Germán Doig K.1
Lima, Mayo – Agosto 1997
El tema de la tecnologÃa ha venido adquiriendo un lugar central en la reflexión de nuestros dÃas. El cada vez mayor desarrollo en campos tan importantes como las comunicaciones, la medicina, la industria o la misma educación, ha llevado a un amplio debate sobre las ventajas y los posibles riesgos de una sociedad marcadamente tecnologizada. Es claro, por un lado, que la tecnologÃa está trayendo enormes beneficios a la humanidad. Pero, por otro, no se puede negar que están surgiendo problemas nuevos ligados al desarrollo tecnológico. Han aparecido asà los defensores de la tecnologÃa —que algunos han llamado tecnófilos— quienes han tomado posición contra los detractores de este desarrollo —calificados como tecnófobos—2 .
Lo cierto es que el desarrollo tecnológico es en muchos sentidos ambiguo. Tiene sus luces y sus sombras. Ello torna difÃcil hacerse una idea orgánica del asunto y hace bastante complicado un diagnóstico adecuado de la situación actual que muestra el crecimiento de sociedades cada vez más tecnologizadas. Conforme la tecnologÃa ha ido adquiriendo mayor presencia e importancia en la vida de las personas el tema ha venido despertando mayor interés y preocupación. Los últimos lustros —sobre todo desde mediados de los años 60— han visto multiplicarse los ensayos y los artÃculos sobre el tema. Tal es el volumen de material que ha aparecido que casi se podrÃa hablar de un alud de libros y artÃculos.
Sea como fuere, la revolución tecnológica ha llegado. Y no parece ciertamente que exista la posibilidad de una vuelta atrás. Hoy en dÃa, por lo demás, son muy pocos los que realmente creen en las fantasÃas iluministas de pensadores como Rousseau y su pretensión de un paraÃso pre-tecnológico aquà en la tierra. Más bien la atención se dirige hacia un nuevo horizonte que alguno podrÃa calificar como la utopÃa tecnológica, en un rescate del concepto que acuñó Tomás Moro, pero sobre todo retomando a Francis Bacon y su Nueva Atlántida. Lo cual tiene un cierto sabor a pensamiento ilustrado y a mito del progreso, sólo que ahora se trata de un progreso marcadamente tecnológico.
Pero ni el paraÃso pre-tecnológico de Rousseau, ni la utopÃa tecnológica parecen maneras adecuadas de aproximarse al desarrollo tecnológico actual y a su impacto sobre el ser humano. Los dos enfoques pecan de un excesivo tecnocentrismo y al hacerlo extravÃan el rumbo. Todo ello evidencia la importancia de realizar una reflexión que aborde seriamente el fenómeno tecnológico y sus consecuencias en la humanidad. Hay que procurar plantear las preguntas correctas para encontrar algunas respuestas que ayuden a que este desarrollo sea realmente para provecho del ser humano y no se desnaturalice y se vuelva contra el hombre mismo. Tal serÃa el marco para que dicho desarrollo se despliegue de acuerdo al orden de la naturaleza y del ser humano según el designio divino, y forme asà realmente parte de un desarrollo integral de la persona.
La reflexión sobre la técnica, que empezó a ganar terreno en el siglo XIX, tiene unas raÃces muy hondas. El tema ha acompañado al ser humano desde antiguo. Ya Aristóteles hablaba en su MetafÃsica de que el género humano vive por el arte y el razonamiento (technei kai logismois)3 . Este concepto de techne —que ha sido traducido por arte, ciencia y procedimiento a la vez— constituye la base a partir de la cual se desarrollarán la técnica y la tecnologÃa. Y aunque no corresponda exactamente a lo que hoy entendemos por técnica y por tecnologÃa, muestra la preocupación del ser humano por inventar procedimientos e instrumentos, producir artefactos que le ayuden a mejorar su medio ambiente, transformando la naturaleza, protegiéndose de amenazas y organizando su vida. Es decir, en el concepto de techne ya se insinuaba lo que hoy conocemos como técnica y tecnologÃa4 . Siglos después también Santo Tomás de Aquino traerá a colación el tema de lo que llamó las artes mecánicas. Y asà la técnica fue apareciendo integrada a otras reflexiones a lo largo de los siglos.
Será recién en el siglo XIX que el tema de la técnica propiamente —como se conocÃa mayormente a todo el fenómeno tecnológico— empezará a ser objeto de una reflexión especial. Muchos pensadores han coincidido en esta evaluación. Oswald Spengler, autor del famoso ensayo La decadencia de Occidente, opinaba por ejemplo: «El problema de la técnica y de su relación con la cultura y la Historia no se plantea hasta el siglo XIX»5 . Antes la técnica no constituÃa un asunto independiente y mucho menos un posible problema, y como tal no merecÃa una atención especial. AparecÃa integrado a otras reflexiones como un componente más de la realidad.
El siglo XIX verá un cambio de esta situación. Poco a poco empezará a constituir un fenómeno singular, aislable del resto de factores de la realidad. Esta preocupación se hizo notar por ejemplo en la literatura. Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) ensaya una reflexión a comienzos del siglo XIX. En su obra Fausto, terminada de escribir poco antes de su muerte, expresa su preocupación por la técnica. Goethe pone de manifiesto un profundo temor, que ha sido calificado como fáustico en alusión a su obra. Diversos pensadores recogerán esta aprensión fáustica.
En la segunda mitad del siglo XIX aparecerá un género de literatura que será llamado de "anticipación", por su proyección hacia el futuro. Algunos de los escritores que se aventuraron por este género se adelantaron a su tiempo con "vaticinios" que han resultado muy cercanos a la realidad. Dos casos destacados fueron el francés Julio Verne (1828-1905) y el inglés H.G. Wells (1866-1946). Esto muestra, a través de la literatura, un creciente interés por el papel e impacto de la técnica.
La reflexión filosófica en el siglo XIX también empezará a dirigir su interés hacia la tecnologÃa. Incluso se pensará en su momento en una rama de la filosofÃa orientada hacia la tecnologÃa. En ese sentido, el filósofo alemán Ernst Kapp (1808-1896) acuñará el término filosofÃa de la técnica. Influenciado por el pensamiento de Hegel y Ritter, Kapp ofrece una serie de interesantes aproximaciones al fenómeno de la técnica que van desbrozando el camino de esta reflexión. Un hecho que al parecer tuvo alguna influencia en su pensamiento filosófico sobre la tecnologÃa fue su obligada emigración a los Estados Unidos —a Texas, donde los alemanes tenÃan un importante asentamiento de emigrantes—.
El siglo XX empezó con una seria preocupación por las consecuencias del desarrollo industrial. Sobre todo se fijaba la atención en las condiciones de trabajo, con el crecimiento de la automatización y su ambiente frÃo y mecánico. AsÃ, la primera mitad del siglo XX vio desarrollarse una reflexión de un tono marcadamente pesimista. Desde diversos campos se lanzaron voces de alarma contra el desarrollo que estaba alcanzando la técnica y que se veÃa como deshumanizante6 . De esto se hace eco también el ambiente literario, como se puede ver por ejemplo en la dramática imagen que pinta Ernst Jünger en su novela Abejas de cristal7 . Aunque quizá la palma se la lleven los autores de las novelas de la llamada utopÃa negativa que hacen de la tecnologÃa el vehÃculo para nuevas y en verdad espeluznantes esclavitudes. Se pueden mencionar en este género: Señor del mundo de R.H. Benson (1900), Un mundo feliz de Aldous Huxley (1931), 1984 de George Orwell8 (1948), Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1951), Limbo de Bernard Wolfe (1952), Mercaderes del espacio de Frederic Pool y C.M. Kornbluth (1953).
AsÃ, la primera mitad del siglo XX verá una creciente preocupación por las consecuencias negativas de la técnica. Pensadores de diversos orÃgenes y de distintas tendencias se manifestarán sobre el asunto. Entre los más destacados y conocidos se pueden mencionar: Oswald Spengler9 , MartÃn Heidegger10 , José Ortega y Gasset11 , los pensadores de la Escuela de Frankfurt —Max Horkheimer12 , Theodor W. Adorno13 y Herbert Marcuse14 , a los que se sumará después Jürgen Habermas15 —, Lewis Mumford16 , Harold Innis17 . Se podrÃan nombrar a muchos más, como Karl Jaspers, Ernst Bloch, Ludwig Wittgenstein, Jean Paul Sartre y John Dewey. Ya casi como una bisagra entre la primera y la segunda etapa se puede mencionar al francés Jacques Ellul18 , y sobre todo al canadiense Marshall McLuhan19 .
Desde una reflexión más centrada en la fe cabe destacar entre los pioneros de una reflexión orgánica a Friedrich Dessauer20 , asà como a Gabriel Marcel21 , pero quizá sobre todo a Romano Guardini con sus reflexiones teológicas marcadamente pesimistas sobre el fenómeno de la tecnologÃa en sus famosas Cartas desde el lago Como22 . Algunos como Guardini ya en la década de los 20 llamaron a nuestro tiempo la «era de la tecnologÃa»23 .
A partir de la década de los 60 empieza a darse un giro importante en el planteamiento del tema de la tecnologÃa. Desde entonces la reflexión se dispara y se sale del cauce de la literatura, la filosofÃa y la sociologÃa en el que se habÃa movido hasta ese momento. Se podrÃa decir que en este tiempo adquiere un carácter más popular y al mismo tiempo se difunde una lÃnea de análisis más propiamente técnico. Es éste un perÃodo en que la tecnologÃa empieza a colocarse en un lugar cada vez más importante en la sociedad. De esta manera, junto a los aprensivos y a los crÃticos de la tecnologÃa empiezan a aparecer quienes ven con entusiasmo el desarrollo tecnológico. Y, entre ambos extremos, aparece una vasta variedad de posiciones con multiplicidad de matices y enfoques.
La lista de quienes se están dedicando al análisis del fenómeno tecnológico y su impacto en la sociedad hodierna es en la actualidad amplÃsima. Ella crece dÃa a dÃa, como se puede ver en un rápido paseo por las bibliotecas o por el universo de la Internet. Son muchos los autores que están reflexionando sobre lo que es la tecnologÃa y sobre su influjo en el ser humano y en la configuración de lo que podrÃamos llamar la cultura adveniente. Revistas como Newsweek o el magazine del New York Times han dedicado centenares de páginas a tratar el tema. Esto es particularmente notorio en los Estados Unidos, donde se vienen multiplicando los web-sites sobre tecnologÃa. Se podrÃan mencionar, en una lista muy incompleta, por lo menos a los siguientes: Georges Friedmann24 , Joseph Weizenbaum25 , David Bolter26 , Howard Rheingold27 , Jeremy Rifkin28 , Andrew Feenberg29 , Don Ihde30 , Neil Postman31 , Paul Virilio32 , George Gilder33 , Kevin Kelly34 , Nicholas Negroponte35 , Bill Gates36 , Michael Dertouzos37 , Sherry Turkle38 , Mark Slouka39 , Clifford Stoll40 , Paul Delany y George P. Landow41 .
Las perspectivas de los analistas del fenómeno tecnológico son de todo tipo. Como hemos afirmado, algunos miran con optimismo el futuro y ven más beneficios que problemas. Otros tienen una aproximación más bien crÃtica con variado grado de reservas, incluso algunos con un acentuado pesimismo y hasta rechazo. Se les denomina de diversas maneras. Los nombres más comunes de las posiciones extremas son, como hemos mencionado, tecnófilos y tecnófobos. Pero no son los únicos calificativos. Algunos llaman a los primeros integrados y a los segundos apocalÃpticos, según una terminologÃa que popularizó el italiano Umberto Eco en la década de los 6042. En ambientes norteamericanos es frecuente escuchar hablar en una perspectiva dicotómica, no siempre precisa ni justa por aquello de polarización simplificadora, de los techies —por la adhesión a la tecnologÃa— y de los humies —por su defensa de un tipo de humanismo—43.
Debe resaltarse, sin embargo, que los extremos son posiciones que no suelen ser asumidas comúnmente de forma total. Los casos concretos revelan en todo caso una inclinación hacia uno de los polos, con los correspondientes matices. Abundan en ese sentido los tonos intermedios. Pero, a diferencia de la primera mitad del siglo, conforme han corrido los años desde la década de los 60 se puede percibir que ha crecido la valoración positiva de la tecnologÃa, lo que no quiere decir por cierto que las voces crÃticas o de alarma hayan dejado de aparecer también.
Para algunos analistas se pueden dividir en la actualidad las teorÃas sobre la tecnologÃa en relación al tema de la neutralidad y el grado de autonomÃa que se le otorga. Andrew Feenberg propone la siguiente división: la teorÃa instrumental y la teorÃa substantiva. Como lo explica él mismo, la teorÃa instrumental «trata a la tecnologÃa como subordinada a los valores establecidos en otras esferas (p.ej., polÃtica o cultura)». Aquà la tecnologÃa se considera esencialmente como neutral, es decir como un instrumento al servicio de los fines que se establecen para ella. Mientras que la teorÃa substantiva, dotándola de contenidos axiológicos inherentes, «atribuye una fuerza cultural autónoma a la tecnologÃa que prevalece (overrides) sobre todos los valores tradicionales o sobre los que le hacen competencia»44 . La tecnologÃa para esta posición no es neutral y constituye más bien un nuevo tipo de sistema cultural que reestructura la sociedad entera.
Ambas posturas, sin embargo, parecen en realidad reflejar posiciones extremas. En las dos se descubren elementos rescatables, porque en cierta medida cada una tiene algo de verdad. Pero cuando son presentadas en sus formulaciones extremas o de forma simplificadora se ve la necesidad de descalificar a ambas, pues asà tomadas resultan falsas. La instrumental, porque la tecnologÃa no se puede reducir a un mero instrumento, mucho menos cuando se trata de una tecnologÃa que extiende la inteligencia —ya no sólo los músculos— y que se manifiesta también en procesos portadores de contenido, no pocas veces de alta complejidad. Y la substantiva, porque nada de lo relacionado con el ser humano tiene el nivel de autonomÃa axiológica y de independencia operativa que esta perspectiva le pretende conceder. HabrÃa que tener en cuenta que la tecnologÃa depende del ser humano —y que deberÃa tener siempre presente su fin—, y a la vez también hay que considerar que tiene cierto grado de autonomÃa instrumental —por cierto, autonomÃa que deberÃa estar siempre subordinada a los fines del ser humano—; en cierto sentido, pues, resulta un poco instrumental y un poco autónoma.
Pero el principal peligro de reducir la realidad y las aproximaciones al fenómeno tecnológico estriba en el riesgo de desplazarse hacia un tecnocentrismo. Las dos posiciones que hemos mencionado, tanto la instrumental como la substantiva, corren el riesgo de darle a la tecnologÃa un lugar demasiado protagónico en el análisis de la sociedad y la cultura —de hecho muchos autores caen en este problema—. Ésta es una caracterÃstica tÃpica de quienes sólo ven beneficios en la tecnologÃa —los que hemos llamado tecnófilos—, e incluso plantean —directa o indirectamente— un cierto determinismo tecnológico. Pero este vicio no es patrimonio sólo de los tecnófilos. También puede atrapar a quienes se aproximan crÃticamente a las nuevas tecnologÃas y a sus efectos, como de hecho parece estar sucediendo con no pocos. Como en los primeros, la perspectiva de los tecnófobos coloca a la tecnologÃa en el centro de todo, otorgándole un rol determinante en la vida del ser humano y su cultura que parece excesivo. Ambas miran hacia la utopÃa tecnológica, unos para rechazarla y otros para acelerar su llegada. En ambos casos la utopÃa tecnológica termina siendo lo central, desde lo que se redefine todo el universo humano.
El problema central no se descubre en los planteamientos de las teorÃas instrumentales ni en las substantivas, como tampoco lo es el oscilar entre los polos de los tecnófobos y los tecnófilos. Las dos parejas de extremos terminan en realidad siendo expresiones de una misma postura: el tecnocentrismo. La polémica entre unos y otros no sólo no agota el asunto sino que ni siquiera lo plantea de manera adecuada. Es más, tiende a cerrar el horizonte a otras posibilidades de valorar la tecnologÃa con un grave daño a la comprensión del fenómeno tecnológico y de la sociedad que se está construyendo de cara al mañana. Una recta aproximación al asunto debe llevar a rechazar las posiciones inspiradas por esa perspectiva tecnocéntrica para buscar ubicar a la tecnologÃa en un marco más amplio, en el mundo de lo humano, y particularmente de los fines del ser humano según el designio divino. Y ese marco tiene como un elemento central lo que se ha llamado la dimensión cultural.
Pero, dicho esto, se debe añadir que no es fácil evitar el tecnocentrismo. La idea de que en una sociedad global la tecnologÃa —en cualquiera de sus expresiones o productos— se convierte en indispensable para que sigan vivas las instituciones, las compañÃas, los mercados, las escuelas y, por cierto, los hogares, convierte a la tecnologÃa en fuente de nuevos y hechiceros mitos, y, en algunos, de nuevas idolatrÃas. El escritor de ciencia ficción Arthur Clarke planteó que cuanto más sofisticado y complejo es el desarrollo tecnológico más difÃcil se hace distinguirlo de la magia. Sin embargo, la tecnologÃa no deberÃa ser vista como un nuevo mito, ciertamente no ha de considerarse como un tipo de "nuevo dios", y por supuesto no es ningún tipo de magia. La tecnologÃa es un producto de la inteligencia humana y como tal debe ser valorada con realismo y amplitud para ser puesta al servicio del ser humano y de su desarrollo integral según el Plan de Dios. Y en esto no caben ninguno de los dos extremos —ni el de los tecnófilos ni el de los tecnófobos—, pues ambos terminan desenfocando gravemente el asunto. Cabe el realismo de la verdad a partir del cual se puede distinguir lo bueno de lo malo según un horizonte axiológico mayor que el del mero panorama de la posibilidad y de la eficacia tecnológica.
Este problema del tecnocentrismo no es algo nuevo. En realidad empezó a gestarse de la mano de una cierta mentalidad que tuvo sus orÃgenes en el Renacimiento y alcanzó un claro perfil en la Ilustración. HabÃamos dicho que la tecnologÃa es tan antigua como el ser humano mismo, lo que es una manera de decir que el hombre siempre ha producido y aplicado tecnologÃa —desde que se confeccionó una ropa rudimentaria para cubrirse y utilizó la piedra como instrumento para aumentar su fuerza—. La tecnologÃa tenÃa su lugar y estaba muy lejos de constituir el centro de toda la vida del ser humano. El concepto de Aristóteles —techne— recoge de manera general esto.
A partir de la techne se irá evolucionando hasta llegar a lo que hoy conocemos como técnica y tecnologÃa. Esta evolución ha conocido etapas. Hacia el siglo XVII se va a producir una bifurcación en la concepción de lo que es la técnica. Mientras por un lado se sigue desarrollando en directa relación a la persona humana, por otro comienza a generarse una mentalidad que irá poniendo a la técnica —y en cierto sentido a las ciencias experimentales— como lo central, considerando el método en que se enmarca como la única fuente segura de conocimiento de la realidad y en el fondo como la solución a todos los problemas del ser humano. Es decir, comienza lo que hemos calificado como tecnocentrismo.
El fenómeno, sin embargo, irá creciendo lentamente. Sus primeras manifestaciones aparecerán, como hemos dicho, hacia el siglo XVII. Resulta de enorme interés la atención que se despertó en algunos pensadores del Renacimiento que se proyectaron hacia la búsqueda de la sociedad perfecta en lo que se ha llamado la utopÃa después de la obra de Tomás Moro —editada en 1516—. Pero será en realidad un siglo después de Moro, con las obras de dos renacentistas tardÃos, que se introduzca propiamente la reflexión sobre el papel de la técnica. Se trata del inglés Francis Bacon (1561-1626) y su relato inconcluso Nueva Atlántida —editado en 1627—, y del italiano Tomaso Campanella (1568-1639) con su obra La ciudad del sol —editada en 1623—.
Es sumamente interesante el papel que le otorgan a la tecnologÃa algunos de estos pensadores que han llamado utópicos. Diversos autores se han detenido en este asunto. Se puede mencionar por ejemplo a Ernst Bloch —quien profundiza en lo que llama las utopÃas técnicas.— Lewis Mumford, por ejemplo, afirma: «Las utopÃas más importantes del tiempo, Cristianópolis, la Ciudad del Sol, por no decir nada del fragmento de Bacon o de las obras menores de Cyrano de Bergerac, todas giran alrededor de la posibilidad de utilizar la máquina para lograr que el mundo sea más perfecto: la máquina fue el sustituto de la justicia, de la sobriedad y del valor de Platón; incluso si lo era asimismo de los ideales cristianos de la gracia y la redención. La máquina se presentó como el nuevo demiurgo que debÃa crear unos nuevos cielos y una tierra nueva. Al menos, como el nuevo Moisés que habÃa de conducir a una humanidad bárbara a la Tierra de Promisión»45 .
Debe dársele un lugar destacado en la evolución de esta mentalidad tecnocentrista a Francis Bacon. Para no pocos se trata del primer pensador que enfocó su atención en la tecnologÃa y su relación con lo que podrÃa llamarse el mundo económico-social. Destaca sobre todo su obra Nueva Atlántida. Ésta constituye una curiosa proclama de fe en la técnica como instrumento tanto del conocimiento de la realidad como de la transformación de la naturaleza para la edificación de una sociedad ideal. Incluso se podrÃa decir que para él la técnica es el saber supremo. Y aunque está en cierta manera ordenada a un orden moral y quizá también teológico-espiritual —la isla habÃa sido evangelizada milagrosamente a través de unos escritos de San Bartolomé—, en la práctica ocupa el lugar central de la paradisiaca y desconocida isla de Nueva Atlántida. En efecto, nada merece tanta atención como el cuidado y desarrollo de las técnicas, en las que ven el secreto de la felicidad.
Bacon imagina una isla donde se ha generado un sistema de aliento y protección de la técnica. Según su relato un famoso y sabio rey habrÃa creado en el pasado una «orden o sociedad» que llama la Casa de Salomón, dedicada al «estudio de las obras y criaturas de Dios»46 . Bacon ensaya una interesante descripción del objetivo de esta Casa que bien podrÃa pasar como un intento de definir la técnica: «El objeto de nuestra fundación es el conocimiento de las causas y secretas nociones de las cosas y el engrandecimiento de los lÃmites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles»47 . La orden ocupaba un lugar preeminente en la vida de la sociedad de la Nueva Atlántida, con una jerarquÃa interna —conformada al parecer por sacerdotes cristianos—.
No les falta razón a quienes sostienen que Nueva Atlántida es una obra que se adelanta a su tiempo en lo que a la técnica se refiere. En efecto, Bacon imagina una sociedad en la que se tienen conocimientos técnicos y cientÃficos muy avanzados en casi todos los campos de la vida del ser humano. Algunos incluso son sorprendentes. AsÃ, por ejemplo, se dice: «Imitamos el vuelo de los pájaros, podemos sostenernos unos grados en el aire. Buques y barcos para ir debajo del agua que aguantan la violencia de los mares, cinturones natatorios y soportes»48 —es decir, cuentan con aviones y submarinos—. También han inventado el telescopio y el microscopio, y unos aparatos que aplicados a las orejas aumentan el alcance del oÃdo, asà como unos «instrumentos especiales para transferir sonidos por conductos y tuberÃas en las más singulares direcciones y distancias»49 —¿acaso un tipo de teléfono?—.
Pero no es este curioso sentido de anticipación lo más importante de la obra de Bacon en relación a la técnica. En su Nueva Atlántida plasma algunas de sus ideas que han llevado a que se le considerara en los tiempos de la Ilustración como un "profeta" del progreso tecnológico y cientÃfico. Bacon le otorga un papel central a la técnica como el instrumento útil que ponÃa la naturaleza al servicio de la humanidad. Presenta una especie de "glorificación" de la técnica. Para ello era clave el rol que jugaba la Casa de Salomón, dedicada al cultivo y desarrollo técnico. Nada hay más importante en la Nueva Atlántida que la técnica, la que desplaza otros aspectos de la vida. Para Bacon la técnica estaba por encima de todo. El local de la Casa de Salomón es presentado como una sÃntesis del saber y a la vez una especie de museo y catedral de la técnica. Allà se celebra una suerte de culto tecnológico, con «ciertos himnos y servicios de alabanza y gracias a Dios por sus maravillosas obras»50 . «Para celebrar nuestras ceremonias y ritos —hace decir Bacon a los habitantes de Nueva Atlántida— disponemos de dos larguÃsimas y hermosas galerÃas: en una de ellas colocamos los modelos y muestras de todo género de las más raras y excelentes invenciones; en las otras instalamos las estatuas de los inventores célebres»51 . Los técnicos han desplazado a todos los demás —humanistas, educadores, filósofos, teólogos, santos, etc.—. La isla de Nueva Atlántida parece un reino gobernado por tecnócratas, y aunque aparecen referencias a Dios en realidad quedan marginadas de su sentido verdadero y de la vida de los ciudadanos de ese mundo utópico.
Entre otras cosas, el pensamiento de Bacon parece ser en el fondo una reacción contra la perspectiva de la filosofÃa aristotélica. El autor de Nueva Atlántida consideraba que esta filosofÃa no daba la debida primacÃa a la utilidad. Él, en consecuencia, trata de proponer un tipo de conocimiento que permita dominar la naturaleza. Desde esta perspectiva descalifica a la ciencia tradicional porque piensa que la ciencia deberÃa orientarse hacia el dominio, hacia la práctica y hacia la utilidad. Para Bacon las filosofÃas de Platón y Aristóteles deberÃan ser sustituidas. El pensamiento de Santo Tomás, y de otros escolásticos, lo juzga igualmente inadecuado. En su lugar, para él, deberÃa aparecer una ciencia experimental universal con un nuevo tipo de lógica.
De los escritos de Bacon destaca el que lleva por tÃtulo Novum Organon Scientarum seu indicia vera de interpretatione naturae et regno hominis (1620)52 . En esta obra, conocida simplemente como Novum Organon, hace el intento de presentar una nueva lógica que lleve al conocimiento útil y al dominio de la naturaleza. El criterio de lo verdadero o de lo bueno queda desplazado por el criterio de "utilidad". El criterio de transformación de todo lo posible queda como central y cuanto no está en esa dinámica, o la obstaculiza, queda relegado. La lógica que propone para respaldar su perspectiva estarÃa recogida en un nuevo método que llama cientÃfico. Su pretensión no es otra que desarrollar un conjunto de normas que permitan un conocimiento cientÃfico ordenado a la modificación de la realidad, a través de experimentos que deberÃan ser metódicos, ordenados, reflexivos y dirigidos por la razón. Por supuesto el método como era entendido y aplicado excluÃa todo otro ámbito de la realidad y como tal era eminentemente reduccionista. Lo cierto es que su propuesta además de reductiva a nivel ontológico era tan complicada, y poco cientÃfica, que fue totalmente inservible; en contra de sus propias premisas resultó inútil.
Junto con la obra de Bacon, Nueva Atlántida, se debe mencionar también el libro de Tomaso Campanella, La ciudad del sol. Se trata de otra obra de carácter utópico en la que la técnica va a ser colocada también como la fuente suprema de conocimiento de la realidad y de solución de los problemas del ser humano, aunque con un papel no tan central ni preeminente como en la obra de Bacon. La técnica para Campanella era en cierto sentido el factor determinante en la configuración de la cultura. Por ejemplo destaca en su obra la importancia del invento de la imprenta, de la pólvora y de la brújula. En un pasaje en el que se relata lo que dicen los habitantes de la ciudad del sol, se afirma: «Hablan también de la maravillosa invención de la imprenta, de la pólvora y de la brújula, cosas éstas que constituyen otros tantos indicios e instrumentos de la reunión de todos los habitantes del mundo en un solo redil»53 . Y en otro fragmento llega a decir: «el descubrimiento de la imprenta y del arcabuz, y no se puede dudar que ofrecieron a los hombres el motivo, o más bien la ocasión, para mudar profundamente las leyes...»54 . Es decir, la tecnologÃa —a través de artefactos concretos— jugarÃa un papel capital en la configuración de la sociedad humana. Como en el caso de Bacon, en la obra de Campanella la dinámica intramundana aparece clara. La técnica y la manipulación de las cosas constituyen la fuente de lo superior en el ser humano. La técnica está en el centro de todo y condiciona todo lo demás. Algo como lo que siglos después Karl Marx planteará en relación a lo que llama estructura y medios de producción en relación a la superestructura. En esa lÃnea, hoy, y después de Harold Innis, y sobre todo de Marshall McLuhan —con su homo typographicus y la aldea global—, Campanella resultarÃa un verdadero "adelantado" de su tiempo.
Asà como Bacon y Campanella se anticiparon al futuro, también iniciaron algunos graves vicios en la aproximación a la técnica que después serán asumidos y desarrollados por los ilustrados —desde su endiosamiento de la razón y la ciencia—. Galileo Galilei (1564-1642) y René Descartes (1596-1650), por ejemplo, desarrollarán su pensamiento en inocultable sintonÃa con los planteamientos de estos utópicos renacentistas. Por esta razón, no parece descabellado calificar a Francis Bacon y, en cierta medida a Tomaso Campanella, como los iniciadores de lo que después devendrá en la mentalidad tecnologista y el tecnocentrismo, es decir la mentalidad que absolutiza de tal manera el papel de la tecnologÃa que termina desplazando otros ámbitos del saber y de la realidad, con grave desmedro del fin último del ser humano. Esta aproximación constituye un reduccionismo metodológico55 —tanto valorativo como práctico— cuya norma suprema es la eficacia por la eficacia sin ningún interés por la verdad o el bien y mucho menos por la belleza. Es una mentalidad que se expresa en el cientificismo y que en el fondo no es otra cosa que una máxima confusión de los medios con los fines o, si se quiere, la perversión de los medios. Esta mentalidad evolucionó y se fue difundiendo sobre todo por obra de los iluministas. De la Ilustración pasó al positivismo y de allà a los liberalismos y a ese derivado antitético que es el marxismo. Hoy en dÃa se descubre muy extendida, como se puede colegir de lo que hemos mencionado en relación a los tecnófobos y tecnófilos.
Es ésta la mentalidad que se descubre en los que propugnan las perspectivas tecnocentristas y los promotores de lo que podrÃamos llamar hoy la utopÃa tecnológica. Asà como Bacon propuso una utopÃa donde la técnica era el saber supremo y el centro de toda la vida social, el siglo XX ha visto cómo se ha reeditado ese viejo sueño tecnocentrista. Pero a diferencia de los tiempos de Bacon y Campanella, esta nueva utopÃa tecnológica no sólo tiene defensores, sino también serios detractores que lejos de anhelar la realización de esta utopÃa buscan la manera de evitarla.
El inglés Aldous Huxley, por ejemplo, ponÃa como pórtico de su novela de fuertes tonos crÃticos a un futuro en exceso tecnologizado, Brave New World56 , un texto de Nicolás Berdiaeff: «Las utopÃas aparecen como más realizables que lo que se creÃa en otro tiempo. Y nos encontramos actualmente frente a una cuestión muy angustiante de otra manera: ¿Cómo evitar su definitiva realización? Las utopÃas son realizables. La vida marcha hacia las utopÃas. Y quizá comienza un siglo nuevo; un siglo donde los intelectuales y la clase cultivada soñarán los medios de evitar las utopÃas y de retornar a una sociedad no utópica, menos "perfecta" y más libre». Como se ha dicho, Huxley forma parte de un conjunto de escritores del género de ciencia ficción que ha sido llamado utopÃa negativa, antiutopÃa o distopÃa57 . Lo que les preocupa a estos autores es que de pronto la utopÃa —que siempre habÃa sido solamente un cuadro imaginario, sin tiempo pero sobre todo sin lugar— se asome como algo posible. Pero ya no como una sociedad ideal, sino como una amenaza contra el ser humano. Entonces la utopÃa, que habÃa sido algo "anhelable", se convierte en algo "temible", "terrible". Lejos de querer que se alcance la utopÃa se trata de evitar que se acerque.
El problema principal de las nuevas utopÃas tecnológicas está en la perspectiva tecnocentrista que tienen detrás y que lleva a una desnaturalización de lo que es la tecnologÃa y en consecuencia a una proyección que termina por orientarse a la deshumanización del ser humano, en diversos sentidos, particularmente en una amputación de su trascendencia. Estas nuevas utopÃas reeditan a su modo lo que Bacon proponÃa algunos siglos atrás.
Lo dicho lleva a plantear que toda aproximación al tema de las nuevas tecnologÃas y su influjo en el ser humano y su cultura debe tener como marco de fondo que la tecnologÃa no es el único factor en la vida de las personas y en la sociedad. Ésta aparece y se desarrolla en medio de muchos otros factores de distinto tipo que no tienen necesariamente una referencia directa a ella. Cada vez es más claro que se debe tener en cuenta el horizonte de la cultura del ser humano, medio en el que surge y se desenvuelve. El desarrollo tecnológico forma parte de la cultura, y como tal está fuertemente influido por el ambiente cultural en el cual aparece. Como parte de un todo —que es la cultura— la tecnologÃa está en permanente interacción con ese todo —generándose una influencia en ambos sentidos—.
Al hablar de la dimensión cultural de la tecnologÃa se está planteando una perspectiva que rompe el cÃrculo estrecho de la visiones unilaterales. La tecnologÃa no se entiende sin el ambiente cultural en el que surge y que no sólo la hace posible sino que le da un determinado lugar —que en el caso actual es ciertamente muy importante—. Sobre este asunto han incidido diversos pensadores, como Heidegger, Spengler y Ortega y Gasset, por nombrar algunos de los más destacados. En el medio latinoamericano se puede mencionar a Pedro Morandé58 . Lewis Mumford, por ejemplo, desde sus propios términos, afirmaba lo siguiente: «Para entender el papel dominante desempeñado por la técnica en la civilización moderna, se debe explorar con detalle el perÃodo preliminar de la preparación ideológica y social. No debe explicarse simplemente la existencia de los nuevos instrumentos mecánicos: debe explicarse la cultura que estaba dispuesta para utilizarlos y aprovecharse de ellos de manera tan extensa»59 . DeberÃa añadirse a lo que Mumford sostiene sobre la utilización, el diseño de la tecnologÃa. El ambiente cultural no sólo es importante en relación al uso que se le da a la tecnologÃa, sino que también influye en la manera como se concibe y el fin para el que se la diseña.
Desde esta perspectiva se puede entender mejor por qué se deben considerar como incompletas tanto la explicación que le otorga vida propia a la tecnologÃa, como la que la reduce a un mero instrumento que se puede usar como se utiliza un martillo. Los extremos resultan en esto reductivos e incompletos para explicar la realidad. La tecnologÃa tiene algo de autónoma, como tiene también algo de instrumental. Pero esa relativa autonomÃa está limitada y sujeta a otros factores que están más allá de la mera tecnologÃa. La tecnologÃa como obra humana debe estar siempre al servicio del fin del ser humano.
El Papa Juan Pablo II, en un discurso donde alentaba a la utilización de las nuevas tecnologÃas —especialmente en el campo de la informática y de las comunicaciones— señalaba que hoy en dÃa «ya a nadie se le ocurrirÃa pensar en las comunicaciones sociales o hablar de las mismas como de simples instrumentos o tecnologÃas. Más bien, ahora las consideran como parte integrante de una cultura aún inacabada cuyas plenas implicaciones todavÃa no se entienden perfectamente y cuyas potencialidades por el momento se han explotado sólo parcialmente»60 . De lo que el Papa afirma se puede avanzar recorriendo una pista muy sugerente: asÃ, descartando tanto la autonomÃa absoluta como una mera perspectiva instrumental, hay que ir a preguntarse por la cultura humana que hace posible la tecnologÃa y en la que es desarrollada y utilizada.
El problema en relación al fenómeno tecnológico de nuestro tiempo hay que buscarlo, pues, no tanto en la tecnologÃa per se sino en la difusión de una mentalidad tecnologista que hace que la técnica pierda su carácter de medio para convertirse en el fin de las aspiraciones culturales. Es lo que se ha llamado tecnocentrismo y que en el fondo tiene su origen en una perversión de los medios que se transforman falazmente en fines. Es entonces cuando la cultura se termina subordinando a la racionalidad tecnológica. Por ello quizá tenga mucha razón Ortega y Gasset cuando plantea que uno de los desafÃos de nuestro tiempo podrÃa ser el «reinventar» una forma de relacionarse con la técnica —quizá habrÃa que decir con la racionalidad tecnológica—, libre de las rémoras de la Ilustración y de los vicios que inauguraron pensadores como Francis Bacon —con su utopÃa tecnológica y su endiosamiento de la técnica—.
La pregunta por la tecnologÃa y su influjo no debe, pues, quedarse en la tecnologÃa en sà misma, sino que tiene que ir más lejos o más hondo, y no puede ser otra que una pregunta por su dimensión antropológica y cultural. Ése es el camino por el que se debe transitar para encontrar una evaluación equilibrada del fenómeno tecnológico en sus beneficios y sus problemas. Las preguntas para entender el fenómeno tecnológico y su impacto en la sociedad hodierna deben enrumbarse hacia las caracterÃsticas de la cultura actual. Han de tener en cuenta en consecuencia la evolución de las ideas a partir del Renacimiento, pero sobre todo de la Ilustración y la mentalidad que se fue formando y que devino finalmente en una mentalidad tecnologista. Esta mentalidad, que tiene como fundamento de aproximación a la realidad un reduccionismo metodológico, es en el fondo agnóstica y funcional. Y deben, finalmente, considerar la difusión de lo que se ha llamado, en una expresión que se viene usando convencionalmente para designar un fenómeno variopinto, pensamiento post-modernista.
La consideración de la dimensión antropológica y cultural de la tecnologÃa es el marco para ensayar un diagnóstico equilibrado que permita valorar adecuadamente el aporte de la tecnologÃa a la humanidad y, al mismo tiempo, llamar la atención sobre los problemas que surgen vinculados al desarrollo tecnológico. Desde dicha perspectiva se puede entender mejor que la tecnologÃa no puede por sà sola «indicar el sentido de la existencia y del progreso humano»61 , como también que «los criterios de orientación no pueden ser deducidos ni de la simple eficacia técnica, ni de la utilidad que puede resultar de ella para unos con detrimento de otros, y, menos aún, de las ideologÃas dominantes»62 . Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, la ciencia y la técnica son recursos preciosos cuando son puestos al servicio del hombre y promueven su desarrollo integral en beneficio de todos, respondiendo a la luces que iluminan el peregrinar del ser humano desde la fe. De eso se trata, evitando los reduccionismos tecnocentristas que fluctúan entre el rechazo y el culto a la utopÃa tecnológica y que por lo mismo impiden que la tecnologÃa sea desarrollada según la naturaleza del ser humano y el designio divino.
© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOSâ„¢. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.