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Cardenal Jorge Medina Est茅vez, Homil铆a durante la misa de la toma de posesi贸n de la Diacon铆a de San Sabas, Roma
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Homil铆a del Cardenal Jorge A. Medina Est茅vez, di谩cono de San Sabas

Homil铆a durante la misa de la toma de posesi贸n de la Diacon铆a de San Sabas, Roma

Cuando, en 1963, durante la Semana Santa, hice mi primer viaje a Tierra Santa, visit茅, no lejos de Jerusal茅n, con gran admiraci贸n el antiqu铆simo Monasterio de San Sabas admir茅 el magn铆fico espect谩culo de las grutas excavadas en la roca y de otras construcciones sostenidas por pilares de unos 30 metros de altura, morada hasta hoy de monjes orientales, herederos espirituales de San Subas, que en aquel lugar 谩spero y desnudo pasan sus d铆as entre la plegaria y los m谩s humildes trabajos. En las paredes del desfiladero se pueden ver todav铆a las grutas, en parte naturales y en parte excavadas por los monjes, que a lo largo de los siglos han acogido a los eremitas que buscaban el m谩s absoluto silencio para poder as铆 escuchar mejor en su interior la palabra de Dios que conduce a los hombres a la intimidad con la Majestad Soberana de Aquel que es Padre, Hijo y Esp铆ritu Santo, Dios 煤nico, eterno, omnipotente, inagotable, que es nuestra vida, la luz que ilumina nuestra peregrinaci贸n, la fuerza vencedora del pecado y de la muerte, nuestra 煤nica plenitud posible y alegr铆a inalienable.

Algunas veces los monjes y los eremitas de San Sabas pagaron con su propia vida la fidelidad a la fe cat贸lica y a la vida mon谩stica. Es as铆 como visitando una de las capillas del monasterio, me di cuenta que en uno de los muros hab铆a una peque帽a gruta, llena de cr谩neos. Pregunt茅, al monje que me acompa帽aba, qu茅 eran aquellos restos humanos, y me explic贸 con gran sencillez y naturalidad que pertenec铆an a los santos monjes que hab铆an perdido la vida durante una de las crueles persecuciones desencadenadas, hace ya tantos siglos, contra la comunidad mon谩stica de San Sabas.

Al hacer aquella visita a la Gran Laura de San Sabas, en la profunda garganta del Cedr贸n que desciende hacia el Mar Muerto, estaba yo muy lejos de imaginarme que 35 a帽os despu茅s el Papa me nombrar铆a Cardenal de la Santa Iglesia Romana y me conceder铆a este t铆tulo diaconal de San Sabas, tan profundamente unido al recuerdo de ese santo monje, cuyos disc铆pulos se establecieron aqu铆 en el ya lejano siglo s茅ptimo. Los caminos del Se帽or son desconcertantes e imprevisibles, y aqu铆 estoy tomando posesi贸n can贸nica de esta venerable Bas铆lica. Hago un "recuerdo" de mi predecesor como Cardenal Di谩cono de San Sabas, el Eminent铆simo Se帽or Cardenal Jean-J茅r么me Hamer, O.P., que me honr贸 con su amistad y que el Se帽or llam贸 el a帽o pasado a gozar para siempre de su presencia en la Jerusal茅n celestial. Ofrezco este santo sacrificio de la Misa en sufragio por su alma, pidiendo al Se帽or que le conceda la visi贸n de su belleza suma y que en el 煤ltimo d铆a de este mundo conceda a sus restos mortales la gloria de la resurrecci贸n.

San Sabas, fue, ante todo, un monje. Vivi贸, seg煤n parece, del 439 al 532, m谩s de 90 a帽os, y toda su vida estuvo caracterizada por lograr la renuncia de las cosas pasajeras y por el deseo de conseguir un clima de silencio en el que pudiera ir creciendo cada vez m谩s en la vida de oraci贸n, apuntando con todo su ser hacia la contemplaci贸n de las cosas que no pueden verse con los ojos de la carne, pero que son el fundamento, el contenido y la explicaci贸n de cuanto podemos ver.

Hoy es la festividad de la Ascensi贸n del Se帽or al cielo. La antigua oraci贸n colecta de la Misa de esta solemnidad ped铆a al Padre celestial la gracia de poder habitar tambi茅n nosotros espiritualmente en este mundo en las realidades celestiales, ya durante nuestro peregrinar terreno. La fiesta de la Ascensi贸n nos habla, pues, de las realidades invisibles y lo hace ciertamente no para despreciar las realidades de este mundo, salidas tambi茅n ellas de la mano de Dios, sino para no perder jam谩s el sentido de aquello que es definitivo, para poder siempre juzgar y valorar todas las cosas a la luz de aquello que nunca pasar谩. Entre la Ascensi贸n del Se帽or Jes煤s y el mensaje de la vida de San Sabas, buscador incansable de la soledad para poder sumergirse m谩s libremente en la oraci贸n, existe una relaci贸n profunda e iluminadora.

Recordemos pues algunas cosas sobre la oraci贸n.

La oraci贸n no es un adorno accidental de la vida cristiana, sino por el contrario, un elemento necesario de ella, tanto a nivel comunitario, como para cada una de las personas que pertenecen a ella. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Cat贸lica: "Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Esp铆ritu caemos en la esclavitud del pecado (Ga.5,16-25). 驴C贸mo puede el Esp铆ritu Santo ser 芦vida nuestra禄, si nuestro coraz贸n esta lejos de 茅l? Nada vale como la oraci贸n: hace posible lo que es imposible, f谩cil lo que es dif铆cil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar [S. Juan Cris贸stomo, Anua 4,5]" (CCC 2744).

"Oraci贸n y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio del amor del Padre. . . 芦Ora continuamente el que une la oraci贸n a las obras y las obras a la oraci贸n. S贸lo as铆 podemos encontrar realizable el principio de la oraci贸n continua禄 [Or铆genes, or. 12]" (CCC 2745). " Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jes煤s, quiere de vosotros . No exting谩is el Esp铆ritu . .. " (1 Tes.5, 17-19). "Siempre en oraci贸n y s煤plica, orando en toda ocasi贸n en el Esp铆ritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos" (Ef.6 18). "Recitad entre vosotros salmos, himnos y c谩nticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro coraz贸n al Se帽or, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Se帽or Jesucristo" (Ef. 5, 19s.).

La oraci贸n forma pues parte del "programa" del disc铆pulo de Cristo. Un "plan de vida" cristiano no puede, en absoluto, prescindir de los tiempos de oraci贸n. San Hip贸lito Romano, en su peque帽o y 谩ureo librito "La Tradici贸n Apost贸lica", nos informa que los cristianos de Roma rezaban, hacia finales del siglo II o inicios del siglo III, siete veces al d铆a y una de ellas era a medianoche. Habla de los cristianos, del Pueblo de Dios, no del clero. San Juan Cris贸stomo dice que: "es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oraci贸n. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina "[S. Juan Cris贸stomo, ecl. 2] (CCC 2743). Ahora bien, es la humildad la base de la oraci贸n, ella es la disposici贸n necesaria para recibir el don de la oraci贸n (CCC 2559). "... Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jes煤s tiene sed, su petici贸n llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oraci贸n, sep谩moslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El"[S.Agust铆n, quaest.64,4] (CCC 2560). As铆 podemos entender que la condici贸n de creatura es lo que est谩 en la base de la oraci贸n. Es evidente que el orgulloso no puede orar, es decir el hombre satisfecho de s铆 mismo, el autosuficiente, todo aquel que no quiere reconocerse como "un mendigo de Dios" [cfr. S.Agust铆n, serm. 56,9] (CCC. 2559). Quien se reconoce creatura, sabe que ha surgido de la nada por un designio gratuito de Dios y que El lo envuelve con su fuerza y con su amor, sin que nunca podamos salir de su 贸rbita: "En 茅l vivimos, nos movemos y existirnos" (Hech.17,28). Por ello la oraci贸n no debe considerarse como un mandamiento solamente externo, impuesto desde fuera, sino como una necesidad que brota del coraz贸n del hombre. Puesto que el hombre lleva impresa la imagen de Dios, conserva, a煤n sin saberlo, el deseo de Aquel que lo ha llamado a la existencia y a la felicidad. Dios, que ha creado el hombre a semejanza suya, le ha dado, al mismo tiempo, el deseo de tener hambre de 茅l: 茅l mismo llama incesantemente a toda persona al encuentro misterioso de la oraci贸n; el amor fiel de Dios da siempre el primer paso en la oraci贸n, de manera que el paso del hombre es una respuesta al don de ser acogido por Dios, al don de Dios que se le ha revelado en su Hijo, Jesucristo.

Diversas tentaciones ponen obst谩culos a la perseverancia en la oraci贸n, porque el diablo sabe que el abandono de la oraci贸n es una gran ventaja para su obra de mentira y de perdici贸n.

Quiz谩 la tentaci贸n m谩s frecuente es la de convencerse de que no tenemos tiempo suficiente para orar. Es un enga帽o. Si estuvi茅ramos convencidos de que algo es verdaderamente importante, seguramente encontrar铆amos para ello el tiempo necesario. Detr谩s de esta tentaci贸n est谩, pues, la falta de convencimiento sobre la indispensable necesidad de la oraci贸n. Si alguien piensa que la oraci贸n es in煤til, 驴c贸mo pedirle que encuentre tiempo para orar?

Otra de las tentaciones consiste en llevar un tipo de vida lleno de preocupaciones vanas, de ruidos, de habladur铆as, de curiosidad desenfrenada del af谩n de tener ocupados nuestros sentidos. Sin un m铆nimo de silencio interior y exterior la oraci贸n se hace imposible. El amor al silencio es condici贸n indispensable para orar: el mismo Jes煤s buscaba el silencio y la soledad para orar y aconseja a sus disc铆pulos encerrarse en su propia habitaci贸n, lejos del ruido, para poder orar. Hoy d铆a estos ruidos tienen una expresi贸n concreta en el abuso de la televisi贸n, para la cual siempre hay tiempo.

Tal vez la 煤ltima de las tentaciones es creer que la misma vida es una oraci贸n y que, por tanto, no es preciso dedicar un tiempo particular a la plegaria. El ejemplo de Jes煤s nos hace ver que nuestra naturaleza humana tiene necesidad de momentos vac铆os de cualquier otra preocupaci贸n a fin de que la oraci贸n pueda empapar el alma y vivificarla con el contacto con Dios.

San Sabas experiment贸 estas tentaciones y dificultades, pero no se dej贸 vencer por ellas. Su vida fue una incansable b煤squeda de la oraci贸n, expresi贸n de su sed de Dios. Pidamos su intercesi贸n y sea para nosotros un acicate su ejemplo, a fin de ser hombres y mujeres de oraci贸n. As铆 buscaremos la gloria de Dios y no la nuestra; as铆 tendremos nuestros corazones centrados en las cosas definitivas; as铆 seremos capaces de ver en nuestro pr贸jimo el rostro de Jes煤s. As铆 huiremos de las apariencias y nuestros corazones permanecer谩n 铆ntimamente adheridos al Se帽or, a su Evangelio y a su gracia, con la esperanza de poder llegar un d铆a a contemplar la silenciosa belleza de la Trinidad.

Am茅n.

Roma, 24 de mayo de 1998

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