21 de octubre de 1998
1. El EspÃritu Santo «es Señor y da la vida». Con estas palabras del sÃmbolo niceno-constantinopolitano la Iglesia sigue profesando la fe en el EspÃritu Santo, al que san Pablo proclama como «EspÃritu que da la vida» (Rm 8, 2).
En la historia de la salvación la vida se presenta siempre vinculada al EspÃritu de Dios. Desde la mañana de la creación, gracias al soplo divino, casi un «aliento de vida», «el hombre resultó un ser viviente» (Gn 2, 7). En la historia del pueblo elegido, el EspÃritu del Señor interviene repetidamente para salvar a Israel y guiarlo mediante los patriarcas, los jueces, los reyes y los profetas. Ezequiel representa eficazmente la situación del pueblo humillado por la experiencia del exilio como un inmenso valle lleno de huesos a los que Dios comunica nueva vida (cf. Ez 37, 1-14): «y el EspÃritu entró en ellos; revivieron y se pusieron en pie» (Ez 37, 10).
Sobre todo en la historia de Jesús el EspÃritu Santo despliega su poder vivificante: el fruto del seno de MarÃa viene a la vida «por obra del EspÃritu Santo» (Mt 1, 18 cf. Lc 1, 35). Toda la misión de Jesús está animada y dirigida por el EspÃritu Santo, de modo especial, la resurrección lleva el sello del «EspÃritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos» (Rm 8, 11).
2. El EspÃritu Santo, al igual que el Padre y el Hijo, es el protagonista del «evangelio de la vida» que la Iglesia anuncia y testimonia incesantemente en el mundo.
En efecto, el evangelio de la vida, como expliqué en la carta encÃclica Evangelium vitae, no es una simple reflexión sobre la vida humana, y tampoco es sólo un mandamiento dirigido a la conciencia; se trata de «una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús» (n. 29), que se presenta como «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Y, dirigiéndose a Marta, hermana de Lázaro, reafirma: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25).
3. «El que me siga —proclama también Jesús— (...) tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). La vida que Jesucristo nos da es agua viva que sacia el anhelo más profundo del hombre y lo introduce, como hijo, en la plena comunión con Dios. Esta agua viva, que da la vida, es el EspÃritu Santo.
En la conversación con la samaritana Jesús anuncia ese don divino: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrÃas pedido a él, y él te habrÃa dado agua viva. (...) Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 10-14). Luego, con ocasión de la fiesta de los Tabernáculos, al anunciar su muerte y su resurrección, Jesús exclama, también a voz en grito, como para que lo escuchen los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos: «Si alguno tiene sed, venga a mÃ, y beba el que crea en mÃ. Como dice la Escritura: "De su seno correrán rÃos de agua viva". Esto lo decÃa —advierte el evangelista Juan— refiriéndose al EspÃritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37-39).
Jesús, al obtenernos el don del EspÃritu con el sacrificio de su vida, cumple la misión recibida del Padre: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El EspÃritu Santo renueva nuestro corazón (cf. Ez 36, 25-27; Jr 31, 31-34), conformándolo al de Cristo. AsÃ, el cristiano puede «comprender y llevar a cabo el sentido más verdadero y profundo de la vida: ser un don que se realiza al darse» (Evangelium vitae, 49). Ésta es la ley nueva, «la ley del EspÃritu, que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8, 2). Su expresión fundamental, a imitación del Señor que da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13), es la entrega de sà mismo por amor: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3, 14).
4. La vida del cristiano que, mediante la fe y los sacramentos, está Ãntimamente unido a Jesucristo es una «vida en el EspÃritu». En efecto, el EspÃritu Santo, derramado en nuestros corazones (cf. Ga 4, 6), se transforma en nosotros y para nosotros en «fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14).
Asà pues, es preciso dejarse guiar dócilmente por el EspÃritu de Dios para llegar a ser cada vez más plenamente lo que ya somos por gracia: hijos de Dios en Cristo (cf. Rm 8, 14-16). «Si vivimos según el EspÃritu —nos exhorta san Pablo—, obremos también según el EspÃritu» (Ga 5, 25).
En este principio se funda la espiritualidad cristiana, que consiste en acoger toda la vida que el EspÃritu nos da. Esta concepción de la espiritualidad nos protege de los equÃvocos que a veces ofuscan su perfil genuino.
La espiritualidad cristiana no consiste en un esfuerzo de autoperfeccionamiento, como si el hombre con sus fuerzas pudiera promover el crecimiento integral de su persona y conseguir la salvación. El corazón del hombre, herido por el pecado, es sanado por la gracia del EspÃritu Santo; y el hombre sólo puede vivir como verdadero hijo de Dios si está sostenido por esa gracia.
La espiritualidad cristiana no consiste tampoco en llegar a ser casi «inmateriales», desencarnados, sin asumir un compromiso responsable en la historia. En efecto, la presencia del EspÃritu Santo en nosotros, lejos de llevarnos a una «evasión» alienante, penetra y moviliza todo nuestro ser: inteligencia, voluntad, afectividad, corporeidad, para que nuestro «hombre nuevo» (Ef 4, 24) impregne el espacio y el tiempo de la novedad evangélica.
5. En el umbral del tercer milenio, la Iglesia se dispone a acoger el don siempre nuevo del EspÃritu que da la vida, que brota del costado traspasado de Jesucristo, para anunciar a todos con Ãntima alegrÃa el evangelio de la vida.
Supliquemos al EspÃritu Santo que haga que la Iglesia de nuestro tiempo sea un eco fiel de las palabras de los Apóstoles: «Lo que existÃa desde el principio, lo que hemos oÃdo, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó— lo que hemos visto y oÃdo, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1, 1-3).
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