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S.S. Juan Pablo II, Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles, dada el 16 de septiembre de 1998.
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El Esp√≠ritu y las ¬ęsemillas de la verdad¬Ľ en el pensamiento humano

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

16 de septiembre de 1998

1. El concilio ecum√©nico Vaticano II, citando una afirmaci√≥n del libro de la Sabidur√≠a (Sb 1, 7), nos ense√Īa que ¬ęel Esp√≠ritu del Se√Īor¬Ľ, que colma de sus dones al pueblo de Dios peregrino en la historia, ¬ęreplet orbem terrarum¬Ľ, llena todo el universo (cf. Gaudium et spes, 11). El Esp√≠ritu Santo gu√≠a incesantemente a los hombres hacia la plenitud de verdad y de amor que Dios Padre ha comunicado en Cristo Jes√ļs.

Esta profunda convicción de la presencia y de la acción del Espíritu Santo ilumina desde siempre la conciencia de la Iglesia, haciendo que todo lo que es auténticamente humano encuentre eco en el corazón de los discípulos de Cristo (cf. ib., 1).

Ya en la primera mitad del siglo II el fil√≥sofo san Justino pudo escribir: ¬ęTodo lo que se ha afirmado siempre de modo excelente, y todo lo que descubrieron los que hacen filosof√≠a o promulgan leyes, ha sido realizado por ellos mediante la investigaci√≥n o la contemplaci√≥n de una parte del Verbo¬Ľ (II Apol., 10, 1-3).

2. La apertura del Esp√≠ritu humano a la verdad y al bien se realiza siempre en el horizonte de la ¬ęLuz verdadera que ilumina a todo hombre¬Ľ (Jn 1, 9). Esta luz es el mismo Cristo Se√Īor, que ha iluminado desde los or√≠genes los pasos del hombre y ha entrado en su ¬ęcoraz√≥n¬Ľ. Con la Encarnaci√≥n, en la plenitud de los tiempos, la Luz irrumpi√≥ en el mundo con todo su fulgor, brillando a los ojos del hombre como esplendor de la verdad (cf. Jn 14, 6).

La manifestaci√≥n progresiva de la plenitud de verdad que es Cristo Jes√ļs, anunciada ya en el Antiguo Testamento, se realiza durante el decurso de los siglos por obra del Esp√≠ritu Santo. Esa acci√≥n espec√≠fica del ¬ęEsp√≠ritu de la verdad¬Ľ (cf. Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13) no s√≥lo ata√Īe a los creyentes, sino tambi√©n, de modo misterioso, a todos los hombres que, aun ignorando sin culpa el Evangelio, buscan sinceramente la verdad y se esfuerzan por vivir rectamente (cf. Lumen gentium, 16).

Santo Tom√°s de Aquino, siguiendo a los Padres de la Iglesia, puede afirmar que ning√ļn Esp√≠ritu es ¬ętan tenebroso, que no participe en nada de la luz divina. En efecto, toda verdad conocida por cualquiera se debe totalmente a esta "luz que brilla en las tinieblas", puesto que toda verdad, la diga quien la diga, viene del Esp√≠ritu Santo¬Ľ (Super Ioannem, 1, 5, lect. 3, n. 103).

3. Por este motivo, la Iglesia aprecia toda aut√©ntica b√ļsqueda del pensamiento humano y estima sinceramente el patrimonio de sabidur√≠a elaborado y transmitido por las diversas culturas. En √©l ha encontrado expresi√≥n la inagotable creatividad del Esp√≠ritu humano, dirigido por el Esp√≠ritu de Dios hacia la plenitud de la verdad.

El encuentro entre la palabra de verdad predicada por la Iglesia y la sabidur√≠a expresada por las culturas y elaborada por las filosof√≠as impulsa a estas √ļltimas a abrirse y a encontrar su propia realizaci√≥n en la revelaci√≥n que viene de Dios. Como subraya el concilio Vaticano II, ese encuentro enriquece a la Iglesia, capacit√°ndola para penetrar cada vez m√°s a fondo en la verdad, para expresarla a trav√©s de los lenguajes de las diferentes tradiciones culturales y para presentarla, sin cambios en la sustancia, de la forma m√°s adecuada a la evoluci√≥n de los tiempos (cf. Gaudium et spes, 44).

La confianza en la presencia y en la acción del Espíritu Santo también durante la crisis de la cultura de nuestro tiempo, puede constituir, en el alba del tercer milenio, la premisa para un nuevo encuentro entre la verdad de Cristo y el pensamiento humano.

4. En la perspectiva del gran jubileo del a√Īo 2000, conviene profundizar en la ense√Īanza del Concilio a prop√≥sito de este encuentro siempre renovado y fecundo entre la verdad revelada, conservada y transmitida por la Iglesia, y las m√ļltiples formas del pensamiento y de la cultura humana. Por desgracia, tambi√©n hoy sigue siendo v√°lida la constataci√≥n de Pablo VI en la carta enc√≠clica Evangelii nuntiandi, seg√ļn la cual ¬ęla ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo¬Ľ (n. 20).

Para afrontar esta ruptura, que influye con graves consecuencias en las conciencias y en las conductas, es preciso despertar en los disc√≠pulos de Jesucristo una mirada de fe capaz de descubrir las ¬ęsemillas de verdad¬Ľ sembradas por el Esp√≠ritu Santo en nuestros contempor√°neos. Se podr√° contribuir tambi√©n a su purificaci√≥n y maduraci√≥n a trav√©s del paciente arte del di√°logo, que se orienta en particular a la presentaci√≥n del rostro de Cristo en todo su esplendor.

Especialmente, es necesario tener muy presente el gran principio formulado por el √ļltimo concilio, que record√© en la enc√≠clica Dives in misericordia: ¬ęMientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia, en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera org√°nica y profunda¬Ľ (n. 1).

5. Ese principio no s√≥lo resulta fecundo para la filosof√≠a y la cultura human√≠stica, sino tambi√©n para los sectores de la investigaci√≥n cient√≠fica y del arte. En efecto, el hombre de ciencia que ¬ęcon esp√≠ritu humilde y √°nimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, ano sin saberlo, est√° como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son¬Ľ (Gaudium et spes, 36).

Por otra parte, el verdadero artista tiene el don de intuir y expresar el horizonte luminoso e infinito en el que está inmersa la existencia del hombre y del mundo. Si es fiel a la inspiración que lo invade y lo trasciende, adquiere una secreta connaturalidad con la belleza con que el Espíritu Santo reviste la creación.

Que el Esp√≠ritu Santo, luz que ilumina las mentes y divino ¬ęartista del mundo¬Ľ (S. Bulgakov, Il Paraclito, Bolonia 1971, p. 311), gu√≠e a la Iglesia y a la humanidad de nuestro tiempo por las sendas de un nuevo y sorprendente encuentro con el esplendor de la verdad.

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