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S.S. Juan Pablo II, Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles, dada el 14 de octubre de 1998.
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El ¬ęsello del Esp√≠ritu¬Ľ y el testimonio hasta el martirio

1. En la anterior catequesis reflexionamos sobre el sacramento de la confirmaci√≥n como coronamiento de la gracia bautismal. Ahora profundizaremos en el valor salv√≠fico y en el efecto espiritual expresados por el signo de la unci√≥n que indica el ¬ęsello del don del Esp√≠ritu Santo¬Ľ (cf. Pablo VI, constituci√≥n apost√≥lica Divinae consortium naturae, 15 de agosto de 1971: AAS 63 [1971] 663).

Por medio de la unci√≥n, el confirmando recibe plenamente el don del Esp√≠ritu Santo que, de forma inicial y fundamental, ya recibi√≥ en el bautismo. Como explica el Catecismo de la Iglesia cat√≥lica, ¬ęel sello es el s√≠mbolo de la persona (cf. Gn 38, 18; Ct 8, 6), signo de su autoridad (cf. Gn 41, 42), de su propiedad sobre un objeto (cf. Dt 32, 34)...¬Ľ (n. 1295). Jes√ļs mismo declara que a √©l ¬ęel Padre, Dios, lo ha marcado con su sello¬Ľ (cf. Jn 6, 27). Y, de la misma manera, nosotros, los cristianos, injertados en virtud de la fe y del bautismo en el Cuerpo de Cristo Se√Īor, al recibir la unci√≥n somos marcados con el sello del Esp√≠ritu. Lo ense√Īa expl√≠citamente el ap√≥stol san Pablo dirigi√©ndose a los cristianos de Corinto: ¬ęY es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo, el que nos ungi√≥ y el que nos marc√≥ con su sello y nos dio en arras el Esp√≠ritu en nuestros corazones¬Ľ (2 Co 1, 21-22; cf. Ef 1, 13-14; 4, 30).

2. El sello del Espíritu Santo, por consiguiente, significa y realiza la pertenencia total del discípulo a Jesucristo, el estar para siempre a su servicio en la Iglesia; asimismo, implica la promesa de la protección divina en las pruebas que deberá sufrir para dar testimonio de su fe en el mundo.

Lo predijo Jes√ļs mismo, en la inminencia de su pasi√≥n: ¬ęOs entregar√°n a los tribunales, ser√©is azotados en las sinagogas y comparecer√©is ante gobernadores y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos. (...) Y cuando os lleven para entregaros no os preocup√©is de qu√© vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no ser√©is vosotros los que hablar√©is, sino el Esp√≠ritu Santo¬Ľ (Mc 13, 9-11 y par.).

Una promesa an√°loga se repite en el Apocalipsis, en una visi√≥n que abarca toda la historia de la Iglesia e ilumina la situaci√≥n dram√°tica que los disc√≠pulos de Cristo deben afrontar, unidos a su Se√Īor crucificado y resucitado. Son presentados con la imagen sugestiva de los que llevan impreso en la frente el sello de Dios (cf. Ap 7, 2-4).

3. La confirmaci√≥n, al llevar a plenitud la gracia bautismal, nos une m√°s fuertemente a Jesucristo y a su Cuerpo, que es la Iglesia. Ese sacramento tambi√©n aumenta en nosotros los dones del Esp√≠ritu Santo con el fin de concedernos ¬ęuna fuerza especial del Esp√≠ritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jam√°s verg√ľenza de la cruz¬Ľ (Catecismo de la Iglesia cat√≥lica, n. 1303; cf. concilio de Florencia, DS 1319; Lumen gentium, 11-12).

San Ambrosio exhorta al confirmado con estas vibrantes palabras: ¬ęRecuerda que has recibido el sello espiritual, "el Esp√≠ritu de sabidur√≠a e inteligencia, el Esp√≠ritu de consejo y fortaleza, el Esp√≠ritu de ciencia y piedad, el Esp√≠ritu de temor de Dios" y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, te ha confirmado Cristo Se√Īor y ha puesto en tu coraz√≥n como prenda el Esp√≠ritu¬Ľ (De mysteriis, 7, 42: PL 16, 402403).

El don del Esp√≠ritu compromete a dar testimonio de Jesucristo y de Dios Padre, y asegura la capacidad y la valent√≠a para hacerlo. Los Hechos de los Ap√≥stoles nos dicen claramente que el Esp√≠ritu es derramado sobre los ap√≥stoles para que se conviertan en ¬ętestigos¬Ľ (Hch 1, 8; cf. Jn 15, 26-27).

Santo Tom√°s de Aquino, por su parte, sintetizando admirablemente la tradici√≥n de la Iglesia, afirma que mediante la confirmaci√≥n se le dan al bautizado las ayudas necesarias para profesar p√ļblicamente y en toda circunstancia la fe recibida en el bautismo. ¬ęSe le da la plenitud del Esp√≠ritu Santo ‚ÄĒprecisa‚ÄĒ ad robur spirituale (para la fortaleza espiritual), que conviene a la edad madura¬Ľ (Summa Theol., III, q. 72, a. 2). Es evidente que esa madurez no se ha de medir con criterios humanos, sino dentro de la misteriosa relaci√≥n de cada uno con Cristo.

Esta ense√Īanza, arraigada en la sagrada Escritura y desarrollada por la sagrada Tradici√≥n, encuentra expresi√≥n en la doctrina del concilio de Trento, seg√ļn la cual el sacramento de la confirmaci√≥n imprime en el alma un ¬ęsigno espiritual indeleble¬Ľ: el ¬ęcar√°cter¬Ľ (cf. DS 1609), que es precisamente el signo impreso por Jesucristo en el cristiano con el sello de su Esp√≠ritu.

4. Este don espec√≠fico conferido por el sacramento de la confirmaci√≥n capacita a los fieles para desempe√Īar su ¬ęfunci√≥n prof√©tica¬Ľ de testimonio de la fe. ¬ęEl confirmado ‚ÄĒexplica santo Tom√°s‚ÄĒ recibe el poder de profesar p√ļblicamente la fe cristiana, como en virtud de un cargo oficial (quasi ex officio)¬Ľ (Summa Theol., III, q. 72, a. 5, ad 2; cf. Catecismo de la Iglesia cat√≥lica, n. 1305). Y el Vaticano II, ilustrando en la Lumen gentium la √≠ndole sagrada y org√°nica de la comunidad sacerdotal, subraya que ¬ęel sacramento de la confirmaci√≥n los une m√°s √≠ntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fuerza especial del Esp√≠ritu Santo. De esta manera se comprometen mucho m√°s como aut√©nticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras¬Ľ (n. 11).

El bautizado que, con plena y madura conciencia recibe el sacramento de la confirmaci√≥n, declara solemnemente ante la Iglesia, sostenido por la gracia de Dios, su disponibilidad a dejarse penetrar, de modo siempre nuevo y cada vez m√°s profundo, por el Esp√≠ritu de Dios, a fin de llegar a ser testigo de Cristo Se√Īor.

5. Esta disponibilidad, gracias al Esp√≠ritu Santo que penetra y colma su coraz√≥n, se extiende hasta el martirio, como lo demuestra la ininterrumpida cadena de testigos cristianos que, desde los albores del cristianismo hasta nuestro siglo, no han temido sacrificar su vida terrena por amor a Jesucristo. ¬ęEl martirio ‚ÄĒescribe el Catecismo de la Iglesia cat√≥lica‚ÄĒ es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El m√°rtir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual est√° unido por la caridad¬Ľ (n 2473).

En el umbral del tercer milenio, invoquemos el don del Par√°clito para reavivar la eficacia de gracia del sello espiritual impreso en nosotros en el sacramento de la confirmaci√≥n. Nuestra vida, animada por el Esp√≠ritu, difundir√° el ¬ęperfume de Cristo¬Ľ (2 Co 2, 15) hasta los √ļltimos confines de la tierra.

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