Mons. John J. Myers, Sinceramente en el Señor
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Sinceramente en el Señor

Mons. John J. Myers,
Obispo de Peoria

I.

8 de noviembre de 1996

Compartiendo las verdades difíciles de la fe

¿Quién puede negar la importancia del diálogo? Nadie, ciertamente, si se lo entiende de manera correcta. El diálogo es definido de diversas maneras, como una simple conversación, o como un respetuoso intercambio y discusión de ideas, especialmente si es abierto y franco, cuando se busca un entendimiento mutuo. La palabra diálogo es un vocablo popular que se refiere a una realidad muy importante. Es "políticamente correcta". Pero la realidad es, creo yo, más compleja de lo que alguno podría pensar.

El diálogo es un instrumento, no la meta. El mero hecho de sostener un diálogo puede ser bueno o no dependiendo de lo que en realidad se dice y de lo que en realidad está sucediendo. De hecho, un diálogo toma diversas formas dependiendo del contexto en el que se realiza.

El diálogo entre académicos u otros intelectuales puede tomar la forma de artículos impresos en revistas especializadas. Un tipo especial de diálogo se da entre profesor y estudiante. Los columnistas y otros en la vida pública pueden entablar un intercambio abierto de opiniones mediante sus escritos, los medios electrónicos o mediante encuentros personales. El diálogo distingue propiamente muchos intercambios entre esposos, entre padres e hijos y entre amigos, incluso si se ha dado un cierto apartamiento.

El diálogo al interior de la Iglesia reflejará esta diversidad y tendrá una particular dimensión eclesial. Los teólogos y estudiosos de diversos tipos intercambiarán sus ideas académicamente mediante sus publicaciones, simposios públicos y otros encuentros. Otro tipo de intercambio se da entre profesores y estudiantes de teología, de Sagradas Escrituras y de otras materias de carácter eclesial. También se da un diálogo entre los creyentes en sus hogares, en el trabajo, en la parroquia y en otras situaciones en las que buscan descubrir las implicancias de la fe en sus propias vidas y cómo pueden apoyarse e instruirse unos a otros.

Cierto diálogo en varios niveles de la Iglesia considerará asuntos de interés público para la sociedad y de cómo se aplican las enseñanzas de la Iglesia en diversas situaciones. A menudo esto incluye asuntos de juicio prudencial que en última instancia debe reconocer diferencias de opinión y diferencias de perspectiva. Una vez más, el diálogo podría centrarse en asuntos de fe o de moral que no han sido aún definidos por la correspondiente autoridad eclesiástica. Nuevamente, la gente podría simplemente "estar de acuerdo en no estarlo".

Sin embargo, entramos en otro campo, que se aplica a todos los contextos de diálogo al interior de la Iglesia, cuando consideramos asuntos definidos de antemano por la Sagrada Escritura, por la tradición o por el Magisterio Pontificio y Episcopal de la Iglesia. Los católicos, por ejemplo, tenemos una especial responsabilidad tanto de aceptar como de conformar nuestras mentes con la enseñanza autorizada de la Iglesia, en lo que respecta, desde luego, a la naturaleza precisa de la enseñanza autorizada. Los obispos y quienes los representan tienen una especial responsabilidad de mantenerse firmes en esas enseñanzas y de ofrecer a otros la oportunidad de abrazarlas. El diálogo puede formar parte de esa pastoral, pero ésta es una forma especial de diálogo. Es un "diálogo pastoral", orientado a ayudar a todo el que participa de él a abrazar de modo más pleno la fe de la Iglesia tal como es enseñada y presentada por los Pastores de la Iglesia.

Todas las personas tienen igual dignidad y son dignas de respeto. Pero no toda comprensión o presentación de la fe es igual. Unas expresan la realidad más adecuadamente que otras. La sinceridad en el creer no es lo mismo que la verdad en el creer o creer en la verdad. Uno de los grandes dones que tenemos en la Iglesia es la garantía de que el Espíritu Santo guía a los que enseñan con autoridad. Para bien del Pueblo de Dios, ellos son preservados de presentar una falsedad como una verdad a ser abrazada.

Con seguridad es cierto que las expresiones de la enseñanza de la Iglesia pueden ser clarificadas o cuando menos adaptadas para distintas generaciones de personas. Pero jamás puede ser cambiado el núcleo de la afirmación en ninguna doctrina de la Iglesia. El Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia a la verdad eterna en muchos asuntos, incluyendo aquellos que son más fundamentales para nuestra fe y nuestra vida diaria.

Algunas discusiones contemporáneas cometen el error —creo yo— de ver como equivalentes todos los diálogos que tienen lugar en la Iglesia. Ciertamente, cada forma de diálogo tiene su propio valor. Sería un error de trágicas consecuencias el que, por ejemplo, el diálogo entre aquellos que representan al Magisterio y otros se confundiese con un mero intercambio interpersonal.

Ciertamente un obispo tendrá conversaciones de persona a persona acerca de la fe con amigos, compañeros de trabajo y otros creyentes. Se esperaría que esto ocurriese regularmente. Pero cuando él entra formalmente en un diálogo en cuanto obispo, entonces se trata de un distinto tipo de diálogo. Él no está representando simplemente su fe personal o su manera personal de ver las cosas. Más bien, el está representando la fe de la Iglesia. Si bien todas las personas que participan en tal diálogo son iguales en dignidad y merecen un mismo respeto, no todas las opiniones son iguales. Algunas estarán de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Otras no. Sería un tipo errado de diálogo pretender que todas las opiniones teológicas son equivalentes, aunque es fácil reconocer que todos los teólogos y obispos gozan de la misma dignidad personal.

Teniendo estas consideraciones en mente, me propongo compartir durante las siguientes dos semanas algunos pensamientos tomados de algunas reflexiones que he ofrecido a nuestros seminaristas en los años recientes. Sin dejar de reconocer las variedades de diálogo que son posibles, estos pensamientos se ofrecen desde la perspectiva de aquellos que representan a la Iglesia proclamando sus enseñanzas principalmente en un contexto pastoral. Creo que tales ministros pastorales deben predicar la verdad en el amor, con calma, con respeto, y con valor. Ese debe ser un compromiso básico. Pero creo que tal empresa no debe centrarse sólo en la enseñanza, sino también en las personas y en el proceso implicado. Valiéndome de categorías que han sido usadas antes, creo que en tales asuntos debemos considerar la doctrina o enseñanza, la persona que presenta las enseñanzas, y la persona o personas destinatarias.

II.

8 de noviembre de 1996

La semana anterior, luego de examinar algunos aspectos del diálogo en la Iglesia, hice la observación de que hemos de considerar el diálogo desde al menos tres puntos de vista: desde la doctrina o enseñanza implicada, desde la persona que presenta la enseñanza, y desde la persona o personas destinatarias. Esta semana consideraremos el primero de éstos.

La Doctrina / Enseñanza

Alguno podría suponer que quienes enseñan en parroquias, colegios y otros contextos conocen muy bien las enseñanzas de la Iglesia. Es esencial que quienes tienen la misión de enseñar hayan asimilado y hecho suyo aquello que van a enseñar o predicar. Lamentablemente, sin embargo, no siempre es éste el caso, incluso entre sacerdotes y, podría uno aventurarse a decir, entre obispos. A veces ellos no se encuentran adecuadamente informados acerca de preguntas y problemas actuales como para ser capaces de dar buenas respuestas y explicaciones.

Para alguien no entrenado académica y teológicamente puede ser difícil estar bien preparado para saber lo que la Iglesia en realidad sostiene. El Catecismo de la Iglesia Católica es, por ejemplo, una magnífica fuente para encontrar tal conocimiento e información. Sería una irresponsabilidad que quienes han asumido una función de enseñanza pastoral no hayan leído y estudiado los principales documentos y que no los hayan hecho suyos.

Eventualmente puede ser necesario y apropiado para alguien decir "No lo sé". Pero esto jamás debe hacerse de una manera que deje a los otros participantes con la idea de que la doctrina o la enseñanza es incierta. Por el contrario, en este caso, quien no está seguro es el profesor. Esto es especialmente cierto cuando el dejar dudas acerca de lo que sostiene la Iglesia puede conducir a desastrosas decisiones personales, como por ejemplo en asuntos de principios morales. Muchos problemas entre los miembros de la Iglesia son causados por presentaciones inadecuadas de la fe, tanto por aquellas que son muy rígidas como por aquellas muy indulgentes. Ambas pueden ser imprecisas.

Cuando enseñamos, debemos en primer lugar presentar claramente la enseñanza de la Iglesia. La gente quiere saber y tiene el derecho de saber lo que la Iglesia enseña y no simplemente escuchar opiniones teológicas, por más interesantes que sean, (incluso las nuestras). Es el Evangelio confiado a la Iglesia el que goza de la privilegiada asistencia del Espíritu Santo, y es en su proclamación donde el Espíritu Santo actúa profundamente. Un profesor ciertamente tiene que estar al tanto de las diversas opiniones teológicas y de cómo se han de entender. Muchas de ellas se encontrarán "dentro de ciertos límites" y esto debe ser reconocido siempre. No buscamos "camisas de fuerza" teológicas.

A veces un profesor debe pedir a las personas que intelectualmente "den un paso atrás" de una pregunta que parece urgente para que puedan tomar perspectiva sobre un tema. En algunas raras ocasiones puede ser mejor permanecer en silencio en un momento determinado, por el bien de los demás en la Iglesia. Algunas preguntas, por ejemplo, implican otras más fundamentales. Alguien podría preguntar por qué es necesario confesarse ante un sacerdote en el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Sólo se puede responder luego de prestar cierta atención a los sacramentos en general y a lo que es cada sacramento y, de hecho, a lo que es la Iglesia.

Una presentación de cuestiones históricas y cuestiones contemporáneas legítimas puede ser útil. Alguien podría preguntar "¿Podemos evitar el embarazo?" La respuesta ha de tomar en cuenta su inquietud y hablar de la concepción cristiana de la sexualidad humana, especialmente en el matrimonio. Podría ser también un momento apropiado para ahondar con los participantes en qué razones son adecuadas para limitar el tamaño de la familia. Puede ser un momento de crecimiento para ellos el darse cuenta de que el miedo al costo de criar a los niños o la disminución de la libertad que podría afectar su modo de vida no son exactamente consideraciones nobles. Asimismo, el miedo a los requisitos profesionales, o incluso el miedo a vivir sin el placer sexual, pueden estar presentes.

Uno debe tener siempre en mente que la doctrina y el dogma no pretenden responder todas las preguntas posibles. La Iglesia no tiene todas las respuestas a las complejidades de la vida. Pero sí tiene respuestas a muchas preguntas acerca de Dios, acerca de Jesucristo, acerca de la Iglesia y acerca del modo de vida apropiado para un discípulo de Jesucristo. Una doctrina o un dogma pretende preservar una verdad de fe y de moral que presenta un rico misterio, no explicar el misterio y agotarlo.

A lo largo de los siglos, por ejemplo, se han planteado muchas preguntas acerca de Jesús, acerca de cómo es Él exactamente. La Iglesia primitiva enfrentó estas preguntas enérgicamente. A través de los primeros concilios ecuménicos el Espíritu Santo guió a la Iglesia al conocimiento de que Jesús es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Este dogma afirma la maravillosa unión de dos naturalezas en una persona divina, Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Quienes minimizan excesivamente la divinidad de Jesús o quienes minimizan excesivamente Su humanidad han traspasado los límites de la "ortodoxia" (creencia correcta). La ortodoxia es balanceada para que los creyentes puedan permanecer en contacto con el misterio de Jesucristo. Es este misterio el que salva.

También debemos reconocer que durante la historia de la Iglesia algunas teologías y sus correspondientes espiritualidades han tendido a acentuar más la divinidad de Jesús, mientras que otras han tendido a acentuar más Su humanidad. En tanto no separan incorrectamente una de la otra ni niegan una en favor de la otra, se trata de opciones legítimas para los Católicos que permanecen en comunión plena con la Iglesia. Hay preguntas sobre Jesús que no han sido aún completamente resueltas teológicamente. Por ejemplo, ¿tuvo Jesús la visión beatífica en todo momento? ¿En qué sentido?

Es muy claro que la Santísima Virgen María es correctamente referida como theotokos, la "portadora de Dios" o Madre de Dios. El nacimiento virginal de Jesucristo es claramente afirmado por el Magisterio y la constante tradición de la Iglesia, y es una verdad que debe ser aceptada. Otras cuestiones acerca de su Inmaculada Concepción y de su Asunción corporal al cielo han de sostenerse claramente por todos en comunión plena con la Iglesia. Pero otras creencias acerca de la Santísima Madre están bajo legítima discusión teológica.

Si bien los académicos pueden plantearse preguntas más técnicas y tratar de dilucidarlas al interior de la comunidad eclesial, muy a menudo la mejor aproximación es una presentación simple y directa de la enseñanza esencial de la Iglesia.

A veces recibimos preguntas de los fundamentalistas bíblicos acerca de la enseñanza doctrinal. "¿Dónde dice eso en la Biblia?", preguntan con frecuencia. En tales situaciones, debemos dirigirnos hacia una discusión más profunda y amplia de lo que está implicado. Debemos conocer la Biblia. Debemos conocer las enseñanzas de la Iglesia. Debemos conocer la historia de las preguntas implicadas. Y podemos plantear nuestras propias preguntas a su vez. Por ejemplo, ¿dónde dice en la Biblia que sólo la Sagrada Escritura debe ser usada para la enseñanza de la Iglesia?

III.

8 de noviembre de 1996

Presentar las verdades difíciles de la fe implica diálogo con otros creyentes. Al hacerlo, el ministro pastoral no sólo debe conocer bien la doctrina, sino que debe estar consciente de sí mismo como creyente y como alguien que tiene fortalezas y debilidades personales.

La persona que presenta la enseñanza

La regla de bolsillo básica para la persona que debe representar a la Iglesia en el oficio de enseñar es "conócete a ti mismo", y "conoce tu misión". A veces el profesor puede estar centrado en sí mismo. Podemos querer "vernos bien" o "impresionar". Podemos querer ganar una discusión, venciendo en nombre de la verdad (a lo Rambo). Podemos querer ejercer nuestra autoridad sobre los demás y verlos "ponerse en línea". Ninguno de estos es un motivo digno. Debemos siempre buscar en nuestros corazones y en nuestras conciencias por tales intenciones imperfectas.

Más bien, el maestro eclesial enseña en nombre de la Iglesia, como un instrumento de la gracia del Señor. Nuestra proclamación pretende invitar a otros a la fe, buscar su libre respuesta y rendición personal a Jesucristo y Su verdad. Es de esta manera que sus vidas pueden ser transformadas y enriquecidas. Es al encontrarse con Cristo que ellos encontrarán la salvación. Si estamos sinceramente enraizados en nuestra fe y reflejamos el amor en nuestros corazones a aquellos a quienes nos dirigimos, podemos ser instrumentos de este encuentro salvífico. Nuestro ministerio, incluido el de enseñar, debe siempre empezar en el amor y estar dirigido hacia el amor. Pero debemos siempre buscar predicar la verdad. Eso puede requerir coraje, incluso ante personas tímidas, o ante personas a quienes no les gustan los enfrentamientos.

La misión de quien enseña al servicio de la Iglesia es una misión de admonición y de evangelización. Nosotros no investigamos simplemente cuestiones interesantes que estimulen nuestras mentes y ocupen nuestro tiempo. Por el contrario, queremos adherirnos a las enseñanzas de la Iglesia tanto en nuestras propias vidas como en nuestro ministerio. Es de esta manera que podemos invitar a otros a hacer lo mismo.

También tenemos que conocernos a nosotros mismos. Esto puede ser tan sencillo como conocer nuestros estados de ánimo y las cosas que nos preocupan; por ejemplo, si estamos o no cansados. También puede requerir de nosotros saber si somos personas conflictivas o si somos propensos a la cólera o a alguna otra emoción cuando nos encontramos envueltos en una discusión.

¿Tendemos a ser muy estrictos o muy indulgentes? ¿Tenemos nuestra propia agenda teológica distinta de la agenda pastoral de la Iglesia? ¿Cuál es, de hecho, nuestra concepción de la Iglesia?

Debemos ser conscientes de que tenemos nuestros propios puntos ciegos o sesgos. Esto puede darse a raíz de nuestro sexo. O puede ser a raíz de nuestra área de especialización. Otros asuntos podrían filtrarse en nuestro pensamiento o nuestra presentación.

Un motivo para estudiar bien mientras somos estudiantes es que de esa manera podemos llegar a conocer nuestro propio mundo intelectual y los procesos de nuestro pensamiento. Ciertamente, necesitamos saber teología e historia. Pero también necesitamos conocer histórica y filosóficamente cuáles eran las preguntas básicas o los problemas fundamentales y cómo fueron respondidos. Tras superarlos podemos convertirnos en verdaderos profesores pues podemos hacernos sensibles a las preguntas, dudas, problemas e incertidumbres de otros. Podemos aprender cómo guiarlos a través de tales obstáculos a abrazar la verdad de la Iglesia. Nuestra propia lucha para hacer nuestra la proclamación de la Iglesia nos prepara para predicar y enseñar en el nombre de Jesús de manera efectiva.

Recuerdo que el Cardenal John Henry Newman enfrentó el problema de las dudas e incertidumbres que tenía antes de convertirse al catolicismo. El decía que ellas no eran una amenaza para su fe más que cuando se enfrentaba a un complicado problema de matemáticas que no entendía inmediatamente. El suponía que había una solución. El estaba deseoso de acoger la respuesta de otros más hábiles para las matemáticas que él. El encontró que esto de ninguna manera era repugnante para la inteligencia o para la dignidad humanas. Por el contrario, él reconocía sus propios límites así como la inteligencia y los logros de otras personas. Qué valiosa es tal humildad y sabiduría en las vidas de aquellos de nosotros que habremos de crecer en la fe.

IV.

En las últimas semanas hemos estado considerando el diálogo al interior de la Iglesia. Hemos prestado atención a la naturaleza especial del diálogo cuando están implicadas las enseñanzas de la Iglesia. También hemos considerado tres elementos principales de todo diálogo, especialmente el que se da al interior de la Iglesia: la enseñanza o doctrina misma; la persona que presenta la enseñanza; y la persona o personas destinatarias. Esta columna se dedicará a este último tema.

La persona o personas destinatarias

Como he hecho notar antes, siempre debemos dirigirnos a los otros como hijos de Dios. Debemos respetarlos y respetar su libertad. También debemos respetar sus opiniones, aún cuando se encuentren en el error. Para conseguir esto tenemos que conocer a las personas y saber cómo entablar con ellas un diálogo constructivo.

Un buen profesor acogerá bien toda pregunta sincera, pues es la única manera de que las personas aprendan de verdad. No existe cosa semejante a una pregunta "tonta" si es planteada honestamente. La persona y su mente están así abiertas al mensaje del Evangelio. Incluso las preguntas que no son honradas pueden ser útiles, pues dan al profesor la oportunidad de ayudar a la persona a verse a sí misma a la luz de la verdad. Éste puede resultar un momento de crecimiento y de gracia.

Debemos hacer notar que es sorprendente cómo mucha gente hoy en día se encuentra sinceramente confundida. A veces, ellos han sido confundidos en las últimas décadas por algunos que enseñaban en nombre de la Iglesia. Ellos a menudo son confundidos por el modo en que surgen las preguntas religiosas y las preguntas morales en nuestra cultura popular, especialmente en los medios de comunicación. Incluso en asuntos muy fundamentales, la gente puede estar sinceramente confundida. El ministro pastoral tiene que estar al tanto de esto aun cuando no quiera dejarlos permanecer en ese estado. La gente está a veces temerosa de "lo que se sigue" de ser un creyente. También pueden temer las consecuencias de la verdad para su propio pensamiento o sus maneras de vivir. Nosotros debemos invitarlos a ir más allá de ese miedo.

Debemos ser conscientes de que una acalorada disputa religiosa es casi siempre una pérdida de tiempo y de esfuerzo, y que incluso puede ser destructiva. Las personas son rara vez "convencidas" hacia la fe de esa manera. En algunas relaciones, sin embargo, una sincera frustración o enfado pueden ser de ayuda. Sobre todo con ciertos miembros de la familia, viejos amigos, o en otras relaciones más profundas.

También debemos ser conscientes de que no todas las preguntas son iguales. Unas son intentos directos y sinceros de entender o de expresar el propio punto de vista. Pero todos sabemos que también hay discusiones en las que algo que es presentado en forma de pregunta es en realidad una toma de posición. Esto puede implicar hostilidad y ponerse a la defensiva. También puede reflejar una herida del pasado u otro tipo de experiencias semejantes.

Esto se puede dar de manera especial tratándose de enseñanzas morales porque los modos de vida escogidos por la gente pueden ser cuestionados. Las personas pueden estar muy tranquilas con su promiscuidad sexual o con una relación homosexual, por ejemplo. No están realmente ansiosas de escuchar que se les cuestione eso. Incluso pueden querer recibir la Santa Comunión en sus propios términos, aunque esto es profundamente opuesto a la total entrega de uno mismo a Jesucristo y a Su verdad que debe estar presente en toda participación en la Santa Eucaristía. Al enfrentar las preguntas de la gente, si bien uno las evalúa, he encontrado una manera de aproximarse que a menudo me es de ayuda. Le digo a la gente: "Yo no sé qué es lo que tú crees. Yo te puedo decir qué es lo que cree la Iglesia y tratar de conversar eso contigo, y ayudarte a entenderlo. Pero eres la única persona que puede decir lo que tú crees. Si tú quieres creer lo que la Iglesia cree, entonces podemos empezar a trabajar juntos. Si tienes problemas con eso, entonces nuestras conversaciones tomarán un poco más de tiempo".

SUMARIO PRÁCTICO

8 de noviembre de 1996

Cuando una persona que enseña en nombre de la Iglesia se encuentra ante una pregunta o una afirmación o un reto, ¿qué debe hacer? En primer lugar, es importante que se tome su tiempo para dar una respuesta bien formulada. Uno no debe aterrarse, ni tampoco se tiene que ser un "sabelotodo".

Si se encuentra ira, hostilidad o agresión, puede ser de ayuda empezar a hablar de por qué una persona se siente de esa manera y de qué está implicado en ello. Esto puede darse incluso antes de entrar propiamente al asunto teológico principal.

Un maestro debe compartir apropiadamente un poco de su experiencia de vida o de la de otros si podemos hacerlo sin violar la confidencialidad. Debemos compartir nuestra propia fe y nuestro proceso de cómo llegamos a entender esa fe.

Un maestro debe hacer preguntas a los que participan, para clarificar y entender su pensamiento. Debemos ver qué es lo entienden en realidad. Debemos basar los diálogos en sus inquietudes y en lo que sabemos que son las principales cuestiones teológicas.

Siempre es provechoso suscitar un cierto intercambio sincero de ideas. Los participantes escuchan el tema abordado desde distintas perspectivas y tal intercambio puede ser para muchos ocasión de una comprensión más profunda y de nuevas aproximaciones.

Debemos buscar crear un ambiente positivo incluso cuando nos encontramos ante personas con realidades desagradables. Esto es más fácil para algunos que para otros. Pero debemos tratar de generar un nivel de confianza si es que queremos dialogar. Después de ello, podemos ser más directos y decir cosas como "¿No crees que te estás burlando de ti mismo?" Eso presupone una relación entablada sinceramente y en buenos términos.

Es importante presentar la fe desde un punto de vista positivo. Nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, no pasa la mayor parte de su tiempo denunciando el mal en el mundo o denunciando los errores teológicos. A la vez que enfrenta los problemas, él dedica la mayor parte de su tiempo y energía a presentar la fe positiva y profundamente. Sabemos que todos quieren respetar la vida humana. Tratamos de señalar que el aborto, por ejemplo, simplemente no lo hace. Las razones planteadas por quienes están a favor del aborto no construyen al hombre, no respetan la soberanía de Dios sobre la vida, y, en su mayor parte, son hijas del egoísmo.

Siempre es provechoso ayudar a la gente a hacer preguntas mejores y más constructivas. Cuando así se hace, se aproximarán a las cuestiones profundas y penetrarán más profundamente en la fe.

Finalmente, somos nosotros en cuanto testigos de Jesucristo y de Su Evangelio, en cuanto testigos que creen, que piensan y que aman, quienes conformaremos una significativa parte del proceso de presentar las enseñanzas de la Iglesia y de invitar a otros a compartir nuestra fe. Ciertas palabras o expresiones o aproximaciones pueden sernos de ayuda. Ellas son importantes. Mientras hablemos con mayor precisión, mejor enseñaremos. Pero la clave está en nuestra lucha por la santidad, porque entonces la gracia de Dios puede estar presente más efectivamente. En última instancia, es la acción de la gracia la que suscita la fe y la que construye la unidad de la Iglesia.

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