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Cardenal Dionigi Tettamanzi, Eutanasia, la Muerte Dulce
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Eutanasia, la Muerte Dulce

Card. Dionigi Tettamanzi,
Arzobispo de Génova

1. Eutanasia significa "muerte dulce", dulce en el sentido de sin dolor, casi un morir sin darse cuenta. Más allá del nombre, nos interesa, sobre todo, la realidad de la eutanasia hoy, en la situación de nuestra sociedad y de nuestra cultura. A decir verdad, encontramos este fenómeno otras veces en la historia, pero en el momento presente se muestra con un rostro muy nuevo, en un cierto sentido inédito. Quisiera bosquejar este rostro, indicando algunos de sus elementos esenciales.

Un primer elemento es el aumento num√©rico de los casos de eutanasia. En Holanda durante el a√Īo 1995 han recurrido a la eutanasia cerca de 3600 personas. En el 80% de los casos la eutanasia, o suicidio asistido, ha concernido a los enfermos terminales de c√°ncer.

Otro elemento caracter√≠stico de hoy es el aumento de las formas de eutanasia: de aquellas m√°s cl√°sicas, para los enfermos incurables, atormentados por el dolor, pasamos ahora a las formas m√°s modernas, m√°s sofisticadas de eutanasia: se da por ejemplo la eutanasia de los ni√Īos nacidos deformes, tambi√©n una eutanasia prenatal, que interviene sobre el feto antes de su nacimiento; as√≠ como la eutanasia de los ancianos inv√°lidos y que son concebidos como una carga. Hace unos a√Īos una prestigiosa revista de medicina quiso incluir en el problema demogr√°fico, es decir, en la regulaci√≥n de la natalidad, como medio de intervenci√≥n tambi√©n a la eutanasia; leo de esta revista: "un programa de prevenci√≥n de la superpoblaci√≥n debe incluir tambi√©n la eutanasia".

Pero hay un tercer elemento a√ļn m√°s interesante: la actitud que se asume en relaci√≥n a estos casos de eutanasia. Hemos pasado de una actitud de condena muy clara, precisa, fuerte, a una actitud de tolerancia en relaci√≥n a los casos m√°s graves y m√°s penosos; m√°s a√ļn, hemos ido m√°s lejos y la actitud m√°s difundida parece ser la de la aceptaci√≥n. No faltan personas que extienden m√°s esta actitud y se empe√Īan en favorecer y promover la eutanasia. Es cierto que usualmente se apresuran a decir que se trata de los casos m√°s graves, pero luego la gravedad se define en las formas m√°s el√°sticas o contradictorias.

Otro elemento de la eutanasia hoy se relaciona con las motivaciones interiores que mueven a pedir la eutanasia. Una de las m√°s difundidas es la as√≠ llamada piedad ante los sufrimientos indecibles e insoportables. Pero hay otra motivaci√≥n m√°s: la de quien habla de una vida que en algunos casos no tiene valor. Otros van m√°s lejos y piensan que los enfermos y los ancianos significan un problema grav√≠simo para nuestra sociedad, porque constituyen un peso, no s√≥lo econ√≥mico, sino tambi√©n psicol√≥gico. Quisiera se√Īalar tambi√©n esta otra motivaci√≥n, que se remonta a una concepci√≥n libertaria de la vida y que se compendia en un slogan, hecho circular abundantemente con ocasi√≥n de la campa√Īa a favor del aborto: entonces, se dec√≠a muy frecuentemente. "El cuerpo es m√≠o y lo administro yo". Ahora, todo esto se traslada a la vida y a la muerte y el slogan suena as√≠: "la vida es m√≠a y hago con ella lo que quiero" ("La vita √® mia e ne faccio quello che voglio"). Inmediatamente, toma cada vez m√°s la forma de la reivindicaci√≥n de un derecho: si yo quiero, tengo el derecho de pedir y de obtener, al menos para m√≠ mismo, la eutanasia. S√≥lo que este discurso se carga inmediatamente de consecuencias sociales, porque si existe el derecho de uno, ¬Ņno deber√≠a a su vez existir un derecho tambi√©n de la sociedad? Y, en esta l√≠nea, es del todo extra√Īo que la ley misma intervenga para reconocer este derecho mediante la legalizaci√≥n de la eutanasia a pedido. Sin decir que, cuando se quisiese llegar a la legalizaci√≥n de la eutanasia, como ha ocurrido en otros pa√≠ses, puede surgir en las personas la idea de un deber pedir la eutanasia, cuando se encuentra en determinadas condiciones, gravosas no s√≥lo para s√≠ y para la propia familia, sino tambi√©n para la sociedad. El final, entonces, viene a ser el de una eutanasia impuesta por ley.

2. Este es el rostro actual de la eutanasia, estos son algunos elementos que lo pintan. Sería interesante, a este punto, investigar las diversas causas que explican esta perspectiva cultural, cada vez más presente en nuestra sociedad. Sintetizándolo en una palabra, podremos hablar de una banalización extrema de un valor fundamental de la existencia humana, tal como es el de la vida y de la muerte. Todo esto puede parecer muy lejano a nosotros y en cambio es mucho más cercano de lo que se piensa. Para demostrarlo quisiera mencionar una noticia muy reciente, de mitad de enero: el nacimiento en Turín de una asociación, que se llama Exit y que toma el nombre de una asociación nacida en Holanda y que tiene como objetivo legalizar la eutanasia.

Quien ha hecho surgir esta asociaci√≥n es un funcionario de la Iveco, Emilio Coveri, de 45 a√Īos. En dos meses, esta neonata asociaci√≥n ha recibido el pedido de adhesi√≥n de 364 personas. Ya ha sido anunciada para el 1 de abril una asociaci√≥n, que se llamar√≠a Ocaso feliz (Tramonto felice). Es a√ļn m√°s preocupante leer las declaraciones de estos turineses: "Soy cat√≥lico, aunque no practicante" y "Para m√≠ la eutanasia es una obra de caridad".

Ante este fen√≥meno, quisiera brevemente trazar un cuadro en relaci√≥n a la moral de la eutanasia. ¬ŅQu√© dice la moral humana y racional, y qu√© dice la moral cristiana? El m√≠o es un juicio muy preciso, es el juicio √©tico y moral. Quisiera presentar tres momentos de este juicio moral sobre la eutanasia.

Ante todo, debo distinguir con mucha claridad la eutanasia del ensa√Īamiento terap√©utico. En segundo lugar, me detendr√© de manera espec√≠fica en la eutanasia verdadera y propiamente dicha. Finalmente, concluir√© con algunos compromisos morales pr√°cticos.

3. Hay que distinguir con mucho cuidado dos problemas: el de la terapia de un enfermo que se encuentra en fase terminal y el de la eutanasia verdadera y propiamente dicha. Esta distinci√≥n no s√≥lo es leg√≠tima, sino necesaria, porque los dos problemas responden a dos l√≥gicas tan diversas entre ellas, que son irreductibles. El problema de la terapia del enfermo en fase terminal est√° comprendida en la l√≥gica del s√≠ a la vida; a veces, esto s√≠ tiene a ser demasiado exagerado: nos encontramos en el caso del ensa√Īamiento terap√©utico. El problema de la eutanasia est√° comprendido m√°s bien en el problema del no a la vida. He aqu√≠ por qu√© el argumento de esta tarde ha sido titulado: "Eutanasia hoy: un desaf√≠o a la cultura de la vida". Hoy, se habla mucho del as√≠ llamado ensa√Īamiento terap√©utico. Quien ha tenido familiares enfermos terminales, m√°s de una vez se ha encontrado ante este dilema: "¬Ņdebemos continuar con la terapia o ha llegado el momento de renunciar a estas terapias sofisticadas?", dejando que el pariente muera en santa paz.

El ensa√Īamiento terap√©utico es un intento de retardar lo m√°s posible la muerte, gracias a una intervenci√≥n m√©dica. Debo decir que respecto a algunos a√Īos atr√°s, cuando el ensa√Īamiento terap√©utico era deseado, hoy la impresi√≥n que se recibe es que se es m√°s bien pronto a declarar el ensa√Īamiento terap√©utico y a renunciar a la terapia, sobre todo si es muy gravosa. Ante este problema, extremadamente padecido y delicado para los familiares y, en primer lugar, para los m√©dicos, preocupados por afrontarlo y resolverlo en ciencia y en conciencia, pienso que son dos las exigencias que debemos aclarar y tratar de respetar hasta el fondo. La primera es definir cu√°ndo hay un ensa√Īamiento terap√©utico: a m√≠ me parece que hay unos criterios objetivos, que no dependen s√≥lo del familiar o del m√©dico; son criterios que se encuentran dentro de la realidad y que, por lo tanto, est√°n arraigados en la realidad misma. A la luz de la reflexi√≥n bio√©tica, parece que son tres, en base a los cuales podemos decir que estamos ante un ensa√Īamiento terap√©utico. El primer criterio es el de la inutilidad, cuando se trata de una cura que resulta del todo ineficaz e in√ļtil: "podemos continuar, pero incluso continuando no obtenemos resultados". Cuando nos encontramos ante una situaci√≥n de irreversibilidad, generalmente definida por la muerte cerebral, es verdaderamente in√ļtil continuar.

Un segundo criterio es el de la gravosidad, o sea de la pena excesiva a la que estaría expuesto el enfermo, el cual terminaría por sufrir de más sea físicamente, sea moralmente.

Un tercer criterio es el de la excepcionalidad, o sea cuando se interviene con medios que son desproporcionados. Este es un criterio muy relativo, que cambia con el tiempo. Cuando se verifican juntos estos tres criterios, nos encontramos ante el ensa√Īamiento terap√©utico y, desde el punto de vista moral, podemos, algunos dicen debemos, renunciar a proseguir con el tratamiento.

Solo que este aspecto que parece f√°cil, lo es en teor√≠a. No se trata de enunciar los criterios, sino de verificar si estos criterios se dan en el caso concreto. He aqu√≠ la segunda exigencia: la aplicaci√≥n correcta de estos criterios. Al respecto el interesado es el m√©dico y, cuando el m√©dico permanece en la duda, la prudencia y la moral quieren que no sea s√≥lo el m√©dico quien juzgue, sino que el juicio sea formulado colegialmente. Hay un asunto particular al que se debe prestar atenci√≥n: incluso cuando nos encontr√°semos en esta situaci√≥n, debemos continuar suministrando los cuidados ordinarios, como dar de beber y de comer. Sobre todo, no debe jam√°s faltar el cuidado humano fundamental, que es el de estar presentes y de compartir de alg√ļn modo el momento de la muerte. Tambi√©n la reciente enc√≠clica "Evangelium vitae" de Juan Pablo II, que tiene algunos n√ļmeros dedicados a la eutanasia, claramente afirma que cuando estamos ante un ensa√Īamiento terap√©utico verdadero y propiamente dicho es l√≠cito renunciar a esta terapia. Es m√°s moral recurrir a las curas paliativas. Ya con Pablo VI en 1970 hubo una intervenci√≥n muy importante en este campo: excluir la eutanasia "no significa obligar al m√©dico a utilizar todas las t√©cnicas de supervivencia, que le ofrece una ciencia infatigablemente creadora. En tales casos, ¬Ņno ser√≠a una tortura in√ļtil imponer la reanimaci√≥n vegetativa en la √ļltima fase de una enfermedad incurable? El deber del m√©dico consiste m√°s bien en esforzarse por calmar el sufrimiento, en vez de prolongar los m√°s posible, con cualquier medio, con cualquier condici√≥n, una vida que ya no es plenamente humana y que va naturalmente hacia su conclusi√≥n".

4. El punto centra concierne a la eutanasia verdadera y propiamente dicha, que podremos definir como "apoderarse de la muerte", "decidir el momento de realizarse de la muerte misma": por medio de la intervenci√≥n m√©dica es posible darse a uno mismo o a otros la muerte dulce. Esto puede suceder tanto suministrando como suspendiendo determinados f√°rmacos. El interrogante m√°s importante, que concierne a todo problema relativo a la vida, es √©ste: ¬Ņla vida del hombre es una realidad disponible que puede ser usada por los hombres o m√°s bien es una realidad de la que no se puede disponer? Este interrogante conduce a una pregunta a√ļn m√°s radical: ¬Ņel hombre pertenece a s√≠ mismo o pertenece a otro? Debemos escoger entre dos visiones del hombre: seg√ļn la elecci√≥n, ser√° l√≠cito aceptar o ser√° necesario refutar la eutanasia. La primera visi√≥n del hombre la llamo antropolog√≠a de la inmanencia; la segunda, antropolog√≠a de la trascendencia.

5. La antropolog√≠a de la inmanencia parte de esta idea fundamental: el hombre es un ser absoluto, y por lo tanto fuera y en contra de toda dependencia y de toda relaci√≥n. El hombre se siente due√Īo de todo valor, porque se siente el creador de todo: el hombre como absoluto. "Si Dios ha muerto, todo est√° permitido", dec√≠a Dostoijewski: si el absoluto ya no es Dios, sino que es trasladado al hombre como tal. No debemos olvidar que esta es propiamente la primera tentaci√≥n de la que nos habla la Biblia, y es la tentaci√≥n perenne, la m√°s sat√°nica, m√°s diab√≥lica, la que introduce el ate√≠smo, en teor√≠a o de hecho, en el mundo humano, porque Dios como Absoluto viene destituido y se pone sobre el trono al hombre. "Ciertamente no morir√©is, sino que Dios sabe que, cuando com√°is de se abrir√°n vuestros ojos y ser√©is como Dios, conocedores del bien y del mal". Un te√≥logo amigo m√≠o ha escrito: "La primera tentaci√≥n de Satan√°s es muy instructiva: Dios no es Dios; por lo tanto, el hombre decide lo que est√° bien y lo que est√° mal y as√≠ finalmente ser√° liberado de su relaci√≥n de dependencia de Dios". Muchas veces el hombre cede a esta tentaci√≥n.

Si el hombre es el absoluto, la vida del hombre pertenece al hombre, es de su propiedad. As√≠ como con la vida, el hombre puede disponer tambi√©n de la muerte a su gusto o seg√ļn sus intereses. De aqu√≠ se sigue la programaci√≥n de cu√°ndo y c√≥mo morir. Como con la fecundaci√≥n in vitro es el hombre quien decide el momento del surgir de una nueva vida, as√≠ tambi√©n con la eutanasia es el hombre quien decide el momento de morir. Hay un √ļltimo paso en el razonamiento de la antropolog√≠a de la inmanencia: la libertad del hombre se agota al responder s√≥lo por s√≠ mismo. No tiene sentido una responsabilidad religiosa ante Dios y no tiene sentido una responsabilidad social ante los otros, porque esta es una concepci√≥n desintegradora de la convivencia: cada uno es un mundo en s√≠, cada uno es un rey. Si la libertad se separa de la religi√≥n, se reduce a la voluntad de la persona; pero la voluntad de la persona, ya no m√°s iluminada por la raz√≥n, se torna una fuerza ciega, que convierte peligrosamente la libertad en puro arbitrio. El culmen de tal proceso es la afirmaci√≥n de la libertad del individuo sobre todos y contra todos. La conclusi√≥n es que que no se pueden considerar como valores positivos el sufrir y, sobre todo, el morir. Entonces, el sufrir y el morir deben ser eliminados. En una cultura, que adora y sirve como sus √≠dolos el tener, el poder y el placer, no pueden sentirse en casa los sufrientes y los moribundos. ¬ŅNo es l√≥gico, entonces, en esta visi√≥n del hombre, pedir e insistir en que venga legalizada la eutanasia?

6. Ante esta antropolog√≠a est√°, sin embargo, la antropolog√≠a de la trascendencia: √©sta afirma que el hombre es ante todo un ser esencialmente relativo, relativo al Absoluto por excelencia, que es Dios. La dependencia de Dios, la relaci√≥n con Dios, no son algo engorroso, mortificante para el hombre, sino, por el contrario, est√°n impresas dentro como notas esenciales del ser humano. La visi√≥n cristiana de la existencia es la de Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza. Se trata de una dependencia, de una relaci√≥n, que hacen existir al hombre, que dan al hombre su mismo ser. Se sigue que el hombre en todo su ser y existir, en su vida, en su sufrimiento, en su muerte, no se pertenece a s√≠ mismo, sino a Dios. Entonces la vida y la muerte son propiedad de Dios, porque el hombre como tal es propiedad de Dios, en el sentido liberador y exaltador del t√©rmino. Esta es la luminosa conciencia que ten√≠a San Pablo cuando en la Carta a los Romanos escrib√≠a: "sea que vivamos, sea que muramos, somos del Se√Īor". La conclusi√≥n es que la identidad del hombre es la del ser un don; proviene de Dios, que es amor donante, y su ser m√°s profundo es ser un don. He aqu√≠ por qu√© Juan Pablo II en el Angelus de ayer ha recordado el concepto de que la vida humana es un don de Dios, completamente en la l√≥gica del hombre que pertenece a Dios y que se estructura como un don viviente que emana continuamente de Dios. Entonces, la libertad del hombre consiste en aceptarse a s√≠ mismo y en vivir la verdad m√°s profunda que tiene dentro de s√≠, la de ser un don: su vida, su sufrimiento, su muerte son las expresiones concretas de esta su realidad de fondo. En este concepto, la vida humana es un gran bien, pero no el mayor bien. Estas dos expresiones tan simples son formidables, porque tienen unas consecuencias concretas muy cotidianas y de gran inter√©s. Si la vida es un gran bien, es l√≠cita, incluso es obligatoria la lucha contra la enfermedad y contra el dolor. Nosotros los creyentes no estamos por un victimismo. La vocaci√≥n del hombre no es al sufrimiento; Dios destina al hombre a la alegr√≠a. Es necesario luchar con todas nuestras fuerzas contra la enfermedad y el dolor. Ya P√≠o XI dec√≠a que era l√≠cito el uso de los narc√≥ticos, incluso si pudiesen acortar el tiempo de la vida. La vida, sin embargo, no es el bien m√°s grande: en ciertos casos es l√≠cito, e incluso obligatorio, sacrificar la propia vida: es el caso del m√°rtir. Por otra parte, todos nosotros de hecho cada d√≠a gastamos nuestra vida en el deber, en el empe√Īo, en el sacrificio: en un cierto sentido, de este modo abreviamos nuestra vida. Puesto que mayor es el amor, porque somos llamados a donarnos, es l√≠cito, es necesario gastarnos. Me viene a la mente San Carlos Borromeo, muerto a los 46 a√Īos: se consumi√≥. Es l√≠cito y necesario morir de manera humana; en la medida de lo posible, la muerte debe se digna del hombre, conocida, acogida responsablemente, tal vez hasta con fatiga, con sacrificio; como somos responsables en los diversos momentos de la vida, tampoco la muerte deber√≠a ser una algo que sucede, sino algo que se vive. Parad√≥jicamente, se dice que es necesario aprender a vivir la propia muerte.

Es posible, necesario, renunciar a un verdadero y propiamente dicho ensa√Īamiento terap√©utico. La renuncia no s√≥lo es l√≠cita, sino que es necesaria.

7. En fin, quisiera recordar un compromiso cultural práctico. Tomo la inspiración de una intervención de Juan Pablo II en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, al término de una semana de estudio sobre el tema de la vida ante el dolor, la vejez y la eutanasia. El Papa dijo lo siguiente: "El compromiso que se impone a la comunidad cristiana en este contexto socio-cultural es más que una simple condena de la eutanasia o el simple intento de obstaculizarle el camino hacia una eventual legalización; el problema de fondo es cómo ayudar a los hombres de nuestro tiempo a tomar conciencia de la inhumanidad de ciertos aspectos de la cultura dominante y a redescubrir los valores más preciosos por ella ofuscados. El perfilarse de la eutanasia, como un nuevo puerto de muerte luego del aborto, debe ser tomado como un dramático llamado a todos los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a moverse con urgencia para promover con todos los medios una verdadera opción cultural de nuestra sociedad", es decir la cultura de la vida.

En este sentido, la moral no es solamente la valoraci√≥n del bien y del mal, implicados en el comportamiento, sino, en √ļltima instancia, es la promoci√≥n de una cultura, de una mentalidad. El moralista no se limita a juzgar, pero se empe√Īa en conseguir que la mentalidad y las costumbres est√©n de acuerdo con los valores del hombre.

Dos pilares de este edificio que estamos llamados a construir: la primera responsabilidad es la de volver a dar sentido al sufrir y al morir, volver a dar sentido y valor al sufrimiento y a la muerte. Sólo conociendo el por qué, podemos presentarnos como hombres en estos encuentros. En el contexto en el que estamos insertos, nos encontramos ante la corriente hedonista, que excluye a todos los que no son capaces de placer. Encontramos la corriente eficientista: quien cuenta es el hombre que hace, que tiene, que rinde. Los enfermos y los que sufren se tornan un peso a la sociedad y por lo tanto se decide su sacrificio. Otra característica es la de la tecnocracia, por la cual el hombre de hoy tiende a manipular toda realidad, si existe una realidad que no puede ser programada, es justamente la muerte. A menudo, somos nosotros quienes hablamos del sufrimiento y de la muerte; deberíamos callar y dejar que sean el sufrimiento y la muerte quienes hablen. Quien sufre, quien muere, verdaderamente, nos dice cosas de extrema importancia, que corren el riesgo de no ser acogidas.

La segunda responsabilidad es la de no abandonar solo a quien sufre, sino sobre todo a quien muere. También quienes piden la eutanasia, excavando más a fondo, no piden que se ponga fin a su vida, sino que piden que en aquellos momentos dramáticos no sean dejados solos. La responsabilidad de no dejar solos es de todos y, en particular, de los familiares, que a menudo tienen miedo; de los médicos: no basta dar una ayuda técnica, ¡sino que sobre todo es necesario saber dar una ayuda humana!

Concluyo recordando que somos solidarios con cuantos sufren y mueren: hay una solidaridad con el que sufre y con el est√° muriendo inevitablemente. ¬ŅC√≥mo es nuestra solidaridad? Hay la solidaridad de la fuga: ante el enfermo desahuciado, el m√©dico huye lejos, psicol√≥gicamente, m√°s que espacialmente: huir y dejar en soledad significa alimentar una desesperaci√≥n: cuando uno est√° desesperado, es propicio a todo, incluso a pedir la eutanasia. La solidaridad de la fuga es una contribuci√≥n a la cultura de la muerte.

Entonces, hay una otra solidaridad que nos debe interpelar: la solidaridad de la presencia, que se expresa con la palabra, pero tambi√©n, y no menos, con el silencio. S√≥lo esta solidaridad abre a la esperanza y da la fuerza para enfrentar el momento de la √ļltima prueba, superando no s√≥lo el dolor, sino tambi√©n el miedo. La medicina puede incluso eliminar el dolor, pero la solidaridad de la presencia puede eliminar el miedo.

Que el Se√Īor nos obtenga comprometernos m√°s en esta solidaridad de la presencia y nos conceda que en el momento de nuestro sufrimiento y de nuestra muerte podamos gozar de la solidaridad de la presencia de otras personas.

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