes á la vista de Dios, y su vida tranquila continuaba. La Encarnacion se cumplió en Nazareth, y se manifestó en Belen. Comenzaron los hermosos siglos de la Iglesia católica, y terminarán en el valle del juicio. Cada una de las almas particulares aparecia ante Dios clara y separada, en un circulo aparte, hasta que todas vayan á reunirse al mismo valle del juicio. Entónces -esa familia de la creacion- se hallará reunida en su patria, en el seno del Padre por el Verbo, que ha permanecido en él desde toda eternidad, y eso por medio de su encarnacion. Todo eso iba pasando, y la vida de Dios seguia tranquila, inmóvil, inmutable.

El Padre, cuya eternidad no puede envejecer, reposa tranquilo, temible y rodeado de magnificencia en su apacible majestad. El Hijo está todavia en su seno, silenciosamente engendrado, en los encantadores resplandores de una generacion eterna. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, procediendo eternamente de uno y otro; vida distinta eterna, separada, y sin embargo, vida única y absolutamente la misma.

Pero en ese momento, en algun sitio de la creacion, el seno del Padre se ha mostrado á espíritus y á almas, de manera que pueden verle tal como es. Esa Operacion es un cambio de la vida antigua sin criaturas; pero ese cambio se halla completamente fuera de lo inmutable. Allí no hay ni tiempo, ni paso, ni sucesion. No hay épocas que puedan medirse en esa vida inmóvil, estacionaria, completa é inefablemente feliz. El progreso es la enfermedad radical de las criaturas. Sin embargo, la criatura llamada el tiempo ha rodeado al Eterno, al increado, con sus frutos más suaves, y cosechas seculares forman en derredor de él una corona de belleza creada y de santidad sobrenatural. Les muestra la vision de sí mismo en algun sitio del espacio. Multitudes radiantes de santos y de ángeles se mueven en sus rayos, semejantes á franjas destinadas a adornar las orillas de su régio manto, miéntras que otros, prosternados á sus piés, parecen formar un pavimento de oro, palpitando de luz en derredor de su trono. ¿Pero estamos seguros de que el cambio se ha efectuado completamente en lo exterior?. La fe no nos Permite dudarlo. Pues entónces es preciso que la fe se sobreponga al testimonio de nuestros ojos; porque, pareceria que habia habido. un cambio en lo interior. Bien léjos, en el centro de las llamas de la divinidad, en medio de esos destellos que fortalecen los espíritus y las almas de las criaturas, en lugar de perjudicarlas, parece que hay un niño humano, no un niño adoptivo que la misericordia divina habria arrancado á la necesidad, sino la propia idea eterna de Dios, realizada en el tiempo; la causa de toda creacion, la causa de todo lo que compone nuestra vida actual, excepto el mal, que tiene el permiso de adherirse á nosotros, como una niebla que nada puede disipar. Ese Niño es la idea y la causa de todas las cosas. Allí le ven los espíritus y las almas, le adoran y lo ofrecen el homenaje de la poderosa armonía de sus cantos extáticos. Sin embargo, la vida divina continúa aún con sus pulsaciones sin principio, sin sucesion y sin fin. El Hijo es todavía engendrado, el Espíritu Santo es todavía procedente, y el Padre es todavía la fuente no engendrada de la divinidad.

Sola, separada de los ángeles y de las almas por muchas leguas, como la tierra cuenta las distancias, cerca del trono se halla sentada una Madre Vírgen, una criatura que en otro tiempo fué nada, y que volveria á caer en la nada, si Dios no la llenase, no la sostuviese, no la fortaleciese con todo su poder, por decirlo así, con su esencia, con su presencia, con su poder, con su gracia y con su gloria. El Niño, en el seno del Padre, se asemeja á esa Madre creada, y tiene siempre la vista fija en ella, como si su seno pudiese atraerle y hacerle salir del Padre. Ella tambien lo considera siempre, como ha enseñado á San, Juan á considerarle «en el principio» en el seno del Padre. Esa es la vista irrevocable que María posee de su Hijo: es la vista que San Juan fija para siempre sobre su Maestro querido. El Verbo encargado ha reposado en idea, desde toda eternidad, en ese seno temible, y en este momento reposa en él con su encarnacion cumplida en el tiempo. ¡Es el Niño de Belen, Jesucristo, ayer y hoy y el mismo por siempre!...

Capítulo II En el seno de María

La encarnacion existe en el fondo de todas las ciencias y es su explicacion última: es la belleza secreta de todas las artes: es el complemento de todas las filosofías verdaderas: es el punto de partida de toda la historia, y á ella va á parar todo. En derredor de ella se agrupan los destinos de las naciones, y los de los individuos. Ella es la que purifica todas las felicidades, como glorifica todas las penas. Es la causa de todo lo que vemos y la prenda de todas nuestras esperanzas. Es el hecho grandioso que enlaza la vida á la inmortalidad, y cuando la inteligencia humana llega á perderle de vista, se extravía en medio de las tinieblas, y la luz de una vida divina no ilumina, sus pasos. Dichosos los países sobre los que todavía brilla el sol de la fe, y á los que la cruz del camino, las imágenes de la Madre Vírgen, el Angelus, repetido tres veces cada dia, y los monumentos del cementerio, lo recuerdan con frecuencia que su verdadera vida está encerrada toda entera en el misterio único de la encarnacion. Nosotros somos tambien felices al pensar que hay todavía semejantes comarcas, aunque no sean muchas, y su número disminuye diariamente: somos dichosos por el que es objeto de todo nuestro afecto, y recoge tambien abundante cosecha de fe y de amor.

Dios es incomprensible; cuando hablamos de él, apenas sabemos lo que decimos. La fe nos sirve á un tiempo mismo de pensamiento y de lengua. De la misma manera tambien, esos objetos creados , que se encuentran en los confines de su deslumbradora luz, aparecerá confusos por el exceso de su resplandor, y no es posible verlos sino confusamente y poco distintos ó marcados. De tal modo ha hecho entrar María en su propia luz, que, áun cuando sea una criatura como nosotros, hay en ella algo de inaccesible á nuestras miradas. En cierta medida, participa de la incomprensibilidad divina: nos es imposible mirar de frente al sol de medio dia: sus rayos abrasadores nos obligan á cerrar los ojos deslumbrados y doloridos. ¿Quién, pues, podria esperar el ver clara y distintamente una florecita flotando como un lirio sobre la superficie de esa fuente radiante, circuida por todas partes con sus ondas de fuego? Lo mismo sucede con María. Se remonta hasta el origen de la creacion casi hasta el lugar mismo en que brota en Dios: y reposa entre los rayos deslumbradores de los decretos primitivos de Dios, casi sin forma ni colorido para nuestros ojos ofuscados: sabemos únicamente que está allí, y que la luz divina la da un magnífico vestido. Cuanto más fijamos nuestras miradas en ella, más invisible se hace; pero al mismo tiempo son irresistibles los encantos que nos atraen hácia ella. Su personalidad parece casi perderse en la grandeza de sus relaciones con Dios, y nuestro amor á ella llega á ser más señalado, y nuestras relaciones con ella más sublimes y más dulces.

La vida del Verbo eterno en el seno de su Padre, era una vida maravillosa; nos fascina: apenas podemos cesar de hablar de ella. Y sin embargo, ¡misterio sublime !... busca todavía una morada creada. ¿Es acaso porque en su mansion eterna falta algo á su belleza y á su gozo? No podia faltarle nada en el seno del Padre. Dios no sería Dios sino se bastase á sí mismo. Con todo, en las profundidades de esa sabiduría sin fondo habia algo, que á nuestros ojos, parece ser una necesidad. Hay una apariencia de deseo por parte de aquel para quien no puede haber nada que desear, porque se basta plenamente á sí mismo. Ese deseo aparente de la Santísima Trinidad, llega á ser visible á nuestra fe en la persona del Verbo. Pareceria que Dios no podia contenerse en sí mismo, que sucumbia bajo la plenitud de su esencia y de su belleza, ó más bien que excedia á sus ilimitables dimensiones. Pareceria que le era preciso salir de sí mismo, llamar á sus criaturas de la nada, apoyarse en ellas y abrumarlas con su amor, y que sólo as¡ encontraría el reposo iAy! iCómo tiemblan las palabras, cómo se extravian, cómo pierden sus significaciones cuando se aventuran á tocar las cosas de Dios!... Es preciso que el amor de Dios se desborde: eso parece una necesidad, pero sin embargo hay siempre en Dios una libertad eternamente, medida, eternamente presente, gloriosa y tranquila.

El Verbo en el seno de Dios busca otra morada; una mansion creada. Parecerá que deja su morada increada, pero no la abandonará: parecerá que se ha dejado atraer fuera de su recinto, miéntras que en realidad continuará llenándole con sus delicias, como lo ha hecho siempre. Saldrá, pero no obstante se quedará. ¿A dónde, pues, irá? ¿Qué clase de morada convendrá á aquel que la tiene en el seno de su Padre, á aquel que creará esa morada y la llamará una felicidad de su existencia? Todas las cosas posibles se presentan á su vista como reunidas en un gran mapa: aparecen en una especie de perspectiva que las da el tiempo, y por medio de la cual pueden revestir el aspecto de la novedad. Su morada será suficientemente maravillosa, porque su sabiduría no tiene límite: será suficientemente gloriosa, porque no tiene limite su poder. Le será mucho más querida de cuanto podemos decir, y pensar, porque su amor no tiene término. Pero áun de esa manera, sólo una condescendencia infinita, puede permitirle encontrar algo conveniente para él en las cosas finitas. Con todo, su morada creada será una morada tal como el poder de un Dios, tal como la sabiduría de un Dios, y tal como el amor de un Dios, podrán escogerla entre todo lo que á un Dios le es posible realizar. ¿Quién, pues, podrá imaginar, sin haberle visto ántes, lo que esa perfeccion tres veces infinita de la Santísima Trinidad elegirá en los tesoros inagotables de sus posibilidades? ¿Quién, despues de haberlo visto, lo describirá de una manera conveniente? El Verbo glorioso, adorable y eterno, en el vasto espacio ofrecido á su libre eleccion, ha predestinado el seno de María para ser su mansion creada, y ha formado con un amor lleno de complacencia el corazon inmaculado que debia ocupar él mismo. iOh, María! iOh maravillosa criatura mística! iOh átomo resplandeciente casi perdido para nuestra vista en las elevadas luces de las fuentes sobrenaturales! ¿Quién podrá humillarse bastante delante de ti, y llorar con lágrimas ardientes, la imposibilidad de amarte convenientemente á ti, á quien el Verbo ha amado así desde toda eternidad?.

La Santísima Trinidad comienza á adornar la morada creada del Verbo, y en esa obra desplega todos los recursos creadores que la inspira el amor. Debia ser la cabeza de todas las criaturas puras, poseyendo una persona creada y una naturaleza creada, mientras que la naturaleza creada de su Hijo, unida á la persona increada, debia ser la cabeza absoluta de toda la creacion, uniendo en si misma á Dios y 'á la criatura sin privar al Verbo de una morada como lo habia sido el seno del Padre, realizada y perfecta en la unidad de naturaleza. Los materiales que el Verbo debia emplear para su naturaleza creada, debian haberle pertenecido realmente, de manera que la union entro el Verbo y ella, debia ser más misteriosa, más imponente de lo que las palabras pueden expresar. Cada una de las personas de la Santísima Trinidad la reclamaba como que la estaba unida por una relacion especial. Era la hija eternamente elegida por el Padre. Era la Madre del Hijo, porque para las realidades prodigiosas de su oficio la habia hecho salir de la nada. Era la esposa del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo habia sido prometido á su alma por la union más trascendente que puede producir el reino do la gracia, y él fué el que de su sangre purísima hizo esa carne inmaculada que el Verbo debia tomar, y á la que debia dar vida por la presencia de su alma humana. Así, estaba marcada con un carácter indeleble por cada una de las tres personas divinas. Era su idea eterna , la primera idea despues de la que ha sido la causa de todas las criaturas, la idea de Jesús: era necesaria; lo habian querido así para la realizacion de aquella grande idea, y vino ántes que ella en cuanto á la prioridad de tiempo, y en la apariencia en cuanto á la prioridad de oficio. Tal es la sencilla exposicion del lugar que María ocupa en los decretos de Dios; todo cuanto pudiéramos añadir seria muy poca cosa comparado con lo que hemos dicho para alabar a María, como para alabar á Dios, á quien se refiere el culto tributado á su Madre; lo mejor que podemos hacer es admirarla y amarla.

Ahora que el Verbo encarnado debia venir como redentor, era necesario que su Madre fuese redimida por él, por medio de una redencion enteramente especial, y que ningun otro debia compartir con ella. Por más hermosa que fuese en sí misma, por incalculables que fuesen sus méritos, no era ella la que habia merecido las gracias más grandes que la fueron concedidas, sino la Preciosa Sangre, que debia tomarse y formarse de la suya propia. El primer lirio que salió más blanco que la nieve de las ondas enrojecidas con la sangre de Jesús, ha sido la Inmaculada Concepcion; y cuando llegó el tiempo de la venida de María, la Inmaculada Concepcion fué la primera gracia, por medio de la cual las personas divinas comenzaron la obra magnífica de su ornamentacion.

El 8 de Diciembre, esos decretos primitivos de Dios, comenzaron á tener su cumplimiento real sobre la tierra. Cuando el alma y el cuerpo de María salieron de la nada á la voz de Dios, en el mismo instante las personas divinas entraron en su criatura escogida, y su primer contacto produjo la gracia de la Concepcion Inmaculada, que debia ser su regalo de bienvenida. Hija, madre y esposa, recibió de la Santísima Trinidad, en esa gracia única, ó en ese manantial de gracia, la única prenda que correspondía á su predestinacion grandiosa, á sus relaciones con las personas divinas, y á la dignidad de que debia gozar en el sistema de la creacion. El que la adornaba y la hacía imágen viva de la augusta Trinidad, era nada menos que un Dios. Para que fuese la Madre del Verbo y su morada creada, la Omnipotencia estaba tambien ocupada en adornarla. A los ojos de Dios, su hermosa alma y su gracioso cuerpo se habian deslizado, semejantes á estrellas por encima de los abismos de una eternidad sin criaturas, perfectamente marcados, entre las brillantes luces que, deslumbradoras y sin número habian brotado cuando la creacion angélica á través de la oscuridad del caos, y las largas épocas de la formacion del mundo, y en medio de la noche de cuatro mil años de extravío y de caida. ¿Cuál debia ser cuando ha venido, si debia venir de una manera digna de su real predestinacion, digna de los decretos que debia cumplir con tanta obediencia, y sin embargo con una obediencia tan voluntaria?.

Entre los regalos tan ricos y tan abundantes de que Dios la habia colmado cierto número de gracias se elevaron como montañas jigantescas á una grande altura sobre el nivel del encantador paisaje espiritual que los rodeaban. El uso de la razon, á contar desde el primer instante de su Concepcion Inmaculada, la permitia crecer en gracias y en méritos más allá de toda medida. Su ciencia infusa, que por lo mismo que era infusa, era independiente de los sentidos, hacia que su razon fuese capaz de obrar, áun durante el sueño, y sus méritos se acumulaban hasta cuando reposaba. Su perfecta exencion de la más ligera sombra de pecado venial, se elevaba sobre las inperfecciones de la criatura, tanto como la era posible á una santidad creada y finita. Su confirmacion en la gracia la hacia un ser celestial cuando todavía se hallaba sobre la tierra, y daba á su libertad y á sus méritos un carácter tan diferente de lo que puede haber del mismo género en nosotros, que por lo que concierne al pecado y á la gracia, nos vemos obligados á hacer una con excepcion con respecto á ella como con respecto á nuestro Salvador. Tal era la grandeza de las gracias de esa vida sobrenatural con que Dios revistió su existencia natural, que cual primer actor de amor que hizo, sus virtudes heróicas comenzaron mucho más allá del punto en donde se han detenido las de los mayores santos. Todo esto no es más que una ávida descripcion teológica de la morada creada de Verbo, tal como estaba cuando las personas divinas la revistieron y adornaron en el momento en que salia cle la nada. iQué santidad tan hermosa, tan magnífica, tan encantadora!. Trascurrieron quince años, enriquecidos con esas gracias inmensas, colosales, llenas de vitalidad, y traian sin cesar nuevas gracias y nuevas correspondencias á la gracia, que evocaban á su vez de los abismos del Verbo, todavía gracias nuevas y méritos multiplicados sobre los méritos, de tal manera, que una hilera de números que pudiera dar la vuelta al circuito de la tierra, no podria contener su suma. Parece que durante ese intervalo, los tesoros de gracia de que María fué colmada, se aproximaron a lo infinito, en cuanto eso es posible á un objeto finito y que su santidad y su pureza han llegado á un grado tal de hermosura, que sus atractivos se hicieron sensibles hasta el mismo Verbo eterno; y él, cediendo á su poderosa súplica, anticipó el tiempo y se apresuró con un deseo inesplicable á tomar posesion de su morada creada. Hé ahí lo que la teología quiere decir cuando enseña que María mereció que se anticipase la época de la Encarnacion.

Sin embargo, seria hacer mal uso de la magnificencia de María, ó más bien sería demostrar que no lo hemos comprendido enteramente, si no nos sirviésemos de ella para aprender á conocer á Dios y acercarnos á él. ¿Qué habia en ella para atraer de esa manera á Dios? ¿Qué es lo que ha hecho salir al Verbo del seno del Padre, para venir á su seno con un poder tan misterioso?. Pareceria que seguia la sombra de su propia belleza. Era porque las delicias de la Santísima Trinidad estaban reproducidas allí de la manera más fiel. Todo, en María, perteneció al Verbo. Buscaba todo lo que la pertenecía, la atraia todo lo que la pertenecia. Amaba su propia sabiduría cuando la amaba tan tiernamente. La vida natural de María era su propia idea: su hermosura, una chispa de su ciencia, y su nacimiento un acto sin esfuerzo de su omnipotente voluntad. Todas las gracias de que estaba colmada venian de él; no tenia nada que no hubiese recibido. Como la luna, todos sus encantos procedian de una luz prestada, y esa luz templaba y embellecia hasta en ella una multitud de cráteres, de imperfecciones finitas, que se hubieran abierto negros y lúgubres si el resplandor infinito del sol no hubiese caido sobre ella en toda su plenitud, y no hubiese revestido de belleza, y casi diria de luz, hasta las sombras que presentan sus asperezas. Todo cuanto hay en ella más grande no es más que un pálido reflejo de las perfecciones divinas. Su inmensa santidad no es ni áun una gota de recio de la santidad increada, que un hermoso lirio hubiera recibido en su nevado cáliz, y que expondría temblando á los primeros rayos del sol. Con respecto á María, el disco luminoso no desidirá jamás: siempre permanecerá vertical por encima de ella. Pero nosotros recibiremos un rayo de gloria, como un nuevo sentido que fortalecerá nuestro corazon, entraremos en las llamas que la revisten, y la veremos clara y distintamente en toda su magnificencia reposando en el centro de los explendores de Dios. Entónces nos parecerá millares de veces más grande y mas hermosa, y sin embargo, con relacion á la grandeza, á la santidad y á la adorable incomprensibilidad de su Criador, ella, simple criatura, veremos que es más pequeña que el átomo comparado con el vasto desarrollo del sol, tanto más pequeña cuanto que su pequeñez no puede expresarse. Sin embargo en él estará nuestro reposo, y no en ella. ¡Sí, le veremos á él mismo tal como es!...iEse pensamiento nos extasía! iOh, verdad concluyente! iSólo para esa vision (apénas podemos creerlo), hemos sido criados por una gloriosa consecuencia de nuestra pálida semejanza con ese Verbo encarnado de que María ha sido la madre escogida y predestinada!...

El Verbo eterno se halla á punto de tomar su naturaleza creada: todas las cosas están subordinadas á ese grande acontecimiento. La magnificencia de María no es más que la via para llegar á él; el instrumento para llevarle á cabo, un medio para realizarle. La magnificencia de María consiste simplemente en el oficio que está llamada á desempeñar. El dia, la hora, el lugar, el mensajero, todo llega al fin, porque su morada creada está pronta para recibirle, resplandeciente con las gracias que la revisten, y exhalan el dulce perfume de santidad de que se halla penetrada. Ha llegado el dia, segun nuestra manera de contar: es un viernes 25 de Marzo. ¿Por qué se ha diferido tan largo tiempo? Ese es un misterio que no nos concierne.

Llegó por fin el dia 25 de Marzo, dia para siempre memorable entre los hombres como la fecha de la Encarnacion. Hubo alguna razon profunda para que no fuese el 24 ó el 26, sino en el dia aniversario de la pasada caida de Adam, y aniversario del dia de la era, crucifixion que debia tener lugar más adelante, hubo sin duda para ello una razon profunda, porque en Dios no hay superficie; todo cuanto hay en él es profundo.

Pero de ese dia escogido, fué tambien elegido el primer momento: apénas las estrellas habian marcado en el cielo la media noche, cuando el decreto recibió su cumplimiento. Quizá el profundo silencio de toda la creacion, la calma nocturna de la tierra, era el instante más conveniente para la venida del Criador, del mismo modo que en otro tiempo, á la dulce frescura de la caida de la tarde, tenía la costumbre de pasear con Adam en el antiguo paraiso del Asia. Vino en la oscuridad de la noche cuando los hombres no se cuidaban de nada: sin embargo, no los sorprendió, porque cuando amaneció, ni áun siquiera los anunció su venida. ¿No sabemos, que aún cuando seamos criaturas de Dios, aún cuando la creacion se halle inundada de su presencia y destinada a elevarnos a él, no sabemos que el momento en que estamos más unidos á él, es aquel en que ménos nos ocupamos de su creacion exterior, y que vamos aproximándonos á él á medida que nos alejamos más de las criaturas?. Asi él parece mantenerse á alguna distancia, aunque viene á tener estrecho contacto con nosotros: se oculta á nuestra vista, porque no podríamos soportar los ardores de su presencia.

El lugar en donde debia cumplirse la union del Verbo con su naturaleza creada era la habitacion interior de la santa casa de Nazareth, en donde moraban María y José. Era la oscura habitacion de una humilde pobreza, en una aldea desconocida y retirada en una comarca reducida cuyos dias de gloria habian pasado, y cuyo destino en la marcha progresiva de la civilizacion párecia, como dicen los historiadores filósofos, agotado. La independencia nacional del pueblo habia cesado de existir: las cuestiones que dividian a las sectas eran mezquinas y triviales: Jerusalen, largo tiempo hacía eclipsada por Atenas, y sobrepujada por Alejandría, estaba caida, humillada y silenciosa, con las sombras melancólicas que Roma proyectaba por encima de ella. Y en esa region tambien, Nazareth era un nombre de desprecio. Verdes colinas en las que pastaban algunos rebaños estrechaban su recinto y sus habitantes no eran conocidos más allá de sus montañas, más que por su rusticidad feroz y grosera, y aún quizá por alguna cosa todavía peor. El Dios eterno estaba á punto de ser un Nazareno Él, cuya vista penetraba hasta el fondo de los bosques, hasta el centro de las selvas más intrincadas del globo; él, que veia las blancas paredes de graciosas villas, altivamente situadas sobre las cimas de sus colinas ó reposando muellemente al sol á la orilla de un mar azulado, escogió á ese Nazareth tan humilde y tan mal afamado, para que fuese el teatro del grande misterio que iba á cumplir. ¿Quién se atrevería á decir que para Dios hay algo accidental, ó que en esa maravilla de la Encarnacion á la que se refieren otros muchos prodigios, existe una sola circunstancia que haya sido dejada al capricho ó al azar? Escogió, pues, á Nazareth: y para nosotros Nazareth y su santa casa desterrada, errante, llevada alternativamente por los ángeles, de Siria á Dalmacia y á Italia, son lugares consagrados, doblemente consagrados por los antiguos recuerdos que despiertan, por la extraña vida de gracias que allí se perpetua, y por el bálsamo eficaz de una presencia divina, temible y siempre la misma.

Cuando la sombra del decreto eterno vino á deslizarse sobre ella María, la criatura maravillosa y escogida, estaba sola, y segun la creencia universal, engolfada en la oracion. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la union más estrecha con Dios. Entónces, como siempre, su espíritu se hallaba en éxtasis en las alturas de la más sublime contemplacion. Miéntras María oraba, el Verbo tornó posesion de su morada creada. Quizá el aumento inmenso de méritos, y por ello el aumento inmenso de belleza interior que la adquiria aquella oracion, fué lo que puso término á las dilaciones y aceleró el cumplimiento del glorioso misterio. Tal vez una de sus ardientes aspiraciones, en la que se habian concentrado toda su alma y todo el poder de su pureza, atrajo tan repentinamente al Hijo eterno y le hizo salir del seno de su Padre. iCuántas veces los santos han visto inmediatamente cumplidos sus deseos por causa de su intensidad! ¿Qué deseo hubo jamás tan vehemente como los deseos de María por el Mesías, como no sean los deseos eternos del mismo Mesías por su naturaleza creada? Dios la visitó en una hora de profunda contemplacion: su espíritu creado estaba sumergido en adoraciones cuando llegó el Increado, tomó posesion de la carne y de la sangre que debian pertenecerle y estableció su morada en ella. En todo eso vemos tambien las costumbres de las vías de Dios.

Sin embargo, no llegó bruscamente: ántes de presentarse envió un mensajero, que apareció en aquel momento en la habitacion de María en Nazareth, porque las semanas de Daniel habian trascurrido, y precedió apenas un instante al cumplimiento de los decretos eternos. Pero ¿cuál fué el objeto especial de su venida? Para pedir á María, de parte de Dios, su consentimiento para la Encarnacion. El Criador no quiso obrar en este gran misterio sin el consentimiento de su criatura. La libertad de su criatura será un glorioso reflejo de la libertad inefable que él mismo ha desplegado en el acto de la creacion. El Omnipotente trata con ceremonia á su criatura débil finita. La ha elevado ya bastante alto para que no sea más que un mero instrumento.

Aquel momento fué muy solemne: era potestativo en María el rehusar. Aunque las consecuencias parecen hacer la negativa imposible, todo, sin embargo, dependia de ella, y jamás criatura alguna ha obrado más libremente que María en aquella noche. iLos ángeles debieron estar, esperando suspendidos sobre la santa casa!... iCon qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardó la Santísima Trinidad que María abriese los labios y pronunciase el fiat, que entonces debia ser una suave melodía para sus oidos, un eco de la creacion que respondía á aquel otro fiat, cuya dulzura irresistible habia dado vida á la creacion misma! Sólo la tierra, la pobre, la estúpida, la ignorante tierra dormia á la fria claridad de la luna. Que María tuvo plena libertad para elegir, es un hecho incontestable.

Tuvo la eleccion, la eleccion con la libertad más completa y en el sentido real de la palabra. Pero ¿quién podria imaginarse lo que iba á ser aquella voz que debia salir de semejantes abismos de gracia? No; ni sobre la tierra, ni en el mundo de los ángeles, jamás habia habido todavía un acto de adoracion que fuese tan digno de Dios como ese consentimiento de María, que esa conformidad de su profunda humildad á la magnífica y omnipotente voluntad divina. Pero dejemos trascurrir un instante y habrá allí un acto de adoracion mucho mayor que aquél. Ahora Dios está en libertad: María le ha hecho libre: la criatura ha dado nueva libertad al Criador. Ha hecho un signo de asentimiento, ha roto la cadena que retenia los decretos, y en su marcha progresiva, semejantes á ráfagas inmensas de luces, se han precipitado sobre ella como olas de encantador esplendor. El Océano eterno ha penetrado en derredor de la reina de las criaturas: la complacencia divina ha hecho circular por encima de su cabeza el majestuoso sonido de un trueno dulce y misterioso; una sombra que parece asemejarse á Dios la cubre un instante: Gabriel ha desaparecido, y sin sacudimiento, sin ruido, sin que se turbase la calma de la noche, Dios, revistido de una naturaleza creada, estaba sentado con su inmensida dentro de su seno material: la voluntad eterna estaba cumplida, y la creacion completa. Muy léjos, en el espacio, estallaba un júbilo inmenso en las regiones del mundo angélico. Pero la Virgen María ni le oia, ni lo escuchaba. Tenia inclinada la cabeza sobre su pecho, y su alma estaba sumida en un silencio que se asemejaba á la paz de Dios. El Verbo se habia hecho carne.

Así habia comenzado su vida sobre la tierra el Verbo eterno. Habia tomado posesion de la bella morada que le estaba predestinada desde toda eternidad. Habia comenzado á llevar una vida tan plena, tan ámplia y tan profunda, que todas las vidas de los ángeles y de los hombres reunidas en una sola corriente, apénas formarian un pobre y miserable arroyuelo, comparadas con aquel rio de vida real, durable, sólida y eficaz que formaba la suya. Era una vida tan real y tan verdadera, poseia de tal modo la conciencia de sí misma, y era tan substancial, y estaba á la vez creando, perfeccionando y fortaleciendo tantas cosas, que ninguna otra vida era á su lado más que una sombra de vida, el simple esfuerzo de una persona que quiere asir y suelta en seguida, y el movimiento ineficaz de la mano que quiere cerrarse durante el sueño. Sobre su modelo debian formarse todas las vidas nobles, viriles, divinas; en ella residia la causa eficiente de esas vidas, y ella las anunciaba, dándolas los medios de realizarse.

Tal era la existencia que habia comenzado aquella noche en el seno de María. Si la consideramos en general, de manera que puedan distinguirse los rasgos que la caracterizan, nos aparece desde luego como una vida de oblacion. Su destino era ser inmolada, y jamás se desvió de la senda ni de la conducta que debia seguir como víctima, áun cuando obrase milagros. Encerraba en sí misma materiales infinitos para un sacrificio inmenso é infinito. La obra que tenía que cumplir era el consumir por siempre aquellos materiales para la gloria de Dios. Así, pues, no solamente era una víctima, sino tambien un incienso que debia, mezclado con los perfumes del la santidad creada, subir sin cesar hasta el trono del Altísimo. Ardia continuamente, y jamás se consumia: su alma humana era el incensario en que ardia, exhalando un dulce perfume; el incensario en que, despierta ó dormida, de dia ó de noche, se ofrecia con cada una de las pulsaciones de su vida humana. Era tambien el sacerdote, lo mismo que la víctima y el incienso. Armada de un valor divino se degollaba á sí misma: estaba sin cesar sacrificándose de ese modo, y encontraba sus delicias en aquel martirio lento y prolongado. La uncion de un sacerdocio eterno la revestia, elevaba el sacrificio que hacía de sí misma muy por encima del nivel de todos los heroísmos mortales. El simple pensamiento de que una vida creada, una vida humana haya podido llegar á semejante altura, nos causa un gozo que deberá durar siempre.

El grande rasgo característico de la vida del Verbo en el seno de María, era su actitud de oblacion, su sacrificio siempre humeante, su sacerdocio ante su propio altar. Era además una vida de encarcelamiento. A pesar de su amplitud, á pesar de sus gozos, á pesar de su magnificencia, estaba aprisionada. La reclusion en la estrecha morada creada del seno de María, era el destino de aquella vida que rayaba en lo infinito. Era el faro de todas las edades; su luz iluminaba á lo lejos todos los espíritus creados, y las tinieblas la rodeaban. Su existencia producia un júbilo inmenso entre los ángeles: á los ojos de Dios, era más grande que toda la Creacion, encerraba todas las cosas, era el modelo de todas las cosas, sobrepujaba á todas las cosas, y la oscuridad reinaba en derredor suyo.

Era tambien una vida de silencio. El gran Doctor, el que ha referido las maravillosas parábolas, y predicado los sermones que han conmovido al mundo: el Oráculo cuyas simples palabras han llegado á ser vocaciones, instituciones é historias, encuentra que el silencio no es un obstáculo para la fecundidad de su accion. El silencio ha sido siempre, por decirlo así, el ornamento de la grande santidad, lo cual supone que encierra en sí algo divino. El Verbo del Padre, silenciosamente hablado desde toda eternidad, escogió para sí mismo una vida de silencio. Toda su vida humana estuvo marcada con el sello de su amor al silencio. En su infancia, parecia que el lenguaje venia lentamente, y lo adquirió como todos los demás niños: por manera que, con el auxilio de esas apariencias, pudo abstenerse de hablar más largo tiempo, y diferir, por tanto, sus coloquios con María. Tambien María y José tomaron de él, como si fuese un contagio celestial, una taciturnidad llena de belleza y de dulzura. Durante los diez y ocho años de su vida oculta, el silencio reinó en la santa casa de Nazareth. Las palabras que se dejaban oir eran raras y cortas, semejantes á una melodia demasiado suave, para que nuevos acentos viniesen á borrar los primeros, cuando éstos vibraban todavía en el oido que los escuchaba. En los tres años de su ministerio que fueron consagrados á la palabra y á la enseñanza, habló como hubiera hablado un hombre tranquilo y amigo del silencio, ó más bien, como un Dios que hace revelaciones. Luégo, en la pasion, cuando tuvo que enseñar por el magnífico camino de sus padecimientos, volvió á aparecer de nuevo el silencio, como una antigua costumbre vuelve en el momento de la muerte. y ha llegado á ser, una vez más, uno de los rasgos característicos de su vida. Así reposaba, mudo y silencioso, en el seno de María, el Verbo, expresion elocuente de todas las grandezas ocultas del Padre.

Fué tambien una vida de debilidad. La impotencia, la humillacion, y una especie de oprobio la rodeaban por todas partes: hé ahí lo que escogia para su primer estado creado. Esa eleccion ha sido una de las primeras leyes de la Encarnacion considerada como mision con respecto al hombre caido: no se ha separado un instante de ella durante el curso de sus treinta y tres años. Ha querido que ese estado sea la condicion sobrenatural de su Iglesia, por esa especie de continua derrota victoriosa, en la que es tan evidente que consiste su vida. La ha perpetuado para si mismo en el Santísimo Sacramento. Pareceria que la debilidad era tan nueva para la Omnipotencia, que esa misma novedad era un atractivo. Manifestar fuerza en la debilidad, ser débil, y sin embargo al mismo tiempo fuerte; y no sólo ser fuerte en medio de la debilidad, sino ser fuerte por esa misma debilidad, era seguramente descubrir una de esas perfecciones desconocidas y ocultas en Dios, que quizá no hubiéramos visto nosotros jamás sin la luz de la Encarnacion. El hombre fuerte es el que se ha penetrado profundamente de la debilidad del Cristo. La obra que durará es la que ha sido tocada por la humillacion del Cristo y que en cierto modo ha recibido de aquel contacto el dón de la Omnipotencia.

La vida del Verbo en el seno de María era además una vida de pobreza. La predileccion que tuvo por la pobreza, es quizá la más notable de cuantas ha manifestado. Amó á la pobreza entre las cosas, como amó á María entre las personas. Aun cuando el mismo Dios sea un manantial de riquezas inefables, las riquezas no son una cosa divina. Porque Dios no posee precisamente riquezas, sino que él es su propia riqueza. Aquellos son ricos que poseen á Dios, pero son los más ricos los que no poseen más que á Dios. Toda la creacion pertenece al que no tiene más propiedad que Dios. La idea de la riqueza rebajaria á Jesús en nuestra inteligencia, y quitaria á la Encarnacion su carácter sagrado. La humanidad, en su más alto grado de santidad, ha amado siempre la pobreza. Sin embargo, casi me atreveria á decir que Jesús, más bien como Dios que como hombre, alejó á las riquezas de su santa humanidad. Porque su pobreza se ha extendido más allá de las riquezas creadas. Aún cuando hubo dotado tan maravillosamente su naturaleza humana con las riquezas de la divinidad, supo, sin embargo, muchas veces, durante su vida, y especialmente en el momento de su pasion, descartar de su santa humanidad las riquezas hasta de su divinidad y la herencia legítima, hubiéramos podido decir necesaria, de la union hipostática, como si esa riqueza misma fuese un embarazo. Mirad al Verbo Eterno primero en el seno del Padre, y luégo en el seno de María, y decid sí es posible concebir mayor profundidad de pobreza.

Tal es el carácter de la vida que Dios comenzó á llevar en su propia creacion, en cuanto hubo tomado su naturaleza creada. Su ocupacion principal y soberana consistia en adorar á Dios como autor de la naturaleza y como autor de la gracia. Sin cesar, estaba tambien ocupada en la santificacion de María por medio de las operaciones más maravillosas del amor unitivo. Ella estaba penetrada como por saetas innumerables de iluminaciones constantes, activas y radiantes de su gracia. El sér de la Madre se hallaba en cierto modo saturado del sér del Hijo, y estaba transformada en él como jamás lo ha estado santo alguno.

María era un mundo en el que Jesús estaba sin cesar ocupado y si ese paraiso en que comenzó su vida humana era tan hermoso que poseia le hicieran descender del seno de su Padre ¿cuál no debia haber sido su amor por nosotros, pues que ese amor le hizo salir de ese mismo paraiso nueve meses más tarde, en el momento en que por el trabajo que habia llevado á cabo le habia hecho adquirir una hermosura tan incomparablemente superior á la primera?

En el seno de María comenzó tambien á ejercer sus funciones de juez; sabemos que nos juzga, no como Dios, sino .como hombre. Esa es una de las más grandes prerogativas de su santa humanidad. Las razones para suponer que ha diferido el ejercicio de ese poder hasta despues de su resurreccion, no nos parecen suficientes: creemos, pues, que la primera alma que despues del momento de la Encarnacion dejó el cuerpo, al cual estaba unida, y desde aquel instante todas las almas que abandonaron la tierra, han sido solemnemente juzgadas por él en su naturaleza creada, y que durante nueve largos meses celebró.juicios solemnes en el seno de María. Así, el cielo el infierno, el purgatorio y los limbos sintieron su influencia cuando, verdadero monarca del Oriente, empuñó su cetro, oculto detrás de la Cortina, teniendo por pabellon régio la cámara interior y perfumada de la vida de María.

Hay flores que exhalan su perfume á la sombra, y cuyo olor se hace más suave á medida que el sol se remonta en el cielo. Están ocultas entre una espesa capa de fresco y verde follaje sombreado por robustos y magestuosos árboles, y sin embargo, cuando el aire abrasador del mediodia entibia la frescura de la selva, exhalan dulcemente su suave aroma, y al través del follaje lo esparcen por la atmósfera. Su perfume da un carácter de poesía á la escena rústica, y más tarde nos ofrecerá su imágen á la memoria. Tal es el suave olor de San José en la Iglesia: se esparce en derredor nuestro sin que nos apercibamos de ello, se fortalece sin cesar, llena particularmente las inmediaciones de Nazareth, de Belen y el Egipto, pero no se extiende hasta las alturas estériles y desnudas del Calvario. San José es la hierba olorosa que crece á la sombra de todos los misterios de la Santa Infancia. Cuando agitamos esos misterios, hacemos que sus flores exhalen su perfume, y aún cuando parezca que lo notamos poco, porque la Madre y el Niño son tan hermosos y atraen dulcemente nuestras miradas, sin embargo nos faltarla algo, y nos quedaríamos suspensos si aquel perfume llegase á desaparecer. ¿Quién puede dudar que San José, tan querido de Nuestro Señor, y elegido por él su padre putativo, no fué tambien una de sus ocupaciones en el seno de María? De todas las santidades de la Iglesia, la de San José es la más profunda y la más difícil de ver distintamente: pero concebimos cuán inmensa debió ser. El honor de Jesús, la mision que San José tenía que cumplir con respecto á él, y con respecto á su Madre, todo nos hace suponer que recibió una efusion de gracias extraordinarias: y por otra parte, los rayos de luz, que por decirlo así, atraviesan por algunas hendiduras del Evangelio, nos descubren una vida enteramente divina? Y al mismo tiempo profundamente oculta. Algunas veces nos parece ver renovarse en él el carácter de alguno de los antiguos patriarcas, particularmente de Abraham, cuando pasaba su vida sencilla y pastoril bajo sus tiendas en las soledades de la Mesopotamia: ó bien el contraste nos recuerda al primer José, y al segundo, de eso mismo nombre, en las orillas del Nilo. Luégo creemos percibir en el esposo de María los rasgos distintivos de la santidad del Nuevo Testamento, y vacilamos en aceptar esa idea, bajo muchos conceptos tan verdadera; de que la santidad del Antiguo Testamento llegó en él á su más alto punto y á su mayor desarrollo, que así llegó hasta Jesús, y que permaneció en el círculo de la Encarnacion, para representar en él a los justos de la antigua ley. En cualquiera hipótesis, Nuestro Señor debe haber envuelto a San José en luz y en amor de un modo maravilloso, y haber cumplido con solicitud en su alma las operaciones más prodigiosas y las más perfectas de su gracia.

¿ Quién no conoce la generosa munificencia do la gratitud aún entre los hijos de los hombres? ¿ Pues á qué se asemejará la gratitud en Dios?. La santificacion de San José y la excelencia de su belleza interior, nos lo mostrará Nuestro Señor, en cierto modo, contrajo obligaciones con San José, de la misma manera que se sometió á su direccion. El alma tan hermosa y tan pura de San José, fué el muro construido en derredor de la inocencia de María, y en sus brazos paternales reposaba el Niño, que no tenía otro Padre que el Eterno. En cuanto á María, y en cuanto á si mismo, Jesús se digno muchas veces ser deudor á San José, y satisfizo el pago en Santidad. Cuando pensamos en las funciones por que era pagado, y en el que le pagaba, ¿debemos confesar que José era tambien en sí mismo un verdadero mundo en la vasta creacion de la gracia?. Si verdaderamante, el Verbo trabajó mucho por José en el seno de María, trabajó como Dios trabaja; y trabajó con fruicion y amor regocijándose en la gloriosa perfeccion y en la variedad de la obra que le era tan querida.

La perla incomparable de la gracia de la redencion, la cúspide más elevada á que puede llegar el amor reparador la Inmaculada Concepcion, habla sido llevada á cabo por el Verbo cuando todavía estaba en el seno de su Padre. Era la piedra angular que colocaba en su morada ántes de entrar en ella, puesto que aún no estaba construida. Desde que habia fijado su mansion en el seno de María, su ocupacian habia sido, en cierto modo, la continuacion y perfeccionamiento de la obra comenzada en ella por la Santísima Trinidad, para su ornamentacion, como ya hemos visto. Tambien en el alma de San José, su obra habia sido eminentemente una obra de santificacion, aunque esa santificacion fué siempre operada por la gracia de la redencion. Mas ahora, anhelante, cual un gigante que se lanza á la carrera, va á señalar su llegada con una obra de pura gracia reparadora, que no cederia más que á la Inmaculada Concepcion, á ménos que de hecho, sin que tengamos de ello el conocimiento revelado, no haya sido concedido el mismo privilegio á San José. Oculto sobre la tierra en el seno de su madre, como el Verbo, hay otro niño, que cuenta seis meses más de edad que el Hijo del Eterno. Ese niño ha sido predestinado desde toda eternidad para cosas grandes: ha sido elegido para ser el precursor de Nuestro Señor. Es el segundo Elías del antiguo mundo; una lámpara encendida y brillante. Su destino es tan grande, que hasta entónces no habia nacido de mujer hombre alguno que le tuviese más elevado: y hasta en cierto sentido era más grande que el de San José. San José quiza se hallaba más profundamente sumergido en la luz divina. Dios le estrechaba con más efusion contra sí mismo, como una madre oculta á su hijo en su pecho, pues tan fuertemente le estrecha en sus brazos; miéntras que Juan Bautista estaba más alejado de Dios y más expuesto a las miradas de los hombres, para que pudieran ver su luz, y que ésta brillase libre y plenamente sobre ellos. Ese niño era tambien una de las ideas primitivas del Verbo; era una de las más bellas elecciones y formaba parte del círculo brillante de la gloriosa jerarquía de la la Encarnacion. Pero en aquel momento las tinieblas reinan en derredor suyo: la mancha del pecado original empaña aquella alma tan capaz de recibir en si semejante peso de luz divina. Se halla bajo el poder del espíritu del mal. El grande enemigo de Dios posee una especie de soberanía sobre él, y segun el curso ordinario de las leyes, es preciso que haya nacido para ser capaz de recibir alguna de las operaciones misericordiosas, que podrán romper sus cadenas darle libertad para emprender su vuelo, y permitirle ir á reposar en el seno de su Criador. Dios, en su compasion, no aguardará el tiempo de la razon para los hijos de los que han hecho alianza con él, pero jamás ha anticipado el instante del nacimiento á cualquiera que se hallase sometido al decreto del pecado, excepto Jeremías y San José. Sin embargo, por un prodigio de misericordia, Jesús, todavía en el seno de su Madre, no aguardará el momento fijado por lar ley comun, é irá gloriosamente á redimir á Juan Bautista, todavía tambien en el seno de su Madre. El salvador no encarnado ha redimido millones de almas ántes de realizarse su encarnacion, y á su Madre, de una manera enteramente especial sobre todas las demás; el Salvador, encarnado, pero aún no nacido, redimirá tambien millones de almas durante esos nueve meses, y á Juan Bautista de una manera enteramente especial sobre todas las demás. Semejante á una nueva pulsacion de una felicidad impetuosa, el Niño, en el seno de María, la decidió á salir de su retiro. Dejó la Galilea y atravesó las colinas de Judá, seguida de José que la contemplaba con asombro y amoroso respeto. Jesús se apresuraba á llegar á su Pasion, atraido, por decirlo así, por el Calvario, como por un iman; del mismo modo la Virgen, grave y modesta, deseaba llegar cuanto ántes á casa de Isabel, en Hebron. El Verbo eterno, que habitaba en ella, tembló al oir su voz, y Juan la oyó, «y se extremeció en el seno de su madre;» las cadenas del pecado original quedaron rotas en él; fué justificado por la gracia de la redencion; le fué concedido el uso de su majestuosa razon; hizo actos de adoracion y de amor como jamás ántes de él los habia hecho patriarca o profeta alguno, y fue instantaneamente elevado á una altura deslumbradora de santidad, que hasta el dia es un hecho extraordinario, y un prodigio hasta en el cielo. La inspiracion del Espíritu Santo penetró á su Madre en aquel instante, fué llena de Dios, y su primer acto, en consecuencia de aquella plenitud fué un reconocimiento respetuoso de la grandeza de la Madre de Dios: y todos aquellos milagros fueron cumplidos ántes que los acentos de la voz de María se hubiesen completamente extinguido. Incontinenti el Verbo se levantó dentro del seno de su Madre: se sentó sobre su corazon inmaculado como sobre un trono, y tomando prestada su voz, que ya habia sido para él instrumento de su poder, el sacramento de la redencion de Juan, entonó el sublime Magnificat, de cuyas profundidades, desde hace siglos, no ha cesado de salir una dulce melodía, y de esparcirse por toda la tierra.

Dejemos esa vida en el seno de María para ocuparnos de la vida de María misma durante el mismo espacio de tiempo. Ésta tambien se hallaba llena de Dios y de significaciones divinas, y es de absoluta necesidad que nos detengamos en ella, si queremos comprender verdaderamente la vida del Verbo en el seno de su Madre.

Entre todos los reinos de la creacion de Dios, no hay, si exceptuamos el Paraíso de la santa humanidad, ninguno que pueda ser comparado con el interior del alma de María, con la belleza oculta con la sabiduría maravillosa, con las gracias consumadas de esa criatura escogida para ser la reina de todas las demás. Debemos procurar formarnos una idea de su vida durante aquellos nueve meses, desde la Anunciacion hasta la Natividad de Nuestro Señor. Llevaba en sí misma al Dios encarnado: tenía plenamente la conciencia del rango que ocupaba en la creacion: poseia tal grado de ciencia infusa, que podia acercarse á la inteligencia del grande misterio que se operaba en ella, más que ninguno de los más sublimes espíritus que habitan los reinos de los ángeles. Estaba ya elevada á una altura de santidad que todas las definiciones jamás podrán expresar suficientemente; de manera que Dios, en cierto sentido, la encontraba digna de la sublime vocacion á que habia sido llamada .Del mismo modo que un mundo material que se forma y se completa, así era ella en él mundo espiritual, más grande y más ámplio que toda la creacion material actualmente preparada por su Criador, y ella tenía, además, la conciencia de la operacion inefable que sufria y se sometia pasiva y adorando con el más meritorio de todos los consentimientos posibles. Estaba colocada en una especie de superioridad creada sobre él, porque poseia los derechos de una madre, porque la vida física que gozaba reposaba en ella, pues que la posesion de su alma humana habia dependido un instante de su consentimiento.

Debemos, pues, suponer que, fuera de los gozos de la vida beatífica y de los gozos del Sagrado Corazon, jamás criatura alguna ha sentido un júbilo igual á las dulzuras que María experimentó cuando poseia al Dios encarnado dentro de sí misma, cuando encerraba lo incomprensible, cuando ejercía su soberanía sobre el Todopoderoso y estaba unida con el que es la beatitud infinita, con una union tal, que la vida del Verbo y la suya no formaba más que una.

Veia delante de si, en una verdadera perspectiva, el porvenir de la Iglesia, sus pruebas y sus triunfos, y la grande influencia que ella misma ejercía en todos los siglos sobre la doctrina, la devocion y los destinos exteriores de la Santa Sede. Veía las formas sangrientas y sombrías con que la Iglesia aparecerá revestida al fin de su peregrinacion terrestre, siempre obligada á combatir para abrirse un camino para su morada eterna, y empeñada en la más cruel de las luchas, en las fronteras mismas de la tierra prometida, la víspera del juicio final. Miraba el porvenir á través de las densas nieblas del tiempo, y todo estaba muy claro para sus ojos. Veía al mundo casi. precipitado, fuera de su centro, no por las catástrofes materiales, porque en la materia todo era fácil, uniforme, y estaba sometido á leyes, sino por las convulsiones morales y por revoluciones intelectuales. Le veia engolfarse en el espacio, vacilante, movible y tan inseguro, que parecía que á cada momento iba á arrojar á la Iglesia de su recinto, como una bestia de carga arroja el peso que la oprime. Pero no concibió temor alguno: el Niño que llevaba en su seno era más fuerte que el mundo. Su mano delicada, su débil voz infantil bastaban para volverle á su situacion normal, y para restablecer la paz entre esos elementos opuestos de la inteligencia y de la voluntad que el pecado ha puesto en combustion de una manera tan desastrosa. Veia, en fin, á la grande criatura, despues de concluir su carrera, volver a entrar a la mansion de su Padre, bañada en los esplendores de su amor eterno por medio de la Preciosa Sangre, de esa Sangre que ella misma había suministrado, y que en aquel momento sentía palpitar en ella con delirios que no pueden expresarse. ¿Qué emociones de reconocimiento, qué himnos de alabanza, qué ciencias, que eran al mismo tiempo actos de adoracion, qué Magnificat sin número, inefables, hacia hacer todo aquello en su alma?...

Tal era la grande Madre de Dios en la aurora todavia de su juventud virginal: todas las cosas creadas tenían para ella una significacion nueva, ahora que el que las gobernaba habitaba en ella.

Sin embargo recibía sin cesar gracias del Niño, gracias que eran incomparables: y léjos de que podamos formarnos una idea de ellas, apénas las comprendia ella misma. Sentia crecer tambien su respeto y su devocion á San José, á quien miraba como el representante de Dios. Cesaba de pertenecerse, para no pertenecer ya más que á su oficio, y cesaba de ser la hija de Ana para no ser más que la Hija de Dios. Los maravillosos coloquios divinos concedidos á los santos, no eran nada comparados con sus conversaciones espirituales con Jesús Niño. Y en medio de todas aquellas gracias que crecían en ella, su espec tativa crecia tambien. ¿A qué se asemejaba? ¿Era un misterio de júbilo incomparable?. Encerraba dos motivos del más intenso gozo: el deseo más ardiente de la santidad creada de gozar de la vista de Dios, y el deseo vehemente de una madre terrestre, deseo natural, sencillo y humano, pero santificado hasta el más alto grado, de ver la faz de su Hijo, que sabía era tambien su Dios.

María aspiraba á esa vision beatífica terrestre, la faz del Dios encarnado. Fijaria sus miradas en aquella fisonomía, cuya hermosura expresiva, áun cuando estuviese muda y sin voz, la descubría las operaciones del sagrado corazon, semejante á la armonía silenciosa de la luz que penetra por entre los árboles de los bosques, en las cimas de las montañas y en la superficie del mar. Estaba á punto de ver aquella faz humana que debía iluminar toda la vasta extension del cielo, durante toda la eternidad, y servirle de sol y de luna. Iba á leer el amor filial una tierna acogida, una dulce complacencia en aquellos mismos ojos, cuyos rayos debian esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos en derredor del trono. Iba á ver aquel rostro todos los dias, á todas horas, á cada instante, durante algunos años. Le veria crecer, desarrollarse y tomar la expresion sucesiva de las edades de la vida humana. Iba á verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad relflexiva de la edad madura: iba á verle en el éxtasis de la contemplacion divina, en la ternura indulgente del amor, en el brillo de una sabiduria enteramente celestial ,en el ardor de una justa indignacion, en la dolorosa gravedad de una tristeza profunda, y en los momentos de la violencia, del oprobio, de la pena física y de la agonía mental. Cada una de esas tan variadas, no era para María nada ménos que una revelacion. Era casi todo lo que quisiese de aquella faz divina: podria estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor maternal. Podria cubrir de besos los labios que debian pronunciar la sentencia de todos los hombres: podria contemplar á su placer durante su sueño ó despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria. Cuando el Eterno habria bendecido aquel pequeño rostro, buscaba su seno y reposaria en él. María enjugaria las lágrimas que correrian por las mejillas infantiles de la beatitud eterna é increada. Muchas veces lavaria aquel rostro con el agua de la fuente, y la Preciosa Sangre afluiria á cubrirle, atraida por la frescura del agua, ó por el suave frote de la mano maternal, y le haria diez veces más hermoso. Un dia debia reposar pálido, manchado de sangre y sin vida sobre sus rodillas, miéntras que por última vez todos los servicios que en otro tiempo le prestara en Belen, debian renovarse tristemente sobre el Calvario.

En aquel rostro, María veria una semejanza de sí misma: podria reconocer en él sus propias facciones. iQué misterio tan abrumador para una criatura, abrumador sobre todo para su inmensa humildad! Jamas se ha encontrado otra criatura en el mismo caso, ni la habrá jamas tampoco: Jesús, en el cielo, despues de su gloriosa resurreccion, nos dará su semejanza; pero María le dió primero lo que él nos dará más tarde. Dios ha dado á María su propia imágen, y ella se la devuelve, por decirlo así, de otra manera. Y esa semejanza de Jesús con su Madre, parece que la hace entrar más completamente en su creacion. Aquella faz encerraba misterios sin número, y María podia aspirar al momento en que la viese al descubierto y sin velo, é inaugurada, por decirlo así, entre las cosas visibles de la tierra: como criatura, y como la más elevada de las simples criaturas, podia desear ardientemente verla; pero como Madre, sus deseos eran todavía algo más. Cuando nos hayamos representado cuanto es posible imaginar acerca de la pureza, de la intensidad y de la felicidad del amor de una madre, deberemos recordar que la que inspiraba á ver la faz de su hijo era la Madre de Dios, y que la faz que la parecía tardaba mucho en ver, era la faz de Dios encarnado.

Tal era la vida de espectativa de María. Era una vida de las más altas perfecciones espirituales, ocupada de misterios divinos, y gozando con anticipacion de la felicidad del cielo. Era una vida que la elevaba á cada instante al grado más grande de maravillosa santidad: era una vida de grandeza celestial, absorta en Dios, y que sacaba sus aguas de los manantiales más profundos de las cosas eternas. Era una vida sin precedente, una vida inimitable, una vida a que unicamente, el pensamiento silencioso puede hacer cierta especie de justicia, y áun eso, de una manera muy incompleta. A pesar de todo, era una vida de belleza enteramente natural, una vida completamente humana. Pareceria que la gracia habia. llegado á ser la naturaleza, más bien que la habia completado. Pareceria que el elemento terrestre formaba el conjunto de esa vida, y que la daba la unidad de que gozaba. Era una vida de mujer, á la par que una vida santa, y su santidad era precisamente lo que parecia darla un carácter femenino tan delicado.

Era la posibilidad de una hermosa naturaleza, realizada por el que es á un tiempo mismo el autor de la naturaleza y de la gracia. Era la canonizacion del amor de una madre, á cuya luz vemos por un momento esa profunda ternura en Dios, de que procede el amor maternal, y de donde el mismo amor nos hace comprender sus puras delicias. Así la vida de María, mientras el Verbo estaba en su seno, era una vida completamente humana, una vida creada, y tan distinta ó claramente creada como la vida del Padre con el Hijo eterno en su seno, era una vida increada. Ocurria con frecuencia, con respecto á María, que, cuando estaba elevada hasta él punto de excitar nuestra admiracion, entonces aparecia más como una criatura humana. Eso era lo que sucedia entónces, lo que sucedió al cabo de doce años en el templo de Jerusalen, y lo que tuvo lugar á la sombra de la Cruz, cuando recibió sobre sus rodillas el cuerpo sin vida. Su real naturaleza de mujer añadia una nueva gracia á las que la adornaban; y a la luz terrestre que circundaba su frente, las joyas de su corona celestial brillaban con el resplandor más dulce y hasta el más divino. El que dejó los cielos para tomar una naturaleza terrestre, realzó, por el exceso de su gloria, la belleza de su madre terrestre, pero no la hizo desaparecer. María no es una cosa, un explendor, una maravilla, un trofeo; es una persona viviente, y por eso, su naturaleza como mujer, corona su inefable maternidad. Dios no la ha ahogado en su magnificencia. Sus dones más bien la han hecho aparecer claramente, y han puesto más de relieve la hermosura de su naturaleza sin mancha. Su amor maternal creado al Verbo encarnado, es una participacion substancial del amor paternal increado del Padre para el Verbo, que le es co-igual; y sin embargo, entre todos los amores que existen, no hay uno que sea más fácil de reconocer como amor humano que el amor que ella tenía á su Hijo.

Mas por particular ó inaudita que haya sido esa vida de María, es no obstante un tipo magnífico de toda vida cristiana. Jesús está en cada uno de nosotros, por su esencia, por su presencia y por su potencia; concurre interiormente y de la manera más íntima á todos los pensamientos de nuestra inteligencia, lo mismo que á todas las acciones de nuestro cuerpo. Su habitacion sobrenatura en nuestras almas por medio de la gracia; tiene algo de más prodigioso que todos los milagros y está revestida de una energía más eficaz. Una meditacion piadosa y atenta de la doctrina de la gracia, produce una sombra por encima de nuestros espíritus, á causa de la grandeza de los dones que nos son concedidos, y nuestra pasmosa proximidad con respecto a Dios, y obramos bajo la impresion de esa sombra con un santo temor: los que más temen, son los que aman más Por la gracia, Jesús nace contínuamente en nosotros y de nosotros; por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra correspondencia á la gracia, que no es otra cosa en si misma más que una gracia. Por manera, que el alma del que se halla en estado de gracia, es un seno perpétuo de María, un Belen interior sin fin. Por instantes, despues de la comunion, Jesús habita en nosotros real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo Niño que estaba en María, está tambien en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo eso sino una participacion en la vida da María durante esos maravillosos nueve meses?. Lo que resulta para nosotros, es precisamente lo que resultó para María, una espectacion llena de delicias. Nosotros esperamos siempre más santidad, mayor goce de Jesús para el porvenir, nuevas visitas de su faz divina en la calma de la meditacion, en el fondo de nuestras almas suavemente iluminadas, y como María, aguardamos el Calvario del mismo modo que Belen. ¿Hay álguien que no tenga continuamente ante su vista, por lo ménos, una vision confusa del padecimiento? Esa parte de nuestra vida que ya ha pasado, nos asegura demasiado que, el padecimiento entrará por mucho en lo que todavia nos queda que vivir. Además, todos tenemos presagios de penas y de cuidados, y no hay en la vida sitio tan plenamente iluminado por el por el sol, en ,donde no penetre las largas extremidades de las sombras de los dolores por venir: vienen á reposar allí dulcemente, y producen una suave sombra, que no deja de tener su belleza, y que contemplamos hasta con una especie de placer. De todos modos, llega la muerte en su tiempo, y forzoso nos será pasar por esa puerta. Pero aguardamos como María la vista de la faz humana de Nuestro Señor. En todo lo que es para nosotros el tiempo, no habrá para nosotros nada más notable, ni nada más verdaderamente crítico, que el punto en que la vision de su faz comience á despuntar sobre nosotros. Nuestro juicio, en el límite del mundo invisible, será para nosotros la gruta de de Belen, porque entónces, por vez primera, veremos realmente la faz de Jesús. Con todo, esa misma vista no pondrá por completo término á nuestra espectacion, porque la llevaremos con nosotros al purgatorio, en donde nos consolará, y en donde se alimentará con el recuerdo de esa faz divina, que se. habrá descubierto un instante á nuestras miradas. Despues de eso viene la mansion de la patria en una union estrecha con el Niño de Belen. Esa es nuestra patria, como lo es tambien de María: es una patria eterna, y allí, y solamente allí, cesará nuestra espectacion.

Tal era la vida del Verbo en el seno de María, y tal era la vida de María miéntras el Verbo habitaba en su seno. Ahora nos resta considerar el último acto de esa vida maravillosa. Los nueve meses tocaban á su fin, y el último acto de Nuestro Señor fué su viaje de Nazareth á Belen. Hácia nosotros avanza lo mismo que hacia Belen. Se halla á punto de dejar por nosotros su morada por segunda vez. Del mismo modo que habia dejado su mansion increada en el seno de su Padre, así va ahora á dejar su mansion creada para venir á nosotros, y pertenecernos todavía más completamente. En esa última accion nos mostrará, que no solamente es obediente á su Madre escogida y santificada, sino que ha venido para obedecer nuestras órdenes y poner al servicio de nuestra perversidad. Se puso en marcha para Belen por órden de un soberano terrestre; y aunque judío, aunque durante siglos habia amado á su pueblo con una predileccion inesplicable, y que podríamos llamar divinamente obstinada, obedece á un príncipe extranjero que por derecho de conquista ejerce la dominacion sobre aquel pueblo. Viene en el momento en que aquel amo extranjero forma la estadística de sus súbditos y el censo de poblacion de la provincia como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiese apresurarse á aprovechar la ocasion de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venia al mundo. ¿No es extraño que la humillacion, por la que la criatura demuestra una repugnancia tan invencible, parezca ser la única cosa creada que tenga atractivos para el Criador?

Cuando avanzaba por el camino de Nazareth á Belen, sin cesar, no obstante de gobernar el Universo y de juzgar á los hombres, el mundo no sospechaba su presencia en el seno de María. ¿Es posible llegar con más secreto? En esa hora solemne y desconocida en que vendrá de oriente para sorprendernos, y en que nos citará al juicio final, nó se presentará mas furtivamente á mitad de la noche, como cuando llegó para nacer en Belen. No t