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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la misa de la Vigilia Pascual, pronunciada el 2 de abril de 1999.
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El bautismo nos compromete a ser testigos auténticos del amor de Dios

Homilía de S.S. Juan Pablo II en la misa de la Vigilia Pascual

2 de abril de 1999

1. «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Sal 118, 22).

Esta noche, la liturgia nos habla con la abundancia y la riqueza de la palabra de Dios. Esta Vigilia no sólo es el centro del año litúrgico, sino, de alguna manera, su matriz. En efecto, a partir de ella se desarrolla toda la vida sacramental. Podría decirse que está preparada abundantemente la mesa en torno a la cual la Iglesia reúne esta noche a sus hijos; reúne, de manera particular, a quienes han de recibir el bautismo.

Pienso particularmente en vosotros, queridos catecúmenos, que dentro de poco renaceréis del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5). Con gran gozo os saludo y saludo, al mismo tiempo, a los países de donde venís: Albania, Cabo Verde, China, Francia, Marruecos y Hungría.

Con el bautismo os convertiréis en miembros del cuerpo de Cristo, partícipes plenamente de su misterio de comunión. Que vuestra vida permanezca inmersa constantemente en este misterio pascual, de modo que seáis siempre auténticos testigos del amor de Dios.

2. No sólo vosotros, queridos catecúmenos, sino también todos los bautizados están llamados en esta noche a vivir en la fe una experiencia profunda de lo que poco antes hemos escuchado en la epístola: «Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-4).

Ser cristianos significa participar personalmente en la muerte y resurrección de Cristo. Esta participación se realiza de manera sacramental por el bautismo sobre el cual como sólido fundamento se edifica la existencia cristiana de cada uno de nosotros. Y por esto el salmo responsorial nos ha exhortado a dar gracias: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (…). La diestra del Señor (…) es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor» (Sal 118, 1-2. 16-17). En esta noche santa la Iglesia repite estas palabras de acción de gracias, mientras confiesa la verdad sobre Cristo, que «padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día» (cf. Credo).

3. «Esta noche (...) debe ser noche de vigilia en honor del Señor (...) por todas las generaciones» (Ex 12, 42).

Estas palabras del libro del Exodo concluyen la narración de la salida de los israelitas de Egipto. Resuenan con una elocuencia singular durante la Vigilia pascual, en cuyo contexto cobran la plenitud de su significado. En este año dedicado a Dios Padre, ¿cómo no recordar que esta noche, la noche de Pascua, es la gran «noche de vigilia» del Padre? Las dimensiones de esta «vigilia» de Dios abarcan todo el Triduo pascual. Sin embargo, el Padre «vela» de manera particular durante el Sábado santo, mientras el hijo yace muerto en el sepulcro. El misterio de la victoria de Cristo sobre el pecado del mundo está encerrado precisamente en el velar del Padre. Él «vela» sobre toda la misión terrena del Hijo. Su infinita compasión alcanza su culmen en la hora de la pasión y de la muerte: la hora en que el Hijo es abandonado, para que los hijos sean salvados; el Hijo es despreciado y rechazado, para que los hijos sean recuperados; el Hijo muere, para que los hijos puedan volver a la vida.

La vigilia del Padre explica la resurrección del Hijo: incluso en la hora de la muerte, no desaparece la relación de amor en Dios, no desaparece el Espíritu Santo que, derramado por Jesús moribundo en la cruz, llena de luz las tinieblas del mal y resucita a Cristo constituyéndolo Hijo de Dios con poder y gloria (cf. Rm 1, 4).

4. «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Sal 118, 22). A la luz de la Resurrección de Cristo, ¡cómo destaca en plenitud esta verdad que canta el salmista! Condenado a una muerte ignominiosa, el Hijo del hombre, crucificado y resucitado, se ha convertido en la piedra angular para la vida de la Iglesia y de cada cristiano.

«Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un milagro patente» (Sal 118, 23). Esto sucedió en esta noche santa. Lo pudieron constatar las mujeres que «el primer día de la semana (...) cuando aún estaba oscuro» (Jn 20, 1), fueron al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor y encontraron la tumba vacía. Oyeron la voz del ángel: «No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado» (Mt 28, 5-6).

Así se cumplieron las palabras proféticas del salmista: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Esta es nuestra fe. Ésta es la fe de la Iglesia y nosotros nos gloriamos de profesarla en el umbral del tercer milenio, porque la Pascua de Cristo es la esperanza del mundo, ayer, hoy y siempre.

Amén.

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