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Mons. Alberto Brazzini Diaz-Ufano, El Papa y la crisis de los rehenes
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El Papa y la crisis de los rehenes

(Publicado en la página editorial de "El Comercio" de Lima, Perú, el martes 31 de diciembre de 1996)

Mons. Alberto BRAZZINI DIAZ-UFANO

Las recientes palabras de aliento que el Papa Juan Pablo II ha enviado al Perú en medio de la dramática crisis de los rehenes, han demostrado uno vez más la profunda preocupación y el afecto que el Sumo Pontífice tiene por nuestro país. Al mismo tiempo, han evidenciado la sorprendente capacidad del Papa para comprender y describir, con palabras sencillas y atinadas, lo esencial de un drama humano que no pocas veces, para desconcierto de la gran mayoría de peruanos, ha sido tocado de manera imprecisa o ambigua, cuando no centrada en aspectos secundarios o anecdóticos.

El mensaje del Santo Padre es ante todo, un llamado enérgico a la esperanza, a una esperanza activa que debe traducirse en la defensa radical de la dignidad y los derechos humanos, y debe traducirse también y a la vez en oración constante e intensa. Todo esto debe llevarnos a un esfuerzo común, según las posibilidades de cada uno, por poner fin a esta situación injusta y dramática.

Al mismo tiempo, con sus palabras, el Papa arroja un rayo de luz para comprender mejor este drama, oscurecido muchas veces por tantas versiones, intervenciones y lecturas contradictorias, a veces inspiradas por una buena intención mal encaminada, otras en cambio, por protagonismos o cálculos políticos que son de lamentar en un momento como éste.

"Profundamente unido en esta hora a la Nación peruana", decía el Santo Padre, refiriéndose a la toma de rehenes en la residencia del embajador japonés por parte de los terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, "no puedo dejar de lamentar un medio de coacción tan cruel e inmoral, recordando al mismo tiempo a todos que la violencia no construye el porvenir de un pueblo".

Es evidente, a la luz de las palabras del Santo Padre, que el acontecimiento que todos lamentamos es, sobre todo un acto de violencia cruel. Una crueldad que consiste en convertir en objetos de estrategia política e ideológica a seres humanos inocentes, sin más argumentos que la fuerza y las armas. Una crueldad que consiste en conculcar no sólo la libertad sino también la dignidad de seres humanos que han sido reducidos a piezas prescindibles de un arbitrario juego, en razón de cosas tan contingentes como el puesto que desempeñan o la nacionalidad que poseen.

La caridad cristiana, que nos invita a amar y perdonar a todos por igual, sólo puede vivirse en la verdad. Y la verdad es que, en estas circunstancias, no es posible afirmar que los emerretistas respetan los derechos humanos cuando sus cortesías para con los rehenes se producen en el contexto de la privación de la libertad y el irrespeto a la dignidad de las personas. Tampoco tienen derecho a hacer recaer toda la responsabilidad de la seguridad de los rehenes en la fuerza pública, cuando son ellos quienes los retienen contra su voluntad y bajo amenaza.

El Santo Padre, con profundo pesar, también define la toma de rehenes en la residencia del embajador japonés como un acto inmoral. Con esta palabra, el Santo Padre quiere dejar en claro que se trata de un acto cuya maldad es injustificable. La pobreza o la injusticia, aun siendo dramáticamente reales, no son en ningún modo razones valederas para cometer actos violentos e injustos cuando existen múltiples caminos válidos y viables.

Los pobres, sin lugar a dudas, desean y reclaman con todo derecho un cambio de la situación en la que viven, una transformación de la sociedad. Pero es evidente que son ellos quienes desean más que nadie que el cambio se produzca sin violencia, sin agresiones, sin generar mayores injusticias, sin atropello de los derechos humanos. Ningún grupo humano por tanto, puede, con métodos criminales, arrogarse el derecho de representar a un pueblo que rechaza masivamente la violencia y que desea la paz.

Los obispos del Perú hemos repetido insistentemente que sobre los medios de comunicación pesa una responsabilidad enorme en el proceso de construir una sociedad justa y solidaria. Este dramático momento es una de aquellas ocasiones en la que este papel fundamental se hace evidente. Es urgente pedir a los medios no sólo ecuanimidad y objetividad, sino también claridad y firmeza en la manera como se informa y se comenta este acto repudiable y sin justificación.

A las autoridades les corresponde seguir actuando con firme prudencia, demostrando con su respeto por la vida, su superioridad moral.

A los captores les pedimos que busquen en su interior y en la gracia de Dios la fuerza para cambiar de camino y demostrar con la liberación incondicional de los rehenes la grandeza de saber reparar la injusticia cometida.

Y a nosotros, los peruanos todos, nos cabe promover la paz y la reconciliación nacional en todos nuestros actos, a la vez que respondemos a la invitación con la que el Santo Padre concluyó su mensaje: "Os pido que os unáis a mi oración, para que el Señor ilumine la mente y convierta los corazones de quienes se han hecho responsables de una iniciativa tan deplorable".

Este acontecimiento tan triste ha hecho renacer y poner en evidencia la profunda piedad y la confianza en Dios que subyacen en el alma de nuestro pueblo. Sea esta oración, unida al esfuerzo por la justicia y la paz, vividos por cada uno en su propio ambiente, la gran riqueza en medio de este momento difícil de prueba.

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