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Mons. John J. Myers, Padre enseña a los hijos tu fidelidad
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«Padre enseña a los hijos tu fidelidad...»
(Isaías 38:19-20)

Una carta pastoral sobre los padres y la paternidad

Mons. John J. Mayers,
Arzobispo de Peoria

Saludos en el Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, Desposado con la Iglesia, Salvador, Señor y hermano.

En esta carta, quisiera hablar con todas las familias en nuestra diócesis y especialmente con mis hermanos en la fe, ambos clérigos y laicos, luchando para ser buenos cristianos en el desafiante mundo contemporáneo.

Les pido que reflexionen conmigo sobre la paternidad a la luz de nuestra condición de discípulos en Cristo Jesús y de la cultura en la que la vocación a ser padre es dejada de lado. Hoy en día muchos hombres han perdido de vista la paternidad . Les falta confianza en quienes son, hacia donde se dirigen, y qué son como personas. Esto constituye una crisis para los hombres jóvenes como también para viejos, para casados como para solteros, para el clero así como el laicado. Y "el eclipse de la paternidad"1 no es solamente un punto importante para los hombres. Las mujeres también están muy involucradas.

Mi intención es mantener un enfoque en ciertos aspectos del complejo de problemas que constituye nuestra crisis actual. De hecho, sólo si las mujeres invitan a los hombres a los roles de marido y padre, cooperan con ellos y esperan grandes cosas de ellos, puede el hombre tener esperanzas de asumir responsabilidades tan fascinantes. En realidad, lo mismo es cierto para mujeres en sus roles como esposa y madre.

La Iglesia no tiene todas la respuestas para la actual crisis de la paternidad. Los problemas eluden respuestas fáciles y tocan el misterio de la persona humana con sus muchas relaciones, especialmente su relación con Dios. No obstante, nunca debemos perder confianza en Dios, nuestro Padre amoroso; El no nos dejará huérfanos. El nos entrega Su Hijo –y Su Novia, la Iglesia– para llenarnos del poder de la verdad y el consuelo de Su gracia. Esta gracia continuamente nos fortalece para asumir nuestra dignidad como hijos de Dios y para vivir de acuerdo con esa dignidad.

I. EL PROBLEMA

La paternidad esencialmente es relacional, es una manera en la que el hombre se pone al servicio de la comunidad humana. Por lo tanto, no se puede entender el actual desafío de la paternidad aislado de la cultura en la que vivimos. Cuando una sociedad pierde de vista la verdadera dignidad del hombre, la cultura en sí misma empieza a enredarse. Hoy, se disputan acaloradamente los mismos principios que sustentan nuestra comprensión de la verdad y la dignidad de la persona humana. Incluso, a menudo, la convicción de que existe una verdad universal se niega. Consecuentemente, muchos creen que podemos crear nuestra propia verdad y nuestra propia realidad, según nuestros propios propósitos. Pero este enfoque no sólo degrada la inteligencia humana, sino también mina nuestra habilidad de formar una comunidad humana e incluso de compartir un idioma común. Cuando los padres pueden justificar el abortar a sus hijos inocentes en nombre del amor, estamos perdiendo rápidamente el sentido de lo que es el bien y el mal que forman la base de una creencia y acción comunitaria.

¿Libertad para qué?

En nuestra nación disfrutamos de las grandes bendiciones de la libertad, pero la libertad trae consigo una gran responsabilidad: buscar la verdad, conocer la verdad, y practicar las exigencias de la verdad. La libertad no puede ejercerse sin que la verdad la oriente.

Hoy muchos confunden la sensación o el sentimiento con la convicción acerca de la verdad. Las emociones sí juegan un papel importante en nuestras vidas. Sin embargo, la vida emocional no siempre es una guía segura para las necesidades de la persona humana. La preocupación por los sentimientos pueden transformarse en sentimentalismo, llevándonos a un mayor egoísmo e incapacidad de reconocer las verdaderas necesidades de los que están alrededor nuestro. También nos puede conducir al mal del que "se siente bien" para nosotros o para los demás. Desgraciadamente, nuestra cultura actual se preocupa mucho con la búsqueda del "sentirse bien", usualmente a costa de lo que es realmente bueno para uno mismo, para los otros y para el bien común.

¿Hemos encontrado la felicidad? Nuestra preocupación por nosotros mismos, sin embargo, no nos ha hecho expertos en cómo ser felices. Encontramos más personas que cuestionan el valor de sus vidas. Muchas personas, jóvenes y viejos, simplemente se desesperan. Nuestra juventud comete suicidio en proporciones que hace una generación nos hubiera chocado. Hoy en día nadie puede ignorar la urgente sed por la felicidad y la alegría - y el hecho de que muy pocos parecen encontrarlos.

Quizás esta incertidumbre sobre el valor de su propia vida conduzcan a que personas se cuestionen sobre la dignidad de vida humana en general. Juan Pablo II nos ha recordado que la única respuesta adecuada a otra persona es la autoentrega amorosa. Una cultura preocupada en si misma nos ciega al valor de otros seres humanos. El Santo Padre nos advierte contra la cultura del "uso", en que las otros personas son apenas como instrumentos para avanzar en nuestra realización, en lugar de ser sujetos para ser amados. Hoy en día, la señal más preocupante de la confusión interna de nuestra cultura es el miedo a una vida nueva, la guerra que hacemos a los niños no nacidos que están en el útero. Cuando ya no vemos a otras personas como un don para el mundo, empezamos a tener miedo de ellos como si fueran cargas u obstáculos. Y la lógica del aborto, eutanasia y suicidio asistido eventualmente siguen.

A medida que la violencia crece en nuestra sociedad, tristemente algunos la introducen en sus hogares y en las preciosas relaciones que hay allí. No sólo resultan daños físicos, sino también cicatrices emocionales y espirituales que sus esposas e hijos cargan por mucho tiempo en el futuro.

II. LA FAMILIA: FUNDAMENTO DEL AMOR HUMANO Y DE LA SOCIEDAD

Aquellos de nosotros que se criaron hace cuarenta o cincuenta años atrás han tenido una experiencia de familia un poco distinta que la mayoría de las personas de hoy. En mi experiencia personal, miro hacia atrás con gratitud mi vida en una modesta granja y como parte de una comunidad rural con tres hermanos y tres hermanas. Ayudábamos a nuestro padre con su pequeño negocio y a nuestra madre con los quehaceres de la casa. Nos pasábamos mucho tiempo con nuestros abuelos, tías, tíos y primos, que vivían cerca. La Iglesia y la oración formaban parte de nuestra rutina habitual. Estábamos lejos de ser perfectos - pero de alguna forma la riqueza de estas relaciones eran a la vez un soporte y un desafío. Lo siguen siendo incluso hoy.

Pero la nostalgia no nos llevará a donde necesitamos ir. Debemos encontrar la valentía para defender esta «primera y vital célula de sociedad»2. Quizá en ninguna otra época de nuestra historia hemos enfrentado tal amenaza a la sociedad como es el actual colapso de la familia3. Otros tiempos y otras culturas han tenido sus dificultades, pero tal incertidumbre sistemática sobre el papel de la familia, y hasta tal falta de voluntad en preservarla, no tiene precedente.

La familia es más fructífera cuando se pone al servicio de la vida, y la clave para entender la importancia de la familia está en reconocer la dignidad de la vida humana. La crisis actual de la vida familiar ha sido demasiadas veces abordada con investigaciones que no saben de maneras de ayudar a la familia a efectivamente ser lo que es. En cambio, hemos sido inundados con intentos de "resolver" el problema de la familia redefiniéndola. Esto sólo confunde más nuestra comprensión de la dignidad de la familia, su propósito y su significado. La familia viene de Dios, y su poder y consuelo sólo pueden realizarse siendo fieles al Plan del Creador. No podemos congratularnos por haber enfrentado los problemas que existen hoy en las familias hasta que no hayamos proclamado el Plan de Dios para la familia y nos hayamos alentado mutuamente a vivirlo. Como nos ha exhortado el Papa Juan Pablo II: «…familia, ¡"sé" lo que "eres"!»4

A través de la última generación hemos visto el curso de la revolución sexual, que al principio parecía prometer una época de intimidad sin complicaciones. Ambos sexos han estado muy involucrados en esta revolución. Pero, en particular ha exacerbado la debilidad sexual masculina. Como sabemos ahora, a partir de la dura experiencia, la revolución sexual trajo con ella un enorme daño no sólo para la vida familiar sino también para la dignidad de la vida humana. El crecimiento de la permisividad sexual fue posible, en parte, debido a la gran amplitud de la aceptación del punto de vista mundano anticonceptivo, que más que nunca, vigorizaba la cultura de la utilidad; el uso de mujeres y hombres como objetos de placer sexual o el uso de niños como objetos de realización personal que se disfrutan o se evitan.

La sociedad anticonceptiva no proporciona, ni a hombres ni a mujeres, el incentivo para personalmente hacerse responsables o para madurar en el compromiso de entregar la vida que supone un matrimonio fiel. Más bien, alienta una adolescencia crónica que se resiste al compromiso, en la que el mayor don de Dios para las familias –los niños– son vistos apenas como objetos al servicio de la conveniencia de los padres5. Más aún, rechaza el amor genuino y respetuoso necesario para acoger a un hijo con defectos genéticos u otros problemas.

Cualesquiera que sean los motivos para practicar la anticoncepción, su uso claramente ha dañado la permanencia del matrimonio. Estudios recientes corroboran la visión cristiana sobre la sexualidad en que la Iglesia siempre ha creído. Algunos estudios sugieren que debido al aumento del uso del anticonceptivo se ha doblado la proporción de divorcios de 1965 a 1975. Otras investigaciones sugieren que la presencia de más de un hijo puede ser crucial para la supervivencia del matrimonio. Y seguramente existe una relación entre el rechazo de los hijos, que está al centro del uso de anticonceptivos, con la creciente aceptación del aborto.

Cuando la necesidad de hijos ya no es una prioridad para ambos padres, la permanencia matrimonial se ve también minada. Los hijos experimentan una profunda inseguridad personal. Sin embargo, la fidelidad de los padres a sus votos, incluso en medio de dificultades, a menudo es denigrada por la cultura contemporánea, y la separación de los padres, después de experimentar dificultades matrimoniales ordinarias, es –extrañamente– a veces defendida como lo qué es realmente mejor por los hijos. El Santo Padre ha hablado entristecido sobre estos niños como «huérfanos de padres vivos.»6

Nociones superficiales sobre el Amor

Nuestra cultura enfatiza la importancia del romance o del amor erótico hasta el punto de excluir otras expresiones de amor marital, así como otras relaciones importantes e íntimas que una persona podría tener dentro de la familia, la Iglesia y la sociedad. Cuando la dimensión erótica domina un matrimonio, los hijos se podrían ver como una amenaza al amor marital, en lugar de ser su don más precioso. Las parejas pueden temer la responsabilidad de la paternidad e innecesariamente se privan de las gracias, bendiciones y dignidad que padres y madres disfrutan. A menos que esté guiado por las necesidades de la vida matrimonial y familiar, el amor erótico puede crear egoísmo en la persona y confundir la perspectiva de donde se ven todas las demás relaciones. La persona humana es capaz de muchos tipos de relaciones y amistades que no están directamente relacionados con lo erótico: nuestra relación con nuestros padres, con nuestros hijos, nuestros amigos, con nuestros hermanastros, con los miembros de nuestra Iglesia y con el mundo en general. Una persona absorbida por lo erótico puede estar ciega al gran valor de muchas o todas estas relaciones.

La ausencia de los padres

Ahora quiero poner la atención en un problema de nuestra sociedad contemporánea que es particularmente problemático: la ausencia del padre para sus hijos. En los últimos treinta años el número de niños viviendo alejados de sus padres biológicos se ha doblado. Si la actual tendencia continúa, para el año 2000, casi la mitad de niños norteamericanos se criarán en un hogar sin su padre. Algunos ahora se preguntan si es que el padre es necesario o incluso deseable para criar a los hijos. A pesar de las convicciones de algunos de que el papel del padre ausente puede ser asumida por la madre, o por otras influencias masculinas, el efecto de no tener un padre para los niños es profundamente alarmante. Un hogar sin un padre ha mostrado ser más vulnerable a la violencia, y niños sin su padre están mucho más aptos a experimentar más frecuentemente abusos físicos y sexuales, pobreza, desempeño académico pobre, delincuencia juvenil, promiscuidad y embarazo o futuro divorcio.7

Por supuesto, no debemos pasar por alto los muchos desarrollos positivos en nuestra cultura con respecto a las responsabilidades del hombre. Hoy en día los hombres tienen una mayor conciencia de los dones característicos de las mujeres, reconociendo que nuestra cultura no siempre ha tratado justamente a las mujeres. Juan Pablo II señala que la dominación de la mujer por el hombre es una ofensa contra la dignidad de ambos8. Muchos hombres, resistiendo a presiones culturales, han dado ejemplos excelentes de devoción a sus familias y al bien de la sociedad. Más hombres reconocen estos problemas y están dispuestos a aceptar su propia responsabilidad por ellos. En toda la nación varios grupos de hombres, a menudo en el contexto de una fe compartida, se están agrupando para hacer una diferencia a ellos mismos, a sus familias, y a la sociedad.

El misterio de la diferencia sexual

Una vez más, no podemos dejar que nuestro enfoque nos haga perder de vista el hecho de que éstos aspectos afectan a toda la familia humana, mujeres y hombres por igual. Podemos distorsionar el misterio de sexualidad de dos maneras: el reduccionismo, que considera las diferencias entre el hombre y la mujer como algo puramente coyuntural o cultural; y suposiciones simplistas fundamentadas en la características debilidades de ambos sexos. Estas dos aproximaciones dejan de lado la mutua complementariedad de hombres y mujeres. Cuando la igualdad entre hombres y mujeres es malentendida como que son esencialmente lo mismo o intercambiables, violamos el sentido común. Negamos el misterio de la diferencia sexual.

Lo que a mi me concierne es que, como una cultura, estamos politizando una realidad que es al mismo tiempo espléndida y compleja. Ya no se entienden más las diferencias entre el hombre y la mujer como algo positivo y que deba celebrarse. La identidad sexual no puede ser simplemente relegada a las demandas de una ideología política. Las diferencias sexuales son reales; y son más que simplemente físicas o espirituales. Están fundamentadas en los orígenes de la persona humana, pues «…hombre y mujer los creó.»9

La familia, la Iglesia y la sociedad funcionan mejor cuando los roles de ambos hombres y mujeres son celebrados. Sin embargo, creo que muchas veces hemos fallado en llamar al hombre a que tome toda su responsabilidad en ellos. Este fracaso ha contribuido al estereotipo de que solo las mujeres pueden apreciar la dignidad de la vida humana y el culto a Dios. Los hombres pueden estar tentados en pensar que de alguna manera están excusados de sus responsabilidades como discípulos al servicio de la familia y del resto de la Iglesia.

Quizás la frialdad que muchos hombres contemporáneos muestran hacia sus responsabilidades religiosas es una clave para entender su fracaso al vivir una vida virtuosa como lo requiere las exigencias del discipulado y la paternidad. Los hombres deben ser evangelizados para que asuman su dignidad como hijos de Dios, hermanos de Cristo, esposos fieles de sus esposas, y padres comprometidos de sus hijos. Sin esta dignidad, el hombre se vuelve estéril, maldispuesto, o incluso incapaz de asumir las dignidades de una paternidad espiritual al servicio de la comunidad humana.10

A pesar de las diferentes explicaciones, muchos hombres parecen haber perdido, de varias formas, sus ideales y coraje. Ciertamente los hombres tienen muchos miedos que enfrentar. Tenemos miedo de dar nuestra palabra o de comprometernos o de hacer y mantener compromisos. Tenemos miedo al amor y a los sacrificios que implica. También tenemos miedo de creer intensamente y proclamar claramente nuestra fe en Cristo y Su Iglesia. Infelizmente, incluso entre algunos sacerdotes y religiosos de la Iglesia, hemos testimoniado la mala disposición de hombres para guardar su promesa solemne a Dios y Su pueblo fiel. Éstos no son tiempos fáciles para nadie, pero son especialmente difíciles para los hombres. Casi es como que algunos pocos esperasen de los hombres de nuestra cultura un liderazgo en la virtud. Debemos recordar el estímulo que nos da Cristo, que nos dijo: «No temáis»11.

III. EL ASPECTO ESPIRITUAL

El hombre de fe se encuentra ante el misterio de la fe con asombro reverente. Dios nos ha dado la dignidad de participar en Su vida. De hecho, «asombrosamente has sido engendrado»12. El creyente se descubre ponderando sobre un Padre en cielo que se humillaría para darnos la vida y sostenerla por la entrega de Su único Hijo engendrado. Teólogos han descrito nuestro encuentro con Dios como un reconocimiento de la revelación de un gran misterio, en la que experimentamos miedo y fascinación. «¡Es tremendo caer en la manos de Dios vivo!»13. Un auténtico encuentro con Dios nos llena de un reverente temor.

Todo creyente está llamado a estar atento a la revelación de Dios y a responderle con obediencia amorosa. En servicio a Dios, a uno mismo, y a los otros, el hombre de fe busca ser un signo vivo del reino de Dios y de la vida nueva en la gracia, que Cristo nos da en el bautismo. Una auténtica respuesta a Dios es profundamente personal, pero sirve a la Iglesia y a todos sus miembros. Desde el principio el Padre se reveló a la familia humana para compartir Su vida con nosotros, de tal forma que podamos regocijarnos en Él. Nuestra primera respuesta a Dios debe ser la auto-rendición de la fe, en la que con alegre humildad reconocemos que es nuestro creador que nos enseña para que seamos bendecidos. Aquí esta nuestra auténtica realización.

El Amor de Dios y Su Vida

Dios también nos llama a una perfección que es más profunda que el cumplimiento externo de la ley. Busca un conformación completa de nuestra voluntad con la Suya. Esta búsqueda de la voluntad de Dios, y la gracia para cumplirla, solo puede dar fruto en comunión personal con Su Iglesia. Esto es el corazón de la oración. Esto es la intención de los sacramentos. Aquí encontramos a Jesucristo, especialmente en la Santa Eucaristía. En ellos, el hombre unido a Dios en la gracia recibe el don de la vida eterna que transforma su relación con Dios y con los demás. También son una fuente de realización espiritual que le da al hombre su más alta dignidad, «sed fecundos y multiplicaos»14 en la entrega de su vida en unión con el sacrificio de Cristo.

Jesucristo: Dios y Hombre

En nuestra confusión contemporánea, muchas veces pasamos por alto el significado de la Encarnación de Cristo para la sexualidad y la identidad sexual. La naturaleza humana es sexual, y por lo tanto el asumir la naturaleza humana por parte de Dios necesariamente comprende también el género. El género de Jesús expresa Su identidad y Su misión. Jesucristo era, y es, y siempre será humano. Y Su masculinidad no es un accidente de la historia; tiene un motivo importante en el Plan de Dios.

La entrada de Jesucristo en la humanidad toma la imagen de Dios del Antiguo Testamento, como un novio fiel y misericordioso, y las hace vida. Dios Hijo es el novio que ha venido a arreglar y completar Su boda con Su Novia, la Iglesia. Todos los bautizados son conformados al Señor Jesús por la gracia. Todo discípulo debe imitar sus virtudes humanas y compartir Su relación con el Padre. Las mujeres van a imitar Sus virtudes y estilo de vida, especialmente de la forma como son reflejadas por la Santísima Virgen María y por otras magníficas mujeres en la historia de la Iglesia. Los hombres precisamente están llamados a imitarlo como hombres. Todos los hombres cristianos están llamados a imitar a Cristo: Sus virtudes, Su enseñanza, Su sacrificio. Su masculinidad, en lugar de excusarlos de las exigencias de una vida cristiana, los obliga a imitarlo con la ayuda de la gracia. Los santos de nuestra historia cristiana también han sido grandes ejemplos de virilidad.

Nuestra fe destaca tres realidades que son importantes para la identidad de una hombre. Encontramos en el Señor Jesús al Hijo perfecto, que es obediente a Su Padre celestial, a quien estamos llamados a imitar. El mismo Hijo también es visto como el Novio de la Iglesia, destacando dramáticamente las responsabilidades de los hombres en el amor marital. Jesús también nos revela al Padre. Porque el Hijo manifiesta el amor del Padre perfecto, todos los padres terrenales pueden aprender algo de sus propias responsabilidades para con sus hijos. Cristo nos da la oportunidad de ser fructíferos de una manera nueva y espléndida. El hijo que madura se vuelve un esposo, pero también el hijo que madura se vuelve un padre. Los hombres pueden ser padres no sólo en la carne pero también en el Espíritu.

Cristo, el Camino

¿Cómo descubre un hombre quién es? "El hombre no puede encontrarse plenamente a si mismo sino en la entrega sincera de sí mismo."15 ¿Pero a quién debe entregarse? Primero debe entregarse a Dios que lo creó. El don del ser se entiende mejor al rendirse y contemplar al Señor Jesús, el don del Padre al mundo. Preparándose para entrar al Tercer Milenio de la Era Cristiana, el Santo Padre nos pide que el año 1997 lo dediquemos para conocer mejor al Señor Jesús, el Hijo de Dios y Redentor del hombre.16

Cristo nos enseña muchas virtudes por Su propio ejemplo. Incluso los que conocen los Evangelios, pero que no son creyentes, pueden asombrarse por la manera en que Él vivió y murió. Expresó un amor a Dios y al prójimo que no tenía límite. Su celo por el honor de Su Padre lo lleva a limpiar el Templo. Era obediente no sólo a Su Padre celestial, sino también a María y a José. Su amor por los demás lo llevó a predicar, enseñar, y exhortar a la conversión. Es inocente, incluso para Judas, y Poncio Pilato no encuentra crimen en Él. Era compasivo con el pobre, el enfermo y el sufriente, y misericordioso con el pecador. A lo largo de Su vida fue silenciosamente firme y leal.

Por lo tanto Cristo nos enseña como ser hombres, hijos buenos del Padre celestial. Un hombre solo tiene que ver a Cristo para verse como lo querría Dios. El hombre no debe avergonzarse de ser un hijo del Padre celestial, ni de Cristo, ni de ser un hombre. Debe considerar la filiación del Señor Jesús, meditarla y responder con la ayuda de la gracia de Dios. De la misma forma que Cristo es humilde, un hombre debe ser humilde ante Dios. Un hombre debe orar como Cristo ora. Debe ser obediente como Él era obediente. De la misma forma Jesucristo proclama la verdad de la fidelidad de Dios, así un hombre que imita y está unido a Cristo puede ser fiel a su propio servicio a la humanidad en la paternidad. De hecho, por el misterio de la gracia, no sólo imitamos a Cristo, sino que también nos identificamos con Él y tomamos parte de Su misma relación con el Padre y con el Espíritu Santo.17

Los Evangelios nos enseñan que Cristo era un hombre de oración, frecuentemente separándose del resto para orar en secreto a Su Padre celestial. Su oración era una expresión del amor de un hijo por Su Padre, así como una expresión del culto que un hombre en justicia le debe rendir a Dios. Particularmente vemos a Jesús rezando cuando se prepara para momentos centrales de Su misión: antes del principio de Su ministerio público, antes de la selección de los Apóstoles, y antes de Su crucifixión. También rezaba en tiempos de cansancio, como después de predicar a las muchedumbres y después de curar; también rezó en el Jardín y en la Cruz, y murió con una oración aun en Sus labios.

Cristo el Nuevo Adán

Las Escrituras nos ofrecen una comparación entre dos hombres: Adán, el primer hombre, y Cristo, el nuevo Adán. En particular vemos una diferencia en su fidelidad a Dios y cómo ejercieron sus responsabilidades hacia los demás. Adán no solo no estaba dispuesto a mantenerse fiel a los mandatos de Dios, sino que tampoco a tomar responsabilidad por sus propias acciones. En el jardín, la mujer fue tentada primero. Ella era la que Dios le había dado para atesorar y proteger. Y Satanás le dijo una mentira, que ella creyó. ¿Y qué hizo el hombre? No le dijo nada. No se resistió cuando ella intentó involucrarlo en el pecado. Más bien, colaboró. Le falló al pecar con ella. Después, cuando el Señor volvió a entrar en la escena, ¿hizo algo el hombre para tomar una posición ante el Señor para defender a sí mismo y a la mujer? No. Huyó. Contrasta esto con Cristo y Su prontitud para tomar una postura fiel tanto ante el Padre como ante nosotros.

Considere a Cristo en la cruz, y María y Juan al pie. ¡Qué diferente es Cristo de Adán! Él no se quedo callado. Se pasó todo su ministerio enseñando y dando testimonio del Padre. A pesar de que fue tentado, no participó en el pecado. Y en medio del pecado, no se retiró, sino que se entregó al sacrificio, absolutamente dependiente del Padre celestial. En Su muerte en la Cruz nos reveló y proclamó la confianza en Dios que todos estamos llamados a imitar.

La Vida Espiritual

A los hombres de nuestra Iglesia local, les digo: ustedes y yo debemos desarrollar y seguir buscando una vida espiritual, una vida conformada al ejemplo que ofreció Jesús, que es íntima, personal y substancial. En la medida que desarrollas una vida espiritual, descubrirás que tienes una capacidad real para la oración y la contemplación. Sin embargo puede ser difícil aprender a orar. El filósofo Blas Pascal dijo que uno de los principales problemas de los hombre es que no se le puede poner en un cuarto sin que se distraiga18. Pero es esto lo que usted y yo debemos desarrollar continuamente: la habilidad para sentarse silenciosamente en presencia del Padre Celestial y permitirle revelarse, y que nos revele a nosotros mismos. Debemos volvernos otros Cristos, Cristo mismo.19

Estamos unidos a Dios y a los demás por amor, y por ende confundir amor con emoción o sentimiento nos retrasará en nuestra vida espiritual. La vida emocional de un hombre sin duda es importante. Pero debemos recordar que un hombre en sintonia emociones no necesariamente es un hombre virtuoso. Las responsabilidades de un hombre son grandes; pero puede ser vulnerable a los sentimientos que nublan la importancia de esas responsabilidades.

La habilidad de vivir una vida emocionalmente fuerte se basa en la habilidad de transcender apropiadamente las emociones. Manteniendo una vida espiritual se pueden evocar y ordenar nuestras emociones. Un hombre solo puede ser fuerte ante los otros al humillarse y reconocer sus debilidades en la presencia del Padre. Por eso debe ir a su cuarto, cerrar la puerta y orar al Padre celestial; debe pedir que el Padre le conceda la fuerza necesaria para cumplir las responsabilidades que Dios le ha dado.

El hombre cristiano debe responder a la vocación a la santidad seguro de su valor como hombre. No debe desanimarse con su propio pecado ni por el sentimiento prevaleciente que tantas veces se mofa de la práctica religiosa del varón. No todas las calidades espirituales de un hombre han sido corrompidas por el pecado. Tanto los hombres como las mujeres tienen conocimientos y dones para entregar en la vida espiritual. Hombres católicos pueden aprender mucho de las mujeres y no necesitan negar su identidad masculina para madurar.

Más bien lo opuesto: Un hombre puede alcanzar gran progreso en la vida espiritual si es desafiado a hacerlo. Si se concentra en la santidad, simultáneamente es perfeccionado como un hombre y progresa en santidad precisamente en fidelidad a su deber a Dios, a su familia y a la comunidad humana.

El crecimiento en la fe de un hombre se manifiesta por su confianza en la providencia y su triunfo sobre el miedo. El miedo nos rebaja. El miedo puede gobernar tanto nuestras que vidas que nos paraliza: miedo a Dios, miedo a la intimidad con mujeres, miedo al compromiso, y comúnmente, miedo de los hijos y de mantener una familia. Sólo en la medida que un hombre confía en la Providencia puede superar este miedo y asumir confiadamente su responsabilidad ante él mismo y los demás. Éste es el misterio de la Cruz de Cristo: una vez que uno acepta y acoge libremente el sufrimiento, ya no tiene nada más que temer.

El crecimiento espiritual de un hombre le da la dignidad de la auto posesión y la humildad para aceptar la responsabilidad de su propia vida, su progreso en la virtud y su ser pecador. Esta madurez también lo lleva a dar mucho fruto en la paternidad.

Cristo revela el Padre

¿Qué nos revela Cristo sobre el amor del Padre que los padres terrenales puedan imitar? Dios ama la vida humana y es generoso al crearla. En vez de temer la vida, el padre terrenal debe estar jubiloso con una nueva vida. El Padre Celestial no sólo da generosamente la vida, sino que también la cuida, protegiendo a Sus hijos y educándolos en los caminos de nuestra realización en Él. Por lo tanto un buen padre se compromete y es fiel al cuidado continuo y a la formación de sus hijos.

La imagen de Dios reflejada en el hombre y en la mujer se ve en uno de sus primeros mandamientos después de la creación. «Sed fecundos y multiplicaos.»20 Fácilmente podremos temer las responsabilidades de convertirnos en padres y vivir adecuadamente el compromiso. Sin embargo, Dios nos ha hecho para compartir la gran dignidad de cooperar con Él en la creación, protección y educación de una nueva vida humana. En cierto sentido, podemos decir que cada hombre ha recibido la vocación a ser padre como expresión de su condición de ser hombre. El hombre no debe avergonzarse de este gran regalo; debe regocijarse en su dignidad. Al posponer o retener de manera miedosa o egoísta la fecundidad que Dios nos ofrece, rechaza cierta ayuda que Dios nos proporcionará si somos generosos con Él. Nunca puede excederse la generosidad de Dios. Un hombre crece en la medida que asume confiadamente el compromiso a una esposa y la sustentación de una familia – o se consagra a un celibato fructífero en el Espíritu.

En este sentido, sería una error presumir que el mandamiento de la fecundidad se refiere apenas al origen físico de la vida. En Cristo, todo cristiano posee una semilla de fecundidad espiritual que tiene importancia para el reino de Cristo21. Nuestra dignidad cristiana nos permite que nos unamos al sacerdocio universal de la Iglesia en la que podemos ofrecernos como sacrificios espirituales para el aumento de gracia en nuestra propia vida y en la de los demás. Hombres y padres cristianos tienen la responsabilidad de ser espiritualmente fructíferos por el sacrificio de sus propias vidas, ofreciéndolas por aquellos que tiene a su cuidado. Particularmente los padres deben cooperar entusiasmadamente con la formación espiritual de sus hijos, conscientes de que este servicio y ejemplo es una forma importante de proveer a sus familias.

Esta realidad del sacrificio engendrando una fecundidad espiritual también ilumina la importancia de aquellos que están llamados a una vida soltera o célibe y, por supuesto, a la particular vocación del sacerdocio ministerial. Esta consagración a Dios es una auténtica unión marital y una auténtica paternidad, en la que la Iglesia acepta el don de la vida de sus sacerdotes para ser fructíferos en la gracia para los demás. Por lo tanto existe una profunda conexión entre el Sacramento del Orden y el Sacramento del Matrimonio, porque tienen en común el llamado a la fecundidad espiritual.22

Cristo, el Novio

La significancia de la masculinidad de Cristo también se ve en Su relación con las mujeres, en la simbología de Su último acto amoroso, el sacrificio en la Cruz. En la Cruz ofreció una ofrenda perfecta al Padre y entrego Su vida por Su novia. La celebración de la Eucaristía incluye esta característica del amor masculino incluso al invitar a la participación plena a todos los fieles, hombres y mujeres . El sacerdote que celebra la Misa se ha vuelto un sacramento de la masculinidad de Cristo, ofreciendo su propia masculinidad, cuerpo y alma, en representación de Cristo.23

Sin embargo, la encarnación sacrificial y masculina del amor de Cristo no sólo se aplica al sacerdote que lo representa en el sacrificio. Se aplica a todos los cristianos, incluso los hombres cristianos, y especialmente a los hombres cristianos que contraen matrimonio. San Pablo lo deja claro en su exhortación a los hombres casados. «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella…»24 También debe quedar claro que el amor de un marido por su esposa es una respuesta a su singular valor como mujer, así como un reconocimiento de su igualdad. El sacrificio del marido por su esposa también manifiesta su amor y confianza al Padre, tal como lo fue para Cristo.

El amor del Señor Jesús por Su novia es una expresión de compromiso total. Él es fiel a Su Novia hasta el extremo. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.»25 Su muerte en la Cruz no es un acto de desesperación, sino que es la entrega gratuita de sí mismo.

El matrimonio, también exige la entrega gratuita de uno mismo. El compromiso de una pareja cristiana a la permanencia no sólo abarca sus aspiraciones de amar, servir y respetar al otro; sino que también exige comprensión y perdón cuando hay fallas. Las dificultades del matrimonio, cuando se responden en la gracia dada a nosotros por Dios, se convierten en una escuela de Su fidelidad y Su misericordia para nosotros pecadores. Por consiguiente, el supuesto de que un matrimonio difícil se puede acabar o anular mina la resolución de los esposos y padres cristianos, a menudo ignorando el poder de la gracia de Dios de fortalecer a las familias en tiempos difíciles.

IV. SAN JOSÉ, NUESTRO GUÍA

La Iglesia tiene muchos ejemplos de hombres que han expresado una santidad heroica siendo hijos, o esposos o padres. Nos puede ayudar especialmente el reflexionar sobre el guardián del redentor: San José. La fe de José se nos revela cuando en obediencia a Dios, asumió la responsabilidad de ser el esposo de María y el guardián y modelo del Hijo de Dios. San José claramente nos demuestra cómo un padre debe sacrificarse por el hijo y por la familia que ama. Reveló, en su humanidad, el singular rol que los padres tienen de proclamar la verdad de Dios mediante la palabra y la acción. Sobre todo, José dio testimonio de la verdad que Dios es amor, que Dios es fiel a Su amor. Se hace uno con Isaías y a su vez con la herencia de los padres de Israel para proclamar «a los hijos tu fidelidad. Yahveh, sálvame.»26

José y María

La Virgen María fue preservada por la gracia de Dios de las consecuencias del pecado original. A medida que Dios le reveló Su plan a María, ella era libre para responder y decir "Sí." José también fue preparado en justicia y en gracia para que pudiera decir "Sí" a Dios. La fidelidad de José es una respuesta a la historia de la caída: así como nuestra santísima Madre se volvió la nueva Eva y Cristo el nuevo Adán, San José también tuvo una parte importante que jugar. José era un hombre justo que rendía a Dios y al hombre lo que debía. Los mandamientos de Dios habían sido para él una escuela de amor, de tal forma que era capaz de reconocer la voz de Dios y libremente responder a ella. Cuando María se encontró embarazada, fue fiel a la ley de Dios. A pesar de que supo que estaría solo, estaba dispuesto a aceptar la soledad, pero no de una forma que le haría daño a su amada. Sin querer avergonzarla públicamente, decidió liberarla silenciosamente, manteniendo la caridad y la justicia con Dios en obediencia a la Ley. En esto también mostró absoluta caridad hacia María. No violó la Ley pero expresó la misericordia y el amor que la Ley Antigua dejaría.

A diferencia de Adán, José se mantuvo y proclamó la verdad. Cuando Dios llamó a José, no estaba asustado y no se escondió. José en cambio escuchó a Dios y respondió al llamado.27 Escuchó las instrucciones de Dios y puso absoluta confianza en la Providencia Divina. No tuvo miedo de tomar a María como su esposa y se rindió al Plan de Dios. Es fácil tomar los hechos de José por supuestos. A menudo es ocultado por la gloria de Cristo y la pureza de María. Pero él también esperó a que Dios le hablará y después respondió con obediencia.

José y Jesús

¡Qué maravillosa es la humildad mutua de Jesús y San José! José era humilde ante Dios y Jesús era humilde ante José. «Apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.»28

Como un buen padre, San José le enseñó su propia virtud a Jesús. Un hombre justo, obediente a la Ley y humilde ante Dios, le enseñó a Jesús estas y otras virtudes humanas. Así, cuando Cristo maduró, no sólo reveló a Su Padre celestial, sino que también algo de la virtud de San José. Qué profunda es nuestra deuda a este fiel esposo y padre.

La vida de la Sagrada Familia era una vida de trabajo. Vemos en su labor la consagración del trabajo al Plan de Dios para su familia y para todas las familias. San José era un carpintero, un hombre que trabajó para sustentar a su familia. José trabajó al servicio de su familia, de la sociedad y del misterioso Plan de Dios que iba tomando forma en su familia.

La capacidad para trabajar del hombre es un don que viene desde antes del pecado original29. En este trabajo, a través de su propia mediación puede extender el dominio de Dios sobre la creación. El trabajo edifica tanto al obrero como a los que reciben los frutos de su trabajo. El trabajo confirma y ejerce la singular contribución personal para el obrero pues «el trabajo es un bien del hombre que transforma la naturaleza y que hace al hombre en cierto sentido más hombre.»30 La redención del hombre en Cristo también es la redención del trabajo pues «el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular.»31

Una obsesión por el trabajo reducirá la vida familiar. Pero no se debe presumir que la culpa está apenas en la búsqueda de una carrera o en el trabajo mismo. El trabajo, en el mejor caso, es una contribución positiva para la familia y la sociedad. Dentro del Sacramento del Matrimonio, incluso los quehaceres y responsabilidades familiares pueden ser transformados en actos redentores si están unidos a Jesucristo. La autenticidad de San José estaba en el servicio a Jesucristo, pero a través de Él el trabajo de José también era un sacrificio por la redención del mundo.

Podemos santificar cualquier trabajo al ponerlo al servicio de la redención, al ofrecer nuestro trabajo a Dios como una expresión de amor por Él y amor a la familia humana. Nuestro trabajo es una expresión de nuestra propia vida interior. El trabajo no debe competir con la familia, pero puede ser un regalo que se ofrece a Dios y a los que uno ama.

V. RESUMEN Y SUGERENCIAS

En esta carta hemos reconocido las grandes dificultades que enfrenta la familia hoy en día. Están enraizadas, por lo menos en parte, en nociones equivocadas sobre la libertad. El énfasis de nuestra sociedad en uno mismo ha llevado a muchos desarrollos que corroen a la familia. Hemos intentado destacar varios de los más importantes.

También hemos acudido a las Sagradas Escrituras y a la enseñanza de la Iglesia para descubrir la sabiduría y buscar una guía que pueda llevarnos más allá de nuestra situación actual. La sola nostalgia no puede hacer eso. Pero un reclamo vigoroso y creativo de nuestra tradición de fe y un trabajo en el desarrollo de las virtudes humanas pueden proporcionar un principio sólido. Los ejemplos de Jesús y de San José, en contraste con el de Adán, son regalos que nos pueden ofrecer tanto energía como orientación.

Con esto en mente, ofrezco a mis hermanos en la iglesia local las siguientes sugerencias que podrían ayudar a fijar nuestro camino.

Confíen en el Señor. No tengan miedo de confiar su vida y la vida de su familia a la providencia del Padre. Esfuércense por ser buenos hijos del Padre celestial cultivando un espíritu de oración y recogimiento. Aprendan sobre nuestro Señor, no sólo en el estudio de las escrituras y de nuestra fe, sino que también en los encuentros personales que Dios nos da en la oración y en los Sacramentos.

Cultiven las virtudes que son importantes para sus responsabilidades como discípulos, como esposos y como padres, que son: la humildad, la fe, la fidelidad a la propia palabra, la compasión.

No se avergüencen de compartir su fe con su familia a través de la palabra y del ejemplo. Amen a la Iglesia y manténganse cerca de ella. Incluso la sencilla acción de la oración familiar puede tener un beneficio poderoso. Qué maravilloso regalo sería para su esposa e hijos verlo arrodillado rezando ante Dios, nuestro Padre.

Al desarrollar su vida matrimonial, confíe que el Señor le proporciona el juicio necesario para que sea un buen marido y para que participe en la formación de sus propios hijos. Tómese el tiempo para reflexionar sobre las virtudes y los valores morales y religiosos que unen a su familia y que necesitan ser transmitidos a sus hijos. Recuerde que las Escrituras le exigen una especial responsabilidad sobre la educación religiosa de sus hijos.32

Ame a su esposa. Este es un gran regalo no sólo para ella, sino también para la familia. Cuídela y esté atento a sus necesidades, así como ella también lo es a las suyas. Esté seguro de apoyarla, darle seguridad y de decirle que la ama. Puede creer que sus acciones harán claro su amor por ella, pero también recuerde que ella necesita escucharlo. Déjele claro que son una pareja en el matrimonio y en las responsabilidades de criar a los hijos.

Esté presente en su familia. Eso es, pase tiempo con ellos y haga del tiempo que esté con ellos una expresión de su amor. Escúchelos. Comparta con ellos. Asegúrese que ese tiempo familiar involucre culto, oración y formación religiosa como también recreación y la sencillez de estar juntos. Usted tiene algo importante para contribuir con la vida de su familia. Sea ingenioso para guiarlos.

No abandone injustamente a su esposa la tarea de formar humana y religiosamente a sus hijos. En cada una de estas áreas, el hombre y la mujer se complementan en sus esfuerzos. A medida que forma a sus hijos, oriente la vista de ellos hacia el Reino de Cristo y hacia una vida vivida desde una perspectiva sobrenatural.

Cuide el ambiente moral de su familia, entendiendo que vivimos en una cultura que frecuentemente es hostil a nuestra fe y que no simpatiza con la enseñanza moral de Cristo. Las virtudes de un adulto cristiano no se forman automáticamente. Requieren de esfuerzo y paciencia para transmitir esto a sus hijos. Esfuércese practicando la misma virtud que quiere formar en ellos. Esté especialmente atento a ellos cuando entran a la adolescencia. La mejor amistad que un padre puede ofrecer a sus hijos es la de permanecer siendo su padre. Sea amable pero a la vez firme. Descubra que "no" también puede ser una palabra amorosa. Sus años adolescentes pueden ser difíciles tanto para usted como para ellos. A veces los padres están llamados a tener una paciencia heroica al desafiar a sus hijos a ser fieles y virtuosos. No abandone a sus hijos al espíritu de la edad, mas bien prepárelos para que sean testigos vivos de Cristo en el mundo. En particular, no abandone su formación en la virtud y en la santidad de la sexualidad y el amor matrimonial. Sea cuidadoso a medida que sus hijos crezcan en amistades con sus pares y cuando empiezan a buscar relacionarse con el sexo opuesto.33

Júntese con otros hombres y con otras familias para tratar de cambiar, para renovarse y ofrecerse mutuo apoyo y estímulo. Así como nuestras familias son una fuente de fuerza para nosotros, también debemos aprender a depender de otras familias y de padres de otras familias que comparten la misma visión cristiana de la paternidad y de la vida familiar.

También los hombres solteros están llamados a la santidad, a una vida digna de los hijos de Dios. Los mismos principios espirituales básicos los obligan a medida que van viviendo una vida cristiana. Tienen la especial responsabilidad y oportunidad de ayudar a crear una ambiente social que rechaza un estilo de vida promiscuo y alienta y apoya el matrimonio casto y la vida familiar.

Los sacerdotes y aquellos que han abrazado la castidad y el celibato por voto o de otra manera pública se identifican con Jesús a través de este compromiso amoroso adicional. Crecerán en amor y encontrarán fecundidad espiritual al sacrificarse en el servicio por los demás como la Iglesia los dirige. En un sentido profundo comparten la Paternidad de Dios a medida que El genera la vida en abundancia.

VI. EXHORTACIÓN FINAL Y ORACIÓN

Es un gran regalo el ser un hijo de Dios, creado a Su imagen y semejanza. No tenga vergüenza de los talentos y dones que Dios le ha dado como hombre para su propia felicidad y para el servicio de los demás. No se intimide por la edad, pero asuma la dignidad de proclamar la fidelidad del Padre al mundo. Sírvalo a El con justicia y coraje a medida que evangeliza a otros, extendiendo la Buena Nueva que tenemos un Padre en el cielo. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.»34 Tenga confianza en el poder de la gracia y sea fecundo, para que el Padre se agrade con usted y los frutos de su sacrificio.

Sepan que rezó diariamente por ustedes, los recuerdo en Misa y en otros momentos de oración. Les pido por sus oraciones y apoyo a medida que me esfuerzo por ser el pastor de la Iglesia en la Diócesis de Peoria. Ya la Santa Sede ha reconocido a María como la Patrona de la Diócesis de Peoria, bajo el título de la Inmaculada Concepción. Que nosotros tampoco vacilemos en buscar a San José, buscando su intercesión paternal con su Hijo Divino. Con esta devoción en mente, encomiendo la Diócesis de Peoria y todos sus miembros de manera particular a la protección de San José. Una nueva estatua de él se ha puesto en la Catedral de Santa María, cerca de la estatua de la Santísima Virgen María. He provisto para que la celebración litúrgica de San José obrero el 1 de mayo sea elevada al nivel de fiesta en el calendario litúrgico de la diócesis que está ahora en preparación.

San José, cuya protección es tan grande, fuerte y pronta ante el trono de Dios, te confiamos nuestras esperanzas y aspiraciones. Guardián del Hijo único del Padre, enséñanos el auténtico significado de la paternidad.

José, tu eres el santo de la carpintería, el que usó los acontecimientos ordinarios de la vida diaria para volverse santo. Tu nos recuerdas que el trabajo duro es noble. Como muchos de nosotros nunca has realizado un milagro mientras estabas en la tierra, nunca has escrito un libro, ni dejaste siquiera una palabra.

José, tu fuiste el esposo de María, la Madre de Dios. Ayúdanos a amar a María, para dar honor y reverencia a todas las mujeres, particularmente las que están cerca a nosotros.

José, casto y fiel, trabajador, sencillo y justo, tu nos recuerdas que un hogar no se construye sobre posesiones sino sobre bondad; no sobre riquezas, sino sobre la fe y el amor mutuo.

Estimado padre, José, no nos cansamos de contemplarte con Jesús dormido en tus brazos. Ayúdanos a compartir la dignidad de la paternidad, a generosamente entregar la vida y a no cansarnos de formar y proteger a otros en los caminos de nuestro Padre celestial.

San José, ruega por nosotros.

Entregado a mi cancillería, para la gloria de Dios Padre, el día 19 de marzo de 1997, Solemnidad de San José.


1

Gilbert Meilander, "The Eclipse of Fatherhood", First Things 54 (June/ July 1995): 38-42

2

Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuositatem, "Decreto sobre el Apostolado de los laicos", n. 11.

3

«La escala de rupturas maritales en Occidente desde 1960 no tiene ningún precedente histórico del cual yo tenga conocimiento, y parece único. No ha habido nada así en los últimos 2,000 años, y probablemente aun por más tiempo.» Lawrence Stone, de la Universidad de Princeton, citado en "A World Without Fathers" David Popenoe, The Wilson Quarterly, Spring 1996, Vol. XX, No. 2, p. 13.

4

«En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su "identidad", lo que "es" , sino también su "misión", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡"sé" lo que "eres"!» Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Familiaris Consortio, "Sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual", n. 17.

5

«La familia contemporánea, como la de siempre, va buscando el "amor hermoso". Un amor no "hermoso", o sea, reducido sólo a satisfacción de la concupiscencia (cf. 1Jn 2, 16) o a un recíproco "uso" del hombre y de la mujer, hace a las personas esclavas de sus debilidades. ¿No favorecen esta esclavitud ciertos ‘programas culturales’ modernos? Son programas que "juegan" con las debilidades del hombre, haciéndolo así más débil e indefenso.
La civilización del amor evoca la alegría: alegría, entre otras cosas, porque un hombre viene al mundo (cf. Jn 16, 21) y, consiguientemente, porque los esposos llegan a ser padres. Civilización del amor significa "alegrarse con la verdad" (cf. 1Co 13, 6); pero una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor. Si la familia es tan importante para la civilización del amor, lo es por la particular cercanía e intensidad de los vínculos que se instauran en ella entre las personas y las generaciones. Sin embargo, es vulnerable y puede sufrir fácilmente los peligros que debilitan o incluso destruyen su unidad y estabilidad. Debido a tales peligros, las familias dejan de dar testimonio de la civilización del amor e incluso pueden ser su negación, una especie de antitestimonio. Una familia disgregada puede, a su vez, generar una forma concreta de "anticivilización", destruyendo el amor en los diversos ámbitos en los que se expresa, con inevitables repercusiones en el conjunto de la vida social.» Juan Pablo II, "Carta a las Familias," n. 13.

6

«Sin embargo, no se toman en consideración todas sus consecuencias, especialmente cuando las sufren, además del cónyuge, los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho huérfanos de padres vivos», Ver "Carta a Familias," Op. Cit., n. 14.

7

David Blankenhorn, Fatherless America, (New York: Basic Books, 1995), capítulo 2.

8

«Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: "Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará" (Gén. 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta "unidad de los dos", que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es más grave para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, al vivir "para" el otro aparece el dominio: "él te dominará". Este "dominio" indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella igualdad fundamental, que en la "unidad de los dos" poseen el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica "communio personarum". Si la violación de esta igualdad, que es conjuntamente don y derecho que deriva del mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja para la mujer, al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del hombre.» Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, "Sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del año mariano," n. 10.

9

Gén. 1, 27.

10

"Y todo el tiempo, tal es la tragicomedia de nuestra situación, continuamos clamando por aquellas misma cualidades que tenemos por imposibles. Casi no puedes abrir un periódico sin cruzarte con la frase de que lo que necesita nuestra civilización es más ‘empuje’, o dinamismo, o auto-sacrificio, o ‘creatividad’. Con un tipo de simplicidad terrible removemos el órgano y demandamos la función. Creamos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud y realización. Nos reímos del honor y nos escandalizamos de encontrar traidores entre nosotros. Castramos y demandamos que el caballo sea fecundo» C.S. Lewis, "Men without Chests", citado por William Bennett, ea., A Book of Virtues, (New York: Simon and Schuster, 1993), pp. 263-265

11

Mt. 14, 27.

12

Sal. 139, 14

13

Heb. 10, 31.

14

Gén. 1, 28.

15

«Más aún, el Señor Jesús, cuando pide al padre que todos sean uno…, como nosotros también somos uno (Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor. Esta semejanza muestra que el hombre, que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo.» Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, "Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual", n. 24

16

«El primer año, 1997, se dedicará a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre por obra del Espíritu Santo. Es necesario destacar el carácter claramente cristológico del Jubileo, que celebrará la Encarnación y la venida al mundo para todo el género humano. El tema general, propuesto para este año por muchos Cardenales y Obispos, es ‘Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre’ (cf. Heb 13:8).» Juan Pablo II, Carta Apostólica, Tertio Millennio Adveniente, "Mientras se aproxima el tercer milenio", n. 40.

17

«La clave para la intimidad con el Padre, Hijo y Espíritu Santo está en seguir a Cristo de tal manera que no sólo lo imitamos sino que nos identificamos con Él. Solo así es que Jesús es el primogénito entre muchos hermanos mientras que todavía es el unigénito del Padre. No somos los hijos del Padre cada uno por su propia cuenta. Siendo todavía nosotros mismos, somos sus hijos porque somos Cristo.» Fernando Ocariz, Dios como un Padre en el Mensaje del Beato Josemaria Escriva, (Nueva Jersey: Scepter, 1994) , p. l8.

18

«...Varias veces he dicho que la única causa de infelicidad del hombre es que él no sabe como permanecer silente en su cuarto." Blaise Pascal, Pensées.

19

«…con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» Gal. 2, 20.

20

Gén. 1, 28.

21

«La amable providencia de Dios determinó que en los últimos días Él ayudaría el mundo, en camino a la destrucción. Decretó que todas las naciones deberían salvarse en Cristo. Una promesa había sido hecha al santo patriarca Abraham con respecto a estas naciones. El habría de tener una progenie incontable, nacidos no de su cuerpo sino de la semilla de su fe. Por lo tanto sus descendientes son comparados con las constelaciones de estrellas. El padre de todas las naciones habría de esperar no en una progenie terrestre sino que una progenie desde arriba.» San León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini, 1-3. 5: PL 54, 240-241

22

«Los que se propagan y ordenan en que la vida corporal están marcados por dos cosas: específicamente, origen natural, y esto se refiere a los padres; y el régimen político por la que la vida pacífica del hombre se conserva, y esto se refiere a los reyes y príncipes. Entonces, es así en la vida espiritual – pues algunos propagan y conservan la vida espiritual solo en un ministerio espiritual, y esto pertenece al sacramento del orden: y algunos pertenecen a la vida corporal y espiritual simultáneamente, que ocurre en el Sacramento del Matrimonio cuando un hombre y una mujer se juntan para engendrar una descendencia y para criarlos en el culto a Dios.» Santo Tomás Aquino, Summa Contra Gentiles, 4, 58.

23

«Cristo es el Esposo, porque "se ha entregado a sí mismo": su cuerpo ha sido "dado", su sangre ha sido "derramada" (cf. Lc. 22, 19-20). De este modo "amó hasta el extremo" (Jn. 13, 1). El "don sincero", contenido en el sacrificio de la Cruz, hace resaltar de manera definitiva el sentido esponsal del amor de Dios. Cristo es el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo. La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa. La Eucaristía hace presente y realiza de nuevo, de modo sacramental, el acto redentor de Cristo, que "crea" la Iglesia, su cuerpo. Cristo está unido a este "cuerpo", como el esposo a la esposa. Todo esto está contenido en la Carta a los Efesios. En este "gran misterio" de Cristo y de la Iglesia se introduce la perenne "unidad de los dos", constituida desde el "principio" entre el hombre y la mujer.
Si Cristo, al instituir la Eucaristía, la ha unido de una manera tan explícita al servicio sacerdotal de los apóstoles, es lícito pensar que de este modo deseaba expresar la relación entre el hombre y la mujer, entre lo que es "femenino" y lo que es "masculino", querida por Dios, tanto en el misterio de la creación como en el de la redención. Ante todo en la Eucaristía se expresa de modo sacramental el acto redentor de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa. Esto se hace transparente y unívoco cuando el servicio sacramental de la Eucaristía —en la que el sacerdote actúa "in persona Christi"— es realizado por el hombre.» Mulieris Dignitatem, n. 26

24

Ef. 5, 25.

25

Jn. 15, 13.

26

Is.38, 19

27

Mt. 1, 20.

28

Fil. 2, 8.

29

«Signo de la familiaridad con Dios es el hecho de que Dios lo coloca en el jardín. Vive allí «para cultivar la tierra y guardarla» (Gn 2, 15): el trabajo no le es penoso, sino que es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el perfeccionamiento de la creación visible.» Catecismo de la Iglesia Católica, n. 378.

30

Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, Redemptoris Custos, "Sobre la Figura y Misión de San José en la Vida de Cristo y de la Iglesia", n. 23.

31

Redemptoris Custos, n. 22.

32

Gén. 18, 19; Sal. 78; Ef. 6, 4.

33

Por favor remitirse a mi carta pastoral a respecto de la educación en la castidad: "Una Manera Espiritual Fresca de Pensar."

34

Jn. 3, 16.
Consultas

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