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Cardenal Camillo Ruini, Mensaje del Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana con ocasión de la reunión de su Consejo Permanente
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Mensaje del Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana con ocasión de la reunión de su Consejo Permanente el 21 de enero de 1999

Cardenal Camillo Ruini
Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana

Venerados y queridos hermanos,

Este primer encuentro del nuevo año se realiza a poco de la Asamblea General de Collevalenza, y tiene en el propio orden del día la actuación de las orientaciones allí surgidas acerca de la educación de los jóvenes en la fe. Agradecemos al Señor por el trabajo desarrollado en aquella Asamblea y le pedimos bendiga también estas jornadas de reflexión común, haciéndonos gustar los frutos de la fraternidad episcopal.

1. Dirigimos, como siempre, nuestro saludo devoto y afectuoso, ante todo al Santo Padre. En los meses anteriores él ha presidido el penúltimo de los Sínodos continentales preparatorios al Jubileo, aquél dedicado a Oceanía, y el viernes próximo iniciará el viaje apostólico a México y los Estados Unidos, en el curso del cual tendrá lugar la entrega de las conclusiones del Sínodo de América: queda así por celebrar, en vistas al 2000, solamente el Sínodo europeo, al cual nos estamos preparando.

El domingo 29 de noviembre, antes de Adviento, al publicar la Bula Incarnationis Mysterium, de inducción al gran Jubileo, el Papa nos ha invitado nuevamente a pasar a través de aquella puerta que es Cristo, la cual sola "abre de par en par el ingreso en la vida de comunión con Dios" (Incarnationis mysterium, 8). Es este el sentido de todo el camino preparatorio a la cita del 2000, tal y como el Papa lo ha concebido y lo está conduciendo: la renovación de la fe y la conversión de los corazones.

El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz se refirió este año de manera peculiar al 50° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Esta gran temática atraviesa verdaderamente todo el actual Pontificado, desde su primera Encíclica Redemptor Hominis, y ha encontrado en Juan Pablo II el testigo mas creíble y el intérprete más clarividente. Nunca él se ha resignado a subordinar estos derechos a las circunstancias y a las conveniencias políticas o económicas. Nunca ha aceptado dividir unos de los otros, o quizá enfrentar unos en contra de otros. Nunca ha renunciado a proclamar y reivindicar de manera integral todos aquellos derechos, comenzando por el derecho a la vida, que más fácilmente son negados en la práctica o aun puestos en tela de juicio en sus principios. Por el contrario, constantemente ha reconducido estos mismos derechos a su fundamento trascendente, el único en el que pueden encontrar plena y permanente consistencia. (cfr. Gaudium et spes, 21)

2. En el itinerario de preparación al Jubileo, 1999 es el año dedicado a Dios Padre. "Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida": este grito de alegría, de gratitud y de invocación del salmista (Sal 116, 9) expresa también hoy la necesidad primera y más radical de la Iglesia y de la humanidad. La presencia vivificante de Dios, creadora y salvífica, nos precede, nos sostiene, nos acompaña, nos recupera a cada instante. Pero el gran reto, para nosotros, es estar a nuestro regreso, con sincero corazón, en esta presencia. Y ello pasa, indudablemente, a través del ejercicio de la oración y de una actitud constante de oración. De hecho para esto es necesaria una opción fuerte, una conversión siempre renovada, que es obra de Dios en nosotros antes que obra nuestra.

El contexto social en el que vivimos y la atmósfera moral, cultural y espiritual que respiramos hacen particularmente aguda esta exigencia de conversión continua y de profunda formación interior: no sólo para los ritmos acuciantes y los estímulos distractores de la vida cotidiana, y menos solamente por la presión ejercida por la carrera por el éxito, por el consumismo y en particular por el erotismo violentamente ostentado. En formas más sutiles y frecuentemente inconscientes, no es menor el peso de aquella incertidumbre y aquel escepticismo que se apoderan de gran parte de la cultura y que penetran sutilmente también en la búsqueda de espiritualidad que ha tomado nuevo vigor en estos años.

En relación a esto, interviniendo en el "Forum" sobre católicos italianos y horizontes europeos, he arriesgado una comparación: así como aquel predominio cultural que el marxismo ha tenido en los últimos decenios, también y específicamente en nuestro país, ha sido seguido por una caída tan rápida, atribuible a múltiples causas, pero ciertamente también al carácter reductivo de su antropología (cfr. Centesimus annus, 13), análogamente se puede hipotetizar que el actual predominio de un pluralismo indiferenciado y tendencialmente escéptico, o incluso nihilista, se muestre a su vez pasajero. En efecto, es verdad que este pluralismo tiene raíces más capilares, en comparación con el marxismo, en la vivencia social hodierna de países como Italia; pero es también verdad que se descubre en aquél una antropología fuertemente reductiva, y no raramente una renuncia a ofrecer una perspectiva cualquiera de sentido, lo que no debería poder apagar por largo tiempo las necesidades y las esperanzas de la gente. Lo que no quita que los daños ocasionados por el difundirse de ciertas mentalidades y actitudes puedan sobrevivirles y prolongarse en el tiempo, como ha sucedido en el resto de países ex-comunistas, donde se expían todavía las consecuencias de una pesada desestructuración ética y antropológica.

En cualquier caso, como cristianos estamos llamados a aquella perseverancia en la fe y en la adhesión a Dios a la que nos invita la palabra del Antiguo y del Nuevo Testamento y, con la perseverancia, a la confianza en la obra del Espíritu Santo, que abre siempre nuevos resquicios de vida y de salvación en los itinerarios tantas veces oscuros y tormentosos de la historia. Basados en esta confianza y perseverancia es posible aprovechar a nuestra vez las oportunidades que se presentan y construir itinerarios que nos ayuden a nosotros mismos y a nuestro prójimo a vivir en la presencia de Dios dentro del mundo socio-cultural del hoy y del mañana, buscando modificarlo y renovarlo en sentido cristiano. En vista de esta gran tarea es más fácil percibir la profunda unidad que vincula entre ellos a la oración, al testimonio operante del amor cristiano y al trabajo de la inteligencia para comprender y orientar a la luz de la fe la realidad compleja y cambiante dentro de la que vivimos.

En particular, dada la rapidez de los cambios culturales y las dificultades de la vida familiar y de las relaciones entre las generaciones, se confirma la peculiar necesidad de un fuerte dinamismo educativo por parte de las comunidades cristianas sobre la cual hemos insistido en la Asamblea de Collevalenza. Contextualmente, tomamos en serio el problema de lograr traducir los valores cristianos en imágenes persuasivas y concretas y en propuestas de vida. En relación con esto, noticias de una experiencia feliz y altamente significativa nos llegan del Encuentro europeo de jóvenes, animado por la Comunidad de Taizé, del 28 de diciembre al 1° de enero en Milán: un encuentro con el lema de la oración y de la acogida, que ha visto profundamente unidos en la alegría de la adhesión a Cristo a jóvenes de diversas nacionalidades y confesiones y que ha mostrado la inmensa hospitalidad de tantas familias milanesas y lombardas.

3. Queridos hermanos, la Jornada para la profundización y el desarrollo del diálogo entre católicos y hebreos, celebrada ayer y dedicada al año jubilar en la Sagrada Escritura, tiene para nosotros un sentido particularmente comprometedor especialmente porque se coloca en el año dedicado a Dios Padre: aquel Padre rico en misericordia que se reveló a Abraham, a Moisés, a los grandes Profetas del pueblo de Israel. Por lo tanto, el diálogo interreligioso con este pueblo, al que nos llama especialmente en este año la Tertio Millenio Adveniente (n.53), asume un carácter y una dimensión totalmente singular: caminar en la presencia de Dios, del único Dios, verdadero y salvador, es el don y la tarea, extraordinariamente grande, que nos reúne.

También la Semana de oración para la unidad de los cristianos, iniciada hoy, insiste en nuestra relación con Dios, haciendo referencia a Ap 21,3: "…y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios". La tensión hacia la plena unidad del pueblo de la nueva alianza se hace cada vez más fuerte en nuestras Iglesias y el Papa, en la Bula Incarnationis Mysterium (n.4), llama de nuevo y subraya otra vez, con pasión, "el carácter ecuménico del Jubileo" y la tarea que de ello deriva para nosotros y para todos los cristianos. No podemos esconder, por otra parte, las dificultades que continúan haciendo tormentoso este camino. Las más recientes se refieren particularmente a las relaciones entre algunas importantes Iglesias ortodoxas y el Consejo Ecuménico de las Iglesias: pero nos atrevemos a esperar que estas dificultades no afecten sino que puedan ser un reclamo eficaz a aquel criterio principal del genuino ecumenismo que es la plena adhesión a Cristo en la fe profesada y vivida, convirtiendo a Él las tendencias de la cultura y de la costumbre; y no, por el contrario, doblegando a éstas los contenidos de la propuesta cristiana.

4. Seguimos con afecto y con viva solicitud pastoral el camino que Italia está recorriendo, unidos como siempre al Santo Padre, que hace unos días recibió al nuevo Presidente del Consejo de Ministros. Este camino, a decir verdad, continúa siendo variado y de interpretación no fácil. El inicio, a comienzos del año, de la moneda única europea, ha sido saludado en nuestro país con aprobación y satisfacción de especial intensidad. Al tiempo no se pueden ignorar un malestar y un descontento difundidos y atribuibles a causas múltiples.

Los acontecimientos políticos tienden a hacerse cada vez más complicados y las posibles metas de nuestra larga transición parecen alejarse cada vez más: no nos sorprende que el interés y la participación en la vida política se atenúen y disminuyan. Un factor que arrastra en esta dirección es también el olvido en el que parecen caer fácilmente los propósitos más comprometidos de reforma y renovación, como han denunciado en estos días los semanarios católicos del Noreste a propósito de la valorización de las autonomías territoriales.

El cuadro se hace más preocupante cuando las personas, las familias, las categorías sociales, las poblaciones residentes en un territorio se sienten concretamente amenazadas o en dificultades en sus necesidades e intereses primarios. Ya en tantas ocasiones hemos llamado la atención, uniendo nuestra voz a muchas otras, acerca del problema del trabajo y de las perspectivas para los jóvenes: ello es verdaderamente un gran reto que está ante nosotros y que debe movilizar las consciencias y las energías. La capacidad de generar un sano desarrollo económico y social, con nuevas y no ficticias posibilidades y oportunidades de ocupación, así como el detener e invertir las tendencias actuales a la pobreza de no pequeñas partes de la población serán sin duda un indicador auténtico de la validez y de la eficacia de la misma construcción europea: todo ello reclama apertura a la innovación, voluntad de iniciativa, calificación cultural y profesional, coraje y solidaridad.

El desenvolvimiento de la situación obliga además a tomar nota de otra creciente, y no raramente dramática, fuente de dificultades, que toca de manera directa la seguridad personal del ciudadano común, la tutela de su vida, de sus bienes, la libertad de salir de casa aun en la noche, la tranquilidad al abrir la puerta de la propia casa. En estos días Milán ha sido justamente el centro de la atención porque ha sido afectada por una serie terrible de homicidios, pero las crónicas de los últimos años muestran que este problema aproxima cada vez más al Sur y el Norte, las ciudades y los campos, con una trama de criminalidad organizada y la así llamada "pequeña" (pero que ciertamente no es tal para quien la sufre) y con un desprecio, o una ausencia, de cualquier referencia moral que haga comprender cuán profundas y oscuras son las raíces de la crisis.

No es extraño entonces que, en relación a las actitudes de los italianos, se hable de "expectativas decrecientes" y que el riesgo de la resignación se mezcle con el de una protesta indiferenciada y al final estéril. Para reaccionar son indispensables ciertamente aquellas intervenciones que se invocan de parte de tantos, para un control más efectivo del territorio y para devolver la certeza a la sanción de los delitos. A un nivel más profundo, es necesaria una conciencia renovada de la responsabilidad moral de las personas, no reducible a los innegables condicionamientos sociales, y de la diferencia objetiva y permanente entre el bien y el mal. Pero es también esencial que este despertar moral sea percibido como algo que interpela a cada uno desde dentro y que lo empuja a ser agente de justicia y de fraternidad.

Quisiera recordar aquí una palabra de J. Huizinga que nos ayuda a no perder de vista aquel tanto de bien que atraviesa, por lo demás sin clamores, la vida y la historia, y así afrontar con valentía consciente el surgimiento del pecado y del delito: "Sin dejarse turbar por la insensatez y por la violencia, una gran crecida de hombres de buena voluntad pasa a través de nuestra época y cada uno de ellos trabaja por construir el futuro como le es dado. Ellos viven en una zona espiritual, donde no llega la maldad de los tiempos y en la que la mentira no tiene lugar." Como creyentes en Cristo sabemos bien de dónde viene esta capacidad de resistencia espiritual: de ello ha sido testigo ejemplar Don Graziano Muntoni, el sacerdote asesinado la vigilia de Navidad en Orgosolo, después de haber gastado la vida en hacer el bien al prójimo y especialmente en educar bien a los jóvenes.

5. Una contribución fundamental y no sustituible para hacer crecer en las personas la capacidad de amar y de escoger el bien, y para ayudarle a no extraviarse entre las dificultades y las durezas de la vida, viene ciertamente de las familias que se mantienen fieles a la propia misión y a su auténtica índole. Por esto, como Iglesia y como Obispos, nos sentimos profundamente comprometidos en el vasto campo de la pastoral familiar, comenzando por la preparación remota al matrimonio y buscando alcanzar y proteger al número más grande posible de familias; estimulando además a las familias mismas a promover el desarrollo de contextos sociales y culturales favorables a ellas. A cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas, administrativas, en la economía, en el trabajo, en la formación de la opinión pública, renovamos la invitación cordial a considerar con objetividad el gran rol que la familia desempeña en el tejido social italiano y a tomar decisiones consecuentes y previsoras. También la propuesta de ley sobre la fecundación médicamente asistida, que regresa ahora al examen del Parlamento y que es necesaria y urgente para colmar un vacío normativo que el desarrollo de las tecnologías hace cada vez más peligroso, está formulada en términos que salvaguardan la familia fundada en el matrimonio, y junto a esta, el respeto a la vida humana, desde su estado inicial.

La necesidad de un mayor compromiso en el ámbito de la formación y de la educación ha sido hace tiempo advertida como una exigencia global, en vistas al desarrollo integral de nuestro país, y dentro de este cuadro aparece el pedido de un mejoramiento cualitativo de la oferta educativa escolar; a obtenerlo están encaminadas varias iniciativas parlamentarias y de gobierno. Un elemento esencial para alcanzar estos objetivos es la apertura al aporte de las iniciativas libres -ciertamente no sólo católicas-, que está bajo el nombre de paridad en un sistema escolar integrado, en el cual son justamente garantizados niveles adecuados de formación.

En los últimos meses hemos asistido desgraciadamente a una serie de manifestaciones, tomas de posición e intervenciones, también de parte de calificados hombres de cultura, que niegan la legitimidad misma de cualquier financiamiento público de la escuela privada, en base a una lectura extensiva y simplista de la fórmula "sin gravamen para el Estado", que no toma en cuenta el sentido dado a estas palabras por los mismos Constituyentes, y realizando un curioso vuelco de perspectivas, en virtud del cual aquella, que de hecho es una anomalía de la situación italiana, es erigida como posición de principio, contra la orientación tomada por la generalidad de los países libres y democráticos, dentro y fuera de Europa. Se pone así en contraste con aquellos criterios de libertad y subsidiariedad que deben inspirar las relaciones entre el Estado, a las formaciones sociales -en particular las familias- y los ciudadanos, y que son por el contrario reivindicados con fuerza por otros ámbitos de la vida civil, también como garantía de la mejor calidad de los servicios públicos. Afortunadamente las decisiones tomadas recientemente por algunos Consejos Regionales se mueven en una óptica bastante diversa y constructiva.

6. Las argumentaciones que algunas veces se aducen, a propósito de la libertad y paridad escolar, pero también y sobretodo de temáticas más generales relacionadas con la presencia de la Iglesia en Italia, parecen moverse en la óptica de un pasado ahora ya bastante remoto, cuando habían quizá razones para temer que el catolicismo pudiese ejercer una presión social demasiado fuerte y por ello en cualquier modo perjudicial para la libertad de las consciencias y de los comportamientos. Pero hoy la situación es realmente bastante diversa y hasta opuesta. La presión social, especialmente aquella que proviene del gran circuito de las comunicaciones masivas, tiende más bien a proponer -si no a imponer- modelos tan lejanos de una concepción cristiana de la vida y, junto al reconocimiento sincero y aun halagueño, no faltan ataques directos a la Iglesia y al mismo cristianismo, algunas veces en formas afrentosas que serían justamente estigmatizadas si fueran dirigidas contra otras religiones o visiones de la vida.

Digo esto, queridos hermanos, no ciertamente para volver a llorar tiempos y situaciones del pasado, sino para llamar a una comprensión más verdadera de la realidad actual, que es la premisa para un diálogo sincero y fructífero. Por su parte, la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II en adelante, ha puesto la libertad religiosa como un criterio esencial de sus relaciones con la sociedad y con el Estado y se siente en su medio en una sociedad auténticamente libre y democrática, lo que implica la disponibilidad para pagar la propia parte de los precios que la libertad siempre reclama.

No pedimos por lo tanto alguna ayuda impropia para cumplir la misión eclesial primaria que es la del anuncio y el testimonio de la fe y de la moral cristiana mientras, a propósito de las decisiones y de las normas de la convivencia civil, los creyentes no tienen otra pretensión que la de dar democráticamente el propio aporte, como todo ciudadano, basados en las convicciones de las que son portadores.

Si miramos con sincera voluntad de comprender, a ciertas protestas e intolerancias respecto a la enseñanza y la acción de la Iglesia, podemos distinguir quizá, mezcladas con otras, dos motivaciones más significativas que están ligadas recíprocamente y tienden más bien a soldarse entre ellas en la mente de quien las propone, pero que permanecen distintas, como para reclamar de parte nuestra una acogida diferenciada. La primera es la que rechaza o soporta mal la reivindicación de la verdad connatural a la propuesta cristiana, considerándola exorbitante y desproporcionada respecto a los límites y a la problematicidad de todo discurso humano. Cierto, la verdad que se ha revelado en Jesucristo es ante todo un misterio que nos trasciende desde todo punto de vista, pero es también una verdad auténtica y salvífica, confiada a la Iglesia para que la testimonie y la difunda en todo tiempo y en todo lugar, y nuestro mismo ser de hombres, aun en su pequeñez y fragilidad, está hecho para la verdad y tiene hacia ella una apertura ilimitada, que no se puede ignorar o negar sin comprometer en ese momento aquello que de más específicamente humano hay en el hombre. Por esto, como está escrito en la Primera Carta de Pedro (cfr. 3,15-16), no podemos no responder a quienquiera nos pregunte la razón de la esperanza que está en nosotros (frecuentemente, más bien, deberemos reprocharnos el no poner en esto suficiente convicción y dedicación), y al mismo tiempo debemos hacerlo con recta conciencia, dulzura y respeto, esto es, de manera que la forma de nuestro testimonio corresponda a su decisivo contenido, que es el amor gratuito y sin límites.

Llegamos así al segundo motivo de protesta o intolerancia, que se refiere sobretodo a la enseñanza moral de la Iglesia, acusada de no hacer espacio adecuado a la misericordia que anima el Evangelio. Encontramos aquí la tendencia a poner entre paréntesis la cuestión de la verdad o de la rectitud objetiva de los comportamientos morales, como si misericordia y verdad fuesen separables entre sí y los mandamientos de Dios no fueran dados para nuestro bien y nuestra vida (cfr. Sal 85,11; Dt 30,16). Pero queda siendo siempre la tarea central de la Iglesia la de hacer de algún modo visible y tangible para todo hombre aquella misericordia de Dios Padre que se ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo: por esto cuanto más altas y radicales son las exigencias de la ética cristiana, tanto más grande y a su vez radical debe ser, en quien ha recibido la misión de enseñarla y testimoniarla, la capacidad de amar y de perdonar. Es este el desafío que debemos afrontar cada día y que no podemos superar sino por obra del Espíritu Santo.

En la medida en que la fe y la caridad alcanzan eficacia de vida (cfr. Gaudium et spes, 42), se tienen también en el plano social y civil aquellos encuentros positivos para los cuales la presencia de la Iglesia encuentra, incluso entre los no practicantes, admiradores convencidos: de todo esto nos alegramos y damos gracias al Señor; al mismo tiempo debemos recordarnos a nosotros mismos aquel carácter eminentemente gratuito y escatológico que es constitutivo de la existencia y del testimonio cristiano y que es el presupuesto misterioso de su misma eficacia terrena (cfr. Gaudium et spes, 40). Por esto es necesario tener viva y fuerte la raíz teologal de toda contribución que, como Iglesia y como cristianos, podamos dar para el bien de nuestra nación.

7. En un mundo cada vez más caracterizado por la interdependencia, estamos por todos lados exigidos a movernos en aquella lógica de la fraternidad humana universal a la que nos ha educado el Evangelio. El Papa, en su reciente discurso al Cuerpo Diplomático, nos ha presentado un balance, a la vez objetivo y apasionado, de la situación internacional, con motivos de alegría y motivos de preocupación o también de gravísimo dolor. En particular, respecto a Europa, ha subrayado la positividad no sólo del paso a la moneda única sino también de la extensión hacia el Este que necesita un compromiso más fuerte aún. El Fórum del "proyecto cultural", desarrollado en Roma el 4 y 5 de diciembre con grande y articulada participación de estudiosos junto a numerosos obispos, ha puesto en discusión las tareas de los católicos italianos en el actual contexto europeo: se ha pasado así de la problemática general de las relaciones entre fe y cultura y del sentido del proyecto cultural, a la reflexión y a la propuesta en temas concretos y al mismo tiempo capaces de suscitar el interés común. Justamente en estos días, lamentablemente, la terrible noticia de la ejecución en Kosovo de casi cuarenta personas, después de horrendas torturas, muestra cómo también en Europa son todavía posibles y practicadas las más graves e infamantes violaciones de los derechos humanos.

En los últimos tiempos se ha reemprendido, de manera intermitente, la guerra en Irak: el recurso a la lógica de las armas es, normalmente, signo del fracaso de las vías más racionales que son además las únicas capaces de conducir a soluciones durables. Nos atrevemos a esperar que, a través de un trabajo paciente y en conjunto -de lo que a pesar de todo se vislumbra algún indicio-, sea posible llegar a nuevos, más sólidos y aceptables equilibrios en la zona del oriente medio, equilibrios que no pueden no concernir también al conflicto árabe-israelí.

El continente más azotado por guerras y masacres, además que afligido por formas de pobreza frecuentemente extremas, sigue siendo sin embargo África: basta pensar en lo que está sucediendo en Sierra Leona, o en el Congo y en Angola, o también en Sudán. Estamos cercanos, con fraterna solidaridad y con la oración, al Arzobispo de Freetown, Mons. Joseph Ganda, injustamente retenido como rehén, y con él a tantos sacerdotes, religiosas y voluntarios que ponen en riesgo su propia vida, no solamente en el continente africano: aun en 1998 los mártires de la fe de los que se ha tenido noticia cierta se han contado por decenas. En los primeros días del nuevo año tuve la posibilidad de una rápida visita a uno de los países del Sahel, Burkina Faso, que nuestra Conferencia Episcopal ha podido ayudar mayormente: he regresado, queridos hermanos, con mucha alegría y esperanza en el corazón, por el valor y el deseo de desarrollo solidario que anima aquellas poblaciones y sobre todo por la vitalidad y el testimonio evangélico de aquella Iglesia joven; verdaderamente son grandes las obras del Señor.

Un aspecto de la situación internacional sobre el que el Santo Padre ha puesto particular acento en su discurso al Cuerpo Diplomático son las violaciones de la libertad religiosa. Hemos sido dolorosamente golpeados por las violencias, asesinatos, saqueos y vandalismos perpetrados en Indonesia contra las comunidades católicas, y en general cristianas, pero el cuadro que emerge del discurso del Papa es mucho más amplio y no se refiere solamente a fenómenos contingentes, sino también y sobre todo a comportamientos habituales, o incluso llegados al nivel de leyes en determinados países. Hacemos íntegramente nuestro el reclamo del Papa de que por todas partes del mundo se aseguren finalmente las correctas condiciones para una efectiva libertad religiosa: la comunidad internacional no puede ignorar ulteriormente un tan grave y decisivo problema.

La solidaridad que debe unir entre todos a los pueblos pertenecientes a la misma familia humana se expresa de modo particularmente significativo también a través de la acogida a los inmigrantes. A propósito de esto se tienen hoy reacciones muy vivaces porque este tema está ligado inmediatamente con el de la difusión de la criminalidad. Pero, si es justo exigir también de los inmigrantes el respeto a la ley, y es por ello indispensable actuar concretamente para impedir que entren en Italia grupos y organizaciones criminales, es asimismo claro que no se puede extender acusaciones o sospechas a la generalidad de los inmigrantes. Además, es necesario ser consciente del gran aporte positivo que puede y debe venir para la sociedad italiana de nuevas energías humanas, a condición de que se sepa proceder a una correcta y cordial integración de ellas. Tanto la superación de la crisis de natalidad que azota nuestro pueblo, como la acogida de los inmigrantes, que desde cierto ángulo parecen ponerse como solución alternativa, reclaman análogas actitudes, tanto morales y culturales, como políticas y civiles: se trata en efecto, por una parte, de encontrar en nosotros mismos, y de pedir al Señor, un crecimiento de generosidad y de confianza en la vida; por otra, de desarrollar un proyecto y una iniciativa política y social no equiparada en el presente, sino capaz de tomar en serio los problemas que verdaderamente decidan nuestro futuro.

Venerados y queridos hermanos, les agradezco su atención y lo que querrán observar y proponer. Pedimos para estas jornadas de trabajo común la luz del Espíritu Santo y las confiamos a la oración de la Virgen María, de su esposo José y de los Santos y Santas patronas de nuestras Iglesias.

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