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Concilio de Trento, Documentos del Concilio de Trento
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EL SACRIFICIO EUCAR√ćSTICO

SESI√ďN XXII

Que es la VI celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pío IV en 17 de setiembre de 1562.

DOCTRINA SOBRE EL SACRIFICIO DE LA MISA

El sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido de los mismos Legados de la Sede Apost√≥lica, procurando que se conserve en la santa Iglesia cat√≥lica en toda su pureza la fe y doctrina antigua, absoluta, y en todo perfecta del gran misterio de la Eucarist√≠a, disipados todos los errores y herej√≠as; instruida por la ilustraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, ense√Īa, declara y decreta que respecto de ella, en cuanto es verdadero y singular sacrificio, se prediquen a los fieles los dogmas que se siguen.

CAP. I. De la institución del sacrosanto sacrificio de la Misa.

Por cuanto bajo el antiguo Testamento, como testifica el Ap√≥stol san Pablo, no hab√≠a consumaci√≥n (o perfecta santidad), a causa de la debilidad del sacerdocio de Lev√≠; fue conveniente, disponi√©ndolo as√≠ Dios, Padre de misericordias, que naciese otro sacerdote seg√ļn el orden de Melquisedech, es a saber, nuestro Se√Īor Jesucristo, que pudiese completar, y llevar a la perfecci√≥n cuantas personas hab√≠an de ser santificadas. El mismo Dios, pues, y Se√Īor nuestro, aunque se hab√≠a de ofrecer a s√≠ mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redenci√≥n eterna; con todo, como su sacerdocio no hab√≠a de acabarse con su muerte; para dejar en la √ļltima cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, seg√ļn requiere la condici√≥n de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se hab√≠a de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisi√≥n de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declar√≥ sacerdote seg√ļn el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreci√≥ a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dio a sus Ap√≥stoles, a quienes entonces constitu√≠a sacerdotes del nuevo Testamento, para que lo recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mand√°ndoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen, por estas palabras: Haced esto en memoria m√≠a; como siempre lo ha entendido y ense√Īado la Iglesia cat√≥lica. Porque habiendo celebrado la antigua pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel sacrificaba en memoria de su salida de Egipto; se instituy√≥ a s√≠ mismo nueva pascua para ser sacrificado bajo signos visibles a nombre de la Iglesia por el ministerio de los sacerdotes, en memoria de su tr√°nsito de este mundo al Padre, cuando derramando su sangre nos redimi√≥, nos sac√≥ del poder de las tinieblas y nos transfiri√≥ a su reino. Y esta es, por cierto, aquella oblaci√≥n pura, que no se puede manchar por indignos y malos que sean los que la hacen; la misma que predijo Dios por Malach√≠as, que se hab√≠a de ofrecer limpia en todo lugar a su nombre, que hab√≠a de ser grande entre todas las gentes; y la misma que significa sin obscuridad el Ap√≥stol san Pablo, cuando dice escribiendo a los Corintios: Que no pueden ser part√≠cipes de la mesa del Se√Īor, los que est√°n manchados con la participaci√≥n de la mesa de los demonios; entendiendo en una y otra parte por la mesa del altar. Esta es finalmente aquella que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita; pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumaci√≥n y perfecci√≥n de todos ellos.

CAP. II. El sacrificio de la Misa es propiciatorio no sólo por los vivos, sino también por los difuntos.

Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreci√≥ por una vez cruentamente en el ara de la cruz; ense√Īa el santo Concilio, que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por √©l, que si nos acercamos al Se√Īor contritos y penitentes, si con sincero coraz√≥n, y recta fe, si con temor y reverencia; conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios. En efecto, aplacado el Se√Īor con esta oblaci√≥n, y concediendo la gracia, y don de la penitencia, perdona los delitos y pecados por grandes que sean; porque la hostia es una misma, uno mismo el que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes, que el que entonces se ofreci√≥ a s√≠ mismo en la cruz, con sola la diferencia del modo de ofrecerse. Los frutos por cierto de aquella oblaci√≥n cruenta se logran abundant√≠simamente por esta incruenta: tan lejos est√° que esta derogue de modo alguno a aquella. De aqu√≠ es que no s√≥lo se ofrece con justa raz√≥n por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven; sino tambi√©n, seg√ļn la tradici√≥n de los Ap√≥stoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados.

CAP. III. De las Misas en honor de los Santos.

Y aunque la Iglesia haya tenido la costumbre de celebrar en varias ocasiones algunas Misas en honor y memoria de los santos; ense√Īa no obstante que no se ofrece a estos el sacrificio, sino s√≥lo a Dios que les dio la corona; de donde es, que no dice el sacerdote: Yo te ofrezco, o san Pedro, u, o san Pablo, sacrificio; sino que dando gracias a Dios por las victorias que estos alcanzaron, implora su patrocinio, para que los mismos santos de quienes hacemos memoria en la tierra, se dignen interceder por nosotros en el cielo.

CAP. IV. Del C√°non de la Misa.

Y siendo conveniente que las cosas santas se manejen santamente; constando ser este sacrificio el m√°s santo de todos; estableci√≥ muchos siglos ha la Iglesia cat√≥lica, para que se ofreciese, y recibiese digna y reverentemente, el sagrado C√°non, tan limpio de todo error, que nada incluye que no de a entender en sumo grado, cierta santidad y piedad, y levante a Dios los √°nimos de los que sacrifican; porque el C√°non consta de las mismas palabras del Se√Īor, y de las tradiciones de los Ap√≥stoles, as√≠ como tambi√©n de los piadosos estatutos de los santos Pont√≠fices.

CAP. V. De las ceremonias y ritos de la Misa.

Siendo tal la naturaleza de los hombres, que no se pueda elevar f√°cilmente a la meditaci√≥n de las cosas divinas sin auxilios, o medios extr√≠nsecos; nuestra piadosa madre la Iglesia estableci√≥ por esta causa ciertos ritos, es a saber, que algunas cosas de la Misa se pronuncien en voz baja, y otras con voz m√°s elevada. Adem√°s de esto se vali√≥ de ceremonias, como bendiciones m√≠sticas, luces, inciensos, ornamentos, y otras muchas cosas de este g√©nero, por ense√Īanza y tradici√≥n de los Ap√≥stoles; con el fin de recomendar por este medio la majestad de tan grande sacrificio, y excitar los √°nimos de los fieles por estas se√Īales visibles de religi√≥n y piedad a la contemplaci√≥n de los alt√≠simos misterios, que est√°n ocultos en este sacrificio.

CAP. VI. De la Misa en que comulga el sacerdote solo.

Quisiera por cierto el sacrosanto Concilio que todos los fieles que asistiesen a las Misas comulgasen en ellas, no s√≥lo espiritualmente, sino recibiendo tambi√©n sacramentalmente la Eucarist√≠a; para que de este modo les resultase fruto m√°s copioso de este sant√≠simo sacrificio. No obstante, aunque no siempre se haga esto, no por eso condena como privadas e il√≠citas las Misas en que s√≥lo el sacerdote comulga sacramentalmente, sino que por el contrario las aprueba, y las recomienda; pues aquellas Misas se deben tambi√©n tener con toda verdad por comunes de todos; parte porque el pueblo comulga espiritualmente en ellas, y parte porque se celebran por un ministro p√ļblico de la Iglesia, no s√≥lo por s√≠, sino por todos los fieles, que son miembros del cuerpo de Cristo.

CAP. VII. Del agua que se ha de mezclar en el vino que se ofrece en el c√°liz.

Amonesta adem√°s el santo Concilio, que es precepto de la Iglesia que los sacerdotes mezclen agua con el vino que han de ofrecer en el c√°liz; ya porque se cree que as√≠ lo hizo Cristo nuestro Se√Īor; ya tambi√©n porque sali√≥ agua y juntamente sangre de su costado, en cuya mezcla se nos recuerda aquel misterio; y llamando el bienaventurado Ap√≥stol san Juan a los pueblos Aguas, se representa la uni√≥n del mismo pueblo fiel con su cabeza Cristo.

CAP. VIII. No se celebre la Misa en lengua vulgar: expl√≠quense sus misterios al p√ļblico.

Aunque la Misa incluya mucha instrucci√≥n para el pueblo fiel; sin embargo no ha parecido conveniente a los Padres que se celebre en todas partes en lengua vulgar. Con este motivo manda el santo Concilio a los Pastores, y a todos los que tienen cura de almas, que conservando en todas partes el rito antiguo de cada iglesia, aprobado por la santa Iglesia Romana, madre y maestra de todas las iglesias, con el fin de que las ovejas de Cristo no padezcan hambre, o los p√°rvulos pidan pan, y no haya quien se lo parta; expongan frecuentemente, o por s√≠, o por otros, alg√ļn punto de los que se leen en la Misa, en el tiempo en que esta se celebra, y entre los dem√°s declaren, especialmente en los domingos y d√≠as de fiesta, alg√ļn misterio de este sant√≠simo sacrificio.

CAP. IX. Introducción a los siguientes Cánones.

Por cuanto se han esparcido con este tiempo muchos errores contra estas verdades de fe, fundadas en el sacrosanto Evangelio, en las tradiciones de los Ap√≥stoles, y en la doctrina de los santos Padres; y muchos ense√Īan y disputan muchas cosas diferentes; el sacrosanto Concilio, despu√©s de graves y repetidas ventilaciones, tenidas con madurez, sobre estas materias; ha determinado por consentimiento un√°nime de todos los Padres, condenar y desterrar de la santa Iglesia por medio de los C√°nones siguientes todos los errores que se oponen a esta pur√≠sima fe, y sagrada doctrina.

C√ĀNONES DEL SACRIFICIO DE LA MISA

CAN. I. Si alguno dijere, que no se ofrece a Dios en la Misa verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse este no es otra cosa que darnos a Cristo para que le comamos; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que en aquellas palabras: Haced esto en mi memoria, no instituyó Cristo sacerdotes a los Apóstoles, o que no los ordenó para que ellos, y los demás sacerdotes ofreciesen su cuerpo y su sangre; sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere, que el sacrificio de la Misa es solo sacrificio de alabanza, y de acción de gracias, o mero recuerdo del sacrificio consumado en la cruz; mas que no es propiciatorio; o que sólo aprovecha al que le recibe; y que no se debe ofrecer por los vivos, ni por los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones, ni otras necesidades; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere, que se comete blasfemia contra el santísimo sacrificio que Cristo consumó en la cruz, por el sacrificio de la Misa; o que por este se deroga a aquel; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere, que es impostura celebrar Misas en honor de los santos, y con el fin de obtener su intercesión para con Dios, como intenta la Iglesia; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijere, que el C√°non de la Misa contiene errores, y que por esta causa se debe abrogar; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que las ceremonias, vestiduras y signos externos, que usa la Iglesia católica en la celebración de las Misas, son más bien incentivos de impiedad, que obsequios de piedad; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere, que las Misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas, y que por esta causa se deben abrogar; sea excomulgado.

CAN. IX. Si alguno dijere, que se debe condenar el rito de la Iglesia Romana, seg√ļn el que se profieren en voz baja una parte del C√°non, y las palabras de la consagraci√≥n; o que la Misa debe celebrarse s√≥lo en lengua vulgar, o que no se debe mezclar el agua con el vino en el c√°liz que se ha de ofrecer, porque esto es contra la instituci√≥n de Cristo; sea excomulgado.

DECRETO SOBRE LO QUE SE HA DE OBSERVAR, Y EVITAR EN LA CELEBRACI√ďN DE LA MISA

Cu√°nto cuidado se deba poner para que se celebre, con todo el culto y veneraci√≥n que pide la religi√≥n, el sacrosanto sacrificio de la Misa, f√°cilmente podr√° comprenderlo cualquiera que considere, que llama la sagrada Escritura maldito el que ejecuta con negligencia la obra de Dios. Y si necesariamente confesamos que ninguna otra obra pueden manejar los fieles cristianos tan santa, ni tan divina como este tremendo misterio, en el que todos los d√≠as se ofrece a Dios en sacrificio por los sacerdotes en el altar aquella hostia vivificante, por la que fuimos reconciliados con Dios Padre; bastante se deja ver tambi√©n que se debe poner todo cuidado y diligencia en ejecutarla con cuanta mayor inocencia y pureza interior de coraz√≥n, y exterior demostraci√≥n de devoci√≥n y piedad se pueda. Y constando que se han introducido ya por vicio de los tiempos, ya por descuido y malicia de los hombres, muchos abusos ajenos de la dignidad de tan grande sacrificio; decreta el santo Concilio para restablecer su debido honor y culto, a gloria de Dios y edificaci√≥n del pueblo cristiano, que los Obispos Ordinarios de los lugares cuiden con esmero, y est√©n obligados a prohibir, y quitar todo lo que ha introducido la avaricia, culto de los √≠dolos; o la irreverencia, que apenas se puede hallar separada de la impiedad; o la superstici√≥n, falsa imitadora de la piedad verdadera. Y para comprender muchos abusos en pocas palabras; en primer lugar, prohiban absolutamente (lo que es propio de la avaricia) las condiciones de pags de cualquier especie, los contratos y cuanto se da por la celebraci√≥n de las Misas nuevas, igualmente que las importunas, y groseras cobranzas de las limosnas, cuyo nombre merecen m√°s bien que el de demandas, y otros abusos semejantes que no distan mucho del pecado de simon√≠a, o a lo menos de una s√≥rdida ganancia. Despu√©s de esto, para que se evite toda irreverencia, ordene cada Obispo en sus di√≥cesis, que no se permita celebrar Misa a ning√ļn sacerdote vago y desconocido. Tampoco permitan que sirva al altar santo, o asista a los oficios ning√ļn pecador p√ļblico y notorio: ni toleren que se celebre este santo sacrificio por seculares, o regulares, cualesquiera que sean, en casas de particulares, ni absolutamente fuera de la iglesia y oratorios √ļnicamente dedicados al culto divino, los que han de se√Īalar, y visitar los mismos Ordinarios, con la circunstancia no obstante, de que los concurrentes declaren con la decente y modesta compostura de su cuerpo, que asisten a √©l no s√≥lo con el cuerpo, sino con el √°nimo y afectos devotos de su coraz√≥n. Aparten tambi√©n de sus iglesias aquellas m√ļsicas en que ya con el √≥rgano, ya con el canto se mezclan cosas impuras y lascivas; as√≠ como toda conducta secular, conversaciones in√ļtiles, y consiguientemente profanas, paseos, estr√©pitos y vocer√≠as; para que, precavido esto, parezca y pueda con verdad llamarse casa de oraci√≥n la casa del Se√Īor. Ultimamente, para que no se de lugar a ninguna superstici√≥n, prohiban por edictos, y con imposici√≥n de penas que los sacerdotes celebren fuera de las horas debidas, y que se valgan en la celebraci√≥n de las Misas de otros ritos, o ceremonias, y oraciones que de las que est√©n aprobadas por la Iglesia, y adoptadas por el uso com√ļn y bien recibido. Destierren absolutamente de la Iglesia el abuso de decir cierto n√ļmero de Misas con determinado n√ļmero de luces, inventado m√°s bien por esp√≠ritu de superstici√≥n que de verdadera religi√≥n; y ense√Īen al pueblo cu√°l es, y de d√≥nde proviene especialmente el fruto precios√≠simo y divino de este sacrosanto sacrificio. Amonesten igualmente su pueblo a que concurran con frecuencia a sus parroquias, por lo menos en los domingos y fiestas m√°s solemnes. Todas estas cosas, pues, que sumariamente quedan mencionadas, se proponen a todos los Ordinarios de los lugares en t√©rminos de que no s√≥lo las prohiban o manden, las corrijan o establezcan; sino todas las dem√°s que juzguen conducentes al mismo objeto, vali√©ndose de la autoridad que les ha concedido el sacrosanto Concilio, y tambi√©n aun como delegados de la Sede Apost√≥lica, obligando los fieles a observarlas inviolablemente con censuras eclesi√°sticas, y otras penas que establecer√°n a su arbitrio: sin que obsten privilegios algunos, exenciones, apelaciones, ni costumbres.

DECRETO SOBRE LA REFORMA

El mismo sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido de los mismos Legados de la Sede Apostólica, ha determinado establecer en la presente Sesión lo que se sigue en prosecución de la materia de la reforma.

CAP. I. Innóvanse los decretos pertenecientes a la vida, y honesta conducta de los clérigos.

No hay cosa que vaya disponiendo con m√°s constancia los fieles a la piedad y culto divino, que la vida y ejemplo de los que se han dedicado a los sagrados ministerios; pues consider√°ndoles los dem√°s como situados en lugar superior a todas las cosas de este siglo, ponen los ojos en ellos como en un espejo, de donde toman ejemplos que imitar. Por este motivo es conveniente que los cl√©rigos, llamados a ser parte de la suerte del Se√Īor, ordenen de tal modo toda su vida y costumbres, que nada presenten en sus vestidos, porte, pasos, conversaci√≥n y todo lo dem√°s, que no manifieste a primera vista gravedad, modestia y religi√≥n. Huyan tambi√©n de las culpas leves, que en ellos ser√≠an grav√≠simas; para inspirar as√≠ a todos veneraci√≥n con sus acciones. Y como a proporci√≥n de la mayor utilidad, y ornamento que da esta conducta a la Iglesia de Dios, con tanta mayor diligencia se debe observar; establece el santo Concilio que guarden en adelante, bajo las mismas penas, o mayores que se han de imponer a arbitrio del Ordinario, cuanto hasta ahora se ha establecido, con mucha extensi√≥n y provecho, por los sumos Pont√≠fices, y sagrados concilios sobre la conducta de vida, honestidad, decencia y doctrina que deben mantener los cl√©rigos; as√≠ como sobre el fausto, convitonas, bailes, dados, juegos y cualesquiera otros cr√≠menes; e igualmente sobre la aversi√≥n con que deben huir de los negocios seculares; sin que pueda suspender ninguna apelaci√≥n la ejecuci√≥n de este decreto perteneciente a la correcci√≥n de las costumbres. Y si hallaren que el uso contrario ha anulado algunas de aquellas disposiciones, cuiden de que se pongan en pr√°ctica lo m√°s presto que pueda ser, y que todos las observen exactamente, sin que obsten costumbres algunas cualesquiera que sean; para que haci√©ndolo as√≠, no tengan que pagar los mismos Ordinarios a la divina justicia las penas correspondientes a su descuido en la enmienda de sus s√ļbditos.

CAP. II. Cu√°les deban ser los promovidos a las iglesias catedrales.

Cualquiera que en adelante haya de ser electo para gobernar iglesias catedrales, debe estar plenamente adornado no s√≥lo de las circunstancias de nacimiento, edad, costumbres, conducta de vida, y todo lo dem√°s que requieren los sagrados C√°nones; sino que tambi√©n ha de estar constituido de antemano, a lo menos por el tiempo de seis meses, en las sagradas √≥rdenes; debiendo tomarse los informes sobre todas estas circunstancias, a no haber noticia alguna de √©l en la curia, o ser muy recientes las que haya, de los Legados de la Sede Apost√≥lica, o de los Nuncios de las provincias, o de su Ordinario, y en defecto de este, de los Ordinarios m√°s inmediatos. Adem√°s de esto, ha de estar instruido de manera que pueda desempe√Īar las obligaciones del cargo que se le ha de conferir; y por esta causa ha de haber obtenido antes leg√≠timamente en universidad de estudios el grado de maestro, o doctor, o licenciado en sagrada teolog√≠a, o derecho can√≥nico; o se ha de comprobar por medio de testimonio p√ļblico de alguna Academia, que es id√≥neo para ense√Īar a otros. Si fuere Regular, tenga certificaciones equivalentes de los superiores de su religi√≥n. Y todos los mencionados de quienes se ha de tomar el conocimiento y testimonios, est√©n obligados a darlos con veracidad y de balde; y a no hacerlo as√≠, tendr√°n entendido que han gravado mortalmente sus conciencias, y que tendr√°n a Dios, y a sus superiores por jueces, que tomar√°n la satisfacci√≥n correspondiente de ellos.

CAP. III. Cr√©ense distribuciones cotidianas de la tercera parte de todos los frutos; en quienes recaigan las porciones de los ausentes: casos que se except√ļan.

Los Obispos, aun como delegados Apost√≥licos, puedan repartir la tercera parte de cualesquiera frutos y rentas de todas las dignidades, personados y oficios que existen en las iglesias catedrales o colegiatas, en distribuciones que han de asignar a su arbitrio; es a saber, con el objeto de que no cumpliendo las personas que las obtienen, en cualquier d√≠a de los establecidos, el servicio personal que les competa en la iglesia, seg√ļn la forma que prescriban los Obispos, pierdan la distribuci√≥n de aquel d√≠a, sin que de modo alguno adquieran su dominio, sino que se ha de aplicar a la f√°brica de la iglesia, si lo necesitare, o a otro lugar piadoso, a voluntad del Ordinario. Si persistieren contumaces, procedan contra ellos seg√ļn lo establecido en los sagrados c√°nones. Mas si alguna de las mencionadas dignidades, por derecho o costumbre, no tuvieren en las catedrales o colegiatas jurisdicci√≥n, administraci√≥n u oficio, pero s√≠ tengan a su cargo cura de almas en las di√≥cesis fuera de la ciudad, a cuyo desempe√Īo quiera dedicarse el que obtiene la dignidad; t√©ngase presente en este caso por todo el tiempo que residiere y sirviere en la iglesia curada, como si estuviese presente, y asistiese a los divinos oficios en las catedrales y colegiatas. Esta disposici√≥n se ha de entender s√≥lo respecto de aquellas iglesias en que no hay estatuto alguno, ni costumbre de que las mencionadas dignidades que no residen, pierdan alguna cosa que ascienda a la tercera parte de los frutos y rentas referidas; sin que sirvan de obst√°culo ningunas costumbres, aunque sean inmemoriales, exenciones y estatutos, aun confirmados con juramento, y cualquiera otra autoridad.

CAP. IV. No tengan voto en cabildo de catedrales o colegiatas, los que no estén ordenados in sacris. Calidades y obligaciones de los que obtienen beneficios en estas iglesias.

No tenga voz en los cabildos de las catedrales o colegiatas, seculares o regulares, ninguno que dedicado en ellas a los divinos oficios, no est√© ordenado a lo menos de subdi√°cono, aunque los dem√°s capitulares se la hayan concedido libremente. Y los que obtienen, u obtuvieren en adelante en dichas iglesias dignidades, personados, oficios, prebendas, porciones y cualesquiera otros beneficios, a los que est√°n anexas varias cargas; es a saber, que unos digan, o canten misas, otros evangelios y otras ep√≠stolas; est√©n obligados, por privilegio, exenci√≥n, prerrogativa o nobleza que tengan, a recibir dentro de un a√Īo, cesando todo justo impedimento, los √≥rdenes requeridos; de otro modo incurran en las penas contenidas en la constituci√≥n del concilio de Viena, que principia: Ut ii, qui; la que este santo Concilio renueva por el presente decreto; debiendo obligarlos los Obispos a que ejerzan por s√≠ mismos en los d√≠as determinados las dichas √≥rdenes, y cumplan todos los dem√°s oficios con que deben contribuir al culto divino, bajo las penas mencionadas, y otras m√°s graves que impongan a su arbitrio. Ni se haga en adelante estas provisiones en otras personas que en las que conozca tienen ya la edad y todas las dem√°s circunstancias requeridas; y a no ser as√≠, quede √≠rrita la provisi√≥n.

CAP. V. Cométanse al Obispo las dispensas extra Curiam, y examínelas este.

Las dispensas que se hayan de conceder, por cualquiera autoridad que sea, si se cometieren fuera de la curia Romana, cométanse a los Ordinarios de las personas que las impetren. Mas no tengan efecto las que se concedieren graciosamente, si examinadas primero sólo sumaría y extrajudicialmente por los mismos Ordinarios, como delegados Apostólicos, no hallasen estos que las preces expuestas carecen del vicio de obrepción o subrepción.

CAP. VI. Las √ļltimas voluntades s√≥lo se han de conmutar con mucha circunspecci√≥n.

Conozcan los Obispos sumaria y extrajudicialmente, como delegados de la Sede Apost√≥lica, de las conmutaciones de las √ļltimas voluntades, que no deber√°n hacerse sino por justa y necesaria causa; ni se pasar√° a ponerlas en ejecuci√≥n sin que primero les conste que no se expres√≥ en las preces ninguna cosa falsa, ni se ocult√≥ la verdad.

CAP. VII. Se renueva el cap. Romana de Appellationibus, in sexto.

Estén obligados los Legados y Nuncios Apostólicos, los Patriarcas, Primados y Metropolitanos a observar en las apelaciones interpuestas para ante ellos, en cualesquiera causas, tanto para admitirlas, como para conceder las inhibiciones después de la apelación, la forma y tenor de las sagradas constituciones, en especial la de Inocencio IV, que principia: Romana; sin que obsten en contrario costumbre alguna, aunque sea inmemorial, estilo, o privilegio: de otro modo sean ipso jure nulas las inhibiciones, procesos y demás autos que se hayan seguido.

CAP. VIII. Ejecuten los Obispos todas las disposiciones pías: visiten todos los lugares de caridad, como no estén bajo la protección inmediata de los Reyes.

Los Obispos, aun como delegados de la Sede Apost√≥lica, sean en los casos concedidos por derecho, ejecutores de todas las disposiciones piadosas hechas tanto por la √ļltima voluntad, como entre vivos: tengan tambi√©n derecho de visitar los hospitales y colegios, sean los que fuesen, as√≠ como las cofrad√≠as de legos, aun las que llaman escuelas, o tienen cualquiera otro nombre; pero no las que est√°n bajo la inmediata protecci√≥n de los Reyes, a no tener su licencia. Conozcan tambi√©n de oficio, y hagan que tengan el destino correspondiente, seg√ļn lo establecido en los sagrados c√°nones, las limosnas de los montes de piedad o caridad, y de todos los lugares piadosos, bajo cualquiera nombre que tengan, aunque pertenezca su cuidado a personas legas, y aunque los mismos lugares piadosos gocen el privilegio de exenci√≥n; as√≠ como todas las dem√°s fundaciones destinadas por su establecimiento al culto divino, y salvaci√≥n de las almas, o alimento de los pobres; sin que obste costumbre alguna, aunque sea inmemorial, privilegio, ni estatuto.

CAP. IX. Den cuenta todos los administradores de obras pías al Ordinario, a no estar mandada otra cosa en las fundaciones.

Los administradores, as√≠ eclesi√°sticos como seculares de la f√°brica de cualquiera iglesia, aunque sea catedral, hospital, cofrad√≠a, limosnas de monte de piedad, y de cualesquiera otros lugares piadosos, est√©n obligados a dar cuenta al Ordinario de su administraci√≥n todos los a√Īos; quedando anuladas cualesquiera costumbres y privilegios en contrario; a no ser que por acaso est√© expresamente prevenida otra cosa en la fundaci√≥n o constituciones de la tal iglesia o f√°brica. Mas si por costumbre, privilegio, u otra constituci√≥n del lugar, se debieren dar las cuentas a otras personas deputadas para esto; en este caso, se ha de agregar tambi√©n a ellas el Ordinario; y los resguardos que no se den con estas circunstancias, de nada sirvan a dichos administradores.

CAP. X. Los notarios estén sujetos al examen, y juicio de los Obispos.

Origin√°ndose much√≠simos da√Īos de la impericia de los notarios, y siendo esta ocasi√≥n de much√≠simos pleitos; pueda el Obispo, aun como delegado de la Sede Apost√≥lica, examinar cualesquiera notarios, aunque est√©n creados por autoridad Apost√≥lica, Imperial o Real: y no hall√°ndoseles id√≥neos, o hallando que algunas veces han delinquido en su oficio, prohibirles perpetuamente, o por tiempo limitado el uso, y ejercicio de su oficio en negocios, pleitos y causas eclesi√°sticas y espirituales; sin que su apelaci√≥n suspenda la prohibici√≥n del Obispo.

CAP. XI. Penas de los que usurpan los bienes de cualquiera iglesia o lugar piadoso.

Si la codicia, raíz de todos los males, llegare a dominar en tanto grado a cualquiera clérigo o lego, distinguido con cualquiera dignidad que sea, aun la Imperial o Real, que presumiere invertir en su propio uso, y usurpar por sí o por otros, con violencia, o infundiendo terror, o valiéndose también de personas supuestas, eclesiásticas o seculares, o con cualquiera otro artificio, color o pretexto, la jurisdicción, bienes, censos y derechos, sean feudales o enfitéuticos, los frutos, emolumentos, o cualesquiera obvenciones de alguna iglesia, o de cualquiera beneficio secular o regular, de montes de piedad, o de otros lugares piadosos, que deben invertirse en socorrer las necesidades de los ministros y pobres; o presumiere estorbar que los perciban las personas a quienes de derecho pertenecen; quede sujeto a la excomunión por todo el tiempo que no restituya enteramente a la iglesia, y a su administrador, o beneficiado las jurisdicciones, bienes, efectos, derechos, frutos y rentas que haya ocupado, o que de cualquiera modo hayan entrado en su poder, aun por donación de persona supuesta, y además de esto haya obtenido la absolución del Romano Pontífice. Y si fuere patrono de la misma iglesia, quede también por el mismo hecho privado del derecho de patronato, además de las penas mencionadas. El clérigo que fuese autor de este detestable fraude y usurpación, o consintiere en ella, quede sujeto a las mismas penas, y además de esto privado de cualesquiera beneficios, inhábil para obtener cualquiera otro, y suspenso, a voluntad de su Obispo, del ejercicio de sus órdenes, aun después de estar absuelto, y haber satisfecho enteramente.

DECRETO SOBRE LA PRETENSI√ďN DE QUE SE CONCEDA EL C√ĀLIZ

Adem√°s de esto, habiendo reservado el mismo sacrosanto Concilio en la Sesi√≥n antecedente para examinar y definir, siempre que despu√©s se le presentase ocasi√≥n oportuna, dos art√≠culos propuestos en otra ocasi√≥n, y entonces no examinados; es a saber: Si las razones que tuvo la santa Iglesia cat√≥lica, para dar la comuni√≥n a los legos, y a los sacerdotes cuando no celebran, bajo sola la especie de pan, han de subsistir en tanto vigor, que por ning√ļn motivo se permita a ninguno el uso del c√°liz; y el segundo art√≠culo: Si pareciendo, en fuerza de algunos honestos motivos, conforme a la caridad cristiana, que se deba conceder el uso del c√°liz a alguna naci√≥n o reino, haya de ser bajo de algunas condiciones, y cu√°les sean estas: determinado ahora a dar providencia sobre este punto del modo m√°s conducente a la salvaci√≥n de las personas por quienes se hace la s√ļplica, ha decretado: Se remita este negocio, como por el presente decreto lo remite, a nuestro sant√≠simo se√Īor el Papa, quien con su singular prudencia har√° lo que juzgare √ļtil a la Rep√ļblica cristiana, y saludable a los que pretenden el uso del c√°liz.

Asignación de la sesión siguiente

Adem√°s de esto, se√Īala el mismo sacrosanto Concilio Tridentino para d√≠a de la Sesi√≥n futura la feria quinta despu√©s de la octava de la fiesta de todos los Santos, que ser√° el 12 del mes de noviembre, y en ella se har√°n los decretos sobre los sacramentos del Orden y del Matrimonio, etc.

Prorrógose la Sesión al día 15 de julio de 1563.

EL SACRAMENTO DEL ORDEN

SESI√ďN XXIII

Que es la VII celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pío IV en 15 de julio de 1563.

DOCTRINA DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

Verdadera y católica doctrina del sacramento del Orden, decretada y publicada por el santo Concilio de Trento en la Sesión VII, para condenar los errores de nuestro tiempo.

CAP. I. De la institución del sacerdocio de la nueva ley.

El sacrificio y el sacerdocio van de tal modo unidos por disposici√≥n divina, que siempre ha habido uno y otro en toda ley. Habiendo pues recibido la Iglesia cat√≥lica, por instituci√≥n del Se√Īor, en el nuevo Testamento, el santo y visible sacrificio de la Eucarist√≠a; es necesario confesar tambi√©n, que hay en la Iglesia un sacerdocio nuevo, visible y externo, en que se mud√≥ el antiguo. Y que el nuevo haya sido instituido por el mismo Se√Īor y Salvador, y que el mismo Cristo haya tambi√©n dado a los Ap√≥stoles y sus sucesores en el sacerdocio la potestad de consagrar, ofrecer y administrar su cuerpo y sangre, as√≠ como la de perdonar y retener los pecados; lo demuestran las sagradas letras, y siempre lo ha ense√Īado la tradici√≥n de la Iglesia cat√≥lica.

CAP. II. De las siete Ordenes.

Siendo el ministerio de tan santo sacerdocio una cosa divina, fue congruente para que se pudiese ejercer con mayor dignidad y veneraci√≥n, que en la constituci√≥n arreglada y perfecta de la Iglesia, hubiese muchas y diversas graduaciones de ministros, quienes sirviesen por oficios al sacerdocio, distribuidos de manera que los que estuviesen distinguidos con la tonsura clerical, fuesen ascendiendo de las menores √≥rdenes a las mayores; pues no s√≥lo menciona la sagrada Escritura claramente los sacerdotes, sino tambi√©n los di√°conos; ense√Īando con grav√≠simas palabras qu√© cosas en especial se han de tener presentes para ordenarlos: y desde el mismo principio de la Iglesia se conoce que estuvieron en uso, aunque no en igual graduaci√≥n, los nombres de las √≥rdenes siguientes, y los ministerios peculiares de cada una de ellas; es a saber, del subdi√°cono, ac√≥lito, exorcista, lector y ostiario o portero; pues los Padres y sagrados concilios numeran el subdiaconado entre las √≥rdenes mayores, y hallamos tambi√©n en ellos con suma frecuencia la menci√≥n de las otras inferiores.

CAP. III. Que el orden es verdadera y propiamente Sacramento.

Constando claramente por testimonio de la divina Escritura, de la tradici√≥n Apost√≥lica, y del consentimiento un√°nime de los Padres, que el orden sagrado, que consta de palabras y se√Īales exteriores, confiere gracia; ninguno puede dudar que el orden es verdadera y propiamente uno de los siete Sacramentos de la santa Iglesia; pues el Ap√≥stol dice: Te amonesto que despiertes la gracia de Dios que hay en ti por la imposici√≥n de mis manos: porque el esp√≠ritu que el Se√Īor nos ha dado no es de temor, sino de virtud, de amor y de sobriedad.

CAP. IV. De la jerarquía eclesiástica, y de la ordenación.

Y por cuanto en el sacramento del Orden, as√≠ como en el Bautismo y Confirmaci√≥n, se imprime un car√°cter que ni se puede borrar, ni quitar, con justa raz√≥n el santo Concilio condena la sentencia de los que afirman que los sacerdotes del nuevo Testamento s√≥lo tienen potestad temporal, o por tiempo limitado, y que los leg√≠timamente ordenados pueden pasar otra vez a legos, s√≥lo con que no ejerzan el ministerio de la predicaci√≥n. Porque cualquiera que afirmase que todos los cristianos son promiscuamente sacerdotes del nuevo Testamento, o que todos gozan entre s√≠ de igual potestad espiritual; no har√≠a m√°s que confundir la jerarqu√≠a eclesi√°stica, que es en s√≠ como un ej√©rcito ordenado en la campa√Īa; y ser√≠a lo mismo que si contra la doctrina del bienaventurado san Pablo, todos fuesen Ap√≥stoles, todos Profetas, todos Evangelistas, todos Pastores y todos Doctores. Movido de esto, decalra el santo Concilio, que adem√°s de los otros grados eclesi√°sticos, pertenecen en primer lugar a este orden jer√°rquico, los Obispos, que han sucedido en lugar de los Ap√≥stoles; que est√°n puestos por el Esp√≠ritu Santo, como dice el mismo Ap√≥stol, para gobernar la Iglesia de Dios; que son superiores a los presb√≠teros; que confieren el sacramento de la Confirmaci√≥n; que ordenan los ministros de la Iglesia, y pueden ejecutar otras muchas cosas, en cuyas funciones no tienen potestad alguna los dem√°s ministros de orden inferior. Ense√Īa adem√°s el santo Concilio, que para la ordenaci√≥n de los Obispos, de los sacerdotes, y dem√°s √≥rdenes, no se requiere el consentimiento, ni la vocaci√≥n, ni autoridad del pueblo, ni de ninguna potestad secular, ni magistrado, de modo que sin ella queden nulas las √≥rdenes; antes por el contrario decreta, que todos los que destinados e instituidos s√≥lo por el pueblo, o potestad secular, o magistrado, ascienden a ejercer estos ministerios, y los que se los arrogan por su propia temeridad, no se deben estimar por ministros de la Iglesia, sino por rateros y ladrones que no han entrado por la puerta. Estos son los puntos que ha parecido al sagrado Concilio ense√Īar generalmente a los fieles cristianos sobre el sacramento del Orden; resolviendo al mismo tiempo condenar la doctrina contraria a ellos, en propios y determinados c√°nones, del modo que se va a exponer, para que siguiendo todos, con el auxilio de Jesucristo, esta regla de fe, puedan entre las tinieblas de tantos errores, conocer f√°cilmente las verdades cat√≥licas, y conservarlas.

C√ĀNONES DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

CAN. I. Si alguno dijere, que no hay en el nuevo Testamento sacerdocio visible y externo; o que no hay potestad alguna de consagrar, y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del Se√Īor, ni de perdonar o retener los pecados; sino s√≥lo el oficio, y mero ministerio de predicar el Evangelio; o que los que no predican no son absolutamente sacerdotes; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que no hay en la Iglesia católica, además del sacerdocio, otras órdenes mayores, y menores, por las cuales, como por ciertos grados, se ascienda al sacerdocio; sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere, que el Orden, o la ordenaci√≥n sagrada, no es propia y verdaderamente Sacramento establecido por Cristo nuestro Se√Īor; o que es una ficci√≥n humana inventada por personas ignorantes de las materias eclesi√°sticas; o que s√≥lo es cierto rito para elegir los ministros de la palabra de Dios, y de los Sacramentos; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere, que no se confiere el Esp√≠ritu Santo por la sagrada ordenaci√≥n, y que en consecuencia son in√ļtiles estas palabras de los Obispos: Recibe el Esp√≠ritu Santo; o que el Orden no imprime car√°cter; o que el que una vez fue sacerdote, puede volver a ser lego; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere, que la sagrada unción de que usa la Iglesia en la colación de las sagradas órdenes, no sólo no es necesaria, sino despreciable y perniciosa, así como las otras ceremonias del Orden; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijera, que no hay en la Iglesia católica jerarquía establecida por institución divina, la cual consta de Obispos, presbíteros y ministros; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que los Obispos no son superiores a los presb√≠teros; o que no tienen potestad de confirmar y ordenar; o que la que tienen es com√ļn a los presb√≠teros; o que las √≥rdenes que confieren sin consentimiento o llamamiento del pueblo o potestad secular, son nulas; o que los que no han sido debidamente ordenados, ni enviados por potestad eclesi√°stica, ni can√≥nica, sino que vienen de otra parte, son ministros leg√≠timos de la predicaci√≥n y Sacramentos; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere, que los Obispos que son elevados a la dignidad episcopal por autoridad del Pontífice Romano, no son legítimos y verdaderos Obispos, sino una ficción humana; sea excomulgado.

DECRETO SOBRE LA REFORMA

El mismo sacrosanto Concilio de Trento, continuando la materia de la reforma, establece y decreta deben definirse las cosas que se siguen.

CAP. I. Se corrige la negligencia en residir de los que gobiernan las iglesias: se dan providencias para la cura de almas.

Estando mandado por precepto divino a todos los que tienen encomendada la cura de almas, que conozcan sus ovejas, ofrezcan sacrificio por ellas, las apacienten con la predicaci√≥n de la divina palabra, con la administraci√≥n de los Sacramentos, y con el ejemplo de todas las buenas obras; que cuiden paternalmnete de los pobres y otras personas infelices, y se dediquen a los dem√°s ministerios pastorales; cosas todas que de ning√ļn modo pueden ejecutar ni cumplir los que no velan sobre su reba√Īo, ni le asisten, sino le abandonan como mercenarios o asalariados; el sacrosanto Concilio los amonesta y exhorta a que, teniendo presentes los mandamientos divinos, y haci√©ndose el ejemplar de su grey, la apacienten y gobiernen en justicia y en verdad. Y para que los puntos que santa y √ļtilmente se establecieron antes en tiempo de Paulo III de feliz memoria sobre la residencia, no se extiendan violentamente a sentidos contrarios a la mente del sagrado Concilio, como si en virtud de aquel decreto fuese l√≠cito estar ausentes cinco meses continuos; el sacrosanto Concilio, insistiendo en ellos, declara que todos los Pastores que mandan, bajo cualquier nombre o t√≠tulo, en iglesias patriarcales, primadas, metropolitanas y catedrales, cualesquiera que sean, aunque sean Cardenales de la santa Romana Iglesia, est√°n obligados a residir personalmente en su iglesia, o en la di√≥cesis en que deban ejercer el ministerio que se les ha encomendado, y que no pueden estar ausentes sino por las causas, y del modo que se expresa en lo que sigue. Es a saber: cuando la caridad cristiana, las necesidades urgentes, obediencia debida y evidente utilidad de la Iglesia, y de la Rep√ļblica, pidan y obliguen a que alguna vez algunos est√©n ausentes; decreta el sacrosanto Concilio, que el beat√≠simo Romano Pont√≠fice, o el Metropolitano, o en ausencia de este, el Obispo sufrag√©neo m√°s antiguo que resida, que es el mismo que deber√° aprobar la ausencia del Metropolitano; deben dar por escrito la aprobaci√≥n de las causas de la ausencia leg√≠tima; a no ser que ocurra esta por hallarse sirviendo alg√ļn empleo u oficio de la Rep√ļblica, anejo a los Obispados; y como las causas de esto son notorias, y algunas veces repentinas, ni aun ser√° necesario dar aviso de ellas al Metropolitano. Pertenecer√° no obstante a este juzgar con el concilio provincial de las licencias que √©l mismo, o su sufrag√°neo haya concedido, y cuidar que ninguno abuse de este derecho, y que los contraventores sean castigados con las penas can√≥nicas. Entre tanto tengan presente los que se ausentan, que deben tomar tales providencias sobre sus ovejas, que en cuanto pueda ser, no padezcan detrimento alguno por su ausencia. Y por cuanto los que se ausentan s√≥lo por muy breve tiempo, no se reputan ausentes seg√ļn sentencia de los antiguos c√°nones, pues inmediatamente tienen que volver; quiere el sacrosanto Concilio, que fuera de las causas ya expresadas, no pase, por ninguna circunstancia, el tiempo de esta ausencia, sea continuo, o sea interrumpido, en cada un a√Īo, de dos meses, o a lo m√°s de tres; y que se tenga cuidado en no permitirla sino por causas justas, y sin detrimento alguno de la grey, dejando a la conciencia de los que se ausentan, que espera sea religiosa y timorata, la averiguaci√≥n de si es as√≠ o no; pues los corazones est√°n patentes a Dios, y su propio peligro los obliga a no proceder en sus obras con fraude ni simulaci√≥n. Entre tanto los amonesta y exhorta en el Se√Īor, que no falten de modo alguno a su iglesia catedral (a no ser que su ministerio pastoral los llame a otra parte dentro de su di√≥cesis) en el tiempo de Adviento, Cuaresma, Natividad, Resurrecci√≥n del Se√Īor, ni en los d√≠as de Pentecost√©s y Corpus Christi, en cuyo tiempo principalmente deben restablecerse sus ovejas, y regocijarse en el Se√Īor con la presencia de su Pastor. Si alguno no obstante, y ojal√° que nunca o si suceda, estuviese ausente contra lo dispuesto en este decreto; establece el sacrosanto Concilio, que adem√°s de las penas impuestas y renovadas en tiempo de Paulo III contra los que no residen, y adem√°s del reato de culpa mortal en que incurre; no hace suyos los frutos, respectivamente al tiempo de su ausencia, ni se los puede retener con seguridad de conciencia, aunque no se siga ninguna otra intimaci√≥n m√°s que esta; sino que est√° obligado por s√≠ mismo, o dejando de hacerlo ser√° obligado por el superior eclesi√°stico, a distribuirlos en f√°bricas de iglesias, o en limosnas a los pobres del lugar, quedando prohibida cualquiera convnci√≥n o composici√≥n que llaman composici√≥n por frutos mal cobrados, y por la que tambi√©n se le perdonasen en todo o en parte los mencionados frutos, sin que obsten privilegios ningunos concedidos a cualquiera colegio o f√°brica. Esto mismo absolutamente declara y decreta el sacrosanto Concilio, aun en orden a la culpa, p√©rdida de los frutos y penas, respecto de los curas inferiores, y cualesquiera otros que obtienen alg√ļn beneficio eclesi√°stico con cura de almas; pero con la circunstancia de que siempre que est√©n ausentes, tomando antes el Obispo conocimiento de la causa y aprob√°ndolo, dejen vicario id√≥neo que ha de aprobar el mismo Ordinario, con la debida asignaci√≥n de renta. Ni obtengan la licencia de ausentarse, que se ha de conceder por escrito y de gracia, sino por grave causa, y no m√°s que por el tiempo de dos meses. Y si citados por edicto, aunque no se les cite personalmente, fueren contumaces; quiere que sea libre a los Ordinarios obligarlos con censuras eclesi√°sticas, secuestro y privaci√≥n de frutos, y otros remedios del derecho, aun hasta llegar a privarles de sus beneficios; sin que se pueda suspender esta ejecuci√≥n por ning√ļn privilegio, licencia, familiaridad, exenci√≥n, ni aun por raz√≥n de cualquier beneficio que sea, ni por pacto, ni estatuto, aunque est√© confirmado con juramento, o con cualquiera otra autoridad, ni tampoco por costumbre inmemorial, que m√°s bien se debe reputar por corruptela, ni por apelaci√≥n, ni inhibici√≥n, aunque sea en la Curia Romana, o en virtud de la constituci√≥n Eugeniana. Ultimamente manda el santo Concilio, que tanto el decreto de Paulo III como este mismo se publiquen en los s√≠nodos provinciales y diocesanos; porque desea que cosas tan esenciales a la obligaci√≥n de los Pastores, y a la salvaci√≥n de las almas, se graben con repetidas intimaciones en los o√≠dos y √°nimos de todos, para que con el auxilio divino no las borre en adelante, ni la injuria de los tiempos, ni la falta de costumbre, ni el olvido de los hombres.

CAP. II. Reciban los Obispos la consagración dentro de tres meses: en qué lugar deba esta hacerse.

Los destinados al gobierno de iglesias catedrales o mayores que estas, bajo cualquier nombre y título que tengan, aunque sean Cardenales de la santa Iglesia Romana, si no se consagran dentro de tres meses, estén obligados a la restitución de los frutos que hayan percibido. Y si después de esto dejaren de consagrarse en otros tantos meses, queden privados de derecho de sus iglesias. Celébrese además la consagración, a no hacerse en la curia Romana, en la iglesia a que son promovidos, o en su provincia, si cómodamente puede ser.

CAP. III. Confieran los Obispos las órdenes por sí mismos.

Confieran los Obispos las √≥rdenes por s√≠ mismos; y si estuvieren impedidos por enfermedad, no den dimisorias a sus s√ļbditos para que sean ordenados por otro Obispo, si antes no los hubieren examinado y aprobado.

CAP. IV. Quiénes se han de ordenar de primera tonsura.

No se ordenen de primera tonsura los que no hayan recibido el sacramento de la Confirmación; y no estén instruidos en los rudimentos de la fe; ni los que no sepan leer y escribir; ni aquellos de quienes se conjeture prudentemente que han elegido este género de vida con el fraudulento designio de eximirse de los tribunales seculares, y no con el de dar a Dios fiel culto.

CAP. V. Qué circunstancias deban tener los que se quieren ordenar.

Los que haya de ser promovidos a las √≥rdenes menores, tengan testimonio favorable del p√°rroco, y del maestro del estudio en que se educan. Y los que hayan de ser ascendidos a cualquiera de las mayores, pres√©ntense un mes antes de ordenarse al Obispo, quien dar√° al p√°rroco u a otro que le parezca m√°s conveniente, la comisi√≥n para que propuestos p√ļblicamente en la iglesia los nombres, y resoluci√≥n de los que pretendieren ser promovidos, tome diligentes informes de personas fidedignas sobre el nacimiento de los mismos ordenandos, su edad, costumbres y vida; y remita lo m√°s presto que pueda al mismo Obispo las letras testimoniales, que contengan la averiguaci√≥n o informes que ha hecho.

CAP. VI. Para obtener beneficio eclesi√°stico se requiere la edad de catorce a√Īos: qui√©n deba gozar del privilegio del fuero.

Ning√ļn ordenado de primera tonsura, ni aun constituido en las √≥rdenes menores, pueda obtener beneficio antes de los catorce a√Īos de edad. Ni este goce del privilegio de fuero eclesi√°stico si no tiene beneficio o si no vista h√°bito clerical, y lleva tonsura, y sirve para asignaci√≥n del Obispo en alguna iglesia; o est√© en alg√ļn seminario clerical, o en alguna escuela, o universidad con licencia del Obispo, como en camino para recibir las √≥rdenes mayores. Respecto de los cl√©rigos casados, se ha de observar la constituci√≥n de Bonifacio VIII, que principia: Clerici, qui cum unicis: con la circunstancia de que asignados estos cl√©rigos por el Obispo al servicio o ministerio de alguna iglesia, sirvan o ministren en la misma, y usen de h√°bitos clericales y tonsura; sin que a ninguno excuse para esto privilegio alguno, o costumbre, aunque sea inmemorial.

CAP. VII. Del examen de los ordenandos.

Insistiendo el sagrado Concilio en la disciplina de los antiguos c√°nones, decreta que cuando el Obispo determinare hacer √≥rdenes, convoque a la ciudad todos los que pretendieren ascender al sagrado ministerio, en la feria cuarta pr√≥xima a las mismas √≥rdenes, o cuando al Obispo pareciere. Averig√ľe y examine con diligencia el mismo Ordinario, asoci√°ndose sacerdotes y otras personas prudentes instruidas en la divina ley, y ejercitadas en los c√°nones eclesi√°sticos, el linaje de los ordenandos, la persona, la edad, la crianza, las costumbres, la doctrina y la fe.

CAP. VIII. De qué modo, y quién debe promover los ordenandos.

Las sagradas √≥rdenes se han de hacer p√ļblicamente en los tiempos se√Īalados por derecho, y en la iglesia catedral, llamados para esto y concurriendo los can√≥nigos de la iglesia; mas si se celebran en otro lugar de la di√≥cesis, b√ļsquese siempre la iglesia m√°s digna que pueda ser, hall√°ndose presente el clero del lugar. Adem√°s de esto, cada uno ha de ser ordenado por su propio Obispo; y si pretendiese alguno ser promovido por otro, no se le permita de ninguna manera, ni aun con el pretexto de cualquier rescripto o privilegio general o particular, ni aun en los tiempos establecidos para las √≥rdenes; a no ser que su Ordinario d√© recomendable testimonio de su piedad y costumbres. Si se hiciere lo contrario; quede suspenso el que ordena por un a√Īo de conferir √≥rdenes, y el ordenado del ejercicio de las que haya recibido, por todo el tiempo que pareciere conveniente a su propio Ordinario.

CAP. IX. El Obispo que ordena a un familiar, confiérale inmediatamente beneficio.

No pueda ordenar el Obispo a familiar suyo que no sea s√ļbdito, como este no haya vivido con √©l por espacio de tres a√Īos; y confi√©rale inmediatamente un beneficio efectivo, si valerse de ning√ļn fraude; sin que obste en contrario costumbre alguna, aunque sea inmemorial.

CAP. X. Los Prelados inferiores a Obispos no confieran la tonsura, √ļ √≥rdenes menores, sino a regulares s√ļbditos suyos; ni aquellos, ni los cabildos, sean los que fueren, concedan dimisorias: imp√≥nense penas a los contraventores.

No sea permitido en adelante a los Abades, ni a ningunos otros, por exentos que sean, como est√©n dentro de los t√©rminos de alguna di√≥cesis, aunque no pertenezcan a alguna, y se llamen exentos, conferir la tonsura, o las √≥rdenes menores a ninguno que no fuere regular y s√ļbdito suyo; ni los mismos Abades, ni otros exentos, o colegios, o cabildos, sean los que fueren, aun los de iglesias catedrales, concedan dimisorias a cl√©rigos ningunos seculares, para que otros los ordenen; sino que la ordenaci√≥n de todos estos ha de pertenecer a los Obispos dentro de cuyos Obispados est√©n, d√°ndose entero cumplimiento a todo lo que se contiene en los decretos de este santo Concilio; sin que obsten ningunos privilegios, prescripciones, o costumbres, aunque sean inmemoriales. Manda tambi√©n que la pena impuesta a los que impetran, contra el decreto de este santo Concilio, hecho en tiempo de Paulo III, dimisorias del cabildo episcopal en sede vacante; se extienda a los que obtuviesen dichas dimisorias, no del cabildo, sino de otros cualesquiera que sucedan en la jurisdicci√≥n al Obispo en lugar del cabildo, en tiempo de la vacante. Los que concedan dimisorias contra la forma de este decreto, queden suspensos de derecho de su oficio y beneficio por un a√Īo.

CAP. XI. Obsérvense los intersticios, y otros ciertos preceptos en la colación de las órdenes menores.

Las √≥rdenes menores se han de conferir a los que entiendan por lo menos la lengua latina, mediando el intervalo de las t√©mporas, si no pareciere al Obispo m√°s conveniente otra cosa, para que con esto puedan instruirse con m√°s exactitud de cu√°n grave peso es el que impone esta disciplina; debiendo ejercitarse, a voluntad del Obispo, en cada uno de estos grados; y esto, en la iglesia a que se hallen asignados, si acaso no est√°n ausentes por causa de sus estudios; pasando de tal modo de un grado a otro, que con la edad crezcan en ellos el m√©rito de la vida, y la mayor instrucci√≥n; lo que comprobar√°n principalmente el ejemplo de sus buenas costumbres, su continuo servicio en la iglesia, y su mayor reverencia a los sacerdotes, y a los de otras √≥rdenes mayores, as√≠ como la mayor frecuencia que antes en la comuni√≥n del cuerpo de nuestro Se√Īor Jesucristo. Y siendo estos grados menores la entrada para ascender a los mayores, y a los misterios m√°s sacrosantos, no se confieran a ninguno que no se manifieste digno de recibir las √≥rdenes mayores por las esperanzas que prometa de mayor sabidur√≠a. Ni estos sean promovidos a las sagradas √≥rdenes sino un a√Īo despu√©s que recibieron el √ļltimo grado de las menores, a no pedir otra cosa la necesidad, o utilidad de la Iglesia, a juicio del Obispo.

CAP. XII. Edad que se requiere para recibir las órdenes mayores: sólo se deben promover los dignos.

Ninguno en adelante sea promovido a subdi√°cono antes de tener veinte y dos a√Īos de edad, ni a di√°cono antes de veinte y tres, ni a sacerdotes antes de veinte y cinco. Sepan no obstante los Obispos, que no todos los que se hallen en esta edad deben ser elegidos para las sagradas √≥rdenes, sino s√≥lo los dignos, y cuya recomendable conducta de vida sea de anciano. Tampoco se ordenen los regulares de menor edad, ni sin el diligente examen del Obispo; quedando excluidos enteramente cualesquiera privilegios en este punto.

CAP. XIII. Condiciones de los que se han de ordenar de subdiáconos y diáconos: no se confieran a uno mismo dos órdenes sagradas en un mismo día.

Ord√©nense de subdi√°conos y di√°conos los que tuvieron favorable testimonio de su conducta, y hayan merecido aprobaci√≥n en las √≥rdenes menores, y est√©n instruidos en las letras, y en lo que pertenece al ministerio de su orden. Los que con la divina gracia esperaren poder guardar continencia, sirvan en las iglesias a que est√©n asignados, y sepan que sobre todo es conveniente a su estado, que reciban la sagrada comuni√≥n a lo menos en los domingos y d√≠as de fiesta en que sirvieren al altar. No se permita, a no tener el Obispo por m√°s conveniente otra cosa, a los promovidos a la sagrada orden del subdiaconado, ascender a m√°s alto grado, si por un a√Īo a lo menos no se han ejercitado en √©l. Tampoco se confieran en un mismo d√≠a dos √≥rdenes sagradas, ni aun a los regulares; sin que obsten privilegios ningunos, ni cualesquiera indultos que hayan concedido a cualquiera.

CAP. XIV. Quiénes deban ser ascendidos al sacerdocio.

Los que se hayan portado con probidad y fidelidad en los ministerios que antes han ejercido, y son promovidos al orden del sacerdocio, han de tener testimonios favorables de su conducta, y sean no s√≥lo los que han servido de di√°conos un a√Īo entero, por lo menos, a no ser que el Obispo por la utilidad o necesidad de la iglesia dispusiese otra cosa, sino los que tambi√©n se hallen ser id√≥neos, precediendo diligente examen, para administrar los Sacramentos, y para ense√Īar al pueblo lo que es necesario que todos sepan para su salvaci√≥n; y adem√°s de esto, se distingan tanto por su piedad y pureza de costumbres, que se puedan esperar de ellos ejemplos sobresalientes de buena conducta, y saludables consejos de buena vida. Cuide tambi√©n el Obispo que los sacerdotes celebren misa a lo menos en los domingos, y d√≠as solemnes; y si tuvieren cura de almas, con tanta frecuencia, cuanta fuere menester para desempe√Īar su obligaci√≥n. Respecto de los promovidos per saltum, pueda dispensar el Obispo con causa leg√≠tima, si no hubieren ejercido sus funciones.

CAP. XV. Nadie oiga de confesión, a no estar aprobado por el Ordinario.

Aunque reciban los presb√≠teros en su ordenaci√≥n la potestad de absolver de los pecados; decreta no obstante el santo Concilio, que nadie, aunque sea Regular, pueda o√≠r de confesi√≥n a los seculares, aunque estos sean sacerdotes, ni tenerse por id√≥neo para o√≠rles; como no tenga alg√ļn beneficio parroquial; o los Obispos, por medio del examen, si les pareciere ser este necesario, o de otro modo, le juzguen id√≥neo; y obtenga la aprobaci√≥n, que se le debe conceder de gracia; sin que obsten privilegios, ni costumbre alguna, aunque sea inmemorial.

CAP. XVI. Los que se ordenan, asígnense a determinada iglesia.

No debiendo ordenarse ninguno que a juicio de su Obispo no sea √ļtil o necesario a sus iglesias; establece el santo Concilio, insistiendo en lo decretado por el c√°non sexto del concilio de Calcedonia, que ninguno sea ordenado en adelante que no se destine a la iglesia, o lugar de piedad, por cuya necesidad, o utilidad es ordenado, para que ejerza en ella sus funciones, y no ande vagando sin obligaci√≥n a determinada iglesia. Y en caso de que abandone su lugar, sin dar aviso de ello al Obispo; proh√≠basele el ejercicio de las sagradas √≥rdenes. Adem√°s de esto, no se admita por ning√ļn Obispo cl√©rigo alguno de fuera de su di√≥cesis a celebrar los misterios divinos, ni administrar los Sacramentos, sin letras testimoniales de su Ordinario.

CAP. XVII. Ejerzan las funciones de las órdenes menores las personas que estén constituidas en ellas.

El santo Concilio con el fin de que se restablezca, seg√ļn los sagrados c√°nones, el antiguo uso de las funciones de las santas √≥rdenes desde el diaconado hasta el ostiariato, loablemente adoptadas en la Iglesia desde los tiempos Apost√≥licos, e interrumpidas por tiempo en muchos lugares; con el fin tambi√©n de que no las desacrediten los herejes, not√°ndolas de superfluas; y deseando ardientemente el restablecimiento de esta antigua disciplina; decreta que no se ejerzan en adelante dichos ministerios, sino por pesonas constituidas en las √≥rdenes mencionadas; y exhortando en el Se√Īor a todos y a cada uno de los Prelados de las iglesias, les manda que cuiden con el esmero posible de restablecer estos oficios en las catedrales, colegiatas y parroquiales de sus di√≥cesis, si el vecindario de sus pueblos, y las rentas de la iglesia pueden sufragar a esta carga; asignando los estipendios de una parte de las rentas de algunos beneficios simples, o de la f√°brica de la iglesia, si tienen abundante renta, o juntamente de los beneficios y de la f√°brica, a las personas que ejerzan estas funciones; las que si fueren negligentes, podr√°n ser multadas en parte de sus estipendios, o privadas del todo, seg√ļn pareciere al Ordinario. Y si no hubiese a mano cl√©rigos celibatos para ejercer los ministerios de las cuatro √≥rdenes menores; podr√°n suplir por ellos, aun casados de buena vida, con tal que no sean bigamos, y sean capaces de ejercer dichos ministerios; debiendo tambi√©n llevar en la iglesia h√°bitos clericales, y estar tonsurados.

CAP. XVIII. Se da el método de erigir seminario de Clérigos, y educarlos en él.

Siendo inclinada la adolescencia a seguir los deleites mundanales, si no se la dirige rectamente, y no perseverando jam√°s en la perfecta observancia de la disciplina eclesi√°stica, sin un grand√≠simo y especial√≠simo auxilio de Dios, a no ser que desde sus m√°s tiernos a√Īos y antes que los h√°bitos viciosos lleguen a dominar todo el hombre, se les d√© crianza conforme a la piedad y religi√≥n; establece el santo Concilio que todas las catedrales, metropolitanas, e iglesias mayores que estas tengan obligaci√≥n de mantener, y educar religiosamente, e instruir en la disciplina eclesi√°stica, seg√ļn las facultades y extensi√≥n de la di√≥cesis, cierto n√ļmero de j√≥venes de la misma ciudad y di√≥cesis, o a no haberlos en estas, de la misma provincia, en un colegio situado cerca de las mismas iglesias, o en otro lugar oportuno a elecci√≥n del Obispo. Los que se hayan de recibir en este colegio tengan por lo menos doce a√Īos, y sean de leg√≠timo matrimonio; sepan competentemente leer y escribir, y den esperanzas por su buena √≠ndole e inclinaciones de que siempre continuar√°n sirviendo en los ministerios eclesi√°sticos. Quiere tambi√©n que se elijan con preferencia los hijos de los pobres, aunque no excluye los de los m√°s ricos, siempre que estos se mantengan a sus propias expensas, y manifiesten deseo de servir a Dios y a la Iglesia. Destinar√° el Obispo, cuando le parezca conveniente, parte de estos j√≥venes (pues todos han de estar divididos en tantas clases cuantas juzgue oportunas seg√ļn su n√ļmero, edad y adelantamiento en la disciplina eclesi√°stica) al servicio de las iglesias; parte detendr√° para que se instruyan en los colegios, poniendo otros en lugar de los que salieren instruidos, de suerte que sea este colegio un plantel perenne de ministros de Dios. Y para que con m√°s comodidad se instruyan en la disciplina eclesi√°stica, recibir√°n inmediatamente la tonsura, usar√°n siempre de h√°bito clerical; aprender√°n gram√°tica, canto, c√≥mputo eclesi√°stico, y otras facultades √ļtiles y honestas; tomar√°n de memoria la sagrada Escritura, los libros eclesi√°sticos, homil√≠as de los Santos, y las f√≥rmulas de administrar los Sacramentos, en especial lo que conduce a o√≠r las confesiones, y las de los dem√°s ritos y ceremonias. Cuide el Obispo de que asistan todos los d√≠as al sacrificio de la misa, que confiesen sus pecados a lo menos una vez al mes, que reciban a juicio del confesor el cuerpo de nuestro Se√Īor Jesucristo, y sirvan en la catedral y otras iglesias del pueblo en los d√≠as festivos. El Obispo con el consejo de dos can√≥nigos de los m√°s ancianos y graves, que √©l mismo elegir√°, arreglar√°, seg√ļn el Esp√≠ritu Santo le sugiriere, estas y otras cosas que sean oportunas y necesarias, cuidando en sus frecuentes visitas, de que siempre se observen. Castigar√°n gravemente a los d√≠scolos, e incorregibles, y a los que diesen mal ejemplo; expeli√©ndolos tambi√©n si fuese necesario; y quitando todos los obst√°culos que hallen, cuidar√°n con esmero de cuanto les parezca conducente para conservar y aumentar tan piadoso y santo establecimiento. Y por cuanto ser√°n necesarias rentas determinadas para levantar la f√°brica del colegio, pagar su estipendio a los maestros y criados, alimentar la juventud, y para otros gastos; adem√°s de los fondos, que est√°n destinados en algunas iglesias y lugares para instruir o mantener j√≥venes; que por el mismo caso se han de tener por aplicados a este seminario bajo la misma direcci√≥n del Obispo; este mismo con consejo de dos can√≥nigos de su cabildo, que uno ser√° elegido por √©l y otro por el mismo cabildo; y adem√°s de esto de dos cl√©rigos de la ciudad, cuya elecci√≥n se har√° igualmente de uno por el Obispo, y de otro para el clero; tomar√°n alguna parte, o porci√≥n de la masa entera de la mesa episcopal y capitular, y de cualesquiera dignidades, personados, oficios, prebendas, porciones, abad√≠as y prioratos de cualquier orden, aunque sea regular, o de cualquiera calidad o condici√≥n, as√≠ como de los hospitales que se dan en t√≠tulo o adminitraci√≥n, seg√ļn la constituci√≥n del concilio de Viena, que principia: Quia contingit; y de cualesquiera beneficios, aun de regulares, aunque sean de derecho de patronato, sea el que fuere, aunque sean exentos, aunque no sean de ninguna di√≥cesis, o sean anexos a otras iglesias, monasterios, hospitales, o a otros cualesquiera lugares piadosos, aunque sean exentos, y tambi√©n de las f√°bricas de las iglesias, y de otros lugares, as√≠ como de cualesquiera otras rentas, o productos eclesi√°sticos, aun de otros colegios, con tal que no haya actualmente en ellos seminarios de disc√≠pulos, o maestros para promover el bien com√ļn de la Iglesia; pues ha sido su voluntad que estos quedasen exentos, a excepci√≥n del sobrante de las rentas superfluas, despu√©s de sacado el conveniente sustento de los mismos seminarios; asimismo se tomar√°n de los cuerpos, confraternidades, que en algunos lugares se llaman escuelas, y de todos los monasterios, a excepci√≥n de los mendicantes; y de los diezmos que por cualquiera t√≠tulo pertenezcan a legos, y de que se suelen pagar subsidios eclesi√°sticos, o pertenezcan a soldados de cualquier milicia, u orden, exceptuando √ļnicamente los caballeros de san Juan de Jerusal√©n; y aplicar√°n e incorporar√°n a este colegio aquella porci√≥n que hayan separado seg√ļn el modo prescrito, as√≠ como algunos otros beneficios simples de cualquiera calidad y dignidad que fueren, o tambi√©n prestameras, o porciones de prestameras, aun destinadas antes de vacar, sin perjuicio de culto divino, ni de los que las obtienen. Y este establecimiento ha de tener lugar, aunque los beneficios sean reservados o pensionados, sin que puedan suspenderse, o impedirse de modo alguno estas uniones y aplicaciones por la resignaci√≥n de los mismos beneficios; sin que pueda obstar absolutamente constituci√≥n, ni vacante alguna, aunque tenga su efecto en la curia Romana. El Obispo del lugar por medio de censuras eclesi√°sticas, y otros remedios de derecho, y aun implorando para esto, si le pareciese, el auxilio del brazo secular; obligue a pagar esta porci√≥n a los poseedores de los beneficios, dignidades, personados, y de todos y cada uno de los que quedan arriba mencionados, no s√≥lo por lo que a ellos toca, sino por las pensiones que acaso pagaren a otros de los dichos frutos; reteniendo no obstante lo que por prorata se deba pagar a ellos: sin que obsten respecto de todas, y cada una de las cosas mencionadas, privilegios ningunos, exenciones, aunque requieran especial derogaci√≥n, ni costumbre por inmemorial que sea, ni apelaci√≥n o alegaci√≥n que impida la ejecuci√≥n. Mas si sucediere, que teniendo su efecto estas uniones, o de otro modo, se halle que el seminario est√° dotado en todo o en parte; perdone en este caso el Obispo en todo o en parte, seg√ļn lo pidan las circunstancias, aquella porci√≥n que hab√≠a separado de cada uno de los beneficios mencionados, e incorporado al colegio. Y si los Prelados de las catedrales, y otras iglesias mayores fueren negligentes en la fundaci√≥n y conservaci√≥n de este seminario, y rehusaren pagar la parte que les toque; ser√° obligaci√≥n del Arzobispo corregir con eficacia al Obispo, y del s√≠nodo provincial al Arzobispo, y a los superiores a este, y obligarlos al cumplimiento de todo lo mencionado; cuidando celosamente de que se promueva con la mayor prontitud esta santa y piadosa obra donde quiera que se pueda ejecutar. Mas el Obispo ha de tomar cuenta todos los a√Īos de las rentas de este seminario, a presencia de dos diputados del cabildo; y otros dos del clero de la ciudad. Adem√°s de esto, para providenciar el modo de que sean pocos los gastos del establecimiento de estas escuelas; decreta el santo Concilio que los Obispos, Arzobispos, Primados y otros Ordinarios de los lugares, obliguen y fuercen, aun por la privaci√≥n de los frutos, a los que obtienen prebendas de ense√Īanza, y a otros que tienen obligaci√≥n de leer o ense√Īar, a que ense√Īen los j√≥venes que se han de instruir en dichas escuelas, por s√≠ mismos, si fuesen capaces; y si no lo fuesen, por substitutos id√≥neos, que han de ser elegidos por los mismos propietarios, y aprobados por los Ordinarios. Y si, a juicio del Obispo, no fuesen dignos, deben nombrar otro que lo sea, sin que puedan valerse de apelaci√≥n ninguna; y si omitieren nombrarle, lo har√° el mismo Ordinario. Las personas, o maestros mencionados ense√Īar√°n las facultades que al Obispo parecieren convenientes. Por lo dem√°s, aquellos oficios o dignidades que se llaman de oposici√≥n o de escuela, no se han de conferir sino a doctores, o maestros, o licenciados en las sagradas letras, o en derecho can√≥nico, y a personas que por otra parte sean id√≥neas, y puedan desempe√Īar por s√≠ mismos la ense√Īanza; quedando nula e inv√°lida la provisi√≥n que no se haga en estos t√©rminos; sin que obsten privilegios ningunos, ni costumbres, aunque sean de tiempo inmemorial. Pero si fuesen tan pobres las iglesias de algunas de ellas no se pueda fundar colegio; cuidar√° el concilio provincial, o el Metropolitano, acompa√Īado de los dos sufrag√°neos m√°s antiguos, de erigir uno o m√°s colegios, seg√ļn juzgare oportuno, en la iglesia metropolitana, o en otra iglesia m√°s c√≥moda de la provincia, con los frutos de dos o m√°s de aquellas iglesias, en las que separadas no se pueda c√≥modamente establecer el colegio, para que se puedan educar en √©l los j√≥venes de aquellas iglesias. Mas en las que tuviesen di√≥cesis dilatadas, pueda tener el Obispo uno o m√°s colegios, seg√ļn le pareciese m√°s conveniente; los cuales no obstante han de depender en todo del colegio que se haya fundado y establecido en la ciudad episcopal. Ultimamente si aconteciere que sobrevengan algunas dificultades por las uniones, o por la regulaci√≥n de las porciones, o por la asignaci√≥n, e incorporaci√≥n, o por cualquiera otro motivo que impida, o perturbe el establecimiento, o conservaci√≥n de este seminario; pueda resolverlas el Obispo, y dar providencia con los diputados referidos, o con el s√≠nodo provincial, seg√ļn la calidad del pa√≠s, y de las iglesias y beneficios; moderando en caso necesario, o aumentando todas y cada una de las cosas mencionadas, que parecieren necesarias y conducentes al pr√≥spero adelantamiento de este seminario.

Asignación de la sesión siguiente

Indica además el mismo sacrosanto Concilio de Trento la Sesión próxima que se ha de tener, para el día 16 del mes de setiembre; en la que se tratará del sacramento del Matrimonio, y de los demás puntos que puedan resolverse, si ocurrieren algunos pertenecientes a la doctrina de la fe: y además de esto tratará de las provisiones de los Obispados, dignidades, y otros beneficios eclesiásticos, y de diferentes artículos de reforma.

Prorrogóse la Sesión al día 11 de Nov. de 1563.

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

SESI√ďN XXIV

Que es la VIII celebrad a en tiempo del sumo Pontífice Pío IV en 11 de noviembre de 1563.

DOCTRINA SOBRE EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

El primer padre del humano linaje declar√≥, inspirado por el Esp√≠ritu Santo, que el v√≠nculo del Matrimonio es perpetuo e indisoluble, cuando dijo: Ya es este hueso de mis huesos, y carne de mis carnes: por esta causa, dejar√° el hombre a su padre y a su madre, y se unir√° a su mujer, y ser√°n dos en un solo cuerpo. Aun m√°s abiertamente ense√Ī√≥ Cristo nuestro Se√Īor que se unen, y juntan con este v√≠nculo dos personas solamente, cuando refiriendo aquellas √ļltimas palabras como pronunciadas por Dios, dijo: Y as√≠ ya no son dos, sino una carne; e inmediatamente confirm√≥ la seguridad de este v√≠nculo (declarada tanto tiempo antes por Ad√°n) con estas palabras: Pues lo que Dios uni√≥, no lo separe el hombre. El mismo Cristo, autor que estableci√≥, y llev√≥ a su perfecci√≥n los venerables Sacramentos, nos mereci√≥ con su pasi√≥n la gracia con que se hab√≠a de perfeccionar aquel amor natural, confirmar su indisoluble uni√≥n, y santificar a los consortes. Esto insin√ļa el Ap√≥stol san Pablo cuando dice: Hombres, amad a vuestras mujeres, como Cristo am√≥ a su Iglesia, y se entreg√≥ a s√≠ mismo por ella; a√Īadiendo inmediatamente: Este sacramento es grande; quiero decir, en Cristo y en la Iglesia. Pues como en la ley Evang√©lica tenga el Matrimonio su excelencia respecto de los casamientos antiguos, por la gracia que Jesucristo nos adquiri√≥; con raz√≥n ense√Īaron siempre nuestros santos Padres, los concilios, y la tradici√≥n de la Iglesia universal, que se debe contar entre los Sacramentos de la nueva ley. Mas enfurecidos contra esta tradici√≥n hombres imp√≠os de este siglo, no s√≥lo han sentido mal de este Sacramento venerable, sino que introduciendo, seg√ļn su costumbre, la libertad carnal con pretexto del Evangelio, han adoptado por escrito, y de palabra muchos asertos contrarios a lo que siente la Iglesia cat√≥lica, y a la costumbre aprobada desde los tiempos Apost√≥licos, con grav√≠simo detrimento de los fieles cristianos. Y deseando el santo Concilio oponerse a su temeridad, ha resuelto exterminar las herej√≠as y errores m√°s sobresalientes de los mencionados cism√°ticos, para que su pernicioso contagio no inficione a otros, decretando los anatemas siguientes contra los mismos herejes y sus errores.

C√ĀNONES DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

CAN. I. Si alguno dijere, que el Matrimonio no es verdadera y propiamente uno de los siete Sacramentos de la ley Evang√©lica, instituido por Cristo nuestro Se√Īor, sino inventado por los hombres en la Iglesia; y que no confiere gracia; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que es lícito a los cristianos tener a un mismo tiempo muchas mujeres, y que esto no está prohibido por ninguna ley divina; sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere, que sólo aquellos grados de consanguinidad y afinidad que se expresan en el Levítico, pueden impedir el contraer Matrimonio, y dirimir el contraído; y que no puede la Iglesia dispensar en algunos de aquellos, o establecer que otros muchos impidan y diriman; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere, que la Iglesia no pudo establecer impedimentos dirimentes del Matrimonio, o que erró en establecerlos; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere, que se puede disolver el vínculo del Matrimonio por la herejía, o cohabitación molesta, o ausencia afectada del consorte; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijere, que el Matrimonio rato, mas no consumado, no se dirime por los votos solemnes de religión de uno de los dos consortes; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha ense√Īado y ense√Īa, seg√ļn la doctrina del Evangelio y de los Ap√≥stoles, que no se puede disolver el v√≠nculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando ense√Īa que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicaci√≥n el que se casare con otra dejada la primera por ad√ļltera, o la que, dejando al ad√ļltero, se casare con otro; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere, que yerra la Iglesia cuando decreta que se puede hacer por muchas causas la separación del lecho, o de la cohabitación entre los casados por tiempo determinado o indeterminado; sea excomulgado.

CAN. IX. Si alguno dijere, que los clérigos ordenados de mayores órdenes, o los Regulares que han hecho profesión solemne de castidad, pueden contraer Matrimonio; y que es válido el que hayan contraído, sin que les obste la ley Eclesiástica, ni el voto; y que lo contrario no es más que condenar el Matrimonio; y que pueden contraerlo todos los que conocen que no tienen el don de la castidad, aunque la hayan prometido por voto; sea excomulgado: pues es constante que Dios no lo rehusa a los que debidamente le piden este don, ni tampoco permite que seamos tentados más que lo que podemos.

CAN. X. Si alguno dijere, que el estado del Matrimonio debe preferirse al estado de virginidad o de celibato; y que no es mejor, ni m√°s felz mantenerse en l virginidad o celibato, que casarse; sea excomulgado.

CA. XI. Si alguno dijere, que la prohibici√≥n de celebrar nupcias solemnes en ciertos tiempos del a√Īo, es una superstici√≥n tir√°nica, dimanada de la superstici√≥n de los gentiles; o condenare las bendiciones, y otras ceremonias que usa la Iglesia en los Matrimonios; sea excomulgado.

CAN. XII. Si alguno dijere, que las causas matrimoniales no pertenecen a los jueces eclesi√°sticos; sea excomulgado.

DECRETO DE REFORMA SOBRE EL MATRIMONIO

CAP. I. Renuévase la forma de contraer los Matrimonios con ciertas solemnidades, prescrita en el concilio de Letran. Los Obispos puedan dispensar de las proclamas. Quien contrajere Matrimonio de otro modo que a presencia del párroco, y de dos o tres testigos, lo contrae inválidamente.

Aunque no se puede dudar que los matrimonios clandestinos, efectuados con libre consentimiento de los contrayentes, fueron matrimonios legales y verdaderos, mientras la Iglesia cat√≥lica no los hizo √≠rritos; bajo cuyo fundamento se deben justamente condenar, como los condena con excomuni√≥n el santo Concilio, los que niegan que fueron verdaderos y ratos, as√≠ como los que falsamente aseguran, que son √≠rritos los matrimonios contra√≠dos por hijos de familia sin el consentimiento de sus padres, y que estos pueden hacerlos ratos o √≠rritos; la Iglesia de Dios no obstante los ha detestado y prohibido en todos tiempos con just√≠simos motivos. Pero advirtiendo el santo Concilio que ya no aprovechan aquellas prohibiciones por la inobediencia de los hombres; y considerando los graves pecados que se originan de los matrimonios clandestinos, y principalmente los de aquellos que se mantienen en estado de condenaci√≥n, mientras abandonada la primera mujer, con quien de secreto contrajeron matrimonio, contraen con otra en p√ļblico, y viven con ella en perpetuo adulterio; no pudiendo la Iglesia, que no juzga de los cr√≠menes ocultos, ocurrir a tan grave mal, si no aplica alg√ļn remedio m√°s eficaz; manda con este objeto, insistiendo en las determinaciones del sagrado concilio de Letr√°n, celebrado en tiempo de Inocencio III, que en adelante, primero que se contraiga el Matrimonio, proclame el cura propio de los contrayentes p√ļblicamente por tres veces, en tres d√≠as de fiesta seguidos, en la iglesia, mientras celebra la misa mayor, qui√©nes son los que han de contraer Matrimonio: y hechas estas amonestaciones se pase a celebrarlo a la faz de la Iglesia, si no se opusiere ning√ļn impedimento leg√≠timo; y habiendo preguntado en ella el p√°rroco al var√≥n y a la mujer, y entendido el mutuo consentimiento de los dos, o diga: Yo os uno en Matrimonio en el nombre del Padre, del Hijo y del Esp√≠ritu Santo; o use de otras palabras, seg√ļn la costumbre recibida en cada provincia. Y si en alguna ocasi√≥n hubiere sospechas fundadas de que se podr√° impedir maliciosamente el Matrimonio, si preceden tantas amonestaciones; h√°gase s√≥lo una en este caso; o a lo menos cel√©brese el Matrimonio a presencia del p√°rroco, y de dos o tres testigos. Despu√©s de esto, y antes de consumarlo, se han de hacer las proclamas en la iglesia, para que m√°s f√°cilmente se descubra si hay algunos impedimentos; a no ser que el mismo Ordinario tenga por conveniente que se omitan las mencionadas proclamas, lo que el santo Concilio deja a su prudencia y juicio. Los que atentaren contraer Matrimonio de otro modo que a presencia del p√°rroco, o de otro sacerdote con licencia del p√°rroco, o del Ordinario, y de dos o tres testigos, quedan absolutamente inh√°biles por disposici√≥n de este santo Concilio para contraerlo aun de este modo; y decreta que sean √≠rritos y nulos semejantes contratos, como en efecto los irrita y anula por el presente decreto. Manda adem√°s, que sean castigados con graves penas a voluntad del Ordinario, el p√°rroco, o cualquiera otro sacerdote que asista a semejante contrato con menor n√ļmero de testigos, as√≠ como los testigos que concurran sin p√°rroco o sacerdote; y del mismo modo los propio contrayentes. Despu√©s de esto, exhorta el mismo santo Concilio a los desposados, que no habiten en una misma casa antes de recibir en la iglesia la bendici√≥n sacerdotal; ordenando sea el propio p√°rroco el que d√© la bendici√≥n, y que s√≥lo este o el Ordinario puedan conceder a otro sacerdote licencia para darla; sin que obste privilegio alguno, o costumbre, aunque sea inmemorial, que con m√°s raz√≥n debe llamarse corruptela. Y si el p√°rroco, u otro sacerdote, ya sea regular ya secular, se atreviere a unir en Matrimonio, o dar las bendiciones a desposados de otra parroquia sin licencia del p√°rroco de los consortes; quede suspenso ipso jure, aunque alegue que tiene licencia para ello por privilegio o costumbre inmemorial, hasta que sea absuelto por el Ordinario del p√°rroco que deb√≠a asistir al Matrimonio, o por la persona de quien se deb√≠a recibir la bendici√≥n. Tenga el p√°rroco un libro en que escriba los nombres de los contrayentes y de los testigos, el d√≠a y lugar en que se contrajo el Matrimonio, y guarde √©l mismo cuidadosamente este libro. Ultimamente exhorta el santo Concilio a los desposados que antes de contraer o a lo menos tres d√≠as antes de consumar el Matrimonio, confiesen con diligencia sus pecados, y se presenten religiosamente a recibir el sant√≠simo sacramento de la Eucarist√≠a. Si algunas provincias usan en este punto de otras costumbres y ceremonias loables, adem√°s de las dichas, desea ansiosamente el santo Concilio que se conserven en un todo. Y para que lleguen a noticia de todos estos tan saludables preceptos, manda a todos los Ordinarios, que procuren cuanto antes puedan publicar este decreto al pueblo, y que se explique en cada una de las iglesias parroquiales de su di√≥cesis; y esto se ejecute en el primer a√Īo las m√°s veces que puedan, y sucesivamente siempre que les parezca oportuno. Establece en fin que este decreto comience a tener su vigor en todas las parroquias a los treinta d√≠as de publicado, los cuales se han de contar desde el d√≠a de la primera publicaci√≥n que se hizo en la misma parroquia.

CAP. II. Entre qué personas se contrae parentesco espiritual.

La experiencia ense√Īa, que muchas veces se contraen los Matrimonios por ignorancia en casos vedados, por los muchos impedimentos que hay; y que o se persevera en ellos no sin grave pecado, o no se dirimen sin notable esc√°ndalo. Queriendo, pues, el santo Concilio dar providencia en estos inconvenientes, y principiando por el impedimento de parentesco espiritual, establece que s√≥lo una persona, sea hombre o sea mujer, seg√ļn lo establecido en los sagrados c√°nones, o a lo m√°s un hombre y una mujer sean los padrinos de Bautismo; entre los que y el mismo bautizado, su padre y madre, s√≥lo se contraiga parentesco espiritual; as√≠ como tambi√©n entre el que bautiza y el bautizado, y padre y madre de este. El p√°rroco antes de aproximarse a conferir el Bautismo, inf√≥rmese con diligencia de las personas a quienes pertenezca, a quien o qui√©nes eligen para que tengan al bautizado en la pila bautismal; y s√≥lo a este, o a estos admita para tenerle, escribiendo sus nombres en el libro, y declar√°ndoles el parentesco que han contra√≠do, para que no puedan alegar ignorancia alguna. Mas si otros, adem√°s de los se√Īalados, tocaren al bautizado, de ning√ļn modo contraigan estos parentesco espiritual; sin que obsten ningunas constituciones en contrario. Si se contraviniere a esto por culpa o negligencia del p√°rroco, cast√≠guese este a voluntad del Ordinario. Tampoco el parentesco que se contrae por la Confirmaci√≥n se ha de extender a m√°s personas que al que confirma, al confirmado, al padre y madre de este, y a la persona que le tenga; quedando enteramente removidos todos los impedimentos de este parentesco espiritual respecto de otras personas.

CAP. III. Restr√≠ngese a ciertos l√≠mites el impedimento de p√ļblica honestidad.

El santo Concilio quita enteramente el impedimento de justicia de p√ļblica honestidad, siempre que los esponsales no fueren v√°lidos por cualquier motivo que sea; y cuando fueren v√°lidos, no pase el impedimento del primer grado; pues en los grados ulteriores no se puede ya observar esta prohibici√≥n sin muchas dificultades.

CAP. IV. Restríngese al segundo grado la afinidad contraída por fornicación.

Además de esto el santo Concilio movido de estas y otras gravísimas causas, restringe el impedimento originado de afinidad contraída por fornicación, y que dirime al Matrimonio que después se celebra, a sólo aquellas personas que son parientes en primero y segundo grado. Respecto de los grados ulteriores, establece que esta afinidad no dirime al Matrimonio que se contrae después.

CAP. V. Ninguno contraiga en grado prohibido; y con qué motivo se ha de dispensar en estos.

Si presumiere alguno contraer a sabiendas Matrimonio dentro de los grados prohibidos, sea separado de la consorte, y quede excluido de la esperanza de conseguir dispensa: y esto ha de tener efecto con mayor fuerza respecto del que haya tenido la audacia no s√≥lo de contraer el Matrimonio, sino de consumarlo. Mas si hiciese esto por ignorancia, en caso que haya despreciado cumplir las solemnidades requeridas en la celebraci√≥n del Matrimonio; quede sujeto a las mismas penas, pues no es digno de experimentar como quiera, la benignidad de la Iglesia, quien temerariamente despreci√≥ sus saludables preceptos. Pero si observadas todas las solemnidades, se hallase despu√©s haber alg√ļn impedimento, que probablemente ignor√≥ el contrayente; se podr√° en tal caso dispensar con √©l m√°s f√°cilmente y de gracia. No se concedan de ning√ļn modo dispensas para contraer Matrimonio, o dense muy rara vez, y esto con causa y de gracia. Ni tampoco se dispense en segundo grado, a no ser entre grandes Pr√≠ncipes, y por una causa p√ļblica.

CAP. VI. Se establecen penas contra los raptores.

El santo Concilio decreta, que no puede haber Matrimonio alguno entre el raptor y la robada, por todo el tiempo que permanezca esta en poder del raptor. Mas si separada de este, y puesta en lugar seguro y libre, consintiere en tenerle por marido, téngala este por mujer; quedando no obstante excomulgados de derecho, y perpetuamente infames, e incapaces de toda dignidad, así el mismo raptor, como todos los que le aconsejaron, auxiliaron y favorecieron, y si fueren clérigos, sean depuestos del grado que tuvieren. Esté además obligado el raptor a dotar decentemente, a arbitrio del juez, la mujer robada, ora case con ella, ora no.

CAP. VII. En casar los vagos se ha de proceder con mucha cautela.

Muchos son los que andan vagando y no tienen mansión fija, y como son de perversas inclinaciones, desamparando la primera mujer, se casan en diversos lugares con otra, y muchas veces con varias, viviendo la primera. Deseando el santo Concilio poner remedio a este desorden, amonesta paternalmente a las personas a quienes toca, que no admitan fácilmente al Matrimonio esta especie de hombres vagos; y exhorta a los magistrados seculares a que los sujeten con severidad; mandando además a los párrocos, que no concurran a casarlos, si antes no hicieren exactas averiguaciones, y dando cuenta al Ordinario obtengan su licencia para hacerlo.

CAP. VIII. Graves penas contra el concubinato.

Grave pecado es que los solteros tengan concubinas; pero es mucho m√°s grave, y cometido en notable desprecio de este grande sacramento del Matrimonio, que los casados vivan tambi√©n en este estado de condenaci√≥n, y se atrevan a mantenerlas y conservarlas algunas veces en su misma casa, y aun con sus propias mujeres. Para ocurrir, pues, el santo Concilio con oportunos remedios a tan grave mal; establece que se fulmine excomuni√≥n contra semejantes concubinarios, as√≠ solteros como casados, de cualquier estado, dignidad o condici√≥n que sean, siempre que despu√©s de amonestados por el Ordinario aun de oficio, por tres veces, sobre esta culpa, no despidieren las concubinas, y no se apartaren de su comunicaci√≥n; sin que puedan ser absueltos de la excomuni√≥n, hasta que efectivamente obedezcan a la correcci√≥n que se les haya dado. Y si despreciando las censuras permanecieren un a√Īo en el concubinato, proceda el Ordinario contra ellos severamente, seg√ļn la calidad de su delito. Las mujeres, o casadas o solteras, que vivan p√ļblicamente con ad√ļlteros, o concubinarios, si amonestadas por tres veces no obedecieren, ser√°n castigadas de oficio por los Ordinarios de los lugares, con grave pena, seg√ļn su culpa, aunque no haya parte que lo pida; y sean desterradas del lugar, o de la di√≥cesis, si as√≠ pareciere conveniente a los mismos Ordinarios, invocando, si fuese menester, el brazo secular; quedando en todo su vigor todas las dem√°s penas fulminadas contra los ad√ļlteros y concubinarios.

CAP. IX. Nada maquinen contra la libertad del Matrimonio los se√Īores temporales, ni los magistrados.

Llegan a cegar much√≠simas veces en tanto grado la codicia, y otros afectos terrenos los ojos del alma a los se√Īores temporales y magistrados, que fuerzan con amenazas y penas a los hombres y mujeres que viven bajo su jurisdicci√≥n, en especial a los ricos, o que esperan grandes herencias, para que contraigan matrimonio, aunque repugnantes, con las personas que los mismos se√Īores o magistrados les se√Īalan. Por tanto, siendo en extremo detestable tiranizar la libertad del Matrimonio, y que provengan las injurias de los mismos de quienes se espera la justicia; manda el santo Concilio a todos, de cualquier grado, dignidad y condici√≥n que sean, so pena de excomuni√≥n, en que han de incurrir ipso facto, que de ning√ļn modo violenten directa ni indirectamente a sus s√ļbditos, ni a otros ningunos, en t√©rminos de que dejen de contraer con toda libertad sus Matrimonios.

CAP. X. Se prohibe la solemnidad de las nupcias en ciertos tiempos.

Manda el santo Concilio que todos observen exactamente las antiguas prohibicione de las nupcias solemnes o velaciones, desde el adviento de nuestro Se√Īor Jesucristo hasta el d√≠a de la Epifan√≠a, y desde el d√≠a de Ceniza hasta la octava de la Pascua inclusive. En los dem√°s tiempos permite se celebren solemnemente los Matrimonios, que cuidar√°n los Obispos se hagan con la modestia y honestidad que corresponde; pues siendo santo el Matrimonio, debe tratarse santamente.

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