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S.S. Juan Pablo II, Cristo, en esta noche, nos abre las puertas de la inmortalidad
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Cristo, en esta noche, nos abre las puertas de la inmortalidad

Homilía de S.S. Juan Pablo II durante la Vigilia Pascual de 1998

1. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). «Creó Dios el hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó» (Gn 1, 27).

En esta Vigilia pascual la liturgia proclama el primer capítulo del libro del Génesis, que evoca el misterio de la creación y en particular, la creación del hombre. Una vez más nuestra atención se concentra en el misterio del hombre, que se manifiesta plenamente en Cristo y por medio de Cristo.

«Fiat lux», «faciamus hominem»: estas palabras del Génesis revelan toda su verdad cuando pasan por el crisol de la Pascua del Verbo (cf. Sal 12, 7). Adquieren su pleno significado durante la quietud del Sábado santo, a través del silencio de la Palabra: aquella «luz» es luz nueva, que no conoce ocaso; aquel «hombre» es el «hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 24).

La nueva creación se realiza en la Pascua. En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, y todo vuelve a ser perfectamente bueno, según el designio original de Dios.

Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien precioso de la libertad en el pecado, recupera su dignidad perdida. «Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram». ¡Qué profundas y verdaderas resuenan estas palabras en la noche de Pascua! Y qué inefable actualidad tienen para el hombre de nuestro tiempo, tan consciente de sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también tan confuso muchas veces sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya no sabe reconocer las huellas del Creador.

2. A este propósito, recuerdo algunos párrafos de la constitución pastoral Gaudium et spes, del concilio Vaticano II, muy acordes con la admirable sinfonía de las lecturas de la Vigilia pascual. En efecto, este documento conciliar, leído con atención, manifiesta un íntimo carácter pascual, tanto en el contenido como en su inspiración originaria. Leemos en él: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (cf. Rm 5, 14), es decir, de Cristo, el Señor. Cristo (...), "que es imagen de Dios Invisible" (Col 1, 15) es el hombre perfecto, que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer pecado (...). El mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo con todo hombre (...). Padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren un sentido nuevo. El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe "Las primicias del Espíritu" (Rm 8, 23). (...) Por medio de este Espíritu que "es prenda de la herencia" (Ef 1, 14), se restaura internamente todo el hombre hasta la "redención del cuerpo" (Rm 8, 23): "Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11). El cristiano, (...) asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará a la resurrección» (n. 22).

3. Estas palabras del Concilio nos proponen de nuevo el misterio de la vocación de cada bautizado. Lo proponen en particular a vosotros, queridos catecúmenos, que, siguiendo una antiquísima tradición de la Iglesia, vais a recibir el santo bautismo durante esta Vigilia santa. Os saludamos con afecto y os agradecemos vuestro testimonio.

Venís de varias naciones del mundo: Canadá, China, Colombia, India, Italia y Sudáfrica.

Queridos hermanos y hermanas, el bautismo es, en un sentido muy especial, vuestra Pascua, el sacramento de vuestra redención, de vuestro renacer en Cristo por la fe y por la acción del Espíritu Santo, gracias al cual podréis llamar a Dios con el nombre de «Padre», y seréis hijos en el Hijo.

Nosotros os deseamos que la vida nueva, que recibiréis como don en esta santísima noche, crezca en vosotros hasta alcanzar su plenitud, dando frutos abundantes de amor, de gozo y de paz, frutos de vida eterna.

4. «O vere beata nox!», canta la Iglesia en el Pregón pascual, recordando las grandes obras realizadas por Dios en la antigua alianza, durante el éxodo de los israelitas de Egipto. Es el anuncio profético del éxodo del género humano de la esclavitud de la muerte a la vida nueva por medio de la Pascua de Cristo.

«O vere beata nox!», repitamos con el himno pascual, contemplando el misterio universal del hombre a la luz de la resurrección de Cristo. En el principio Dios lo creó a su imagen y semejanza. Por obra de Cristo crucificado y resucitado, esta semejanza con Dios, ofuscada por el pecado, ha sido renovada y llevada a su culminación. Podemos repetir con un autor antiguo: ¡Hombre, mírate a ti mismo! ¡Reconoce tu dignidad y tu vocación! Cristo, venciendo la muerte en esta santa noche, abre ante ti las puertas de la vida y de la inmortalidad.

Repito con alegría las palabras del diácono, que ha cantado el Pregón pascual: Annuntio vobis gaudium magnum: surrexit Dominus vere! Surrexit hodie!

Amén.

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