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Mons. Antonio Samoré, Discurso Inaugural durante II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
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Las Conferencias Episcopales

Y pasamos al tercer punto del tema: las Conferencias Episcopales Nacionales de América Latina. “La Conferencia Episcopal —declara el Concilio Ecuménico Vaticano II: Decreto Christus Dominus, N° 38— es como una asamblea que los Obispos de cada nación o territorio ejercen unidos su cargo pastoral; para conseguir el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo por las formas y métodos de apostolado, aptamente acomodado a las circunstancias del tiempo”.

No es, ciertamente, el caso de demorarse en la consideraciones de la naturaleza de las Conferencias Episcopales. Pero desearía hacer énfasis en una circunstancia, que es la siguiente: la Primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Río de Janeiro, julio-agosto 1955, fue determinante en difusión de las Conferencias Episcopales Nacionales de América Latina. Entonces, en 1955, no eran muchas las Naciones de América Latina que tenían una Conferencia Episcopal canónicamente constituida con estatutos aprobados por la Santa Sede. Recuerdo aún muy bien la intervención del llorado Cardenal Piazza, quien presidía la Asamblea de Río de Janeiro y era Secretario de la Sagrada Congregación Consistorial particularmente competente en materia, a fin de proyectar y recomendar la institución de Conferencias Episcopales en todas las naciones. La reunión de Río de Janeiro se reveló perfectamente Conciliar en muchas de sus determinaciones: conciliar “ante litteram”. De ahí la vitalidad de esa Asamblea.

Las Conferencias Episcopales Nacionales de América Latina están en contacto con la CAL y con el CELAM. Por lo que toca a la CAL juzgo que se pueda afirmar que este contacto ha sido y es constante. Sí, en los primeros años, para la distribución de la ayuda en personal fue imposible prescindir de las peticiones hechas singularmente por cada Ordinario, y es deseable que la intervención de las Conferencias Nacionales tenga en el futuro el debido peso (lo cual es, por lo demás, conforme a las determinaciones tomadas en la Segunda Sesión del COGECAL) a fin de conseguir una distribución más equitativa, que tenga en cuenta las prioridades reconocidas y las necesidades mayores; se ha mantenido, con intachable regularidad, el contacto con las mismas Conferencias Nacionales por lo que se refiere a las ayudas de carácter económico. La CAL ha consultado siempre a las Conferencias (y ha deseado que la consulta se hiciese en total armonía con el CELAM) para la repartición de esa particular forma de ayuda, que desde 1960, por precisa voluntad de la Santa Sede, se ha venido dando: un millón de dólares. El Papa Juan XXIII de santa memoria, estableció que dicha suma fuese destinada a la Iglesia en América Latina: ella proviene de las colectas hechas anualmente en los Estados Unidos en favor de la Propagación de la Fe y de la Santa Infancia (completadas también con una oferta del Episcopado de los Estados Unidos).

La concesión pontificia fue hecha por cinco años; prorrogada luego benévolamente por el Santo Padre Pablo VI a cuatro años más y ahora —y me es particularmente grato anunciarlo aquí— extendida por un nuevo período.

Igualmente, la CAL ha estado siempre en contacto con las Conferencias Episcopales con relación a la ayuda, puesta amablemente a disposición por la benémerita obra ADVENIAT, a seminaristas y sacerdotes latinoamericanos que estudian en Europa; asimismo la CAL se ha puesto en contacto con la Conferencia Latinoamericana de Religiosos CLAR —a efectos de la misma ayuda de estudio en favor de religiosos.

Con respecto a estas relaciones entre las Conferencias Episcopales Nacionales y la CAL quisiera agregar que tendré mucho gusto en hacerme portador de posibles deseos que aquí fueren expresados: para presentarlos a la Santa Sede y abrogar su aceptación: en la medida en que las circunstancias lo permitan.

Si se hicieren observaciones tendientes a mejorar el modo en el cual se desarrollan actualmente nuestras relaciones, me agradaría estudiarlas aquí, con esta Asamblea, para facilitar su buena aplicación en el porvenir.

Termino sin haber tocado la cuestión específica de las relaciones entre las Conferencias Episcopales y el CELAM, tanto porque sobrepasa los límites de mi precisa competencia, como, y sobre todo, porque será objeto de estudio en los días siguientes: en vista de las mejores determinaciones al respecto, las cuales habrán de ser introducidas en los Estatutos del CELAM.

Expreso, por mi parte, el deseo de que estas relaciones sean verdaderamente las mejores: por naturaleza, finalidad y eficacia, para bien de la Iglesia en América Latina, para el desarrollo integral de este continente, para el feliz cumplimiento de los ideales que aquí nos congregan.

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