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Concilio de Trento, Documentos del Concilio de Trento
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Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento

Esta es la fe del bienaventurado San Pedro, y de los Apóstoles; esta es la fe de los Padres; esta es la fe de los Católicos.

INICIO DEL CONCILIO DE TRENTO

Concil. Trident. Sess. XXV in Acclam.

AL EXCELENTISIMO E ILUSTRISIMO SE√ĎOR DON FRANCISCO ANTONIO LORENZANA, ARZOBISPO DE TOLEDO, PRIMADO DE ESPA√ĎA, ETC.

EXCMO. SE√ĎOR.

La santidad, y certidumbre de las materias que defini√≥ el sacrosanto Concilio de Trento, no dan lugar a que busque patrocinio, pues no lo necesitan. Pero s√≠ es debido que esta traducci√≥n se publique autorizada con el nombre del Arzobispo de Toledo, Primado de Espa√Īa, para que se aseguren los fieles de que esta es la doctrina Cat√≥lica, este el pasto saludable, y este el tesoro que comunic√≥ Jesucristo a sus Ap√≥stoles, y ha llegado intacto a manos de V. E. que lo entregar√° a otros, para que lo conserven en su pureza hasta la consumaci√≥n de los siglos. Las virtudes Pastorales de V. E. y su anhelo por mantener, y propagar la buena doctrina, me dan confianza de que recibir√° la traducci√≥n de este santo Concilio con el gusto que practica sus decretos, y cuida de que los observen sus ovejas.

Excmo. e Illmo. Se√Īor,
A. L. P. de V. E.
D. Ignacio López de Ayala

PR√ďLOGO

Aunque los eclesi√°sticos y seglares sabios puedan disfrutar plenamente la doctrina del sagrado Concilio de Trento en el idioma latino en que se public√≥, es tan importante y necesaria su lectura a todos los fieles en general, tan sencilla, y acomodada su explicaci√≥n a la capacidad del pueblo, que no debe extra√Īarse se comunique en lengua castellana a los que no tienen inteligencia de la latina. El conocimiento de los dogmas, o verdades de fe, es necesario a todos los cristianos; y en ning√ļn concilio general se ha decidido mayor n√ļmero de verdades cat√≥licas sobre misterios de la primera importancia, cuales son los que pertenecen a la justificaci√≥n, al pecado original, al libre albedr√≠o, a la gracia, y a los Sacramentos en com√ļn y en particular. Como la divina misericordia conduce los fieles por medio de estos a la vida eterna, y sus verdades son pr√°cticas; es necesario ponerlos con frecuencia en ejecuci√≥n. De aqu√≠ es que no s√≥lo es conveniente este conocimiento a los eclesi√°sticos que administran los Sacramentos, sino tambi√©n a los fieles que los reciben. A los legos pertenece igualmente la instrucci√≥n en muchos puntos de disciplina que estableci√≥ este sagrado Concilio. Y esta es la raz√≥n porque √©l mismo mand√≥ formar su Catecismo, y orden√≥ que algunos de sus decretos se leyesen repetidas veces al pueblo cristiano.

Ninguno de cuantos se glor√≠an con este nombre tiene mayor derecho que los Espa√Īoles para aprovecharse de la doctrina, y saludables m√°ximas de aquel congreso sacrosanto. Estas son las mismas verdades, cuya decisi√≥n promovieron y ampararon sus Monarcas; estos los puntos que ventilaron, probaron y defendieron sus Te√≥logos; y estos los dogmas y disciplina que decidieron y decretaron sus Prelados. Ningunos Obispos m√°s celosos ni desinteresados que los Espa√Īoles en promover la gloria de Dios, la santidad de las costumbres, y la pureza de la religi√≥n, fueron los m√°s prontos en asistir, aunque eran los m√°s distantes; y a pesar de los grandes obst√°culos que les opusieron, fueron los m√°s firmes en continur esta obra grande, de que esperaban volviese al seno de la Iglesia la Alemania, confundida y despedazada con execrables errores.

Durar√° sin duda con la Iglesia la memoria de su celo; y resonar√°n con los nombres de Don Fray Bartolom√© de los M√°rtires, de Don Pedro Guerrero, del Cardenal Pacheco, de Don Mart√≠n de Ayala, de Don Diego de Alava, y de otros muchos espa√Īoles, los tiernos y vehementes clamores con que pidieron la reforma de costumbres, anhelando por ver renacer aquellos primitivos y felices d√≠as en que florecieron a competencia el celo y desinter√©s de los eclesi√°sticos, y el candor, pureza y sumisi√≥n de los seglares. ¬ŅCu√°nto no ayudaron con sus luces los sabios espa√Īoles Domingo y Pedro de Soto, Carranza, Vega, Castro, Carvajal, Lainez, Salmer√≥n, Villalpando, Covarrubias, Menchaca, Montano y Fuentidue√Īas? Los puntos m√°s importantes se cometieron a su examen, y contribuyendo con su talento y sabidur√≠a a la defensa de la fe cat√≥lica, y al lustre inmortal de la naci√≥n espa√Īola, correspondieron ampliamente al honor con que los distingui√≥ el santo Concilio, y a la expectaci√≥n de la Iglesia universal. ¬ŅQu√© dificultades no vencieron tambi√©n los Reyes de Espa√Īa para lograr la convocaci√≥n del santo Concilio, para principiarlo, proseguirlo, y restablecerlo despu√©s de haberse interrumpido en dos ocasiones? Al Emperador Carlos V, a su hermano Ferdinando y a Felipe II se debe la victoria de tantos obst√°culos como fue necesario superar para llevar al cabo tan santa y necesaria obra. Los Espa√Īoles, pues, tienen just√≠simo derecho de disfrutar en su idioma la misma doctrina que promovieron sus Reyes, ventilaron sus Te√≥logos, y decidieron sus Obispos.

La traducci√≥n que se presenta es literal, aunque la diferencia de los dos idiomas, y del estilo propio del Concilio haya obligado a seguir muy diferente rumbo en la colocaci√≥n de las palabras. No obstante, el original es la norma de nuestra fe y costumbres, y la √ļnica fuente adonde se debe recurrir cuando se trate de averiguar profundamente las verdades dogm√°ticas y de disciplina, sobre cuya inteligencia se pueda suscitar alguna duda. Con este objeto, y por dar una edici√≥n bien corregida, se ha impreso en el mismo tomo el texto latino, revisto con suma diligencia, y confrontado con la edici√≥n que pasa por original; es a saber, la de Roma hecha por Aldo Manucio en 1564, con la de Alcal√° por Andr√©s Angulo en el mismo a√Īo, con la de Felipe Lab√© en 1667, y con la que public√≥ √ļltimamente en Amberes en 1779 Judoco Le Plat, doctor de Lobayna. Tambi√©n se han tenido presentes las Sesiones que se estamparon en Medina del Campo en 1554, y en fin la edici√≥n de Madrid de 1775, que no corresponde por cierto al buen deseo de los que la publicaron; porque habiendo copiado a la de Roma de 1732, sac√≥ los mismos yerros que esta, y en una y otra faltan palabras, y a veces l√≠neas. Este esmero, siempre necesario para dar a luz una obra de tanta consecuencia, ha sido mayor despu√©s que el supremo Consejo de Castilla se sirvi√≥ ordenar que adem√°s del sabio te√≥logo que aprob√≥ esta traducci√≥n, nombrase otro el M. R. Arzobispo de Toledo, con cuyo auxilio cotejase el traductor cuidadosamente esta vez con dicho original, para que no s√≥lo en lo sustancial, sino aun en la m√°s m√≠nima expresi√≥n vayan en todo conformes, y se logre que salga esta obra al p√ļblico perfecta en todas sus partes. ¬°Ojal√° que el cuidado puesto en la edici√≥n corresponda a las intenciones del supremo Consejo, y al celo con que el Excelent√≠simo se√Īor Arzobispo de Toledo ha encomendado la exactitud en la correcci√≥n! Consta a lo menos, que el texto latino que publicamos, tiene menos defectos qu el de la edici√≥n de Roma estimada por original, y certificada como tal por el secretario y notarios del mismo santo Concilio.

Por lo dem√°s, no parece se debe advertir a los lectores legos, sino que los decretos pertenecientes a la fe son siempre cert√≠simos, siempre inalterables, siempre verdaderos, e incapaces de mudanza o variaci√≥n alguna. Pero los decretos de disciplina, o gobierno exterior, en especial los reglamentos que miran a tribunales, procesos, apelaciones, y otras circunstancias de esta naturaleza, admiten variaci√≥n, como el mismo santo Concilio da a entender. En consecuencia, no hay que extra√Īar que no se conforme la pr√°ctica en algunos puntos con las disposiciones del Concilio; porque adem√°s de intervenir autoridad leg√≠tima para hacer estas excepciones, la historia eclesi√°stica comprueba en todos los siglos que los usos loables, y admitidos en unos tiempos, se reprobaron y prohibieron en otros, y los que adoptaron unas provincias, no los recibieron otras.

Para que los lectores tengan presentes los puntos hist√≥ricos principales, y los motivos que hubo para congregar el Concilio, para disolverlo en dos ocasiones, y para volverlo a continuar hasta finalizarlo, basta por ahora la lectura de las bulas de convocaci√≥n de Paulo III, Julio III y P√≠o IX: pues consta en ellas as√≠ la urgente necesidad de convocar como los obst√°culos humanamente insuperables que es necesario vencer para continuarlo, y conducirlo hasta su fin. Solo me ha parecido conveniente insertar la acta de la abertura, necesaria sin duda para conocer los Legados que presid√≠an, propon√≠an, y preguntaban, y el m√©todo y solemnidad con que se celebraban las Sesiones. El n√ļmero y nombres de los Prelados, Embajadores y otros concurrentes, conta de los Ap√©ndices, que se han descargado de muchas noticias pertenecientes a los Padres, y Doctores espa√Īoles, por no permitirlas la magnitud del volumen. Espero no obstante dar noticias m√°s individuales e importantes de estos sabios y virtuosos h√©roes en la historia del Concilio de Trento, de que tengo trabajada mucha parte, √≠ntimamente persuadido a que ningunos sucesos del siglo d√©cimosexto pueden dar m√°s alta y noble idea del celo, entereza y sabidur√≠a de los Espa√Īoles.

BULA CONVOCATORIA DEL CONCILIO DE TRENTO, EN EL PONTIFICADO DE PAULO III

Paulo Obispo, siervo de los siervos de Dios: para perpetua memoria. Considerando ya desde los principios de este nuestro Pontificado, que no por m√©rito alguno de nuestra parte, sino por su gran bondad nos confi√≥ la providencia de Dios omnipotente; en qu√© tiempos tan revueltos, y en qu√© circunstancias tan apretadas de casi todos los negocios, se hab√≠a elegido nuestra solicitud y vigilancia Pastoral; dese√°bamos por cierto aplicar remedio a los males que tanto tiempo hace han afligido, y casi oprimido la rep√ļblica cristiana: mas Nos, poseidos tambi√©n, como hombres, de nuestra propia debilidad, comprend√≠amos que eran insuficientes nuestras fuerzas para sostener tan grave peso. Pues como entendi√©semos que se necesitaba de paz, para libertar y conservar la rep√ļblica de tantos peligros como la amenazaban, hallamos por el contrario, que todo estaba lleno de odios y disensiones, y en especial, opuestos entre s√≠ aquellos Pr√≠ncipes a quienes Dios ha encomendado casi todo el gobierno de las cosas. Porque teniendo por necesario que fuese uno solo el redil, y uno solo el pastor de la grey del Se√Īor, para mantener la unidad de la religi√≥n cristiana, y para confirmar entre los hombres la esperanza de los bienes celestiales; se hallaba casi rota y despedazada la unidad del nombre cristiano con cismas, disensiones y herej√≠as. Y deseando Nos tambi√©n que estuviese prevenida, y asegurada la rep√ļblica contra las armas y asechanzas de los infieles; por los yerros y culpas de todos nosotros, ya al descargar la ira divina sobre nuestros pecados, se perdi√≥ la isla de Rodas, fue devastada la Ungr√≠a, y concebida y proyectada la guerra por mar y tierra contra la Italia, contra la Austria y contra la Esclavonia: porque no sosegando en tiempo alguno nuestro imp√≠o y feroz enemigo el Turco; juzgaba que los odios y disensiones que fomentaban los cristianos entre s√≠, era la ocasi√≥n m√°s oportuna para ejecutar felizmente sus designios. Siendo pues llamados, como dec√≠amos, en medio de tantas turbulencias de herej√≠as, disensiones y guerras, y de tormentas tan revueltas como se han revuelto, para regir y gobernar la navecilla de san Pedro; y desconfiando de nuestras propias fuerzas, volvimos ante todas cosas nuestros pensamientos a Dios, para que √©l mismo nos vigorase y armase nuestro √°nimo de fortaleza y constancia, y nuestro entendimiento del don de consejo y sabidur√≠a. Despu√©s de esto, considerando que nuestros antepasados, que tanto se distinguieron por su admirable sabidur√≠a y santidad, se valieron muchas veces en los m√°s inminentes peligros de la rep√ļblica cristiana, de los concilios ecum√©nicos, y de las juntas generales de los Obispos, como del mejor y m√°s oportuno remedio; tomamos tambi√©n la resoluci√≥n de celebrar un concilio general: y averiguados los pareceres de los Pr√≠ncipes, cuyo consentimiento en particular nos parec√≠a √ļtil y conducente para celebrarlo; hall√°ndolos entonces inclinados a tan santa obra, indicamos el concilio ecum√©nico y general de aquellos Obispos, y la junta de otros Padres a quienes tocase concurrir, para la ciudad de Mantua, en el a√Īo de la Encarnaci√≥n del Se√Īor 1537, tercero de nuestro Pontificado, como consta en nuestras letras y monumentos, asignando su abertura para el d√≠a 23 de mayo, con esperanzas casi ciertas de que cuando estuvi√©semos all√≠ congregados en nombre del Se√Īor, asistir√≠a su Majestad en medio de nosotros, como prometi√≥, y disipar√≠a f√°cilmente por su bondad y misericordia todas las tempestades de estos tiempos, y todos los peligros con el aliento de su boca. Pero como siempre arma lazos el enemigo del humano linaje contra todas las obras piadosas; se nos deneg√≥ primeramente contra toda nuestra esperanza y expectaci√≥n, la ciudad de Mantua, a no admitir algunas condiciones muy ajenas de la conducta de nuestros mayores, de las circunstancias del tiempo, de nuestra dignidad y libertad, de la de esta santa Sede, y del nombre y honor eclesi√°stico; las que hemos expresado en otras letras Apost√≥licas. Nos vimos en consecuencia necesitados a buscar otro lugar, y se√Īalar otra ciudad, que no ocurri√©ndonos por el pronto oportuna ni proporcionada, nos hallamos en la precisi√≥n de prorrogar la celebraci√≥n del concilio hasta el primer d√≠a de noviembre. Entre tanto nuestro cruel y perpetuo enemigo el Turco invadi√≥ la Italia con una grande y numerosa escuadra; tom√≥, destruy√≥ y saque√≥ algunos lugares en las costas de la Pulla, y se llev√≥ cautivas muchas personas. Nos estuvimos ocupados, en medio del grande temor y peligro de todos, en fortificar nuestras costas, y ayudar con nuestros socorros a los comarcanos, sin dejar no obstante de aconsejar entre tanto, ni de exhortar los Pr√≠ncipes cristianos a que nos manifestasen sus dict√°menes acerca del lugar que tuviesen por oportuno para celebrar el concilio. Mas siendo varios y dudosos sus pareceres, y creyendo Nos que se dilataba el tiempo mas de lo que ped√≠an las circunstancias; con muy buen deseo, y a nuestro parecer tambi√©n con muy prudente resoluci√≥n, elegimos a Vincencia, ciudad abundante, y que adem√°s de tener la entrada franca, gozaba de una situaci√≥n enteramente libre y segura para todos, mediante la probidad, cr√©dito y poder de los Venecianos, que nos la conced√≠an. Pero habi√©ndose adelantado el tiempo mucho, y siendo necesario avisar a todos la elecci√≥n de la nueva ciudad; y no siendo posible por la proximidad del primer d√≠a de noviembre, que se divulgase la noticia de la que se hab√≠a asignado, y estando tambi√©n cerca el invierno; nos vimos otra vez necesitados a diferir con nueva pr√≥rroga el tiempo del concilio hasta la primavera pr√≥xima, y d√≠a primero del siguiente mes de mayo. Tomada y resuelta firmemente esta determinaci√≥n, habi√©ndonos preparado, as√≠ como todas las dem√°s cosas, para tener y celebrar exactamente con el auxilio de Dios el concilio; creyendo que era muy conducente, as√≠ para su celebraci√≥n, como para toda la cristiandad, que los Pr√≠ncipes cristianos tuviesen entre s√≠ paz y concordia; insistimos en rogar y suplicar a nuestros car√≠simos hijos en Cristo, Carlos emperador de Romanos siempre Augusto y Francisco rey cristian√≠simo, ambos columnas y apoyos principales del nombre cristiano, que concurriesen a un coloquio entre s√≠, y con Nos: en efecto con ambos hab√≠amos procurado much√≠simas veces por medio de cartas, Nuncios y Legados nuestros a latere, escogidos entre nuestros venerables hermanos los Cardenales, que se dignasen pasar de las enemistades y discordias que ten√≠an a una piadosa alianza y amistad, y prestasen su auxilio a los negocios de la cristiandad que se arruinaban; pues teniendo ellos el poder principal concedido por Dios para conservalos, tendr√≠an que dar r√≠gida y severa cuenta al mismo Dios, si no lo hiciesen as√≠, ni dirigiesen sus designios al bien com√ļn de la cristiandad. Por fin movidos los dos de nuestras s√ļplicas, concurrieron a Niza, adonde Nos tambi√©n emprendimos un viaje largo y muy penoso en nuestra anciana edad, llevados de la causa de Dios y del restablecimiento de la paz: sin que entre tanto omiti√©semos, pues se acercaba el tiempo se√Īalado para principiar el concilio, es a saber, el primer d√≠a de mayo, enviar a Vincencia Legados a latere de suma virtud y autoridad, del n√ļmero de los mismos hermanos nuestros los cardenales de la santa Iglesia Romana, para que hiciesen la abertura del concilio, recibiesen los Prelados que vendr√≠an de todas partes, y ejecutasen y tratasen las cosas que tuviesen por necesarias, hasta que volviendo Nos del viaje y conferencias de la paz, pudi√©semos arreglarlo todo con la mayor exactitud. En el tiempo intermedio nos dedicamos a aquella santa, y en extremo necesaria obra, es a saber, a tratar de la paz entre los Pr√≠ncipes; lo que por cierto hicimos con sumo cuidado, y con toda caridad y esmero de nuestra parte. Testigo nos es Dios, en cuya clemencia confi√°bamos, cuando nos expusimos a los peligros de la vida y del camino. Testigo nos es nuestra propia conciencia, que en nada por cierto tiene que reprendernos, o por haber omitido, o por no haber buscado los medios de conciliar la paz. Testigos son tambi√©n los mismos Pr√≠ncipes, a quienes tantas veces, y con tanta vehemencia hemos suplicado por medio de Nuncios, cartas, Legados, avisos, exhortaciones, y toda especie de ruegos, que depusiesen sus enemistades, se confederasen, y ocurriesen unidos con sus providencias y auxilios a socorrer la rep√ļblica cristiana, puesta en el mayor y m√°s inminente peligro. En fin, testigos son aquellas vigilias y cuidados, aquellos trabajos que d√≠a y noche, aflig√≠an nuestro √°nimo, y aquellos graves y frecuent√≠simos desvelos que hemos tenido por esta causa y objeto: sin que aun todav√≠a hayan tocado el fin que han pretendido nuestros designios y disposiciones. Tal ha sido la voluntad de Dios; de quien sin embargo no desesperamos que mirar√° alguna vez con benignidad nuestros deseos. Nos por cierto, en cuanto ha estado de nuestra parte, nada hemos omitido de cuanto era correspondiente a nuestro Pastoral oficio. Y si hay algunos que interpreten en siniestro sentido estas nuestras acciones de paz; lo sentimos por cierto; mas no obstante en medio de nuestro dolor damos gracias a Dios omnipotente, quien por darnos ejempo y ense√Īanza de paciencia, quiso que sus Ap√≥stoles se tuviesen por dignos de padecer injurias por el nombre de Jesucristo, que es nuestra paz. Y aunque en aquel nuestro congreso, y coloquio que se tuvo en Niza, no se pudo, por nuestros pecados, efectuar una verdadera y perpetua paz entre los Pr√≠ncipes; se hicieron no obstante treguas por diez a√Īos: y esperanzados Nos de que con esta oportunidad se podr√≠a celebrar m√°s c√≥modamente el sagrado concilio, y adem√°s de esto efectuarse la paz por la autoridad del mismo; insistimos con los Pr√≠ncipes en que concurriesen personalmente a √©l, condujesen los Prelados que ten√≠an consigo, y llamasen los ausentes. Mas habi√©ndose excusado los Pr√≠ncipes en una y otra instancia, por tener a la saz√≥n necesidad de volver a sus reinos, y ser debido que los Prelados que hab√≠an tra√≠do consigo, cansados del camino, y apurados con los gastos, descansasen, y se restableciesen; nos exhortaron a que decret√°semos otra pr√≥rroga para la celebraci√≥n del concilio. Como tuvi√©semos alguna dificultad en concederla, recibimos en este medio tiempo cartas de nuestros Legados que estaban en Vincencia, en que nos dec√≠an, que pasado ya, con mucho, el d√≠a se√Īalado para principiar el concilio, apenas hab√≠a venido a aquella ciudad uno u otro Prelado de las naciones extranjeras. Con esta nueva, viendo que de ning√ļn modo se pod√≠a celebrar en aquel tiempo, concedimos a los mismos Pr√≠ncipes que se difiriese hasta el santo d√≠a de Pascua, y fiesta pr√≥xima de la Resurrecci√≥n del Se√Īor. Las Bulas de este nuestro precepto, y decreto sobre la dilaci√≥n, se expidieron y publicaron en G√©nova el 28 de junio del a√Īo de la Encarnaci√≥n del Se√Īor 1538: y con tanto mayor gusto convenimos en esta demora, cuanto los dos Pr√≠ncipes nos prometieron que enviar√≠an sus embajadas a Roma para que ventilasen y tratasen en ella con Nos mas c√≥modamente los puntos que quedaban por resolver para la conclusi√≥n de la paz, y no se hab√≠an podido evacuar todos en Niza por la brevedad del tiempo. Ambos soberanos nos hab√≠an tambi√©n pedido por esta raz√≥n, que precediese la pacificaci√≥n a la celebraci√≥n del concilio; pues establecida la paz, ser√≠a sin duda el mismo concilio mucho m√°s √ļtil y saludable a la rep√ļblica cristiana. Siempre por cierto han tenido mucha fuerza sobre nuestra voluntad las esperanzas que se nos daban de la paz para asentir a los deseos de los Pr√≠ncipes; y estas esperanzas las aument√≥ sobre manera la amistosa y ben√©vola conferencia de ambos soberanos entre s√≠, despu√©s de habernos retirado de Niza; la cual entendida por Nos con extraordinario j√ļbilo, nos confirm√≥ en la justa confianza de que lleg√°semos a creer que al fin Dios hab√≠a o√≠do nuestras oraciones, y aceptado nuestros deseos por la paz; pues pretendiendo y estrechando Nos la conclusi√≥n de esta, y siendo de dictamen no s√≥lo los dos Pr√≠ncipes mencionados, sino tambi√©n nuestro car√≠simo en Cristo hijo Ferdinando, rey de Romanos, de que no conven√≠a emprender la celebraci√≥n del concilio a no estar concluida la paz, y empe√Ī√°ndose todos con Nos por medio de sus cartas y embajadores, para que concedi√©semos nuevas pr√≥rrogas, e instando con especialidad el seren√≠simo C√©sar, demostr√°ndonos que hab√≠a prometido a los que est√°n separados de la unidad cat√≥lica, que interpondr√≠a con Nos su mediaci√≥n para que se tomase alg√ļn medio de concordia; lo que no se pod√≠a hacer c√≥modamente antes de su viaje a la Alemania; persuadidos Nos con la misma esperanza de paz que siempre, y por los deseos de tan grandes Pr√≠ncipes; viendo principalmente que ni aun para el d√≠a asignado de la fiesta de Resurrecci√≥n hab√≠an concurrido a Vincencia m√°s Prelados, escarmentados ya con el nombre de pr√≥rroga, que tantas veces se hab√≠a repetido en vano; tuvimos por mejor suspender la celebraci√≥n del concilio general a arbitrio nuestro y de la Sede Apost√≥lica. Tomamos en consecuencia esta resoluci√≥n, y despachamos nuestras letras a cada uno de los mencionados Pr√≠ncipes, fechas en 10 de junio de 1539, como claramente se puede ver en ellas. Hecha, pues, por Nos de necesidad aquella suspensi√≥n, mientras esper√°bamos tiempo m√°s oportuno, y alg√ļn tratado de paz que contribuyese despu√©s a dar majestad y multitud de Padres al concilio, y remedio m√°s pronto y saludable a la rep√ļblica cristiana, de un d√≠a en otro cayeron los negocios de la cristiandad en estado mas deplorable; pues los Ungaros, muerto su rey, llamaron a los Turcos; el Rey Ferdinando les declar√≥ la guerra; una parte de los Flamencos se tumultu√≥ para rebelarse contra el C√©sar, quien pasando a sujetarlos a Flandes por la Francia, amistosamente, con gran conformidad del Rey Cristian√≠simo, y con grandes indicios de benevolencia entre los dos, y de all√≠ a la Alemania, comenz√≥ a celebrar las dietas de sus Pr√≠ncipes y ciudades, con el objeto de tratar la concordia que hab√≠a ofrecido. Pero frustradas ya todas las esperanzas de paz, y pareciendo tambi√©n que aquel medio de procurar y tratar la concordia en las dietas era m√°s eficaz para suscitar mayores turbulencias que para sosegarlas; Nos resolvimos a volver a adoptar el antiguo remedio de celebrar concilio general; y esto mismo ofrecimos al C√©sar por medio de nuestros Legados, Cardenales de la santa Romana Iglesia; y lo mismo tambi√©n tratamos √ļltima y principalmente por su medio en la dieta de Ratisbona, concurriendo a ella nuestro amado hijo Gaspar Contareno, Cardenal de santa Praxedes, nuestro Legado, y persona de suma doctrina e integridad: porque pidi√©ndosenos por dictamen de aquella dieta lo mismo que hab√≠amos recelado antes que hab√≠a de suceder; es a saber, que declar√°semos se tolerasen ciertos art√≠culos de los que est√°n apartados de la Iglesia, hasta que se examinasen y decidiesen por el concilio general; no permiti√©ndonos la fe cat√≥lica cristiana, ni nuestra dignidad, ni la de la Sede Apost√≥lica que los concedi√©semos; mandamos que m√°s bien se propusiese abiertamente el concilio para celebrarlo cuanto antes. Ni jam√°s tuvimos a la verdad otro parecer ni deseo, que el que se congregase en la primera ocasi√≥n el concilio ecum√©nico y general. Esper√°bamos por cierto que se podr√≠a restablecer con √©l la paz del pueblo cristiano, y la unidad de la religi√≥n de Jesucristo; mas no obstante dese√°bamos celebrarlo con la aprobaci√≥n y gusto de los Pr√≠ncipes cristianos. Mientras esper√°bamos su voluntad; mientras observ√°bamos este tiempo rec√≥ndito, este tiempo de tu aprobaci√≥n, ¬°o Dios! nos vimos √ļltimamente precisados a resolver, que todos los tiempos son del divino benepl√°cito, cuando se toman resoluciones de cosas santas y conducentes a la piedad cristiana. Por tanto viendo con grav√≠simo dolor de nuestro coraz√≥n, que se empeoraban de d√≠a en d√≠a los negocios de la cristiandad; pues la Ungr√≠a estaba oprimida por los Turcos, los Alemanes en sumo peligro; y todas las dem√°s provincias llenas de miedo, tristeza y aflicci√≥n; determinamos no aguardar ya el consentimiento de ning√ļn Pr√≠ncipe, sino atender √ļnicamente a la voluntad de Dios omnipotente, y a la utilidad de la rep√ļblica cristiana. En consecuencia, pues, no pudiendo ya disponer de Vincencia, y deseando atender as√≠ a la salud eterna de todos los cristianos, como a la comodidad de la naci√≥n Alemana, en la elecci√≥n de lugar que hab√≠amos de hacer para celebrar el nuevo concilio; y que aunque se propusieron otros lugares, conoc√≠amos que los Alemanes deseaban se eligiese la ciudad de Trento; Nos, aunque juzg√°bamos que se pod√≠an tratar m√°s c√≥modamente todos los negocios en la Italia citerior; conformamos no obstante, movidos de nuestro amor paternal, nuestra determinaci√≥n a sus peticiones. En consecuencia elegimos la ciudad de Trento para que se celebrase en ella el concilio ecum√©nico en el d√≠a primero del pr√≥ximo mes de noviembre, determinando aquel lugar como que era a prop√≥sito para que pudiesen concurrir a √©l los Obispos y Prelados de Alemania, y de otras naciones inmediatas con suma facilidad; y los de Francia, Espa√Īa y provincias restantes m√°s remotas, sin especial dificultad. Dilatamos no obstante la abertura hasta aquel d√≠a se√Īalado, para dar tiempo a que se publicase este nuestro decreto por todas las naciones cristianas, y tuviesen todos los Prelados tiempo para concurrir a √©l. Y para haber dejado de se√Īalar en esta ocasi√≥n el t√©rmino de un a√Īo en la mudanza del lugar del concilio, como hemos prescrito en otras ocasiones en algunas Bulas; ha sido el motivo nohaber Nos querido diferir por m√°s tiempo la esperanza de sanar en alguna parte la rep√ļblica cristiana, que tantas p√©rdidas y calamidades ha padecido. Vemos no obstante las circunstancias del tiempo; conocemos las dificultades; comprendemos que es incierto cuanto se puede esperar de nuestra resoluci√≥n; pero sabiendo que est√° escrito: Descubre al Se√Īor tus resoluciones, y espera en √©l, que √©l las cumplir√°; tuvimos por m√°s acertado colocar nuestra esperanza en la clemencia y misericordia divina, que desconfiar de nuestra debilidad. Porque sucede muchas veces al principiar las buenas obras, que lo que no pueden hacer los consejos de los hombres, lo lleva a debida ejecuci√≥n el poder divino. Confiados pues, y apoyados en la autoridad de este mismo Dios omnipotente, Padre, Hijo y Esp√≠ritu Santo, y de sus bienaventurados Ap√≥stoles san Pedro y san Pablo, de la que tambi√©n gozamos en la tierra; y adem√°s de esto, con el consejo y asenso de nuestros venerables hermanos los Cardenales de la santa Iglesia Romana; quitada y removida la suspensi√≥n arriba mencionada, la misma que removemos y quitamos por la presente Bula; indicamos, anunciamos, convocamos, establecemos y decretamos, que el santo, ecum√©nico y general concilio se ha de principiar, proseguir y finalizar con el auxilio del mismo Se√Īor, a su honra y gloria, y en beneficio del pueblo cristiano, en la ciudad de Trento, lugar c√≥modo, libre y oportuno para todas las naciones, desde el d√≠a primero del pr√≥ximo mes de noviembre del presente a√Īo de la Encarnaci√≥n del Se√Īor 1542; requiriendo, exhortando, amonestando y adem√°s de esto mandando en todo rigor de precepto en fuerza del juramento que hicieron a Nos, y a esta santa Sede, y en virtud de santa obediencia y bajo las dem√°s penas que es costumbre intimar y proponer contra los que no concurren cuando se celebran concilios, que tanto nuestros venerables hermanos de todos los lugares los Patriarcas, Arzobispos, Obispos y nuestros amados hijos los Abades, como todos los dem√°s a quienes por derecho o por privilegio es permitido tener asiento en los concilios generales, y dar su voto en ellos; que todos deban absolutamente concurrir y asistir a este sagrado concilio, a no hallarse acaso leg√≠timamente impedidos, de cuya circunstancia no obstante est√©n obligados a avisar con fidedigno testimonio; o asistir a lo menos por sus procuradores y enviados con leg√≠timos poderes. Rogando adem√°s y suplicando por las entra√Īas de misericordia de Dios, y de nuestro Se√Īor Jesucristo, cuya religi√≥n y verdades de fe ya se combaten por dentro y fuera tan gravemente, a los mencionados Emperador, y Rey Cristian√≠simo, as√≠ como a los dem√°s Reyes, Duques y Pr√≠ncipes, cuya presencia si en alg√ļn tiempo ha sido necesaria a la sant√≠sima fe de Jesucristo, y a la salvaci√≥n de todos los cristianos, lo es principalmente en este tiempo; que si desean ver salva la rep√ļblica cristiana; si comprenden que tienen estrecha obligaci√≥n a Dios por los grandes beneficios que de su Majestad han recibido; no abandonen la causa, ni los intereses del mismo Dios; concurran por s√≠ mismos a la celebraci√≥n del sagrado Concilio, en el que ser√° en extremo provechosa su piedad y virtud para la com√ļn utilidad y salvaci√≥n suya, y de lo otros, as√≠ la temporal, como la eterna. Mas si (lo que no quisi√©ramos) no pudieren concurrir ellos mismos; env√≠en a lo menos sus Embajadores autorizados que puedan representar en el Concilio cada uno la persona de su Pr√≠ncipe con prudencia y dignidad. Y ante todas cosas que procuren, lo que les es sumamente f√°cil, que se pongan en camino, sin tergiversaci√≥n ni tardanza, para venir al Concilio, los Obispos y Prelados de sus respectivos reinos y provincias: circunstancia que en particular es absolutamente conforme a justicia, que el mismo Dios, y Nos alcancemos de los Prelados y Pr√≠ncipes de Alemania; es a saber, que habi√©ndose indicado el Concilio principalmente por su caus y deseos, y en la misma ciudad que ellos han pretendido, tengan todso a bien celebrarlo, y darle esplendor con su presencia, para que mucho m√°s bien, y con mayor comodidad se puedan cuanto antes, y del mejor modo posible, tratar en el mismo sagrado y ecum√©nico Concilio, consultar, ventilar, resolver, y llevar al fin deseado cuantas cosas sean necesarias a la integridad y verdad de la religi√≥n cristiana, al restablecimiento de las buenas costumbres, a la enmienda de las malas, a la paz, unidad y concordia de los cristianos entre s√≠, tanto de los Pr√≠ncipes, como de los pueblos, as√≠ como a rechazar los √≠mpetus con que maquinan los B√°rbaros e infieles oprimir toda la cristiandad; siendo Dios quien gu√≠e nuestras deliberaciones, y quien lleve delante de nuestras almas la luz de su sabidur√≠a y verdad. Y para que lleguen estas nuevas letras, y cuanto en ellas se contiene, a noticia de todos los que deben tenerla, y ninguno de ellos pueda alegar ignorancia, principalmente por no ser acaso libre el camino para que lleguen a todas las personas a quienes determinadamente se deber√≠an intimar; queremos, y mandamos que cuando acostumbra juntarse el pueblo en la bas√≠lica Vaticana del Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, y en la iglesia de Letran a o√≠r la misa, se lean p√ļblicamente, y con voz clara por los cursores de nuestra Curia, o por algunos notarios p√ļblicos; y leidas se fijen en las puertas de dichas iglesias, y adem√°s de estas, en las de la Cancelar√≠a Apost√≥lica, y en el lugar acostumbrado del campo de Flora, en donde han de estar expuestas alg√ļn tiempo para que las lean y lleguen a noticia de todos; y cuando las quitaren de all√≠, queden no obstante colocadas sus copias en los mismos lugares. En efecto nuestra determinada voluntad es, que todas y cualesquiera personas de las mencionadas en esta nuestra Bula, queden tan obligadas y comprendidas por la lectura, publicaci√≥n y fijaci√≥n de ella, a los dos meses despu√©s de fijada, contados desde el d√≠a de su publicaci√≥n y fijaci√≥n, como si se hubiese le√≠do e intimado a sus propias personas. Mandamos tambi√©n y decretamos, que se d√© cierta e indubitable fe a los ejemplares de ella, que est√©n escritos o firmados por mano de alg√ļn notario p√ļblico, y refrendados con el sello de alguna persona eclesi√°stica constituida en dignidad. No sea, pues, l√≠cito a persona alguna quebrantar, o contradecir temerariamente a esta nuestra Bula de indicci√≥n, aviso, convocaci√≥n, estatuto, decreto, mandamiento, precepto y ruego. Y si alguno presumiere atentarlo, sepa que incurrir√° en la indignaci√≥n de Dios omnipotente, y en la de sus bienaventurados Ap√≥stoles san Pedro y san Pablo. Dado en Roma, en san Pedro, en 22 de mayo del a√Īo de la Encarnaci√≥n del Se√Īor 1542, y octava de nuestro Pontificado. Blosio. Hier. Dan.

ABERTURA DEL CONCILIO DE TRENTO

"En el nombre de la sant√≠sima Trinidad. Siguen las ordenanzas, constituciones, actas, y decretos hechos en el sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, presidido a nombre de nuestro sant√≠simo en Cristo Padre y Se√Īor Paulo, por divina providencia Papa III de este nombre, por los Reverend√≠simos e Ilustr√≠simos se√Īores los Cardenales de la santa Romana Iglesia, Legados a latere de la Sede Apost√≥lica, Juan Mar√≠a de Monte, Obispo de Palestina; Marcelo Cervini, Presb√≠tero de santa Cruz en Jerusal√©n; y Reginaldo Polo, Ingl√©s, Di√°cono de santa Mar√≠a in Cosmedin".

"En el nombre de Dios, Amen. En el a√Īo del nacimiento del mismo Se√Īor nuestro de M. D. XLV, en la Indicci√≥n tercera, domingo tercero del Adviento del Se√Īor, en que cay√≥ la festividad de santa Luc√≠a, d√≠a trece del mes de diciembre, a√Īo duod√©cimo del Pontificado de nuestro Sant√≠simo Padre y Se√Īor nuestro en Jesucristo, Paulo por divina providencia Papa III de este nombre, se celebr√≥ una procesi√≥n general en la ciudad de Trento desde la Iglesia de la sant√≠sima e individua Trinidad hasta la iglesia catedral, para dar feliz principio al sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento; y asistieron en ella los tres Legados de la Sede Apost√≥lica, y el Reverend√≠simo e Ilustr√≠simo se√Īor Crist√≥bal Madruci, Presb√≠tero Cardenal de la santa Iglesia Romana, del t√≠tulo de san Cesario, y tambi√©n los Reverendos Padres y se√Īores los Arzobispos, Obispos, Abades, doctores, e ilustres y nobles se√Īores que despu√©s se mencionan, con otros muchos doctores as√≠ te√≥logos, como canonistas y legistas, y gran n√ļmero de Barones y Condes, y juntamente el clero y pueblo de dicha ciudad. Finalizada la procesi√≥n, el referido primer Legado, Reverend√≠simo e Ilustr√≠simo se√Īor Cardenal de Monte, celebr√≥ la misa de Esp√≠ritu Santo en la santa iglesia catedral, y predic√≥ el Reverendo Padre y se√Īor Obispo de Bitonto. Despu√©s de acabada la misa dio la bendici√≥n al pueblo el expresado Reverend√≠simo se√Īor Cardenal de Monte; y compareciendo despu√©s ante los mismos Legados y Prelados la distinguida persona del maestro Zorrilla, secretario del Ilustr√≠simo se√Īor don Diego de Mendoza, Embajador del Emperador y Rey de Espa√Īa, present√≥ las cartas en que dicho Embajador excusaba su ausencia, y fueron le√≠das en alta voz. Despu√©s de esto se leyeron las Bulas de la convocaci√≥n del Concilio, e inmediatamente el expresado Reverend√≠simo Legado de Monte, volvi√©ndose a los Padres del Concilio, dijo:"

SESI√ďN I

Celebrada en tiempo del sumo Pont√≠fice Paulo III, en 13 de diciembre del a√Īo del Se√Īor 1545

DECRETO EN QUE SE DECLARA LA ABERTURA DEL CONCILIO.

¬ŅTen√©is a bien decretar y declarar a honra y gloria de la santa e individua Trinidad, Padre, Hijo, y Esp√≠ritu Santo, para aumento y exaltaci√≥n de la fe y religi√≥n cristiana, extirpaci√≥n de las herej√≠as, paz y concordia de la Iglesia, reforma del clero y pueblo cristiano, y humillaci√≥n, y total ruina de los enemigos del nombre de Cristo, que el sagrado y general Concilio de Trento principie, y quede principiado? Respondieron los PP.: As√≠ lo queremos.

Asignación de la sesión siguiente

Pues estando pr√≥xima la fiesta de la Natividad de Jesucristo nuestro Se√Īor, y sigui√©ndose otras festividades de este a√Īo que acaba, y del que principia; ¬Ņten√©is a bien que la primera Sesi√≥n que haya, se celebre el jueves despu√©s de la Epifan√≠a, que ser√° el 7 de enero del a√Īo del Se√Īor 1546? Respondieron: As√≠ lo queremos.

SESI√ďN II

Celebrada el 7 de enero de 1546

DECRETO SOBRE EL ARREGLO DE VIDA, Y OTRAS COSAS QUE DEBEN OBSERVARSE EN EL CONCILIO

El sacrosanto Concilio Tridentino, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido por los mismos tres Legados de la Sede Apost√≥lica, reconociendo con el bienaventurado Ap√≥stol Santiago, que toda d√°diva excelente, y todo don perfecto viene del cielo, y baja del Padre de las luces, que concede con abundancia la sabidur√≠a a todos los que se la piden, sin darles en rostro con su ignorancia; y sabiendo tambi√©n que el principio de la sabidur√≠a es el temor de Dios: ha resuelto y decretado exhortar a todos, y cada uno de los fieles cristianos congregados en Trento, como a presente los exhorta, a que procuren enmendarse de los males y pecados hasta el presente cometidos, y procedan en adelante con temor de Dios, sin condescender a los deseos de la carne, perseverando seg√ļn cada uno pueda en la oraci√≥n, y confesando a menudo, comulgando, frecuentando las iglesias y en fin cumpliendo los preceptos divinos, y rogando adem√°s de esto a Dios todos los d√≠as en sus oraciones secretas por la paz de los Pr√≠ncipes cristianos, y por la unidad de la Iglesia. Exhorta tambi√©n a los Obispos, y dem√°s personas constituidas en el orden sacerdotal, que concurren a esta ciudad a celebrar el Concilio general, a que se dediquen con esmero a las continuas alabanzas de Dios, ofrezcan sus sacrificios, oficio y oraciones, y celebren el sacrificio de la misa a lo menos en el domingo, d√≠a en que Dios cri√≥ la luz, resucit√≥ de entre los muertos, e infundi√≥ en sus disc√≠pulos el Esp√≠ritu Santo, haciendo, como manda el mismo Santo Esp√≠ritu por medio de su Ap√≥stol, s√ļplicas, oraciones, peticiones, y acciones de gracias por nuestro sant√≠simo Padre el Papa, por el Emperador, por los Reyes, por todos los que se hallan constituidos en dignidad, y por todos los hombres, para que vivamos quieta y tranquilamente, gocemos de la paz, y veamos el aumento de la religi√≥n. Exhorta adem√°s a que ayunen por lo menos todos los viernes en memoria de la Pasi√≥n del Se√Īor, den limosnas a los pobres, y se celebre todos los jueves en la iglesia catedral la misa del Esp√≠ritu Santo, con las letan√≠as y otras oraciones establecidas para esta ocasi√≥n; y en las dem√°s iglesias se digan a lo menos en el mismo d√≠a las letan√≠as y oraciones; sin que en el tiempo de los divino oficios haya pl√°ticas ni conversaciones, sino que se asista al sacerdote con la boca, y con el √°nimo. Y por cuanto es necesario que los Obispos sean irreprensibles, sobrios, castos, y muy atentos al gobierno de sus casas; los exhorta igualmente a que cuiden ante todas cosas de la sobriedad en su mesa, y de la moderaci√≥n en sus manjares. Dem√°s de esto, como acontece muchas veces suscitarse en la misma mesa conversaciones in√ļtiles; se lea al tiempo de ella la divina Escritura. Instruya tambi√©n cada uno a sus familiares, y ens√©√Īeles que no sean pendencieros, vinosos, desenvueltos, ambiciosos, soberbios, blasfemos, ni dados a deleites; huyan en fin de los vicios, y abracen las virtudes, manifestando en sus vestidos, ali√Īo, y dem√°s actos la honestidad y modestia correspondiente a los ministros de los ministros de Dios. Adem√°s de esto, siendo el principal cuidado, empe√Īo e intenci√≥n de este Concilio sacrosanto, que disipadas las tinieblas de las herej√≠as, que por tantos a√Īos han cubierto la tierra, renazca la luz de la verdad cat√≥lica, con el favor de Jesucristo, que es la verdadera luz, as√≠ como el candor y la pureza, y se reformen las cosas que necesitan de reforma; el mismo Concilio exhorta a todos los cat√≥licos aqu√≠ congregados, y que despu√©s se congregaren, y principalmente a los que est√°n instruidos en las sagradas letras, a que mediten por s√≠ mismos con diligencia y esmero los medios y modos m√°s convenientes para poder dirigir las intenciones del Concilio, y lograr el efecto deseado; y con esto se pueda con mayor prontitud, deliberaci√≥n y prudencia, condenar lo que deba condenarse, y aprobarse lo que merezca aprobaci√≥n; y todos por todo el mundo glorifiquen, a una voz, y con una misma confesi√≥n de fe, a Dios, Padre de nuestro Se√Īor Jesucristo. Respecto del modo con que se han de exponer los dict√°menes, luego que los sacerdotes del Se√Īor est√©n sentados en el lugar de bendici√≥n, seg√ļn el estatuto del concilio Toledano, ninguno pueda meter ruido con voces desentonadas, ni perturbar tumultuariamente, ni tampoco altercar con disputas falsas, vanas u obstinadas; sino que todo lo que expongan, de tal modo se tempere y suavice al pronunciarlo, que ni se ofendan los oyentes, ni se pierda la rectitud del juicio con la perturbaci√≥n del √°nimo. Despu√©s de esto estableci√≥ y decret√≥ el mismo Concilio, que si aconteciese por casualidad que algunos no tomen el asiento que les corresponde, y den su dictamen, aun vali√©ndose de la f√≥rmula Placet, asistan a las congregaciones, y ejecuten durante el Concilio otras acciones, cualesquiera que sean; no por esto se les ha de seguir perjuicio alguno, ni otros tampoco adquirir√°n nuevo derecho.

Asignóse después el día jueves, 4 del próximo mes de febrero, para celebrar la Sesión siguiente.

EL S√ćMBOLO DE LA FE

SESI√ďN III

Celebrada en 4 de febrero de 1546

DECRETO SOBRE EL S√ćMBOLO DE LA FE

En el nombre de la santa e indivisible Trinidad, Padre, Hijo, y Esp√≠ritu Santo. Considerando este sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apost√≥lica, la grandeza de los asuntos que tiene que tratar, en especial de los contenidos en los dos cap√≠tulos, el uno de la extirpaci√≥n de las herej√≠as, y el otro de la reforma de costumbres, por cuya causa principalmente se ha congregado; y comprendiendo adem√°s con el Ap√≥stol, que no tiene que pelear contra la carne y sangre, sino contra los malignos esp√≠ritus en cosas pertenecientes a la vida eterna; exhorta primeramente con el mismo Ap√≥stol a todos, y a cada uno, a que se conforten en el Se√Īor, y en el poder de su virtud, tomando en todo el escudo de la fe, con el que puedan rechazar todos los tiros del infernal enemigo, cubri√©ndose con el morri√≥n de la esperanza de la salvaci√≥n, y arm√°ndose con la espada del esp√≠ritu, que es la palabra de Dios. Y para que este su piadoso deseo tenga en consecuencia, con la gracia divina, principio y adelantamiento, establece y decreta, que ante todas cosas, debe principiar por el s√≠mbolo, o confesi√≥n de fe, siguiendo en esto los ejemplos de los Padres, quienes en los m√°s sagrados concilios acostumbraron agregar, en el principio de sus sesiones, este escudo contra todas las herej√≠as, y con √©l solo atrajeron algunas veces los infieles a la fe, vencieron los herejes, y confirmaron a los fieles. Por esta causa ha determinado deber expresar con las mismas palabras con que se lee en todas las iglesias, el s√≠mbolo de fe que usa la santa Iglesia Romana, como que es aquel principio en que necesariamente convienen los que profesan la fe de Jesucristo, y el fundamento seguro y √ļnico contra que jam√°s prevalecer√°n las puertas del infierno. El mencionado s√≠mbolo dice as√≠: Creo en un solo Dios, Padre omnipotente, criador del cielo y de la tierra, y de todo lo visible e invisible: y en un solo Se√Īor Jesucristo, Hijo unig√©nito de Dios, y nacido del Padre ante todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consustancial al Padre, y por quien fueron criadas todas las cosas; el mismo que por nosotros los hombres, y por nuestra salvaci√≥n descendi√≥ de los cielos, y tom√≥ carne de la virgen Mar√≠a por obra del Esp√≠ritu Santo, y se hizo hombre: fue tambi√©n crucificado por nosotros, padeci√≥ bajo el poder de Poncio Pilato, y fue sepultado; y resucit√≥ al tercero d√≠a, seg√ļn estaba anunciado por las divinas Escrituras; y subi√≥ al cielo, y est√° sentado a la diestra del Padre; y segunda vez ha de venir glorioso a juzgar los vivos y los muertos; y su reino ser√° eterno. Creo tambi√©n en el Esp√≠ritu Santo, Se√Īor y vivificador, que procede del Padre y del Hijo; quien igualmente es adorado, y goza juntamente gloria con el Padre, y con el Hijo, y es el que habl√≥ por los Profetas; y creo ser una la santa, cat√≥lica y apost√≥lica Iglesia. Confieso un bautismo para la remisi√≥n de los pecados: y aguardo la resurrecci√≥n de la carne y la vida perdurable. Amen.

Asignación de la sesión siguiente

Teniendo entendido el mismo sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apost√≥lica, que muchos Prelados est√°n dispuestos a emprender el viaje al Concilio de varios pa√≠ses, y que algunos est√°n ya en camino para venir a Trento; y considerando tambi√©n que cuanto ha de decretar el mismo sagrado Concilio, de tanto mayor cr√©dito y respeto podr√° parecer entre todos, cuanto con mayor, m√°s n√ļmero y pleno consejo de Padres se determine y corrobore; resolvi√≥ y decret√≥ que la Sesi√≥n pr√≥xima se ha de celebrar el jueves siguiente a la inmediata futura Dominica Laetare; mas que entre tanto no se dejen de tratar y ventilar los puntos que parecieren al mismo Concilio dignos de su ventilaci√≥n y examen.

LAS SAGRADAS ESCRITURAS

SESI√ďN IV

Celebrada en 8 de abril de 1546

DECRETO SOBRE LAS ESCRITURAS CAN√ďNICAS

El sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apost√≥lica, proponi√©ndose siempre por objeto, que exterminados los errores, se conserve en la Iglesia la misma pureza del Evangelio, que prometido antes en la divina Escritura por los Profetas, promulg√≥ primeramente por su propia boca. Jesucristo, hijo de Dios, y Se√Īor nuestro, y mand√≥ despu√©s a sus Ap√≥stoles que lo predicasen a toda criatura, como fuente de toda verdad conducente a nuestra salvaci√≥n, y regla de costumbres; considerando que esta verdad y disciplina est√°n contenidas en los libros escritos, y en las tradiciones no escritas, que recibidas de boca del mismo Cristo por los Ap√≥stoles, o ense√Īadas por los mismos Ap√≥stoles inspirados por el Esp√≠ritu Santo, han llegado como de mano en mano hasta nosotros; siguiendo los ejemplos de los Padres cat√≥licos, recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia, todos los libros del viejo y nuevo Testamento, pues Dios es el √ļnico autor de ambos, as√≠ como las mencionadas tradiciones pertenecientes a la fe y a las costumbres, como que fueron dictadas verbalmente por Jesucristo, o por el Esp√≠ritu Santo, y conservadas perpetuamente sin interrupci√≥n en la Iglesia cat√≥lica. Resolvi√≥ adem√°s unir a este decreto el √≠ndice de los libros Can√≥nicos, para que nadie pueda dudar cuales son los que reconoce este sagrado Concilio. Son pues los siguientes. Del antiguo Testamento, cinco de Mois√©s: es a saber, el G√©nesis, el Exodo, el Lev√≠tico, los N√ļmeros, y el Deuteronomio; el de Josu√©; el de los Jueces; el de Ruth; los cuatro de los Reyes; dos del Paralip√≥menon; el primero de Esdras, y el segundo que llaman Nehem√≠as; el de Tob√≠as; Judith; Esther; Job; el Salterio de David de 150 salmos; los Proverbios; el Eclesiast√©s; el C√°ntico de los c√°nticos; el de la Sabidur√≠a; el Eclesi√°stico; Isa√≠as; Jerem√≠as con Baruch; Ezequiel; Daniel; los doce Profetas menores, que son; Oseas; Joel; Amos; Abd√≠as; Jon√°s; Micheas; Nahum; Habacuc; Sofon√≠as; Aggeo; Zachar√≠as, y Malach√≠as, y los dos de los Macabeos, que son primero y segundo. Del Testamento nuevo, los cuatro Evangelios; es a saber, seg√ļn san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; los hechos de los Ap√≥stoles, escritos por san Lucas Evangelista; catorce Ep√≠stolas escritas por san Pablo Ap√≥stol; a los Romanos; dos a los Corintios; a los G√°latas; a los Efesios; a los Filipenses; a los Colosenses; dos a los de Tesal√≥nica; dos a Timoteo; a Tito; a Philemon, y a los Hebreos; dos de san Pedro Ap√≥stol; tres de san Juan Ap√≥stol; una del Ap√≥stol Santiago; una del Ap√≥stol san Judas; y el Apocalipsis del Ap√≥stol san Juan. Si alguno, pues, no reconociere por sagrados y can√≥nicos estos libros, enteros, con todas sus partes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia cat√≥lica, y se hallan en la antigua versi√≥n latina llamada Vulgata; y despreciare a sabiendas y con √°nimo deliberado las mencionadas tradiciones, sea excomulgado. Queden, pues, todos entendidos del orden y m√©todo con que despu√©s de haber establecido la confesi√≥n de fe, ha de proceder el sagrado Concilio, y de que testimonios y auxilios se ha de servir principalmente para comprobar los dogmas y restablecer las costumbres en la Iglesia.

DECRETO SOBRE LA EDICI√ďN Y USO DE LA SAGRADA ESCRITURA

Considerando adem√°s de esto el mismo sacrosanto Concilio, que se podr√° seguir mucha utilidad a la Iglesia de Dios, si se declara qu√© edici√≥n de la sagrada Escritura se ha de tener por aut√©ntica entre todas las ediciones latinas que corren; establece y declara, que se tenga por tal en las lecciones p√ļblicas, disputas, sermones y exposiciones, esta misma antigua edici√≥n Vulgata, aprobada en la Iglesia por el largo uso de tantos siglos; y que ninguno, por ning√ļn pretexto, se atreva o presuma desecharla. Decreta adem√°s, con el fin de contener los ingenios insolentes, que ninguno fiado en su propia sabidur√≠a, se atreva a interpretar la misma sagrada Escritura en cosas pertenecientes a la fe, y a las costumbres que miran a la propagaci√≥n de la doctrina cristiana, violentando la sagrada Escritura para apoyar sus dict√°menes, contra el sentido que le ha dado y da la santa madre Iglesia, a la que privativamente toca determinar el verdadero sentido, e interpretaci√≥n de las sagradas letras; ni tampoco contra el un√°nime consentimiento de los santos Padres, aunque en ning√ļn tiempo se hayan de dar a luz estas interpretaciones. Los Ordinarios declaren los contraventores, y cast√≠guenlos con las pensas establecidas por el derecho. Y queriendo tambi√©n, como es justo, poner freno en esta parte a los impresores, que ya sin moderaci√≥n alguna, y persuadidos a que les es permitido cuanto se les antoja, imprimen sin licencia de los superiores eclesi√°sticos la sagrada Escritura, notas sobre ella, y exposiciones indiferentemente de cualquiera autor, omitiendo muchas veces el lugar de la impresi√≥n, muchas fingi√©ndolo, y lo que es de mayor consecuencia, sin nombre de autor; y adem√°s de esto, tienen de venta sin discernimiento y temerariamente semejantes libros impresos en otras partes; decreta y establece, que en adelante se imprima con la mayor enmienda que sea posible la sagrada Escritura, principalmente esta misma antigua edici√≥n Vulgata; y que a nadie sea l√≠cito imprimir ni procurar se imprima libro alguno de cosas sagradas, o pertenecientes a la religi√≥n, sin nombre de autor; ni venderlos en adelante, ni aun retenerlos en su casa, si primero no los examina y aprueba el Ordinario; so pena de excomuni√≥n, y de la multa establecida en el canon del √ļltimo concilio de Letran. Si los autores fueren Regulares, deber√°n adem√°s del examen y aprobaci√≥n mencionada, obtener licencia de sus superiores, despu√©s que estos hayan revisto sus libros seg√ļn los estatutos prescritos en sus constituciones. Los que los comunican, o los publican manuscritos, sin que antes sean examinados y aprobados, queden sujetos a las mismas penas que los impresores. Y los que los tuvieren o leyeren, sean tenidos por autores, si no declaran los que lo hayan sido. Dese tambi√©n por escrito la aprobaci√≥n de semejantes libros, y parezca esta autorizada al principio de ellos, sean manuscritos o sean impresos; y todo esto, es a saber, el examen y aprobaci√≥n se ha de hacer de gracia, para que as√≠ se apruebe lo que sea digno de aprobaci√≥n, y se repruebe lo que no la merezca. Adem√°s de esto, queriendo el sagrado Concilio reprimir la temeridad con que se aplican y tuercen a cualquier asunto profano las palabras y sentencias de la sagrada Escritura; es a saber, a bufonadas, f√°bulas, vanidades, adulaciones, murmuraciones, supersticiones, imp√≠os y diab√≥licos encantos, adivinaciones, suertes y libelos infamatorios; ordena y manda para extirpar esta irreverencia y menosprecio, que ninguno en adelante se atreva a valerse de modo alguno de palabras de la sagrada Escritura, para estos, ni semejantes abusos; que todas las personas que profanen y violenten de este modo la palabra divina, sean reprimidas por los Obispos con las penas de derecho, y a su arbitrio.

Asignación de la sesión siguiente

Item establece y decreta este sacrosanto Concilio, que la próxima futura Sesión se ha de tener y celebrar en la feria quinta después de la próxima sacratísima solemnidad de Pentecostés.

EL PECADO ORIGINAL

SESI√ďN V

Celebrada el 17 de junio de 1546.

DECRETO SOBRE EL PECADO ORIGINAL

Para que nuestra santa fe cat√≥lica, sin la cual es imposible agradar a Dios, purgada de todo error, se conserve entera y pura en su sinceridad, y para que no fluct√ļe el pueblo cristiano a todos vientos de nuevas doctrinas; constando que la antigua serpiente, enemigo perpetuo del humano linaje, entre much√≠simos males que en nuestros d√≠as perturban a la Iglesia de Dios, aun ha suscitado no s√≥lo nuevas herej√≠as, sino tambi√©n las antiguas sobre el pecado original, y su remedio; el sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apost√≥lica, resuelto ya a emprender la reducci√≥n de los que van errados y a confirmar los que titubean; siguiendo los testimonios de la sagrada Escritura, de los santos Padres y de los concilios mas bien recibidos, y el dictamen y consentimiento de la misma Iglesia, establece, confiesa y declara estos dogmas acerca del pecado original.

I. Si alguno no confiesa que Adan, el primer hombre, cuando quebrantó el precepto de Dios en el paraíso, perdió inmediatamente la santidad y justicia en que fue constituido, e incurrió por la culpa de su prevaricación en la ira e indignación de Dios, y consiguientemente en la muerte con que Dios le habla antes amenazado, y con la muerte en el cautiverio bajo el poder del mismo que después tuvo el imperio de la muerte, es a saber del demonio, y no confiesa que todo Adán pasó por el pecado de su prevaricación a peor estado en el cuerpo y en el alma; sea excomulgado.

II. Si alguno afirma que el pecado de Ad√°n le da√Ī√≥ a √©l solo, y no a su descendencia; y que la santidad que recibi√≥ de Dios, y la justicia que perdi√≥, la perdi√≥ para s√≠ solo, y no tambi√©n para nosotros; o que inficionado √©l mismo con la culpa de su inobediencia, solo traspas√≥ la muerte y penas corporales a todo el g√©nero humano, pero no el pecado, que es la muerte del alma; sea excomulgado: pues contradice al Ap√≥stol que afirma: Por un hombre entr√≥ el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y de este modo pas√≥ la muerte a todos los hombres por aquel en quien todos pecaron.

III. Si alguno afirma que este pecado de Ad√°n, que es uno en su origen, y transfundido en todos por la propagaci√≥n, no por imitaci√≥n, se hace propio de cada uno; se puede quitar por las fuerzas de la naturaleza humana, o por otro remedio que no sea el m√©rito de Jesucristo, Se√Īor nuestro, √ļnico mediador, que nos reconcili√≥ con Dios por medio de su pasi√≥n, hecho para nosotros justicia, santificaci√≥n y redenci√≥n; o niega que el mismo m√©rito de Jesucristo se aplica as√≠ a los adultos, como a los p√°rvulos por medio del sacramento del bautismo, exactamente conferido seg√ļn la forma de la Iglesia; sea excomulgado: porque no hay otro nombre dado a los hombres en la tierra, en que se pueda lograr la salvaci√≥n. De aqu√≠ es aquella voz: Este es el cordero de Dios; este es el que quita los pecados del mundo. Y tambi√©n aquellas: Todos los que fuisteis bautizados, os revest√≠steis de Jesucristo.

IV. Si alguno niega que los ni√Īos reci√©n nacidos se hayan de bautizar, aunque sean hijos de padres bautizados; o dice que se bautizan para que se les perdonen los pecados, pero que nada participan del pecado original de Ad√°n, de que necesiten purificarse con el ba√Īo de la regeneraci√≥n para conseguir la vida eterna; de donde es consiguiente que la forma del bautismo se entienda respecto de ellos no verdadera, sino falsa en orden a la remisi√≥n de los pecados; sea excomulgado: pues estas palabras del Ap√≥stol: Por un hombre entr√≥ el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y de este modo pas√≥ la muerte a todos los hombres por aquel en quien todos pecaron; no deben entenderse en otro sentido sino en el que siempre las ha entendido la Iglesia cat√≥lica difundida por todo el mundo. Y as√≠ por esta regla de fe, conforme a la tradici√≥n de los Ap√≥stoles, aun los p√°rvulos que todav√≠a no han podido cometer pecado alguno personal, reciben con toda verdad el bautismo en remisi√≥n de sus pecados; para que purifique la regeneraci√≥n en ellos lo que contrajeron por la generaci√≥n: Pues no puede entrar en el reino de Dios, sino el que haya renacido del agua, y del Esp√≠ritu Santo.

V. Si alguno niega que se perdona el reato del pecado original por la gracia de nuestro Se√Īor Jesucristo que se confiere en el bautismo; o afirma que no se quita todo lo que es propia y verdaderamente pecado; sino dice, que este solamente se rae, o deja de imputarse; sea excomulgado. Dios por cierto nada aborrece en los que han renacido; pues cesa absolutamente la condenaci√≥n respecto de aquellos, que sepultados en realidad por el bautismo con Jesucristo en la muerte, no viven seg√ļn la carne, sino que despojados del hombre viejo, y vestidos del nuevo, que est√° creado seg√ļn Dios, pasan a ser inocentes, sin mancha, puros, sin culpa, y amigos de Dios, sus herederos y part√≠cipes con Jesucristo de la herencia de Dios; de manera que nada puede retardarles su entrada en el cielo. Confiesa no obstante, y cree este santo Concilio, que queda en los bautizados, la concupiscencia, o fomes, que como dejada para ejercicio, no puede da√Īar a los que no consienten, y la resisten varonilmente con la gracia de Jesucristo: por el contrario, aquel ser√° coronado que leg√≠timamente peleare. La santa S√≠nodo declara, que la Iglesia cat√≥lica jam√°s ha entendido que esta concupiscencia, llamada alguna vez pecado por el Ap√≥stol san Pablo, tenga este nombre, porque sea verdadera y propiamente pecado en los renacidos por el bautismo; sino porque dimana del pecado, e inclina a √©l. Si alguno sintiese lo contrario; sea excomulgado. Declara no obstante el mismo santo Concilio, que no es su intenci√≥n comprender en este decreto, en que se trata del pecado original, a la bienaventurada, e inmaculada virgen Mar√≠a, madre de Dios; sino que se observen las constituciones del Papa Sixto IV de feliz memoria, las mismas que renueva; bajo las penas contenidas en las mismas constituciones.

DECRETO SOBRE LA REFORMA

CAP. I. Que se establezcan c√°tedras de sagrada Escritura

Insistiendo el mismo sacrosanto Concilio en las piadosas constituciones de los sumos Pont√≠fices, y de los concilios aprobados, y adopt√°ndolas y a√Īadi√©ndolas, estableci√≥, y decret√≥, con el fin de que no quede obscurecido y despreciado el celestial tesoro de los sagrados libros, que el Esp√≠ritu Santo comunic√≥ a los hombres con suma liberalidad; que en las iglesias en que hay asignada prebenda, o prestamera, u otro estipendio, bajo cualquier nombre que sea, para los lectores de sagrada teolog√≠a, obliguen a los Obispos, Arzobispos, Primados, y dem√°s Ordinarios de los lugares, y compelan aun por la privaci√≥n de los frutos, a los que obtienen tal prebenda, prestamera, o estipendio, a que expongan e interpreten la sagrada Escritura por s√≠ mismos, si fueren capaces, y si no lo fuesen, por substitutos id√≥neos que deben ser elegidos por los mismos Obispos, Arzobispos, Primados y dem√°s Ordinarios. En adelante empero, no se ha de conferir la prebenda, prestamera, o estipendio mencionado sino a personas id√≥neas, y que puedan por s√≠ mismas desempe√Īar esta obligaci√≥n; quedando nula e inv√°lida la provisi√≥n que no se haga en estos t√©rminos. En las iglesias metropolitanas, o catedrales, si la ciudad fuese famosa, o de mucho vecindario, as√≠ como en las colegiatas que haya en poblaci√≥n sobresaliente, aunque no est√© asignada a ninguna di√≥cesis, con tal que sea el clero numeroso, en las que no haya destinada prebenda alguna, prestamera, o el estipendio mencionado; se ha de tener por destinada y aplicada perpetuamente para este efecto, ipso facto, la prebenda primera que de cualquier modo vaque, a excepci√≥n de la que vaque por resignaci√≥n, y a la que no est√© anexa otra obligaci√≥n y trabajo incompatible. Y por cuanto puede no haber prebenda alguna en las mismas iglesias, o no ser suficiente la que haya; deba el mismo Metropolitano, u Obispo, dar providencia con acuerdo del cabildo, para que haya la lecci√≥n o ense√Īanza de la sagrada Escritura, ya asignando los frutos de alg√ļn beneficio simple, cumplidas no obstante las cargas y obligaciones que este tenga; ya por contribuci√≥n de los beneficiados de su ciudad o di√≥cesis, o del modo m√°s c√≥modo que se pueda; con la condici√≥n no obstante de que de modo ninguno se omitan por estas otras lecciones establecidas o por la costumbre, o por cualquiera otra causa. Las iglesias cuyas rentas anuales fueren cortas, o donde el clero y pueblo sea tan peque√Īo que no pueda haber c√≥modamente en ellas c√°tedra de teolog√≠a, tengan a lo menos un maestro, que ha de elegir el Obispo con acuerdo del cabildo, que ense√Īe de balde la gram√°tica a los cl√©rigos y otros estudiantes pobres, para que puedan, mediante Dios, pasar al estudio de la sagrada Escritura; y por esta causa se han de asignar al maestro de gram√°tica los frutos de alg√ļn beneficio simple, que percibir√° solo el tiempo que se mantenga ense√Īando, con tal que no se defraude al beneficio del cumplimiento debido a sus cargas; o se le ha de pagar de la mesa capitular o episcopal alg√ļn salario correspondiente; o si esto no puede ser, busque el mismo Obispo alg√ļn arbitrio proporcionado a su iglesia y di√≥cesis, para que por ning√ļn pretexto se deje de cumplir esta piadosa, √ļtil y fructuosa determinaci√≥n. Haya tambi√©n c√°tedra de sagrada Escritura en los monasterios de monjes en que c√≥modamente pueda haberla; y si fueren omisos los Abades en el cumplimiento de esto, obl√≠guenles a ello por medios oportunos los Obispos de los lugares, como delegados en este caso de la Sede Apost√≥lica. Haya igualmente c√°tedra de sagrada Escritura en los conventos de los dem√°s Regulares, en que c√≥modamente puedan florecer los estudios; y esta c√°tedra la han de dar los cap√≠tulos generales o provinciales a los maestros m√°s dignos. Establ√©zcase tambi√©n en los estudios p√ļblicos (en que hasta ahora no se haya establecido) por la piedad de los religios√≠simos Pr√≠ncipes y rep√ļblicas, y por su amor a la defensa y aumento de la fe cat√≥lica, y a la conservaci√≥n y propagaci√≥n de la sana doctrina, c√°tedra tan honor√≠fica, y mas necesaria que todo lo dem√°s, y restabl√©zcase donde quiera que antes se haya fundado y est√© abandonada. Y para que no se propague la impiedad bajo el pretexto de piedad, ordena el mismo sagrado Concilio, que ninguno sea admitido al magisterio de esta ense√Īanza, sea p√ļblica o privada, sin que antes sea examinado y aprobado por el Obispo del lugar sobre su vida, costumbres e instrucci√≥n: mas eto no se entienda con los lectores que han de ense√Īar en los conventos. Y en tanto que ejerzan su magisterio en escuelas p√ļblicas los que ense√Īaren la sagrada Escritura, y los escolares que estudien en ellas, gocen y disfruten plenamente de todos los privilegios sobre la percepci√≥n de frutos, prebendas y beneficios concedidos por derecho com√ļn en las ausencias.

CAP. II. De los predicadores de la palabra divina, y de los demandante.

Siendo no menos necesaria a la rep√ļblica cristiana la predicaci√≥n del Evangelio, que su ense√Īanza en la c√°tedra, y siendo aquel el principal ministerio de los Obispos; ha establecido y decretado el mismo santo Concilio que todos los Obispos, Arzobispos, Primados, y restantes Prelados de las iglesias, est√°n obligados a predicar el sacrosanto Evangelio de Jesucristo por s√≠ mismos, si no estuviesen leg√≠timamente impedidos. Pero si sucediese que los Obispos, y dem√°s mencionados, lo estuviesen, tengan obligaci√≥n, seg√ļn lo dispuesto en el Concilio general, a escoger personas h√°biles para que desempe√Īen fructuosamente el ministerio de la predicaci√≥n. Si alguno despreciare dar cumplimiento a esta disposici√≥n; quede sujeto a una severa pena. Igualmente los Archiprestes, los Curas y los que gobiernan iglesias parroquiales u otras que tienen cargo de almas, de cualquier modo que sea, instruyan con discursos edificativos por s√≠, o por otras personas capaces si estuvieren leg√≠timamente impedidos, a lo menos en los domingos y festividades solemnes, a los fieles que les est√°n encomendados, seg√ļn su capacidad, y la de sus ovejas; ense√Ī√°ndoles lo que es necesario que todos sepan para conseguir la salvaci√≥n eterna; anunci√°ndoles con brevedad y claridad los vicios que deben huir, y las virtudes que deben practicar, para que logren evitar las penas del infierno, y conseguir la eterna felicidad. Mas si alguno de ellos fuese negligente en cumplirlo, aunque pretenda, so cualquier pretexto, estar exento de la jurisdicci√≥n del Obispo, y aunque sus iglesias se reputen de cualquier modo exentas, o acaso anexas, o unidas a alg√ļn monasterio, aunque este exista fuera de la di√≥cesis, con tal que se hallen efectivamente las iglesias dentro de ella; no quede por falta de la providencia y solicitud pastoral de los Obispos estorbar que se verifique lo que dice la Escritura: Los ni√Īos pidieron pan, y no hab√≠a quien se lo partiese. En consecuencia, si amonestados por el Obispo no cumplieren esta obligaci√≥n dentro de tres meses, sean precisados a cumplirla por medio de censuras eclesi√°sticas, o de otras penas a voluntad del mismo Obispo; de suerte, que si le pareciese conveniente, aun se pague a otra persona que desempe√Īe aquel ministerio, alg√ļn decente estipendio de los frutos de los beneficios, hasta que arrepentido el principal poseedor cumpla con su obligaci√≥n. Y si se hallaren algunas iglesias parroquiales sujetas a monasterios de ninguna di√≥cesis, cuyos Abades o Prelados regulares fuesen negligentes en las obligaciones mencionadas; sean compelidos a cumplirlas por los Metropolitanos en cuyas provincias est√©n aquellas di√≥cesis, como delegados para esto de la Sede Apost√≥lica; sin que pueda impedir la ejecuci√≥n de este decreto costumbre alguna o exenci√≥n, apelaci√≥n, reclamaci√≥n o recurso, hasta tanto que se conozca y decida por juez competente, quien debe proceder sumariamente, y atendida sola la verdad del hecho. Tampoco puedan predicar, ni aun en las iglesias de sus √≥rdenes, los Regulares de cualquiera religi√≥n que sean, si no hubieren sido examinados y aprobados por sus superiores sobre vida, costumbres y sabidur√≠a, y tengan adem√°s su licencia; con la cual est√©n obligados antes de comenzar a predicar a presentarse personalmente a sus Obispos, y pedirles la bendici√≥n. Para predicar en las iglesias que no son de sus √≥rdenes, tengan obligaci√≥n de conseguir, adem√°s de la licencia de sus superiores, la del Obispo, sin la cual de ning√ļn modo puedan predicar en ellas; y los Obispos se la han de conceder gratuitamente. Y si, lo que Dios no permita, sembrare el predicador en el pueblo errores o esc√°ndalos, aunque los predique en su monasterio, o en los de otro orden, le prohibir√° el Obispo el uso de la predicaci√≥n. Si predicase herej√≠as, proceda contra √©l seg√ļn lo dispuesto en el derecho, o seg√ļn la costumbre del lugar; aunque el mismo predicador pretextase estar exento por privilegio general o especial: en cuyo caso proceda el Obispo con autoridad Apost√≥lica, y como delegado de la santa Sede. Mas cuiden los Obispos de que ning√ļn predicador padezca vejaciones por falsos informes o calumnias, ni tenga justo motivo de quejarse de ellos. Eviten adem√°s de esto los Obispos el permitir que predique bajo pretexto de privilegio ninguno en su ciudad o di√≥cesis, persona alguna, ya sea de los que siendo Regulares en el nombre, viven fuera de la clausura y obediencia de sus religiones, o ya de los Presb√≠teros seculares, a no tenerlos conocidos y aprobados en sus costumbres y doctrina; hasta que los mismos Obispos consulten sobre el caso a la santa Sede Apost√≥lica; de la que no es veris√≠mil saquen personas indignas semejantes privilegios, a no ser callando la verdad, y diciendo mentira. Los que recogen las limosnas, que com√ļnmente se llaman Demandantes, de cualquiera condici√≥n que sean, no presuman de modo alguno predicar por s√≠, ni por otro; y los contraventores sean reprimidos eficazmente con oportunos remedios por los Obispos y Ordinarios de los lugares, sin que les sirvan ningunos privilegios.

Asignación de la sesión siguiente.

Además de esto, el mismo sacrosanto Concilio establece y decreta, que la próxima futura Sesión se tenga y celebre el jueves, feria quinta después de la fiesta del bienaventurado Apóstol Santiago.

Prorrógose después la Sesión al día 13 de enero de 1547.

LA JUSTIFICACI√ďN

SESI√ďN VI

Celebrada en 13 de enero de 1547.

DECRETO SOBRE LA JUSTIFICACI√ďN

PROEMIO

Habi√©ndose difundido en estos tiempos, no sin p√©rdida de muchas almas, y grave detrimento de la unidad de la Iglesia, ciertas doctrinas err√≥neas sobre la Justificaci√≥n; el sacrosanto, ecum√©nico y general Concilio de Trento, congregado leg√≠timamente en el Esp√≠ritu Santo, y presidido a nombre de nuestro sant√≠simo Padre y se√Īor en Cristo, Paulo por la divina providencia Papa III de este nombre, por los reverend√≠simos se√Īores Juan Mar√≠a de Monte, Obispo de Palestina, y Marcelo, Presb√≠tero del t√≠tulo de santa Cruz en Jerusal√©n, Cardenales de la santa Iglesia Romana, y Legados Apost√≥licos a latere, se propone declarar a todos los fieles cristianos, a honra y gloria de Dios omnipotente, tranquilidad de la Iglesia, y salvaci√≥n de las almas, la verdadera y sana doctrina de la Justificaci√≥n, que el sol de justicia Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe ense√Ī√≥, comunicaron sus Ap√≥stoles, y perpetuamente ha retenido la Iglesia cat√≥lica inspirada por el Esp√≠ritu Santo; prohibiendo con el mayor rigor, que ninguno en adelante se atreva a creer, predicar o ense√Īar de otro modo que el que se establece y declara en el presente decreto.

CAP. I. Que la naturaleza y la ley no pueden justificar a los hombres.

Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificaci√≥n, es necesario conozcan todos y confiesen, que habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricaci√≥n de Ad√°n, hechos inmundos, y como el Ap√≥stol dice, hijos de ira por naturaleza, seg√ļn se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no s√≥lo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Jud√≠os por la misma letra de la ley de Mois√©s, podr√≠an levantarse, o lograr su libertad; no obstante que el libre albedr√≠o no estaba extinguido en ellos, aunque s√≠ debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.

CAP. II. De la misión y misterio de la venida de Cristo.

Con este motivo el Padre celestial, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo, envió a los hombres, cuando llegó aquella dichosa plenitud de tiempo, a Jesucristo, su hijo, manifestado, y prometido a muchos santos Padres antes de la ley, y en el tiempo de ella, para que redimiese los Judíos que vivían en la ley, y los gentiles que no aspiraban a la santidad, la lograsen, y todos recibiesen la adopción de hijos. A este mismo propuso Dios por reconciliador de nuestros pecados, mediante la fe en su pasión, y no sólo de nuestros pecados, sino de los de todo el mundo.

CAP. III. Quiénes se justifican por Jesucristo.

No obstante, aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. Porque así como no nacerían los hombres efectivamente injustos, si no naciesen propagados de Adan; pues siendo concebidos por él mismo, contraen por esta propagación su propia injusticia; del mismo modo, si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos. Por este beneficio nos exhorta el Apóstol a dar siempre gracias al Padre Eterno, que nos hizo dignos de entrar a la parte de la suerte de los santos en la gloria, nos sacó del poder de las tinieblas, y nos transfirió al reino de su hijo muy amado, en el que logramos la redención, y el perdón de los pecados.

CAP. IV. Se da idea de la justificación del pecador, y del modo con que se hace en la ley de gracia.

En las palabras mencionadas se insin√ļa la descripci√≥n de la justificaci√≥n del pecador: de suerte que es tr√°nsito del estado en que nace el hombre hijo del primer Adan, al estado de gracia y de adopci√≥n de los hijos de Dios por el segundo Adan Jesucristo nuestro Salvador. Esta traslaci√≥n, o tr√°nsito no se puede lograr, despu√©s de promulgado el Evangelio, sin el bautismo, o sin el deseo de √©l; seg√ļn est√° escrito: No puede entrar en el reino de los cielos sino el que haya renacido del agua, y del Esp√≠ritu Santo.

CAP. V. De la necesidad que tienen los adultos de prepararse a la justificación, y de dónde provenga.

Declara adem√°s, que el principio de la misma justificaci√≥n de los adultos se debe tomar de la gracia divina, que se les anticipa por Jesucristo: esto es, de su llamamiento, por el que son llamados sin m√©rito ninguno suyo; de suerte que los que eran enemigos de Dios por sus pecados, se dispongan por su gracia, que los excita y ayuda para convertirse a su propia justificaci√≥n, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia; de modo que tocando Dios el coraz√≥n del hombre por la iluminaci√≥n del Esp√≠ritu Santo, ni el mismo hombre deje de obrar alguna cosa, admitiendo aquella inspiraci√≥n, pues puede desecharla; ni sin embargo pueda moverse sin la gracia divina a la justificaci√≥n en la presencia de Dios por sola su libre voluntad. De aqu√≠ es, que cuando se dice en las sagradas letras: Convert√≠os a m√≠, y me convertir√© a vosotros; se nos avisa de nuestra libertad; y cuando respondemos: Convi√©rtenos a ti, Se√Īor, y seremos convertidos; confesamos que somos prevenidos por la divina gracia.

CAP. VI. Modo de esta preparación.

Disp√≥nense, pues, para la justificaci√≥n, cuando movidos y ayudados por la gracia divina, y concibiendo la fe por el o√≠do, se inclinan libremente a Dios, creyendo ser verdad lo que sobrenaturalmente ha revelado y prometido; y en primer lugar, que Dios justifica al pecador por su gracia adquirida en la redenci√≥n por Jesucristo; y en cuanto reconoci√©ndose por pecadores, y pasando del temor de la divina justicia, que √ļltimamente los contrista, a considerar la misericordia de Dios, conciben esperanzas, de que Dios los mirar√° con misericordia por la gracia de Jesucristo, y comienzan a amarle como fuente de toda justicia; y por lo mismo se mueven contra sus pecados con cierto odio y detestaci√≥n; esto es, con aquel arrepentimiento que deben tener antes del bautismo; y en fin, cuando proponen recibir este sacramento, empezar una vida nueva, y observar los mandamientos de Dios. De esta disposici√≥n es de la que habla la Escritura, cuando dice: El que se acerca a Dios debe creer que le hay, y que es remunerador de los que le buscan. Conf√≠a, hijo, tus pecados te son perdonados. Y, el temor de Dios ahuyenta al pecado. Y tambi√©n: Haced penitencia, y reciba cada uno de vosotros el bautismo en el nombre de Jesucristo para la remisi√≥n de vuestros pecados, y lograr√©is el don del Esp√≠ritu Santo. Igualmente: Id pues, y ense√Īad a todas las gentes, bautiz√°ndolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp√≠ritu Santo, ense√Ī√°ndolas a observar cuanto os he encomendado. En fin: Preparad vuestros corazones para el Se√Īor.

CAP. VII. Que sea la justificación del pecador, y cuáles sus causas.

A esta disposici√≥n o preparaci√≥n se sigue la justificaci√≥n en s√≠ misma: que no s√≥lo es el perd√≥n de los pecados, sino tambi√©n la santificaci√≥n y renovaci√≥n del hombre interior por la admisi√≥n voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna. Las causas de esta justificaci√≥n son: la final, la gloria de Dios, y de Jesucristo, y la vida eterna. La eficiente, es Dios misericordioso, que gratuitamente nos limpia y santifica, sellados y ungidos con el Esp√≠ritu Santo, que nos est√° prometido, y que es prenda de la herencia que hemos de recibir. La causa meritoria, es su muy amado unig√©nito Jesucristo, nuestro Se√Īor, quien por la excesiva caridad con que nos am√≥, siendo nosotros enemigos, nos mereci√≥ con su sant√≠sima pasi√≥n en el √°rbol de la cruz la justificaci√≥n, y satisfizo por nosotros a Dios Padre. La instrumental, adem√°s de estas, es el sacramento del bautismo, que es sacramento de fe, sin la cual ninguno jam√°s ha logrado la justificaci√≥n. Ultimamente la √ļnica causa formal es la santidad de Dios, no aquella con que √©l mismo es santo, sino con la que nos hace santos; es a saber, con la que dotados por √©l, somos renovados en lo interior de nuestras almas, y no s√≥lo quedamos reputados justos, sino que con verdad se nos llama as√≠, y lo somos, participando cada uno de nosotros la santidad seg√ļn la medida que le reparte el Esp√≠ritu Santo, como quiere, y seg√ļn la propia disposici√≥n y cooperaci√≥n de cada uno. Pues aunque nadie se puede justificar, sino aquel a quien se comunican los m√©ritos de la pasi√≥n de nuestro Se√Īor Jesucristo; esto, no obstante, se logra en la justificaci√≥n del pecador, cuando por el m√©rito de la misma sant√≠sima pasi√≥n se difunde el amor de Dios por medio del Esp√≠ritu Santo en los corazones de los que se justifican, y queda inherente en ellos. Resulta de aqu√≠ que en la misma justificaci√≥n, adem√°s de la remisi√≥n de los pecados, se difunden al mismo tiempo en el hombre por Jesucristo, con quien se une, la fe, la esperanza y la caridad; pues la fe, a no agreg√°rsele la esperanza y caridad, ni lo une perfectamente con Cristo, ni lo hace miembro vivo de su cuerpo. Por esta raz√≥n se dice con suma verdad: que la fe sin obras es muerta y ociosa; y tambi√©n: que para con Jesucristo nada vale la circuncisi√≥n, ni la falta de ella, sino la fe que obra por la caridad. Esta es aquella fe que por tradici√≥n de los Ap√≥stoles, piden los Catec√ļmenos a la Iglesia antes de recibir el sacramento del bautismo, cuando piden la fe que da vida eterna; la cual no puede provenir de la fe sola, sin la esperanza ni la caridad. De aqu√≠ es, que inmediatamente se les dan por respuesta las palabras de Jesucristo: Si quieres entrar en el cielo, observa los mandamientos. En consecuencia de esto, cuando reciben los renacidos o bautizados la verdadera y cristiana santidad, se les manda inmediatamente que la conserven en toda su pureza y candor como la primera estola, que en lugar de la que perdi√≥ Adan por su inobediencia, para s√≠ y sus hijos, les ha dado Jesucrito con el fin de que se presenten con ella ante su tribunal, y logren la salvaci√≥n eterna.

CAP. VIII. Cómo se entiende que el pecador se justifica por la fe, y gratuitamente.

Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católicaa; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia.

CAP. IX. Contra la vana confianza de los herejes.

Mas aunque sea necesario creer que los pecados ni se perdonan, ni jam√°s se han perdonado, sino gratuitamente por la misericordia divina, y m√©ritos de Jesucristo; sin embargo no se puede decir que se perdonan, o se han perdonado a ninguno que haga ostentaci√≥n de su confianza, y de la certidumbre de que sus pecados le est√°n perdonados, y se f√≠e s√≥lo en esta: pues puede hallarse entre los herejes y cism√°ticos, o por mejor decir, se halla en nuestros tiempos, y se preconiza con grande empe√Īo contra la Iglesia cat√≥lica, esta confianza vana, y muy ajena de toda piedad. Ni tampoco se puede afirmar que los verdaderamente justificados deben tener por cierto en su interior, sin el menor g√©nero de duda, que est√°n justificados; ni que nadie queda absuelto de sus pecados, y se justifica, sino el que crea con certidumbre que est√° absuelto y justificado; ni que con sola esta creencia logra toda su perfecci√≥n el perd√≥n y justificaci√≥n; como dando a entender, que el que no creyese esto, dudar√≠a de las promesas de Dios, y de la eficacia de la muerte y resurrecci√≥n de Jesucristo. Porque as√≠ como ninguna persona piadosa debe dudar de la misericordia divina, de los m√©ritos de Jesucristo, ni de la virtud y eficacia de los sacramentos: del mismo modo todos pueden recelarse y temer respecto de su estado en gracia, si vuelven la consideraci√≥n a s√≠ mismos, y a su propia debilidad e indisposici√≥n; pues nadie puede saber con la certidumbre de su fe, en que no cabe enga√Īo, que ha conseguido la gracia de Dios.

CAP. X. Del aumento de la justificación ya obtenida.

Justificados pues as√≠, hechos amigos y dom√©sticos de Dios, y caminando de virtud en virtud, se renuevan, como dice el Ap√≥stol, de d√≠a en d√≠a; esto es, que mortificando su carne, y sirvi√©ndose de ella como de instrumento para justificarse y santificarse, mediante la observancia de los mandamientos de Dios, y de la Iglesia, crecen en la misma santidad que por la gracia de Cristo han recibido, y cooperando la fe con las buenas obras, se justifican m√°s; seg√ļn est√° escrito: El que es justo, contin√ļe justific√°ndose. Y en otra parte: No te receles de justificarte hasta la muerte. Y adem√°s: Bien veis que el hombre se justifica por sus obras, y no solo por la fe. Este es el aumento de santidad que pide la Iglesia cuando ruega: Danos, Se√Īor, aumento de fe, esperanza y caridad.

CAP. XI. De la observancia de los mandamientos, y de cómo es necesario y posible observarlos.

Pero nadie, aunque est√© justificado, debe persuadirse que est√° exento de la observancia de los mandamientos, ni valerse tampoco de aquellas voces temerarias, y prohibidas con anatema por los Padres, es a saber: que la observancia de los preceptos divinos es imposible al hombre justificado. Porque Dios no manda imposibles; sino mandando, amonesta a que hagas lo que puedas, y a que pidas lo que no puedas; ayudando al mismo tiempo con sus auxilios para que puedas; pues no son pesados los mandamientos de aquel, cuyo yugo es suave, y su carga ligera. Los que son hijos de Dios, aman a Cristo; y los que le aman, como √©l mismo testifica, observan sus mandamientos. Esto por cierto, lo pueden ejecutar con la divina gracia; porque aunque en esta vida mortal caigan tal vez los hombres, por santos y justos que sean, a lo menos en pecados leves y cotidianos, que tambi√©n se llaman veniales; no por esto dejan de ser justos; porque de los justos es aquella voz tan humilde como verdadera: Perd√≥nanos nuestras deudas. Por lo que tanto m√°s deben tenerse los mismos justos por obligados a andar en el camino de la santidad, cuanto ya libres del pecado, pero alistados entre los siervos de Dios, pueden, viviendo sobria, justa y piadosamente, adelantar en su aprovechamiento con la gracia de Jesucristo, qu fue quien les abri√≥ la puerta para entrar en esta gracia. Dios por cierto, no abandona a los que una vez llegaron a justificarse con su gracia, como estos no le abandonen primero. En consecuencia, ninguno debe engre√≠rse porque posea sola la fe, persuadi√©ndose de que s√≥lo por ella est√° destinado a ser heredero, y que ha de conseguir la herencia, aunque no sea part√≠cipe con Cristo de su pasi√≥n, para serlo tambi√©n de su gloria; pues aun el mismo Cristo, como dice el Ap√≥stol: Siendo hijo de Dios aprendi√≥ a ser obediente en las mismas cosas que padeci√≥, y consumada su pasi√≥n, pas√≥ a ser la causa de la salvaci√≥n eterna de todos los que le obedecen. Por esta raz√≥n amonesta el mismo Ap√≥stol a los justificados, diciendo: ¬ŅIgnor√°is que los que corren en el circo, aunque todos corren, uno solo es el que recibe el premio? Corred, pues, de modo que lo alcanc√©is. Yo en efecto corro, no como a objeto incierto; y peleo, no como quien descarga golpes en el aire; sino mortifico mi cuerpo, y lo sujeto; no sea que predicando a otros, yo me condene. Adem√°s de esto, el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles san Pedro dice: Anhelad siempre por asegurar con vuestras buenas obras vuestra vocaci√≥n y elecci√≥n; pues procediendo as√≠, nunca pecar√©is. De aqu√≠ consta que se oponen a la doctrina de la religi√≥n cat√≥lica los que dicen que el justo peca en toda obra buena, a lo menos venialmente, o lo que es m√°s intolerable, que merece las penas del infierno; as√≠ como los que afirman que los justos pecan en todas sus obras, si alentando en la ejecuci√≥n de ellas su flojedad, y exhort√°ndose a correr en la palestra de esta vida, se proponen por premio la bienaventuranza, con el objeto de que principalmente Dios sea glorificado; pues la Escritura dice: Por la recompensa inclin√© mi coraz√≥n a cumplir tus mandamientos que justifican. Y de Mois√©s dice el Ap√≥stol, que ten√≠a presente, o aspiraba a la remuneraci√≥n.

CAP. XII. Debe evitarse la presunción de creer temerariamente su propia predestinación.

Ninguno tampoco, mientras se mantiene en esta vida mortal, debe estar tan presuntuosamente persuadido del profundo misterio de la predestinaci√≥n divina, que crea por cierto es seguramente del n√ļmero de los predestinados; como si fuese constante que el justificado, o no puede ya pecar, o deba prometerse, si pecare, el arrepentimiento seguro; pues sin especial revelaci√≥n, no se puede sabe qui√©nes son los que Dios tiene escogidos para s√≠.

CAP. XIII. Del don de la perseverancia.

Lo mismo se ha de creer acerca del don de la perseverancia, del que dice la Escritura: El que perseverare hasta el fin, se salvar√°: lo cual no se puede obtener de otra mano que de la de aquel que tiene virtud de asegurar al que est√° en pie para que contin√ļe as√≠ hasta el fin, y de levantar al que cae. Ninguno se prometa cosa alguna cierta con seguridad absoluta; no obstante que todos deben poner, y asegurar en los auxilios divinos la m√°s firme esperanza de su salvaci√≥n. Dios por cierto, a no ser que los hombres dejen de corresponder a su gracia, as√≠ como principi√≥ la obra buena, la llevar√° a su perfecci√≥n, pues es el que causa en el hombre la voluntad de hacerla, y la ejecuci√≥n y perfecci√≥n de ella. No obstante, los que se persuaden estar seguros, miren no caigan; y procuren su salvaci√≥n con temor y temblor, por medio de trabajos, vigilias, limosnas, oraciones, oblaciones, ayunos y castidad: pues deben estar pose√≠dos de temor, sabiendo que han renacido a la esperanza de la gloria, mas todav√≠a no han llegado a su posesi√≥n saliendo de los combates que les restan contra la carne, contra el mundo y contra el demonio; en los que no pueden quedar vencedores sino obedeciendo con la gracia de Dios al Ap√≥stol san Pablo, que dice: Somos deudores, no a la carne para que vivamos seg√ļn ella: pues si vivi√©reis seg√ļn la carne, morir√©is; mas si mortificareis con el esp√≠ritu las acciones de la carne, vivir√©is.

CAP. XIV. De los justos que caen en pecado, y de su reparación.

Los que habiendo recibido la gracia de la justificaci√≥n, la perdieron por el pecado, podr√°n otra vez justificarse por los m√©ritos de Jesucristo, procurando, excitados con el auxilio divino, recobrar la gracia perdida, mediante el sacramento de la Penitencia. Este modo pues de justificaci√≥n, es la reparaci√≥n o restablecimiento del que ha ca√≠do en pecado; la misma que con mucha propiedad han llamado los santos Padres segunda tabla despu√©s del naufragio de la gracia que perdi√≥. En efecto, por los que despu√©s del bautismo caen en el pecado, es por los que estableci√≥ Jesucristo el sacramento de la Penitencia, cuando dijo: Recibid el Esp√≠ritu Santo: a los que perdon√°reis los pecados, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que dejeis sin perdonar. Por esta causa se debe ense√Īar, que es mucha la diferencia que hay entre la penitencia del hombre cristiano despu√©s de su ca√≠da, y la del bautismo; pues aquella no s√≥lo incluye la separaci√≥n del pecado, y su detestaci√≥n, o el coraz√≥n contrito y humillado; sino tambi√©n la confesi√≥n sacramental de ellos, a lo menos en deseo para hacerla a su tiempo, y la absoluci√≥n del sacerdote; y adem√°s de estas, la satisfacci√≥n por medio de ayunos, limosnas, oraciones y otros piadosos ejercicios de la vida espiritual: no de la pena eterna, pues esta se perdona juntamente con la culpa o por el sacramento, o por el deseo de √©l; sino de la pena temporal, que seg√ļn ense√Īa la sagrada Escritura, no siempre, como sucede en el bautismo, se perdona toda a los que ingratos a la divina gracia que recibieron, contristaron al Esp√≠ritu Santo, y no se avergonzaron de profanar el templo de Dios. De esta penitencia es de la que dice la Escritura: Ten presente de qu√© estado has ca√≠do: haz penitencia, y ejecuta las obras que antes. Y en otra parte: La tristeza que es seg√ļn Dios, produce una penitencia permanente para conseguir la salvaci√≥n. Y adem√°s: Haced penitencia, y haced frutos dignos de penitencia.

CAP. XV. Con cualquier pecado mortal se pierde la gracia, pero no la fe.

Se ha de tener tambi√©n por cierto, contra los astutos ingenios de algunos que seducen con dulces palabras y bendiciones los corazones inocentes, que la gracia que se ha recibido en la justificaci√≥n, se pierde no solamente con la infidelidad, por la que perece a√ļn la misma fe, sino tambi√©n con cualquiera otro pecado mortal, aunque la fe se conserve: defendiendo en esto la doctrina de la divina ley, que excluye del reino de Dios, no s√≥lo los infieles, sino tambi√©n los fieles que caen en la fornicaci√≥n, los ad√ļlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, vinosos, maldicientes, arrebatadores, y todos los dem√°s que caen en pecados mortales; pues pueden abstenerse de ellos con el auxilio de la divina gracia, y quedan por ellos separados de la gracia de Cristo.

CAP. XVI. Del fruto de la justificación; esto es, del mérito de las buenas obras, y de la esencia de este mismo mérito.

A las personas que se hayan justificado de este modo, ya conserven perpetuamente la gracia que recibieron, ya recobren la que perdieron, se deben hacer presentes las palabras del Ap√≥stol san Pablo: Abundad en toda especie de obras buenas; bien entendidos de que vuestro trabajo no es en vano para con Dios; pues no es Dios injusto de suerte que se olvide de vuestras obras, ni del amor que manifest√°steis en su nombre. Y: No perd√°is vuestra confianza, que tiene un gran galard√≥n. Y esta es la causa porque a los que obran bien hasta la muerte, y esperan en Dios, se les debe proponer la vida eterna, ya como gracia prometida misericordiosamente por Jesucristo a los hijos de Dios, ya como premio con que se han de recompensar fielmente, seg√ļn la promesa de Dios, los m√©ritos y buenas obras. Esta es, pues, aquella corona de justicia que dec√≠a el Ap√≥stol le estaba reservada para obtenerla despu√©s de su contienda y carrera, la misma que le hab√≠a de adjudicar el justo Juez, no solo a √©l, sino tambi√©n a todos los que desean su santo advenimiento. Pues como el mismo Jesucristo difunda perennemente su virtud en los justificados, como la cabeza en los miembros, y la cepa en los sarmientos; y constante que su virtud siempre antecede, acompa√Īa y sigue a las buenas obras, y sin ella no podr√≠an ser de modo alguno aceptas ni meritorias ante Dios; se debe tener por cierto, que ninguna otra cosa falta a los mismos justificados para creer que han satisfecho plenamente a la ley de Dios con aquellas mismas obras que han ejecutado, seg√ļn Dios, con proporci√≥n al estado de la vida presente; ni para que verdaderamente hayan merecido la vida eterna (que conseguir√°n a su tiempo, si murieren en gracia): pues Cristo nuestro Salvador dice: Si alguno bebiere del agua que yo le dar√©, no tendr√° sed por toda la eternidad, sino lograr√° en s√≠ mismo una fuente de agua que corra por toda la vida eterna. En consecuencia de esto, ni se establece nuestra justificaci√≥n como tomada de nosotros mismos, ni se desconoce, ni desecha la santidad que viene de Dios; pues la santidad que llamamos nuestra, porque estando inherente en nosotros nos justifica, esa misma es de Dios: porque Dios nos la infunde por los m√©ritos de Cristo. Ni tampoco debe omitirse, que aunque en la sagrada Escritura se de a las buenas obras tanta estimaci√≥n, que promete Jesucristo no carecer√° de su premio el que de a uno de sus peque√Īuelos de beber agua fr√≠a; y testifique el Ap√≥stol, que el peso de la tribulaci√≥n que en este mundo es moment√°neo y ligero, nos da en el cielo un excesivo y eterno peso de gloria; sin embargo no permita Dios que el cristiano conf√≠e, o se glor√≠e en s√≠ mismo, y no en el Se√Īor; cuya bondad es tan grande para con todos los hombres, que quiere sean m√©ritos de estos los que son dones suyos. Y por cuanto todos caemos en muchas ofensas, debe cada uno tener a la vista as√≠ como la misericordia y bondad, la severidad y el juicio: sin que nadie sea capaz de calificarse a s√≠ mismo, aunque en nada le remuerda la conciencia; pues no se ha de examinar ni juzgar toda la vida de los hombres en tribunal humano, sino en el de Dios, quien iluminar√° los secretos de las tinieblas, y manifestar√° los designios del coraz√≥n y entonces lograr√° cada uno la alabanza y recompensa de Dios, quien, como est√° escrito, les retribuir√° seg√ļn sus obras.

Después de explicada esta católica doctrina de la justificación, tan necesaria, que si alguno no la admitiere fiel y firmemente, no se podrá justificar, ha decretado el santo Concilio agregar los siguientes cánones, para que todos sepan no sólo lo que deben adoptar y seguir, sino también lo que han de evitar y huir.

C√ĀNONES SOBRE LA JUSTIFICACI√ďN

CAN. I. Si alguno dijere, que el hombre se puede justificar para con Dios por sus propias obras, hechas o con solas las fuerzas de la naturaleza, o por la doctrina de la ley, sin la divina gracia adquirida por Jesucristo; sea excomulgado.

CAN. II. Si alguno dijere, que la divina gracia, adquirida por Jesucristo, se confiere √ļnicamente para que el hombre pueda con mayor facilidad vivir en justicia, y merecer la vida eterna; como si por su libre albedr√≠o, y sin la gracia pudiese adquirir uno y otro, aunque con trabajo y dificultad; sea excomulgado.

CAN. III. Si alguno dijere, que el hombre, sin que se le anticipe la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, y sin su auxilio, puede creer, esperar, amar, o arrepentirse seg√ļn conviene, para que se le confiera la gracia de la justificaci√≥n; sea excomulgado.

CAN. IV. Si alguno dijere, que el libre albedrío del hombre movido y excitado por Dios, nada coopera asintiendo a Dios que le excita y llama para que se disponga y prepare a lograr la gracia de la justificación; y que no puede disentir, aunque quiera, sino que como un ser inanimado, nada absolutamente obra, y solo se ha como sujeto pasivo; sea excomulgado.

CAN. V. Si alguno dijere, que el libre albedrío del hombre está perdido y extinguido después del pecado de Adan; o que es cosa de solo nombre, o más bien nombre sin objeto, y en fin ficción introducida por el demonio en la Iglesia; sea excomulgado.

CAN. VI. Si alguno dijere, que no está en poder del hombre dirigir mal su vida, sino que Dios hace tanto las malas obras, como las buenas, no sólo permitiéndolas, sino ejecutándolas con toda propiedad, y por sí mismo; de suerte que no es menos propia obra suya la traición de Judas, que la vocación de san Pablo; sea excomulgado.

CAN. VII. Si alguno dijere, que todas las obras ejecutadas antes de la justificación, de cualquier modo que se hagan, son verdaderamente pecados, o merecen el odio de Dios; o que con cuanto mayor ahinco procura alguno disponerse a recibir la gracia, tanto más gravemente peca; sea excomulgado.

CAN. VIII. Si alguno dijere, que el temor del infierno, por el cual doliéndonos de los pecados, nos acogemos a la misericordia de Dios, o nos abstenemos de pecar, es pecado, o hace peores a los pecadores; sea excomulgado.

CAN. IX. Si alguno dijere, que el pecador se justifica con sola la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificaci√≥n; y que de ning√ļn modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea excomulgado.

CAN. X. Si alguno dijere, que los hombres son justos sin aquella justicia de Jesucristo, por la que nos mereció ser justificados, o que son formalmente justos por aquella misma; sea excomulgado.

CAN. XI. Si alguno dijere que los hombres se justifican o con sola la imputación de la justicia de Jesucristo, o con solo el perdón de los pecados, excluida la gracia y caridad que se difunde en sus corazones, y queda inherente en ellos por el Espíritu Santo; o también que la gracia que nos justifica, no es otra cosa que el favor de Dios; sea excomulgado.

CAN. XII. Si alguno dijere, que la fe justificante no es otra cosa que la confianza en la divina misericordia, que perdona los pecados por Jesucristo; o que sola aquella confianza es la que nos justifica; sea excomulgado.

CAN. XIII. Si alguno dijere, que es necesario a todos los hombres para alcanzar el perdón de los pecados creer con toda certidumbre, y sin la menor desconfianza de su propia debilidad e indisposición, que les están perdonados los pecados; sea excomulgado.

CAN. XIV. Si alguno dijere, que el hombre queda absuelto de los pecados, y se justifica precisamente porque cree con certidumbre que está absuelto y justificado; o que ninguno lo está verdaderamente sino el que cree que lo está; y que con sola esta creencia queda perfecta la absolución y justificación; sea excomulgado.

CAN. XV. Si alguno dijere, que el hombre renacido y justificado est√° obligado a creer de fe que √©l es ciertamente del n√ļmero de los predestinados; sea excomulgado.

CAN. XVI. Si alguno dijere con absoluta e infalible certidumbre, que ciertamente ha de tener hasta el fin el gran don de la perseverancia, a no saber esto por especial revelación; sea excomulgado.

CAN. XVII. Si alguno dijere, que no participan de la gracia de la justificación sino los predestinados a la vida eterna; y que todos los demás que son llamados, lo son en efecto, pero no reciben gracia, pues están predestinados al mal por el poder divino; sea excomulgado.

CAN. XVIII. Si alguno dijere, que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado.

CAN. XIX. Si alguno dijere, que el Evangelio no intima precepto alguno m√°s que el de la fe, que todo lo dem√°s es indiferente, que ni est√° mandado, ni est√° prohibido, sino que es libre; o que los diez mandamientos no hablan con los cristianos; sea excomulgado.

CAN. XX. Si alguno dijere, que el hombre justificado, por perfecto que sea, no está obligado a observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, sino sólo a creer; como si el Evangelio fuese una mera y absoluta promesa de la salvación eterna sin la condición de guardar los mandamientos; sea excomulgado.

CAN. XXI. Si alguno dijere, que Jesucristo fue enviado por Dios a los hombres como redentor en quien confíen, pero no como legislador a quien obedezcan; sea excomulgado.

CAN. XXII. Si alguno dijere, que el hombre justificado puede perseverar en la santidad recibida sin especial auxilio de Dios, o que no puede perseverar con él; sea excomulgado.

CAN. XXIII. Si alguno dijere, que el hombre una vez justificado no puede ya más pecar, ni perder la gracia, y que por esta causa el que cae y peca nunca fue verdaderamente justificado; o por el contrario que puede evitar todos los pecados en el discurso de su vida, aun los veniales, a no ser por especial privilegio divino, como lo cree la Iglesia de la bienaventurada virgen María; sea excomulgado.

CAN. XXIV. Si alguno dijere, que la santidad recibida no se conserva, ni tampoco se aumenta en la presencia de Dios, por las buenas obras; sino que estas son √ļnicamente frutos y se√Īales de la justificaci√≥n que se alcanz√≥, pero no causa de que se aumente; sea excomulgado.

CAN. XXV. Si alguno dijere, que el justo peca en cualquiera obra buena por lo menos venialmente, o lo que es más intolerable, mortalmente, y que merece por esto las penas del infierno; y que si no se condena por ellas, es precisamente porque Dios no le imputa aquellas obras para su condenación; sea excomulgado.

CAN. XXVI. Si alguno dijere, que los justos por las buenas obras que hayan hecho seg√ļn Dios, no deben aguardar ni esperar de Dios retribuci√≥n eterna por su misericordia, y m√©ritos de Jesucristo, si perseveraren hasta la muerte obrando bien, y observando los mandamientos divinos; sea excomulgado.

CAN. XXVII. Si alguno dijere, que no hay m√°s pecado mortal que el de la infidelidad, o que, a no ser por este, con ning√ļn otro, por grave y enorme que sea, se pierde la gracia que una vez se adquiri√≥; sea excomulgado.

CAN. XXVIII. Si alguno dijere, que perdida la gracia por el pecado, se pierde siempre, y al mismo tiempo la fe; o que la fe que permanece no es verdadera fe, bien que no sea fe viva; o que el que tiene fe sin caridad no es cristiano; sea excomulgado.

CAN. XXIX. Si alguno dijere, que el que peca despu√©s del bautismo no puede levantarse con la gracia de Dios; o que ciertamente puede, pero que recobra la santidad perdida con sola la fe, y sin el sacramento de la penitencia, contra lo que ha profesado, observado y ense√Īado hasta el presente la santa Romana, y universal Iglesia instruida por nuestro Se√Īor Jesucristo y sus Ap√≥stoles; sea excomulgado.

CAN. XXX. Si alguno dijere, que recibida la gracia de la justificación, de tal modo se le perdona a todo pecador arrepentido la culpa, y se le borra el reato de la pena eterna, que no le queda reato de pena alguna temporal que pagar, o en este siglo, o en el futuro en el purgatorio, antes que se le pueda franquear la entrada en el reino de los cielos; sea excomulgado.

CAN. XXXI. Si alguno dijere, que el hombre justificado peca cuando obra bien con respecto a remuneración eterna; sea excomulgado.

CAN. XXXII. Si alguno dijere, que las buenas obras del hombre justificado de tal modo son dones de Dios, que no son también méritos buenos del mismo justo; o que este mismo justificado por las buenas obras que hace con la gracia de Dios, y méritos de Jesucristo, de quien es miembro vivo, no merece en realidad aumento de gracia, la vida eterna, ni la consecución de la gloria si muere en gracia, como ni tampoco el aumento de la gloria; sea excomulgado.

CAN. XXXIII. Si alguno dijere, que la doctrina cat√≥lica sobre la justificaci√≥n expresada en el presente decreto por el santo Concilio, deroga en alguna parte a la gloria de Dios, o a los m√©ritos de Jesucristo nuestro Se√Īor; y no m√°s bien que se ilustra con ella la verdad de nuestra fe, y finalmente la gloria de Dios, y de Jesucristo; sea excomulgado.

DECRETO SOBRE LA REFORMA

CAP. I. Conviene que los Prelados residan en su iglesias: se innovan contra los que no residan las penas del derecho antiguo, y se decretan otras del nuevo.

Resuelto ya el mismo sacrosanto Concilio, con los mismos Presidentes y Legados de la Sede Apost√≥lica, a emprender el restablecimiento de la disciplina eclesi√°stica en tanto grado deca√≠da, y a poner enmienda en las depravadas costumbres del clero y pueblo cristiano; ha tenido por conveniente principiar por los que gobiernan las iglesias mayores: siendo constante que la salud, o probidad de los s√ļbditos pende de la integridad de los que mandan. Confiando, pues, que por la misericordia de Dios nuestro Se√Īor, y cuidadosa providencia de su Vicario en la tierra, se lograr√° ciertamente, que seg√ļn las venerables disposiciones de los santos Padres se elijan para el gobierno de las iglesias (carga por cierto temible a las fuerzas de los Angeles) los que con excelencia sean m√°s dignos, y de quienes consten honor√≠ficos testimonios de su primera vida, y de toda su edad loablemente pasada desde la ni√Īez hasta la edad perfecta, por todos los ejercicios y ministerios de la disciplina eclesi√°stica; amonesta, y quiere se tengan por amonestados todos los que gobiernan iglesias Patriarcales, Primadas, Metropolitanas, Catedrales, y cualesquiera otras, bajo cualquier nombre y t√≠tulo que sea, a fin de que poniendo atenci√≥n sobre s√≠ mismos, y sobre todo el reba√Īo a que los asign√≥ el Esp√≠ritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios, que la adquiri√≥ con su sangre; velen, como manda el Ap√≥stol, trabajen en todo, y cumplan con su ministerio. Mas sepan que no pueden cumplir de modo alguno con √©l, si abandonan como mercenarios la grey que se les ha encomendado, y dejan de dedicarse a la custodia de sus ovejas, cuya sangre ha de pedir de sus manos el supremo juez; siendo indubitable que no se admite al pastor la excusa de que el lobo se comi√≥ las ovejas, sin que √©l tuviese noticia. No obstante por cuanto se hallan algunos en este tiempo, lo que es digno de vehemente dolor, que olvidados aun de su propia salvaci√≥n, y prefiriendo los bienes terrenos a los celestes, y los humanos a los divinos, andan vagando en diversas cortes, o se detienen ocupados en agenciar negocios temporales, desamparada su grey, y abandonando el cuidado de las ovejas que les est√°n encomendadas; ha resuelto el sacrosanto Concilio innovar los antiguos c√°nones promulgados contra los que no residen, que ya por injuria de los tiempos y personas, casi no est√°n en uso; como en efecto los innova en virtud del presente decreto; determinando tambi√©n para asegurar m√°s su residencia, y reformar las costumbres de la Iglesia, establecer y ordenar otras cosas del modo que se sigue. Si alguno se detuviere por seis meses continuos fuera de su di√≥cesis y ausente de su iglesia, sea Patriarcal, Primada, Metropolitana o Catedral, encomendada a √©l bajo cualquier t√≠tulo, causa, nombre o derecho que sea; incurra ipso jure, por dignidad, grado o preeminencia que le distinga, luego que cese el impedimento leg√≠timo y las justas y racionales causas que ten√≠a, en la pena de perder la cuarta parte de los frutos de un a√Īo, que se han de aplicar por el superior eclesi√°stico a la f√°brica de la iglesia, y a los pobres del lugar. Si perseverase ausente por otros seis meses, pierda por el mismo hecho otra cuarta parte de los frutos, a la que se ha de dar el mismo destino. Mas si crece su contumacia, para que experimente la censura m√°s severa de los sagrados c√°nones; est√© obligado el Metropolitano a denunciar los Obispos sufrag√°neos ausentes, y el Obispo sufrag√°neo m√°s antiguo que resida al Metropolitano ausente, (so pena de incurrir por el mismo hecho en el entredicho de entrar en la iglesia) dentro de tres meses, por cartas, o por un enviado, al Romano Pont√≠fice, quien podr√°, seg√ļn lo pidiere la mayor o menor contumacia del reo, proceder por la autoridad de su suprema sede, contra los ausentes, y proveer las mismas iglesias de pastores m√°s √ļtiles, seg√ļn viere en el Se√Īor que sea m√°s conveniente y saludable.

CAP. II. No puede ausentarse ninguno que obtiene beneficio que pida residencia personal, sino por causa racional que apruebe el Obispo; quien en este caso ha de substituir un vicario dotado con parte de los frutos, para que de pasto espiritual a las almas.

Todos los eclesi√°sticos inferiores a los Obispos, que obtienen cualesquier beneficios eclesi√°sticos que pidan residencia personal, o de derecho, o por costumbre, sean obligados a residir por sus Ordinarios, vali√©ndose estos de los remedios oportunos establecidos en el derecho; del modo que les parezca conveniente al buen gobierno de las iglesias, y al aumento del culto divino, y teniendo consideraci√≥n a la calidad de los lugares y personas; sin que a nadie sirvan los privilegios o indultos perpetuos para no residir, o para percibir los frutos estando ausentes. Los permisos y dispensas temporales, solo concedidas con verdaderas y racionales causas, que han de ser aprobadas leg√≠timamente ante el Ordinario, deben permanecer en todo su vigor; no obstante, en estos casos ser√° obligaci√≥n de los Obispos, como delegados en esta parte de la Sede Apost√≥lica, dar providencia para que de ning√ļn modo se abandone el cuidado de las almas, deputando vicarios capaces, y asign√°ndoles congrua suficiente de los frutos: sin que en este particular sirva a nadie privilegio alguno o exenci√≥n.

CAP. III. Corrija el Ordinario del lugar los excesos de los clérigos seculares, y de los regulares que viven fuera de su monasterio.

Atiendan los Prelados eclesi√°sticos con prudencia y esmero a corregir los excesos de sus s√ļbditos; y ning√ļn cl√©rigo secular, en caso de delinquir, se crea seguro, bajo el pretexto de cualquier privilegio personal, as√≠ como ning√ļn regular que more fuera de su monasterio, ni aun bajo el pretexto de los privilegios de su orden; de que no podr√°n ser visitados, castigados y corregidos conforme a lo dispuesto en los sagrados c√°nones, por el Ordinario, como delegado en esto de la Sede Apost√≥lica.

CAP. IV. Visiten el Obispo y dem√°s Prelados mayores, siempre que fuere necesario, cualesquiera iglesias menores; sin que nada pueda obstar a este decreto.

Los cabildos de las iglesias catedrales y otras mayores, y sus individuos, no puedan fundarse en exenci√≥n ninguna, costumbres, sentencias, juramentos, ni concordias que s√≥lo obliguen a sus autores, y no a los que les sucedan, para oponerse a que sus Obispos, y otros Prelados mayores, o por s√≠ solos, o en compa√Ī√≠a de otras personas que les parezca, puedan, aun con autoridad Apost√≥lica, visitarlos, corregirlos y enmendarlos, seg√ļn los sagrados c√°nones, en cuantas ocasiones fuere necesario.

CAP. V. No ejerzan los Obispos autoridad episcopal, ni hagan órdenes en ajena diócesis.

No sea l√≠cito a Obispo alguno, bajo pretexto de ning√ļn privilegio, ejercer autoridad episcopal en la di√≥cesis de otro, a no tener expresa licencia del Ordinario del lugar; y esto solo sobre personas sujetas a este Ordinario: si hiciese lo contrario, quede el Obispo suspenso de ejercer su autoridad episcopal, y los as√≠ ordenados del ministerio de sus √≥rdenes.

Asignación de la sesión siguiente

¬ŅTen√©is a bien que se celebre la pr√≥xima futura Sesi√≥n en el jueves, feria quinta despu√©s de la primera Dominica de la Cuaresma pr√≥xima, que ser√° el d√≠a 3 de marzo? Respondieron: As√≠ lo queremos.

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