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Cardenal Jorge Medina Est茅vez, Los Sacramentos, fuente de salud y salvaci贸n
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Los Sacramentos, fuente de salud y salvaci贸n

Ponencia en la XII Conferencia Internacional: 鈥淚glesia y salud en el mundo. Expectativas y esperanzas en los umbrales del a帽o 2000鈥�

1. Sobre la enfermedad

No es del caso hacer aqu铆 una definici贸n m茅dica acerca de qu茅 es la enfermedad: basta para nuestro prop贸sito expresar una aproximaci贸n basada en la experiencia com煤n. Desde luego decir "enfermedad" es evocar una situaci贸n que es contraria a la salud. Parecer铆a que puede hacerse una distinci贸n v谩lida entre una "enfermedad" y un "defecto". Un defecto, que puede ser cong茅nito o ser secuela de una enfermedad, es una realidad estable no de suyo incompatible con el estado de salud. Una persona que ha sufrido la amputaci贸n de un miembro tiene un defecto, pero no puede decirse que sea propiamente un enfermo. En casos m谩s graves se puede hablar de "invalidez".

La enfermedad es una realidad en movimiento, con frecuencia progresiva, cuya caracter铆stica m谩s general y constante es la de provocar un desequilibrio en las funciones del organismo, de modo que se ve comprometida la armon铆a que caracteriza el estado de salud. Cuando el desequilibrio es tal que llega a comprometer funciones vitales esenciales, se puede hablar de una enfermedad grave que constituye una amenaza o peligro de muerte. La muerte puede describirse como la cesaci贸n de la vida precisamente porque se lleg贸 a un tal estado de desequilibrio entre las diversas funciones vitales esenciales o su cesaci贸n, que en definitiva se ha destruido irreversiblemente la unidad del organismo. La pervivencia de algunas c茅lulas o grupos de c茅lulas de un organismo no constituye "vida" del conjunto al que pertenecen, sino que son procesos vegetativos m谩s o menos breves o incluso mantenidos artificialmente.

Lo que parece interesante es considerar que el proceso fisiol贸gico que llamamos "enfermedad" es un momento, inicial o avanzado, de desequilibrio de las funciones vitales que no llega a煤n a causar la muerte, pero que tiene alguna relaci贸n con ella.

Experimentar la enfermedad es encontrarse en una situaci贸n en que el ser humano percibe su mortalidad y, consiguientemente, su finitud, su impotencia, su fragilidad, su contingencia.

Puesto que el hombre tiene una vocaci贸n de eternidad, la experiencia de la enfermedad debiera ser un llamado a su conciencia en la perspectiva de enfrentar, ahora o m谩s tarde, la muerte, el juicio de Dios y el destino eterno, feliz o desgraciado. Como todas las circunstancias de la vida, la enfermedad invita, aunque en forma muy especial, a recordar la afirmaci贸n program谩tica de San Pablo, v谩lida para todo cristiano: "nosotros para Dios vivimos; nosotros para Dios morimos: sea que vivamos, sea que muramos, somos del Se帽or" (Rom. 14 8). Dicho lo anterior, es justo agregar que la vejez es un estado similar a la enfermedad: en la ancianidad se van desarrollando diversos desequilibrios que van comprometiendo la armon铆a y unidad del organismo viviente y ese proceso conduce, inevitablemente, a la muerte.

Es, pues, completamente natural, que el cristiano perciba la enfermedad como aviso de su finitud y como una invitaci贸n a prepararse al advenimiento de la vida eterna, es decir de la etapa definitiva de la 煤nica existencia humana, porque nuestro ser estar谩, si nuestra vida terrena ha sido coherente con el querer de Dios, para siempre centrado en El, sin posibilidad alguna de separarnos de El, y alcanzar谩 su plenitud en el d铆a de la resurrecci贸n.

La enfermedad suele estar marcada por el dolor y por la aflicci贸n, que son situaciones inherentes a esta vida pero que desaparecer谩n en la Jerusal茅n celestial: "esta es la morada de Dios con los hombres. Pondr谩 su morada entre ellos y ellos ser谩n su pueblo y El, Dios-con-ellos, ser谩 su Dios. Y enjugar谩 toda l谩grima de sus ojos, y no habr谩 ya muerte, ni habr谩 llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Apoc.21,3s) El Ap贸stol San Pablo asocia la vida temporal a la corruptibilidad (cfr. 1Cor. 15,43ss) y ve la corporeidad de los resucitados bajo el signo de lo "espiritual" que es en cierta forma sin贸nimo de inmortalidad. Quiz谩s por eso sostiene que "el 煤ltimo enemigo en ser destruido ser谩 la muerte" (1Cor.15,26). El dolor tiene, pues, una necesaria referencia al no-dolor, y 茅ste es una expresi贸n v谩lida, aunque literariamente negativa, de vida, de armon铆a, de felicidad.

Cuando empleamos las palabras "dolor" o "enfermedad", solemos referirnos, en primer lugar, a dolores f铆sicos o corporales. Pero todos sabemos que hay dolores y enfermedades que podemos calificar de "espirituales", que no son exactamente lo mismo que la categor铆a de las dolencias ps铆quicas. En todo caso la unidad del ser humano hace que una aflicci贸n espiritual pueda tener consecuencias som谩ticas y viceversa. Por eso la felicidad de los bienaventurados en la gloria, que consiste ante todo y principalmente en la visi贸n gozosa de Dios, de su ser inefable y de sus obras, incluye tambi茅n la plena armon铆a corporal, la imposibilidad de la corrupci贸n y del sufrimiento. Al contrario, la situaci贸n de los r茅probos es la de un dolor sin fin, una especie de desgarramiento interior, un desequilibrio torturante que procede de la clara conciencia de haber rechazado el 煤nico bien absolutamente apetecible y el 煤nico objeto realmente beatificante, y de no poder revocar ese rechazo. As铆 como la bienaventuranza recibe la calificaci贸n de "vida eterna", la condenaci贸n es llamada "muerte eterna" y la Sagrada Escritura la asocia a diversas im谩genes de sufrimiento: "fuego" (Mt.3,12; 18,8; 25,41); "gusanos" (Mc.9,43.47); "rechinar de dientes" (Lc.13,28; Mt.24,51); "tinieblas" (Mt.8,12; 22,12), etc.

2. Sobre la vida

En el horizonte de muchos hombres de hoy, la palabra "vida" no evoca sino la dimensi贸n corporal y temporal de la existencia. El mundo contempor谩neo ha adquirido una viv铆sima sensibilidad con respecto a los derechos de la persona humana, y ante todo hacia su vida corporal. Se la protege legalmente y se la defiende de las agresiones injustas. Se desarrollan complejos y costosos sistemas de asistencia social para ir en ayuda de las personas enfermas o f铆sica o ps铆quicamente limitadas. Curiosamente, por no decir escandalosamente, muchas legislaciones admiten como algo leg铆timo el atentado contra la vida de la criatura que est谩 a煤n en el seno de su madre, eliminando el aborto - incluso en sus formas m谩s atroces y expresivas de una suma decadencia del sentido moral 鈥� del cat谩logo de los cr铆menes y delitos punibles por la sociedad. Luego de la legitimaci贸n del aborto ha venido la de la eutanasia, y no se puede negar que existe entre ambas una l贸gica ineludible. A continuaci贸n se ha llegado a las manipulaciones gen茅ticas, cuyas proyecciones son insospechables. No cabe sino felicitarse ante la creciente sensibilidad frente al respeto por la vida, pero no es posible retener un sentimiento de estupor e indignaci贸n ante las diversas formas de atentados contra la vida de inocentes.

Sin embargo, a la luz de la fe, la vida en su sentido pleno y m谩s profundo, es la vida en Cristo y para Dios. "Para mi', la vida es Cristo y la muerte (=corporal) es una ganancia" (Flp.1,21) dec铆a San Pablo, y explicaba su pensamiento expresando que "yo vivo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gal.2,20). Que la vida lejos de Dios no merezca el nombre tal, sino que sea en realidad miseria y muerte, es una de las ense帽anzas n铆tidas de la par谩bola llamada "del hijo pr贸digo" (cfr.Lc. 15,11-32). El muchacho perdulario que vuelve a la casa paterna, al decir de su padre "estaba muerto y ha resucitado" (Ib.v.32). La misi贸n de Jes煤s se puede resumir en sus propias palabras "he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn. 10,10), y 茅l mismo se proclama "camino, verdad y vida" (Jn.14,6). Cuando el Ap贸stol San Pablo afirma con extraordinaria fuerza y crudeza que "todo lo he tenido por esti茅rcol con tal de ganar a Cristo" (Flp.3,8), no hace sino expresar su convicci贸n de que nada tiene valor si significa una contraposici贸n con el Se帽or. Los m谩rtires, puestos en la disyuntiva de perder la vida corporal o la eterna, optaron con sabidur铆a por la muerte corporal: prefirieron perder esta vida para ganar la Vida.

Todo cristiano tiene que permanecer siempre en la perspectiva de la vida eterna y en esa perspectiva debe juzgar y valorar los objetos que se le presentan y las opciones que constituyen la trama de su existencia en libertad. El recuerdo de la muerte no es, pues, una memoria tr谩gica, sino la conciencia de un hecho normal - aunque no por ello menos doloroso - que constituye el paso a la vida eterna, supuesto que la existencia en este mundo haya sido conforme con la ley de Dios. El recuerdo de la muerte es una invitaci贸n a valorar los objetos y, opciones desde la 煤nica perspectiva valedera, es decir la de su coherencia o incoherencia con la voluntad de Dios. La vida temporal no es sino la preparaci贸n o antesala de la vida eterna: Dios nos concede la vida temporal para que merezcamos la eterna que es nuestra verdadera finalidad, la 煤nica finalidad definitiva (ver GS 22) y en raz贸n de la cual debe ponderarse todo lo dem谩s.

La vida eterna no es la sola inmortalidad del alma, sino, en definitiva, la vida en plenitud de todo el ser humano, alma y cuerpo, luego de la resurrecci贸n en el d铆a de la Parus铆a del Se帽or. Esa vida en plenitud ser谩 la expresi贸n de la perfecta armon铆a entre el hombre y Dios, armon铆a que es el resultado de la justificaci贸n y de la gracia que son exactamente lo opuesto al pecado, cuya consecuencia es la muerte (cfr. Gn. 3,19; Rom.5, 12-21). As铆 es no s贸lo leg铆timo sino tambi茅n l贸gico afirmar que toda opci贸n de rechazo del pecado es una opci贸n de vida, como cualquier opci贸n de pecado es, en el sentido m谩s aut茅ntico, una opci贸n de muerte.

3. Los sacramentos, signos de vida.

Es conocida la ense帽anza de Santo Tom谩s de Aquino que afirma que los sacramentos son signos rememorativos de la Pasi贸n de Cristo, demostrativos de la gracia y progn贸sticos de la gloria futura. Todo ello tiene 铆ntima relaci贸n con la vida, pues la muerte de Cristo constituye la victoria sobre el poder del pecado y de la muerte, la gracia es la vida verdadera ya en este mundo, y la gloria es la plenitud definitiva de la vida. Estas tres dimensiones corresponden a todo sacramento, aunque con el matiz propio de la gracia de cada uno de ellos.

Los tres sacramentos de la iniciaci贸n cristiana, "el Bautismo, la Confirmaci贸n y la Eucarist铆a" vienen a ser el inicio, la madurez y el alimento de la vida nueva. Son, por as铆 decirlo, la re-creaci贸n del hombre (Ef.4,24; Col.3, 10; 2Cor.3, 17; Gal.6, 15), el don de la adopci贸n divina y de la participaci贸n en la naturaleza de Dios (2Pd. 1,4; Jn.6,53-57; 15,4-8), el inicio en la tierra de la vocaci贸n a la santidad y a la alabanza de la gloria de la gracia de Dios (Ef.1,3-14). Conviene tener presente que estos tres sacramentos que introducen en la vida de la gracia apuntan ya al destino final y total del hombre 铆ntegro, en su alma y en su cuerpo, destino que es de vida eterna y gloriosa, no s贸lo de inmortalidad del alma, sino de resurrecci贸n corporal. No se puede minimizar el alcance de las expresiones tan concretas de San Pablo: "el cuerpo no es para la fornicaci贸n, sino para el Se帽or" (1Cor.6,13); "驴no sab茅is que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?" (v.15); "驴no sab茅is que vuestro cuerpo es templo del Espiritu Santo, que est谩 en vosotros y hab茅is recibido de Dios, y que no os pertenec茅is?" (v.19); "隆Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo!" (v.20). El Ap贸stol relaciona toda esta argumentaci贸n referida a la castidad cristiana, con nuestro destino de resurrecci贸n que es la proyecci贸n de la resurrecci贸n de Jesucristo (v. 14).

Los sacramentos de la Reconciliaci贸n o Penitencia y de la Unci贸n de los Enfermos constituyen el grupo de los as铆 llamados "sacramentos de la salud", "sanaci贸n" o "curaci贸n" (ver CEC. 1420ss.), porque suponen un grave quebrantamiento, ocurrido despu茅s del bautismo, sea de la salud espiritual, sea de la salud corporal de un cristiano.

La Penitencia mira a la recuperaci贸n de la gracia, a la justificaci贸n "segunda", con vistas a destruir el pecado cuyo efecto es la "muerte" o sea la privaci贸n de la vida en Cristo en esta tierra, de la "deificaci贸n" y, en definitiva, de la posibilidad de acceso a la plenitud de la Vida en la eternidad. El estado de "muerte" en virtud del pecado desemboca, si no hay conversi贸n ni reconciliaci贸n con Dios, en la muerte eterna que afecta al hombre en su integridad. El pecado est谩 relacionado, pues, con un desastre, incluso f铆sico, de la persona y por lo mismo es justo reconocer que la reconciliaci贸n, aunque se refiera en forma directa a la "vida espiritual", tiene, no obstante, un efecto corporal, dir铆amos "som谩tico", y que consiste en devolver la posibilidad concreta de acceder a la vida en Cristo, cuya consumaci贸n es la vida eterna y la gloria de la., resurrecci贸n.

La Unci贸n de los enfermos presupone que se trata de un cristiano ya bautizado, con uso de raz贸n (lo que implica con capacidad para haber podido pecar, siquiera venialmente), y afectado por una enfermedad que pone en peligro su vida, aunque no sea en forma inminente. Llegamos aqu铆 a un punto de especial importancia en la relaci贸n salud - gracia - vida. Queda ahora enunciado para volver m谩s adelante sobre 茅l, pues merece una m谩s detenida consideraci贸n.

Los dos sacramentos del Orden y del Matrimonio son caracterizados como sacramentos que miran en forma especial al orden social de la comunidad cristiana (ver CEC n. 1534ss.). No es que los dem谩s sacramentos tengan solamente una dimensi贸n personal: afirmarlo ser铆a prescindir de la ense帽anza de San Pablo que ve a la Iglesia como "Cuerpo de Cristo" (Rm. 12,5; 1Cor. 10,17; 12,12; Ef.4,16; Col.2,19), y por lo tanto como una realidad comunitaria en la que existe una solidaridad que va mucho m谩s all谩 de una simple membres铆a jur铆dica (ver LO 8 y 9). Todos y cada uno de los sacramentos comunican gracias que beneficean no s贸lo a quien los recibe, sino que enriquecen y afirman los v铆nculos del Pueblo de Dios que son, ante todo, del orden de la vida en Cristo. Si se califican los dos Sacramentos del Orden y del Matrimonio como referidos a la vida social de la Iglesia, ello no es para excluir la dimensi贸n social de los dem谩s sacramentos, sino para afirmar que 茅stos dos juegan un papel especial en la estructura sacramental de la Iglesia.

El Orden comunica la sucesi贸n en el ministerio apost贸lico, el cual asegura una cierta forma de presencia de Cristo en la comunidad a trav茅s del ejercicio, en su nombre y no por decisiones humanas, del ministerio tripartito del anuncio aut茅ntico de la palabra de Dios, de la presidencia "in persona Christi" del culto lit煤rgico, y de la conducci贸n' en nombre de Cristo, de la comunidad eclesial. Ahora bien, como la Iglesia peregrina hacia el Reino de los cielos, que es su plenitud, y como esa peregrinaci贸n no consiste en otra cosa que en el seguimiento de Cristo y en su crecimiento en cada cristiano (Ef. 3,19; 4,13), el ministerio ordenado es un ministerio de vida y de salvaci贸n en el que se entrelazan inseparablemente la dispensaci贸n de los misterios de Dios (1Cor. 1,1; 2Cor.6,2) y el poder de expulsar los esp铆ritus inmundos (Mc.3,15), cuya acci贸n es la ra铆z de la muerte corporal y de la eterna (Gen. 3,16-19; Sb.2,24). No hay que olvidar que la Iglesia ha confiado desde antiguo, a ministros ordenados, el poder de expulsar al demonio de aquellos fieles que han ca铆do en su poder: es la actividad lit煤rgica llamada "exorcismo". Y hay que tener presente que en la acci贸n apost贸lica con respecto a los enfermos, en la que los laicos pueden y deben asumir variadas responsabilidades, corresponde precisa y exclusivamente a los sacerdotes la administraci贸n del Sacramento de la Unci贸n de los enfermos, as铆 como ellos y los di谩conos son los ministros ordinarios del Vi谩tico para los que est谩n prontos a partir de este mundo.

Tambi茅n del sacramento del Matrimonio puede decirse que es "estructurante" de la Iglesia, en el sentido de que la comunidad conyugal refleja la relaci贸n esponsal entre Cristo y su Iglesia. El matrimonio cristiano es un sacramento, es decir una realidad de gracia y por lo tanto de vida en Cristo. Tarea principal铆sima de los esposos cristianos es la de prestarse mutua y., amorosa ayuda en su peregrinaci贸n hacia el Se帽or, apoy谩ndose en forma permanente en la prosecuci贸n del ideal de la santidad, que para los casados debe realizarse necesariamente en el marco de la condici贸n conyugal. Y puesto que la santidad es sin贸nimo de la vida en Cristo en plenitud, es perfectamente l贸gico afirmar que el matrimonio es sacramento de vida, y que apunta no s贸lo a un mutuo apoyo en clave temporal, afectiva y f铆sica, sino que su fruto de gracia debe percibirse necesariamente en un horizonte de vida eterna, precisamente all铆 y cuando se realizan las "bodas del Cordero" de que habla el 煤ltimo de los libros de la Biblia (Apoc.21,9). Lo anterior se deduce de la hermosa ense帽anza de San Pablo en su carta a los Efesios ( ver Ef.5,21-33), y varias expresiones de ese texto permiten afirmar que el Ap贸stol mira a la Iglesia como a una esposa fecunda que por la gracia de Cristo engendra hijos y ciertamente no s贸lo con vistas a su realizaci贸n en este mundo, sino para que respondan a una vocaci贸n de santidad y de eternidad. El papel de los esposos cristianos incluye su responsabilidad, que es propiamente "apost贸lica", hacia los hijos. Se engendran hijos para que lo sean de Dios, miembros de Cristo y de su Iglesia, templos del Esp铆ritu Santo y herederos del Reino de los cielos, es decir, para que tengan vida, no s贸lo vida corporal o intramundana, sino la vida verdadera que no puede ser tal sino en Cristo. As铆 pues, es justo afirmar que el matrimonio es el Sacramento del crecimiento de la Iglesia por la v铆a de la fecundidad natural y sobrenatural de los esposos. Es el sacramento que trae a .,la existencia nuevos miembros de la comunidad de salvaci贸n, llamados a la gracia y a la gloria.

4. El sacramento de la Unci贸n de los enfermos

Como se dijo antes, el beneficiario directo de este sacramento es un cristiano, por lo tanto un bautizado, que ha llegado al uso de raz贸n, y que padece una dolencia que amenaza su vida, aunque no sea en forma inminente. La tradici贸n de la Iglesia considera que la vejez, ancianidad o senectud, se equiparan a la enfermedad. E1 tiempo para administrar este sacramento comienza cuando ya est谩 presente una dolencia que constituye una amenaza para la vida corporal, aunque el desenlace no sea inminente o inevitable. Es un error pastoral y una falta de caridad postergar la administraci贸n de la Santa Unci贸n hasta que el enfermo est茅 ag贸nico, o poco menos, y quiz谩s ya privado de conocimiento. Error pastoral, porque el sacramento da gracias para asumir la cruz de la enfermedad, la que se hace presente desde mucho antes de la inminencia de la muerte. E1 error pastoral se funda, pues, en una concepci贸n equivocada acerca del fruto y de la gracia propia de este sacramento. Tambi茅n hay una falta de caridad, que puede llegar a ser objetivamente grave porque se priva a un cristiano de las gracias sacramentales que tienen precisamente como fruto el de, ayudarlo a asumir, como una forma de su vida en Cristo, la realidad de la enfermedad o de la ancianidad.

El Catecismo de la Iglesia Cat贸lica ense帽a que "la gracia especial del sacramento de la Unci贸n de los enfermos tiene como efectos:

- la uni贸n del enfermo a la Pasi贸n de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;

- el consuelo, la paz y el 谩nimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;

- el perd贸n de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la Penitencia;

- el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud

espiritual;

- la preparaci贸n para el paso a la vida eterna" (CEC n. 1532).

La enfermedad es una realidad que resulta ambivalente en orden a la salvaci贸n. Puede vivirse en 铆ntima uni贸n con Cristo en su dolorosa Pasi贸n, en esp铆ritu de penitencia y de ofrenda, con paciencia y serenidad. Pero puede tambi茅n vivirse, desgraciadamente, con rebeld铆a hacia Dios e incluso con desesperaci贸n, con impaciencia, sin pensar en la Pasi贸n de Cristo, con dudas de fe o con desconfianza en la misericordia de Dios. El primero de los modos descritos de vivir la enfermedad es precisamente "vivirla en Cristo", vivirla como una situaci贸n salv铆fica, vivir la cercan铆a del t茅rmino de la peregrinaci贸n, terrenal con los ojos de la fe; puestos en la bienaventuranza y en la Casa del Padre. Esa vivencia supone vencer la innata dificultad y repugnancia a aceptar el dolor y la muerte, dificultad que no s贸lo radica en nosotros mismos, sino que puede ser acrecentada por la acci贸n de Satan谩s, interesado en conseguir que el hombre cristiano termine su existencia terrenal desconfiando del amor de Dios, rechaz谩ndolo o sinti茅ndose rechazado por El. Tal victoria no puede ser sino el fruto de la gracia de Dios, cuyo canal ordinario en la econom铆a cristiana y para las circunstancias de la enfermedad es el sacramento de la Unci贸n de los enfermos.

La experiencia de la enfermedad o de la senectud hace recordar la realidad que asumi贸 Jes煤s que, siendo Hijo de Dios, se anonad贸 y tom贸 una naturaleza humana en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado, y se humill贸 hasta sufrir la muerte, y muerte de cruz, y por eso e Padre lo glorific贸 y le di贸 un nombre sobre todo nombre (ver Flp.2,6-9). La enfermedad y la vejez son humillaciones que ponen al hombre ante lo vano del sentimiento de

autosuficiencia y lo invitan a poner su confianza s贸lo en Dios. Es una purificaci贸n dolorosa que constituye una pedagog铆a de humildad que se inscribe en la basilar doctrina cristiana de la insuficiencia de las fuerzas puramente humanas para alcanzar la salvaci贸n, as铆 como en la de la fuerza victoriosa de la gracia, "capaz de hacer de las mismas piedras hijos de Abraham" (Mt.3,9; Lc.3,8), "porque para Dios nada hay imposible" (Lc. 1,37; 18,27).

La doctrina de la Iglesia se帽ala como uno de los frutos de la Unci贸n de los enfermos una profunda "purificaci贸n" del alma de quien recibe este sacramento (ver DS. 1696). 驴C贸mo entender esta "purificaci贸n"? Quiz谩s pueda servir la comparaci贸n con las cicatrices que dejan las heridas corporales. La cicatriz no es de suyo una enfermedad, no es dolorosa, ni suele desarrollarse en forma que amenace la salud. Pero no es bella, afea, es una falta de armon铆a que da testimonio de un "desorden" pasado. Ser铆a ingenuidad creer que los pecados personales, sobre todo aquellos que constituyeron "h谩bitos", pasan sin dejar rastro. Es posible que una conversi贸n viv铆sima, dolorosamente amorosa, pueda extirpar totalmente las secuelas del pecado. Pero los arrepentimientos no suelen ser tan vivos, ni tan dolorosos, ni tan amorosos y por eso se hace necesario un nuevo don de Dios, un don de gracia que venga a remediar la debilidad o la imperfecci贸n de la conversi贸n: es el don que llega a trav茅s del sacramento de la Unci贸n de los enfermos que produce su fruto seg煤n la disposici贸n de quien lo recibe.

El sacramento de la Unci贸n de los enfermos produce algunos de sus efectos en relaci贸n con el estado presente de enfermedad que se sufre y para sufrirlo cristianamente. Otros de sus efectos miran a obtener la justificaci贸n si no se pudo obtener por el sacramento de la Penitencia. Finalmente hay efectos que miran principalmente a adquirir la necesaria disposici贸n para poder entrar en la bienaventuranza eterna y contemplar cara a cara la belleza inefable de Dios.

Como la enfermedad muchas veces cede y el hombre recobra la salud, puede suceder que se reciba la Unci贸n m谩s de una vez en la vida, en el supuesto que vuelva a aparecer una enfermedad, o que la que exist铆a se agrave. As铆, la Santa Unci贸n es tambi茅n un sacramento de vida: para vivir en Cristo la situaci贸n de la vida corporal amenazada, para hacer part铆cipe a todo el Cuerpo de Cristo del fruto de la personal vivencia de la Pasi贸n, y para introducir, a trav茅s de la humillaci贸n y de la provisoria destrucci贸n corporal asumidas con realismo de fe, en la vida eterna y en la gloria de la resurrecci贸n. El cristiano gravemente enfermo debe recibir los sacramentos de la Penitencia, de la Unci贸n de los enfermos y de la Eucarist铆a como Vi谩tico. El Cuerpo de Cristo resucitado y glorioso recibido en esa circunstancia es precisamente la prenda y garant铆a de la resurrecci贸n que aguarda al cristiano en el d铆a de la Parus铆a, cuando ser谩 destruido el 煤ltimo enemigo, que es la muerte (1Cor.15,26).

"Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplir谩 la palabra que est谩 escrita: ..La muerte ha sido devorada en la victoria. 驴D贸nde est谩, 隆oh muerte! tu victoria? 驴D贸nde est谩, 隆oh muerte! tu aguij贸n?禄. El aguij贸n de la muerte es el pecado y la fuerza del pecado, la ley. Pero, 隆gracias sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Se帽or Jesucristo!" (1Cor. 15,53-57).

Roma, 7 de noviembre de 1997.

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