Germán Doig Klinge, El Sínodo de América. Mirando hacia el Tercer Milenio
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El Sínodo de América. Mirando hacia el Tercer Milenio

Germán Doig K.*

1. Sobre todo un punto de partida

El 12 de diciembre pasado se clausuraba la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos con la celebración de la Santa Misa en la basílica de San Pedro. Cardenales y Obispos de todo el Continente americano, presididos por el Romano Pontífice, concluían junto con los sacerdotes, consagrados y laicos las intensas jornadas sinodales iniciadas un mes antes. El marco no podía ser más apropiado: la celebración de la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe. Es bien sabido que la presencia de la Virgen María bajo la advocación de Guadalupe ha impreso un impulso intenso, muy especial, a la gesta evangelizadora, al punto que se le ha considerado la más grande evangelizadora de las tierras otrora conocidas como el Nuevo Mundo.

El Papa Juan Pablo II podía decir entonces en una vibrante homilía, que bien puede entenderse como un resumen de las grandes preocupaciones sinodales, que culminaba una etapa de la historia del Pueblo de Dios en América y se daba comienzo a un nuevo tiempo, «el inicio de una renovada misión»1. Como lo expresaba el Santo Padre: «Se trata, ciertamente, de un punto de llegada; pero, más aún, de un nuevo punto de partida: la comunidad cristiana, a ejemplo de María, se vuelve a poner en camino, impulsada por el amor a Cristo, para llevar a cabo la nueva evangelización del Continente americano»2. Es una afirmación que enmarca el sentido del Sínodo y lo ubica en un dinamismo que, partiendo de las raíces cristianas del Continente, se proyecta hacia el Tercer Milenio de nuestra fe.

Es punto de llegada porque la historia de fe del Continente tiene cinco siglos de fecundo crecimiento. Detrás de este Sínodo está la Cruz que plantó Cristóbal Colón cuando pisó estas tierras americanas; está María de Guadalupe que marca el inicio de una presencia mariana hoy extendida en la variopinta geografía americana; están los santos y los mártires por la fe que han regado con su sangre la siembra del Evangelio desde Canadá hasta la Tierra del Fuego; está la multitud de laicos que han contribuido a desarrollar la cultura, que en el caso de América Latina está hondamente sellada por la fe en el Señor Jesús. Toda esa historia continental, sin embargo, ha seguido dos grandes rumbos a menudo distintos. En ellos no han faltado la distancia, la indiferencia y los desencuentros. Se han formado y desarrollado dos grandes impostaciones eclesiales, con expresiones diversas en el ámbito cultural. Estas dos impostaciones se han encontrado en las personas de sus Pastores por primera vez de manera orgánica a dialogar sobre la Iglesia en el Continente y a reflexionar sobre los problemas y desafíos comunes de cara al futuro. Antes no había ocurrido. Quizás no era necesario. Quizás no era conveniente dados los contextos histórico-culturales y las evidentes diferencias. El Papa Juan Pablo II, en un gesto que ha sido calificado como profético, invitó al encuentro y tendió los puentes en un clima de reconciliación para fortalecer así la comunión de cara a los desafíos de los tiempos venideros. Se cierra de esta manera una etapa para el Pueblo de Dios en América.

Pero es sobre todo un punto de partida porque se inicia un camino que debe ser de encuentro, comunión y solidaridad en vistas a las tareas de la Nueva Evangelización del Continente. Como bien ha dicho el Santo Padre, la comunidad cristiana en América se pone en camino, como María, para fortalecer la comunión y asumir juntos en estos tiempos de cambios de paradigmas culturales y de globalización los desafíos de la misión. Es claro, sin embargo, que se trata de una invitación a construir puentes sólidos entres dos realidades muy diferentes. Y eso debe madurar con tranquilidad, sin demasiada prisa, como maduran los dones del Espíritu Santo. Se ve aquí una diferencia fundamental con otros Sínodos. En general los Sínodos ordinarios se han convocado en torno a temas que tienen una larga historia de reflexión, y que llegado un momento se ha visto la conveniencia de recoger la experiencia de temas ya maduros, y de esa manera revisar y profundizar lo vivido en vistas a un mejor fruto. Se trata pues de momentos de madurez y por ello sobre todo de puntos de llegada. Algo parecido se podría decir de los Sínodos de Europa y Ãfrica, en los que hay un camino recorrido de encuentro de las Iglesias particulares en la unidad de la fe y en la cooperación en vistas a la misión. El Sínodo de América, en cambio, es una realidad inédita. Su convocatoria, realización y proyecciones abren un nuevo caminar en la reconciliación y el encuentro de la Iglesia que peregrina por los diferentes países del Continente. Es un comenzar algo nuevo que debe dar sus frutos en el milenio adveniente, si se camina en fidelidad al soplo del Espíritu.

2. El Sínodo, signo y ocasión de reconciliación y comunión

Un primer fruto visible del Sínodo es el encuentro fraternal, en las personas de los Pastores, entre las dos impostaciones eclesiales del Continente americano. El clima de comunión que se vivió en los días del Sínodo, el “descubrimiento†de las riquezas y de las necesidades de los demás, ha sido expresión concreta del inicio de la superación de distancias, indiferencias y hasta desencuentros entre la Iglesia al norte y al sur del Río Grande.

Una mirada realista a la dos impostaciones eclesiales americanas pone de manifiesto inmediatamente enormes diferencias. Como se ha dicho, esto se ve tanto en sus orígenes como en sus desarrollos históricos. La Iglesia en América Latina fue sembrada dentro del vigoroso impulso misionero que surgió de la Reforma española, seguido por la Reforma universal, en la que tiene un lugar central el Concilio de Trento. Los pueblos que se gestaron a partir del encuentro entre los europeos y los nativos americanos tuvieron en la fe y en la Iglesia una matriz a partir de la cual se forjó una nueva síntesis cultural mestiza; una síntesis vital, como ha sido calificada. Las expresiones de fe de entonces se desarrollaron en el marco del llamado barroco y bajo el signo de la Reforma Católica, con su enorme riqueza, y estuvieron siempre en directa relación con la cultura que se iba forjando. La Iglesia tuvo siempre una presencia clara y rectora en el espacio público, en pueblos que eran mayoritariamente bautizados.

La historia de la implantación de la Iglesia en las tierras del norte es muy diferente. La siembra del Evangelio no se dio principalmente por un impulso misionero orgánico, salvo en los casos en que el proceso evangelizador corrió a cargo de misioneros españoles —como en California—. En general se trata más bien de comunidades que vienen de la Europa del norte —Irlanda por ejemplo—, en muchos casos huyendo de persecuciones. Sus orígenes se dieron incluso en contacto con las tradiciones calvinistas y puritanas, lo que para algunos habría dejado alguna huella —como lo manifestó en el Sínodo el Arzobispo de Chicago, Mons. Francis George—. La Iglesia no tuvo un influjo tan importante en la configuración de la cultura que se iba desarrollando, como tampoco tuvo un papel preponderante en el espacio público. Más aún, habría que decir que estuvo por mucho tiempo marginada. En muchos sentidos fue una Iglesia de minorías, puesta además a menudo en situación defensiva.

A lo dicho habría que sumar que la relación entre los pueblos del sur y del norte del Continente no ha sido históricamente muy cercana. Es más, han primado en muchos sentidos la indiferencia, los prejuicios y los desencuentros, cuando no otras situaciones gravosas y ofensivas para los pueblos del sur. Las mismas relaciones comerciales han estado marcadas por el desbalance que favorece al norte. Un cierto expansionismo norteamericano y una actitud que ineludiblemente se debe calificar de “imperialista†dejó una huella de sufrimiento muy honda en no pocos países del sur. Esto se pudo percibir por ejemplo en las suspicacias que se despertaron en los primeros momentos de la convocatoria del Sínodo al usarse la expresión “panamericanoâ€, expresión de muy malos recuerdos para los latinoamericanos. Las mismas comunidades eclesiales, no obstante los enormes esfuerzos —como por ejemplo el envío de misioneros norteamericanos a comienzos de los años 60 por iniciativa del Papa Juan XXIII, o las generosas ayudas de tipo económico por parte de la Iglesia en el Canadá y en los Estados Unidos—, no han generado vínculos estables e intensos que permitan una comunión más profunda desde las características particulares de cada impostación eclesial.

El fortalecimiento de vínculos más efectivos y permanentes de encuentro y cooperación se debe fundamentar en la superación de las rupturas y desencuentros, es decir en la vivencia de la reconciliación en todos sus niveles. Ya el Cardenal Carlos Oviedo Cavada, Arzobispo de Santiago de Chile, había sugerido que el Sínodo debía ser asumido como un signo y una ocasión de reconciliación y comunión3. Y en buena parte así sucedió. El Sínodo fue una ocasión privilegiada de encuentro, de conocimiento mutuo, de compartir preocupaciones que en muchos sentidos se descubrieron comunes en la Iglesia que peregrina tanto en el sur como en el norte del Continente. En las cuatro semanas de la Asamblea sinodal se tendieron puentes y se pusieron las bases para el fortalecimiento efectivo de la comunión. El Sínodo de América dio así un primer y notable fruto: la profundización de la reconciliación y el fortalecimiento de la comunión en el Continente. Y al hacerlo se dio al mundo, sobre todo a los pueblos de América, un testimonio de reconciliación y unidad muy importante para las tareas de la Nueva Evangelización. Las Iglesias particulares en América, en las personas de sus Pastores, pudieron acercarse un poco más al mandato del Señor Jesús de ofrecer el testimonio de la unidad en el amor.

La reconciliación —con todo lo que ella implica en el campo teológico y pastoral— y la comunión son la base de cualquier cooperación en el Continente. En primer lugar porque explicitan que a pesar de las muchas diferencias hay un vínculo que puede fundar realmente la unidad: la misma fe en el Señor Jesús. Esa fe nos muestra que la vinculación entre los pueblos es sobre todo un don que nos regala la Santísima Trinidad. No es obra meramente humana. Es antes que nada don. Es iniciativa divina que sale al encuentro de las personas y los pueblos y les ofrece gratuitamente el regalo de la comunión, invitándolos a acogerlo y a vivirlo. El Papa Juan Pablo II lo puso de manifiesto en su hermosa homilía en la clausura del Sínodo: «De una manera más profunda y amplia, la Iglesia en América podrá experimentar las consecuencias de la reconciliación auténtica con Cristo, que abre los corazones y permite a los hermanos y hermanas en la fe llevar a cabo un nuevo modo de cooperación»4. Es decir, el Señor Jesús es la fuente definitiva de auténtica comunión y de solidaridad entre los hombres y los pueblos.

Esta ocasión de reconciliación fue entendida por no pocos de los Obispos y participantes del Sínodo. Dos casos destacados fueron los mensajes colectivos que prepararon los Obispos del Perú y del Ecuador, por un lado, y los de Chile y Argentina, por otro. En ambos casos se dio un hermoso ejemplo de explícita reconciliación invitando a la paz y a la fraternidad entre sus respectivos pueblos. El tema apareció también en varias de las intervenciones en el aula sinodal. Cabe destacar entre ellas la de Mons. Francisco Ulloa, Obispo de Limón —Costa Rica— y la de Mons. Alfredo Petit, Obispo auxiliar de La Habana —Cuba—5.

El Sínodo ha sido, pues, el inicio de una cooperación y una solidaridad más efectiva en los diversos órdenes de la vida, fundadas en buscar dejar los antagonismos, en perdonarse mutuamente las situaciones que puedan haber generado rupturas, en orientarse hacia la justicia en la caridad, en asumir la verdad que une, en fin, en vivir la concordia y la comunión de los pueblos centrada en la fe de la Iglesia.

3. El marco: relaciones Norte-Sur en una sociedad globalizada

La invitación a la comunión cobra un especial sentido a partir del marco histórico-cultural en el que se ha realizado el Sínodo de América.

El primer factor a considerar es la nueva polarización que se viene dando en el mundo. No ha pasado ni siquiera un década desde que se derrumbó el muro de Berlín poniendo fin al esquema bipolar Este-Oeste que mantuvo en constante tensión ideológica, política y militar a la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial y los fatídicos acuerdos de Yalta. Hoy esta bipolaridad parece haber alcanzado el rango de un mero recuerdo, mientras que se fortalece otra polarización: la tensión Norte-Sur. A diferencia de la antigua polaridad que era marcadamente ideológica, ésta es fundamentalmente de signo económico. El Norte representa el desarrollo y la riqueza, mientras que el Sur simboliza el subdesarrollo y la pobreza. Se trata pues de una tensión muy desigual donde los temas de la ética y la justicia están en primera línea.

A lo dicho hay que sumarle, en una misma lógica económica, lo que ha venido llamándose el proceso de globalización. Conforme han ido desarrollándose los sistemas de comunicación se han tendido redes económicas que han acercado a los pueblos estableciéndose nuevos vínculos de comercio. Muchos hablan de que se estarían poniendo las bases por primera vez en la historia de la humanidad de un mercado verdaderamente mundial. Este proceso es en muchos sentidos ambiguo; es decir, tiene sus luces y sus sombras. Merecen por ejemplo ser escuchadas las denuncias de muchos que ven en este proceso un nuevo esquema de discriminación y exclusión, tanto o más peligroso y duro que cualquiera anterior. Aunque por otro lado es indiscutible que el proceso de globalización acerca a los pueblos y genera nuevos tipos de vinculación. Hace falta, pues, un serio proceso de discernimiento para valorar esta nueva dimensión en su justa medida, y poder así orientarla según las exigencias del genuino desarrollo integral del ser humano y de los pueblos.

Cuando en el Discurso inaugural de Santo Domingo el Papa Juan Pablo II lanzó la idea de un Sínodo para América lo hizo en el contexto de las relaciones Norte-Sur, sobre todo teniendo en cuenta la necesidad de incrementar la cooperación entre las Iglesias del Continente y así afrontar también los problemas relativos a la justicia y la solidaridad6. En su carta apostólica Tertio millennio adveniente el Santo Padre retoma la propuesta poniendo como marco «la problemática de la nueva evangelización en las dos partes del mismo Continente, tan diversas entre sí por su origen y su historia», y «la cuestión de la justicia y de las relaciones económicas internacionales, considerando la enorme desigualdad entre el Norte y el Sur»7.

Sin dejar de lado el tema económico el Papa invita a considerar las relaciones Norte-Sur en un marco más amplio: la Nueva Evangelización. El Santo Padre propone así superar una perspectiva meramente económica para abrir una aproximación desde la fe. Con ello conduce a repensar los términos de la relación entre el Norte y el Sur desde un marco libre de condicionamientos ideológicos y de reduccionismos antropológicos; es decir, desde el misterio de la Encarnación que nos revela la identidad del ser humano y nos abre hacia una genuina comprensión de sus anhelos más profundos de acuerdo al designio amoroso de Dios. Y esta perspectiva nos sitúa ante el hecho de que los vínculos que se deben tejer y profundizar en el Continente no pueden fundarse meramente en el intercambio y cooperación en el orden económico. Es evidente que el problema no se mueve en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) ni en una sociedad de Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Si bien el tema económico y de las relaciones justas está presente, no agota, ni mucho menos, la profética intuición del Santo Padre. Es más, sólo se puede hablar de auténticos lazos fraternos si se comprende que estos vínculos están fundados en el Señor Jesús y que como tales suponen un proceso de conversión, comunión y solidaridad.

Así, pues, la convocatoria del Sínodo de América puso a las Iglesias particulares del Continente y a sus pueblos ante un cuestionamiento de fondo: la reconciliación y la comunión no pueden buscar su fundamento en la mera cercanía geográfica o en los imperativos del mercado. La profecía evangelizadora de una América que se encuentra y crece en la comunión de la fe no puede quedarse en meras utopías —económicas, tecnológicas o ecológicas— de un futuro globalizado. La Iglesia no vive de utopías, vive de realidades. Por esa misma razón hay que tener mucho cuidado en no reducir las relaciones entre las Iglesias al norte y al sur del Río Grande a meras estructuras —con su carga y consumo de recursos— o a meros intercambios económicos. Debe decirse en ese sentido que los padres sinodales no aprobaron la configuración de un nuevo organismo eclesial interamericano. Lo que quedó de manifiesto en el Sínodo es que los vínculos que se deben profundizar tienen su raíz última en Dios Comunión de Amor, quien sale al encuentro de los americanos y nos invita a formar una sola familia, con una misma fe, que anuncia al mismo Señor Jesús y que nos invita a vivir en fraternidad, en justicia y solidaridad sobre la base de la caridad que viene de Dios.

Desde esta perspectiva se entiende mejor la enorme trascendencia de la invitación audaz, y también profética, hecha por el Santo Padre poco antes de finalizar el Sínodo de América, de globalización en la solidaridad8. Es una solidaridad que tiene su fundamento último en Dios Comunión de Amor y que se extiende como un don por todo el globo terráqueo vivificando las relaciones económicas desde la caridad y promoviendo las concreciones en la justicia y la fraternidad.

4. La propuesta del Papa Juan Pablo II: ¿Un programa en desarrollo?

La convocatoria del Papa Juan Pablo II a una Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos tiene una clara intención de cara a los tiempos advenientes. El Santo Padre está alentando al Pueblo de Dios que peregrina por las tierras americanas a prepararse para cruzar el umbral del Tercer Milenio, que espera sea un umbral de la esperanza. Para ello, atento a los signos de los tiempos, llama a un encuentro más pleno a las Iglesias particulares en un Continente donde la tensión Norte-Sur se descubre con toda crudeza —incluso se puede decir que es el único Continente claramente dividido en un Norte y un Sur, cuya frontera la marca el famoso Río Grande—.

Pero este Continente tiene también otra peculiaridad que no ha pasado desapercibida para el Romano Pontífice: se trata del Continente que reúne en su territorio a más de la mitad del Pueblo de Dios de todo el mundo. Eso es algo que coloca a las Iglesias particulares de América ante un inmenso desafío y que llama a revisar cuál debe ser el papel de los cristianos americanos en relación a la misión de la Iglesia en los nuevos tiempos. Como en ninguna otra región del planeta el Evangelio puede iluminar los nuevos vínculos y redes que se están empezando a tejer —económicas y de otros tipos—, y puede también ofrecer una manera de superar la nefasta división de un Norte rico y un Sur pobre desde los vínculos que surgen de la cooperación y la solidaridad. Pero para que ello no se quede en mera utopía hace falta que se redescubra al Señor Jesús y se acoja el don de la reconciliación que lleva a la comunión. Hace falta impulsar con tanta sinceridad y coherencia como ardor una Nueva Evangelización en todas las realidades y ámbitos, que llegue hasta las raíces de la cultura y las culturas de América. Ése es el marco de todo discernimiento del proceso de globalización y de las relaciones Norte-Sur.

En este marco es clara la enorme importancia de la temática que propuso el Papa Juan Pablo II para el Sínodo de América: encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión, comunión y solidaridad. Desde el Señor Jesús, como centro y fundamento de todo, se propone impulsar la conversión —que en vastas regiones del Continente es una clara invitación a la renovación de la vida cristiana—, fortalecer la comunión —como un don de Dios Comunión de Amor— y promover una auténtica solidaridad —que ayude a superar la desigualdades y promueva la cooperación en todos los órdenes, no sólo en lo económico—.

Los padres sinodales abordaron la temática propuesta por el Santo Padre desde diversas perspectivas. El Papa, como es sabido, acompañó las jornadas sinodales haciéndose presente en todas las congregaciones generales —que fueron XXV—. Escuchó y acogió las reflexiones que se propusieron, incluso escuchó a los auditores, quienes por primera vez en un Sínodo fueron invitados a hacer uso de la palabra. Las más de 70 proposiciones —el número más alto en los Sínodos realizados hasta ahora— que son el fruto principal del rico intercambio de las jornadas sinodales están ahora en poder del Santo Padre a la espera de la acostumbrada exhortación post-sinodal.

Pero el Papa ya ha dado algunas pistas inequívocas de la atención con la que ha seguido la reflexión. Esto se vio por ejemplo en el discurso que pronunció al finalizar los trabajos sinodales, y se pudo percibir de manera aún más destacada en la hermosa homilía en la Misa con la que se clausuró el Sínodo para América9. Allí esbozó un programa que desde el gran marco de la evangelización y la reconciliación centra la atención en los aspectos que considera más importantes, aspectos que recogió de manera más sintética en el balance que hizo para la Curia Vaticana el 22 de diciembre pasado: «Se acaba de concluir la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, en la que se han reunido por primera vez representantes de los Episcopados de todo el Continente y de la Curia romana. La reflexión común sobre las grandes riquezas humanas y espirituales, así como sobre las contradicciones, a veces dramáticas, presentes en el “nuevo mundoâ€, ha llevado a los padres sinodales a detectar los actuales caminos de evangelización y reconciliación, para responder a los desafíos del Continente. La fidelidad a la enseñanza auténtica de la Iglesia, el redescubrimiento de las diversas vocaciones y ministerios y el compromiso en favor de su interacción, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, el papel primordial de la familia en la sociedad, el esfuerzo por hacer que la sociedad sea más acorde con las enseñanzas de Cristo, el valor del trabajo humano y el anuncio por el Evangelio en el mundo de la cultura, se señalaron como los itinerarios fundamentales para una renovada misión eclesial en todo el Continente. Espero que de una gracia espiritual y pastoral tan grande nazca una nueva solidaridad y una nueva comprensión entre los creyentes y los pueblos de América»10.

¿Se trata del programa en desarrollo del Papa para América? Sea como fuere, el Sínodo ha sido una hermosa oportunidad de fraterno encuentro. Ha significado un claro fortalecimiento de la comunión de la Iglesia en América. Ha sido un signo y una ocasión de reconciliación, a la vez que un evento en sí mismo evangelizador que ha llamado a renovar el ardor en el anuncio del Señor Jesús. Se trata pues del inicio de una nueva etapa de la historia del Pueblo de Dios que peregrina en tierras americanas de cara al Tercer Milenio. Mientras se espera la fecha en que el Santo Padre pueda poner a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe la exhortación apostólica que recoja el fruto de los trabajos sinodales y señale los nuevos desafíos, la Iglesia en América debe seguir el camino de reconciliación, comunión y evangelización que el Sínodo y el Vicario de Cristo han señalado.


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Germán Doig Klinge, peruano, Vicario General del Sodalitium Christiane Vitae, participó como auditor en el Sínodo de América. Es miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, miembro del Consejo Editorial de la revista «Vida y Espiritualidad». Es autor de numerosos escritos, entre ellos se pueden mencionar: Derechos humanos y enseñanza social de la Iglesia; El silencio y la liturgia; De Río a Santo Domingo; Diccionario Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo.

1

Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 1.

2

Lug. cit.

3

Ver Card. Carlos Oviedo Cavada, El Sínodo de América como signo de reconciliación para la Nueva Evangelización, Vida y Espiritualidad, Lima 1997.

4

Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 3.

5

La reciente visita del Papa a Cuba —del 21 al 25 de enero pasado— ha puesto de manifiesto el importantísimo papel que debe jugar la Iglesia en la reconciliación de los pueblos.

6

Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo 12/10/1992, 9.

7

Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 30.

8

Ver Juan Pablo II, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Paz, 8/12/1997, 3.

9

Ver Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 3.

10

Juan Pablo II, Discurso a la Familia pontificia, la Curia y la Prelatura romana, con ocasión de la Navidad, 22/12/1997, 7.

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