2 de abril de 1999
1. «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», «Padre, en tus manos encomiendo mi espÃritu». Éstas son las palabras, este es el último grito de Cristo en la cruz. Con esas palabras se cierra el misterio de la pasión y se abre el misterio de la liberación a través de su muerte, que se realizará en la Resurrección. Son palabras importantes. La Iglesia, consciente de su importancia, las ha asumido en la liturgia de las Horas, que cada dÃa se concluye asÃ: «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum».Hoy queremos poner estas palabras en labios de la humanidad, al final del segundo milenio, al final del siglo XX. Los milenios no hablan, los siglos no hablan; pero habla el hombre, hablan millares, miles de millones de hombres que han llenado este espacio que se llama siglo XX, este espacio que se llama segundo milenio. Hoy queremos poner estas palabras de Cristo en labios de todos estos hombres, que han sido ciudadanos de nuestro siglo XX, de nuestro segundo milenio, porque estas palabras, este grito de Cristo sufriente, sus últimas palabras no solamente cierran; también abren. Significan una apertura al futuro.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espÃritu». Estas palabras abren. Al final de este Viernes santo, en vÃsperas de la Pascua de 1999, esperamos que estas palabras —«In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», «Padre, en tus manos encomiendo mi espÃritu»— sean también las últimas palabras para cada uno de nosotros, las que nos abran a la eternidad.
2. «Christus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis»: «Cristo por nosotros se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (AntÃfona de la Liturgia de las Horas; cf. Flp 2, 8). Con estas palabras, la liturgia del Viernes santo resume lo que aconteció en el Gólgota, hace ahora dos mil años. El evangelista Juan, testigo ocular, narra los acontecimientos dolorosos de la pasión de Cristo. Cuenta su dura agonÃa, sus últimas palabras: «Todo se ha consumado» (cf. Jn 19, 30) y cómo un soldado romano traspasó su costado con una lanza. Del pecho atravesado del Redentor salió sangre y agua, prueba inequÃvoca de su muerte (cf. Jn 19, 34) y don extremo de su amor misericordioso.
3. Teniendo en cuenta el testimonio de Juan, admira más aún lo que dice el profeta IsaÃas en el canto sobre el Siervo del Señor. Escribe algunos siglos antes de Cristo y sus palabras parecen en perfecta sintonÃa con las del cuarto evangelista. Estas palabras son un auténtico «evangelio de la cruz»: «Despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos (…). Traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crÃmenes. (…) Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crÃmenes. (...) Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malhechores (...). A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos cargando con los crÃmenes de ellos» (Is 53, 3-11).
Estas consideraciones tan ricas en detalles, llaman la atención porque son palabras de quien no pudo ver con sus propios ojos el drama del Calvario, ya que vivió muchos años antes. En las mismas está trazada con anticipación la teologÃa del sacrificio de la cruz de Cristo. En ellas se encuentra una sÃntesis admirable de todo el misterio de la pasión y la resurrección, que confluyen en el gran misterio pascual.
4. Las proféticas palabras del libro de IsaÃas resuenan en nuestro corazón en esta noche, al final del vÃa crucis, aquà en el Coliseo, recuerdo elocuente de la pasión y del martirio de muchos creyentes que pagaron con la sangre su fidelidad al Evangelio. En estas palabras siguen resonando las de la pasión de Jesús que «está en agonÃa hasta el fin del mundo» (Pascal, Pensamientos, El misterio de Jesús, 553).
«Despreciado y evitado» está Cristo en el hombre afrentado y aniquilado en la guerra de Kosovo y en cualquier lugar donde triunfe la cultura de la muerte; «triturado por nuestros crÃmenes» está el MesÃas en las vÃctimas del odio y del mal de todos los tiempos y en cualquier lugar. «Como ovejas errantes» parecen a voces los pueblos divididos y marcados por la incomprensión y la indiferencia.
Sin embargo, en el horizonte de este escenario de sufrimiento y de muerte, brilla para la humanidad la esperanza: «A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará (...); mi Siervo justificará a muchos». La cruz, en la noche del dolor y del abandono, es antorcha que mantiene viva la espera del nuevo dÃa de la resurrección. Miramos con fe hacia la cruz de Cristo, en esta noche mientras por medio de ella queremos proclamar al mundo el amor misericordioso del Padre por cada hombre.
5. SÃ, hoy es el dÃa de la misericordia y del amor, el dÃa en el que se ha llevado a cabo la redención del mundo, porque el pecado y la muerte han sido derrotados por la muerte salvÃfica del Redentor.
Divino Rey crucificado, que el misterio de tu muerte gloriosa triunfe en el mundo.
Haz que no perdamos el valor y la audacia de la esperanza ante los dramas de la humanidad y ante cada situación injusta que mortifica a la criatura humana, redimida con tu sangre preciosa.
Al contrario, haz que esta noche, con renovada fuerza proclamemos: Tu cruz es victoria y salvación, «quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum», porque con tu sangre y tu pasión has redimido al mundo.
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