HomilÃa de S.S. Juan Pablo II en la vigilia celebrada en el hipódromo de Longchamp
Queridos jóvenes, queridos amigos:
1. Al empezar os saludo a todos vosotros, que estáis aquà reunidos, repitiendo las palabras del profeta Ezequiel, pues contienen una maravillosa promesa de Dios y expresan la alegrÃa de vuestra presencia: «Os recogeré de entre las naciones (…). Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espÃritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espÃritu y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos (…). Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36, 24-28).
2. Saludo a los obispos franceses que nos acogen y a los obispos venidos de todo el mundo. Dirijo, asimismo, mi saludo cordial a los distinguidos representantes de otras confesiones cristianas, con las cuales compartimos el mismo bautismo y que han querido asociarse a esta celebración de la juventud.
En la vÃspera del 24 de agosto, no es posible olvidar la dolorosa matanza de la noche de san Bartolomé, con sus oscuras motivaciones en la historia polÃtica y religiosa de Francia. Algunos cristianos realizaron actos que el Evangelio reprueba. Si evoco el pasado, es porque «reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentÃa que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy» (Tertio millennio adveniente, 33). Por ello, me asocio gustoso a las iniciativas de los obispos franceses, pues, como ellos, estoy convencido de que sólo el perdón ofrecido y recibido lleva progresivamente a un diálogo fecundo que sella una reconciliación plenamente cristiana. La pertenencia a diferentes tradiciones religiosas no debe ser hoy en dÃa una fuente de oposición o de tensión. Al contrario nuestro común amor a Cristo nos impulsa a buscar sin cesar el camino de la plena unidad.
3. Los textos litúrgicos de nuestra vigilia son, por una parte, los mismos de la Vigilia pascual. Se refieren al bautismo. El evangelio de san Juan narra el diálogo nocturno de Cristo con Nicodemo. Al ir a encontrarse con Cristo, este miembro del SanedrÃn expresa su fe: «RabbÃ, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3, 2). Jesús le responde: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3, 3). Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» (Jn 3, 4). Jesús le responde: «El que no nazca de agua y de EspÃritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del EspÃritu, es espÃritu» (Jn 3, 5-6).
Jesús hace pasar a Nicodemo de las realidades visibles a las invisibles. Cada uno de nosotros ha nacido del hombre y de la mujer, de un padre y una madre; este nacimiento es el punto de partida de toda nuestra existencia. Nicodemo piensa en esta realidad natural. Por el contrario, Cristo vino al mundo para revelar otro tipo de nacimiento, el nacimiento espiritual. Cuando profesamos nuestra fe, decimos quién es Cristo: «Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: (…) engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, consubstantialis Patri, por quien todo fue hecho, per quem omnia facta sunt; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del EspÃritu Santo se encarnó de MarÃa, la Virgen, y se hizo hombre, descendit de caelis et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria virgine et homo factus est». SÃ, jóvenes, amigos mÃos, ¡el Hijo de Dios se hizo hombre por todos vosotros, por cada uno de vosotros!
4. «El que no nazca de agua y de EspÃritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). AsÃ, para entrar en el Reino, el hombre debe nacer de nuevo, no según las leyes de la carne sino según el EspÃritu. El bautismo es precisamente el sacramento de este nacimiento. El apóstol Pablo lo explica en profundidad en el pasaje de la carta a los Romanos que hemos escuchado: «¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, asà también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 3-4). El Apóstol nos revela aquà el sentido del nuevo nacimiento, nos explica por qué el sacramento tiene lugar por medio de la inmersión en el agua. No se trata de una inmersión simbólica en la vida de Dios. El bautismo es el signo concreto y eficaz de la inmersión en la muerte y la resurrección de Cristo. Comprendemos entonces, por qué la tradición ha unido el bautismo a la Vigilia pascual. En ese dÃa, y sobre todo en esa noche, es cuando la Iglesia revive la muerte de Cristo, cuando la Iglesia entera se siente abrumada por el cataclismo de esta muerte, de la que surgirá una vida nueva. De este modo, la Vigilia, en el sentido exacto de la palabra, es espera: la Iglesia espera la resurrección; espera la vida que será la victoria sobre la muerte y que llevará al hombre hacia esa vida.
A toda persona que recibe el bautismo se le concede participar en la resurrección de Cristo. San Pablo vuelve a menudo sobre este tema, que resume la esencia del verdadero sentido del bautismo. Escribe asÃ: «Porque, si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también la seremos por una resurrección semejante» (Rm 6, 5). Y prosigue: «Sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorÃo sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios. Asà también vosotros consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 6-11). Como san Pablo, queridos jóvenes, decid al mundo: nuestra esperanza es firme; por Cristo, vivimos para Dios.
5. Evocando esta noche la Vigilia pascual, consideramos los problemas esenciales: la vida y la muerte, la mortalidad y la inmortalidad. En la historia de la humanidad Jesús ha invertido el sentido de la vida humana. Si la experiencia cotidiana nos muestra la existencia como un pasaje hacia la muerte, el misterio pascual nos abre la perspectiva de una vida nueva mas allá de la muerte. Por ello, la Iglesia, que profesa en su Credo la muerte y la resurrección de Jesús, tiene todas las razones para pronunciar también estas palabras: «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna».
6. Queridos jóvenes, ¿sabéis lo que hace en vosotros el sacramento del bautismo? Dios os reconoce como hijos suyos y transforma vuestra existencia en una historia de amor con él. Os conforma con Cristo, para que podáis realizar vuestra vocación personal. Ha venido para establecer una alianza con vosotros y os ofrece su paz. Vivid desde ahora como hijos de la luz, que se saben reconciliados por la cruz del Salvador.
El bautismo, «misterio y esperanza del mundo que vendrá» (san Cirilo de Jerusalén, Procatequesis 10, 12), es el más bello de los dones de Dios, pues nos invita a convertirnos en discÃpulos del Señor. Nos hace entrar en la intimidad con Dios, en la vida trinitaria, desde hoy y por toda la eternidad. Es una gracia que se da al pecador, que nos purifica del pecado y nos abre un futuro nuevo. Es un baño que lava y regenera. Es una unción que nos conforma con Cristo, sacerdote, profeta y rey. Es una iluminación, que esclarece y da pleno significado a nuestro camino. Es un vestido de fortaleza y de perfección. Revestidos de blanco el dÃa de nuestro bautismo, como lo seremos en el último dÃa, estamos llamados a conservar cada dÃa su esplendor y a recuperarlo por medio del perdón, la oración y la vida cristiana. El bautismo es el signo de que Dios se ha unido con nosotros en nuestro caminar, que embellece nuestra existencia y transforma nuestra historia en una historia sagrada.
Habéis sido llamados, elegidos por Cristo para vivir en la libertad de los hijos de Dios y habéis sido también confirmados en vuestra vocación bautismal y habitados por el EspÃritu Santo para anunciar el Evangelio a lo largo de toda vuestra vida. Al recibir el sacramento de la confirmación os comprometéis con todas vuestras fuerzas a hacer crecer pacientemente el don recibido por medio de la recepción de los sacramentos, en particular de la EucaristÃa y de la penitencia, que conservan en nosotros la vida bautismal. Bautizados, dais testimonio de Cristo por vuestro esfuerzo de una vida recta y fiel al Señor, que se ha de mantener con una lucha espiritual y moral. La fe y el obrar moral van unidos. En efecto, el don recibido nos lleva a una conversión permanente para imitar a Cristo y corresponder a la promesa divina. La palabra de Dios transforma la existencia de los que la acogen, pues es la regla de la fe y de la acción. En su existencia, para respetar los valores esenciales, los cristianos experimentan también el sufrimiento que pueden exigir las opciones morales opuestas a los comportamientos del mundo y, a veces, incluso de modo heroico. Pero la vida feliz con el Señor tiene ese precio. Queridos jóvenes, vuestro testimonio tiene ese precio. ConfÃo en vuestro valor y en vuestra fidelidad.
7. En medio de vuestros hermanos tenéis que vivir como cristianos. Por el bautismo Dios nos da una madre, la Iglesia, con la que crecemos espiritualmente para avanzar por el camino de la santidad. Este sacramento nos integra en un pueblo, nos hace partÃcipes de la vida eclesial y nos da hermanos y hermanas que amar, para ser «uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). En la Iglesia no hay ya fronteras; somos un único pueblo solidario, compuesto por múltiples grupos con culturas, sensibilidades y modos de acción diversos, en comunión con los obispos, pastores del rebaño. Esta unidad es un signo de riqueza y vitalidad. Que dentro de la diversidad vuestra primera preocupación sea la unidad y la cohesión fraterna, que permitan el desarrollo personal de modo sereno y el crecimiento del cuerpo entero.
Con todo, el bautismo y la confirmación no alejan del mundo, pues compartimos los gozos y las esperanzas de los hombres de hoy y aportamos nuestra contribución a la comunidad humana en la vida social y en todos los campos técnicos y cientÃficos. Gracias a Cristo estamos cerca de todos nuestros hermanos y somos llamados a manifestar la alegrÃa profunda que se tiene al vivir con él. El Señor nos llama a cumplir nuestra misión donde estamos, pues «el lugar que Dios nos ha señalado es tan hermoso, que no nos está permitido desertar de él» (cf. Carta a Diogneto, VI, 10). Independientemente de lo que hagamos, nuestra vida es para el Señor; en él está nuestra esperanza y nuestro tÃtulo de gloria. En la Iglesia la presencia de los jóvenes, de los catecúmenos y de los nuevos bautizados es una riqueza y una fuente de vitalidad para toda la comunidad cristiana, llamada a dar cuenta de su fe y a testimoniarla hasta los confines de la tierra.
8. Un dÃa, en Cafarnaúm, cuando muchos discÃpulos abandonaban a Jesús, Pedro respondió a la pregunta de Jesús: «¿También vosotros queréis marcharos?», diciéndole: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-68). En esta Jornada de la juventud en ParÃs, una de las capitales del mundo contemporáneo, el Sucesor de Pedro acaba de repetiros que estas palabras del Apóstol deben ser el faro que os ilumine a todos en vuestro camino. «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Más aún: no sólo nos hablas de la vida eterna. Tú mismo eres la vida eterna. Verdaderamente, tú eres «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
9. Queridos jóvenes, por la unción bautismal os habéis convertido en miembros del pueblo santo. Por la unción de la confirmación participáis plenamente en la misión eclesial. La Iglesia, de la que sois parte, tiene confianza en vosotros y cuenta con vosotros. Que vuestra vida cristiana sea un «acostumbrarse» progresivo a la vida con Dios, según la hermosa expresión de san Ireneo, para que seáis misioneros del Evangelio.
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