(24 - 26 de setiembre de 1998)
Palabras del Cardenal Dionigi Tettamanzi
Me es particularmente grato dirigir un cordial saludo a los organizadores, relatores y a todos los participantes de este Congreso internacional de estudios, promovido en ocasión al séptimo centenario de la muerte del beato Jacobo de Vorágine. Mi saludo es un saludo gozoso que se hace eco de la satisfacción de toda la Iglesia en Génova, por el recuerdo cualificado de aquel hombre de Dios, que fue precisamente Arzobispo de nuestra ciudad entre 1292 y 1298.
Considero muy significativo que este momento de reflexión se tenga aquÃ, en Santa MarÃa di Castello. Todos sabemos, en efecto, como este estupendo complejo conventual —insigne monumento de historia, de arte y de fe— fue en el pasado y continúa siendo en el presente lugar de encuentro fecundo entre la fe y la cultura, tensión espiritual y compromiso social. Se trata de un binomio inseparable para una vida cristiana que quiera definirse auténtica. Y ciertamente auténtica fue la vida cristiana de Jacobo de Vorágine, un obispo que con singular eficacia supo traducir en acciones sociales muy relevantes su profundÃsima vida interior.
En estos dÃas, ilustres estudiosos están profundizando con gran competencia la figura y la obra del beato genovés. A mà no me compete entrar en los detalles de las múltiples problemáticas afrontadas. Deseo, en cambio, en mi intervención, fijar brevemente la atención sobre algunos aspectos del recorrido humano y espiritual de mi predecesor: aspectos que reflejan de manera cristalina las Sagradas Escritura y que considero de particular actualidad también para nuestro tiempo.
1. "Una cosa he pedido al Señor
una cosa estoy buscando
habitar en la casa del Señor
todos los dÃas de mi vida"
(Salmo 26).
Con estas palabras del salmista evidencio el primer aspecto que me es grato subrayar en la experiencia de Jacobo: me refiero a la elección del estado de vida. Él consagró por entero su vida al Señor, como religioso, entrando en el convento genovés de los padres dominicos. ¿A qué se debe esta elección suya? Por un lado, ciertamente, a lo esencial de la vivencia "mendicante" caracterÃstica de la Orden fundada por Santo Domingo de Guzmán; por otro lado, y quizás más todavÃa, por el anhelo cultivado de nuestro beato de dedicarse totalmente a la predicación y al anuncio de la Palabra de Dios.
Este fin, prioritario para la Orden de los Hermanos Predicadores, -establecido desde el 1205 por el fundador y después aprobado por el Papa Honorio III en el 1216- se ve claramente en las primitivas constituciones, conocidas por nosotras a través de un texto que se remonta al CapÃtulo General de Bologna en el 1220: "El objetivo de la Orden desde sus primeros dÃas fue instituido "particularmente" para la predicación y para la salvación de las almas;.... el esfuerzo de sus miembros debe tender "principalmente" y "en sumo grado" a ser útil a las almas del prójimo".
Son múltiples las responsabilidades, que al interior de la vida de la comunidad, le fueron confiadas a Jacobo: en 1252 llega a ser profesor de teologÃa, desde el 1260 es prior del convento genovés de Santo Domingo y por 16 años (1267-1277 y 1281-1286) es provincial de LombardÃa en un momento de gran expansión de la orden.
AsÃ, desempeñando propiamente estas responsabilidades, se va delineando la figura de un hombre preparado, competente, disponible, prudente, sabio. Son éstos algunos de los atributos de los cuales obtendrá la estima y el agrado de los PontÃfices y por los cuales se le solicitará sentarse sobre la cátedra arzobispal de san Siro, en un perÃodo de complejo clima socio-polÃtico.
2. "Con sencillez la aprendà y sin envidia la comunico; no me guardo ocultas sus riquezas
porque es para los hombres un tesoro inagotable;
y los que la adquieren se granjean la amistad de Dios..." (SabidurÃa 7, 13-14).
Las palabras de la Escritura se consagran muy bien al beato Jacobo: ocupado en las difÃciles labores eclesiales tanto dentro como fuera de la Orden, tuvo no obstante siempre en el corazón -por encima de cualquier otra cosa- la salvación de las almas. Asà fue él un sabio y maestro de sabidurÃa, capaz de iluminar como las estrellas del cielo los pasos inciertos de los hombres de su tiempo con la buena noticia del Evangelio, tesoro inagotable para toda generación.
Vale la pena recordar los cerca de 750 "Sermones", compuestos probablemente -como se ha comprobado en el volumen presentado ayer- entre el 1277 y el 1281 y más tarde concluidos entre el 1285 y el 1292. En estos escritos se vislumbra ya clara la intención del autor, que al ritmo del calendario litúrgico, reclama el dictamen paulino sobre la necesidad de despojarse del hombre viejo que está en nosotros para revestirse del Jesucristo, el hombre nuevo.
Inspirándose de las enseñanzas de Santo Domingo, Jacobo llama a todos a acoger la gracia de Dios para superarse a sà mismos y caminar por el camino de la Vida: aquella Vida que es encuentro de amistad con Cristo y servicio de amor a los hermanos.
3. "Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la Palabra de Dios y, considerando el final de su vida, imitad su fe." (Hebreos 13,7).
No es difÃcil recoger de este versÃculo de la carta a los Hebreos otro rasgo caracterÃstico de la vida de Jacobo y por el cual es conocido en todos los tiempos. En su celo infatigable por el bien espiritual del ser humano juzgó de gran utilidad ofrecer a sus contemporáneos modelos concretos de vida cristiana como punto de referencia. Se trata precisamente de aquellos "dirigentes" de quienes habla la Escritura y de los cuales, considerando el tenor de sus vidas, es sabio imitar su fe.
Asà Jacobo, entre el 1260 y el 1263, dio forma a la "Legenda Sanctorum", cuya edición crÃtica fue ayer presentada.
Consciente de la importancia de la predicación como vehÃculo de la fe, considera la narración de la vida de los santos como un instrumento utilÃsimo para la predicación y, por tanto, para el sostenimiento y crecimiento de la fe en los creyentes; es ésta la especÃfica "misión" que los santos tienen en la comunión de la Iglesia.
Su intento tuvo magnÃficos resultados. Basta pensar la extensÃsima difusión que tuvo esta obra en el curso de los siglos que todos conocerán como "Leyenda Aurea". Este es un término que amerita nuestra consideración, justamente porque revela el mensaje más verdadero que Jacobo ha deseado comunicar y que el pueblo cristiano ha acogido inmediatamente con la intuición simple y profunda de la fe: la vida de los santos es la auténtica riqueza de la Iglesia.
4. "Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación... Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios". ( 2 Cor. 5, 18.20).
Las palabras del apóstol Pablo debieron ser para Jacobo un punto seguro de referencia, definitivamente en su labor pastoral. Es sintomático, en este sentido, el inicio de su ministerio en Génova. Apenas nombrado arzobispo, en 1292, se encontró inmerso en una situación social y polÃtica muy difÃcil. Y su tarea principal fue precisamente hacer todo lo posible para lograr la pacificación entre las facciones opuestas y en lucha de la ciudad. La tarea era ardua, y desde un punto de vista humano, nuestro beato resultará derrotado. En efecto la pacificación lograda con tanta fatiga durará poquÃsimo tiempo, demostrándose ésta solo aparente.
Y todavÃa Jacobo será perseverante en su labor a favor de la paz en la ciudad. Su misma "Chronica Civitatis Januensis" testimonia la generosidad de su trabajo. La obra no debe ser leÃda como una historia de Génova, sino más bien como el claro y firme llamado a una condición interior que sólo la fe la hace posible: es esta condición interior la que pacifica los corazones, renueva las conciencias y puede ser asà fundamento de una convivencia civil verdaderamente digna del ser humano.
5. También de estas simples y ciertamente no exhaustivas consideraciones no es dificil resaltar la singular actualidad de la vida y de la obra de Jacobo de Vorágine: para nosotros, hombres y mujeres que se aprestan a cruzar los umbrales del 2000, y para nuestra ciudad, en búsqueda de fundamentos nuevos sobre los cuales construir un futuro aún incierto y problemático.
Espiritualidad profunda, pasión por el bien integral del ser humano, convicción que el Evangelio es la Palabra de salvación no sólo para la persona concreta sino también para la vida de una comunidad: son estos algunos aspectos de la riquÃsima personalidad espiritual y humana de Jacobo de Varagine, que aparecen luminosos para nuestro empeño humano y cristiano en la Génova de nuestro tiempo.
Pero me agradarÃa concluir este saludo introductorio subrayando otro aspecto de singular actualidad que identifico en la persona de Jacobo y que tiene el tÃtulo del Congreso "El paraÃso y la tierra", ya puesto en evidencia por otro. Nuestro beato ha sido el heraldo convencido y convincente de los tiempos futuros. Escuchémoslo en un escrito suyo:
«Estuve reflexionando ahora los dÃas pasados y mi espÃritu se volvÃa continuamente a la meditación de los años eternos por venir... Estoy viejo, cargado de años y lleno del anhelo de la patria celeste... Pero el doble pensamiento de mi avanzada edad y de la vida celeste me estimula a esforzarme durante el breve tiempo que me queda peregrinando en la tierra, para que mi alma no se adormezca con la pereza, ni se debilite en el ocio. Intento concluir mi larga vida, celebrando las alabanzas de Dios y de su gloriosa Madre y preparándome asà a arrebatar los años de la vida eterna.
Es una página cristalina que no tiene necesidad de comentario. Solo tiene necesidad de escucha atenta y de imitación generosa. Sólo con este signo se podrá proponer en nuestra vida eso que ya decÃa el antiguo profeta y que tan bien se adapta a Jacobo de Vorágine:
"Bendito el hombre que confÃa en el Señor, pues no defraudará Yahveh su confianza. Es como árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raÃces; no temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequÃa no se inquieta, ni se retrae de dar frutos" (JeremÃas 17,7-8).
Asà se establece la alianza entre el paraÃso y la tierra, y cada uno de nosotros se vuelve valioso y precioso para sà y para su tiempo. Asà como Jacobo, aquel hermano mendicante que tanto los hombres simples como aquellos poderosos han reconocido "beato" y a quien todos volvieron la mirada y todavÃa se vuelven, como una luz que brilla amicalmente en el camino de la vida.
Génova, Santa MarÃa di Castello, 25 de setiembre de 1998.
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