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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la mis dominical, dada el 7 de junio de 1998.
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Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Misa dominical

7 de junio de 1998

1. «Venid, adoremos al único Dios verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Invitatorio). Con estas palabras comienza hoy la liturgia de las Horas. Se hace eco de ellas la Antífona de entrada de la santa misa de hoy: «Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros».

Son un himno de alabanza a la santísima Trinidad, el gran misterio que celebramos este domingo.

En efecto, toda la liturgia es un cántico de alabanza al misterio trinitario; cada oración se dirige a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. La invocación más sencilla, como el «signo de la cruz», se hace «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»; y las más solemnes plegarias litúrgicas concluyen con la alabanza trinitaria. Cada vez que elevamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios entramos en el diálogo eterno de amor de la santísima Trinidad.

«Bendita sea la Trinidad santa y la Unidad indivisa; démosle gracias porque ha tenido misericordia de nosotros» (Antífona 2, Primeras Vísperas).

2. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rm 5, 5).

Cuando nos acercamos al misterio de la santísima Trinidad, sabemos muy bien que nos encontramos ante el primero de los «misterios escondidos en Dios de los que, de no haber sido divinamente revelados, no se pudiera tener noticia» (concilio Vaticano I, Denz-Schönm. 3.015).

Todo el desarrollo de la revelación divina está orientado a la manifestación del Dios-Amor, del Dios-Comunión. Esto se refiere, ante todo, a la vida trinitaria considerada en sí misma, en la perfecta comunión que desde la eternidad une a las tres Personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios, revelando al hombre su amor, llama a los hombres a participar en su misma vida y a entrar en comunión con él.

Cada una de las tres Personas divinas da su contribución propia a la vocación universal de los creyentes a la santidad: el Padre es la fuente de toda santidad, el Hijo es el mediador de toda salvación, y el Espíritu Santo es quien anima y sostiene el camino del hombre hacia la comunión plena y definitiva con Dios.

En el oficio de Lectura, leemos hoy un significativo texto de san Atanasio:

«Así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu» (Segunda lectura).

3. (…)

Prepararse para el gran jubileo es tarea de todos, porque a él «está seguramente unida una particular gracia del Señor para la Iglesia y para la humanidad entera» (Tertio millennio adveniente, 55).

En este día dedicado a la santísima Trinidad, ¡cómo no subrayar que el Año santo tendrá como objetivo «la glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia. (ib.)!

La solemnidad de «Corpus Christi», con la celebración eucarística del jueves próximo en San Juan de Letrán y la ya tradicional procesión que seguirá, en la que desde ahora os invito a participar a todos, nos remite al Congreso eucarístico internacional. Esta extraordinaria cita espiritual se inaugurará en la misma basílica de San Juan de Letrán precisamente en la fiesta de la Trinidad del año 2000, para recordar a todos que Cristo es el único camino de acceso al Padre y que está presente y vivo en la Iglesia y en el mundo.

5. «Gloria y honor al único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, por todos los siglos» (Antífona 3, Primeras Vísperas).

¡Sí, gloria y honor a la santísima Trinidad!

Elevemos juntos nuestro cántico de alabanza y de acción de gracias a la santísima Trinidad. Adoremos el misterio de la presencia arcana de Dios entre nosotros, contemplando en silencio sus designios de salvación.

¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!

Hagamos nuestras las palabras que nos sugiere la liturgia: «Gloria y alabanza al Dios que es, que era y que vendrá». Amén.

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