Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Libertatis Conscientia

芦La verdad nos hace libres禄

Instrucci贸n sobre la libertad cristiana y liberaci贸n

Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe

Introducci贸n

Aspiraciones a la liberaci贸n

1 La conciencia de la libertad y de la dignidad del hombre, junto con la afirmaci贸n de los derechos inalienables de la persona y de los pueblos, es una de las principales caracter铆sticas de nuestro tiempo.

1.1 Ahora bien, la libertad exige unas condiciones de orden econ贸mico, social, pol铆tico y cultural que posibiliten su pleno ejercicio. La viva percepci贸n de los obst谩culos que impiden el desarrollo de la libertad y que ofenden la dignidad humana es el origen de las grandes aspiraciones a la liberaci贸n, que atormentan al mundo actual.

1.2 La Iglesia de Cristo hace cuyas estas aspiraciones ejerciendo su discernimiento a la luz del Evangelio que es, por su misma naturaleza, mensaje de libertad y de liberaci贸n. En efecto, tales aspiraciones revisten a veces, a nivel te贸rico y pr谩ctico, expresiones que no siempre son conformes a la verdad del hombre, tal como 茅sta se manifiesta a la luz de la creaci贸n y de la redenci贸n.

1.3 Por esto la Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe ha juzgado necesario llamar la atenci贸n sobre " las desviaciones y los riesgos de desviaci贸n, ruinosos para la fe y para la vida cristiana ". Lejos de estar superadas, las advertencias hechas parecen cada vez m谩s oportunas y pertinentes.

Objeto de la Instrucci贸n

2 La Instrucci贸n "Libertatis nuntius " sobre algunos aspectos de la teolog铆a de la liberaci贸n anunciaba la intenci贸n de la Congregaci贸n de publicar un segundo documento, que pondr铆a en evidencia los principales elementos de la doctrina cristiana sobre la libertad y la liberaci贸n. La presente Instrucci贸n responde a esta intenci贸n. Entre ambos documentos existe una relaci贸n org谩nica. Deben leerse uno a la luz del otro.

2.1 Sobre este tema, que es el centro del mensaje evang茅lico, el Magisterio de la Iglesia ya se ha pronunciado en numerosas ocasiones. 1 El documento actual se limita a indicar los principales aspectos te贸ricos y pr谩cticos. Respecto a las aplicaciones concernientes a las diversas situaciones locales, toca a las Iglesias particulares -en comuni贸n entre s铆 y con la Sede de Pedro- proveer directamente a ello.

2.2 El tema de la libertad y de la liberaci贸n tiene un alcance ecum茅nico evidente. Pertenece efectivamente al patrimonio tradicional de las Iglesias y comunidades eclesiales. Tambi茅n el presente documento puede favorecer el testimonio y la acci贸n de todos los disc铆pulos de Cristo llamados a responder a los grandes retos de nuestro tiempo.

La verdad que nos libera

3 Las palabras de Jes煤s: " La verdad os har谩 libres " (Jn 8, 32) deben iluminar y guiar en este aspecto toda reflexi贸n teol贸gica y toda decisi贸n pastoral.

3.1 Esta verdad que viene de Dios tiene su centro en Jesucristo, Salvador del mundo. De El, que es " el camino, la verdad y la vida " (Jn 14, 6), la Iglesia recibe lo que ella ofrece a los hombres. Del misterio del Verbo encarnado y redentor del mundo, ella saca la verdad sobre el Padre y su amor por nosotros, as铆 como la verdad sobre el hombre y su libertad.

3.2 Cristo, por medio de su cruz y resurrecci贸n, ha realizado nuestra redenci贸n que es la liberaci贸n en su sentido m谩s profundo, ya que 茅sta nos ha liberado del mal m谩s radical, es decir, del pecado y del poder de la muerte.

3.3 Cuando la Iglesia, instru铆da por el Se帽or, dirige su oraci贸n al Padre: " l铆branos del mal ", pide que el misterio de salvaci贸n act煤e con fuerza en nuestra existencia de cada d铆a. Ella sabe que la cruz redentora es en verdad el origen de la luz y de la vida, y el centro de la historia.

3.4 La caridad que arde en ella la impulsa a proclamar la Buena Nueva y a distribuir mediante los sacramentos sus frutos vivificadores. De Cristo redentor arrancan su pensamiento y su acci贸n cuando, ante los dramas que desgarran al mundo, la Iglesia reflexiona sobre el significado y los caminos de la liberaci贸n y de la verdadera libertad.

3.5 La verdad, empezando por la verdad sobre la redenci贸n, que es el centro del misterio de la fe, constituye as铆 la ra铆z y la norma de la libertad, el fundamento y la medida de toda acci贸n liberadora.

La verdad condici贸n de libertad

4 La apertura a la plenitud de la verdad se impone a la conciencia moral del hombre, el cual debe buscarla y estar dispuesto a acogerla cuando se le presenta.

4.1 Seg煤n el mandato de Cristo Se帽or, la verdad evang茅lica debe ser presentada a todos los hombres, los cuales tienen derecho a que 茅sta les sea proclamada. Su anuncio, por la fuerza del Esp铆ritu, comporta el pleno respeto de la libertad de cada uno y la exclusi贸n de toda forma de violencia y de presi贸n.

4.2 El Esp铆ritu Santo introduce a la Iglesia y a los disc铆pulos de Jesucristo " hac铆a la verdad completa " (Jn 16, 13). Dirige el transcurso de los tiempos y " renueva la faz de la tierra " (Sal 104, 30). El Esp铆ritu est谩 presente en la maduraci贸n de una conciencia m谩s respetuosa de la dignidad de la persona humana. El es la fuente del valor, de la audacia y del hero铆smo: " Donde est谩 el Esp铆ritu del Se帽or est谩 la libertad " ( 2 Cor 3, 17).

Cap铆tulo I Situaci贸n de la libertad en el mundo contempor谩neo

I.Conquistas y amenazas del proceso moderno de liberaci贸n

La herencia del cristianismo

5 El Evangelio de Jesucristo, al revelar al hombre su cualidad de persona libre llamada a entrar en comuni贸n con Dios, ha suscitado una toma de conciencia de las profundidades de la libertad humana hasta entonces desconocidas.

5.1 As铆 la b煤squeda de la libertad y la aspiraci贸n a la liberaci贸n, que est谩n entre los principales signos de los tiempos del mundo contempor谩neo, tienen su ra铆z primera en la herencia del cristianismo. Esto es verdad tambi茅n all铆 donde aquella b煤squeda y aspiraci贸n encarnan formas aberrantes que se oponen a la visi贸n cristiana del hombre y de su destino. Sin esta referencia al Evangelio se hace incomprensible la historia de los 煤ltimos siglos en Occidente.

La 茅poca moderna

6 Desde el comienzo de los tiempos modernos hasta el Renacimiento, se pensaba que la vuelta a la Antig眉edad en filosof铆a y en las ciencias de la naturaleza permitir铆a al hombre conquistar la libertad de pensamiento y de acci贸n, gracias al conocimiento y al dominio de las leyes naturales.

6.1 Por su parte, Lutero, partiendo de la lectura de San Pablo, intent贸 luchar por la liberaci贸n del yugo de la Ley, representada para 茅l por la Iglesia de su tiempo,.

6.2 Pero es sobre todo en el siglo de las Luces y con la Revoluci贸n francesa cuando resuena con toda su fuerza la llamada a la libertad. Desde entonces muchos miran la historia como un irresistible proceso de liberaci贸n que debe conducir a una era en la que el hombre, totalmente libre al fin, goce de la felicidad ya en esta tierra.

Hacia el dominio de la naturaleza

7 En la perspectiva de tal ideolog铆a de progreso, el hombre quer铆a hacerse due帽o de la naturaleza. La servidumbre, que hab铆a sufrido hasta entonces, se apoyaba sobre la ignorancia y los prejuicios.

7.1 El hombre, arrebatando a la naturaleza sus secretos, la somet铆a a su servicio. La conquista de la libertad constitu铆a as铆 el objetivo perseguido a trav茅s del desarrollo de la ciencia y de la t茅cnica. Los esfuerzos desplegados han llevado a notables resultados.

7.2 Aunque el hombre no est谩 a cubierto de cat谩strofes naturales, sin embargo han sido descartadas muchas de las amenazas de la naturaleza. La alimentaci贸n est谩 garantizada a un n煤mero de personas cada vez mayor. Las posibilidades de transportes y de comercio favorecen el intercambio de recursos alimenticios, de materias primas, de mano de obra y de capacidades t茅cnicas, de tal manera que se puede crecer razonablemente para cada ser humano una existencia digna y liberada de la miseria.

Conquistas sociales y pol铆ticas

8 El movimiento moderno de liberaci贸n se hab铆a fijado un objetivo pol铆tico y social. Deb铆a poner fin al dominio del hombre sobre el hombre y promover la igualdad y fraternidad de todos los hombres.

8.1 Es un hecho innegable que se alcanzaron resultados positivos. La esclavitud y la servidumbre legales fueron abolidas. El derecho a todos a la cultura hizo progresos significativos. En numerosos pa铆ses la ley reconoce la igualdad entre el hombre y la mujer, la participaci贸n de todos los ciudadanos en el ejercicio del poder pol铆tico y los mismos derechos para todos.

8.2 El racismo se rechaza como contrario al derecho y a la justicia. La formulaci贸n de los derechos humanos significa una conciencia m谩s viva de la dignidad de todos los hombres. Son innegables los beneficios de la libertad y de la igualdad en numerosas sociedades, si lo comparamos con los sistemas de dominaci贸n anteriores.

Libertad de pensamiento y de decisi贸n

9 Finalmente y sobre todo, el movimiento moderno de liberaci贸n deb铆a aportar al hombre la libertad interior, bajo forma de libertad de pensamiento y libertad de decisi贸n. Intentaba liberar al hombre de la superstici贸n y de los miedos ancestrales, entendidos como obst谩culos para su desarrollo. Se propon铆a darle el valor y la audacia de servirse de su raz贸n sin que el temor lo frenara ante las fronteras de lo desconocido.

9.1 As铆, especialmente en las ciencias hist贸ricas y en las humanas, se ha desarrollado un nuevo conocimiento del hombre, orientado a ayudarle a comprenderse mejor en lo que ata帽e a su desarrollo personal o a las condiciones fundamentales de la formaci贸n de la comunidad.

Ambig眉edades del proceso moderno de liberaci贸n

10 Sin embargo, ya se trate de la conquista de la naturaleza, de su vida social y pol铆tica o del dominio del hombre sobre s铆 mismo, a nivel individual y colectivo, todos pueden constatar que no solamente los progresos realizados est谩n lejos de corresponder a las ambiciones iniciales, sino que han surgido tambi茅n nuevas amenazas, nuevas servidumbres y nuevos terrores, al mismo tiempo que se ampliaba el movimiento moderno de liberaci贸n.

10.1 Esto es la se帽al de que graves ambig眉edades sobre el sentido mismo de la libertad se han infiltrado en el interior de este movimiento desde su origen.

El hombre amenazado por su dominio de la naturaleza

11 El hombre, a medida que se liberada de las amenazas de la naturaleza, se encontraba ante un miedo creciente. La t茅cnica, sometiendo cada vez m谩s la naturaleza, corre el riesgo de destruir los fundamentos de nuestro propio futuro, de manera que la humanidad actual se convierte en enemiga de las generaciones futuras. Al someter con un poder ciego las fuerzas de la naturaleza, 驴no se est谩 a un paso de destruir la libertad de los hombres del ma帽ana? 驴Qu茅 fuerzas pueden proteger al hombre de la esclavitud de su propio dominio? Se hace necesaria una capacidad totalmente nueva de libertad y liberaci贸n, que exige un proceso de liberaci贸n enteramente renovado.

Peligros del poder tecnol贸gico

12 La fuerza liberadora del conocimiento cient铆fico se manifiesta en las grandes realizaciones tecnol贸gicas. Quien dispone de tecnolog铆as tiene el poder sobre la tierra y sobre los hombres. De ah铆 han surgido formas de desigualdad, hasta ahora desconocidas, entre los poseedores del saber y los simples usuarios de la t茅cnica.

12.1 El nuevo poder tecnol贸gico est谩 unido al poder econ贸mico y lleva a su concentraci贸n. As铆, tanto en el interior de los pueblos como entre ellos, se han creado relaciones de dependencia que, en los 煤ltimos veinte a帽os, han ocasionado una nueva reivindicaci贸n de liberaci贸n. 驴C贸mo impedir que el poder tecnol贸gico se convierta en una fuerza de opresi贸n de grupos humanos o de pueblos enteros?

Individualismo y colectivismo

13 En el campo de las conquistas sociales y pol铆ticas, una de las ambig眉edades fundamentales de la afirmaci贸n de la libertad en el siglo de las Luces tiende a concebir el sujeto de esta libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacci贸n de su inter茅s propio en el goce de los bienes terrenales.

13.1 La ideolog铆a individualista inspirada por esta concepci贸n del hombre ha favorecido la desigual repartici贸n de las riquezas en los comienzos de la era industrial, hasta el punto que los trabajadores se encontraron exclu铆dos del acceso a los bienes esenciales y cuya producci贸n hab铆an contribu铆do y a los que ten铆an derecho. De ah铆 surgieron poderosos movimientos de liberaci贸n de la miseria mantenida por la sociedad industrial.

13.2 Los cristianos, laicos y pastores, no han dejado de luchar por un equitativo reconocimiento de los leg铆timos derechos de los trabajadores. El Magisterio de la Iglesia en muchas ocasiones ha levantado su voz en favor de esta causa.

13.3 Pero las m谩s de las veces, la justa reivindicaci贸n del movimiento obrero ha llevado a nuevas servidumbres, porque se inspira en concepciones que, al ignorar la vocaci贸n trascendente de la persona humana, se帽alan al hombre una finalidad puramente terrena. A veces esta reivindicaci贸n ha sido orientada hacia proyectos colectivistas que engendran injusticias tan graves como aquellas a las que pretend铆an poner fin.

Nuevas formas de opresi贸n

14 As铆 nuestra 茅poca ha visto surgir los sistemas totalitarios y unas formas de tiran铆a que no habr铆an sido posibles en la 茅poca anterior al progreso tecnol贸gico. Por una parte, la perfecci贸n t茅cnica ha sido aplicada a perpetrar genocidios; por otra, unas minor铆as, practicando el terrorismo que causa la muerte de numerosos inocentes, pretenden mantener a raya naciones enteras.

14.1Hay el control puede alcanzar hasta la intimidad de los individuos; y las dependencias creadas por los sistemas de prevenci贸n pueden representar tambi茅n amenazas potenciales de opresi贸n. Se busca una falsa liberaci贸n de las coacciones de la sociedad recurriendo a la droga, que conduce a muchos j贸venes en todo el mundo a la autodestrucci贸n y deja familias enteras en la angustia y el dolor.

Peligro de destrucci贸n total

15 El reconocimiento de un orden jur铆dico como garant铆a de las relaciones dentro de la gran familia humana de los pueblos se ha debilitado cada vez m谩s. Cuando la confianza en el derecho no parece ofrecer ya una protecci贸n suficiente, se buscan la seguridad y la paz en la amenaza rec铆proca, la cual viene a ser un peligro para toda la humanidad.

15.1 Las fuerzas que deber铆an servir para el desarrollo de la libertad sirven para aumentar las amenazas. las m谩quinas de muerte que se enfrentan hoy son capaces de destruir toda la vida humana sobre la tierra.

Nuevas relaciones de desigualdad

16 Entre las naciones dotadas de fuerza y las que no la tienen se han instaurado nuevas relaciones de desigualdad y opresi贸n. La b煤squeda del propio inter茅s parece ser la norma de las relaciones internacionales, sin que se tome con consideraci贸n el bien com煤n de la humanidad.

16.1 El equilibrio interior de las naciones pobres est谩 roto por la importaci贸n de armas, introduciendo en ellas un factor de divisi贸n que conduce al dominio de un grupo sobre otro. 驴Qu茅 fuerzas podr铆an eliminar el recurso sistem谩tico a las armas y dar su autoridad al derecho?.

Emancipaci贸n de las naciones j贸venes

17 En el contexto de la desigualdad de las relaciones de poder han aparecido los movimientos de emancipaci贸n de las naciones j贸venes, en general naciones pobres, sometidas hasta hace poco al dominio colonial. Pero muy a menudo el pueblo se siente frustrado de su independencia duramente conquistada por reg铆menes o tiran铆as sin escr煤pulos que atentan impunemente a los derechos del hombre. El pueblo que ha sido reducido as铆 a la impotencia, no ha hecho m谩s que cambiar de due帽os.

17.1 Sigue siendo verdad que uno de los principales fen贸menos de nuestro tiempo es, a escala de continentes enteros, el despertar de la conciencia de pueblo que, doblegado bajo el peso de la miseria secular, aspira a una vida en la dignidad y en la justicia, y est谩 dispuesto a combatir por su libertad.

La moral y Dios, 驴obst谩culos para la liberaci贸n?

18 En relaci贸n con el movimiento moderno de liberaci贸n interior del hombre, hay que constatar que el esfuerzo con miras a liberar el pensamiento y la voluntad de sus l铆mites ha llegado hasta considerar que la moralidad como tal constitu铆a un l铆mite irracional que el hombre, decidido a ser due帽o de s铆 mismo, ten铆a que superar.

18.1 Es m谩s, para muchos Dios mismo ser铆a la alienaci贸n espec铆fica del hombre. Entre la afirmaci贸n de Dios y la libertad humana habr铆a una incompatibilidad radical. El hombre, rechazando la fe en Dios, llegar铆a a ser verdaderamente libre.

Interrogantes angustiosos

19 En ello est谩 la ra铆z de las tragedias que acompa帽an la historia moderna de la libertad. 驴Por qu茅 esta historia, a pesar de las grandes conquistas, por lo dem谩s siempre fr谩giles, sufre reca铆das frecuentes en la alineaci贸n y ve surgir nuevas servidumbres? 驴Por qu茅 unos movimientos de liberaci贸n, que han suscitado inmensas esperanzas, terminan en reg铆menes para los que la libertad de los ciudadanos, empezando por la primera de las libertades que es la libertad religiosa, constituye el primer enemigo?

19.1 Cuando el hombre quiere liberarse de la ley moral y hacerse independiente de Dios, lejos de conquistar su libertad, la destruye. Al escapar del alcance de la verdad, viene a ser presa de la arbitrariedad; entre los hombres, las relaciones fraternas se han abolido para dar paso al terror, al odio y al miedo.

19.2 El profundo movimiento moderno de liberaci贸n resulta ambiguo porque ha sido contaminado por grav铆simos errores sobre la condici贸n del hombre y su libertad. Al mismo tiempo est谩 cargado de promesas de verdadera libertad y amenazas de graves servidumbres.

II. La libertad en la experiencia del Pueblo de Dios

Iglesia y libertad

20 La Iglesia, consciente de esta grave ambig眉edad, pro medio de su Magisterio ha levantado su voz a lo largo de los 煤ltimos siglos, para poner en guardia contra las desviaciones que corren el riesgo de torcer el impulso liberador hacia amargas decepciones. En su momento fue muchas veces incomprendida. Con el paso del tiempo, es posible hacer justicia a su discernimiento.

20.1 La Iglesia ha intervenido en nombre de la verdad sobre el hombre, creado a imagen de Dios. Se le acusa sin embargo de constituir por s铆 misma un obst谩culo en el camino de la liberaci贸n. Su constituci贸n jer谩rquica estar铆a opuesta a la igualdad; su Magisterio estar铆a opuesto a la libertad de pensamiento. Desde luego, ha habido errores de juicio o graves omisiones de los cuales los cristianos han sido responsables a trav茅s de los siglos. Pero estas objeciones desconocen la verdadera naturaleza de las cosas. La diversidad de carismas en el Pueblo de Dios, que son carismas de servicio, no se ha opuesto a la igual dignidad de las personas y a su vocaci贸n com煤n a la santidad.

20.2 La libertad de pensamiento, como condici贸n de b煤squeda de la verdad en todos los dominios del saber humano, no significa que la raz贸n humana debe cerrarse a la luz de la Revelaci贸n cuyo dep贸sito ha confiado Cristo a su Iglesia.

20.3 La raz贸n creada, al abrirse a la verdad divina, encuentra una expansi贸n y una perfecci贸n que constituyen una forma inminente de libertad. Adem谩s, el Concilio Vaticano II ha reconocido plenamente la leg铆tima autonom铆a de las ciencias, como tambi茅n la de las actividades de orden pol铆tico.

La libertad de los peque帽os y de los pobres

21 Uno de los principales errores que, desde el siglo de las Luces, ha marcado profundamente el proceso de liberaci贸n, lleva a la convicci贸n, ampliamente compartida, de que ser铆an los progresos realizados en el campo de las ciencias, de la t茅cnica y de la econom铆a los que deber铆an servir de fundamente para la conquista de la libertad. De ese modo, se desconoc铆an las profundidades de esta libertad y de sus exigencias.

21.1 Esta realidad de las profundidades de la libertad, la Iglesia la ha experimentado siempre en la vida de una multitud de fieles, especialmente en los peque帽os y los pobres. Por la fe 茅stos saben que son el objeto del amor infinito de Dios.

21.2 Cada uno de ellos puede decir: " Vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me am贸 y se entreg贸 a s铆 mismo por m铆 " (Gal 2, 20b). Tal es su dignidad que ninguno de los poderosos puede arrebat谩rsela; tal es la alegr铆a liberadora presente en ellos. Saben que la Palabra de Jes煤s se dirige igualmente a ellos: " Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su se帽or; os llamo amigos, porque todo lo que he o铆do a mi Padre, os lo he dado a conocer " (Jn 15, 15).

21.3 Esta participaci贸n en el conocimiento de Dios es su emancipaci贸n ante las pretensiones de dominio por parte de los detentores del saber: " Conoc茅is todas las cosas ... y no ten茅is necesidad de que nadie os ense帽e " (1 Jun 2, 20b. 27b). Son as铆 conscientes de tener parte en el conocimiento m谩s alto al que est谩 llamada la humanidad. Se sienten amados por Dios como todos los dem谩s y m谩s que todos los otros. Viven as铆 en la libertad que brota de la verdad y del amor.

Recursos de la religiosidad popular

22 El mismo sentido de la fe del Pueblo de Dios, en su devoci贸n llena de esperanza en la cruz de Jes煤s, percibe la fuerza que contiene el misterio de Cristo Redentor. lejos pues de menospreciar o de querer suprimir las formas de religiosidad popular que reviste esta devoci贸n, convienen por el contrario purificar y profundizar toda su significaci贸n y todas sus implicaciones.

22.1 En ella se da un hecho de alcance teol贸gico y pastoral fundamental: son los pobres, objeto de la predilecci贸n divina, quienes comprenden mejor y como por instinto que la liberaci贸n m谩s radical, que es la liberaci贸n del pecado y de la muerte, se ha cumplido por medio de la muerte y resurrecci贸n de Cristo.

Dimensi贸n soteriol贸gica y 茅tica de la liberaci贸n

23 La fuerza de esta liberaci贸n penetra y transforma profundamente al hombre y su historia en su momento presente, y alienta su impulso escatol贸gico. El sentido primero y fundamental de la liberaci贸n que se manifiesta as铆 es el soteriol贸gico: el hombre es liberado de la esclavitud radical del mal y del pecado.

23.1 En esta experiencia de salvaci贸n el hombre descubre el verdadero sentido de su libertad, ya que la liberaci贸n es restituci贸n de la libertad. Es tambi茅n educaci贸n de la libertad, es decir, educaci贸n de su recto uso. As铆, a la dimensi贸n soteriol贸gica de la liberaci贸n se a帽ade su dimensi贸n 茅tica.

Una nueva fase de la historia de la libertad

24 El sentido de la fe, que es el origen de una experiencia radical de la liberaci贸n y de la libertad, ha impregnado, en grado diverso, la cultura y las costumbres de los pueblos cristianos.

24.1 Pero hoy, de una manera totalmente nueva a causa de los temibles retos a los que la humanidad tiene que hacer frente, se ha hecho necesario y urgente que el amor de Dios y la libertad en la verdad y la justicia marquen con su impronta las relaciones entre los hombres y los pueblos, y animen la vida de las culturas.

24.2 Porque donde faltan la verdad y el amor, el proceso de liberaci贸n lleva a la muerte de una libertad que habr铆a perdido todo apoyo.

24.3 Se abre ante nosotros una nueva fase de la historia de la libertad. Las capacidades liberadoras de la ciencia, de la t茅cnica, del trabajo, de la econom铆a y de la acci贸n pol铆tica dar谩n sus frutos si encuentran su inspiraci贸n y su medida en la verdad y en el amor, m谩s fuertes que el sufrimiento, que Jesucristo ha revelado a los hombres.

Cap铆tulo II Vocaci贸n del hombre a la libertad y drama del pecado

I. Primeras concepciones de la libertad

Una respuesta espont谩nea

25 La respuesta espont谩nea a la pregunta " 驴qu茅 es ser libre? " es la siguiente: es libre quien puede hacer 煤nicamente lo que quiere sin ser impedido por ninguna coacci贸n exterior, y que goza por tanto de una plena independencia. Lo contrario de la libertad ser铆a as铆 la dependencia de nuestra voluntad ante una voluntad ajena.

25.1 Pero, el hombre 驴Sabe siempre lo que quiere? 驴Puede todo lo que quiere? Limitarse al propio yo y prescindir de la voluntad de otro, 驴es conforme a la naturaleza del hombre? A menudo la voluntad del momento no es la voluntad real. Y en el mismo hombre pueden existir decisiones contradictorias.

25.2 Pero el hombre se topa sobre todo con los l铆mites de su propia naturaleza: quiere m谩s de lo que puede. As铆 el obst谩culo que se opone a su voluntad no siempre viene de fuera, sino de los l铆mites de su ser. Por esto, so pena de destruirse, el hombre debe aprender a que la voluntad concuerde con su naturaleza.

Verdad y justicia, normas de la libertad

26 M谩s a煤n, cada hombre est谩 orientado hacia los dem谩s hombres y necesita de su compa帽铆a. Aprender谩 el recto uso de su decisi贸n si aprende a concordar su voluntad a la de los dem谩s, en vistas de un verdadero bien. Es pues la armon铆a con las exigencias de la naturaleza humana lo que hace que la voluntad sea aut茅nticamente humana.

26.1 En efecto, esto exige el criterio de la verdad y una justa relaci贸n con la voluntad ajena. Verdad y justicia constituyen as铆 la medida de la verdadera libertad. Apart谩ndose de este fundamente, el hombre, pretendiendo ser como Dios, cae en la mentira y, en lugar de realizarse, se destruye.

26.2 Lejos de perfeccionarse en una total autarqu铆a del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente s贸lo cuando los lazos rec铆procos, regulados por la verdad y la justicia, unen a las personas. Pero para que estos lazos sean posibles, cada uno personalmente debe ser aut茅ntico.

26.3 La libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es libertad para el Bien, en el cual solamente reside la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto -prescindiendo de otras fuerzas- gu铆a su voluntad. La liberaci贸n en vistas de un conocimiento de la verdad, que es la 煤nica que dirige la voluntad, es condici贸n necesaria para una libertad digna de este nombre.

II. Libertad y liberaci贸n

Una libertad propia de la creatura

27 En otras palabras, la libertad que es dominio interior de sus propios actos y autodeterminaci贸n comporta una relaci贸n inmediata con el orden 茅tico. Encuentra su verdadero sentido a la elecci贸n del bien moral. Se manifiesta pues como una liberaci贸n ante el mal moral.

27.1 El hombre, por su acci贸n libre, debe tender hacia el Bien supremo a trav茅s de los bienes que est谩n en conformidad con las exigencias de su naturaleza y de su vocaci贸n divina.

27.2 El, ejerciendo su libertad, decide sobre s铆 mismo y se forma a s铆 mismo En este sentido, el hombre es causa de s铆 mismo. Pero lo es como creatura e imagen de Dios.

27.3 Esta es la verdad de su ser que manifiesta por contraste lo que tienen de profundamente err贸neas las teor铆as que pretenden exaltar la libertad del hombre o su " praxis hist贸rica ", haciendo de ellas el principio absoluto de su ser y de su devenir. Estas teor铆as son expresi贸n del ate铆smo o tienden, por propia l贸gica, hac铆a 茅l. El indiferentismo y el agnosticismo deliberado van en el mismo sentido. La imagen de Dios en el hombre constituye el fundamento de la libertad y dignidad de la persona humana.

La llamada del Creador

28 Dios, al crear libre al hombre, ha impreso en 茅l su imagen y semejanza. El hombre siente la llamada de su Creador mediante la inclinaci贸n y la aspiraci贸n de su naturaleza hacia el Bien, y m谩s a煤n mediante la Palabra de la Revelaci贸n, que ha sido pronunciada de una manera perfecta en Cristo. Le ha revelado as铆 que Dios lo ha creado libre para que pueda, gratuitamente, entrar en amistad con El y en comuni贸n con su Vida.

Una libertad participada

29 El hombre no tiene su origen en su propia acci贸n individual o colectiva, sino en el don de Dios que lo ha creado. Esta es la primera confesi贸n de nuestra fe, que viene a confirmar las m谩s altas intuiciones del pensamiento humano.

29.1 La libertad del hombre es una libertad participada. Su capacidad de realizarse no se suprime de ning煤n modo por su dependencia de Dios.

29.2 Justamente, es propio del ate铆smo creer en una oposici贸n irreductible entre la causalidad de una libertad divina y la de la libertad del hombre, como si la afirmaci贸n de Dios significase la negaci贸n del hombre, o como si su intervenci贸n en la historia hiciera vanas las iniciativas de 茅ste. En realidad, la libertad humana toma su sentido y consistencia de Dios y por su relaci贸n con El.

La elecci贸n libre del hombre

30 La historia del hombre se desarrolla sobre la base de la naturaleza que ha recibido de Dios, con el cumplimiento libre de los fines a los que lo orientan y lo llevan las inclinaciones de esta naturaleza y de la gracia divina.

30.1 Pero la libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un bien aparente; eligiendo un bien falso, falla a la vocaci贸n de su libertad. El hombre, por su libre arbitrio, dispone de s铆; puede hacerlo en sentido positivo o en sentido destructor.

30.2 Al obedecer a la ley divina grabada en su conciencia y recibida como impulso del Esp铆ritu Santo, el hombre ejerce el verdadero dominio de s铆 y realiza de este modo su vocaci贸n real de hijo de Dios. " Reina, por medio del servicio a Dios ". La aut茅ntica libertad es " servicio de la justicia ", mientras que, a la inversa, la elecci贸n de la desobediencia y del mal es " esclavitud del pecado ".

Liberaci贸n temporal y libertad

31 A partir de esta noci贸n de libertad se precisa el alcance de la noci贸n de liberaci贸n temporal; se trata del conjunto de procesos que miran a procurar y garantizar las condiciones requeridas para el ejercicio de una aut茅ntica libertad humana.

31.1 No es pues la liberaci贸n la que, por s铆 misma, genera la libertad del hombre. El sentido com煤n, confirmado por el sentido cristiano, sabe que la libertad, aunque sometida a condicionamientos, no queda por ello completamente destruida. Existen hombres, que aun sufriendo terribles coacciones consiguen manifestar su libertad y ponerse en marcha para su liberaci贸n.

31.2 Solamente un proceso acabado de liberaci贸n puede crear condiciones mejores para el ejercicio efectivo de la libertad. Asimismo, una liberaci贸n que no tiene en cuenta la libertad personal de quienes combaten por ella est谩, de antemano, condenada al fracaso.

III. La libertad y la sociedad humana

Los derechos del hombre y " las libertades "

32 Dios no ha creado al hombre como un " ser solitario ", sino que lo ha querido como un " ser social ". La vida social no es, por tanto, exterior al hombre, el cual no puede crecer y realizar su vocaci贸n si no es en relaci贸n con los otros.

32.1 El hombre pertenece a diversas comunidades: familiar, profesional, pol铆tica; y en su seno es donde debe ejercer su libertad responsable. Un orden social justo ofrece al hombre una ayuda insustituible para la realizaci贸n de su libre personalidad. Por el contrario, un orden social injusto es una amenaza y un obst谩culo que pueden comprometer su destino.

32.2En la esfera social, la libertad se manifiesta y ser realiza en acciones, estructuras e instituciones, gracias a las cuales los hombres se comunican entre s铆 y organizan su vida en com煤n. La expansi贸n de una personalidad libre, que es un deber y un derecho para todos, debe ser ayudada y no entorpecida por la sociedad.

32.3 Existe una exigencia de orden moral que se ha expresado en la formulaci贸n de los derechos del hombre. Algunos de 茅stos tienen por objeto lo que se ha convenido en llamar " las libertades ", es decir, las formas de reconocer a cada ser humano su car谩cter de persona responsable de s铆 misma y de su destino transcendente, as铆 como la inviolabilidad de su conciencia.

Dimensiones sociales del hombre y gloria de Dios

33 La dimensi贸n social del ser humano tiene adem谩s otro significado; solamente la pluralidad y la rica diversidad de los hombres pueden expresar algo de la riqueza infinita de Dios.

33.1 Esta dimensi贸n est谩 llamada a encontrar su realizaci贸n en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Por este motivo, la vida social, en la variedad de sus formas y en la medida en que se conforma a la ley divina, constituye un reflejo de la gloria de Dios en el mundo.

IV. Libertad del hombre y dominio de la naturaleza

Vocaci贸n del hombre a " dominar " la naturaleza

34 El hombre, por su dimensi贸n corporal, tiene necesidad de los recursos del mundo material para su realizaci贸n personal y social. En esta vocaci贸n a dominar la tierra, poni茅ndola a su servicio mediante el trabajo, puede reconocerse un rasgo de la imagen de Dios.

34.1 Pero la intervenci贸n humana no es " creadora "; encuentra ya una naturaleza material que, como ella, tiene su origen en Dios Creador y de la cual el hombre ha sido constituido " noble y sabio guardi谩n ".

El hombre due帽o de sus actividades

35 Las transformaciones t茅cnicas y econ贸micas repercuten en la organizaci贸n de la vida social; no dejan de afectar en cierta medida a la vida cultural y a la misma vida religiosa.

35.1 Sin embargo, pro su libertad, el hombre contin煤a siendo due帽o de su actividad. Las grandes y r谩pidas transformaciones de nuestra 茅poca le plantean un reto dram谩tico: dominar y controlar, mediante su raz贸n y libertad, las fuerzas que desarrolla al servicio de las verdaderas finalidades humanas.

Descubrimiento cient铆fico y progreso moral

36 Ata帽e, pro consiguiente, a la libertad bien orientada, hacer que las conquistas cient铆ficas y t茅cnicas, la b煤squeda de su eficacia, los frutos del trabajo y las mismas estructuras de la organizaci贸n econ贸mica y social, no sean sometidas a proyectos que las priven de sus finalidades humanas y las pongan en contra del hombre mismo.

36.1 La actividad cient铆fica y la actividad t茅cnica comportan exigencias espec铆ficas. No adquieren, sin embargo, su significado y su valor propiamente humanos sino cuanto est谩n subordinadas a los principios morales.

36.2 Estas exigencias deben ser respetadas; pero querer atribuirles una autonom铆a absoluta y requerida, no conforme a la naturaleza de las cosas, es comprometerse en una v铆a perniciosa para la aut茅ntica libertad del hombre.

V. El pecado, fuente de divisi贸n y opresi贸n

El pecado, separaci贸n de Dios

37 Dios llama al hombre a la libertad. La voluntad de ser libre est谩 viva en cada persona. Y, a pesar de ello, esta voluntad desemboca casi siempre en la esclavitud y la opresi贸n. Todo compromiso en favor de la liberaci贸n y de la libertad supone, por consiguiente, que se afronte esta dram谩tica paradoja.

37.1 El pecado del hombre, es decir su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. para comprender esto, muchos de nuestros contempor谩neos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado.

37.2 En el deseo de libertad del hombre se esconder la tentaci贸n de renegar de su propia naturaleza. Pretende ser un dios, cuando quiere codiciarlo todo y poderlo todo y con ello, olvidar que es finito y creado. " Ser茅is como dioses " (G茅n 3, 5). Estas palabras de la serpiente manifiestan la esencia de la tentaci贸n del hombre; implican la perversi贸n del sentido de la propia libertad. Esta es la naturaleza profunda del pecado: el hombre se desgaja de la verdad poniendo su voluntad por encima de 茅sta. Queri茅ndose liberar de Dios y ser 茅l mismo un dios, se extrav铆a y se destruye. Se autoalinea.

37.3 En esta voluntad de ser un dios y de someterlo todo a su propio placer se esconder una perversi贸n de la idea misma de Dios. Dios es amor y verdad en la plenitud del don rec铆proco; es la verdad en la perfecci贸n del amor de las Personas divinas. Es cierto que el hombre est谩 llamado a ser como Dios. Sin embargo, 茅l llega a ser semejante no en la arbitrariedad de su capricho, sino en la medida en que reconoce que la verdad y el amor son a la vez el principio y el fin de su libertad.

El pecado, ra铆z de las alienaciones humanas

38 Pecando el hombre se enga帽a a s铆 mismo y se separa de la verdad. Niega a Dios y se niega a s铆 mismo cuando busca la total autonom铆a y autarqu铆a. La alienaci贸n, respecto a la verdad de su ser de creatura amada por Dios, es la ra铆z de todas las dem谩s alienaciones.

38.1 El hombre, negando o intentando negar a Dios, su Principio y Fin, altera profundamente su orden y equilibrio interior, el de la sociedad y tambi茅n el de la creaci贸n visible.

38.2 La Escritura considera en conexi贸n con el pecado el conjunto de calamidades que oprimen al hombre en su ser individual y social.

38.3 Muestra que todo el curso de la historia mantiene un lazo misterioso con el obrar del hombre que, desde su origen, ha abusado de su libertad alz谩ndose contra Dios y tratando de conseguir sus fines fuera de El.

38.4 El G茅nesis indica las consecuencias de este pecado original en el car谩cter penoso del trabajo y de la maternidad, en el dominio del hombre sobre la mujer y en la muerte. Los hombres, privados de la gracia divina, han heredado una naturaleza moral, incapaz de permanecer en el bien e inclinada a la concupiscencia.

Idolatr铆a y desorden

39 La idolatr铆a es una forma extrema del desorden engendrado por el pecado. Al sustituir la adoraci贸n del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresi贸n.

39.1 El desconocimiento culpable de Dios desencadena las pasiones, que son causa del desequilibrio y de los conflictos en lo 铆ntimo del hombre.

39.2 De aqu铆 se derivan inevitablemente los des贸rdenes que afectan la esfera familiar y social: permisivismo sexual, injusticia, homicidio. As铆 es como el ap贸stol Pablo describe al mundo pagano, llevado por la idolatr铆a a las peores aberraciones que arruinan al individuo y a la sociedad.

39.3 Ya antes que 茅l, los Profetas y los Sabios de Israel ve铆an en las desgracias del pueblo un castigo por su pecado de idolatr铆a, y en el " coraz贸n lleno de maldad " (Eclo 9, 3) la fuente de la esclavitud radical del hombre y de las opresiones a que somete a sus semejantes.

Despreciar a Dios y volverse a la creatura

40 La tradici贸n cristiana, en los Padre y Doctores de la Iglesia, ha explicitado esta doctrina de la Escritura sobre el pecado. Para ella, el pecado es desprecio de Dios (contemptus Dei). Conlleva la voluntad de escapar a la relaci贸n de dependencia del servidor respecto a su Se帽or, o, m谩s a煤n, del hijo respecto a su Padre.

40.1 El hombre, al pecar, pretende liberarse de Dios. En realidad, se convierte en esclavo; pues al rechazar a Dios rompe el impulso de su aspiraci贸n al infinito y de su vocaci贸n a compartir la vida divina. Por ello su coraz贸n es v铆ctima de la inquietud.

40.2 El hombre pecador, que reh煤sa adherirse a Dios, es llevado necesariamente a ligarse de una manera falaz y destructora a la creatura. En esta vuelta a la creatura (conversio ad creaturam), concentra sobre ella su anhelo insatisfecho de infinito. Pero los bienes creados son limitados; tambi茅n su coraz贸n corre del uno al otro, siempre en busca de una paz imposible.

40.3 En realidad el hombre, cuando atribuye a las creaturas una carga de infinitud, pierde el sentido de su ser creado. pretende encontrar su centro y su unidad en s铆 mismo. El amor desordenado de s铆 es la otra cara del desprecio de Dios. El hombre trata entonces de apoyarse solamente sobre s铆, quiere realizarse y ser suficiente en su propia inmanencia.

El ate铆smo, falsa emancipaci贸n de la libertad

41 Esto se pone particularmente de manifiesto cuando el pecador cree que no puede afirmar su propia libertad m谩s que negando expl铆citamente a Dios. La dependencia de la creatura con respecto al Creador o la dependencia de la conciencia moral con respecto a la ley divina ser铆an para 茅l servidumbres intolerables.

41.1 El ate铆smo constituye para 茅l la verdadera forma de emancipaci贸n y de liberaci贸n del hombre, mientras que la religi贸n o incluso el reconocimiento de una ley moral constituir铆an alienaciones. El hombre quiere entonces decidir soberanamente sobre el bien y el mal, o sobre los valores, y con un mismo gesto, rechaza a la vez la idea de Dios y de pecado. Mediante la audacia de la transgresi贸n pretende llegar a ser adulto y libre, y reivindica esta emancipaci贸n no s贸lo para 茅l sino para toda la humanidad.

Pecado y estructuras de injusticia

42 El hombre pecador, haciendo hecho de s铆 su propio centro, busca afirmarse y satisfacer su anhelo de infinito sirvi茅ndose de las cosas: riquezas, poder y placeres, despreciando a los dem谩s hombres a los que despoja injustamente y trata como objetos o instrumentos. De este modo contribuye por su parte a la creaci贸n de estas estructuras de explotaci贸n y de servidumbre que, por otra parte, pretende denunciar.

Cap铆tulo III Liberaci贸n y libertad cristiana

Evangelio, libertad y liberaci贸n

43 La historia humana, marcada por la experiencia del pecado, nos conducir铆a a la desesperaci贸n, si Dios hubiera abandonado a su criatura. pero las promesas divinas de liberaci贸n y su victorioso cumplimiento en la muerte y en la resurrecci贸n de Cristo, son el fundamento de la " gozosa esperanza " de la que la comunidad cristiana saca su fuerza para actuar resulta y eficazmente al servicio del amor, de la justicia y de la paz.

43.1 El Evangelio es un mensaje de libertad y una fuerza de liberaci贸n que lleva a cumplimiento la esperanza de Israel, fundada en la palabra de los Profetas. Se apoya en la acci贸n de Yahv茅h que, antes de intervenir como " goel ", liberador, redentor, salvador de su pueblo, lo hab铆a elegido gratuitamente en Abrah谩n.

I. La liberaci贸n en el Antiguo Testamento

El Exodo y las intervenciones liberadoras de Yahv茅h

44 En el ANtiguo Testamento la acci贸n liberadora de Yahv茅h, que sirve de modelo y punto de referencia a todas las otras, es el Exodo de Egipto, " casa de esclavitud ". Si Dios saca a su pueblo de una dura esclavitud econ贸mica, pol铆tica y cultural, es con miras a hacer de 茅l, mediante la Alianza en el Sina铆, " un reino de sacerdotes y una naci贸n santa " (Ex 19, 6).

44.1 Dios quiere ser adorado por hombres libres. Todas las liberaciones ulteriores del pueblo de Israel tienden a conducirle a esta libertad en plenitud que no puede encontrar m谩s que en la comuni贸n con su Dios.

44.2 El acontecimiento mayor y fundamento del Exodo tiene, pro tanto, un significado a la vez religioso y pol铆tico. dios libera a su pueblo, le da una descendencia, una tierra, una ley, pero dentro de una Alianza y para una Alianza. Por tanto, no se debe aislar en s铆 mismo el aspecto pol铆tico; es necesario considerarlo a la luz del designio de naturaleza religiosa en el cual est谩 integrado.

La Ley de Dios

45 En su designio de salvaci贸n, Dios di贸 su Ley a Israel. Esta conten铆a, junto con los preceptos morales universales del Dec谩logo, normas culturales y civiles que deb铆an regular la vida del pueblo escogido por Dios para ser su testigo entre las naciones.

45.1 En este conjunto de leyes, el amor a Dios sobre todas las cosas y al pr贸jimo como a s铆 mismo constituye ya el centro. pero la justicia que debe regular las relaciones entre los hombres, y el derecho que es su expresi贸n jur铆dica, pertenecen tambi茅n a la trama m谩s caracter铆stica de la Ley b铆blica.

45.2 Los C贸digos y la predicaci贸n de los Profetas, as铆 como los Salmos, se refieren constantemente tanto a una como a otra, y muy a menudo a las dos a la vez. En este contexto es donde debe apreciarse el inter茅s de la Ley B铆blica por los pobres, los desheredados, la viuda y el hu茅rfano; a ellos se debe la justicia seg煤n la ordenaci贸n jur铆dica del Pueblo de Dios. El ideal y el bosquejo ya existen entonces en una sociedad centrada en el culto al Se帽or y fundamentada sobre la justicia y el derecho animados por el amor.

La ense帽anza de los Profetas

46 Los Profetas no cesan de recordar a Israel las exigencias de la Ley de la Alianza. Denuncian que en el coraz贸n endurecido del hombre est谩 el origen de las transgresiones repetidas, y anuncian una Alianza Nueva en la que Dios cambiar谩 los corazones grabando en ellos la Ley de su esp铆ritu.

46.1 Al anunciar y prepara esta nueva era, los Profetas denuncian con vigor las injusticias contra los pobres; se hacen portavoces de Dios en favor de ellos. Yahv茅h es el recurso supremo de los peque帽os y de los oprimidos, y el Mes铆as tendr谩 la misi贸n de defenderlos.

46.2 La situaci贸n del pobre es una situaci贸n de injusticia contraria a la Alianza. Por esto la Ley de la Alianza lo protege a trav茅s de unos preceptos que reflejan la actitud misma de Dios cuando liber贸 a Israel de la esclavitud de Egipto. la injusticia contra los peque帽os y los pobres es un pecado grave, que rompe la comuni贸n con Yahv茅h.

Los " pobres de Yahv茅h "

47 Partiendo de todas las formas de pobreza, de injusticia sufrida, de aflicci贸n, los " justos " y los " pobres de Yahv茅h " elevan hacia El su s煤plica en los Salmos. Sufren en su coraz贸n la esclavitud a la que el pueblo " rapado hasta la nuca " ha sido reducido a causa de sus pecados. Soportan la persecuci贸n, el martirio, la muerte, pero viven en la esperanza de la liberaci贸n. Por encima de todo, ponen su confianza en Yahv茅h a quien encomiendan su propia causa.

47.1 Los " pobres de Yahv茅h " saben que la comuni贸n con El es el bien m谩s precioso en el que el hombre encuentra su verdadera libertad. Para ellos, el mal m谩s tr谩gico es la p茅rdida de esta comuni贸n. Por consiguiente el combate contra la injusticia adquiere su sentido m谩s profundo y su eficacia en su deseo de ser liberados de la esclavitud del pecado.

En el umbral del Nuevo Testamento

48 En el umbral del Nuevo Testamento, los " pobres de Yahv茅h " constituyen las primicias de un " pueblo humilde y pobre " que vive en la esperanza de la liberaci贸n de Israel.

48.1 Mar铆a, al personificar esta esperanza, traspasa el umbral del Antiguo Testamento. Anuncia con gozo la llegada mesi谩nica y alaba al Se帽or que se prepara a liberar a su Pueblo. En su himno de alabanza a la Misericordia divina, la Virgen humilde, a la que mira espont谩neamente y con tanta confianza el pueblo de los pobres, canta el misterio de salvaci贸n y su fuerza de transformaci贸n. El sentido de la fe, tan vivo en los peque帽os, sabe reconocer a simple vista toda la riqueza a la vez soteriol贸gica y 茅tica del Magn铆ficat.

II. Significado cristol贸gico del Antiguo Testamento

A la luz de Cristo

49 El Exodo, la Alianza, la Ley, la voz de los Profetas y la espiritualidad de los " pobres de Yahv茅h " alcanzan su pleno significado solamente en Cristo.

49.1 La Iglesia lee el Antiguo Testamento a la luz de Cristo muerto y resucitado por nosotros. Ella se ve prefigurada en el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, encarnada en el cuerpo concreto de una naci贸n particular, pol铆tica y culturalmente constituida, que estaba inserto en la trama de la historia como testigo de Yahv茅h ante las naciones, hasta que llegara a su cumplimiento el tiempo de las preparaciones y de las figuras. Los hijos de Abrah谩n fueron llamados a entrar con todas las naciones en la Iglesia de Cristo, para formar con ellas un solo Pueblo de Dios, espiritual y universal.

III. La liberaci贸n cristiana anunciada a los pobres

La Buena Nueva anunciada a los pobres

50 Jes煤s anuncia la Buena Nueva del Reino de Dios y llama a los hombre y la conversi贸n. " Los pobres son evangelizados " (Mt 2, 5): Jes煤s, citando las palabras de Profeta, manifiesta su acci贸n mesi谩nica en favor de quienes esperan la salvaci贸n de Dios.

50.1 M谩s a煤n, el Hijo de Dios, que se ha hecho pobre por amor a nosotros, quiere ser reconocido en los pobres, en los que sufren o son perseguidos: " Cuantas veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a m铆 me lo hicisteis " (Mt 25, 40).

El misterio pascual

51 Pero es, ante todo, por la fuerza de su Misterio Pascual que Cristo nos ha liberado. Mediante su obediencia perfecta en la Cruz y mediante la gloria de su resurrecci贸n, el Cordero de Dios ha quitado el pecado del mundo y nos ha abierto la v铆a de la liberaci贸n definitiva.

51.1 Por nuestro servicio y nuestro amor, as铆 como por el ofrecimiento de nuestras pruebas y sufrimientos, participamos en el 煤nico sacrificio redentor de Cristo, completando en nosotros " lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpos, que es la Iglesia " (Col 1, 14), mientras esperamos la resurrecci贸n de los muertos.

Gracia, reconciliaci贸n y libertad

52 El centro de la experiencia cristiana de la libertad est谩 en la justificaci贸n por la gracia de la fe y de los sacramentos de la Iglesia. Esta gracia nos libera del pecado y nos introduce en la comuni贸n con dios. Mediante la muerte y la resurrecci贸n de Cristo se nos ofrece el perd贸n. La experiencia de nuestra reconciliaci贸n con el Padre es fruto del Esp铆ritu Santo. dios se nos revela como Padre de misericordia, al que podemos presentarnos con total confianza.

52.1 Reconciliados con El y recibiendo la paz de Cristo que el mundo no puede dar, estamos llamados a ser en medio de los hombres art铆fices de paz.

52.2 En Cristo podemos vencer el pecado, y la muerte ya no nos separa de Dios; 茅sta ser谩 destruida finalmente en el momento de nuestra resurrecci贸n, a semejanza de la de Jes煤s. El mismo " cosmos ", del que el hombre es centro y 谩pice, espera ser liberado " de la servidumbre de la corrupci贸n para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios " (Rom 8, 21). Ya desde ese momento Satan谩s est谩 en dificultad: 茅l, que tiene el poder de la muerte, ha sido reducido a la impotencia mediante la muerte de Cristo. Aparecen ya unas se帽ales que anticipa la gloria futura.

Lucha contra la esclavitud del pecado

53 La libertad tra铆da por Cristo en el Esp铆ritu Santo, nos ha restituido la capacidad -de la que nos hab铆a privado el pecado- de amar a Dios por encima de todo y permanecer en comuni贸n con El.

53.1 Somos liberados del amor desordenado hacia nosotros mismos, que es la causa del desprecio al pr贸jimo y de las relaciones de dominio entre los hombres.

53.2 Sin embargo, hasta la venida gloriosa del Resucitado, el misterio de iniquidad est谩 siempre actuando en el mundo. San Pablo nos lo advierte: " Para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres " (Gal 5, 1). Es necesario, por tanto, perseverar y luchar para no volver a caer bajo el yugo de la esclavitud. Nuestra existencia en un combate espiritual por la vida seg煤n el Evangelio y con las armas de Dios. Pero nosotros hemos recibido la fuerza y la certeza de nuestra victoria sobre el mal, victoria del amor de Cristo a quien nada se puede resistir.

El Esp铆ritu y la Ley

54 San Pablo proclama el don de la Ley nueva del Esp铆ritu en oposici贸n a la ley de la carne o de la concupiscencia que inclina al hombre al mal y lo hace incapaz de escoger el bien. Esta falta de armon铆a y esta debilidad interior no anulan la libertad ni la responsabilidad del hombre, sino que comprometen la pr谩ctica del bien.

54.1 Ante esto dice el Ap贸stol: " No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero " (Rom 7, 19). Habla pues, con raz贸n, de la " servidumbre del pecado " y de la " esclavitud de la ley ", ya que para el hombre pecador la ley, que 茅l no puede interiorizar, le resulta opresora.

54.2 Sin embargo, San Pablo reconoce que la ley conserva su valor para el hombre y para el cristiano puesto que " es santa, y el precepto santo, justo, y bueno " (Rom 7, 12). Reafirma el Dec谩logo poni茅ndolo en relaci贸n con la caridad, que es su verdadera plenitud. Adem谩s, sabe que es necesario un orden jur铆dico para el desarrollo de la vida social. pero la novedad que 茅l proclama es que Dios nos ha dado a su Hijo " para que la justicia exigida por la Ley fuera cumplida en nosotros " (Rom 8, 4).

54.3 El mismo Se帽or Jes煤s ha anunciado en el Serm贸n de la monta帽a los preceptos de la Ley nueva; con su sacrificio ofrecido en la Cruz y su resurrecci贸n gloriosa, ha vencido el poder del pecado y nos ha obtenido la gracia del Esp铆ritu Santo que hace posible la perfecta observancia de la Ley de Dios y el acceso al perd贸n, si caemos nuevamente en el pecado. El Esp铆ritu que habita en nuestros corazones es la fuente de la verdadera libertad.

54.4 Por el sacrificio de Cristo las prescripciones culturales del Antiguo Testamento se han vuelto caducas. En cuanto a las normas jur铆dicas de la vida social y pol铆tica de Israel, la Iglesia apost贸lica, como Reino de Dios inaugurado sobre la tierra, ha tenido conciencia de que no estaba ya sujeta a ellas.

54.5 Esto hizo comprender a la comunidad cristiana que las leyes y los actos de las autoridades de los diversos pueblos, aunque leg铆timos y dignos de obediencia, no podr谩n sin embargo pretender nunca, en cuanto que proceden de ellas, un car谩cter sagrado. A la luz del Evangelio, un buen n煤mero de leyes y de estructuras parecen que llevan la marca del pecado y prolongan su influencia opresora en la sociedad.

IV. El mandamiento nuevo

El amor, don del Esp铆ritu

55 El amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Esp铆ritu Santo, implica el amor al pr贸jimo. Recordando el primer mandamiento, Jes煤s a帽ade a continuaci贸n: " El segundo, semejante a 茅ste, es: Amar谩n al pr贸jimo como a t铆 mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas " (Mt 22, 39-40). Y San Pablo dice que la caridad es el cumplimiento pleno de la Ley.

55.1 El amor al pr贸jimo no tiene l铆mites; se extiende a los enemigos y a los perseguidores. La perfecci贸n, imagen de la del Padre, a la que todo disc铆pulo debe tender, est谩 en la misericordia. La par谩bola del Buen Samaritano muestra que el amor lleno de compasi贸n, cuando se pone al servicio del pr贸jimo, destruye los prejuicios que levantan a los grupos 茅tnicos y sociales unos contra otros. Todos los libros del Nuevo Testamento dan testimonio de esta riqueza inagotable de sentimientos de la que es portador el amor cristiano al pr贸jimo.

El amor al pr贸jimo

56 El amor cristiano, gratuito y universal, se basa en el amor de Cristo que di贸 su vida por nosotros: " Que os am茅is los unos a los otros; como yo os he amado, as铆 tambi茅n am谩os mutuamente " (Jn 13, 34-35). Este es el " mandamiento nuevo " para los disc铆pulos.

56.1 A la luz de este mandamiento, el ap贸stol Santiago recuerda severamente a los ricos sus deberes, y San Juan afirma que quien teniendo bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra su coraz贸n, no puede permanecer en 茅l la caridad de Dios. El amor al hermano es la piedra de toque del amor a Dios: " El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve " (1 Jn 4, 20), San Pablo subraya con fuerza la uni贸n existente entre la participaci贸n en el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo y el compartir con el hermano que se encuentra necesitado.

Justicia y caridad

57 El amor evang茅lico y la vocaci贸n de hijos de Dios, a la que todos los hombres est谩n llamados, tienen como consecuencia la exigencia directa e imperativa de respetar a cada ser humano en sus derechos a la vida y a la dignidad.

57.1 No existe distancia entre el amor al pr贸jimo y la voluntad de justicia. Al oponerlos entre s铆, se desnaturaliza el amor y la justicia a la vez. Adem谩s el sentido de la misericordia completa el de la justicia, impidi茅ndole que se encierre en el c铆rculo de la venganza.

57.2 Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres est谩n en abierta contradicci贸n con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ning煤n cristiano.

57.3 La Iglesia, d贸cil al Esp铆ritu, avanza con fidelidad por los caminos de la liberaci贸n aut茅ntica. Sus miembros son conscientes de sus flaquezas y de sus retrasos en esta b煤squeda. Pero una multitud de cristianos, ya desde el tiempo de los Ap贸stoles, han dedicado sus fuerzas y sus vidas a la liberaci贸n de toda forma de opresi贸n y a la promoci贸n de la dignidad humana. La experiencia de los santos y el ejemplo de tantas obras de servicio al pr贸jimo constituyen un est铆mulo y una luz para las iniciativas liberadoras que se imponen hoy.

V. La Iglesia Pueblo de Dios de la Nueva Alianza

Hacia la plenitud de la libertad

58 El Pueblo de Dios de la Nueva Alianza es la Iglesia de Cristo. Su ley es el mandamiento del amor. En el coraz贸n de sus miembros, el Esp铆ritu habita como en un templo. La misma Iglesia es el germen y el comienzo del Reino de Dios aqu铆 abajo, que tendr谩 su cumplimiento al final de los tiempos con la resurrecci贸n de los muertos y la renovaci贸n de toda la creaci贸n.

58.1 Poseyendo las arras del Esp铆ritu, el Pueblo de Dios es conducido a la plenitud de la libertad. La Jerusal茅n nueva que esperamos con ansia es llamada justamente ciudad de libertad, en su sentido m谩s pleno. Entonces, Dios " enjugar谩 las l谩grimas de sus ojos, y la muerte no existir谩 m谩s, ni habr谩 duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado " (Ap 21, 4). la esperanza es la espera segura de " otros cielos nuevos y otra nueva tierra, en que tiene su morada la justicia " (2 Pe 3, 13).

El encuentro final con Cristo

59 La transfiguraci贸n de la Iglesia, obrada por Cristo resucitado, al llegar al final de su peregrinaci贸n, no anula de ning煤n modo el destino personal de cada uno al t茅rmino de su vida. Todo hombre, hallado digno ante el tribunal de Cristo pro haber hecho, con la gracia de Dios, buen uso de su libre albedr铆o, obtendr谩 la felicidad. Llegar谩 a ser semejante a Dios porque le ver谩 tal cual es. El don divino de la salvaci贸n eterna es la exaltaci贸n de la mayor libertad que se pueda concebir.

Esperanza escatol贸gica y compromiso para la liberaci贸n temporal

60 Esta esperanza no debilita el compromiso en orden al progreso de la ciudad terrena, sino por el contrario le da sentido y fuerza. Convienen ciertamente distinguir bien entre progreso terreno y crecimiento del Reino, ya que no son del mismo orden.

60.1 No obstante, esta distinci贸n no supone una separaci贸n, pues la vocaci贸n del hombre a la vida eterna no suprime sino que confirma su deber de poner en pr谩ctica las energ铆as y los medio recibido del Creador para desarrollar su vida temporal.

60.2 La Iglesia de Cristo, iluminada por el Esp铆ritu del Se帽or, puede discernir en los signos de los tiempos los que son prometedores de liberaci贸n y los que, por el contrario, son enga帽osos e ilusorios. Ella llama al hombre y a las sociedades a vencer las situaciones de pecado y de injusticia, y a establecer las condiciones para una verdadera libertad.

60.3 Tiene conciencia de que todos estos bienes, como son la dignidad humana, la uni贸n fraterna y la libertad, que constituyen el fruto de esfuerzos conformes a la voluntad de Dios, los encontramos " limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal ", que es un reino de libertad.

60.4 La espera vigilante y activa de la venida del Reino es tambi茅n la de una justicia totalmente perfecta para los vivos y los muertos, para los hombres de todos los tiempos y lugares, que Jesucristo, constituido Juez Supremo, instaurar谩.

60.5 Esta promesa, que supera todas las posibilidades humanas, afecta directamente a nuestra vida en el mundo, porque una verdadera justicia debe alcanzar a todos y debe dar respuesta a los muchos sufrimientos padecidos por todas las generaciones. En realidad, sin la resurrecci贸n de los muertos y el juicio del Se帽or, no hay justicia en el sentido pleno de la palabra. La promesa de la resurrecci贸n satisface gratuitamente el af谩n de justicia verdadera que est谩 en el coraz贸n humano.

Cap铆tulo IV Misi贸n liberadora de la Iglesia

La Iglesia y las inquietudes del hombre

61 La Iglesia tiene la firme voluntad de responder a las inquietudes del hombre contempor谩neo, sometido a duras opresiones y ansioso de libertad.

61.1 La gesti贸n pol铆tica y econ贸mica de la sociedad no entre directamente en su misi贸n. Pero el Se帽or Jes煤s le ha confiado la palabra de verdad capaz de iluminar las conciencias. El amor divino, que es su vida, la apremia a hacerse realmente solidaria con todo hombre que sufre. Si sus miembros permanecen fieles a esta misi贸n, el Esp铆ritu Santo, fuente de libertad, habitar谩 en ellos y producir谩n frutos de justicia y de paz en su ambiente familiar, profesional y social.

I. Para la salvaci贸n integral del mundo

Las Bienaventuranzas y la fuerza del Evangelio

62 El Evangelio es fuerza de vida terna, dada ya desde ahora a quienes lo reciben. pero al engendrar hombres nuevos, esta fuerza penetra en la comunidad humana y en su historia, purificando y vivificando as铆 sus actividades. Por ello, es " ra铆z de cultura ".

62.1 Las Bienaventuranzas proclamadas por Jes煤s expresan la perfecci贸n del amor evang茅lico; ellas no han dejado de ser vividas a lo largo de toda la historia de la Iglesia por numerosos bautizados , y de una manera eminente, por los santos.

62.2 Las Bienaventuranzas, a partir de la primera, la de los pobres, forman un todo que no puede ser separado del conjunto del Serm贸n de la Monta帽a. Jes煤s, el nuevo Mois茅s, comenta en ellas el Dec谩logo, la Ley de la Alianza, d谩ndole su sentido definitivo y pleno. Las bienaventuranzas le铆das e interpretadas en todo su contexto, expresan el esp铆ritu del Reino de Dios que viene. Pero a la luz del destino definitivo de la historia humana as铆 manifestado aparecen al mismo tiempo m谩s claramente, los fundamentos de la justicia en el orden temporal.

62.3 As铆, pues, al ense帽ar la confianza que se apoya en Dios, la esperanza de la vida eterna, el amor a la justicia, la misericordia que llega hasta el perd贸n y la reconciliaci贸n, las Bienaventuranzas permiten situar el orden temporal en funci贸n de un orden trascendente que, sin quitarle su propia consistencia, le confiere su verdadera medida.

62.4 Iluminadas por ellas, el compromiso necesario en las tareas temporales al servicio del pr贸jimo y de la comunidad humana es, al mismo tiempo, requerido con urgencia y mantenido en su justa perspectiva. Las Bienaventuranzas preservan de la idolatr铆a de los bienes terrenos y de las injusticias que entra帽an su b煤squeda desenfrenada. Ellas apartan de la b煤squeda ut贸pica y destructiva de un mundo perfecto, pues " pasa la apariencia de este mundo " (1 Cor 7, 31).

El anuncio de la salvaci贸n

63 La misi贸n esencial de la Iglesia, siguiendo la de Cristo, es una misi贸n evangelizadora y salv铆fica. Saca su impulso de la caridad divina. La evangelizaci贸n es anuncio de salvaci贸n, don de Dios.

63.1 Por la Palabra de Dios y los sacramentos, el hombre es liberado ante todo del poder del pecado y del poder del Maligno que lo oprimen, y es introducido en la comuni贸n de amor con Dios. Siguiendo a su Se帽or que " vino al mundo para salvar a los pecadores " (1 Tim 1, 15), la Iglesia quiere la salvaci贸n de todos los hombres.

63.2 En esta misi贸n, la Iglesia ense帽a el camino que el hombre debe seguir en este mundo para entrar en el Reino de Dios. Su doctrina abarca, por consiguiente, todo el orden moral y, particularmente, la justicia, que debe regular las relaciones humanas. Esto forma parte de la predicaci贸n del Evangelio.

63.3 Pero el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participaci贸n en la vida divina mediante la gracia, le hace tambi茅n alcanzar por la acci贸n eficaz de sus miembros el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberaci贸n integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas. La Iglesia quiere el bien del hombre en todas sus dimensiones; en primer lugar como miembro de la ciudad de Dios y luego como miembro de la ciudad eterna.

Evangelizaci贸n y promoci贸n de la justicia

64 La Iglesia no se aparta de su misi贸n cuando se pronuncia sobre la promoci贸n de la justicia en las sociedades humanas o cuando compromete a los fieles laicos a trabajar en ellas, seg煤n su vocaci贸n propia.

64.1 Sin embargo, procura que esta misi贸n no sea absorbida por las preocupaciones que conciernen el orden temporal, o que se reduzca a ellas. Por lo mismo, la Iglesia pone todo su inter茅s en mantener clara y firmemente a la vez la unidad y la distinci贸n entre evangelizaci贸n y promoci贸n humana: unidad, porque ella busca el bien total del hombre; distinci贸n, porque estas dos tareas forman parte, por t铆tulos diversos, de su misi贸n.

Evangelio y realidades terrenas

65 La Iglesia, fiel a su propia finalidad, irradia la luz del Evangelio sobre las realidades terrenas, de tal manera que la persona humana sea curada de sus miserias y elevada en su dignidad. La cohesi贸n de la sociedad en la justicia y la paz es as铆 promovida y reforzada. La Iglesia es tambi茅n fiel a su misi贸n cuando denuncia las desviaciones, las servidumbres y las opresiones de las que los hombres son v铆ctimas.

65.1 Es fiel a su misi贸n cuando se opone a los intentos de instaurar una forma de vida social de la que Dios est谩 ausente, bien sea por una oposici贸n consciente, o bien debido a negligencia culpable.

65.2 Por 煤ltimo, es fiel a su misi贸n cuando emite su juicio acerca de los movimientos pol铆ticos que tratan de luchar contra la miseria y la opresi贸n seg煤n teor铆as y m茅todos de acci贸n contrarios al Evangelio y opuestos al hombre mismo.

65.3 Ciertamente, la moral evang茅lica, con las energ铆as de la gracia, da al hombre nuevas perspectivas con nuevas exigencias. Y ayuda a perfeccionar y elevar una dimensi贸n moral que pertenece ya a la naturaleza humana y de la que la Iglesia se preocupa, consciente de que es un patrimonio com煤n a todos los hombres en cuanto tales.

II. El amor de preferencia a los pobres

Jes煤s y la pobreza

66 Cristo Jes煤s, de rico se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos mediante su pobreza. As铆 habla San Pablo sobre el misterio de la Encarnaci贸n del Hijo eterno, que vino a asumir la naturaleza humana mortal para salvar al hombre de la miseria en la que el pecado le hab铆a sumido. M谩s a煤n Cristo, en su condici贸n humana, eligi贸 un estado de pobreza e indigencia a fin de mostrar en qu茅 consiste la verdadera riqueza que se ha de buscar, es decir, la comuni贸n de vida con Dios.

66.1 Ense帽贸 el desprendimiento de las riquezas de la tierra para mejor desear las del cielo. Los Ap贸stoles que 茅l eligi贸 tuvieron tambi茅n que abandonarlo todo y compartir su indigencia.

66.2 Anunciado por los Profetas como el Mes铆as de los pobres, fue entre ellos, los humildes, los " pobres de Yahv茅h ", sedientos de la justicia del Reino, donde 茅l encontr贸 corazones dispuestos a acogerle. Pero Jes煤s quiso tambi茅n mostrarse cercano a quienes -aunque ricos en bienes de este mundo- estaban exclu铆dos de la comunidad como " publicanos y pecadores ", pues 茅l vino para llamarles a la conversi贸n.

66.3 La pobreza que Jes煤s declar贸 bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposici贸n a compartir con otros.

Jes煤s y los pobres

67 Pero Jes煤s no trajo solamente la gracia y la paz de Dios; 茅l cur贸 tambi茅n numerosas enfermedades; tuvo compasi贸n de la muchedumbre que no ten铆a de que comer ni alimentarse; junto con los disc铆pulos que le segu铆an practic贸 la limosna.

67: La Bienaventuranza de la pobreza proclamada por Jes煤s no significa en manera alguna que los cristianos puedan desinteresarse de los pobres que carecen de lo necesario para la vida humana en este mundo. Como fruto y consecuencia del pecado de los hombres y de su fragilidad natural, esta miseria es un mal del que, en la medida de lo posible, hay que liberar a los seres humanos.

El amor de preferencia a los pobres

68 Bajo sus m煤ltiples formas -indigencia material, opresi贸n injusta, enfermedades f铆sicas y ps铆quicas y, por 煤ltimo, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad cong茅nita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvaci贸n.

68.1 Por ello, la miseria humana atrae la compasi贸n de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre s铆 e identificarse con los " m谩s peque帽os de sus hermanos " (cf. Mt 25, 40.45). Tambi茅n por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia que, desde los or铆genes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.

68.2 Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia que siempre y en todo lugar contin煤an siendo indispensables. Adem谩s, mediante su doctrina social, cuya aplicaci贸n urge, la Iglesia ha tratado de promover cambios estructurales en la sociedad con el fin de lograr condiciones de vida dignas de la persona humana.

68.3 Los disc铆pulos de Jes煤s, con el desprendimiento de las riquezas que permite compartir con los dem谩s y abre el Reino, dieron testimonio mediante el amor a los pobres y desdichados, del amor del Padre manifestado en el Salvador. Este amor viene de Dios y vuelve a Dios. Los disc铆pulos de Cristo han reconocido siempre en los dones presentados sobre el altar, un don ofrecido a Dios mismo.

68.4 La Iglesia amando a los pobres da tambi茅n testimonio de la dignidad del hombre. Afirma claramente que 茅ste vale m谩s por lo que es que por lo que posee. Atestigua que esa dignidad no puede ser destruida cualquiera que sea la situaci贸n de miseria, de desprecio, de rechazo, o de impotencia a la que un ser humano se vea reducido.

68.5 Se muestra solidaria con quienes no cuentan en una sociedad que les rechaza espiritualmente y, a veces, f铆sicamente. De manera particular, la Iglesia se vuelve con afecto maternal hacia los ni帽os que, a causa de la maldad humana, no ver谩n jam谩s la luz, as铆 como hacia las personas ancianas solas y abandonadas.

68.6 La opci贸n preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misi贸n de la Iglesia. dicha opci贸n no es exclusiva.

68.7 Esta es la raz贸n por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categor铆as sociol贸gicas e ideol贸gicas reductivas, que har铆an de esta preferencia una opci贸n partidista y de naturaleza conflictiva.

Comunidades eclesiales de base y otros grupos de cristianos

69 Las nuevas comunidades eclesiales de base y otros grupos de cristianos formados para ser testigos de este amor evang茅lico son motivo de gran esperanza para la Iglesia. Si viven verdaderamente en uni贸n con la Iglesia local y con la Iglesia universal, son una aut茅ntica expresi贸n de comuni贸n y un medio para construir una comuni贸n m谩s profunda.

69.1 Ser谩n fieles a su misi贸n en la medida en que procuren educar a sus miembros en la integridad de la fe cristiana, mediante la escucha de la Palabra de Dios, la fidelidad a las ense帽anzas del Magisterio, al orden jur铆dico de la Iglesia y a la vida sacramental. En tales condiciones su experiencia, enraizada en un compromiso por la liberaci贸n integral del hombre, viene a ser una riqueza para toda la Iglesia.

La reflexi贸n teol贸gica

70 De modo similar, una reflexi贸n teol贸gica desarrollada a partir de una experiencia positiva, ya que permite poner en evidencia algunos aspectos de la Palabra de Dios, cuya riqueza total no ha sido a煤n plenamente percibida.

70.1 Pero para que esta reflexi贸n sea verdaderamente una lectura de la Escritura, y no una proyecci贸n sobre la Palabra de Dios de un significado que no est谩 contenido en ella, el te贸logo ha de estar atento a interpretar la experiencia de la que 茅l parte a la luz de la experiencia de la Iglesia misma. Esta experiencia de la Iglesia brilla con singular resplandor y con toda su pureza en la vida de los santos. Compete a los Pastores de la Iglesia, en comuni贸n con el Sucesor de Pedro, discernir su autenticidad.

Cap铆tulo V La doctrina social de la Iglesia: por una praxis cristiana de la liberaci贸n

Una praxis cristiana de la liberaci贸n

71 La dimensi贸n soteriol贸gica de la liberaci贸n no puede reducirse a la dimensi贸n socio茅tica que es una consecuencia de ella. Al restituir al hombre la verdadera libertad, la liberaci贸n radical obrada por Cristo le asigna una tarea: la praxis cristiana, que es el cumplimiento del gran mandamiento del amor.

71.1 Este es el principio supremo de la moral social cristiana, fundada sobre el Evangelio y toda la tradici贸n desde los tiempos apost贸licos y la 茅poca de los Padres de la Iglesia, hasta las recientes intervenciones del Magisterio.

71.2 Los grandes retos de nuestra 茅poca constituyen una llamada urgente a practicar esta doctrina de la acci贸n.

I. Naturaleza de la doctrina social de la Iglesia

Mensaje evang茅lico y vida social

72 La ense帽anza social de la Iglesia naci贸 del encuentro del mensaje evang茅lico y de sus exigencias -comprendidas en el Mandamiento supremo del amor a dios y al pr贸jimo y en la Justicia- con los problemas que surgen en la vida de la sociedad. Se ha constitu铆do en una doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias humanas; se proyecta sobre los aspectos 茅ticos de la vida y toma en cuenta los aspectos t茅cnicos de los problemas pero siempre para juzgarlos desde el punto de vista moral.

72.1 Esta ense帽anza, orientada esencialmente a la acci贸n, se desarrolla en funci贸n de las circunstancias cambiantes de la historia. Por ello, aunque bas谩ndose en principios siempre v谩lidos, comporta tambi茅n juicios contingentes. Lejos de constituir un sistema cerrado, queda abierto permanentemente a las cuestiones nuevas que no cesan de presentarse; requiere, adem谩s, la contribuci贸n de todos los carismas, experiencias y competencias.

72.2 La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social un conjunto de principios de reflexi贸n, de criterios de juicio y de directrices de acci贸n para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres.

Principios fundamentales

73 El mandamiento supremo del amor conduce al pleno reconocimiento de la dignidad de todo hombre, creado a imagen de Dios. De esta dignidad derivan unos derechos, y unos deberes naturales. A la luz de la imagen de Dios, la libertad, prerrogativa esencial de la persona humana, se manifiesta en toda su profundidad. Las personas son los sujetos activos y responsables de la vida social.

73.1 Al dicho fundamento, que es la dignidad del hombre, est谩n 铆ntimamente ligados el principio de solidaridad y el principio de subsidiariedad.

73.2 En virtud del primero, el hombre debe contribuir con su semejantes al bien com煤n de la sociedad, a todos los niveles. Con ello, la doctrina social de la Iglesia se opone a todas las formas de individualismo social o pol铆tico.

73.3 En virtud del segundo, ni el Estado ni sociedad alguna deber谩n jam谩s substituir la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de los grupos sociales intermedios en los niveles en los que 茅stos pueden actuar, ni destruir el espacio necesario para su libertad. De este modo, la doctrina social de la Iglesia se opone a todas las formas de colectivismo.

Criterios de juicio

74 Estos principios fundamentan los criterios para emitir un juicio sobre las situaciones las estructuras y los sistemas sociales.

74.1 As铆, la Iglesia no duda en denunciar las condiciones de vida que atentan a la dignidad y a la libertad del hombre.

74.2 Estos criterios permiten tambi茅n juzgar el valor de las estructuras, las cuales son el conjunto de instituciones y de realizaciones pr谩cticas que los hombres encuentran ya existentes o que crean, en el plano nacional o internacional, y que orientan u organizan la vida econ贸mica, social y pol铆tica.

74.3 Aunque son necesarias, tienden con frecuencia a estabilizarse y cristalizar como mecanismos relativamente independientes de la voluntad humana, paralizando con ello o alterando el desarrollo social y generando la injusticia. Sin embargo, dependen siempre de la responsabilidad del hombre, que puede modificarlas, y no de un pretendido determinismo de la historia.

74.4 Las instituciones y las leyes, cuando son conformes a la ley natural y est谩n ordenadas al bien com煤n, resultan garantes de la libertad de las personas y de su promoci贸n. No han de condenarse todos los aspectos coercitivos de la ley, ni la estabilidad de una Estado de derecho digno de este nombre. Se puede hablar entonces de estructura marcada por el pecado, pero no se pueden condenar las estructuras en cuanto tales.

74.5 Los criterios de juicio conciernen tambi茅n a los sistemas econ贸micos, sociales y pol铆ticos. La doctrina social de la Iglesia no propone ning煤n sistema particular, pero, a la luz de sus principios fundamentales, hace posible, ante todo, ver en qu茅 medida los sistemas existentes resultan conformes o no a las exigencias de la dignidad humana.

Primac铆a de las personas sobre las estructuras

75 Ciertamente, la Iglesia es consciente de la complejidad de los problemas que han de afrontar las sociedades y tambi茅n de las dificultades para encontrarles soluciones adecuadas. Sin embargo, piensa que, ante todo, hay que apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de conversi贸n interior, si se quiere obtener cambios econ贸micos y sociales que est谩n verdaderamente al servicio del hombre.

75.1 La primac铆a dada a las estructuras y la organizaci贸n t茅cnica sobre la persona y sobre la exigencia de su dignidad, es la expresi贸n de una antropolog铆a materialista que resulta contraria a la edificaci贸n de un orden social justo.

75.2 No obstante, la prioridad reconocida a la libertad y a la conversi贸n del coraz贸n en modo alguno elimina la necesidad de un cambio de las estructuras injustas. Es, por tanto, plenamente leg铆timo que quienes sufren la opresi贸n por parte de los detentores de la riqueza o del poder pol铆tico act煤en, con medios moralmente l铆citos, para conseguir estructuras e instituciones en las que sean verdaderamente respetados sus derechos.

75.3 De todos modos, es verdad que las estructuras instauradas para el bien de las personas son por s铆 mismas incapaces de lograrlo y de garantizarlo. Prueba de ello es la corrupci贸n que, en ciertos pa铆ses, alcanza a los dirigentes y a la burocracia del Estado, y que destruye toda vida social honesta.

75.4 Es necesario, por consiguiente, actuar tanto para la conversi贸n de los corazones como para el mejoramiento de las estructuras, pues el pecado que se encuentra en la ra铆z de las situaciones injustas es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de la persona. S贸lo en sentido derivado y secundario se aplica a las estructuras y se puede hablar de " pecado social ".

75.5 Por los dem谩s, en el proceso de liberaci贸n, no se puede hacer abstracci贸n de la situaci贸n hist贸rica de la naci贸n, ni atentar contra la identidad cultural del pueblo.

75.6 En consecuencia, no se puede aceptar pasivamente, y menos a煤n apoyar activamente, a grupos que, por la fuerza o la manipulaci贸n de la opini贸n, se adue帽an del aparato del Estado e imponen abusivamente a la colectividad una ideolog铆a importada, opuesta a los verdaderos valores culturales del pueblo. A este respecto, conviene recordar la grave responsabilidad moral y pol铆tica de los intelectuales.

Directrices para la acci贸n

76 Los principios fundamentales y los criterios de juicio inspiran directrices para la acci贸n. Puesto que bien com煤n de la sociedad humana est谩 al servicio de las personas, los medios de acci贸n deben estar en conformidad con la dignidad del hombre y favorecer la educaci贸n de la libertad. Existe un criterio seguro de juicio y de acci贸n: no hay aut茅ntica liberaci贸n cuando los derechos de la libertad no son respetados desde el principio.

76.1 En el recurso sistem谩tico a la violencia presentado como v铆a necesaria para la liberaci贸n, hay que denunciar una ilusi贸n destructora que abre el camino a nuevas servidumbres. Habr谩 que condenar con el mismo vigor la violencia ejercida por los hacendados contra los pobres, las arbitrariedades policiales as铆 como toda forma de violencia constituida en sistema de gobierno.

76.2 En este terreno, hay que saber aprender de las tr谩gicas experiencias que ha contemplado y contempla a煤n la historia de nuestro siglo. No se puede admitir la pasividad culpable de los poderes p煤blicos en unas democracias donde la situaci贸n social de muchos hombres y mujeres est谩 lejos de corresponder a lo que exigen los derechos individuales y sociales constitucionalmente garantizados.

Una lucha por la justicia

77 Cuando la Iglesia alienta la creaci贸n y la actividad de asociaciones -como sindicatos- que luchan por la defensa de los derechos e intereses leg铆timos de los trabajadores y por la justicia social, no admite en absoluto la teor铆a que ve en la lucha de clases el dinamismo estructural de al vida social.

77.1 La acci贸n que preconiza no es la lucha de una clase contra otra para obtener la eliminaci贸n del adversario: dicha acci贸n no proviene de su sumisi贸n aberrante a una pretendida ley de la historia. Se trata de una lucha noble y razonada en favor de la justicia y de la solidaridad social. El cristiano preferir谩 siempre la v铆a del di谩logo y del acuerdo.

77.2 Cristo nos ha dado el mandamiento del amor a los enemigos. La liberaci贸n seg煤n el esp铆ritu del Evangelio es, por tanto, incompatible con el odio al otro, tomado individual o colectivamente, inclu铆do el enemigo.

el mito de la revoluci贸n

78 Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresi贸n de unos privilegios injustificables. Pero quienes desacreditan la via de las reformas en provecho del mito de la revoluci贸n, no solamente alimentan la ilusi贸n de que la abolici贸n de una situaci贸n inicua es suficiente por si misma para crear una sociedad m谩s humana, sino que incluso favorecen la llegada al poder de reg铆menes totalitarios. La lucha contra las injusticias solamente tiene sentido si est谩 encaminada a la instauraci贸n de un nuevo orden social y pol铆tico conforme a las exigencias de la justicia. Esta debe ya marcar las etapas de su instauraci贸n. Existe una moralidad de los medios.

Un 煤ltimo recurso

79 Estos principios deben ser especialmente aplicados en el caso extremo de recurrir a la lucha armada, indicada por el Magisterio como el 煤ltimo recurso para poner fin a una " tiran铆a evidente y prolongada que atentara gravemente a los derechos fundamentales de la persona y perjudicar谩 peligrosamente al bien com煤n de un pa铆s ".

79.1 Sin embargo, la aplicaci贸n concreta de este medio s贸lo puede ser tenido en cuanta despu茅s de un an谩lisis muy riguroso de la situaci贸n. En efecto, a causa del desarrollo continuo de las t茅cnicas empleadas y de la creciente gravedad de los peligros implicados en el recurso a la violencia, lo que se llama hoy " resistencia pasiva " abre un camino m谩s conforme con los principios morales y no menos prometedor de 茅xito.

79.2 Jam谩s podr谩 admitirse, ni por parte del poder constituido, ni por parte de los grupos insurgentes, el recurso a medios criminales como las represalias efectuadas sobre poblaciones, la tortura, los m茅todos del terrorismo y de la provocaci贸n calculada, que ocasionan la muerte de personas durante manifestaciones populares. Son igualmente inadmisibles las odiosas campa帽as de calumnias capaces de destruir a la persona ps铆quica y moralmente.

El papel de los Laicos

80 No toca a los Pastores de la Iglesia intervenir directamente en la construcci贸n pol铆tica y en la organizaci贸n de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocaci贸n de los laicos que actuan por propia iniciativa con sus conciudadanos.

80.1 Deben llevarla a cabo, conscientes de la finalidad de que la finalidad de la Iglesia es extender el Reino de Cristo para que todos los hombres se salven y por su medio el mundo est茅 efectivamente orientado a Cristo.

80.2 La obra de salvaci贸n aparece, de esta manera, indisolublemente ligada a la labor de mejorar y elevar las condiciones de la vida humana en este mundo.

80.3 La distinci贸n entre el orden sobrenatural de salvaci贸n y el orden temporal de la vida humana, debe ser visto en la perspectiva del 煤nico designio de Dios de recapitular todas las cosas en Cristo. Por ello, tanto en uno como en otro campo, el laico -fiel y ciudadano a la vez- debe dejarse guiar constantemente por su conciencia cristiana.

80.4 La acci贸n social, que puede implicar una pluralidad de v铆as concretas, estar谩 siempre orientada al bien com煤n y ser谩 conforme al mensaje evang茅lico y a las ense帽anzas de la Iglesia. Se evitar谩 que la diferencia de opciones da帽e el sentido de colaboraci贸n, conduzca a la paralizaci贸n de los esfuerzos o produzca confusi贸n en el pueblo cristiano.

80.5 La orientaci贸n recibida de la doctrinal social de la Iglesia debe estimular la adquisici贸n de competencias t茅cnicas y cient铆ficas indispensables. Estimular谩 tambi茅n la b煤squeda de la formaci贸n moral del car谩cter y la profundizaci贸n de la vida espiritual. Esta doctrina, al ofrecer principios y sabios consejos, no dispensa de la educaci贸n en la prudencia pol铆tica, requerida para el gobierno y la gesti贸n de las realidades humanas.

II. Exigencias evang茅licas de transformaci贸n en profundidad

Necesidad de una transformaci贸n cultural

81 Un reto sin precedentes es lanzado hoy a los cristianos que trabajan en la realizaci贸n de esta civilizaci贸n del amor, que condensa toda la herencia 茅tico-cultural del Evangelio.

81.1 Esta tarea requiere una nueva reflexi贸n sobre lo que constituye la relaci贸n del mandamiento supremo del amor y el orden social considerado en toda su complejidad.

81.2 El fin directo de esta reflexi贸n en profundidad es la elaboraci贸n y la puesta en marcha de programas de acci贸n audaces con miras a la liberaci贸n socio-econ贸mica de millones de hombres y mujeres cuya situaci贸n de opresi贸n econ贸mica, social y pol铆tica es intolerable.

81.3 Esta acci贸n debe comenzar por un gran esfuerzo de educaci贸n: educaci贸n a la civilizaci贸n del trabajo, educaci贸n a la solidaridad, acceso de todos a la cultura.

El Evangelio del trabajo

82 La existencia de Jes煤s de Nazaret -verdadero " Evangelio del trabajo "- nos ofrece el ejemplo vivo y el principio de la radical transformaci贸n cultural indispensable para resolver los graves problemas que nuestra 茅poca debe afrontar.

\INS El, que siendo Dios se hizo en todo semejante a nosotros, se dedic贸 durante la mayor parte de su vida terrestre a un trabajo manual. La cultura que nuestra 茅poca espera estar谩 caracterizada por el pleno reconocimiento de la dignidad del trabajo humano, el cual se presenta en toda su nobleza y fecundidad a la luz de los misterios de la Creaci贸n y de la Redenci贸n. El trabajo reconocido como expresi贸n de la persona, se vuelve fuente de sentido y esfuerzo creador.

Una verdadera civilizaci贸n del trabajo

83 De este modo, la soluci贸n para la mayor parte de los grav铆simos problemas de la miseria se encuentra en la promoci贸n de una verdadera civilizaci贸n del trabajo. En cierta manera, el trabajo es la clave de toda la cuesti贸n social.

83.1 Es, por tanto, en el terreno del trabajo donde ha de ser emprendida de manera prioritaria una acci贸n liberadora en la libertad. Dado que la relaci贸n entre la persona humana y el trabajo es radical y vital, las formas y modalidades, seg煤n las cuales esta relaci贸n sea regulada, ejercer谩n una influencia positiva para la soluci贸n de un conjunto de problemas sociales y pol铆ticos que se plantean a cada pueblo. Unas relaciones de trabajo justas prefigurar谩n un sistema de comunidad pol铆tica apto a favorecer el desarrollo integral de toda la persona humana.

83.2 Si el sistema de relaciones de trabajo, llevado a la pr谩ctica por los protagonistas directos -trabajadores y empleados, con el apoyo indispensable de los poderes p煤blicos- logra instaurar una civilizaci贸n del trabajo, se producir谩n entonces en la manera de ver de los pueblos e incluso en las bases institucionales y pol铆ticas, una revoluci贸n pac铆fica en profundidad.

Bien com煤n nacional e internacional

84 Esta cultura del trabajo deber谩 suponer y poner en pr谩ctica un cierto n煤mero de valores esenciales. Ha de reconocer que la persona del trabajador es principio, sujeto y fin de la actividad laboral. Afirmar谩 la prioridad del trabajo sobre el capital y el destino universal de los bienes materiales.

84.1 Estar谩 animada por el sentido de una solidaridad que no comporta solamente reivindicaci贸n de derechos, sino tambi茅n cumplimiento de deberes. Implicar谩 la participaci贸n orientada a promover el bien com煤n nacional e internacional, y no solamente a defender intereses individuales o corporativos. Asimilar谩 el m茅todo de la confrontaci贸n y del di谩logo eficaz.

84.2 Por su parte, las autoridades pol铆ticas deber谩n ser a煤n m谩s capaces de obrar en el respeto de las leg铆timas libertades de los individuos, de las familias y de los grupos subsidiarios, creando de este modo las condiciones requeridas para que el hombre pueda conseguir su bien aut茅ntico e integral, inclu铆do su fin espiritual.

El valor del trabajo humano

85 Una cultura que reconozca la dignidad eminente del trabajador pondr谩 en evidencia la dimensi贸n subjetiva del trabajo. El valor de todo trabajo humano no est谩 primordialmente en funci贸n de la clase de trabajo realizado; tienen su fundamento en el hecho de que quien lo ejecuta es una persona. Existe un criterio 茅tico cuyas exigencias no se deben rehuir.

85.1 Por consiguiente, todo hombre tiene derecho a un trabajo, que debe ser reconocido en la pr谩ctica por un esfuerzo efectivo que mire a resolver el dram谩tico problema del desempleo. El hecho de que este mantenga en una situaci贸n de marginaci贸n a amplios sectores de la poblaci贸n, y principalmente de la juventud, es algo intolerable.

85.2 Por ello, la creaci贸n de puestos de trabajo es una tarea social primordial que han de afrontar los individuos y la iniciativa privada, e igualmente el Estado. Por lo general -en este terreno como en otros- el Estado tiene una funci贸n subsidiaria; pero con frecuencia puede ser llamado a intervenir directamente, como en el caso de acuerdos internacionales entre los diversos Estado. Tales acuerdos deben respetar el derecho de los inmigrantes y de sus familias.

Promover la participaci贸n

86 El salario, que no puede ser concebido como una simple mercanc铆a, debe permitir al trabajador y a su familia tener acceso a un nivel de vida verdaderamente humano en el orden material, social, cultural y espiritual. La dignidad de la persona es lo que constituye el criterio para juzgar el trabajo, y no a la inversa. Sea cual fuere el tipo de trabajo, el trabajador debe poder vivirlo como expresi贸n de su personalidad. De aqu铆 se desprende la exigencia de una participaci贸n que, por encima de la repartici贸n de los frutos del trabajo, deber谩 comportar una verdadera dimensi贸n comunitaria a nivel de proyectos, de iniciativas y de responsabilidades.

Prioridad del trabajo sobre el capital

87 La prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia para los empresarios anteponer el bien de los trabajadores al aumento de las ganancias. Tienen la obligaci贸n moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo al bien com煤n. Esto exige que se busque prioritariamente la consolidaci贸n o la creaci贸n de nuevos puestos de trabajo para la producci贸n de bienes realmente 煤tiles.

87.1 El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien com煤n. Est谩 subordinado al principio superior del destino universal de los bienes.

Reformas en profundidad

88 Esta doctrina debe inspirar reformas antes de que sea demasiado tarde. El acceso de todos a los bienes necesarios para una vida humana -personal y familiar- digna de este nombre, es una primera exigencia de la justicia social. Esta requiere su aplicaci贸n en el terreno del trabajo industrial y de una manera m谩s particular en el del trabajo agr铆cola. Efectivamente, los campesinos, sobre todo en el tercer mundo, forman la masa preponderante de los pobres.

III. Promoci贸n de la solidaridad

Una nueva solidaridad

89 La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural. Los graves problemas socio econ贸micos que hoy se plantean, no pueden ser resueltos si no se crean nuevos frentes de solidaridad: solidaridad de los pobres entre ellos, solidaridad con los pobres, a la que los ricos son llamados, y solidaridad de los trabajadores entre s铆.

89.1 Las instituciones y las organizaciones sociales, a diversos niveles, as铆 como el Estado, deben participar en un movimiento general de solidaridad. Cuando la Iglesia hace esa llamada, es consciente de que esto le concierne de una manera muy particular.

Destino universal de los bienes

90 El principio del destino universal de los bienes, unido al de la fraternidad humana y sobrenatural, indica sus deberes a los Pa铆ses m谩s ricos con respecto a los Pa铆ses m谩s pobres.

90.1 Estos deberes son de solidaridad en la ayuda a los Pa铆ses en v铆as de desarrollo; de justicia social, mediante una revisi贸n en t茅rminos correctos de las relaciones comerciales entre Norte y Sur y la promoci贸n de un mundo m谩s humano para todos, donde cada uno pueda dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea obst谩culo para el desarrollo de los otros, ni un pretexto para su servidumbre.

Ayuda al desarrollo

91 La solidaridad internacional es una exigencia de orden moral que no se impone 煤nicamente en el caso de urgencia extrema, sino tambi茅n para ayudar al verdadero desarrollo. Se da en ello una acci贸n com煤n que requiere un esfuerzo concertado y constante para encontrar soluciones t茅cnicas concretas, pero tambi茅n para crear una nueva mentalidad entre los hombres de hoy. De ello depende en gran parte la paz del mundo.

IV. Tareas culturales y educativas

Derecho a la instrucci贸n y a la cultura

92 Las desigualdades contrarias a la justicia en la posesi贸n y el uso de los bienes materiales est谩n acompa帽adas y agravadas por desigualdades tambi茅n injustas en el acceso a la cultura. Cada hombre tiene un derecho a la cultura, que es caracter铆stica espec铆fica de una existencia verdaderamente humana a la que tiene acceso por el desarrollo de sus facultades de conocimiento, de sus virtudes morales, de su capacidad de relaci贸n con sus semejantes, de su aptitud para crear obras 煤tiles y bellas. De aqu铆 se deriva la exigencia de la promoci贸n y difusi贸n de la educaci贸n, a la que cada uno tiene un derecho inalienable. Su primera condici贸n es la eliminaci贸n del analfabetismo.

Respeto de la libertad cultural

93 El derecho de cada hombre a la cultura no est谩 asegurado si no se respeta la libertad cultural. Con demasiada frecuencia la cultura degenera en ideolog铆a y la educaci贸n se transforma en instrumento al servicio del poder pol铆tico y econ贸mico. No compete a la autoridad p煤blica determinar el tipo de cultura. Su funci贸n es promover y proteger la vida cultural de todos, incluso la de las minor铆as.

Tarea educativa de la familia

94 La tarea educativa pertenece fundamental y prioritariamente a la familia. La funci贸n del Estado es subsidiaria; su papel es el de garantizar, proteger, promover y suplir. Cuando el Estado reivindica el monopolio escolar, va m谩s all谩 de sus derechos y conculca la justicia. Compete a los padres el derecho de elegir la escuela a donde enviar a sus propios hijos y crear y sostener centros educativos de acuerdo con sus propias convicciones. El Estado no puede, si cometer injusticia, limitarse a tolerar las escuelas llamadas privadas. Estas prestan un servicio p煤blico y tienen, por consiguiente, el derecho a ser ayudadas econ贸micamente.

" Las libertades " y la participaci贸n

95 La educaci贸n que da acceso a la cultura es tambi茅n educaci贸n en el ejercicio responsable de la libertad. Por esta raz贸n, no existe aut茅ntico desarrollo si no es en un sistema social y pol铆tico que respete las libertades y las favorezca con la participaci贸n de todos. Tal participaci贸n puede revestir formas diversas; es necesaria para garantizar un justo pluralismo en las instituciones y en las iniciativas sociales.

95.1 Asegura -sobre todo con la separaci贸n real entre los poderes del Estado- el ejercicio de los derechos del hombre, protegi茅ndoles igualmente contra los posibles abusos por parte de los poderes p煤blicos. De esta participaci贸n en la vida social y pol铆tica nadie puede ser exclu铆do por motivos de sexo, raza, color, condici贸n social, lengua o religi贸n. Una de las injusticias mayores de nuestro tiempo en muchas naciones es la de mantener al pueblo al margen de la vida cultural, social y pol铆tica.

95.2 Cuando las autoridades pol铆ticas regulan el ejercicio de las libertades, no han de poner como pretexto exigencias de orden p煤blico y de seguridad para limitar sistem谩ticamente estas libertades. Ni el pretendido principio de la " seguridad nacional ", ni una visi贸n econ贸mica restrictiva, ni una concepci贸n totalitaria de la vida social, deber谩n prevalecer sobre el valor de la libertad y de sus derechos.

El reto de la inculturaci贸n

96 La fe es inspiradora de criterios de juicio, de valores determinantes, de l铆neas de pensamiento y de modelos de vida, v谩lidos para la comunidad humana en cuanto tal. Por ello, la Iglesia, atenta a las angustias de nuestro tiempo, indica las v铆as de una cultura en la que el trabajo se pueda reconocer seg煤n su plena dimensi贸n humana y donde cada ser humano pueda encontrar las posibilidades de realizarse como persona. la Iglesia lo hace en virtud de su apertura misionera para la salvaci贸n integral del mundo, en el respeto de la identidad de cada pueblo y naci贸n.

96.1 La Iglesia -comuni贸n que une diversidad y unidad- por su presencia en el mundo entero, asume lo que encuentra de positivo en cada cultura. Sin embargo, la inculturaci贸n no es simple adaptaci贸n exterior, sino que es una transformaci贸n interior de los aut茅nticos valores culturales por su integraci贸n en el cristianismo y por el enraizamiento del cristianismo en las diversas culturas humanas.

96.2 La separaci贸n entre Evangelio y cultura es un drama, del que los problemas evocados son la triste prueba. Se impone, por tanto, un esfuerzo generoso de evangelizaci贸n de las culturas, las cuales se ver谩n regeneradas en su reencuentro con el Evangelio. M谩s, dicho encuentro supone que el Evangelio sea verdaderamente proclamado. La Iglesia, iluminada por el Concilio Vaticano II, quiere consagrarse a ello con todas sus energ铆as con el fin de generar un potente impulso liberador.

Conclusion

El Canto del " Magn铆ficat "

97 " Bienaventurada la que ha cre铆do... " (Luc 1, 45). AL saludo de Isabel, la Madre de Dios responde dejando prorrumpir su coraz贸n en el canto del Magn铆ficat. Ella nos muestra que es por la fe y en la fe, seg煤n su ejemplo, como el Pueblo de Dios llega a ser capaz de expresar en palabras y de traducir en su vida el misterio del deseo de salvaci贸n y sus dimensiones liberadoras en el plan de la existencia individual y social. En efecto, a la luz de la fe se puede percibir que la historia de la salvaci贸n es la historia de la liberaci贸n del mal bajo su forma m谩s radical y el acceso de la humanidad a la verdadera libertad de los hijos de Dios.

97.1 Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada para El por el empuje de su fe, Mar铆a, al lado de su Hijo, es la imagen m谩s perfecta de la libertad y de la liberaci贸n de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misi贸n.

97.2 Hay que poner muy de relieve que el sentido de la fe de los pobres, al mismo tiempo que es una aguda percepci贸n del misterio de la cruz redentora, lleva a un amor y a una confianza indefectible hacia la Madre del Hijo de Dios, venerada en numerosos santuarios.

El " sensus fidei " del Pueblo de Dios

98 Los Pastores y todos aquellos, sacerdotes y laicos, religiosos y religiosas, que trabajan, a menudo en condiciones muy duras, en la evangelizaci贸n y la promoci贸n humana integral, deben estar llenos de esperanza pensando en los extraordinarios recursos de santidad contenidos en la fe viva del Pueblo de Dios.

98.1 Hay que procurar a toda costa que estas riquezas del sensus fidei puedan manifestarse plenamente y dar frutos en abundancia. Es una noble tarea eclesial que ata帽e al te贸logo, ayudar a que la fe del pueblo de los pobres se exprese con claridad y se traduzca en la vida, mediante la meditaci贸n en profundidad del plan de salvaci贸n, tal como se desarrolla en relaci贸n con la Virgen del Magnificar.

98.2 De esta manera, una teolog铆a de la libertad y de la liberaci贸n, como eco filial del Magn铆ficat de Mar铆a conservado en la memoria de la Iglesia, constituye una exigencia de nuestro tiempo. Pero ser谩 una grave perversi贸n tomar las energ铆as de la religiosidad popular para desviarlas hacia un proyecto de liberaci贸n puramente terreno que muy pronto se revelar铆a ilusorio y causa de nuevas incertidumbres.

98.3 Quienes as铆 ceden a las ideolog铆as del mundo y a la pretendida necesidad de la violencia, han dejado de ser fieles a la esperanza, a su audacia y a su valent铆a, tal como lo pone de relieve el himno de Dios de la misericordia, que la Virgen nos ense帽a.

Dimensi贸n de una aut茅ntica liberaci贸n

99 El sentido de la fe percibe toda la profundidad de la liberaci贸n realizada por el Redentor. Cristo nos ha liberado del m谩s radical de los males, el pecado y el poder de la muerte, para devolvernos la aut茅ntica libertad y para mostrarnos su camino. Este ha sido trazado por el mandamiento supremo, que es el mandamiento del amor.

99.1 La liberaci贸n, es su primordial significaci贸n que es soteriol贸gica, se prolonga de este modo en tarea liberadora y exigencia 茅tica. En este contexto se sit煤a la doctrina social de la Iglesia que ilumina la praxis a nivel de la sociedad.

99.2 El cristiano est谩 llamado a actuar seg煤n la verdad y a trabajar as铆 en la instauraci贸n de esta " civilizaci贸n del amor ", de la que habl贸 Pablo VI. El presente documento, sin pretender ser completo, ha indicado algunas de las direcciones en las que es urgente llevar a cabo reformas en profundidad.

99.3 La tarea prioritaria, que condiciona el logro de todas las dem谩s, es de orden educativo. El amor que gu铆a el compromiso debe, ya desde ahora, generar nuevas solidaridades. Todos los hombres de buena voluntad est谩n convocados a estas tareas, que se imponen de una manera apremiante a la conciencia cristiana.

99.4 La verdad del misterio de salvaci贸n act煤a en el hoy de la historia para conducirla a la humanidad rescatada hacia la perfecci贸n del Reino, que da su verdadero sentido a los necesarios esfuerzos de liberaci贸n de orden econ贸mico, social y pol铆tico, impidi茅ndoles caer en nuevas servidumbres.

Un reto formidable

100 Es cierto que ante la amplitud y complejidad de la tarea, que puede exigir la donaci贸n de uno hasta el hero铆smo, muchos se sienten tentados por el desaliento, el escepticismo o la aventura desesperada.

100.1 Un reto formidable se lanza a la esperanza, teologal y humana. La Virgen magn谩nima del Magn铆ficat, que envuelve a la Iglesia y a la humanidad con su plegaria, es el firme soporte de la esperanza. En efecto, en ella contemplamos la victoria del amor divino que ning煤n obst谩culo puede detener y descubrimos a qu茅 sublime libertad Dios eleva a los humildes. En el camino trazado por ella, hay que avanzar con un gran impulso de fe la cual act煤a mediante la caridad.

100.2 El Santo Padre Juan Pablo II, durante una Audiencia concedida al infrascripto Prefecto, ha aprobado esta Instrucci贸n, acordada en reuni贸n ordinaria de la Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, y ha ordenado su publicaci贸n.

Dado en Roma, en la sede de la Congregaci贸n, el d铆a 22 de marzo de 1986, Solemnidad de la Anunciaci贸n del Se帽or.

IOSEPH Card. RATZINGER
Prefecto

+ ALBERTO BOVONE
Arzobispo Tit. de Cesarea de Numidia
Secretario


1

Cf. Constituci贸n pastoral Gaudium et spes y Declaraci贸n Dignitatis humanae del Concilio Ecum茅nico Vaticano II; Enc铆clicas Mater et Magistra, Pacem in terris, Populorum progressio, Redemptor hominis y Laborem exercens; Exhortaciones Apost贸licas Evangelii nuntiandi y Reconciliatio et poenitentia; Carta Apost贸lica Octogessima adveniens. Juan Pablo II ha tratado este tema en su Discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla de los Angeles: AAS 71 (1979), 187-205. Ha vuelto sobre el tema en otras ocasiones. Este tema ha sido tambi茅n tratado en el S铆nodo de los Obispos en 1971 y 1974. Las Conferencias del Episcopado Latinoamericano lo han hecho objeto directo de sus reflexiones. Tambi茅n ha atra铆do la atenci贸n de otros Episcopados, como el franc茅s: Liberaci贸n de los hombres y salvaci贸n en Jesucristo, 1975.

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